propia para convertirse en un número del pasaje conforme al sitio que
ocupe; se le asienta en un libro como un paquete que debe ser entregado
por el conductor. En cambio, ¡cuán libre y dueño de sí se siente ese
mismo viajero si cabalga en su fogoso corcel, que con su piafar y sus
relinchos parece como que demuestra su impaciencia por salir! ¡Qué
fresco y qué delicioso resulta el libre aire del cielo después de
respirar la enrarecida atmósfera de un interior lleno de gente extraña
que, a causa de los efectos narcóticos del tabaco, olvidan la existencia
del jabón, el agua y la ropa limpia! Viajar a caballo, placer tan poco
frecuente para los ingleses, ha sido la forma primitiva y en un tiempo
general en Europa, y aun lo es en Oriente; la humanidad, sin embargo, se
ha acostumbrado pronto a otros medios de locomoción y olvida lo muy
reciente de su introducción. Fynes Moryson dió hace dos siglos a los
que viajaban por Inglaterra el consejo que hoy puede darse a los que
visiten España: que abandonen las carreteras frecuentadas por los coches
y se internen por caminos de herradura y veredas, con lo que explorarán
rincones poco frecuentados, ciertamente, pero no por eso los menos
interesantes de la Península. Hemos tenido la suerte de formar parte de
varias de estas expediciones a caballo, unas veces solos y otras en
compañía. En una ocasión fuimos desde Sevilla a Santiago atravesando
Extremadura y Galicia y volviendo por Asturias, Vizcaya, León y las dos
Castillas, en el mismo caballo, cerca de dos mil millas, acompañados
solamente por un criado andaluz que era la primera vez que salía de su
provincia. Dos amigos con dos criados hicieron poco después la misma
excursión; y ni ellos ni nosotros tuvimos que vencer obstáculos ni
dificultades que pudieran tener el carácter de aventura o que nos
pusieran en el menor peligro. En otra ocasión recorrimos, acompañados de
una señora inglesa, Granada, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, para
no hablar de repetidas excursiones a todos los rincones y escondrijos de
Andalucía. El resultado de todas estas experiencias, unido al testimonio
de varios amigos que han _paseado a caballo_ la Península entera, nos
permite recomendar este sistema a la gente joven, sana y aventurera,
como el más agradable y, en realidad, según ya hemos dicho, el único
utilizable en las dos terceras partes del país.
Los caminos reales que ponen en comunicación la capital con los
principales puertos son realmente buenos, pero están trazados
generalmente en línea recta, por lo cual, muchas de las ciudades más
antiguas quedan a un lado; e igualmente lugares históricos, sitios donde
se han librado batallas, ruinas antiguas y paisajes verdaderamente
bellos, sólo son asequibles a caballo. En España hay infinidad de
comarcas completamente desconocidas de la Sociedad Geográfica. Aquí,
ciertamente, encontrará terreno abonado todo el que quiera en estos
tiempos de tan escasas novedades publicar algo nuevo: hay paisajes para
llenar una docena de portfolios y asunto para una veintena de volúmenes
en cuarto. ¡Cuántas flores se marchitan sin figurar en ningún tratado de
botánica! ¡Cuántas rocas se deshacen sin que se las mencione en la
geología! ¡Y cuántos paisajes dignos de ser dibujados, cuántos osos y
ciervos que cazar, cuántas truchas que pescar y comerse, cuántos valles
tienden su pecho deseosos de abrazar a sus visitantes ocultos, cuántas
bellezas vírgenes desconocidas hasta ahora esperan al feliz miembro del
Travellers’ club (club de los viajeros), que en diez días puede cambiar
el aburrimiento del eterno Pall Mall por estos sitios solitarios! ¡Y qué
gloria para él en descubrir una _tierra incógnita_ y rivalizar con Mr.
Mungo Park![30]. Y ni siquiera falta una guía desde que nuestro buen
amigo John Murray, el rey de las Guías, proclama desde Albemarle Street,
_Il n’y a plus de Pyrénées_.
