Si el cocinero sabe salir bien a la carga sin perder la serenidad,

cogerá la gallina y también los huevos. Todo lo que cae en la red es

pescado, y, como decían Buonaparte y sus mariscales, nada debe ser

demasiado para su ambición ni demasiado poco para su rapacidad. Pero por

supuesto, que debe pagar lo que vaya recogiendo, cosa que no hacían esos

señores; así las frutas, las cebollas, las verduras, como de todas

maneras hay que comprarlas en alguna parte, más vale hacerlo en cuanto

caigan a mano. Los campesinos, con su afición a la caza furtiva,

facilitarán esta tarea, pues constantemente ofrecen perdices, conejos,

melones, liebres, pues en este país de lo imprevisto, cuando menos se

piensa, _salta la liebre_. A pesar de que Don Quijote creía que era de

mal agüero encontrarse una liebre al entrar en un pueblo, que no asuste

esto al intrépido viajero, sino que inmediatamente mande guisar el

_presagio_, pues una liebre es considerada por los españoles, como en

tiempo de Marcial, como la flor y nata de los cuadrúpedos comestibles y

ningún entendido preferirá otro manjar, pues, como se dice: _A perro

viejo échale liebre y no conejo_. Con todo, y a pesar de este proverbio,

a falta de la liebre no deben desdeñarse en modo alguno los conejos. En

España abundan a tal punto, que los antiguos naturalistas le

consideraban un animal indígena y llegaron hasta a derivar el nombre

España de _Sephan_, conejo, que los fenicios encontraron aquí por

primera vez. Sea como quiera, los tímidos orejudos se pueden ver en las

primitivas monedas ibéricas como se seguirán viendo durante mucho tiempo

en sus amplios yermos y mesetas. Dicho sea de paso, bueno será

desconfiar de un conejo o una liebre ya guisados que le ofrezcan a uno

en una venta, por más que si el consumidor no se entera de que sea un

gato lo que come--ojos que no ven, corazón que no siente--más valdrá no

meterle en aprensión, pues será una lástima sacarle de su error

gastronómico, y no puede decirse que le hayan robado, pues el engaño y

no el gato es lo que duele. _Pol! me occidistis, amici._ El cocinero,

por tanto, deberá asegurarse de antemano de la honradez de los

ingredientes de cada uno de los platos que presenta a su señor.

Al hablar de la cocina de la Península, hay que dar por todos estilos la

preferencia a la _olla_, término con el que se designa cierto plato y el

cacharro de barro en que se prepara, lo mismo que la palabra plato

(_dish_), en inglés, significa el manjar y el utensilio en que se sirve.

Puede asegurarse que el genio culinario español está condensado en la

_olla_, como estaba el poderoso _Jinn_ encerrado en un bote, según los

cuentos de las _Mil y una noches_. Los vivarachos y gastronómicos

franceses, que son, sin género de duda, los que en materia de cocina van

a la cabeza de la civilización europea, se burlan de las bárbaras

prácticas gotoibéricas, por considerarlas más tenebrosas que Erebo y más

ascéticas que estéticas. Según ellos, el desayuno peninsular consiste en

una cucharadita de chocolate; la comida, en una cabeza de ajo empapado

en agua; y la cena, en un cigarrillo de papel; y al decir de su _parfait

cuisinier_, la _olla_ se hace con dos cigarros cocidos en tres galones

de agua; pero esto es una calumnia inventada por un enemigo.

