De cualquier modo, bueno será evitar el equipaje superfluo,

especialmente cosas inútiles, por aquello de que _en largo camino una

paja pesa_; y que la última pluma reviente al caballo. Se exceptuarán

los cigarros, que deben llevarse en abundancia, para darlos

generosamente; el mejor modo de entablar conversación con un español es

tener con él esta pequeña y delicada atención. El rapé es muy agradable

a los curas y a los frailes (por más de que ahora no los hay). Agujas,

hilo y un par de tijeras ingleses no ocupan mucho espacio y constituyen

la llave de las gracias del bello sexo. Un regalo hecho con oportunidad

y tacto tiene un encanto especial, lo mismo en casi todos los países

europeos que en los orientales, y el español, si no está en condiciones

de hacer un regalo equivalente, siempre tratará de pagarlo con

atenciones y cortesías.

Cada uno determinará por sí mismo si prefiere que su criado le sirva de

ayuda de cámara o de cocinero, pues no es fácil cosa que un hombre sirva

bien y al mismo tiempo la comida y a su señor. El cocinero que, a la

vez, va detrás de dos liebres, no coge ninguna. Ningún viajero prudente

permitirá que nadie haga lo que él pueda hacer por sí mismo; el que se

sirve a sí propio, puede asegurar que está bien servido.

Pero si en absoluto necesita de un ayuda de cámara, mejor es que deje al

mozo en su sitio adecuado: la cuadra; bastante tendrá con almohazar y

cuidar de sus cuatro animales, lo cual no ignora que es bueno para la

salud de los bichos, aunque él jamás se raspa la costra que a manera de

cemento romano cubre su cuerpo de ilota. Por experiencia sabemos que si

el jinete tiene la costumbre de llevar todo lo necesario para su aseo

personal en un saco aparte y emplea en su tocado el tiempo que el

cocinero tarda en preparar la sopa, quedará maravillado de lo

confortablemente que se sentará ante su _puchero_.

El cocinero llevará consigo una cacerola y un puchero o caldero para

cocer agua; no necesita cargarse con mucha batería de cocina, pues no

encontraría muchas ocasiones de utilizarla en la imperfecta gastronomía

de la Península, donde el hombre come como las bestias, que se mueren de

hambre. Todas las baterías son raras en España, ya sea en las cocinas o

en las fortalezas; y lo mismo se le ocurriría a un hidalgo tener una

batería voltaica en su salón que una de cobre en la cocina. La mayoría

de la gente se conforma con las _ollas_ y _pucheros_ de barro, que se

pueden encontrar en todas partes, y tienen una simpatía especial por la

cocina española, pues un estofado, aun cuando sea de gato, nunca sabe

tan bien hecho en un cacharro de metal como en uno de barro; la

cuestión es procurarse la materia prima: antes de nada, coger la liebre.

Aquel que tiene carne y dinero siempre encuentra quien le preste un

puchero.

