Otra bebida favorita es la cerveza embotellada, muy floja, mezclada con

limón helado. Los españoles, sin embargo, no son muy bebedores de

cerveza, siquiera sus antepasados la bebieran más que el vino, que en

aquella época no era tan abundante ni tan universal como al presente; la

cerveza, producto de los países donde no hay vides, fué introducida en

España por los egipcios y cartagineses, y resultó muy buena y muy

aceptada. Los soldados romanos, tan aficionados al vino, se mofaron de

los iberos, bebedores de cerveza, lo mismo que hicieron los franceses

con los ingleses _antes_ de la batalla de Agincourt. «¿Pero puede ese

caldo de cebada calentar su alma de horchata a un temple tan subido?»

Polibio habla con desprecio de la magnificencia de un rey español,

porque en su palacio había vasos de oro y plata llenos de cerveza, de

vino de cebada. Los verdaderos godos fueron grandes bebedores de cerveza

sencilla y fuerte, mixturas ásperas y embrutecedoras, según Aristóteles.

Su arzobispo, San Isidoro, distinguía entre el _celia ceria_ y la

_cerbiria_, de donde se deriva la palabra _cerveza_. Esta bebida, como

tantas otras cosas en España, ha degenerado mucho. La cerveza inglesa

fuerte es escasa y cara. Entre los muchos ingeniosos absurdos de las

leyes de aduanas españolas, existía el de estar prohibida la cerveza

inglesa en barriles y también las botellas vacías; pero se admitía la

cerveza prohibida en las botellas prohibidas, por el principio, sin

duda, de que dos negativas aduaneras constituyen una afirmación para la

Hacienda.

Capítulo XIII.

Los vinos de España merecen capítulo aparte. El jerez no es menos

popular en Inglaterra que Murillo, a pesar de las innumerables copias

del uno, que pasan por originales, y los toneles del otro, que se venden

como si hubieran sido importados de España. El español no siente gran

curiosidad por el Oporto, ni es muy exigente para el Madera; prefiere la

cantidad a la calidad y le importa menos el sabor que la molestia de

elegir. Una bodega de una casa particular donde haya vinos raros y

exquisitos, es una cosa aún más extraña que una biblioteca con libros

también extranjeros: un hidalgo con veinte apellidos envía,

sencillamente al almacén más cercano, antes de cada comida, a buscar un

cuartillo de vino, ni más ni menos, que un burgués cualquiera envía en

la City por una pinta de cerveza. Provinciano en todo, el español toma

los bienes tal como los dioses se los envíen, como los tiene a mano;

bebe el vino que se produce en la viña más cercana, y, si no lo hay, se

regodea con el agua de la fuente que esté menos lejos. Es lo mismo en

todas las cosas; añade el menor esfuerzo posible a lo que la Naturaleza

le concede buenamente; su objeto es sacar el mayor provecho con la menor

cantidad de trabajo; deja que un vivificante sol y un suelo fértil cree

para él la primera materia, que exporta, pareciéndole perfectamente que

el extranjero se los devuelva transformados por el arte y la industria,

como ocurre con la lana, la barrilla, los pellejos y el corcho, que

vuelven convertidos en paño, cristal, cuero y tapones.

Los vinos más célebres y selectos de la Península son el oporto y el

jerez, que deben su excelencia a la práctica extranjera, no a la de los

naturales, pues los principales cosecheros y fabricantes son europeos,

su sistema enteramente antiespañol, porque no hay nada más tosco,

antiguo y contrario a la ciencia que el modo de hacer el vino en

aquellos lugares en que los extranjeros no han puesto la mano. Pero

España es un país conservado en una redoma para los arqueólogos, y hay

que confesar que el procedimiento nacional es por todo extremo

pintoresco y clásico; no hay «Bacanal» del Tiziano más brillante y

animada, y no tiene más sabor clásico ningún bajo relieve de los que

representan sacrificios,

«To Bacchus, who first from out the purple grape

Crushed the sweet poison of misused wine»[46].

