larga: el paso debe calcularse en unas cinco millas por hora, para no
tener al caballo en pie inútilmente; se le puede llevar al trote algunos
ratos, incluso al subir pendientes suaves, pero siempre se le llevará al
paso cuesta abajo, y si se le lleva de la mano, tanto mejor, con lo cual
saldrán ganando jinete y cabalgadura. Es sorprendente el terreno que se
gana con un paso sostenido: _chi va piano, va sano e lontano_, dicen los
italianos; _paso a paso se va lejos_, se repite en Castilla. El final de
la jornada diaria se debe determinar antes de salir por la mañana, y de
este modo se tendrá la seguridad de llegar al anochecer. Los españoles
no son aficionados a llegar apresuradamente a sitios donde nadie les
espera; ni tampoco se consigue nada tratando de dar prisa a hombres o a
animales en España: tanto valdría apremiar a una cancillería de Corte.
Los caballos deben descansar, si es posible, cada cuatro días, y no se
deben utilizar durante la estancia en poblaciones, a menos que ésta
exceda de tres días.
Lo primero que debe hacerse al llegar a los sitios de etapa, es mirarles
los remos, limpiárselos perfectamente y examinar cuidadosamente los
cascos y las herraduras, para ver si están como es debido: esta
inspección ha de constituír un hábito. No hay que lavar las patas
demasiado pronto, pues el frío repentino puede producirles fiebre;
conviene dejarlos refrescarse y luego limpiarlos y engrasar bien los
cascos; después se les puede lavar cuanto se quiera. Lo mejor, sin
embargo, será dar de comer al caballo, desde luego, antes de proceder a
su _toilette_, pues la marcha le habrá abierto el apetito, y la fatiga
necesita inmediata reparación. Si a un caballo se le abruma con
limpieza, es fácil que se aburra y no haga caso del pienso: después que
ha comido se le puede limpiar, prepararle la cama como para por la
noche, cerrar la cuadra y dejarle completamente tranquilo, cuanto más
tiempo mejor: darle otro pienso una hora antes de salir a la jornada de
la tarde, y a la llegada, por la noche, hacer con él exactamente lo
mismo que por la mañana. La comida debe regularse con arreglo al
trabajo: cuando éste es mucho, puede dársele cebada a manos llenas y no
abusar de la hierba, pues lo que se necesita es acumular resistencia, no
por cantidad, sino por calidad. Los españoles dicen que un bocado de
carne vale por diez de patatas. Si vuestro caballo es inglés, bueno será
recordar que ocho libras de cebada equivalen a diez de avena, porque
contienen menos pellejo y más fécula, cosa que saben muy bien nuestros
tratantes en ganado cuando necesitan rehacer a un caballo; dar de comer
con exceso a un animal en el clima de España, lo mismo que hacerlo con
el jinete, es predisponerlos a fiebres y congestiones, enfermedades más
comunes en Gibraltar que en ninguna otra parte de España, porque
nuestros compatriotas hacen la misma vida que si estuvieran en su país.
De todos modos, se debe alimentar bien al caballo, _ya sea con una cosa,
ya con otra_; si no, vuestro escudero español, al estilo de Sancho
Panza, os atormentará con proverbios como: _tripas llevan pies_; _de
paja o heno_, _el vientre lleno_, etc., etc. Los españoles permiten que
sus caballos, cuando van de camino, beban en todos los ríos y arroyos,
diciendo que no hay nada que siente mejor que el agua batida, y ellos
dan el ejemplo, pues en todos los regatos se echan de bruces y, como
dice el refrán, beben agua como un buey, y cuando se tercia vino, lo
mismo que un rey. Si se lleva, pues, un caballo español que esté
acostumbrado a este continuo beborrotear, será bueno dejarle, pues si
no, hasta puede tener fiebre. Si el animal es cuidado a la inglesa,
esto es, bebiendo solamente después de cada pienso, el sistema español
le perjudicaría en extremo, pues podría hacerle romper en sudores que le
debilitarían mucho. Si llega muy cansado, le sentará muy bien unas
gachas templadas hechas con harina de avena, y si no la hubiere, de
harina cocida. Por la noche es conveniente que esté sobre estopa húmeda
o estiércol de caballo, pues el de vaca es muy difícil de encontrar en
España, donde las cabras producen la leche, y los holandeses, manteca.