Una _venta_ es un lugar de donde el rico sale con el estómago vacío y

donde el pobre hambriento no mata el hambre. Lo que debe hacer, pues, el

cocinero, es pensar en sus compras, sin atormentarse por el apetito de

su señor, que no faltará seguramente, y que en algunas ocasiones puede

hasta ser un mal; un buen apetito no es una gran cosa _per se_[38]; el

mejor es un estorbo si no hay que comer. Su _capucho_ o cesto de

provisiones debe ser la bodega, la despensa y almacén, cuidando de hacer

acopio, según la ruta que hayan de seguir y la distancia entre las

ciudades que recorran. Procurará siempre que sobren provisiones, pues,

no nos cansaremos de repetirlo, el deber de un cocinero, en este país

donde el comer constituye la mayor dificultad, es precaver las

contingencias; un poco de previsión no produce gran molestia y, en

cambio, proporciona mucha comodidad; porque los peligros en mar y en

tierra se duplican cuando el estómago está vacío, que por algo le decía

Sancho a su asno: _los duelos con pan son menos_, refiriéndose el sagaz

escudero, con su buen sentido de costumbre, tanto a la parte moral como

a la del pan, porque éste es admirable. Las mesetas centrales de España

son quizá la tierra que produce mejor trigo en el mundo: y aun cuando

cultivadas de manera muy imperfecta, pues el labrador apenas hace mas

que arañar la tierra y rara vez la abona, el vivificante sol viene en su

ayuda. Las cosechas son abundantes y de magnífica calidad, pero los

campesinos, miserables en medio de la abundancia, vegetan, más bien que

viven, en casuchas de barro o en cuevas abiertas en los montecillos, en

la mayor carencia de todo lo necesario.

La falta de carreteras, canales y toda clase de medios de comunicación,

dificulta la salida de los productos, que, a causa de su gran cantidad,

es difícil transportar en un país donde la mayor parte del grano se

traslada a lomos de caballerías, como lo hiciera patriarcalmente Jacob,

según la moda oriental, al llenar los graneros de Egipto. Por todo esto,

aun cuando no hay cotización, ni leyes para los granos, y las

subsistencias son baratas y abundantes, la población disminuye en número

y aumenta en miseria; porque ¿qué importa que el precio del trigo sea

bajo, si los jornales son más bajos de lo que deben ser y son en ninguna

parte?

El mejor pan en España se llama _candeal_; éste sólo lo comen los altos

empleados y gente de posición, y, antes, los clérigos. El peor se llama

_pan de munición_ y es el que se da al soldado: es negro como el betún,

áspero y más duro que una piedra, muy a propósito para echar sopas en el

caldo negro de los guerreros espartanos. La frase _de munición_ es

sinónima en la Península de mala calidad, y tiene su origen en lo malo

que es todo lo que se relacione con la administración militar española,

desde la mochila hasta el cuartel. Este pan y agua, y las dos cosas

ganadas con trabajo, constituyen la ración de los pobres reclutas

españoles, y ni aún con ello puede contar seguramente cuando están ante

el enemigo, a menos de que lo provea la administración de un ejército

aliado.

Quizá el mejor pan de España es el que se elabora en Alcalá de Guadaira,

cerca de Sevilla, y por esta razón le llaman Alcalá de los panaderos.

Allí puede decirse que el pan es el alma de su existencia y por todas

partes se pueden ver muestras: las _roscas_ están colgadas en sartas y

las hogazas colocadas en mesas a la puerta de las casas; es, en

realidad, lo que los españoles llaman _Pan de Dios_, el «pan de los

ángeles de Esdras». Todas las clases sociales ganan el pan haciéndolo y

los molinos no están nunca parados. Las mujeres y los chicos se ocupan

en quitar del grano partículas de tierra que vienen entre el trigo por

la manera de trillar, en el suelo, al aire libre, a la usanza bíblica y

homérica.

En las afueras de los pueblos en que se producen cereales, se prepara

una extensión de terreno, con suelo duro, donde se hace la operación de

trillar y aventar; este sitio se llama la _era_ y no es otra cosa que la

romana _área_. Las gavillas de grano se extienden en ella y cuatro

caballos, enganchados a la manera clásica, tiran de un _trillo_, que

está compuesto de unos tablones con pedernales y pedazos de hierro

clavados en la parte inferior: en el trillo se sienta el que guía los

animales, que dan vueltas y más vueltas sobre el montón de mies. De este

modo, el grano sale de las espigas y se tritura la paja; ésta sirve para

alimento de los animales, así como el primero, para alimento de los

hombres. Cuando el montón está bastante trillado se recoge y se aventa,

de modo que el viento se lleva la paja, y el grano pesado cae a tierra.

