Las raras transformaciones del jugo de uvas criadas en la misma viña no

dejan nunca de ocurrir, y hasta ahora no se ha dado para ello ninguna

razón satisfactoria; el proceso químico de la naturaleza escapa a la

investigación humana, y en ninguno más que en la elaboración de ese

_lusus naturæ vel Bacchi_, esa variedad de aroma que se conoce con el

nombre de _amontillado_; nombre que se le da por la semejanza que este

vino tiene con el que se hace en _Montilla_, pueblo cercano a Córdoba;

con la particularidad que el de este último punto apenas es conocido en

Inglaterra y muy poco en España, pudiendo decirse que sólo se vende en

los pueblos de las cercanías. El _amontillado_, cuando se produce,

naturalmente, es muy apreciado, y se utiliza para corregir los vinos

nuevos de Jerez que empiezan a volverse dulces; es muy escaso, tanto que

de cien pipas de _vino fino_ no se sacarán más de cinco que tengan esta

calidad. La mayor parte de la que en Inglaterra se vende como puro

_amontillado_ es preparado expresamente para el mercado inglés.

Todo jerez es una mezcla de jugo de uva preparada--el mismo _champagne_

es un vino elaborado--, pero poco importa esto si se consigue una bebida

agradable al paladar y sana. En todas las casas principales el vino se

hace con la uva que se da en la comarca, y no son ningún misterio los

medios artificiales que se emplean para criarlos, prepararlos y

terminarlos, lo cual es obra de muchos años, encomendada, casi siempre,

al _capataz_, que muchas veces se convierte en el verdadero dueño. Este

importante personaje no es casi nunca andaluz, ni, por lo general, de

ninguna de las comarcas vinícolas de España: suele ser asturiano o de la

montaña de Santander, que provee a toda la Península de tenderos, a

quienes se llama _Los montañeses_. Estos montañeses son notables por su

antigua genealogía y su exquisito paladar. En más de una ocasión nos

hemos encontrado en Extremadura y León con una pandilla de individuos de

éstos, andrajosos hidalgos que se dirigían al Mediodía, como los

escoceses, en busca de fortuna; no solían llevar zapatos ni camisa, pero

casi todos llevaban, en un caja, un pergamino en el que se demostraba,

tan clara como la luz del sol, su respetable aunque dudosa descendencia

de Túbal.

Estos caballeros de tan buena cuna y mejor paladar, raramente fuman,

pues el narcotizador y embrutecedor tabaco quita mucha sensibilidad al

paladar. Y como son pocos los dueños de bodegas en España que

abandonarían el cigarro, ni aun por ganar millones, pronto se hace el

_capataz_ único dueño de los secretos de la bodega, y como casi ningún

comerciante tiene bastantes viñedos para proveer a su demanda, la compra

de nuevos vinos hay que hacerla por medio de este servidor confidencial,

el cual puede perfectamente engañar al vendedor y a su mismo amo, puesto

que sólo comprará el vino a los que les den comisión más crecida. Muchos

consiguen, por medio de estos largos y fieles servicios, reunir una

fortuna considerable, como un Juan Sánchez, capataz del difunto Pedro

Domecq, que murió, recientemente, dejando 300.000 libras. Al acercarse

su última hora, y con ella la visita de su confesor y de algunos

escrúpulos de conciencia, legó su fortuna para obras piadosas; pero la

mayor parte fué asegurada inmediatamente por los curiales y los curas,

cuya caridad comenzó por su propia casa.

