NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.
* Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de
la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de
admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Tomo XI
LA PUCHERA
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1901
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
I
«RÉ» EN LA ARCILLOSA
Quién de los dos empujó primero, yo no lo sé. Quizás fuera el mar,
acaso fuera el río. Averígüelo el geólogo, si es que le importa. Lo
indudable es que el empuje fué estupendo, diérale quien le diera; es
decir, el río para salir al mar, ó el mar para colarse en la tierra.
Mientras el punto se aclara, supongamos que fué el mar, siquiera porque
no se conciben tan descomunales fuerzas en un río de quinta clase, que
no tiene doce leguas de curso.
¡Labor de titanes! Primero, el peñasco abrupto, recio y compacto de
la costa. Allí, á golpe y más golpe, contando por cúmulos de siglos
la faena, se abrió al fin ancho boquete, irregular y áspero, como
franqueado á empellones y embestidas. Al desquiciarse los peñascos
de la ingente muralla, algo cayó hacia afuera que resultó islote
mondo y escueto, y más de otro tanto hacia dentro, en dos mitades
casi iguales, que vinieron á ser á modo de contrafuertes ó esconzados
de la enorme brecha. La labor del intruso para continuar su avance,
fué ya menos difícil: sólo se trataba de abrirse paso á través de una
sierra agazapada detrás de la barrera de la costa; y forcejeando allí
un siglo y otro siglo, buscando á tientas al obstáculo las más blandas
coyunturas de su armazón de granito, quedó hecho el cauce, profundo y
tortuoso, entre dos altos taludes que el tiempo fué tapizando de césped
y bordando de malezas.
Atravesada la sierra, el cauce desembocó en un valle, verde y angosto,
encajonado entre ondulantes cerros y colinas, que van escalonándose
suavemente y creciendo á medida que se alejan hacia la erguida
cordillera que recorta el horizonte con su perfil de jorobas y
picachos, de Este á Oeste. Las aguas, detenidas un instante al asomar
al valle, como para formar allí un remedo de golfo, corrieron hacia
la izquierda, lamiendo por aquel lado las faldas del montecillo que
las separaba del mar; después retrocedieron súbitamente, describiendo
rápida curva sobre la derecha; se deslizaron mansas, tranquilas y en
línea recta, á lo largo del valle hasta dar con otro cerro de escarpada
ladera; y arrimaditas á él, continuaron corriendo y abriendo cauce
tierra adentro, hasta perderse en un laberinto inextricable, cuyos
misterios no había penetrado todavía la luz del sol.
Es posible que en aquellas espesuras toparan con el ocioso río
dormitando entre sus cañaverales y bajo su espeso dosel de alisos,
madreselvas y avellanos bravíos; pero lo que no tiene duda, porque bien
á la vista está, es que desde entonces, por el mismo cauce que llenan
y desocupan dos veces cada día las salobres aguas, salen al Atlántico
mezcladas con ellas las insípidas del río, que ha bajado, creciendo
poco á poco con ayuda de vecinos y despeñándose á menudo, desde sus
pobres fuentes escondidas en un repliegue sombrío de las montañas del
fondo.
Este cauce, en su parte recta y más larga, y en sentido opuesto á la
línea de la costa, tiene dos grandes derivaciones ó caños, que arrancan
de él, casi verticalmente, como del tronco las ramas principales; y los
caños, á su vez, otras ramificaciones que surcan en varios sentidos
la ribera hasta el contorno mismo de la tierra firme: de modo que en
las pleamares toda la planicie aparece tijereteada y subdividida en
islillas verdes, en las cuales pastan los ganados el sabroso liquen que
crece entre apiñados haces de finísimos juncos.
De los dos grandes caños que tiene la ría, es el principal, por ancho,
largo y navegable, el llamado _la Arcillosa_, no sé por qué, pues allí
no hay señal de arcilla ni de cosa que se le parezca. El hecho es que
se llama así, y que en el pueblo que se desparrama á corta distancia
de él, le consideran como su puerto de mar los contados labradores
que hacen á pluma y á pelo; quiero decir, que así manejan el dalle y
_tumban_ un prado en agosto, como _cinglan_ en la _chalana_ y calan la
_sereña_, ó tienden las redes ó arrastran el _retuelle_ por la canal
casi enjuta.