Muchas veces hemos atravesado pueblos fragantes con el aroma del vino e

inundados con el zumo de la uva, hasta que el mismo barro estaba

enrojecido; ¡qué bulliciosa escena! Burros cargados con canastos llenos

del maduro fruto; muchachas encorvadas bajo el peso de las pesadas

banastas; hombres con las piernas y los brazos rojizos, alegres y

joviales como sátiros, rellenando apresuradamente la tosca y sucia cuba,

en donde se meten las uvas indistintamente, las blancas y las negras,

las maduras y las agraces, las sanas y las podridas, sin ningún esmero,

sin hacer la menor selección. La suciedad y el abandono con que se hacen

todas las demás operaciones corren parejas con esta primera. Se prensa

la uva con los pies desnudos o con vigas del sistema más primitivo, y en

los dos casos, todas las operaciones de clasificación se dejan a la

fermentación natural, porque hay una divinidad que dispone de nuestros

destinos y se deja que las cosas salgan como buenamente puedan.

Como están en una latitud en que se puede tener certeza del buen tiempo,

los vinos de España pueden competir con los de Francia, y más aún con

los del Rin, donde una buena vendimia no es la regla, sino la excepción.

Su variedad es infinita, pues pocas regiones hay, excepción hecha de las

muy elevadas, que no tengan sus productos locales, cuyos nombres,

colores y sabores son igualmente numerosos y variados. El sediento

viajero que después de una larga jornada a caballo, bajo un sol

abrasador, se sienta a la mesa ante un plato sazonado un poco fuerte,

encuentra una gran satisfacción con un fresco trago del delicioso vino

del país, que le ofrecen recién sacado del pellejo o de la tinaja;

entonces se le ocurre transportar aquel néctar a su país y se maravilla

de que «el comercio» no haya parado mientes en aquel delicioso vino. Y,

sin embargo, los que se han decidido a emprender el negocio se han

llevado un gran desencanto al echarse a la garganta, en Londres, la

mercancía tan largamente esperada. Y es que, ya aquí, desaparecida la

ilusión, cuán insípida, pasada y desagradable resulta esta soñada bebida

a un paladar ahito y difícil y a un dictamen aturdido y disperso por

prestar su atención a los mejores vinos. Aquellos de nuestros lectores

cuyas bodegas estén surtidas de escogidos burdeos, jerez y _champagne_,

pueden pasarse perfectamente sin los demás vinos españoles. Y si quieren

hacer una excepción, que sea solamente en favor del valdepeñas y la

manzanilla.

A los vinos regionales se les puede, por tanto, pasar de un trago;

estudiémoslos sucintamente. El navarro bebe su peralta, el vasco su

chacolí, que es un vinillo ordinario muy inferior a nuestra buena sidra.

Los aragoneses se surten de las viñas de Cariñena, de donde se extrae un

rico vino dulce con un peculiar aroma; los catalanes, de las de Sitges y

Benicarló, cuyo conocido vino negro se exporte en gran cantidad a

Burdeos para hacer más fuertes los claretes, adaptándolos a nuestro

paladar más fuerte, y como el vino que de él se saca es muy obscuro y

aromático, mucho viene a Inglaterra para mezclarlo con el que los

vendedores llaman viejo oporto. El ardiente y acre aguardiente que se

saca del Benicarló se envía a Cádiz en una proporción de 1.000 toneles

anuales para encabezar el jerez malo.

En las provincias centrales de España se consume poco de esos vinos;

León tiene su vino propio, que se produce principalmente cerca de Zamora

y Toro, y se bebe mucho en la cercana y docta Universidad de Salamanca,

siendo origen de algunos trastornos, porque es fuerte y se sube con

facilidad a la cabeza como ocurre con el oporto. Madrid se provee de

vinos de Tarancón y Arganda y otros pueblos cercanos, y el de Arganda se

substituye con frecuencia por el celebrado valdepeñas, de la Mancha;

aquel que fué, por decirlo así, la leche que tomó en su infancia Sancho

Panza y que tan bien sabían catar aquellos dos excelentes mojones que

tuvo en su linaje por parte de su padre, pues según refiere el buen

escudero al del Caballero del Bosque, «diéronles a los dos a probar del

vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o

malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua, el otro no

hizo mas que llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino

sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. Con todo eso

los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. Anduvo el

tiempo, vendióse el vino, y al limpiar la cuba hallaron en ella una

llave pequeña pendiente de una correa de cordobán: porque vea vuesa

merced si quien viene desta ralea podía dar su parecer en semejantes

causas»[47].

