Los viajeros deben prevenirse contra el sugestivo nombre de _manteca

valenciana_, que encontrarán en muchos sitios. Esta manteca se compone

(la leche no tiene nada que ver en ella) de ajo y grasa de cerdo en

partes iguales, amasado en un mortero y que se extiende sobre el pan,

como solemos nosotros hacer con el arsénico para destruír los bichos.

Gusta mucho a los campesinos, lo mismo que la sopa de sus vecinos, los

catalanes, que se hace con pan y ajos fritos en aceite y agua caliente.

Este plato se llama _sopa de gato_, probablemente porque les hará daño a

los gatos, aunque no se lo haga a los catalanes.

Una cosa es verdaderamente deliciosa en España: la ensalada, y para

hacerla, según el proverbio, se necesitan cuatro personas: un

derrochador para el aceite, un tacaño para el vinagre, un consejero para

la sal y un loco para revolver todo ello.--_N. B._ Póngase la ensalada

en una ensaladera muy honda para que esta última operación pueda hacerse

cómodamente. La ensalada es la gloria de las comidas en Francia y la

desgracia de muchas en Inglaterra, incluso en las buenas casas, y esto

por dos razones: primera, por poner en ella huevos, mostaza y otros

ingredientes heréticos, y segunda, por hacerla mucho antes del momento

de comerla, con lo cual la verdura, que debe estar fresca y tersa, se

pone lacia y marchita. Por lo tanto, es conveniente preparar la

ensalada en platos distintos y no mezclar el caldo hasta el momento de

servirla. Tómese lechuga o cualquier otra clase de ensalada fresca, que

no debe cortarse con cuchillo de acero, pues pone los bordes negruzcos y

le da mal sabor; arránquese las hojas del troncho, que se tirará, pues

suelen ser duras y amargas; lávense en varias aguas y séquense en una

servilleta; en un tazón aparte se pone igual cantidad de vinagre y agua,

una cucharadita de pimienta y sal y cuatro veces más aceite que vinagre

y agua, y se mezcla todo bien. En un platito aparte se pican muy

menuditas algunas hierbas finas, especialmente estragón y perifollo.

Después se rocía la ensalada con el caldo y se le mezclan las hierbas,

sirviéndola en seguida. Por hacer una ensalada mucho peor que ésta, hace

unos cuantos años, un cocinero inglés cobraba una guinea.

Quedarían incompletas las noticias sobre la ensalada española si no

dijéramos algo del _gazpacho_, esta especie de sopa vegetal que durante

el verano constituye el principal alimento de los habitantes de la parte

más calurosa de España. Es un plato de origen árabe, como lo indica su

nombre; y se compone de cebolla, ajo, pepinos y pimientos, todo muy

picado y mezclado con trozos de pan en una sopera llena de aceite,

vinagre y agua fresca. Los segadores, y en general los labriegos, no

pueden pasar sin este plato refrescante en el verano. Era el οζυχρατος

de los griegos, el _posca_, alimento potable, comida y bebida _potus et

esca_, que formaba parte de la ración del soldado romano, con el que

gustaba de refrescar Adriano (un español) y en el que Baaz invitó a Ruth

a que mojara su pan. El doctor Buchanan descubrió que algunos cristianos

de Siria lo llamaban todavía _ail, ail, Hil, Hila_, que fué lo que

Nuestro Señor pidió desde la Cruz, y los que entendían aquel dialecto se

lo dieron de una vasija que estaba preparada para sus guardianes.

En Andalucía, durante el verano, en todas las casas suele haber una

fuente de gazpacho por las tardes y se invita a los que llegan. Los

extranjeros no lo digieren fácilmente, y no lo necesitan tanto como los

naturales del país, cuyas almas están más secas y apergaminadas y

transpiran menos. Los componentes del gazpacho: aceite, vinagre y pan,

es todo lo que se les da a los trabajadores por los labradores que dicen

que los alimentan; llevan suspendidos de sus carretas cuernos, la forma

más primitiva de botella y vaso, que encierran estos componentes, con

los que pueden hacer sus _migas_; este plato consiste en pedacitos de

pan fritos en aceite con pimentón y ajo, y no se puede dar una idea más

clara de la miseria de su comida que la expresión corriente _buenas

migas hay_, empleándola para expresar que se tratan bien. En invierno se

suele tomar el gazpacho caliente. ¡Oh _dura messorum ilia_! ¡Oh, el

estómago de hierro de los labradores!