Así como el canciller o ministro de justicia es el guardián de la

conciencia de la reina, el capataz es el guardián de la bodega--que es

algo originalísimo--y la persona importante de Jerez. Esta rica y

populosa ciudad, vista desde lejos, como surgiendo de una loma cubierta

de viñedos, es característica por estas grandes edificaciones que se

asemejan a los cobertizos de Chatham, bajo los cuales se construyen los

buques de guerra. Estos templos de Baco tienen el tamaño y la amplitud

de catedrales; sus divisiones, como las capillas españolas, llevan el

nombre del santo a quien están dedicadas, y pocos dioses tutelares

tendrán más numerosos devotos admiradores, lo cual demuestra que en

España en todas las cosas se advierte el sello y las manos de la

religión. Todas estas bodegas están construídas a flor de tierra y son

la antítesis de nuestras cuevas subterráneas. En ellas los vinos maduran

mejor y más rápidamente, pues un año de _bodega_ les es más provechoso

que diez de entierro. Como estos vinos son más caprichosos en el

desarrollo de sus virtudes que las educandas de un colegio, se pone el

mayor cuidado en procurar reunir las mejores y más sanas condiciones

para su mejoramiento; se evita la vecindad de humedades y emanaciones,

pues ello afectaría a la delicadeza del líquido, aunque no ofendiera las

narices de los que estuvieren encargados de él; y cosa rara en este país

de las contradicciones, la misma Colonia no es más renombrada por los

veintitantos malos olores que le atribuyese Coleridge, que lo es esta

tortuosa, sucia y vieja Jerez. Aquí, como en la ciudad del Rin, todo lo

que huele bien se embotella para exportarlo, dejando todo lo que apesta

para el consumo de casa. Las nuevas _bodegas_ han sido, por tanto,

construídas en la parte más moderna de la ciudad, en sitios secos y

abiertos; en comunicación con ellas hay oficinas y talleres donde se

ejecuta todo lo que tiene relación con el comercio de vino, incluso los

barriles, que se fabrican con duelas de roble americano.

El interior de la _bodega_ se conserva fresquísimo; evítase

cuidadosamente la luz fuerte de fuera, manteniendo siempre una corriente

de aire. Es muy esencial mantener una temperatura uniforme, y un término

medio de 60 grados es el mejor de todos. Hay más de mil _bodegas_

registradas en la aduana de Jerez; las mayores pertenecen a las primeras

firmas y casi todas son de ingleses o franceses, pues para este negocio

se necesita un gran capital y condiciones de perseverancia y de

previsión poco comunes en éste ni en otros rincones de España. Lo

anteriormente dicho se comprenderá mejor teniendo en cuenta que algunos

de estos depósitos encierran de mil a cuatro mil pipas y que ningún

jerez fino se exporta hasta que tiene diez o doce años. Suponiendo,

pues, que cada pipa sólo valga 25 libras esterlinas, calcúlese el

capital que supone y el tiempo que ha de invertirse en hacer una bodega.

El vino jerez, maduro y perfecto, se hace con varias clases del mismo.

El «entero» es realmente el jugo de la uva de Jerez, pero de varias

edades, vendimias y aromas. El contenido de un barril sirve para

rectificar otro hasta que se consigue la marca deseada; y se ha llegado

en esto a tal perfección, que hay casas que se comprometen a

proporcionar, siempre que se lo pidan sus parroquianos, vinos con el

mismo cuerpo, color, aroma, etc. Estos vinos ganan mucho con el tiempo,

se hacen más suaves y aromáticos y ganan en cuerpo y aroma, cosas en que

los vinos nuevos son deficientes. Y es tan grande el cambio que se

efectúa en todos los respectos, que es muy difícil creer que hayan sido

el mismo: no se diferencia más el niño del hombre ni la bellota del

roble.

El _capataz_ que consiga llegar al colmo de sus aspiraciones será el que

haya observado en sus composiciones las reglas poéticas de Horacio, el

_callida junctura_, el _omne tulit punctum qui miscuit utile dulci_;

este feliz y hábil acoplamiento de lo sólido y lo dulce debe reunir

plenitud de cuerpo, un sabor y _bouquet_ oleoso y como a nuez, sequedad,

falta de acidez, fuerza, duración y espirituosidad. El jerez fino, puro,

tiene un hermoso color dorado obscuro, pero, para satisfacer a muchos

consumidores ingleses, se hace el «jerez pálido» quitándole químicamente

el color a expensas de su delicado aroma. Otra absurda deferencia a los

prejuicios británicos es el enviar el jerez a las Indias orientales,

porque, según se dice, este viaje mejora los vinos de Madera; lo cual no

sólo es muy caro, sino positivamente nocivo para el jerez, que pierde

cantidad y aroma, se enturbia y agria, y por la constante fermentación

se hace más flojo y más espirituoso. El secreto para tener buen jerez

está en comprar el mejor en la mejor casa y conservarlo unos cuantos

años, antes de beberlo, en una buena bodega.