Los remos deben estar siempre muy cuidados, pues como un caballo tiene
doble que una persona, necesita también doble atención; y ¿de qué sirve
un cuadrúpedo que no puede sostenerse sobre una pata? Esto es una cosa
muy sabida y tenida en cuenta por los comerciantes, que son los únicos
que hoy viajan a caballo en Inglaterra. Las herraduras hacen o estropean
a los caballos, y ninguna persona sensata en España o fuera de España,
que tenga un cuadrúpedo o siete pesetas, dejará de poseer la admirable
obra _Miles on the Horse’s Foot_. «Todo caballero andante--dice don
Quijote--debe saber herrar a su _Rocinante_». (_Rocín_ es la palabra
árabe para caballejo). Por lo menos debe saber cómo se hace este
calzamiento. Como norma general debe seguirse la costumbre de llevar el
caballo al herrador, el cual hará las herraduras para sus cascos, pues
de ningún modo se le deben poner herraduras hechas de antemano. Si se
tiene en algo la comodidad y el bienestar del animal, _se le sujetarán
las herraduras delanteras con cinco clavos, a lo sumo, en la parte de
afuera, y con dos sólo en la interior, y éstos, cerca de la pezuña_. De
ninguna manera se le pondrán clavos a todo alrededor que formen un
inflexible cerco de hierro muerto a un casco vivo que tiende a
desarrollarse; convendrá acordarse siempre de llevar a prevención alguna
herradura con clavos y un martillo, porque por falta de un clavo puede
perderse una herradura, y la falta de una herradura puede producir al
jinete una descalabradura. En algunas partes de España donde no existen
caminos modernos, se puede ir con la cabalgadura casi desherrada, como
lo hacían los antiguos y se hace en algunas partes de Méjico; pero un
casco no protegido no puede soportar el continuo desgaste y la limadura
de una carretera moderna.
El caballo estará probablemente en tales condiciones al poco tiempo del
viaje que no necesitará más medicinas que su propio amo; sin embargo, un
terrón de sal gema y un trozo de cal puesto por la noche en el pesebre,
le harán un efecto tan beneficioso como al jinete un vaso de agua de
Epsoms y soda. Se debe lavar muy bien la larga cola y las crines, que
son el orgullo de los caballos españoles, tanto casi como un hermoso
pelo en una mujer, con agua y soda, pues el álcali, combinado con la
grasa del animal, forma un astringente muy beneficioso. Un gran remedio
para los accidentes a que un caballo está expuesto durante el viaje,
tales como coces, cortaduras, distensiones, etc., son los fomentos de
agua caliente, que se deben aplicar bajo la vigilancia del jinete mismo,
para que no lo hagan mal o dejen de hacerlo, pues el agua caliente,
según la familia lacayuna, se ha hecho para recibir algo más fuerte. La
baticola y el pretal son indispensables cuando se ha de andar subiendo y
bajando por montañas. El _mosquero_ da mucha comodidad al caballo, pues
como está en constante movimiento y lo lleva colgado delante de los
ojos, le espanta las moscas; el cabezal de cuadra no debe quitársele
nunca, sino que se arrollará durante el día sujetándole a un lado de la
cara. La cola también se les suele atar cuando los caminos están llenos
de lodo, y se les ata en la forma en que nuestros marineros y guardas
montados usaban llevarla.
Capítulo IX.
El traje y demás avíos del jinete son muy dignos de tener en cuenta. Lo
que se debe procurar es pasar inadvertido entre la multitud o ser tomado
por _uno de nosotros_, _uno de la familia_; para ello lo mejor será
adoptar el traje que usan comúnmente los naturales del país cuando
viajan a caballo, o valiéndose de cualquier otro medio de comunicación,
entre los cuales no se cuentan los _mails_ y diligencias
anglo-francesas. Los españoles de todas clases sociales, al trasponer
las puertas de la ciudad, se visten como la gente del campo. Huyen
deliberadamente de los trajes y costumbres de población, que sólo sirven
para llamar la atención y exponerlos al ridículo o a las groserías de
los campesinos, arrieros y demás gente que son dueños de los caminos,
odian las novedades y se atienen a las maneras y modas de sus abuelos.
El sombrero más propio es el _calañés_, que se parece mucho al que usan
en Astley los bandidos: es de forma cónica y va ribeteado de terciopelo
negro y adornado con borlas de seda, y resulta tan bien puesto en un
_cockney_[33] como en un hacendado de Devonshire. La chaqueta puede ser
la universal _zamarra_, hecha de piel negra de oveja o de cabritilla,
cuando pueda costearse; no se olvidará la faja, que es más útil de lo
que puede suponerse, pues abriga los riñones y el vientre y preserva de
los cólicos, tan generales en España, manteniendo un calor igual en el
abdomen; así que ir bien envuelto, al modo de Homero, es tener ya ganada
la mitad de la batalla para el que viaja por la Península.