Todas estas operaciones son muy típicas y en extremo pintorescas, pues

se reúnen muchos labradores en el mismo sitio para sus faenas, y también

toman parte en ellas las mujeres y los chicos con sus trajes

abigarrados. Algunas veces se resguardan del dios del fuego por medio de

ramas de árbol, tejadillos o toldos, colocados, como lo podría hacer un

pintor, formando cuadros verdaderamente artísticos, cosa que es tan

común en el pueblo español y el italiano. Unas veces comen y beben,

otras, cantan y bailan, pues nunca falta la guitarra. Entretanto, los

caballos maceran las extendidas gavillas y recuerdan el símil de Homero,

que les compara a los fieros corceles de Aquiles, pasando por encima de

los cuerpos de los troyanos. Esta trilla al aire libre se hace,

naturalmente, en tiempo seco y, por lo general, con un calor abrasador.

Algunas veces se trabaja por la noche, alumbrándose con antorchas.

Durante el día los labradores, medio desnudos, desafían los ardores del

sol y parece que, como las salamandras, se encuentran en su elemento en

el calor más espantoso; verdad es que están constantemente con el botijo

en la mano y que nunca desdeñan echar un trago de la bota de un pasajero

amable. Todo es vida y actividad; manos y pies que se mueven sin cesar,

ojos centelleantes, gritos animados; las briznas ligeras de la paja, que

con los rayos del sol brilla como polvo de oro, envuelve las figuras en

un halo que, por la noche, cuando la luz de las antorchas las oculta en

parte y las realza en otra, parecen algo sobrenatural, como fantasmas

volando de un lado para otro en la niebla vaporosa. El cuadro es muy a

propósito para impresionar y encantar al forastero que viene del pálido

Norte y ha visto siempre batir el grano para separarlo de la paja y se

sorprende y admira de estas costumbres, las contempla con atención y se

siente lleno del ambiente de poesía, movimiento y color local de que

están impregnadas. Pero mientras el gélido hijo de los cielos plomizos

está lleno de fuego y de entusiasmo, su compañero español, nacido y

criado bajo los intensos rayos del sol, está más frío que el hielo, más

indiferente que un árabe; pasa junto a todo aquello, no ya sin

admirarlo, sino positivamente avergonzado, viendo sólo la barbarie, lo

anticuado e imperfecto del sistema, suspirante por alguna máquina hecha

en Birminghan para colocarla en un granero construído conforme a los

modelos aprobados por la Real Sociedad de Agricultura de Cavendish

Square, anhelando con toda su alma los adelantos de la civilización, con

los cuales las harinas resultan mejor elaboradas, siquiera no lo estén

con tanta poesía.

Pero volvamos a nuestro pan seco, abandonando esta nueva digresión, y

bien saben todos los que han estado en España o han escrito sobre

asuntos españoles, cuán difícil es guardar regularmente el camino sin

separarse de él a cada momento, ya para elegir una florecilla silvestre,

ya para coger una piedrecilla reluciente. El trigo así trillado es

cuidadosamente molido, y en la Mancha, en aquellos encantadores molinos

de viento colocados en eminencias del terreno para que sean azotados por

el aire, y que con sus aspas extendidas parecen ahora gigantes

quijotescos, la harina se pasa por varias tolvas para que se afine y

afine más y más. La masa está cuidadosamente heñida, trabajada y

manipulada, ni más ni menos que lo hacen nuestros fabricantes de

galletas, y por ello la miga es tan ligera y esponjosa: según Plinio,

los romanos eran aficionados al pan español a causa de su ligereza.