Como quiera que en las grandes extensiones de terreno que se hallan
situadas entre las carreteras hay gran escasez de medios de
comunicación, poco tráfico y nadie exige comodidades de ningún género,
se hace difícil incluso encontrar mulas o caballos; por esta razón,
nosotros hemos preferido siempre llevar a estas largas excursiones
nuestras propias caballerías. Las ventajas y seguridades que proporciona
esta previsión las hemos apreciado cumplidamente comparando con
frecuencia las molestias sufridas por otras personas que confiaron en
hallar facilidades y medios de locomoción en regiones apartadas y
miserables. El viajero, por regla general, debe llevar consigo todo
aquello de que no puede prescindir por costumbre y necesidad. Lo
esencial es reunir, en el menor espacio posible, la mayor cantidad de
comodidad portátil, teniendo cuidado de no cargar más que con lo
indispensable, pues no hay nada tan molesto como dificultar los viajes
con cosas inútiles. Esta manera de viajar no ha sido estudiada muy al
detalle por la mayoría de los autores, que, por su parte, no se han
separado mucho del camino trillado ni han emprendido largas caminatas a
caballo, y, por lo tanto, se inclinan más bien a exagerar los peligros y
dificultades de un sistema que ellos no han utilizado. Al mismo tiempo,
bueno será advertir que no es este plan recomendable para señoras
elegantes o caballeros delicados, ni para los que padecen un poquito de
reúma o tiemblan ante las obscuras imágenes que la gota incipiente
suscita.
Los que tienen resistencia y curiosidad para afrontar una excursión por
Sicilia pueden, desde luego, salir para España; los ferrocarriles y los
caballos de posta van seguramente más de prisa; pero el placer y el
provecho de un viaje suelen estar en razón inversa de la facilidad y
rapidez de las jornadas. Además del conocimiento exacto del país que se
adquiere por este medio (pues no hay mapa que sustituya a una inspección
ocular), y de ponerse en relación con mucha gente, y no de la peor, para
un paisano, una expedición a caballo equivale a un servicio de campaña.
Obliga a emprender una nueva vida que, al principio, se acepta por
necesidad; pero que pronto se hace completamente natural, por estar en
perfecta armonía con todo lo que con ello se relaciona, por muy extraña
y distinta que sea a todas las costumbres y nociones anteriores; le
sacan toda presunción del cuerpo para el resto de su vida y le hacen
sufrido y contenido. Es una perfecta escuela de disciplina moral, como
los mares más duros forman a los mejores marineros. Y se pueden aprender
áureas reglas de paciencia, perseverancia, buena educación y
compañerismo, contribuyendo a que sobresalga la individualidad para bien
o para mal. En estas ocasiones en que la riqueza y la jerarquía son
despojadas de los auxiliares de superioridad convencional, el hombre se
verá obligado a utilizar sus propios recursos morales y físicos con más
frecuencia que una carta de crédito, y su ingenio se aguzará por la
necesidad de arbitrar medios.
Entonces se sacudirá la torpe pereza, y la acción, la demosténica
acción, será el santo y seña. El viajero borrará de su diccionario la
fatal palabra española _luego_, calle que lleva a la casa de _nunca_,
pues ya hay un dicho que reza: _por la calle de después se va a la casa
de nunca_. Obligado a ingeniárselas por sí mismo, comprenderá el mal de
los gastos inútiles y la locura de la imprevisión y la falta de orden.
Llegará a hacer caso omiso de la excusa constante de la pereza, el
español _no se puede_. Tropezando con dificultades pronto se convencerá
de lo fácil que es vencerlas, como con un frote duro se convierte en
suave y sedeña la ortiga, que pincharía con solo tocarla ligeramente, y
al mismo tiempo verá que el medio más firme de conseguir el objeto que
uno se propone es el conocimiento moral de que se puede y se quiere
hacerlo. Nunca deberá detenerse por obstáculos ligeros como el aire, que
donde una puerta se cierra otra se abre, y el que empuja llega. Y
después de todo no está mal que sepan algunas fatigas los acostumbrados
al sibaritismo, aun cuando no sea más que por la novedad y porque el
harto suele comer con más gusto cuando se ve privado de alguna cosa,
pues, como dice Cervantes, el hambre es la mejor salsa, y como ésta
nunca falta al pobre, de ahí la razón de que para ellos el comer sea su
mayor fiesta.