La _olla_ sólo se hace bien en Andalucía, y solamente en las casas

cuidadosas y bien acomodadas. En el resto de España se llama _puchero_,

y es un plato mezquino, compuesto de vaca cocida con garbanzos y algún

embutido. Los _garbanzos_ son la legumbre propia del país, la patata,

por decirlo así, y su uso demuestra un estado precario de la ciencia

hortícola. Fueron introducidos por los cartagineses: es el _puls punica_

(ingrediente especial, como el _fides punica_ de todos los gobiernos y

la hacienda españoles) que proporcionó tal regocijo a Plauto, que

introdujo en la escena al _fultifagonides_ o fenicio comedor de

garbanzos, que hablaba fenicio, de igual manera que Shakespeare

introdujo al galés comedor de queso tostado, hablando galés. Los

garbanzos necesitan estar en remojo mucho tiempo, pues de lo contrario

están más duros que balines: un ingenioso francés, después de lo que él

llamaba la apología de una comida, los comparaba en su estómago vacío a

un puñado de guisantes secos rodando dentro del tambor de un niño.

La verdadera _olla_--la antigua y reputada _olla podrida_ o _pot pourri_

(el epíteto no se usa ahora)--es muy difícil de hacer, y, desde luego,

es imposible comer una medio regular fuera de España, porque para ello

se necesitan una porción de cosas puramente españolas y, sobre todo,

mucho cuidado: el cocinero tiene que poner sus cinco sentidos en el

puchero o en los pucheros, pues es mejor hacerlo en dos. Tienen que ser

de barro, porque, como el _pot-au-feu_ francés, el plato no valdrá nada

si se hace en un cacharro de hierro o de cobre; se tomarán, por tanto,

dos, y se pondrán al fuego con agua. En el número uno, se echarán

_garbanzos_ que hayan estado en remojo toda la noche, un buen pedazo de

carne de buey o vaca, un pollo y un gran trozo de tocino, y se hará que

cueza un rato de prisa, y después se apartará para que siga hirviendo a

fuego lento; necesita cuatro o cinco horas para estar bien hecho. En el

número dos, se ponen con agua cuantos vegetales se hallen a mano:

lechugas, coles, un pedazo de calabaza, zanahorias, judías, apio,

escarola, cebollas, ajos y pimienta larga. Todas estas cosas han de

lavarse muy bien, previamente, y picarse como si fueran para ensalada;

después se añadirán _chorizos_ y un pedazo grande de cabeza de cerdo

salada, que habrá estado en agua toda la noche. Cuando todo está cocido

suficientemente, se escurre muy bien el agua y se tira. Hay que cuidar

de quitar la espuma de los dos pucheros. Una vez cocido todo, se apareja

una gran fuente, y en el fondo se ponen las verduras, y en el centro, la

carne, acompañada del tocino, el pollo y la cabeza de cerdo. El chorizo

se colocará alrededor, formando corona, y todo se rociará con caldo del

puchero número uno, sirviéndolo muy caliente, como Horacio hacía: _uncta

satis pingui ponentur oluscula lardo?_[41]. No hay perfume de violeta

que pueda compararse al que al pasar despide una olla; los mirones que

presencian su paso, suspiran, con la boca hecha agua, al ver y oler la

rica carga que, arrojando humo, se aleja de ellos.

Esta es la olla _en grande_, tal como, según Don Quijote, sólo la comían

los canónigos y rectores de colegio[42], pudiéndosela comparar con la

sopa de tortuga, que es tan exquisita y nutritiva que constituye por sí

sola una verdadera comida. Un canónigo de Sevilla, antiguo dignatario en

la edad dorada anterior a las reformas y desamortizaciones que apagaran

el hogar de las cocinas eclesiásticas, y cuyo puchero corriente era de

primer orden, nos decía que en los días de fiesta solía poner en la olla

pavo en vez de pollos, añadiendo un par de peros de Ronda y tres batatas

dulces de Málaga. Su opinión es muy digna de tener en cuenta, pues se

trata de un buen canónigo católico, apostólico, romano, que creía todo,

absolvía todo, bebía todo, comía todo y digería todo. Como regla

general, puede asegurarse que cuanto sea bueno en sí, será a propósito

para la olla, con tal de que--según dicen siempre los viejos libros

españoles--_no contenga cosa que se oponga a nuestra santa madre Iglesia

y santa fe católica y buenas costumbres_. Tal olla no es fácil

encontrarla yendo de camino, pero es muy propia para hacer recuperar las

fuerzas perdidas cuando se llega a una ciudad. Naturalmente, la olla se

hará con lo que pueda encontrarse. En las casas particulares el caldo

del puchero número uno se sirve con pan, en una sopera, y la frugal mesa

se cubrirá de los demás componentes de la olla, en fuentes separadas, y

si queda algo, frío o recalentado, sirve para la cena.