En España no tiene el pan la misteriosa simpatía con la manteca y el

queso que en nuestra verde y vieja Inglaterra, probablemente porque en

estas tórridas regiones los pastos son escasos, la manteca, mala, y el

queso, peor, no obstante ser muy digestivo para el estómago de hierro de

Sancho, que no conocía otra cosa mejor. Nadie, sin embargo, que haya

probado el Stilton o el parmesano se unirá a él en las alabanzas al

_queso_ de Castilla, cuyo poco valor puede calcularse por el aprecio que

en la Península se tiene al queso de bola holandés. El viajero, no

obstante, debe llevar consigo alguno, pues lo malo es aquí lo mejor en

muchas otras cosas, además de ésta; también debe meter en su despensa

algunos panecillos buenos, pues, en las regiones montañosas, el pan

corriente es de centeno, maíz o de cereales inferiores. El pan es la

base alimenticia del viajero español, el cual, si le añade un poco de

ajo crudo, ya está listo: _con pan y ajo crudo se anda seguro_. Con

todo, una hogaza no molesta mucho y sirve siempre, como decía Esopo, el

prototipo de Sancho. _La hogaza no embaraza._

Después de tener seguro el pan, el cocinero, al condimentar la cena,

preparará también algo para el almuerzo del día siguiente, a las once,

que es como los españoles han traducido _meridie_, las doce, o mediodía,

de donde se deriva la palabra correcta para almuerzo: _merienda_,

_merendar_. Dice un proverbio que _donde buenas ollas quiebran, buenos

cascos quedan_, y nada más cervantesco que un alto al aire libre, si no

hay otro sitio mejor. Cuando el sol calienta con toda su fuerza, y

hombres y animales están cansados y hambrientos, dondequiera que se

encuentre un agradable lugar umbroso, con agua corriente, la caravana se

aparta del camino, como hacían Don Quijote y Sancho, se elige un rincón

apacible, se descargan las caballerías, se vacían los serones, que

engrasan el magro suelo; se extienden los manteles sobre la hierba, las

_botas_ se ponen dentro del agua para que se refresque su contenido, y

se sacan las provisiones, que pueden ser perdiz o pavo fiambre o lonchas

de jamón y de _chorizo_; manjares sencillos, pero que se comen con un

apetito y un gusto por los que un regidor pagaría cuanto le pidieran. Si

no hay un racimo de uvas, se puede terminar con un sabroso cigarro y un

sueño dulce sobre la fresca y mullida hierba. En tales banquetes

campestres España es muy superior a los bulevares. ¡Qué lástima que

tales horas sean tan bellas y fugaces como los rayos del sol! Tal es la

vida de viaje en la Península. La _olla_, para restaurar las fuerzas,

sólo puede estudiarse en las grandes ciudades, y la comida, de la cual

es ella el principal elemento en España, es gran recurso para el

viajero. Y la cocina española es tan oriental, tan clásica y tan

singular, sin decir nada de su vital importancia, que el asunto bien

merece un capítulo aparte.

Capítulo XI.

Se necesitaría demasiado espacio para exponer y digerir propiamente los

méritos de la cocina española. Sin embargo, hemos de tratar, siquiera

sea sucintamente, de este asunto, que no deja de ser sabroso y

suculento. Enumeraremos brevemente los manjares y las bebidas que se

consumen a diario y los platos que hemos ayudado a hacer muchas veces, y

más aún a comer en las _ventas_ más desmanteladas de la Península y en

las regiones más miserables; platos que todo viajero previsor puede

mandar guisar y comer con no peor apetito que lo hiciéramos nosotros.

Para ser un buen cocinero, cosa rara en España, es preciso, no sólo

conocer el gusto del señor, sino ser capaz de sacar partido de cualquier

cosa, como un inteligente _artista_ francés convierte un zapato viejo en

un epigrama de cordero o un modisto parisino hace de un palo una

elegante _madame_, sin otro defecto que parecer un poco gruesa. Los

platos genuinamente españoles son buenos en su clase y hechos a su modo,

pues no hay nada tan ridículo en un cocinero, lo mismo que en otra

cualquier persona, que querer aparentar lo que no es.

Lo _au naturel_ puede resultar demasiado sencillo en ocasiones, pero

rara vez le hace a uno daño, y de todas suertes hay que pensar que es

tan difícil hacer comprender a un cocinero español la cocina francesa,

como que un diputado se haga cargo de la constitución del parlamento

inglés. La ruina de los cocineros españoles es el afán que tienen de

imitar a los extranjeros, de la misma manera que sus necios aristócratas

destrozan su gloriosa lengua, sustituyéndola con lo que ellos suponen

excelente parisién, que suelen hablar _comme des vaches espagnoles_.