Capítulo XII.

Al sumergirnos en el estudio de los líquidos españoles, no mezclaremos

el vino con el agua, sino que los pondremos separados como suelen hacer

en el país; la última merece ocupar el primer puesto, si seguimos la

opinión de Píndaro, que consideraba el agua como la mejor de todas las

cosas, en contra de lo sostenido por Anacreonte, que no era precisamente

miembro de ninguna sociedad de templanza. La gran consideración del

español por el agua es completamente oriental, pero, al mismo tiempo,

como su sangre tiene tanto de gótico como de árabe, sus preferencias

también se dividen, y si adora el claro líquido como un musulmán, venera

el jugo de la uva lo mismo que un germano.

El agua es la sangre de la tierra y el purificador del cuerpo en las

regiones tropicales y en las religiones que, rigiéndose por la latitud,

obligan a frecuentes abluciones; grandes son las alabanzas de los

escritores árabes a los arroyos y las fuentes y grande es su culto por

las fuentes y manantiales, que, si se ha de dar crédito a lo que

cuentan, hacen cosas más maravillosas que las de los hidropáticos de

Grafenberg. La idea española de un paraíso en la tierra, de un jardín,

es un recinto con mucha agua y bien distribuída; el riego es fertilidad

y riqueza, y por esta razón las fuentes, los arroyos y los ríos han sido

siempre, como en Oriente, causa de disputas; mejor aún, la palabra

_rivalidad_ puede decirse que se deriva de estas cuestiones y pleitos

producidas por los ríos, como el nombre dado a la fuente, porque

disputaron los hombres de Gerah e Isaac, se llamó _esek_ por el

contenido.

El curso del agua no se puede ocultar; la esterilidad más escueta bordea

la más lujuriante abundancia, la más triste desolación se ve rodeada de

una vegetación espléndida, y desde muy lejos se percibe la línea

divisoria entre un desierto y un oasis. Los moros, que vinieron de

Oriente, apreciaron mucho el valor de este elemento; recogieron con el

mayor cuidado los manantiales mejores y los canalizaron, embalsándolos

también en grandes estanques y cisternas, y construyeron magníficos

acueductos; en una palabra, ejercieron una mágica influencia sobre este

elemento, que guiaron y aprovecharon a su gusto. Su sistema de riegos

fué tan perfecto, que no ha sido mejorado ni destruído. En las regiones

en que subsiste este sistema, Flora sonríe eternamente y Ceres juguetea

con Pomona; donde la devastación de la guerra o la negligencia del

hombre han acabado con él, el paraíso ha dejado el sitio al desierto y

las llanuras, abundantes un día en trigo, alegría y vida, son hoy campos

de tristeza y desolación.

Las fuentes en España, especialmente en las comarcas más calientes y en

las regiones árabes, son muy numerosas, y no pueden menos de chocar y

agradar al extranjero el verlas en las plazas públicas, en los paseos o

en los jardines. El modo de aprovechar el agua es muy sencillo: el río,

que baja despeñándose de la montaña, se detiene a cierta distancia de su

nacimiento y se canaliza artificialmente y es conducido a un recipiente

colocado a más altura que la ciudad que ha de surtirse de agua. Como

ésta tiende a buscar su nivel, la fuerza, el cuerpo y altura de algunos

de los surtidores es de muy regular altura.

En nuestro frío país, donde, excepción hecha de Charing Cross, los

manantiales son conducidos, enterrados e invisibles, este borbotar de

agua, este brillar de diamantes al sol que refrescan el aire y alegran

la vista y el oído son absolutamente desconocidos, y aquí, en cambio,

hay tal derroche de ella que llamaría la atención del director de las

obras hidráulicas de Chelsea y le inducirían a activar la cobranza de

multas por medio del recaudador de contribuciones. Pero como el deseo de

muchos de los españoles de levita es imitar a los extranjeros, se

avergüenzan del sistema primitivo de sus antepasados y muchos de ellos

prefieren la económica cañería a su extravagante y gratuito chapoteo, y

un grifo a la más oriental Rebeca que vaya por agua a la fuente.