En este «valle de piedras» es tan abundante el rojo líquido, que no es

raro ver tirar grandes cantidades de vino añejo para vaciar los cueros,

tinajas y barriles y poner en ellos el nuevo. Por la gran escasez de

combustible que hay en esta comarca, el orujo suele valer tanto como la

misma uva. En Valdepeñas, a pesar de tener en Madrid su mejor parroquia,

el vino se hace de la manera más primitiva y descuidada. Antes de la

invasión francesa, un holandés llamado Muller había empezado a mejorar

el sistema, y, naturalmente, subió el precio del vino, por lo cual, en

1808, las clases bajas invadieron sus bodegas robándole todo y a poco le

matan por hacer vino más caro. Está hecho de una cepa de Borgoña que ha

sido trasladada y trasplantada del mísero sol de la voluble Francia a

los claros y gloriosos veranos de la Mancha. El vino típico es rico, de

mucho cuerpo, y muy obscuro, se conserva perfectamente cuatro o cinco

años y más, ganando notablemente. Para saborearle debidamente debe

beberse en su misma tierra; los aficionados deben bajar a una _cueva_ o

bodega a beber una copa del rúbeo líquido sacándolo directamente de la

tripuda tinaja. Al llevarlo a distancia casi siempre lo adulteran, y en

el mismo Madrid no se suele encontrar sin que tenga gran cantidad de

palo campeche, materia casi venenosa que produce trastornos nerviosos y

musculares.

Las mejores viñas y bodegas son las que pertenecieron a Don Carlos y las

del marqués de Santa Cruz. A propósito de éste, no estará de más

recordar una anécdota que pone de relieve el abandono tradicional de los

españoles y la manera que tienen de hacer las cosas. Este verdadero

prócer, uno de los más distinguidos entre los aristócratas por su

jerarquía y su talento, cenaba una noche con un embajador extranjero en

Madrid. Este señor era gran aficionado y entusiasta del valdepeñas (como

todas las personas juiciosas deben serlo), y se tomaba mucho trabajo

para conseguirlo puro, enviando a buscarlo personas de confianza y

barriles en condiciones. En cuanto el marqués se llevó a los labios la

primera copa, exclamó: «¡Magnífico vino! ¿Cómo se las arregla usted para

comprarlo en Madrid?» «Me lo envía--replicó el embajador--su

_administrador_ de usted en Valdepeñas y tendré mucho gusto en

procurarle a usted un poco».

El vino cuesta unas cinco libras el tonel en el sitio de producción,

pero el porte es muy caro y, además, no es raro que cuando va en cueros,

en el camino los arrieros lo pinchen para sacarlo y añadir agua; además

toma un sabor muy desagradable a la pez del pellejo. El único modo de

obtenerlo puro y sin adulterar es transportarlo en toneles _dobles_ de

Jerez. El vino se echa en uno, y éste va protegido por otro exterior,

que evita las barrenas, las pajas y otros ingeniosos medios de extraer

el sabroso líquido y substituírlo por agua clara. Después tiene que ir

en mulos o en carretas hasta Cádiz o Santander. También será conveniente

enviar por dos toneles, pues en este _país de lo imprevisto_ los

_accidentes_ siempre están a la orden del día cuando hay por medio vino

o mujeres. El importador recibirá, eso sí, toda clase de certificados,

firmados, sellados y precintados, en los que el alcalde, el arriero, el

guardia y todos los que hayan participado del botín, describirán y

probarán el _accidente_, ya sea un vuelco, una rotura de los barriles, o

lo que sea. Puede afirmarse, sin temor a equivocación, que, a pesar de

todas las seguridades que se atreven a dar los vendedores, a Inglaterra

llega muy poco valdepeñas puro. Como el jerez es un asunto de interés

más general, nos ocuparemos de él con más detención.