Además, esta clase de expediciones independientes son también
beneficiosas para la salud; después de pasado el cansancio de los
primeros días el cuerpo se _hace de bronce_ y el jinete se convierte en
un verdadero centauro. La vida al aire libre, la excitación continuada
de lo nuevo, el ejercicio y la ocupación constante, son dulcificadas por
la buena voluntad, que hace hasta del trabajo un placer, inoculando
nueva savia y vigor en los huesos y en los músculos; acostarse temprano
y levantarse temprano[31], si no hace a todos los cerebros sabios y
sanos, al menos vigorizan los jugos gástricos y hace al hombre olvidar
que tiene hígado--el almacén de la miseria física--, bilis, píldoras e
hipocondría. Esta salud es uno de los secretos de los encantos
inherentes a este sistema de viajar, a pesar de todas las molestias
aparentes de que va acompañado a primera vista. ¡Oh! ¡Qué delicia esta
vida bohemia, nómada, de beduino, sazonada con una libertad sin límites!
Armamos la tienda donde uno quiere y allí se tiene la casa, lejos de las
cartas urgentes que contestar y distante de comidas, visitas, criadas,
sombrereras, mayordomos, majaderos y lacayos.
Recién salidos del barrio aristocrático de Londres nos encontramos
transportados a un mundo nuevo; el panorama varía a diario, y se alegra
el corazón y se pone uno de buen humor contemplando las llanuras,
rebosantes de leche y miel, o rientes, cubiertas de aceite y vino, o
bien los naranjos y limoneros iluminados por la gloria del sol, la
palmera sin el desierto, la caña de azúcar sin el esclavo. A poco, nos
hallamos perdidos entre silenciosos ventisqueros coronados por las
nubes, en parajes donde las rocas de granito se agrupan como fragmentos
de un mundo deshecho por la magnificencia de la Naturaleza, que, poco
cuidadosa de la admiración de los mortales, prodiga con soberana
indiferencia sus mayores encantos a los lugares ocultos y sus más
grandiosas formas a lo menos accesibles. Todos los días y en todas
partes encontramos infinidad de tesoros y placeres, que almacenados en
nuestra imaginación--así la miel de las abejas--endulzarán y alegrarán
nuestra vida en la gustosa remembranza cuando los dejemos tranquilizarse
en nosotros mismos como los posos del vino en un tonel. Y aun habiendo
sido verdaderamente deliciosos en la realidad pasada, su encanto aumenta
a medida que avanzamos en edad y sentimos que no podremos volver a
emprender estas hazañas de nuestra juventud, tan dulces como la juventud
misma. De una cosa puede estar seguro el lector, y es de que siempre
será grato para él, como lo es hoy para nosotros, el recuerdo de
aquellas caballadas agrestes y fatigosas a través de la tostada España,
en las que el cansancio desaparecía antes de sentirse; aquellas colinas
airosas, aquellos riscos y torrentes, aquellos frescos valles, que
comunican su frescura al corazón; aquel gusto con que saboreábamos los
manjares más vulgares sazonados por la salsa del hambre, que no inventó
Ude; aquellos tranquilos sueños en duras camas, ganados por la fatiga,
que es la almohada más blanda; los nervios dominados, el espíritu
alegre, elástico y animoso; aquella carencia de preocupaciones; aquella
salud de cuerpo y alma, que es siempre el premio de la íntima comunión
con la Naturaleza, y el verse libre de las enojosas y ficticias
exigencias del círculo estrecho de la artificial ciudad.