Las fuentes en España, como en Oriente, son los sitios de reunión y de

visita de las mujeres; a ellas acuden jóvenes y viejas, nietas y

abuelas, formando un conjunto que volvería loco a un pintor por lo

abigarrado de los colores de los trajes, los grupos que se forman y el

alboroto y griterío que se escucha. De cuando en cuando se ve un grupo

de mozuelas, verdaderas sacerdotisas de Hebe, de formas regulares y paso

de gacela, ligero, pero firme, que, más graciosas que bailarinas de

ópera, vienen riendo y parloteando, balanceando en la cabeza cántaros de

forma antigua, que no envidiarían nada a un jarro de Sèvres. Cualquiera

se figuraría que el coger agua es alguna operación difícil al ver el

tiempo que pasan junto al amado borde de la fuente. Pero es que, en

realidad, aquel es su paseo, su tertulia; en el momento que están allí

descansan las mujeres de su trabajo continuo y atienden sólo al cántaro;

aquí, sobre todo, después de misa, las jóvenes discurren sobre amores y

vestidos; las de mediana edad y madres, de sus casas y de sus hijos;

todas hablan y, por lo general a un tiempo, y la chismografía anima a

las hijas de Eva, lo mismo en el elegante gabinete, que en la fresca

fuente, cuyas aguas, si se les añade un punto de escándalo, son más

dulces que la miel.

Los iberos fueron decididos bebedores de agua, y este rasgo de sus

costumbres, que se han modificado mucho, existe aún, lo mismo que el sol

que las regula: el griego Ateneo se asombraba de que muchos ricos

españoles prefiriesen el agua al vino. Por lo general, beben el vino que

les presentan y no prueban el agua, en cambio, sin averiguar su calidad.

Nuestro cocinero Francisco, que tenía una de las mejores casas de

Sevilla y que, aun cuando un gran artista en su arte, era un consumado

bribón (cosas que no son incompatibles), prefirió sacrificar sus

intereses a ir a Granada porque había oído decir que el agua de esta

capital era mala.

La madre de los árabes sufrió el tormento de la sed y sus hijos

hispanomoros lo han heredado; en realidad, cuando el sol aprieta de

firme, que es cosa demasiado frecuente, si el barro mortal no se

humedeciera con frecuencia, es fácil que llegara a hacerse pedazos como

una figura que modela un escultor. Fuego y agua son los elementos de

España; o un _auto de fe_ o una pila de agua bendita. Con un cigarro en

la boca, un español echa tanto humo como el Vesubio, y es igualmente

seco, combustible e inflamable. Y para comprender con exactitud la

observación de Salomón de que el agua fresca es tan necesaria al alma

sedienta como las buenas nuevas, hay que haber sentido la sed en las

peladas llanuras de la calcinada Castilla, donde la insolación es cosa

corriente y donde, al ir a caballo, parece como si se le fueran a uno a

derretir los sesos, lo mismo que a Don Quijote cuando Sancho le metió el

requesón en el yelmo. Empleando las palabras del viejo Howell diremos:

«Los rayos que os calientan en Inglaterra, os tuestan aquí; los que allí

sólo irradian luz y doran los campos de madreselva, aquí abrasan y

resecan el resquebrajado suelo y llenan de arrugas la faz de la madre

común».