Capítulo XIV

El jerez, vino que necesita más explicación de lo que creen muchos de

sus consumidores, se produce en un limitado espacio de la Península, en

el rincón suroeste de la risueña Andalucía, que ocupa un trozo de la

región del que Jerez es la capital y el centro. El distrito productor de

vino se extiende en un espacio que puede incluírse (consúltese un mapa)

en una línea trazada desde el Puerto de Santa María por Rota, Sanlúcar,

Tribujena, Lebrija, Arcos, a volver otra vez al Puerto. Los mejores

viñedos son los que están en la inmediata vecindad de Jerez, de donde

toma su nombre todo el vino que se produce en la comarca, siendo, sin

embargo, menos bueno el que se da más lejos de este punto central.

A pesar de que algunos autores--que para demostrar su ciencia, van a la

caza de etimologías griegas para todas las palabras--derivan Jerez del

griego Ξηρος, seco, no hay más razón para ello que para atribuírsela al

persa Schiraz. _Sherris sack_, término usado por Falstaff, autoridad no

despreciable en la materia, es el mismo _jerez seco_ que se emplea en el

país, que, como el _seck_ de los autores antiguos ingleses y el _sec_

francés, se usa en contradicción de _dulce_, que se aplica a las

malvasías y moscateles que se hacen con la misma uva. Este vino, como ya

se ha dicho, fué primeramente introducido en Inglaterra en tiempo de

Enrique VII, cuya estrecha alianza con Fernando e Isabel se cimentó en

el casamiento de su hijo con la hija de éstos. Se hizo más popular entre

nosotros durante el reinado de Isabel, cuando los que navegaban al mando

de Essex saquearon Cádiz, en 1596, y trajeron la moda de que el «jerez

bueno da valor», como decía sir John. La visita que Carlos I hizo a

España contribuyó no poco a extender en Inglaterra el gusto por los

vinos de la Península, y así vemos que Howel escribe desde York, en

1645, a un amigo suyo, diciéndole: «comeremos un barril o dos de ostras,

con una copa de buen jerez, al cual es también muy aficionada esta

ciudad». Durante las guerras de sucesión y aquellas fatales contiendas

con Inglaterra, ocasionadas por la alianza con Francia y el pacto de

familia de Carlos III, nuestro consumo de jerez disminuyó grandemente y

se abandonó y empeoró mucho el cultivo de las viñas y el modo de

elaborar el vino. Al final de la última centuria los mejoró notablemente

la familia Gordon, cuyas casas en Jerez y el Puerto ocupan, con

justicia, uno de los primeros puestos en el país. El haber mejorado la

calidad del vino debía ser la mejor recomendación, pero como la moda

influye en todo, el jerez no adquirió toda su boga hasta que lord

Holland, a su vuelta de España, empezó a servir un jerez estupendo en su

acreditada mesa.

La calidad del vino depende de la uva y de la tierra en que se produce,

que ha sido examinada y analizada por químicos competentes. Sin

detenernos en detalles poco interesantes, diremos que la mejor es la

_albariza_; esta tierra blancuzca se compone de arcilla mezclada con

carbonato de calcio y sílice. La segunda clase es la llamada _barras_,

que consta de arena de cuarzo mezclada con calcio y óxido de hierro. La

tercera es la de _arenas_, y, como su nombre indica, apenas contiene mas

que arena y es la más extendida, sobre todo por Sanlúcar, Rota y por

detrás de Arcos. Produce más que ninguna, aun cuando el vino, por lo

general, es basto, de poco cuerpo y de mal sabor y no suele mejorar

hasta el tercer año; él constituye la solera de todo este jerez inferior

de exportación, tan extendido para descrédito del bueno. La cuarta clase

de terreno, muy limitado, es el _bugeo_ o gredoso obscuro, que suele

estar en las orillas de los arroyos o de las lomas. El vino que se

produce en él es pobre y flojo; sin embargo, todos los productos

inferiores de estos diferentes distritos se venden como verdadero jerez,

con gran detrimento de los que verdaderamente se producen cerca del

mismo Jerez, que no llega ni a una quinta parte del que se exporta.