Pero volvamos al _capataz_. Este hombre importante se pasa la vida

catando. Visita constantemente las barricas, determinando las

cualidades, méritos y deméritos de cada discípulo, que anota con una

especie de jeroglíficos. Corrige los defectos anotando el remedio

aplicado y la fecha en que se aplica, y de este modo, a la visita

siguiente, puede confirmar la mejora o lamentar lo contrario. Los vinos

nuevos, después que pasa el período de la fermentación, se suelen

enriquecer con _arrope_, que, según dicen los inteligentes, los mejora

mucho. En Sanlúcar y en todos los lugares de suelo arenoso hay fábricas

de esta especie de jarabe. El mosto, o jugo de la uva nueva, se cuece

antes de que empiece a fermentar, reduciéndolo a la quinta parte de su

volumen; tiene que hervir a fuego lento y hay que tener mucho cuidado

para espumarlo y para que no se queme. Disolviéndolo se hace el _vino de

color_, el _vino madre_, con el cual se nutren y alimentan los vinos

nuevos. Cuando está rancio, este balsámico ingrediente se hace muy

fuerte y perfumado como una esencia y vale tres o cuatrocientas guineas

el tonel, aunque en realidad no se vende. En todas las _bodegas_

principales hay algunos grandes toneles de edad respetable, que

contienen este precioso licor que inspira a los vinos vulgares generosas

y heroicas virtudes, siendo más lógica, pues, que los dedicasen a los

Wéllingtons y Nelsons, que no a los santos o santas. De estos depósitos

especiales es de los que se permite tomar un sorbito a los visitantes

distinguidos. A Fernando VII le hizo uno de estos obsequios Pedro

Domecq, y luego inscribió su nombre en el tonel. La cantidad que se saca

de uno de estos toneles para ponerlo en los de vinos nuevos se reemplaza

por otra igual del barril que le sigue en antigüedad en la bodega.

Después de un año o dos de prueba se puede saber definitivamente su

clase, y, si no resultan buenos, se sacan del plantel y se expiden a

Hamburgo o a Quebec, donde los consumidores tienen el paladar mas basto,

a razón de unas 15 libras esterlinas por tonel. Todos los distintos

grados y pasos de la formación se hallan explicados perfectamente en los

grandes establecimientos, entre los que figuran, en puesto de honor, los

de Domecq y de John David Gordon, y nada puede compararse a la cordial

hospitalidad de estos principescos comerciantes. Quien llegue hasta

ellos con una carta de recomendación puede tener la seguridad de que es

hospedado en sus casas, con equipaje y todo, lo cual no es poco de

agradecer, teniendo en cuenta las pésimas condiciones de las posadas

jerezanas. Poco a poco el huésped es iniciado en los secretos del

comercio y se le entrega al _capataz_, que le da un verdadero curso de

enología, ilustrado, como los de Faraday, con experiencias: catar jerez

en Jerez no tiene ninguna semejanza--como dirá el señor Clemente--con lo

que se acostumbra hacer en los almacenes de Londres. Aquí el moreno

profesor, vestido aproximadamente como el Fígaro del _Barbero de

Sevilla_, va seguido de varios Ganímedes de chaqueta y alpargatas, los

cuales ofrecen los vasos. El conferenciante va provisto de un largo

bastón, en cuyo extremo va atada una pequeña caña hueca que introduce en

los toneles. La materia se trata desde sus comienzos, y cada una de sus

evoluciones se explica a los oyentes con la gravedad de un juicioso

presidente de jurado; cada ejemplo se pasa y se prueba por todos, que,

si son discretos, seguirán el ejemplo del maestro (a quien el vino no le

produce más efecto que a un vaso de cristal), no tragando nunca los

sorbos sino paladeándolos cuidadosamente para sacar el verdadero sabor.

Todos los toneles se catan, desde el joven hasta el mediano, desde el

maduro hasta el más añejo, y el que no se maree con los vapores, no

podrá por menos de salir perfectamente ilustrado en la materia. El

estudiante tiene que sostenerse durante las primeras pruebas, pues el

mejor vino se reserva siempre para lo último, teniendo por tanto que

ascender, si no se descrima, una vinosa escala de calidades. Quizá fuese

mejor invertir el orden y comenzar por los mejores cuando el paladar

está fresco y la cabeza despejada. Y por muy sediento de ciencia que se

esté, nunca se debe beber demasiado en la bodega, pues hay que pensar en

la segunda parte que le espera en la hospitalaria mesa de un huésped,

quien tiene a gala y orgullo el presentar muchos vinos y hacer beber en

abundancia a los invitados.