Cuando los cielos y la tierra arden, cuando el sol ha hecho desaparecer

los ríos, tragándoselos de un sorbo; cuando un tono de siena quemada

cubre todo el atezado suelo, y la verde hierba se ve arrugada y

escondida entre un polvo negruzco, y los escasos olivos aparecen

revestidos con la cenicienta librea del desierto; cuando el calor y la

sequedad hacen que incluso los arrieros salamandras juren más fuerte,

mientras trajinan como demonios entre un polvo ígneo y salitroso,

entonces, repetimos, es cuando un inglés puede convencerse de que está

hecho de la misma materia, sólo que más seca, y apreciar el valor del

agua. Pero una sed fuerte es un mal demasiado serio, demasiado cercano

al sufrimiento para poder hacerlo, como el apetito, motivo de

satisfacción, pues cuando todos los líquidos se han evaporado y la

sangre se cuaja como jalea y los nervios adquieren la tensión de una

cuerda de violín, poniéndose a tono con la excesiva irritabilidad del

cerebro, ¡cómo el alma abrasada suspira por las apacibles praderas de

Escocia y con qué anhelo se descansaría la garganta con las húmedas

nieblas de Devon! Con esta sed inextinguible del desierto, cualquier

bruja amojamada que aparece a la puerta de una choza con un jarro de

agua nauseabunda, se convierte por espejismo en una Hebe que lleva el

néctar de los inmortales y se desea llegar a la _venta_ más repugnante,

porque en ella, al menos, se tiene la seguridad de encontrar agua y

sombra y escapar a los rayos de Febo. Los historiadores españoles pueden

presumir perfectamente de que al crearse el sol, lo primero que iluminó

fué Toledo, y nunca se puso en los dominios del gran rey, que, según nos

asegura el señor Berni, «tuvo el sol por sombrero»; pero los humildes

mortales que no pertenecen a la aristocracia de este sistema solar, y

para los cuales una insolación no sería cosa de juego, harán bien en

procurar preservarse del calor, colocando alguna defensa entre el sol y

sus sombreros. Así nos hicimos respetar de Febo, y si vosotras, lindas

lectoras, llegáis a correr tales riesgos, tomad por Dios con vosotras,

si en algo estimáis vuestro cutis, un quitasol y una _alcarraza_.

Este chisme de barro--como lo indica su nombre árabe, _al karaset_--es

una vasija porosa y refrigerante, en la cual el agua colocada en una

corriente de aire caliente se enfría por evaporación; se la ve colgada

de pértigas suspendidas de los árboles, columpiándose en los vagones;

forma parte integrante, en suma, de todo paisaje español de verano. En

las _posadas_ hay varias en hilera a la entrada, y lo primero que hace

todo el que entra, antes de dar siquiera al ventero los buenos días, es

echarse un trago; todo el mundo es entendido en la materia, y aun cuando

a casi nadie pueda acusársele de ser abstemio, no dejan de prodigar

grandes alabanzas al líquido elemento. Generalmente, todo el que bebe un

trago suele alabarla exclamando: _¡qué agua más rica!_ Según el decir

popular, el agua para ser buena no ha de tener _ni sabor, ni olor ni

color_, y nunca _enferma, ni adeuda, ni enviuda_; y además de ser más

barata que el vino, la cerveza o el aguardiente, tiene la ventaja de que

no embrutece al que la bebe, ni le hace perder la cabeza ni la buena

crianza.

Como los españoles siempre están más secos que el desierto o que una

esponja, es un negocio vender agua. En todos los _prados_ y _alamedas_

se oyen las chillonas voces de los _vendedores de combustibles de boca_,

que gritan: _Candela, candela, agua, ¿quién quiere agua?_; y como a

estos orientales les gusta exagerar, añaden que es _más fresca que la

nieve_, y se ve a unos rapazuelos, que parecen niños de Murillo, que

corren de un lado para otro con unas mechas encendidas, como si fueran

artilleros, para comodidad de los fumadores, esto es, para el 99 por 100

de los hombres, mientras que los aguadores, o más bien pedestres

acueductos, persiguen la sed como si fueran a apagar un fuego. Estos

aguadores suelen llevar, como sus colegas de Oriente, un cántaro poroso

a la espalda con un grifo para sacar el agua y una especie de caja de

hoja de lata sujeta a la cintura con una correa, donde coloca los vasos

y los _azucarillos_ o _panales_, una mezcla de azúcar y clara de huevo

que los españoles echan y disuelven en el agua. En las ciudades, en

cierta época del año y en los puestos que se dedican a la venta de

bebidas, suele haber debajo de un toldo unas filas de jarros, vasos,

naranjas, limones, etcétera, etc., y un banco o dos para que los

bebedores descansen. En invierno tienen un _anafre_, o sea una estufita

portátil, para tener agua caliente y poder quitarle la crudeza, pues en

España, por una especie de hábito hidrópico, se bebe como peces durante

todo el año. Cuentan que Fernando el Católico, una vez que encontró a un

campesino ahogado en un río, dijo «que nunca había visto a un español

harto de agua».