_Dis moi ce que tu manges et je te diriai ce que tu es_, es un _mot

profond_ del gran Brillat Savarin, que también descubrió que _Les

destinées des nations dépendent de la manière dont elles se nourrissent_

(los destinos de las naciones dependen de su modo de alimentarse); razón

por la cual el general Foy atribuye todas las _casuales_ victorias de

los ingleses al ron y a la carne. Esto no hace mas que aumentar nuestro

gran respeto por el ponche y por el rosbif de la vieja Inglaterra, cosa

que, dicha sea de paso, es muy difícil de conseguir en la Península,

donde los toros se crían para la plaza y los bueyes para uncirlos, no

para el asador.

La cocina nacional española es en su mayor parte oriental. Casi siempre

tiene por base el guisado, pues por escasez de combustible, el asar es

casi desconocido, y lo hacen poniendo la carne dentro de una sartén,

encima del rescoldo, y luego, sobre la tapadera, algunas ascuas. La

_olla_ es casi sinónimo de comida en España, así como se considera

vulgarmente que toda la alimentación de otras dos poderosas naciones son

el _beefsteak_ o las ranas. Donde quiera que la carne es mala y escasa,

la salsa es muy importante: en España se hacen a base de ajos, aceite,

azafrán y pimentón. En los países cálidos, donde las bestias son flacas,

el aceite sustituye a la grasa y el ajo sirve de condimento y al mismo

tiempo estimula el apetito de un estómago inapetente. Se dice de

nosotros, herejes, que solemos tener una sola salsa--manteca

derretida--y cien religiones; en cambio, en la ortodoxa España no se

conoce más que una, lo mismo salsa que religión, y el variarlas es

considerado como una herejía. Por lo común tienen estas salsas un color

tostado, muy parecido al siena que imitaba Murillo, cosa que no tiene

nada de particular, pues, según se dice, el pintor español hacía ese

color típico con pedazos de pucheros machacados, lo mismo que hoy día

hacen los pintores que se dan el lujo de comer carne. Este _negro de

hueso_ es la pátina característica de España, donde todo es pardo, desde

la Sierra Morena hasta los habitantes. De este matiz es la capa, la casa

de tierra, la mujer, la vaca, el burro y todo lo que tiene relación con

el español. Las salsas tienen, no solamente el mismo color, sino

también el mismo sabor en todas partes, y de aquí la dificultad de saber

de qué se compone un plato. Ni la misma Mrs. Glass podría decir, ni aun

por el sabor, si el estofado era de liebre o gato, vaca o ternera, buey

o burro. Ya la cosa pone a prueba la agudeza de un francés, pues una de

las jactancias de la ciudad de Olvera es haber dado carne de burro para

las raciones de un destacamento bonapartista. Todo esto tiene un sabor

verdaderamente oriental. Isaac no sabía distinguir el cabrito del

venado, tan semejante era la salsa con que se servían, y, sin embargo,

su olfato y su paladar eran finos y era muy suspicaz en materia de

cocina. Como medida práctica para vivir tranquilo no se debe entrar en

demasiados detalles en la cocina, a menos que tenga uno que ser su

propio cocinero, porque _quien las cosas mucho apura, no vive vida

segura_.

Todo el que viaje por la Península, a caballo o en coche, padecerá sed

en las áridas llanuras y hambre en las peladas montañas, donde el que

pide pan recibe piedras. La cuestión manducatoria ha preocupado siempre

en España a los guerreros, desde Enrique IV a Wéllington: «las

subsistencias son la gran dificultad», puede leerse en una tercera parte

de los maravillosos comunicados del duque. Esta escasez se incluye en el

nombre de España. Σπανια, que quiere decir pobreza y desnudez, lo mismo

que el término _bisoños_, necesitados, ha sido sinónimo mucho tiempo de

soldados españoles, que, como dice el duque, siempre están «fuera de

combate», «siempre _necesitados_ de todo en el momento crítico». El

hambre y la sed han sido y son los mejores defensores de la Península

contra el invasor. En la sierra y en las estepas estos escuálidos

centinelas tienen montada la guardia y, a manera de espantajo, protegen

este paraíso lo mismo que las regiones infernales de Virgilio:

«... et malesuada Fames ac turpis Egestas;

Terribiles visu formae»[39].

