y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda
descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía
desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor,
bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática,
había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con
mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda
y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara
morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y
de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que
suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que
en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de
asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar
luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por
la naturaleza.
Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor
dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las
mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.
—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque
parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con
una badila en la mano.
Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy
perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su
padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque
mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos
contra su vestido á la altura de las caderas.
Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:
—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?
—De la mesma,—respondió el otro.
—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?
—Pos así... tal cual.
—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.
—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...
—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal
contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para
jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?
—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á
jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra
se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.
Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la
cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta
de la escalera, le dijo el segundo:
—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre
conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras
el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los
atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras,
acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos
tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar
bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido,
sin que yo lo pida.
No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus
palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el
carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar
aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que
la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:
—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya
por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles?
¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único
que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!
Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á
media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la
solana:
—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por
la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una
vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es
de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que
no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que
lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al
caso y den el jornal, como la de hoy.
Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de
«ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á
sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo,
salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el
tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.
Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa
de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien
él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán
viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar
un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en
defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro
Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los
riñones y diciéndole:
—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que
traes.
—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella
ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa
eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.
—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo
tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo
y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.
—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas
tuviera que apechar... ¡coles!
—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?
—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.
—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.
—¡Eso... eso mesmo!
—¡Si conoceré yo al _Berrugo_!—exclamó aquí con fruición el bueno de
don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de
todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de
las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que
un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia
casa y se exponga á lo que se expone...
Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo
que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio,
continuó así:
—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por
permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay
razón para extrañarse de nada.
Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.
—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le
consagraba su oyente:—la _Galusa_[2], esa mujerona que tiene en casa
tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella
infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos
disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la
viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces
y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la
que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo
Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro
Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo
que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la
portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de
órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la
venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en
esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has
de tener, y pronta y bien cumplida.
[2] Ratera, chupona.
Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del
oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó
desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga,
comenzó á echar el resto de este modo:
—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique,
voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á
condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un
pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que
mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas...
Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la
misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos,
de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal
de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia,
por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes
de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en
aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de
todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo
del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... _requiescat in pace_.
Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse
la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura,
después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle
el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija.
¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo
esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y
armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de
irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree
que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo
que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que
tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones
fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos
años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones,
gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos
en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque,
amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se
apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de
buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería
de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por
el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra;
él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de
antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre
de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó
de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y
es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio
que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia,
mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez
el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se
aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo
mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que
le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que
suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las
carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se
hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los
dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió,
tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo
una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo
que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo
que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser
amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo,
dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de
ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la
culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo,
allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las
cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que
pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no
se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones;
pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el
bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene,
tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras
letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una
lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de
todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance
Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la
del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que
se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien
gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y
figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá
con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde
esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar
de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de
posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas
que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto,
para martirio propio y consuelo de desplumados por él?
Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y
por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había
parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas
y de relaciones era limitadísimo.
Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los
siguientes pespuntes:
—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria
aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría
y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa
lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.
—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si
saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?
—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza
pelos en la lengua, gracias á Dios!...
—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?
—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no
estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en
boca sobre lo que has oído de la mía.
Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de
él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.
El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su
modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su
camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó
una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á
estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no
dejaba de estar contento...
Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior.
Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la
casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto
oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que
caía al soportal.
—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como
si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo
á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí,
espérate un poco!...
Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los
carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le
sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada,
y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las
mayores injurias y los más duros improperios.
[Ilustración]
[Ilustración]
IV
«ESE HOMBRE»
«Ese hombre,» llamado así por Pedro Juan; _el Berrugo_ por don Elías...
y por todo el pueblo de Robleces cuando él no estaba delante; «don
Baltasar» por cualquiera que se le acercaba, y «don Baltasar Gómez de
la Tejera» en los sobres de las cartas y en los registros municipales,
fué en su niñez _Tasarín el de Megañas_, quinto ó sexto hijo de un
pobre hombre conocido por este mote á causa de ser muy tierno de ojos.
El cual Megañas era de lo más menesteroso que había en el lugar.
Tasarín, así nombrado por lo menudito y sutil que era de cuerpo, pasaba
por muy despabilado y hábil para cuanto no tuviera que ver con el
oficio de su padre. Confirmando su buena fama, aprendió pronto y bien
cuanto le enseñaron en la escuela, donde ya se manifestó recelosillo y
con trastienda; y en cuanto tuvo trece años y hubo reducido á su padre
á que, vendiendo _el de la vista baja_ que aún estaba á medio hacer, y
buscando de cualquier modo lo restante, le pagara el viaje, montó en el
mulo que le correspondía en la recua que á eso se dedicaba entonces,
y se largó á Sevilla, sin otro amparo que sus buenos propósitos de
hacerse rico de cualquier modo, y la esperanza levísima de que un
_jándalo_ pudiente que estaba á la sazón por allá y era natural del
mismo Robleces, le buscara una taberna en que acomodarse por de pronto.