Sea el que quiera el número de individuos que formen la partida y
cualquiera que fuere el medio de comunicación empleado, a caballo o en
coche, y aun contando con que un amigo agradable es mejor que cualquier
vehículo, nadie debe soñar con una excursión a pie por España, pues rara
vez se encontraría compensación al llegar al término de la jornada,
cansado y hambriento, precisamente en el punto mismo en que se debe
estar más fresco y dispuesto a saborear los placeres intelectuales. El
_deipnosofista_ Ateneo descubrió hace mucho tiempo que en un estómago
vacío no cabe el amor a lo sublime y a lo bello; la estética tiene
entonces que rendirse ante la gastronomía, y no hay programa más
sugestivo en el mundo como una comida y después una _siesta_. El peatón
en España, donde las comodidades corporales son raras, comprenderá
pronto la causa de que en los diarios de nuestros soldados peninsulares
se dé tan poca importancia a los objetos que llaman más la atención del
viajero satisfecho. En caso de fatiga corporal excesiva las facultades
mentales se empequeñecen para atender a las necesidades meramente
físicas, en lugar de engrandecerse para buscar un placer contemplativo o
intelectual; el despeado y rendido por el cansancio necesita conforme a
The unexempt condition
by which all mortal frailty must subsist,
refreshment after toil, ease after pain[32].
Andando es como viajan los animales, que para eso tienen cuatro pies;
los bípedos que siguen el ejemplo de los brutos, pronto se convencerán
de que se rebajan a su nivel en más de un respecto. Además, como ningún
español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los
mendigos y vagabundos, no se comprende que se haga más que por absoluta
necesidad. Por esta razón los peatones son mal recibidos u objeto de
toda clase de sospechas, pues las autoridades españolas, juzgando a
todos por sí mismas, siempre piensan lo peor de los extranjeros,
considerándoles culpables mientras no se demuestre lo contrario.
Antes de mencionar los encantos de un viaje a caballo por España, hemos
de hacer algunas observaciones respecto a la elección de compañeros.
Los que viajan en vehículos públicos o con arrieros, rara vez corren el
riesgo de quedarse solos. El jinete que se interna por comarcas poco
frecuentadas es el que siente la necesidad de este importante _ítem_: un
compañero de viaje, en cuya elección, como en la de mujer, es bastante
fácil dar consejo. El individuo tiene, pues, que valerse por sí mismo, y
la selección dependerá, desde luego, del gusto e idiosincrasia de cada
uno; las desgraciadas personas que están acostumbradas a hacerlo todo a
su gusto, o aquellas otras afortunadas que nunca están más acompañados
que cuando están solos, diestros en el arte de hallar recursos en todas
partes, encontrarán este plan el mejor, pues, en final de cuentas, _más
vale ir solo que mal acompañado_. Un viajero aislado es el menos sujeto
a nada. _No tengo padre ni madre, ni perrito que me ladre_: el que está
en las condiciones que dice este proverbio puede leer el libro de España
como si estuviese en su propio gabinete, deteniéndose donde le plazca y
pasando por alto lo que no le interese, como si hojease una guía de
Murray.
Cada medalla tiene, sin embargo, su reverso y toda rosa sus espinas. No
obstante las citadas y otras ventajas, y la seguridad de que la
ocupación, y aun la fatiga, alejan los peligros imaginarios, esta
libertad puede pagarse con momentos de depresión, y un sentimiento de
tristeza y abandono puede irse apoderando insensiblemente de la
imaginación más alegre. No es bueno para el hombre el estar solo; y esta
necesidad de sociedad rara vez se siente con más fuerza para un corazón
sólido que en un largo y solitario viaje a caballo por las comarcas
solitarias de la Península. El sentimiento está en perfecta armonía con
la impresión producida por la condición desdichada de la España actual,
caída de su antigua altura y casi borrada del mapa de Europa.
Silenciosa, triste y solitaria es su superficie, a la que el viajero ha
de mirar con demasiada frecuencia: campos de trigo sin un árbol, sin un
matorral, limitados solamente por el horizonte; llanuras despobladas e
incultas, abandonadas a las flores silvestres y a las abejas, y que
resultan aún más melancólicas por los castillos ruinosos, o los pueblos,
que parecen blanqueados esqueletos de vidas anteriores. La tristeza de
esta abominable desolación se aumenta por la singular ausencia de
pájaros cantores y la presencia de buitres, águilas y otras aves de
rapiña. El viajero, lejos de su casa y de sus amigos, se siente
doblemente extranjero en esta extraña tierra, donde no hay sonrisas para
un llegado, ni lágrimas para un despedido; donde su memoria se borra
como la de un huésped que se detiene un solo día; donde no se ve nada
que delate la vida, si no es la tosca cruz de madera o el montón de
piedras que indican el sitio donde algún viajero ha sido acechado,
asesinado y enviado a arreglar sus cuentas sin tiempo de purgar sus
pecados.