Pasan de diez los pueblos que, más de cerca ó más de lejos, se miran
en las aguas de la ría; y el más grande de todos está encaramado, y
como á horcajadas, en el mismo perfil de la costa y sobre su curva más
alta. Abajo, muy abajo, está la playa, espaciosa, limpia y abrigada,
en la cual mueren blandas y rumorosas hasta las enfurecidas olas que
momentos antes, y entre bramidos, se estrellaron en las dunas y en los
peñascos de la barra, impelidas por el huracán. Este pueblo, sin dejar
de ser _terrestre_, tiene más alientos y caracteres marítimos que los
demás ribereños. Cuenta con un buen número de lanchas _de altura_,
y sus pescadores pertenecen, por tanto, á la desdichada legión de
«héroes anónimos;» es decir, que son de los valientes que pagan, en
la proporción debida, el negro tributo que tan á menudo cobran á los
de su oficio las tempestades del Cantábrico. Tiene una delegación,
aunque humilde, del ministerio de Marina; y la Hacienda pública su poco
de aduana, que, de vez en cuando, aplica sus ociosos aranceles á las
heróicas naves que atraviesan la barra y surcan luégo la ría del puerto
aquél; al cual puerto, y solamente para los efectos... artísticos de
este libro, llamaremos de San Martín, lo mismo que al pueblo á que
corresponde; pueblo de notoria importancia en el litoral montañés, á la
que no contribuye poco el bien adquirido renombre de su hermosa playa,
en la que se zambulle cada verano un buen contingente de la sociedad
adinerada, que despuebla, en los meses estivales, por costumbre ó por
necesidad, las mejores ciudades del interior de España. Casi, casi, es
sitio _de moda_ en el _Almanaque del turista_.
No lo son, ciertamente, las demás aldeas circunvecinas, ni, en rigor de
verdad, echan ellas de menos ese timbre vanaglorioso, porque para nada
le necesitan. Cuál, por empingorotada y descubierta á todos los vientos
de la rosa; tal, por recogida y acurrucada al socaire de sus arboledas;
ésta, por agrupadita y _cevil_; aquélla, por desperdigada y montuna; la
de acá, por «pudiente y hacendosa;» la de allá, por todo lo contrario;
la de enfrente, por lindera del camino real, y la del otro lado, por
inaccesible y escondida, cada una de ellas, y según propio aserto,
con las mozas más garridas, y las mieses más feraces, y las campanas
más sonoras, y las fuentes más saludables, y el santo más glorioso, de
todas las mozas, de todas las mieses, de todas las campanas, de todas
las fuentes de siete leguas á la redonda, y de todos los santos de la
cristiandad, se considera como lo mejorcito y más envidiable de España;
y en unión de cuanto puede abarcar la vista desde el campanario de la
iglesia, el pedazo de tierra más _majo_ de todo el mundo conocido.
Y el caso es que yo mismo ando á dos jemes de creerlo también al pie
de la letra, porque verdaderamente es de lo más hermoso que puede
imaginarse aquel panorama inundado de luz y de alegría.
Viniendo á lo que importa, ó sea á Robleces, la susodicha aldea que
considera á la Arcillosa como su puerto natural y propio, y no sin
razón puesto que le pertenece, como el del monte comunal, el usufructo
de la mitad de la ribera enclavada en su término, conviene saber por
ahora que, después de San Martín, es el pueblo de mayor vecindario
entre todos los ribereños; que está dividido en tres barrios, separados
entre sí por tres mieses, dos llosas, cuatro camberones hondos y una
sierra calva; que del barrio más próximo á la ría y llamado de Las
Pozas, seguramente por las que en él abundan en invierno, son los
únicos _anfibios_ que cuenta el vecindario de todo el lugar, y que
la casuca de Juan Pedro Menocales, más conocido por _el Lebrato_, el
único matriculado en regla que hay entre los contados _anfibios_,
está casi dando con los cimientos en el agua de un canalizo que
serpentea hasta aquellos límites de la junquera y arranca del extremo
_terrestre_ de la Arcillosa. En ese canalizo, casi en las bardas mismas
de su corral, fondea, ó mejor dicho, amarra el Lebrato á un estacón
bien clavado en el suelo, su _chalana_, poco mayor que una masera,
y otra embarcación de más humos, que también posee y utiliza en las
grandes ocasiones de su arrastrado oficio: una _barquía_, vieja sí y
acribillada de remiendos y tapones, calafateada con trapajos _caseros_
y embadurnada con algo que no tiene ni el negro brillante, ni la
correa, ni la impermeabilidad del alquitrán de buena casta; pero, al
cabo, una barquía, capaz... de lo que se irá sabiendo poco á poco.