La variedad de uva es mucho mayor que la del terreno en que se crían.

Entre más de cien clases diferentes, las llamadas _Listan_ y _Palomina

blanca_ son las mejores. La creciente demanda de jerez, allí donde la

producción es limitada, ha llevado a suprimir el cultivo de viñas de

calidad inferior, substituyéndolas por otras más productivas y de mejor

clase. La _Pedro Ximénez_, uva dulce deliciosa, que es tan celebrada,

vino primeramente de Madera y se plantó en el Rin, desde donde la trajo

a Málaga hará unos dos siglos un tal Pedro Simón, habiéndose extendido

desde entonces considerablemente por todo el sur de España. De esta uva

se hace el exquisito y meloso vino dulce llamado _pajarate_, nombre que

muchos derivan equivocadamente de _pájaros_, porque éstos acostumbran

picar las uvas más maduras; pero, en realidad, tiene su origen en

haberse hecho antiguamente sólo en Pajarete, pequeño lugar cerca de

Jerez: hoy se hace en todas partes, poniendo primero las uvas a secar al

sol, hasta que casi se convierten en pasas, y pisándolas luego, hasta

obtener una especie de almíbar espeso, al que se le agrega vino añejo y

algo de aguardiente. Este vino es extremadamente costoso y se utiliza

mucho para curar y madurar los vinos nuevos.

Hay una obra muy interesante de Rojas Clemente en la que figuran todos

los vinos andaluces. Este perfecto naturalista se desprestigió por

convertirse en un adulador del miserable favorito Godoy y por haberse

hecho afrancesado, incurriendo en delito de traición a su patria. Por

esto, y para satisfacer a sus amos, hace resaltar «el contraste entre la

franca generosidad y la viveza y cordialidad de los jerezanos, con la

sombría estupidez y el feroz egoísmo del pueblo insolente que vive a

orillas del Támesis», por el cual justamente había sido recibido con

exquisita hospitalidad no hacía mucho tiempo. Este digno caballero, sin

embargo, escribió a la vista de Trafalgar y en el momento en que algún

acontecimiento enojoso hacía germinar la ira en su pecho y en el de su

estimable señor.

Las viñas se cultivan con mucho cuidado y exigen constante atención

desde el momento en que se plantan hasta que se mueren o hay que

arrancarlas. Dan fruto, por lo general, al quinto año, y continúan dando

más y de mejor calidad hasta los treinta y cinco y aun más años;

entonces su producto empieza a disminuír en cantidad y calidad. Los

mejores vinos son los extraídos de la uva que tarda más en madurar; esta

clase de viña es muy delicada, tiene una verdadera hidrofobia báquica o

antipatía al agua, y fácilmente se estropea con malos olores y

hierbajos. Los viñadores tienen que trabajar mucho; primero deben cavar

y limpiar la tierra; más tarde, podar las viñas y sujetarlas a las

estacas; además hay que destruír los insectos, y, por último, coger el

fruto y pisarlo. Es, pues, una vida la suya de constante cuidado,

trabajo y gasto.