Las verduras y el tocino son indispensables, pues sin las primeras la

olla no es nada: _Olla sin verdura, ni tiene gracia ni hartura_; y el

segundo es tan esencial como cita un texto de San Agustín en un sermón:

No hay olla sin tocino

ni sermón sin Agustino.

El tocino es mucho más apreciado en toda la extensión de la Península

que éste u otro cualquier padre de la Iglesia, pues la afición a la

carne de cerdo corre parejas con la que se tiene por el líquido que

suele luego encerrarse en la piel del mismo animal, y no falta razón

para ello, pues el cerdo de España ha tenido siempre y tiene un gusto

incomparable; el tocino es gordo y sabroso, los embutidos deliciosos y

el jamón trascendentalmente superlativo, para usar la expresión de

Diodoro-Siculos, hombre de mucho gusto, saber y entendimiento. No hay,

pues, que avergonzarse de sentir cierta predilección por los cerdos de

España, y se nos perdonará que hablemos algo de ellos.

En muchas provincias de España los cerdos son más numerosos que los

burros. Como los de Extremadura, la _Jamonópolis_ de la Península, son

los más estimados, los citaremos especialmente. Esta comarca, a pesar de

ser la menos visitada por los españoles y los extranjeros, es

interesantísima para arqueólogos y naturalistas; muchas han sido las

correrías que nosotros hemos hecho por sus intrincados bosques de

carrascos y por sus despobladas y aromáticas llanuras.

El Gobierno de Madrid parece haberse olvidado hasta de la existencia de

esta región, antiguo granero bajo los romanos y los moros, y abandonada

hoy a la _feræ naturæ_, a los ganados trashumantes, a la langosta y a

los puercos. La entomología de Extremadura es infinita y perfectamente

desconocida--_de minimis non curat Hispanus_--, pero el cielo y la

tierra son pródigos en los seres diminutos. La naturaleza es más activa

y prolífica allí donde el hombre es más perezoso y menos industrioso, y

en estas solitarias llanuras, donde no rompe el silencio una voz

humana, el aire fragante resuena con el zumbido de multitud de insectos

que van de un lado para otro en busca de amor o de comida, sin

preocupación de viviendas ni de cocinas, regocijados con el buen tiempo,

que es la alegría de sus menudas almitas y de su feliz y efímera

existencia. Ovejas, cerdos, langostas y palomas son los únicos seres

vivientes con que el viajero tropieza durante horas y horas, y allá, de

largo en largo, aparece un hombre como para demostrar lo raro que es

allí su especie.

Grandes extensiones de esta región olvidada están cubiertas de bosques

de encinas, hayas y castaños, pero estos paisajes maravillosos no tienen

atractivo alguno para los naturales del país, ciegos a lo pintoresco,

incapaces de pensar mas que en el número de cerdos que se podrán cebar

con los carrascos y las bellotas, que aquí son más dulces y de mayor

tamaño que las inglesas. La palabra _bellota_ viene del árabe _bollot_;

_belot_ es el término que en las Escrituras se usa para designar el

árbol y el fruto, que, con agua, constituía el alimento de los iberos

primitivos, lo mismo que el del cerdo. Cuando las bellotas estaban

secas, dicen los autores clásicos, se molían para hacer pan con ellas, y

frescas, servían de segundo plato. Hoy mismo, muchas señoras de posición

las comen como golosina en la ópera y otros sitios; la mujer de Sancho

Panza las mandó como regalo a la duquesa, y son el asunto que tomó Don

Quijote para su discurso a los cabreros sobre los goces e inocencia de

la edad dorada y la felicidad pastoril, en que ellas eran la base de la

cocina.