¡Cuánto sacrificio se hace entonces al alegre dios de que vive el

comerciante, que liberta ahora a la divinidad de su vítrea prisión! ¡Qué

chasquear de tapones medio consumidos por el tiempo! ¡Qué de limpiar

venerables telarañas de las botellas guardadas cuando Jorge tercero era

rey! La satisfacción del digno anfitrión al sacar una botella nueva es

aún mayor que la de una prolífica madre cuando obsequia a su marido con

un nuevo vástago. ¡Cómo toma en sus manos la amada vasija, mirando con

cariño su contenido, que tanto hizo por formar; cómo mira al trasluz del

limpio vaso el transparente y brillante líquido que reluce y chispea

dentro; cómo pasa lentamente la inteligente nariz sobre la bella

superficie, aspirando su fragancia, y cómo llega al colmo del

arrobamiento al llevar el divino licor a los ruborosos labios!

El vino, por sí solo produce placer y es objeto de conversación, pues

todos los invitados tienen una opinión; pues ¿qué _gentleman_ no puede

juzgar de un caballo o de una botella? Si surge alguna diferencia de

criterio, como suele ocurrir siempre en cuestión de gustos, y más si las

botellas han circulado en abundancia, el dueño de la casa _decide_,

«Tells all the names, lays down the law,

que ça est bon; ah, goûtez ça»[48].

Hay para él una combinación de placer y de provecho en estos geniales

banquetes, en estos _noctes cœnæque Deum_, pues por este medio se han

entablado algunas relaciones con algún _gentleman_ inglés, que por vez

primera gusta de un jerez puro y legítimo. Una buena comida previene al

agradecimiento hacia la humanidad en general y en particular hacia el

que la ofrece. Una cierta cantidad del divino líquido abre al mismo

tiempo el corazón y los cordones de la bolsa, hasta que la lengua que

paladea el mágico aroma murmura con agradecimiento: «Envíeme un tonel de

_amontillado pasado_, y otro de _seco reañejo_, y gíreme el importe a la

vista».

Surge entonces una cuestión muy importante: el precio, que es donde está

siempre la dificultad. El jerez bueno, de diez o doce años, no cuesta

menos de 50 a 80 guineas el tonel, en la _bodega_, y cargándole flete,

seguro, derechos y demás, vendrá a costar de 100 a 130 guineas. Un tonel

tiene de 108 a 112 galones y los derechos son 5 chelines seis peniques

por galón. Un tonel de esta cabida hará unas 52 docenas de botellas.

Ahora comprenderá el lector la ganga de esos vinos de Jerez _pálidos_ o

_viejos_, que se suelen ver anunciados en los periódicos a 36 chelines

la docena de botellas. Son _maris expers_, fabricados con aguardiente

francés, Marsala siciliano, vino del Cabo, sidra de Devonshire y agua

del Támesis.

La producción de vino es, aproximadamente, de 400.000 a 500.000

_arrobas_ al año. Arroba es un nombre árabe y una medida para áridos,

aun cuando se usa para líquidos. Es la cuarta parte de un quintal; 30

arrobas hacen una _bota_ o _tonel_, de la que se exportan anualmente de

8.000 a 10.000 de vino fino; pero la cantidad de jerez que se hace sin

preparación ninguna, sobre todo en Sanlúcar, es enorme, y va en aumento

cada año. Para dar una idea del creciente tráfico, baste decir que en

1842 se exportaron en esta comarca 25.096 toneles; en 1843, 29.313; en

1845, de Jerez solamente salieron 18.135, y 14.037 del Puerto, que hacen

la enorme suma de 32.172 toneles. Ahora bien, como las viñas son las

mismas, no será aventurado suponer que algunos de estos barriles no sean

de jerez legítimo; en realidad, la ruina de esta clase de vino ha

comenzado en el momento en que se han abierto una porción de casas de

segundo orden, que cuidan más de la cantidad que de la calidad. Muchos

miles de barriles de un mal vino de Niebla son arreglados y preparados

para venderlos como jerez en los mercados de Inglaterra, haciendo formar

una idea convencional del vino en cuestión, en detrimento del legítimo,

tanto que incluso algunas casas respetables han tenido que seguir la

corriente para dar gusto al paladar depravado de sus consumidores, como

se hace con los claretes de Burdeos, que se encabezan con Hermitages y

Benicarló. Con esto se ha perdido el aroma típico y se producen

dispepsias y jaquecas; pero también con los vinos hay modas, como con

los médicos. Antiguamente, el Madera era una especie de panacea, hasta

que el aumento de demanda hizo que comerciantes poco escrupulosos lo

adulterasen, al punto de desacreditarlo por completo. Después se puso en

boga el jerez, considerándolo como más puro y sano; pero luego empezó a

declinar el entusiasmo por la misma causa, llegando la decadencia a

mayor altura, y no será difícil que vuelva a estar en alza el Madera,

pues sus cosecheros han aprendido una buena lección en la severa escuela

de la adversidad.