Una excursión a caballo por España se ha considerado equivalente a

prestar servicio en una campaña, y era una frase del gran Condé: «Si

queréis saber lo que es pasar trabajos, haced la guerra en España». Sin

embargo, en los miles de leguas que hemos recorrido nosotros, no hemos

sufrido esa horrible privación que hemos mantenido a respetable

distancia por prestar una viva y constante atención al proverbio:

_Hombre prevenido nunca fué vencido_. Nada hay como la previsión y las

_provisiones_. «Si queréis conocer--escribe el proveedor duque a lord

Hill desde Moraleja--_haréis bien en traer lo que os parezca_, pues yo

no tendré nada». La antigua costumbre de la tuna estudiantil es muy

conveniente en los caminos de España:

«Regula Bursalis est omni tempore talis,

prandie fer tecum, si vis comedere mecum»[40].

El que va preparado nunca se verá en un apuro; por lo tanto, el hombre

prudente debe llevar siempre, en España, víveres para dos o tres días,

como hacía el valeroso Dalgetty, y su cocinero, como Sancho Panza, no

debe tener otros pensamientos en su cabeza que los de cómo transportar

en sus alforjas la mayor cantidad posible de comestibles.

En todas las ciudades que medianamente merezcan ese nombre que

encuentren en el camino, se proveerá ampliamente de té, azúcar, café,

aguardiente, aceite bueno, vino y sal, para no hablar de los sólidos, y

así, llevando algo preparado, tiene suficiente vagar para forrajear y

ocuparse de otras cosas. Los que llevan un _corps de réserve_ de que

echar mano--tal como un jamón o un pavo fiambre--pueden siempre

convertir en un oasis cualquier rincón del desierto. También puede

confiarse la unión del alma con el cuerpo al azar de una _venta_, de las

que más adelante hablaremos; pero esa no ofrece sino un miserable trato

para una persona de buen juicio. Y aun cuando no fuese necesario para

uno mismo, llevar provisiones a prevención siempre servirán para

socorrer a los pobres que se encuentran en el camino constantemente en

España, para los cuales es casi desconocido el sabor de ciertos

manjares y consideran como un festín las migajas que caen de la mesa de

los ricos. La satisfacción y el agradecimiento con que devoran los

restos son tan agradables al corazón del donante como al estómago del

donatario, pues las mejores medicinas del pobre están en las bodegas,

cocinas y despensas de los ricos. Los criados cuidarán escrupulosamente

de los equipajes y las vituallas, que pueden ser sisados y saqueados, en

las _ventas_, donde no siempre suele reunirse gente de la buena

sociedad; todo deberá ir muy bien empaquetado y atado, porque el diablo

siempre anda al acecho: _ata al saco, ya espiga el diablo_.

Antiguamente los viajeros de campanillas llevaban una olla de plata con

llave: el _guardacena_. Esta idea ingeniosa ha dado asunto para muchos

chistes en cuentos y comedias. Madame D’Aulnoy nos relata lo que le

ocurrió al arzobispo de Burgos y su ortodoxa olla.

No hay nada en la vida como empezar bien una cosa, y así llegarán todos

sanos y salvos a la primer parada. Al llegar a una posada, el cocinero

no debe declarar que lleva provisiones y tratará de sacar cuanto pueda

de los demás, y mucho se consigue de pedirlo y llorarlo, pues hasta un

chico español sabe que _el que no llora no mama_; la cuestión es no

echar mano de las reservas sino en caso de absoluta necesidad, y durante

el día estar ojo avizor y recoger cuanto halle comestible a mano, donde

se pueda y cuando se pueda.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 11 / 16 段