Cómo se las compuso Tasarín entonces, cuando aún aquéllos eran tiempos
en que la carrera de jándalo tenía aquí muchos golosos, porque daba
buenos dineros, nadie lo supo jamás; ni tampoco se supo á ciencia
cierta en qué ganó más adelante lo muchísimo que tenía, en opinión
de las gentes, ó los «cuatro cuartos para asegurar la puchera,» que,
según la afirmación del propio hijo de Megañas, era lo único que había
logrado ahorrar, cuando, al cabo de veinte años de ausencia, durante
los cuales feneció Megañas tras de su mujer y se fué dispersando ó
acabando también el resto de la familia, se presentó en Robleces
modestamente vestido y sin pizca de aquella bambolla relumbrante con
que solían llegar al pueblo nativo los jándalos montañeses, aunque no
trajeran más que lo puesto y lo que decían haber derramado por el
camino en onzas de oro y en pañuelos de seda. Lo único que trajo capaz
de producir alguna sorpresa en sus contemporáneos, ó (si se me permite
la finura) coevos, de su propio lugar, fué una sobrecarga de más de
diez años, encima de los que verdaderamente tenía: treinta y cuatro aún
no cumplidos, y representaba cuarenta y cinco largos. Fueron también
motivo de sorpresa los propósitos que apuntó de enredarse en labranzas
y ganaderías, con el fin de sacar el mejor fruto posible á las tierras
que desde Sevilla había ido comprando en el lugar. Aquello era «su
pobreza; el sudor de tantos años de trabajo, y necesitaba mirar por
ello para vivir de ello.» Porque hay que advertir que Baltasar compró
muchas tierras en su pueblo: todas cuantas se ponían en venta; y compró
también la casa en que había nacido.
Estas compras las hacía, en su nombre, su padre, á quien él enviaba
el dinero justo para eso, y un piquillo más como de propina «por la
molestia;» pico tan alambicado, que nunca alcanzó á sacar de apuros
al pobre hombre, ni mucho menos á curarle del ansia con que al fin
se largó á la sepultura: el ansia de verse, siquiera una vez, con un
equipo nuevo, «de arriba abajo;» porque siempre quiso la mala suerte
de Megañas que cuando tuvo para echarse unos calzones, le faltara la
chaqueta, y cuando estrenó zapatos, careciera de sombrero. Aunque no
lo lloraban tanto como él, lo mismo les sucedía á todos y á cada uno de
los de su casa. La cual casa se reparó, en lo más apremiante, con algo
que también vino de Sevilla con ese objeto: de modo que cuando llegó
el jándalo á su pueblo, no le faltó donde albergarse por de pronto,
aunque estaba ocupada la casa por un aparcero; pues contando con esa
venida, se tenía de reserva el cuarto del portal, que nadie había
habitado desde que se le tilló el suelo, que antes era de arcilla, y
se blanquearon las paredes. Conviene advertir, por si no lo he dicho
todavía, que esta casa pertenecía al barrio de Los Castrucos, al Oeste
del de la Iglesia, que está entre los dos, quiero decir, entre Los
Castrucos y Las Pozas, pero mucho más apartado de éste que de aquél,
que allá se le va en altura y en secano. Ahora, no se olvide tampoco
que estos tres barrios solos forman la municipalidad de Robleces, como
creo que ya se ha declarado.
Pues bueno: por llegar el jándalo éste á su pueblo con mucha fama de
rico y negando él que lo fuese ni á cien leguas, cayó en la cuenta
de que necesitaba construir una casuca si había de vivir allí medio
regularmente, dedicándose á la labranza de las tierras que había
comprado, para comer con el jugo que de ella sacara, á fuerza de
pulso y de prudente economía, porque la vivienda en que había nacido,
bastante milagro hacía con tenerse derecha en virtud de los puntales y
reparos con que se la amparó años atrás; y andando en estos propósitos,
ó aparentando que los tenía, fué cuando se le llegó el Mayorazgo
del barrio de la Iglesia con la pretensión de que le hiciera un
anticipo, «con su cuenta y razón.» Entraron ambos en explicaciones;
entendiéronse, y ¡adiós proyectos de casa de nueva planta!; porque
según se dejaba decir el hijo del difunto Megañas, toda «la miseriuca
en efectivo» que tenía disponible, la necesitaba para sacar de ahogos
á un amigo. El tal _amigo_, ó sea el Mayorazgo mencionado, hombre que
había poseído las mejores fincas rústicas del pueblo, y aún era dueño
de la casa más grande y más ostentosa de todo el barrio de la Iglesia,
estaba á la sazón acribillado de deudas y de pleitos; por añadidura,
hecho un pellejo ya con _madre_, y además, amagado de un _paralís_,
y medio idiota. Vivía solo, con un ama de gobierno más embrutecida
que él, y acababa de embarcar para América al único pariente cercano
que le quedaba en el mundo: un sobrinito de trece años, hijo de una
hermana viuda que había muerto seis antes en Nubloso, donde estuvo
casada con un tabernero que salió un perdido. Al decir del Mayorazgo,
este sacrificio por su sobrino fué «_el trago de gracia_ que le tumbó
en el suelo;» y por eso acudía al _sevillano_, «que debía de tener las
onzas á montones,» para que, «por lo que fuera,» le ayudara á ponerse
á flote. Y á flote le puso el prestamista; y de tal modo, que á los
diez y ocho meses era suya la casa del Mayorazgo, libre y desempeñada.
Fortuna para éste que, como si los días de su vida hubieran estado
ligados á la suerte de su caudal, con el último vaso de aguardiente
adquirido con los últimos ochavos que quedaban en el arca, caía redondo
el infeliz, lo mismo que si le hubiera partido un rayo.
Ya tenía el hijo de Megañas ancho y bien oreado albergue. Gastó algunos
cuartos más de su ahorrada «miseriuca» en repararle, en afirmar paredes
de huertas y corraladas y en mejorar las cuadras y las accesorias que
andaban casi por los suelos; y cuando lo tuvo todo á su gusto, comenzó
á ocuparse, con empeño inteligente, en realizar los cálculos que tanto
habían sorprendido á sus convecinos de Los Castrucos.