Porque en la persona del Lebrato hay algo más de lo que aparentan su
pellejo arrugado, su delgadez sarmentosa, su carita risueña y aniñada,
y especialmente aquel sobrar de calzones, de chaleco y de camisa por
todas partes, como si estas prendas no llevaran dentro más que las
ramas torcidas del tísico cerojal en que el viento las zarandea para
secarlas cada vez que la cellisca de la ría las empapa sobre el cuerpo
de su dueño. Por de pronto, hay, ó más propiamente, había en éste, á
la sazón de mi cuento, un hombre que, arrastrado por las exigencias
de su deber de matriculado, había corrido mucho mundo y guerreado
valerosamente... ¡asómbrese el orbe entero! en Cochinchina, á las
órdenes del coronel Palanca. De allí vino á la hora menos pensada con
su correspondiente lucro, bien cosido al ceñidor; unas botas _de agua_,
que sólo se calzaba en los días de incienso ó cuando iba á Santander, y
un saco inagotable de cuentos y noticias sobre cosas y personas de por
allá, que eran el regocijo y el pasmo de todos sus convecinos.
Este Juan Pedro, el Lebrato, tenía un hijo, llamado Pedro Juan, más
conocido por el mote de _el Josco_[1], el cual hijo era en estampa
y en carácter todo lo contrario de su padre, es decir, medradote,
sombrío de faz, corto de genio y seco y áspero de frase. Vivían y
trabajaban juntos, y andaban en todo tan unidos, aunque eran entre sí
tan diferentes, como la mar y el cielo ó la noche y el día. El padre
era el espíritu, la inteligencia y la palabra; el hijo, la fuerza, la
máquina dócil y segura que rechina á ratos por lo mismo que se mueve,
pero que no se para mientras la voluntad inteligente no se lo ordena.
En un solo trabajo fallaba esta máquina, que jamás se resistía á la
voluntad y al ejemplo de Juan Pedro, ni aun cuando éste se jugaba
la vida chungueándose con el riesgo mortal, como si se tratara de
mojarse el vestido en la canal de la Arcillosa: el trabajo de casarse
Pedro Juan con la mujer que le proponía Juan Pedro. ¡Entonces sí que
rechinaba la máquina y hasta echaba chispas por todas sus coyunturas!
Porque al mandato del padre se oponía tenazmente, no la voluntad ni
la inclinación del hijo, pues inclinación á la moza y voluntad para
casarse con ella le sobraban, sino la cortedad del genio, que le hacía
imposible todo paso directo en aquel sentido. ¡Los había intentado en
vano y de propio impulso tantas veces!
[1] Hosco.
Y la mujer era de suma necesidad en aquella casa tan falta de gobierno
y del aseo que no pueden tener dos hombres rudos, esclavos además de
un incesante trabajo. Pedro Juan tenía una hermana; pero esta hermana
estaba casada y llena de familia; y aunque vivía también en Las Pozas,
harto tenía que hacer en su propia casa para pensar en el arreglo de
la de su padre. Gracias que cada ocho días les lavaba la ropa blanca,
y cada quince daba un recorrido á los pobres trastos del hogar, y
remendaba lo más apremiante de lo roto, y en los grandes apuros les
echaban, ella y «el su hombre,» una mano á las faenas. Y para eso, ¡qué
ponderar la ayuda y los ahogos, y qué zamparse la familia entera las
hogazas y los torreznos de los pobres solitarios, en un par de comidas
y otras tantas cenas!
Con ser tanto lo que ocupaban al padre y al hijo los trabajos de la
ría, esto no era para ellos más que lo accesorio, ó «ayuda de costas:»
lo principal era la labranza de unas tierras y el cuidado de unos
animales. Así andaba en aquella pobre casuca revuelto lo marino con
lo campestre: la red con el arado, el remo con el horcón; y en la
socarreña adjunta, el aparejo de la barquía sobre la pértiga del carro.