Sea ello como quiera, los españoles, en general, conocen poco el jerez,

exceptuando los que viven en la inmediata vecindad de la comarca en que

se produce, y puede asegurarse que se consume más en los cuarteles de

Gibraltar que en Madrid, Toledo o Salamanca. El jerez es un vino

extranjero, hecho y consumido por extranjeros, y los españoles no suelen

ser muy aficionados a su aroma fuerte, y menos aún a su alto precio, aun

cuando algunos los acepten por la gran boga que tiene en Inglaterra, que

quiere decir que la civilización lo ha adoptado. Limítase, además, su

consumo a la capital o los puertos ricos, pues en el interior es muy

escaso: en Granada, por ejemplo, a menos de 150 millas de Jerez, sería

muy difícil encontrarlo, si no fuese porque lo piden nuestros

compatriotas, pero solamente se vende en botellas y considerándolo como

un licor. En Sevilla, que está casi al lado de Jerez, se suele servir un

vaso en las buenas mesas, como se daba un vaso de vino de Grecia en la

casa de Lúculo, entre los romanos antiguos, y se hace entre los modernos

con el vino de Málaga o de Chipre. Este vaso único se sirve para ayudar

a la digestión y se le llama el _golpe médico_, y equivale, en esta

comarca cálida, a la copita de curaçao o coñac que se sirve con el café

en países más fríos, como Inglaterra y Francia.

En Andalucía no fue más difícil para los moros predicar el uso del agua

como bebida que prohibir el del vino, el cual, cuando es fuerte, como

sucede con el jerez, destruye la salud, tomando mucho, y habitualmente

perjudica de cierto, cosa de que se ven muchos casos en Gibraltar. De

aquí que los mismos jerezanos prefieran mucho más beber manzanilla, un

vino muy ligero que se hace cerca de Sanlúcar y que es al tiempo más

flojo y más barato que el jerez. La uva de que se extrae se da en un

suelo muy pobre y arenoso, y la vendimia se hace muy temprano, pues se

coge la uva antes que esté completamente madura. Es un vino de un color

pálido de paja y muy sano; da fuerza al estómago, sin irritar ni

emborrachar, como el jerez. Todo el mundo es aficionadísimo a él, pues,

como no tiene alcohol, les permite beber mucho más que de cualquier

otro, y, de añadidura, es muy tónico durante los calores del verano.

Puede comparársele con el antiguo de Lesbia, del que tanto bebía Horacio

en la fresca sombra y que nunca le hizo daño. Los empleados en las

bodegas de Jerez, que pueden beber cuanto quieran, casi nunca lo

prueban, y, en cuanto terminan su faena diaria, se van a la tienda más

cercana a refrescar con un vaso de «inocente» manzanilla. Hay clubs

formados exclusivamente para beberla, y con agua helada y un cigarro

transporta al consumidor a las delicias del paraíso de Mahoma. Sabe

mejor tomándola directamente del barril que en botellas, y mejora a

medida que va quedando menos.

No están muy conformes los gramáticos acerca de las etimología de la

palabra; algunos la derivan de _Manzana_, cosa que podía pasar si se

tratase de la sidra; otros lo refieren a _Manzanilla_, pueblo situado a

la orilla opuesta del río, donde ni se hace ni se bebe. La verdadera

etimología, sin embargo, puede hallarse en la notable semejanza que su

sabor tiene con el amargo de las flores de _manzanilla_, que se usa como

bebida estomacal, y en España, también mucho para lavatorios y fomentos.

Este sabor es tan marcado, que algunas veces resulta desagradable para

los que no están habituados a él. Si hay que dar crédito a un

apologista, el vino tiene aún más cualidades medicinales que el té,

pues, según ellos, el que lo bebe nunca padecería cálculos, mal de

piedra o gota; desde luego, no tiene acidez ninguna. La mejor manzanilla

se vende en Londres, en casa de Messrs. Gorman, Mark Lane, número 16,

habiendo subido su consumo en Inglaterra de unos 10 toneles a más de

doscientos en poco más de un año, por haberse recomendado en el _Manual_

diciendo: _Bebedla, dispépticos_; delicada y práctica atención que el

autor (bebedor, por supuesto, de ella) agradece con la más profunda

gratitud.