Aun cuando confiadamente hayamos contado con nuestras pasadas
experiencias, para creer que no era ese nuestro sino, sin embargo, esta
especie de piedras miliarias, erigidas como _memento mori_, son muestras
evidentes de que la cosa no es completamente imposible. Ello hace que
una persona sola cuya vida no esté asegurada, no solamente confíe en
Santiago, sino que tenga la pólvora seca y procure siempre que esté
dispuesto el pistón. En estas ocasiones, el tropezar con uno de estos
naturales, medio beduinos, medio nómadas, es una verdadera ganga; su
sociedad es completamente distinta de la de un compañero permanente con
el que para bien o para mal estamos ya atados para siempre, pues como es
casual tiene la ventaja de que se le puede tomar o dejar, según
convenga. Las costumbres de los españoles en camino son completamente de
rebaño. El temor común sirve de unión; cuantos más sean, más contentos
van.
«¡Hola! ¡Cuánto me alegro de encontrarle, compañero!»; y la alegría del
encuentro es una excelente presentación. La escena, cuando se encuentran
varios viajeros, parece como si fuera en un barco en el Atlántico:
_¡Hola, camará!_ Esta predisposición es la que hace a todos los viajeros
escribir tanto y tan bueno sobre las clases bajas españolas, y no
ciertamente más de lo que merecen, pues son una raza hermosa y noble.
Indudablemente, algo de esto proviene de que en estas ocasiones todo el
mundo se encuentra en un pie de igualdad, y este efecto nivelador, que
quizá pasa inadvertido, induce a muchos extranjeros, orgullosos y
reservados en su casa, a ser afables sin afectación. Tratan a estos
conocidos de momento de un modo completamente distinto de cómo tratan a
la clase baja de su propio país, que, probablemente, si se viera
obsequiada con la misma condescendencia, aparecería en un aspecto muy
diferente, aun cuando desde luego es inferior a la española en sus
orientales buenos modales, en su exquisito tacto y en colocarse y
colocar a los demás en el sitio que les corresponde, sin rebajarse ni
asumir vulgarmente una igualdad social o una superioridad física.
No recomendaremos, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin
compañía; no sería agradable para los amigos o familiares, que se quedan
siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda, a los
accidentes a que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan
un amigo con quien puedan ir, harán bien en hacerlo así. Es una dura
prueba, y su éxito es tanto más expuesto cuanto mayores sean las
molestias y más escasas las comodidades, causas que agrian la leche de
la amabilidad humana y ponen a prueba a los egoístas que sólo miran a su
estómago y su bienestar. Con ocasión de una larga jornada y la estancia
en una pequeña venta, es como se demuestra lo que vale un amigo. En los
más serios trances de la vida, peligros, enfermedades y necesidades, lo
único que se desea es un amigo con quien compartir el último bocado y la
última copa. La sal del compañerismo, si no obra milagros en cuanto a
cantidad, cuando menos convierte un panecillo en un manjar exquisito por
el gusto y satisfacción con que se saborea.
Por otra parte, nada cimienta una amistad mejor que una de estas
correrías, con tal que no terminen en una reyerta. El mero hecho de
haber recorrido España tiene una particularidad que no se concede a los
países más vulgarizados de Europa. Cuando se nos presenta una persona
que ha visitado estos sitios encantadores, nos parece como si ya la
conociéramos. Hay una especie de masonería en haber hecho algo igual,
que no es lo común en el mundo. Los que están a punto de incluírse en
esta clase última, harán bien en procurar que la compañía no exceda de
cinco, tres señores y dos criados, teniendo en cuenta, sin embargo, que
para mayor facilidad en acomodarse, mejor será que vayan dos y dos. Con
todo, una tercera persona no resultará mal en jornadas fatigosas, como
_arbiter elegantiarum et rixarum_, pues aun en las parejas que se
entienden mejor suele haber, a veces, discrepancias por parte de alguno
que, si tiene en contra mayoría, volverá más fácilmente de su error.