Tiempos hubo en que las tierras y el ganado y la casa y cuanto en ella
se contenía, fueron de la propiedad del Lebrato, parte de ello por
herencia, y el resto adquirido con los doblones venidos de Cochinchina;
pero á aquellos tiempos bonancibles y prósperos, sucedieron otros bien
adversos; largas y crueles enfermedades que, tras de dejar viudo al
pobre hombre, le costaron buenos dineros; plagas que arruinaron las
cosechas y diezmaron los ganados; el fisco, que no repara cosa mayor
en tales desventuras para llevarse, por buenas ó por malas, lo mejor
de la hacienda del atribulado... y lo que de todo esto se sigue por
ley fatal de las desdichas humanas; y Juan Pedro tuvo que acudir al
anticipo, y después al préstamo con hipoteca; y como cayó en malas
manos para todos estos delicados tejemanejes, de la noche á la mañana
se vió convertido, de acomodado propietario, en simple y menesteroso
rentero de su prestamista, que aún le ponderaba este favor, pues
derecho tenía para arrojarle de casa y buscar otro colono para sus
tierras y ganados. Convenía el Lebrato en ello; y lejos de amilanarse
por tan poca cosa, sin perder su buen humor ni verse un frunce de más
ni de menos en sus ojillos risoteros, se lanzaba con doble ahinco á sus
bregas de pescador, para sacar de ellas el dinero que le costaban la
escasa borona que le nutría el demacrado cuerpo, y los míseros trapos
en que le envolvía.
Á Pedro Juan no le alcanzaron más que los tiempos malos; con lo cual y
la singular contextura de su naturaleza, se acomodó sin esfuerzo á lo
que ellos daban de sí buenamente, que era bien poco y bien arrastrado
en su mayor parte.
Y así y con otros trabajillos que no andaban tan á la vista como ello,
iban tirando de la vida el padre y el hijo al tener yo el gusto de
presentárselos al lector bondadoso, metidos hasta las choquezuelas en
la basa de la Arcillosa, cerquita de su empalme con la ría; clavando
con picachos de madera la parte inferior de una red que alcanzaba de
orilla á orilla; plegando luégo el resto sobre lo clavado en el suelo;
afirmándolo allí con cantos sobrepuestos para que no se recelaran los
pescados ni la levantara la marea según fuera ésta subiendo, y atando,
por último, en lo alto de cada orilla del ancho cauce, las dos cuerdas
que arrancaban de los dos extremos de la red oculta. La misma operación
hicieron en seguida en los dos únicos portillos de la Arcillosa, que,
aunque lejana, tenían comunicación con la gran arteria de la ría.
Terminadas estas operaciones, que no duraron menos de dos horas, padre
é hijo emprendieron la vuelta á casa, á ratos por el fango del estero,
y á ratos por la junquera, según fueran ó no accesibles sin esfuerzo
los islotes del atajo.
Mediaba el mes de junio: las mareas eran vivas, el día espléndido,
y aquella red, la primera que echaba el Lebrato en el vagar que le
ofrecían sus trabajos campestres, entre el resallo y la siega.
Antes de comer lo poco y mal condimentado que les aguardaba arrimado
en un pucherete á la lumbre mortecina, ya estaban el padre y el hijo
Arcillosa arriba en su chalana, porque la pleamar exacta era á las
doce, y había que levantar la red un buen rato antes de iniciarse el
descenso de las aguas. Cuando llegó el momento esperado, cada cual haló
desde la orilla en que estaba del correspondiente cabo, que volvió á
ser amarrado bien tirante á la respectiva estaca, en cuanto la red
quedó alzada más de tres palmos sobre la marea; precaución bien tomada,
porque el _muble_ no es pez que se deja arrinconar por barreras que
puedan franquearse con un salto de una tercia. Levantadas de igual
modo las redes en los dos portillos, los rederos se volvieron á casa á
zamparse la insípida puchera, en paz y en gracia de Dios, mientras la
línea negra que trazaba la red sobre la tersa y brillante superficie de
las aguas, advertía á los muchos aficionados del lugar que apercibieran
sus morrales y retuelles.
Y no fué desairado el aviso, pues desde más de una hora antes de la
bajamar, ya comenzaron á salir de los tres barrios, triscando como
potros bravíos, con el morral al costado, el retuelle al hombro, las
perneras remangadas hasta las ingles, los pies descalzos, los brazos
en cueros vivos y la cabeza hecha un bardal, cerca de dos docenas de
mozuelos y más de seis mocetones, que no pararon de correr hasta la
casa misma de los rederos, donde tomaban de memoria el número que había
de corresponderles en la fila, según el orden en que iban llegando.