Durante la mayor parte del año los cerdos se alimentan como buenamente

pueden, y recuerdan por su delgadez a aquellos animales, semejantes a

galgos, que pasan por puercos en Francia. Cuando las bellotas están

maduras y empiezan a caerse de los árboles, los voraces animales son

llevados al campo desde los pueblos, que más bien pudieran llamarse

reunión de pocilgas. Al anochecer vuelven a casa por su propia

iniciativa, sin ser conducidos por nadie. Al llegar a la entrada del

lugar emprenden un galope furioso como si estuvieran poseídos del mismo

demonio, para llegar pronto a su casa, a la que cada cochino vuelve sin

que nunca se equivoquen. Más de una vez hemos tropezado con uno de estos

torrentes de cerdos, y hemos estado a punto de ser atropellados como le

ocurriera a Don Quijote cuando fué realmente arrastrado por la piara

numerosa y gruñidora. En la casa es recibido el galopín como un hijo

pródigo o un padre cariñoso. El cerdo es el mimo del campesino; le crían

con sus hijos y comparte con ellos, como en Irlanda, las pocas

comodidades de sus chozas; lo respetan en todas partes, y con razón,

pues es el animal que paga la renta. En realidad, es el verdadero

ciudadano, pues, como en Sorrento, en Extremadura el hombre es

considerado de origen inferior, sólo creado para cuidar las piaras de

cerdos, que eran los que proporcionaban antes la buena vida a los

canónigos toledanos, con la ventaja de que valen más después de muertos.

Es admirable cómo se engullen el dulce alimento; en realidad, el único

deber de un buen cerdo--animal _propter convivia natum_--es engordar lo

más que pueda en poco tiempo y después morir por el bien de su patria.

Hay que observar, de acuerdo con la información de nuestros granjeros,

que los cerdos dedicados a San Antón--a quien siempre se representa con

una marrana al lado, como a Venus con una paloma--son los que engordan

más pronto; por esta razón los puercos en España son rociados con agua

bendita el día de este Santo, y se les suele matar hacia el 10 ó el 11

de noviembre, por San Andrés o San Martín, y de aquí el proverbio que

dice: _A cada puerco le llega su San Martín_.

La matanza de un cerdo cebado es un acontecimiento en las familias

españolas--que, por lo general, engordan uno--tan festejado como el

natalicio de un hijo; además, es imposible que permanezca oculto por el

alboroto enorme que se arma. Es una prueba de atención, por parte del

dueño de la casa, celebrar el feliz acontecimiento enviando a sus amigos

íntimos alguna parte de los despojos. La mayor vanagloria del español es

la limpieza de su sangre, es decir, que no haya en ella mezcla alguna de

los cerdófobos judíos o moros, cosa que, si los cerdos pudiesen razonar,

deplorarían profundamente, pues los españoles han sido buenos

consumidores de carne de cerdo, y lo han hecho tanto por razones

religiosas como gastronómicas. El comer o no comer carne de un animal

considerado inmundo por los impuros infieles, se convirtió en una prueba

de ortodoxia y al mismo tiempo de pureza de fe y de buen gusto; y como

ya hemos visto, el buen tocino tiene relación con la buena doctrina y

con San Agustín. El nombre español _tocino_ se deriva del árabe

_tachim_, que significa gordo.