Además, siempre _ven más cuatro ojos que dos_.
Un viaje de varios meses de duración y de algunos miles de millas de
recorrido debe hacerse, según la regla más elemental, en un mismo
caballo, el cual, al fin de la jornada, se hallará tan fresco como el
jinete, y, si está bien cuidado, dispuesto a emprender de nuevo la
marcha. La época que conviene escoger es aquella en que los días son
largos y la Naturaleza se ha despojado de sus galas de invierno. El buen
tiempo es la alegría del viajero, y no hay nada tan mudable como el
aspecto de los pueblos españoles, según el tiempo sea bueno o malo; lo
mismo que ocurre en Oriente, donde las lluvias de invierno convierten el
país en un fangal inmundo y, en cambio, en cuanto luce el sol, todo es
alegría y luz. Es exactamente igual que la sonrisa que ilumina la
expresión generalmente triste de las españolas. El bendito rayo de luz
alegra la misma pobreza, y su acción, estimulante y vigorizadora, hace
al hombre capaz de luchar contra los males morales, a los cuales las
comarcas más favorecidas por el clima--sin duda, por compensación--están
más expuestas que aquellas en que el cielo es triste y los vientos
fuertes y helados.
Como en nuestros regimientos de caballería, donde el ganado ha de
prestar un verdadero servicio, se debe escoger un animal perfecto: una
yegua mejor que un capón; pero como en España es muy general el uso de
caballos enteros, también puede elegirse uno de éstos. La jornada diaria
oscilará, según las circunstancias, entre veinticinco y cuarenta
millas. Se debe emprender el camino antes de amanecer, cuidando de que
el caballo haya comido, por lo menos, una hora antes, en cuyo espacio
los españoles, si pueden, van a la iglesia, porque profesan la teoría de
que nunca se pierde el tiempo que se emplea en oír misa, o en comer, o
dar de comer a los caballos; lo confirman en un proverbio que dice:
_misa y cebada no estorban jornada_.
La hora de partir, desde luego, depende de la distancia y la comarca que
se piense recorrer, teniendo en cuenta que cuanto antes mejor, porque
_el que al diablo quiere engañar, muy temprano levantarse ha_. Es una
gran cosa para el viajero llegar adonde haya de pernoctar lo más pronto
posible, pues siempre los que llegan primero son los mejor servidos; más
vale, pues, tomar una hora de la mañana que dejarla para la noche,
porque si se pierde esta hora al salir, no se podrá ganar en todo el
día. Además, en verano es agradable y conveniente estar en marcha y con
camino recorrido antes de que el sol pique demasiado, pues el calor se
hace insoportable y el extranjero está expuesto a coger un _tabardillo_,
enfermedad que, aunque en menor grado, ocasiona en España más
enfermedades de lo que parece, y especialmente entre los ingleses que se
aventuran al sol sin precauciones por ignorancia o temeridad. Se debe
llevar la cabeza cubierta con un pañuelo de seda, anudado en forma de
turbante, como lo llevan los naturales del país; además de lo cual,
nosotros, siempre forrábamos el sombrero con papel de estraza doblado.
En Andalucía, durante el verano, los arrieros viajan de noche y
descansan las horas de calor fuerte, pero este sistema no tiene nada de
agradable, como no sea para los que no tienen interés en ver nada.
Nosotros nunca le adoptamos. Las mañanitas, y los anocheceres, y las
tardes frescas, son siempre preferibles, mientras que para el artista
las espléndidas horas de la salida y la puesta del sol, las siluetas de
las montañas que se destacan marcando las formas con las enormes
sombras, son artísticas y bellas sobre toda ponderación. En estas
regiones, casi tropicales, cuando el sol está alto se pierde el efecto
de la sombra y todo parece plano y sin ningún relieve.