Cuando no quedó en la Arcillosa más agua que la contenida en su canal
angosta, se formó dentro de ella, y en el orden indicado, la fila, de
uno en uno, detrás de los rederos y su familia. Iban, pues, delante
de todos, el Lebrato, su hijo y tres nietos. Tenían los rederos ese
privilegio en compensación del derecho que asistía á sus convecinos, y
no se sabe por qué, para tomar parte en toda pesca preparada de igual
modo en la ribera del lugar.
La fila no bajaba de treinta cuando el Lebrato se agazapó y comenzó á
andar Arcillosa arriba, á pasos muy cortos y muy lentos, arrastrando al
mismo tiempo la mitad del aro de su retuelle por el suelo de la canal;
y los que le seguían, imitando su ejemplo, se fueron humillando uno por
uno, dando con sus oscilaciones y bamboleos tal aspecto á la procesión,
que más parecía revolcarse que caminar. Como el diámetro de los
retuelles no era menor que el ancho de la canal, evidente es que cada
pescador no podía contar con otros peces que los que se escabulleran,
casi de milagro, por los resquicios ó las mallas del retuelle del
que le precedía. De este modo, calcúlese lo que le alcanzaría al que
formaba en la cola, por cada libra de pescado que embaulara el Lebrato
en su morral. Ni los cámbaros llegaban esa vez al retuelle del
muchacho que hacía en la procesión el número treinta.
Pues aún hubo aquella tarde quien hizo el de treinta y uno; porque á
deshora y cuando ya iba la procesión bien apartada de la orilla, llegó
Quilino, un mozo del barrio de la Iglesia que siempre iba el último á
todas partes y donde quiera estaba de más; y hasta en negocios de amor
(lo único en que acertaba á madrugar como nadie, porque era enamoradote
y rijoso como él solo) le dejaban «á resultas» y en «veremos,» como le
estaba pasando entonces con Pilara, que no se resolvía á darle el sí en
tanto no hablara el Josco que, á lo que parecía, «pensaba en hablar.»
Con estas cosas se ponía Quilino que ardía. Llegó á la red echando los
hígados por la boca de tanto correr, y muy arremangado de camisa y
perneras, pero sin retuelle ni morral: no llevaba más que una talega,
como de medio celemín. Se lanzó á la basa, entró en la canal y comenzó
á arrastrar la talega, cuya boca mantenía medio abierta con la ayuda
de una velorta recién cortada en el camino. Rastreando así con gran
dificultad, porque la talega era de lienzo bien tupido y oponía gran
resistencia al agua que entraba en ella para no salir si no la echaban
por donde había entrado, llegó á la cola de la fila con dos cámbaros
chicos, tres esquilas y una zapatera, que resultaron en el fondo de la
talega al derramar el agua que contenía.
Relinchaba y reía entonces la gente de la red á más y mejor, porque
el Lebrato, contribuyendo sin duda á ello el buen acopio de lobinas,
mubles y rodaballos que iban haciendo él y Pedro Juan en sus amplios
morrales, estaba en vena, como nunca, de dicharachos, cuentos y
chascarrillos graciosos. Y ésta era la salsa que llevaba tanta gente
á las redes del Lebrato: la mitad más que á las que echaban en la
Arcillosa misma y en el otro estero, llamado _la Paserona_, _el
Parrenques_ ó cualquiera de los otros rederos, harto insípidos y
desanimados, del propio barrio de Las Pozas. Ir á la _ré_ del Lebrato,
era punto menos que ir á una comedia.
—¿De qué vus riís tanto, chacho?—preguntó Quilino en cuanto se arrimó
al colero, que en aquel instante estrenaba el morral con un rodaballo
no más grande ni más grueso que un librillo de fumar.
—Del horror de cosas que mos dice tío Lebrato—respondió el del
rodaballo chiquitín.—¡Conchis, qué celébre que está hoy!
Y el caso es que la gente aquélla se reía por reir, las más de las
veces, porque del quinto de la fila para abajo, ninguno celebraba lo
que verdaderamente salía de los labios de Juan Pedro. Como tenía éste
poca voz, y en aquellas ocasiones hablaba casi con la boca entre las
rodillas, y además sonaban mucho el chocleteo de piernas y retuelles
en el agua y el pujar y toser de los que iban cansándose en aquella
postura tan incómoda, las palabras del Lebrato, por mucho que éste las
esforzara, no eran oídas en toda su claridad más abajo del tercero ó
cuarto de la fila; pero como allí se iba, tanto ó más que por la pesca,
por oir los relatos de Juan Pedro, era ya cosa convenida que cada frase
del redero fuera repetida de trecho en trecho y pasada de boca en boca
hasta las orejas del último de la fila; con lo que acontecía que,
cuando ésta era larga, al llegar la frase á la mitad del camino, ya no
tenía punto de semejanza con la que había salido de la cabecera...