Hay que observar que los españoles son mucho más pródigos del líquido

elemento para el interior que para el exterior de sus cuerpos. Un autor

clásico dice que en España no se conoció el uso del agua caliente para

el tocador hasta después de la segunda guerra púnica. Los baños y las

termas fueron destruídos por los godos, porque suponían que contribuían

al afeminamiento, y los de los árabes se prohibieron, en parte, por las

mismas razones, pero principalmente por una hidrofobia religiosa. Las

abluciones y purificaciones lustrales son artículo de fe entre judíos y

musulmanes, para los cuales la «limpieza es piedad». Los frailes

mendicantes, siguiendo su costumbre de establecer un principio

contrario, consideraron la suciedad física como la prueba de la pureza

moral y de la verdadera fe, y creían que comiendo y durmiendo desde el

principio hasta el fin del año con el mismo sayal de lana, llegaban a la

meta de su ambición, según su modo de apreciar el olor de santidad, y

por esto, Jiménez, que era un franciscano de los que no usan camisa,

indujo a Isabel y Fernando, en la conquista de Granada, a que cerraran y

suprimieran los baños árabes. Y prohibieron, no sólo a los cristianos,

sino también a los moros, que usasen otra agua que la bendita. Fuego, y

no agua, fué el gran elemento de la purificación inquisitorial.

El bello sexo era amonestado por los frailes para que practicara lo que

aquéllos predicaban, poniéndoles los ejemplos de Susana de Bathsheba y

de La Cava, cuyos fatales baños, al pie del alcázar de Toledo,

condujeron a la caída de la monarquía de los godos. Sus acuosos anatemas

se extendieron, no solamente a los baños públicos, sino a los meros

lavados privados, tanto que Sánchez ordena a los confesores españoles

que pregunten sobre el particular a sus bellas penitentes y no las

absuelvan si se lavan demasiado. Se podrían citar muchos ejemplos de

haber puesto en práctica esta orden: Isabel, la hija predilecta de

Felipe II, sus ojos, como él la llamaba, hizo voto solemne de no mudarse

la camisa mientras no se tomara la plaza de Ostende. El sitio duró tres

años, tres meses y trece días. La ropa de la princesa tomó un color

pardo, que los cortesanos llamaron _Isabel_, en testimonio de admiración

a la piadosa princesa. Southey cuenta que Santa Eufrasia entró en un

convento donde había 130 monjas que nunca se habían lavado los pies y

las cuales consideraban como una abominación sólo nombrar un baño. Estas

hijas, tan obedientes a sus confesores capuchinos, son las mismas a

quienes Gil de Avila llamaba _ameno jardín de flores olorosas por el

buen olor y fama de santidad_. Para hacer justicia al jabón de Castilla,

hemos de decir que, desde la supresión de los frailes, ambos sexos, el

bello en particular, se han alejado bastante de la estricta observancia

de los deberes religiosos de sus excelentes abuelos. En muchas ciudades

de importancia se han instalado casas de baños, pero al mismo tiempo,

los cuartos de las fondas y de las casas particulares, tanto por la

ausencia absoluta de utensilios de cristal o porcelana, tan

indispensables para los ingleses, como por la presencia de jofainas como

platos y jarros de juguete, indican que esta sucia manchita no ha

desaparecido todavía de la mayor parte de los cuerpos españoles.

Por caluroso que sea el día, polvoriento el camino o largo el viaje,

nunca hemos visto a un servidor español que usase una gota de agua para

lavarse, o, como dice un pulido escritor, «hacer sus abluciones». El uso

constante del baño y los lavatorios generales es, indudablemente, una de

las razones por la que los franceses y otros continentales consideran a

nuestros compatriotas como chiflados. Entre los hispanogodos, los

hemerobaptistas, o sea las gentes que se bañaban una vez al día, eran

tenidos por herejes. El duque de Frías, que hace algún tiempo pasó una

temporada en casa de una señora inglesa, no usó nunca las jofainas ni

los jarros; se frotaba la cara de cuando en cuando con una clara de

huevo, que era, según la condesa d’Aulnoy, la única ablución de las

mujeres españolas en tiempo de Felipe IV. Pero nos hemos alejado de

nuestro objeto, pues estos detalles de tocador no tienen nada que ver

con el uso de los líquidos en la cocina y en el salón.