El mejor aroma del vino depende de la uva y el terreno, y como los

sitios favorecidos son limitados y la competencia para conseguirlos

grande, los precios son muy caros, hasta el punto de llegar a ser

inverosímiles en algún caso; los propietarios de viñas son numerosísimos

y la tierra, dividida en infinitas parcelas. El mismo _Pago de

Macharnudo_, el mejor de todos, el Clos le Vougeot, el Johannisberg de

Jerez, está muy subdividido. Se compone de 1.200 _aranzadas_, una de las

cuales puede tomarse como equivalente de nuestro acre, y que es la

cantidad de tierra que puede ararse en un día con un par de bueyes. De

ellas, 460 pertenecen a la gran casa de Pedro Domecq, y su producción

media puede calcularse en unos 1.895 toneles, de los cuales sólo 350 son

de lo mejor. Entre los más renombrados _pagos_, o sea distritos

vinícolas, se pueden citar: Carrascal, Los Tercios, Barbiana, _alta y

baja_, Añina, San Julián, Mochiele, Carraola, Cruz del Husillo, que está

muy inmediato al _término_ de Jerez. La producción de estas viñas

siempre obtiene precios muy altos en el mercado. Muchos de estos viñedos

están cercados con cañas, el _arundo donax_, o con áloes, cuyas afiladas

hojas forman empalizadas que desafiarían a un regimiento de dragones y

son llamadas por la gente del país los mondadientes del diablo; además,

los _capataces del campo_ llevan un perro enorme y feroz que

despedazarían a cualquiera que pretendiera entrar. Cuando está el fruto

en punto de madurez es cuando es especialmente vigilado, porque se tiene

siempre presente el proverbio que dice: _Niñas y viñas, son malas de

guardar_.

Conforme se acerca la época de la vendimia, los cuidados de los

propietarios y el trabajo de los viñadores se aumenta. Los racimos se

cogen y se extienden durante algunos días sobre esterillas: los que aun

no están bien maduros se apartan y se dejan más tiempo al sol, con lo

cual mejoran. Si las uvas están demasiado maduras, entonces sobresale la

sacarina y hay menos cantidad de ácido tártaro. Las uvas escogidas se

rocían con cal, que absorbe la parte acuosa y las partículas ácidas.

Para esta operación (que, dicho sea de paso, es una antigua costumbre

africana), se requiere una mano muy experta, con objeto de evitar la

imputación de Falstaff: «En este jerez hay cal». La uva se pisa, por lo

general, de noche, porque hace más fresco, y, además, así se evitan las

picaduras de las avispas, que acuden en verdaderos enjambres. En las

grandes viñas hay, por lo común, unos cuantos edificios en donde se

encuentra todo lo necesario para hacer el vino, y bodegas en las que el

mosto se deposita para que fermente hasta la primavera, en que se le

separa de las heces. Cuando se trasiega el vino nuevo, todo lo que

produce una misma viña se reúne y forma una _partida_.

En la vendimia--la labor más intensa y absorbente del año--se suele

emplear una quincena y se hace antes en la parte de Rota que en Jerez,

donde comienza por el 20 de septiembre; en este breve lapso de tiempo la

inteligencia, el cuerpo y el alma del hombre están dedicados

exclusivamente a la operación; y hasta a Venus, la reina del vecino

Cádiz, que en unión de Baco, es durante los otros trescientos cincuenta

y un días del año adorada fervorosamente, se olvida en esta época.

Nobles y plebeyos, comerciantes y curas, no hablan más que de vino, que

de cuando en cuando monopoliza al hombre y es para Jerez lo que el agua

para el Cairo, donde las crecidas del Nilo sirven a un tiempo de placer

y beneficio. Cuando se ha terminado la vendimia, los aduaneros toman

nota en sus respectivas demarcaciones de lo que ha producido cada viña,

a quién se ha vendido y dónde se adquiere, y no se puede revender sin

permiso, y aun con éste debe pagarse un cuatro por ciento de derechos.

No hay que decir que en un país donde los empleados públicos están mal

pagados y donde la honradez oficial y los principios son casi

desconocidos, es facilísimo el soborno; se hacen, regularmente,

relaciones falsas y se emplean mil medios para que vaya a los bolsillos

de los recaudadores la renta que debía ingresar en los tesoros de la

Reina, sustrayéndose a las vejaciones y molestias de los impuestos

comerciales, el odio a los cuales parece como que forma una segunda

naturaleza en todo el mundo. En el primer año los vinos varían mucho;

unos se embastecen, otros se agrian, otros se depuran y mejoran; sólo

aquellos que resultan aromáticos, de bastante cuerpo y delicados se

llaman _finos_, y la ganancia del cosechero está en los precios elevados

que los _almacenistas_ pagan por éstos, pero no suelen ser muy

abundantes, pues en una partida de cien pipas es raro que salgan más de

diez o quince que se puedan incluír en esta clase. Los vinos que se

producen en el mismo _término_ no varían mucho de calidad y suelen valer

igual en el mercado, donde son conocidos y justipreciados perfectamente.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 14 / 16 段