Como sucedió un buen rato después de llegar Quilino á formar la cola.
Comenzando á narrar otro suceso _de allá_, que eran los que más
embobaban al auditorio, dijo así Juan Pedro, sin dejar de andar ni de
atender á lo que traía entre manos, ni de recomendar á su hijo los
pocos peces gordos que se le escapaban por entre los pies ó saltando
sobre el aro del retuelle:
—Amigos de Dios: una vez pillamos á un general muy runflante de las
fuerzas de los chinos... porque un mandarín echó un bando con cuatro
aleluyas... que, por equívoco, le sacaron de las trincheras.
Pues el período éste, emitido á trozos y dando tumbos fila abajo
cada uno de ellos, de boca en boca y pescado al oído conforme á las
respectivas entendederas, fué llegando á las de Quilino en la siguiente
forma:
—«Se ha de ver que Pilarona le dará en resultante con la puerta en los
hocicos... porque _él_ no anda allí buscando más que las cuatro alubias
y el poco lardo de la puchera.»
En opinión de Quilino, el _él_ del cuento no podía ser otro que el
mismo Quilino en cuerpo y alma. Pilara no tenía, que de público se
supiera, otro pretendiente declarado que él, Quilino, y otro de
intención, pero muy á la vista: el Josco. Tan á la vista, que la misma
Pilara le había dicho á él, á Quilino, más de tres veces, que le
abría la puerta de su casa «á resultas de lo que Pedro Juan hablara,
cuando rompiera á hablar.» De modo y manera que lo del portazo «en los
hocicos» se había dicho allí por él, por Quilino, ó por el Josco. Por
el Josco no podía ser, porque el dicho venía del Lebrato, y el Lebrato
no había de burlarse de su propio hijo delante de tanta gente. Luego
era por él, por Quilino; y siendo por él, pasara lo de «la puerta
en los hocicos,» porque, al cabo, nadie es onza de oro que á todos
guste; pero lo de las cuatro alubias de la puchera, ¿con qué derecho
se suponía y se declaraba en público como cosa cierta, siendo en su
parecer, en el de Quilino, tan calumniosa?
Todas estas cosas discurrió Quilino, á su manera y en un periquete,
en cuanto llegó á su oído la última frase del período copiado, con lo
que se puso hecho un veneno; y dando un talegazo furibundo en la basa,
pidió cuentas del dicho al mozalbete que se le había endosado, el cual
respondió que como se le entregaron le había hecho correr; reclamó
entonces á la estafeta inmediata, saliéndose ya para esto de la canal;
mas como por allá arriba no se había dicho ni oído cosa semejante á lo
que producía la protesta de Quilino, que bailaba de coraje encima de la
basa, los treinta de la red le armaron una de risotadas y chiflidos,
que temblaba la junquera. Cegóse con ello Quilino, y fuése en derechura
hacia el Josco, que era el que más le ofendía allí, no por lo que
dijera ni silbara, pues ni desplegó los labios el infeliz, ni con una
mala arruga en ellos dió á entender que deseaba reirse de lo que estaba
pasando; sino por ser quien era: el mozo de cuya lengua dependía que
Pilarona le diera á él ó no le diera «con la puerta en los bocicos.»
Pedro Juan podría ser corto para decir á una moza «por ahí te pudras;»
pero á dar pronto, bien y á tiempo una castaña á un provocador, y
provocador tan mal visto de él como Quilino, que podría ó no podría
salirse con la suya en el empeño en que estaba metido, no había maestro
que le ganara. De modo que en cuanto vió la actitud de Quilino y
sintió que le temblaba un poco la mejilla izquierda, único síntoma que
anunciaba en él que se había colmado la medida de su aguante, largó el
retuelle y dió el primer avance para salir de la canal; pero lo observó
su padre, le cortó el paso con la ayuda de unos cuantos concurrentes, y
entre todos ellos le volvieron á su sitio, mientras los restantes de la
red daban otra grita al desconcertado retador y le echaban hacia abajo.