Diremos algo sobre el chocolate, que es para el español lo que el té

para el inglés y el café para el francés. Lo hay en casi todas partes, y

siempre es excelente. El mejor es el que hacen las monjas, que suelen

tener muy buenas manos para toda clase de golosinas: yemas, jaleas,

almíbares,

«Et tous ces mets sucrés en pâte, ou bien liquides,

dont estomacs dévots furent toujours avides».

Se ha discutido mucho sobre si el chocolate quebranta o no el ayuno

teológicamente, lo mismo que ocurrió con el café entre los rígidos

musulmanes. Pero desde que el sabio Escobar decidió que _liquidum non

rumpit jejunium_, es el desayuno universal en España. Se hace lo

bastante líquido para tranquilizar las conciencias, esto es, una

cuchara se tiene derecha en la _jícara_, una taza pequeña, que es lo que

se toma generalmente con rebanadas de pan tostado o bizcochos. La

palabra _jícara_ es mejicana, y tiene su origen en las nueces de coco de

que se hacían; por lo general, no tienen asa, y se usan entre la gente

rica (como las tazas de café entre los orientales), metidas en

portatazas de filigrana de plata o de oro; algunas son verdaderamente

bonitas y tienen la forma de un tulipán o una hoja de loto sobre un

platillo de nácar. La flor está hecha de modo que, por medio de un

resorte colocado debajo, al coger el portatazas, se abre y deja

descubierta la jícara, que se lleva fácilmente a la boca, y en cuanto se

deja en el plato, se vuelve a cerrar, protegiéndola contra las moscas.

Siempre se debe beber un vaso de agua después del chocolate, para

neutralizar los efectos biliosos de este desayuno de los dioses, como

Linneo llamó al chocolate. El té y el café han substituído al chocolate

en Inglaterra y Francia; en España solamente es donde nos sentimos

transportados a los desayunos de Belinda y de las gentes de letras en

Button, donde únicamente continúan inconmovibles el abanico, el

tresillo, el coche de colleras y otros usos sociales del tiempo de Pope

y de _El Espectador_.

Las bebidas frías en los veranos secos de España no son un lujo, sino

una necesidad. Se venden helados y refrescos por las calles a precios

tan bajos, que todo el mundo puede tomarlos; los ricos suelen refrescar

con _agraz_. Esto, o sea el árabe _hacaraz_, es el refresco más

delicioso que puede darse a un sediento mortal; es el nuevo placer que

Jerjes buscaba en vano y aventaja en mucho al «hock[44] y soda», al _hoc

era in votis_ de Byron, y al mismo refresco con vino jerez. Se hace con

uvas verdes prensadas, azúcar clarificada y agua; se cuela todo varias

veces hasta que toma un color ambarado muy claro y se hiela. En

Andalucía lo hacen admirablemente, y merece la pena ir allá en los días

de la canícula sólo por beberlo y refrescar con él el alma y el cuerpo.

En Madrid suelen vender por las calles una bebida muy agradable que

llaman _Michi Michi_, del valenciano _Mitj e Mitj_, «mitad y mitad»[45],

que se parece a la mixtura de Londres como un carbonero a una hermosa

valenciana. Se hace con partes iguales de agua de cebada y horchata de

_chufas_ y se pone muy helado. Los españoles, entre otras frutas

refrescantes, comen las fresas con azúcar y zumo de naranja, cosa que

les va mucho mejor que el vino que emplean los franceses o la nata que

suelen usar los ingleses, pues aquél calienta demasiado y esto produce

bilis en España. Los helados españoles son, por lo común, demasiado

dulces y están hechos con azúcar poco refinada; cuando se les deja en el

hielo mucho tiempo para que se endurezcan, metiéndolos en moldes de la

forma de una concha o de algunas frutas, se llaman _quesitos_.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 13 / 16 段