Los españoles, aun cuando excesivamente aficionados al cerdo y a su

piel, conservan el odio oriental al animal inmundo en _abstracto_. _Muy

puerco_ es la expresión corriente para designar lo sucio, repugnante o

asqueroso. _Muy cochina_ es una frase que no perdonaría una mujer; es

equivalente a la italiana _vacca_ y al epíteto femenino canino usual

entre las pescaderas de Billingsgate. El epíteto no implica tampoco

fuerza moral, castidad, y en castellano culto no se nombra jamás el

animal inmundo sin un rodeo o una excusa, lo cual es un resabio de la

influencia árabe en las costumbres españolas. _Haluf_ o cerdo, es aún el

término más despreciativo con que los muslimes califican a los

cristianos y se aplican hoy entre los ingratos argelinos contra sus

bienhechores y panaderos los franceses, incluso contra el _illustre

Bugeaud_[43].

La capital del distrito porcuno extremeña es _Montánchez_--_mons

anguis_--y debe de ser, sin duda, el lugar montañoso donde el duque de

Arcos cebó y curó _ces petits jambons vermeils_, que el duque de San

Simón comió y admiró tanto: «ces jambons ont un parfum si admirable, un

goût si relevé et si vivifiant, qu’on en est surpris: il est impossible

de rien manger si exquis». El señor de Arcos acostumbraba encerrar sus

cerdos en lugares abundantes en víboras, que ellos se comían, sin que se

sepa que ni los cerdos, ni los duques, ni sus parásitos se envenenasen

con estas exquisitas víboras. Según Jonas Barrington, los mejores cerdos

de Irlanda son los que comen carne de rebelde. Un cerdo papista, el

jabalí de Enniscorthy, fué enviado como muestra por haberse comido a un

pastor protestante: fué condenado a muerte y deshonrado no haciendo

tocino con él.

Los naturalistas han observado que las serpientes de cascabel en América

se retiran ante su enemigo el cerdo, que de esta suerte viene a ser el

_gastador_ de la civilización en el Nuevo Mundo, como Pizarro, a quien

amamantara una cerda, y que guardó puercos en su juventud, fué su

conquistador. Sea como quiera, Montánchez es notable por sus cerdos, en

todas las formas, lo mismo por los ricos _chorizos_ que por los sabrosos

_embuchados_, que se asemejan un poco a la _mortadelle_ de Bolonia, aun

cuando algo menos duros, y se comen, por lo general, cociéndolos

previamente, aunque también están buenos crudos. Son los mejores trozos

del cerdo, sazonados convenientemente, con los cuales, como en

compensación, se llenan las tripas del voraz animal, que hasta muerto

satisface su pasión dominante. Recomendamos vivamente a los aficionados

al buen jamón, la casa de _Juan Valiente_, que hace poco era alcalde del

pueblo, y los vende de unas 12 libras a razón de siete reales y medio

(unos diez y ocho peniques), la _libra carnicera_, que tiene 32 onzas

inglesas; como los derechos de introducción en Inglaterra son

insignificantes, nos hemos surtido de todas estas chucherías, gracias a

la amabilidad de un amigo del _Puerto_. La grasa de estos _jamones_ (de

donde se deriva nuestra palabra _ham_ y _gammon_), cuando se cuecen,

parece topacio derretido y el sabor no admite descripción, aunque hoy

mismo lo he probado para asegurar la corrección y claridad de mi prosa,

imitando a Lope de Vega, que, según su biógrafo el doctor Montalván, no

podía escribir versos sin inspirarse con algunas magras y solía decir

que: «Toda cosa es vil, a donde falta un _pernil_» (palabra en que

reconocemos la _perna_ con que recobrara fuerzas Horacio):

Therefore all writing is a sham,

Where there is wanting Spanish ham.