Y á esto debió Quilino la fortuna de conservar por entonces todos sus
dientes en la boca, y de no haber dejado aquella tarde bien estampada
su persona en la basa del estero.
Del cual salió sin detenerse más tiempo que el indispensable para
apañar la talega, echando espumas de rabia por la boca, y sacudiendo
tan fieros talegazos contra el suelo y hasta contra sus propias zancas
cuando no estaban hundidas en él, que al intentar un recuento de sus
cámbaros mientras gateaba la sierra, los halló en las honduras del saco
hechos una pura papilla. Esto, y el antojársele que ciertos rumores con
que de rato en rato le escarbaba los oídos el espirante nordeste (que,
por ser de buena casta, había de morir antes que el sol acabara de
caer) eran los de la rechifla con que le despedían á él, á Quilino, los
de la red, encendió nuevas iras en su pecho; trocó en desatada carrera
el paso acelerado que llevaba, y buscó por el callejo más hondo el
camino más breve del barrio, decidido á verse con Pilarona y á decirla
cuanto antes que, «saliérale pez ú rana, _aquello_ no podía seguir así.»
Entre tanto, los de la Arcillosa, olvidados bien pronto de Quilino con
los lances de la pesca y las cosas del Lebrato, continuaban detrás de
éste y su familia arrastrando el retuelle, casi siempre vacío; pero
con la esperanza de mejorar de suerte _más allá_. Y así fué, para
algunos, al llegar al remate de la canal, punto menos que en seco ya,
donde los cautivos peces se habían ido refugiando al buscar una salida
que sólo hallaban los que tenían la suerte de caber por las estrechas
mallas de la red. Para todos los pescadores hubo algo en aquel sitio;
pero tan poca cosa para los más de ellos, que sin las cuchufletas del
Lebrato, el lance de Quilino y otras «deversiones de palabra» que allí
encontraron, no alcanzara á consolarlos del tiempo que habían perdido,
ni del dolor de riñones que les hacía renquear, de vuelta á casa.
[Ilustración]
[Ilustración]
II
EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN
Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo
mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales
zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían
colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han
dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá
aquí veinte libras?
Pedro Juan dijo con la cabeza que no.
—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.
Pedro Juan hizo un signo afirmativo.
—Y de deciséis.
Otra afirmación muda del Josco.
—Y de decisiete.
Nueva afirmación muda del susodicho.
—Y de deciocho.
Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre
poco más ó menos.»
—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el
respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la _llubina_ que
el _muble_, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á
este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos:
bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por
casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.
Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que
no.»
—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que
no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y
en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla,
y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en
humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú
y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en
la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no
anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y
no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que
por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en
ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y
con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo
firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no
se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que
roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma
que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá
le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de
borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal
que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer
hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga
los mesmos tesoros del _Pirata_... ¿Metistes la camá de juncos en el
cesto?
Pedro Juan respondió que sí.
—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de
costumbre.
Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al
paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó
encima de él la triguera de muy mala gana.
—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los
zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos
avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.
Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que
reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de
la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre
la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la
blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de
pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para
los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres,
que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera
del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro
mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la
caldera.
El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño,
las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y
las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos
extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió
otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó
blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que
al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas
con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó
á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta
en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho
esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba
pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las
dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las
respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como
quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y
cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.
El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una
palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le
habló así:
—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa
mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.
—Es mejor así, ya que hay tiempo y ná que hacer en casa.
—Cierto: las vacas van ya camino del puerto, si es que no han llegado
á él; el llar está en punto, y la torta la echaré yo pa cenar cuando
güelvas... Pero...
Y como el Lebrato no apartara los ojos de las dos sartas de peces,
adivinándole los deseos Pedro Juan, díjole, alzando respectivamente la
mano en que estaba la sarta grande y la en que estaba la sarta chica:
—Éstos son pa él, y éstos... pa ella.
—¡Pa ella!... ¡Ah, vamos!... Pero nunca otro tanto hicistes, Pedro
Juan. ¿Cómo tan ocurrío por parte de noche?
—Porque los merece... Por eso.
—Bien está; pero la novedá es lo que me pasma. Con ello y con que se te
atragante la voluntá...
—Es que he pensao que pué que me atriva mejor así.
—¡Hombre! pues si en unos cuantos peces está y no te fías bastante en
esos pocos, llévate el canasto entero y verdadero. Con tal que ello
sea...