Diremos de pasada, que lo que debe comerse con manzanilla es la

_alpistera_. Hágase ésta en la siguiente forma: A una libra de harina

fina (debe cuidarse de que esté seca), añádase media libra de azúcar

blanca doble refinada, tamizada y machacada; las yemas y claras de

cuatro huevos frescos, bien batidos juntos; trabájese haciendo una pasta

con todo ello; allánese muy delgado; divídase en rectángulos de la mitad

de esta página aproximadamente; córtese en tiras, de manera que la pasta

parezca como una mano con dedos, descoyúntense luego las tiras y báñese

en manteca de cerdo derretida y caliente, hasta que tome un delicado

color pálido tostado; mientras más rizadas y enroscadas estén las tiras,

mejor: la _alpistera_ debe parecer un mazo de cintas; espolvoréese luego

con azúcar blanca fina. Quedan entonces tan bonitas como ricas. No es

fácil hacerlas bien, pero los dioses no conceden nada bueno a los

mortales sin mucho trabajo y paciencia. Por eso Venus, la diosa de la

gracia, estaba aliada al gran trabajador Vulcano, que trabajaba y se

afanaba en su fuego, como debe hacerlo todo cocinero que tenga un alma

ambiciosa.

FIN DEL TOMO PRIMERO

ÍNDICE

Páginas.

CAPÍTULO PRIMERO

Ojeada general sobre España.--Rey de las Españas.--Prioridad de

Castilla.--Localismo.--Falta de unión.--Españolismo.--Monsieur Thiers en

España 23

CAPÍTULO II

Geografía de España.--Zonas climatológicas.--Las montañas.--Los

Pirineos.--El gabacho y la política francesa 32

CAPÍTULO III

Ríos de España.--Puentes.--Navegación.--El Ebro y el Tajo 58

CAPÍTULO IV

División en provincias.--Demarcaciones antiguas. Departamentos

modernos.--Población.--Renta. Fondos españoles 70

CAPÍTULO V

Cómo se viaja por España.--Barcos de vapor.--Calzadas y caminos

reales.--Ferrocarriles.--Especulaciones inglesas 87

CAPÍTULO VI

El correo en España.--Viaje en caballos de posta. Correos

montados.--Diligencias, galeras, coches de colleras.--Conductores y

modos de guiar y de jurar 109

CAPÍTULO VII

Caballos españoles.--Mulas.--Burros.--Arrieros. Maragatos 134

CAPÍTULO VIII

Placeres de un viaje a caballo por España.--Excursiones a pie.--Elección

de compañeros.--Reglas para un viaje a caballo.--Estación del año que

debe elegirse.--Jornadas.--Trato del caballo: las patas; las herraduras;

indicaciones generales 151

CAPÍTULO IX

Traje que debe usar el jinete.--Las alforjas.--La bota y modo de

usarla.--Pellejos de vino y borracha.--Dinero español.--Las onzas y las

monedas pequeñas 174

CAPÍTULO X

Los criados españoles: su carácter.--Lacayo, cocinero y criado para

viajar 192

CAPÍTULO XI

Un cocinero español.--Filosofía de la cocina

española.--Salsas.--Dificultades para proveerse de víveres.--Liebres y

conejos españoles.--La olla. Los garbanzos.--El cerdo.--Tocino y jamón.

Tortilla.--Ensalada y gazpacho 214

CAPÍTULO XII

Bebidas españolas.--Agua.--Riego.--Fuentes.--Sed española.--La

Alcarraza.--Los aguadores.--Las abluciones.--El chocolate español.--El

agraz.--La limonada 242

CAPÍTULO XIII

Vinos españoles.--Indiferencia española.--Arte de hacer el vino.--Vinos

del país.--Benicarló.--Valdepeñas 258

CAPÍTULO XIV

Vinos de Jerez.--Región donde se produce.--Origen del

nombre.--Variedades del terreno.--Uvas. Pajarete.--Rojas

Clemente.--Cultivo de las viñas. Los mejores viñedos.--La

vendimia.--Amontillado.--El capataz.--La bodega.--El

jerez.--Arrope y vino madre.--Una conferencia sobre el jerez en la

bodega.--Falsificaciones del jerez.--Manzanilla.--La alpistera 266

NOTAS:

[1] Véase _Viajes por España y Portugal_, bibliografía, por Arturo

Farinelli. Centro de Estudios Históricos; Madrid, 1921.

[2] Esta obra, así como _La Biblia en España_, del mismo autor, están

publicadas en la _Colección Granada_.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 15 / 16 段