Los de Galicia y Cataluña son también muy famosos, pero no pueden ni por

asomo compararse con los de Montánchez, propios para servidos a la mesa

de un emperador. Los que únicamente pueden rivalizar con ellos son los

de la _Alpujarra_, preparados en _Trevélez_, aldea dedicada a la cría de

cerdos, que está situada al pie de las montañas de Sierra Nevada, donde

también hemos hecho alguna excursión. Son llamados _dulces_, porque se

emplea muy poca sal para curarlos; se tienen los jamones una semana en

un adobo ligero y después se cuelgan al aire en sitio muy frío: este

sistema sólo puede emplearse en aquella comarca donde hay seguridad de

que la temperatura no varía. Aquellos de nuestros lectores que sean

aficionados a los platos españoles, encontrarán buenos garbanzos,

chorizos, pimentón, chocolate, chucherías valencianas, etc., etc., en

casa de Figul, dignísimo catalán que tiene la tienda en el número 10 de

Woburn Buildings, St. Pancras, Londres; el sitio no es mucho más

frecuentado que el propio Montánchez, pero el correo interior llega

perfectamente allí.

Como hemos llenado tanto espacio con esos excelentes tocinos y jamones,

habremos de ser breves con nuestra restante lista de platos. Para hacer

un _pisto_, hacen falta huevos, cosa fácil de hallar en casi todas

partes: asegurarse por su transparencia de que están frescos y batirlos

mucho. Después se toman cebolletas, y cualquier clase de hierbas finas

que se tengan a mano; algunos pedacitos de carne que se guarden en la

despensa, tal como pollo frío, jamón, pavo, etc., se mezclan con los

huevos y se fríe todo rápidamente. Muchos españoles tienen un modo

especial de hacer esta tortilla, que resulta un magnífico recurso para

los estómagos delicados.

El _guisado_, como la olla, sólo puede hacerse bien en un puchero

español, y de los que aquí importamos, los andaluces son los que le dan

mejor gusto. Es un plato que todos los cocineros de las ventas hacen

bien, salvo los que emplean aceite malo, y demasiado ajo, azafrán y

pimentón. Es conveniente, pues, dirigirlo uno mismo: tómense liebre,

perdices, conejo, pollos, o cualquier otra clase de carne que se haya

uno podido procurar en el camino (hecho con faisán está también

exquisito, cosa que hasta ayer no tuvimos ocasión de probar); córtese en

trozos pequeños, apartando la sangre, el hígado y los menudillos; no

lavar los pedazos, sino limpiarlos con un paño; fríanse con cebollas con

el aceite que cabe en una taza de té, hasta que esté dorado, y pónganse

después en un puchero con el aceite, e igual cantidad de vino y agua,

teniendo en cuenta que aquél es mejor que ésta; el clarete le va muy

bien y el valdepeñas mejor; añádase un poco de tocino, cebolla, ajo,

sal, pimientos y un manojo de tomillo; póngase todo a la lumbre,

espumándolo cuidadosamente y dejándolo cocer a fuego lento; media hora

antes de servirlo se le agregan los menudillos; y cuando esté en su

punto, lo cual puede saberse probándolo con un tenedor, sírvase muy

caliente. Debe moverse constantemente con una cuchara _de madera_, y

convendrá ir quitando la grasa cuando empiece a sobrenadar, pues es una

cosa muy desagradable y que desacredita a un cocinero, el que esté

grasiento el guisado. Hecho con cuidado y acompañado de una buena

ensalada, constituye una cena digna de un cardenal y aun del mismo

Santiago.