El Josco, sin aguardar á que su padre acabara de hablar, cogió con una
sola mano las dos sartas, salió del portal, y á buen paso tomó la misma
senda que había llevado Quilino al caer de la tarde; y también, al
llegar á lo alto de la sierra, buscó por el callejo más hondo el camino
más breve para ir adonde iba.
Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la
noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio
andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las _mullidas_ del
corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana,
según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte
menos en la cocina y en la cama.
Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara
resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo
que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al
goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que
era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin
segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él
se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que
después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le
puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin
que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»
Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal
había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes.
Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que
no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con
tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera
vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar
escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia;
porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos,
y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba
todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á
Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las
goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en
las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza;
y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho
las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que
diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:
—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una
barbaridá de espanto el día que menos!
El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de
firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba
Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.
Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que
se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba
ojo:
—Paece que se toma la luna, ¿eh?
—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la
cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por
no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.
Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro
Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó
hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes
pedacitos de un junco de la mullida del corral:
—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en
ellos?
—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.
Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.
Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los
ojos de ella, que tanto le _avergonzaban_, atrevióse á echarla encima
del cogote estas palabras:
—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.
Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en
el pechazo cada golpe que le atolondraba.
Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la
cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera
la velorta, pues se la quitó de la mano.
—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los
ojos.
—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un
poco de entusiasmo.
Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía
la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar
de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su
casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el
berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de
Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y
hasta el temblarle las piernas.
—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.
Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de
conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le
pusieron en las nubes... «pior que pior.»
—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si
entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y
conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.
Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero
iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una
ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza
y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía,
costárale lo que le costara.
De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y
cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la
cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:
—¡Pilara!
Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.
—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.
—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á
arrepentirse de su valentía.
—Bueno... Pus aquí me tienes.
—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si
no emportuno...
—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?
—Eso me paece á mí.
Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato,
le echó un remolque Pilara con estas otras:
—Ahora, tú dirás.
Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le
empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en
el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á
risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar
y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones
de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á
menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como
prudente, es cuando resulta ridículo.
—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba
callado, pero no en sosiego.
—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes
tú... si estará en casa ese hombre.
Sonrióse Pilara y respondió:
—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.
—Enestonces... voy pa-llá.
—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle
la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido
redero.
—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la
esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho
más!
—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?
—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles!
¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!
—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?
—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta
veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el
pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal
rayo me parta por encogío y por... coles!
Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió
ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.
Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le
atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí
estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda,
colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus
caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus
hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para
el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada
en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la
media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el
día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que
sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por
limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no
era _cubicioso_ ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la
vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado
al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era,
se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para
otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que
«hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás,
«cuasi pa el cuasi.»
Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello;
y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas,
y _lo_ deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo
y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un _murio de
paré!_;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo
que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y
le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de
dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de
hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al
ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa,
llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de
ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro
que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»
Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del
barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»
[Ilustración]
[Ilustración]
III
ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES
Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado
tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la
portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo
de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los _esquinales_ del
mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos
solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo,
pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre,
que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.
Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la
portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana
que daba al corral no había nadie.
Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio
abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí
con toda su voz, que no pecaba de suave:
—¡Deo gracias!
—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo
timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó
de mujer.
—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana,
á juzgar por la cara que puso.
—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto
de la escalera.
—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.
—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes
á estas horas?
—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro
pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.
—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la _estorneja_ si está echada, y
¡sube, hombre, sube!
—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque
vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.
—¡Te digo que subas, y no seas meleno!
Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media
puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió
la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía
chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya
la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro
que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le
dijo, con la voz de antes:
—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que
será.
Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas
se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se
veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto,
con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda,
y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía
el rayo de luz, y en ella entraron.
El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que
bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector,
que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó
ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como
siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto
ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla
además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la
madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró,
ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los
labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al
conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática.
Entonces llevaba una badila en la mano.
—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y
poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta
de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero,
hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de
pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu
padre. Si ya os he dicho...
—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente
el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos
del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.
—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y
quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto;
y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma
noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo
nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.
Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras
Romana tiraba los peces encima de una mesa:
—¡Inés! ¡Inés!
Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le
dijo:
—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.
—No, señor.
—Medio vaso de vino...
—No lo uso: ya lo sabe usté.
—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.
—Mucho menos...
—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.
—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido
yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme
á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.