Otro plato excelente, pero muy difícil de hacer, es el _pollo con

arroz_. Se come riquísimo en Valencia, y por eso se suele llamar _Pollo

valenciano_. Se parte en pedazos un ave, que sea buena, y se limpia

bien, sin lavarla; en una cacerola se pone un vaso pequeño de aceite

fino, que se deja tostar, y cuando está se echa un pedacito de pan a

freír, que se saca con una cuchara _de palo_ y se deja aparte; se ponen

después dos cabezas de ajo, teniendo cuidado de que no se quemen, porque

entonces se vuelve amargo, meneándolos hasta que estén fritos; después

se echa el pollo, dándole vueltas y añadiéndole un poquito de sal; aun

cuando se oiga un chasquido, désele otra vuelta; cuando el pollo está

bien _dorado_, es decir, a los diez minutos o cosa así de haberlo puesto

en la cacerola, moviéndolo constantemente, se le echará cebolla picada,

dos o tres pimientos verdes o encarnados, también picados, sin dejar de

moverlo, pues si se pega a la sartén se echa todo a perder; se añaden

tomates partidos en pedazos y perejil; se miden dos o tres tazas de

arroz, que se mezclan bien con lo demás, cubriéndolo todo con caldo

_caliente_ y haciéndolo cocer una vez, y después se aparta y se deja a

fuego lento hasta que el arroz está en su punto. La ciencia de este

plato es que el arroz esté suelto y separado, no en una masa, como

ocurre cuando se tapa la cazuela y se condensa el vapor.

Se nos puede objetar que estos guisos tan típicos no son fáciles de

hacer en la cocina de una _venta_, pero la práctica hace que salgan a la

perfección, y, además, toda el alma del artista está concentrada en un

solo objeto y no dispersa en multitud de platos, que es el escollo en

que muchos cocineros zozobran y donde muchas comidas se sacrifican a la

visualidad y a la ostentación. Un solo plato y una sola cosa al mismo

tiempo es la áurea regla de Bacon: muchos han sido los ratos de ansiedad

que hemos pasado junto a un puchero, observando con el alma puesta en

los ojos a la enjuta momia, cuya inteligencia, cuerpo y cuchara estaban

pendientes de un solo plato: «--Bueno, abuela, _¿qué tal?_, ¿qué guisado

tenemos? Déjeme oler y probar la salsa. ¡Qué bueno va a estar! _¡Vamos,

señora!_, meta la cuchara una vez más. ¿Cómo se podrían mezclar el

aceite, el vino y los jugos nutritivos sin menear continuamente? ¡Hija

de mi alma!, dame el tenedor otra vez. _Así, así._ _Per Bacco_, ¡qué

tierno está! ¡Dios te lo pague!» En realidad, esta blandura de la carne

es la que la ha de hacer más digestiva; aquí el fuego y el cuchillo

ayudan al estómago, que en esas posadas de Dios es muchas veces

sobrecargado y condenado a morder una suela que pretende ser

_beefsteak_.

Los huevos escalfados son en todo momento el recurso de la cocina más

humilde. Los llaman _huevos estrellados_. Cuando se acompañan con tocino

magro el plato se llama _huevos con magra_, sin que aquí lo de magras

quiera decir sutileza de condición, sino que alude a la transparencia de

las lonjas, aunque bien puede decirse que son gordas comparadas con esas

que tan bien saben afeitar, por no decir trinchar, en Vauxhall. Para

hacer este plato, con o sin tocino, se toman huevos y se cascan en una

sartén llena de aceite frito o _manteca de puerco_. Hay que recordar, a

pesar de que Estrabón dice, como cosa rara, que los iberos usan la

manteca en vez de aceite, que ahora ocurre precisamente lo contrario;

hace un siglo la manteca sólo la vendían los boticarios y se usaba como

medicina para unturas, y solía ser abominable. Los españoles usaban

generalmente la manteca salada de Irlanda u Holanda, y tenían ya la

costumbre de considerar como cosa insípida la manteca pura, y no les

importa que esté un poco rancia, pareciéndose en esto a los regidores,

que gustan de la carne de venado algo pasada. En nuestros tiempos

progresivos, la Reina Cristina tiene una lechería en Madrid, donde se

hacen algunas libras de manteca fresca, parte de las cuales se vende o

se vendía a los embajadores extranjeros para su desayuno. Recientemente

se ha prestado más atención a la industria lechera en las provincias del

noroeste, parecidas a Suiza. Los españoles, como los héroes de la

_Iliada_, rara vez cuecen su alimento (exceptuando los huevos), por lo

menos en agua, pues freír, después de todo, es cocer en aceite.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 12 / 16 段