La _capa_ o la _manta_ y las _alforjas_ son absolutamente indispensables
y se deben poner sujetas a la perilla de la silla; de este modo dan
menos calor al caballo que si van colgando a los lados, y, además,
estarán así más a mano para usarlas de repente, pues en este país de
valles y montañas el jinete está constantemente expuesto a rápidas
variaciones de tiempo, cuando Eolo y Febo se disputan su capa, como en
las fábulas de Esopo, y las cataratas del cielo se desatan sobre él en
cuanto al dios del fuego le parece que está suficientemente horneado.
Nada más conveniente, oriental y clásico que las _alforjas_; constituyen
el verdadero _bagsman_ y han dado su nombre a nuestros viajeros a
caballo. Son el _Sarcinae_ de Catón el Censor, el _Bulgae_ de Lucilio,
que les compuso un epigrama:
«Cum _bulga_ coenat, dormit, lavat, omnis in unâ.
Spes hominis _bulga_ hâc devincta est caetera vita»[34],
lo cual, en inglés, puede decirse, aludiendo a lo muy necesarias que son
para el español moderno:
«A good roomy bag delighteth a Roman,
he is never without this appendage a minute;
in bed, at the bath, at his meals, in short no man
should fail to stow life, hope, and self away in it.»
Los paisanos de Sancho Panza, cuando van de camino, hacen el mismo uso
de sus alforjas (exceptuando el lavarse) que los romanos; constantemente
las llevan encima, encerrando en ellas su corazón, al mismo tiempo que
el pan y el queso.
Estas _alforjas_ españolas son, por el nombre y el aspecto, el árabe _al
horeh_ (la _f_ y la _h_, como la _b_ y la _v_, y la _x_ y la _j_, son
casi equivalentes y se usan indistintamente en la cacografía española).
Generalmente son de algodón y estambre y tienen bordados en colorines
caprichosos dibujos; lo más elegante es que lleven en una de sus orillas
el nombre del propietario, el cual debe estar bordado por la delicada
mano de su adorada dama. Las fabricadas en Granada son muy buenas; las
morunas, especialmente las procedentes de Marruecos, van adornadas con
una porción de borlitas. Cuando los campesinos bajan de sus cabalgaduras
al entrar en los pueblos, y los monjes mendicantes cuando van pidiendo
limosna para sus conventos, se echan las alforjas al hombro.
Una de las cosas que para todo el mundo es conveniente llevar en la
alforja del lado derecho, para alcanzarla con más facilidad, es un par
de anteojos azules o antiparras, pues la oftalmía es muy común en
España, y especialmente en las llanuras calcinadas del centro; no hay
nada de verdura que amortigüe el resplandor constante; el aire es seco y
las nubes de polvo son irritantes en extremo, pues van cargadas de
nitro. Un remedio muy eficaz contra esta afección es lavarse
frecuentemente los ojos con agua caliente y no tocárselos en absoluto
cuando se tenga la menor inflamación, como no sea con el codo: _los
ojos_, _con los codos_. Los españoles nunca bromean con sus ojos o con
su religión; en muchos casos parecen más aficionados a los primeros, no
ya cuando brillan bajo las cejas arqueadas de una morena, sino
sencillamente cuando están colocados en su propia cabeza. «Te quiero más
que a mis ojos» es una expresión vulgar de afecto; y aun en los casos en
que le tiene más rabia al más odiado enemigo, jamás le desea nada malo
para sus órganos visuales.
Todo el arte de las _alforjas_ consiste en colocar en ellas lo que se
necesita con más frecuencia y en el sitio más propio y asequible. Se
debe llevar, pues, en ellas dinero suelto para el lisiado y el ciego y
los mil casos de miseria y dolor humanos que el viajero ha de contemplar
necesariamente en un país donde, suprimida la sopa conventual, aun están
sin nombrar los empleados que deben aplicar la nueva ley contra la
mendicidad; esta caridad de la _bolsa de Dios_ nunca empobrece la bolsa
del hombre, y el hombre caritativo, aun cuando esté muy en oposición con
los economistas modernos, es siempre alabado en ese libro pasado de moda
que se llama la Biblia. El lado izquierdo de las alforjas debe
reservarse para los estuches de escribir y de aseo, que, cuanto más
pequeños sean, tanto mejor.
No hay que descuidar el pasto espiritual. La biblioteca del viajero, al
igual que los compañeros de viaje, debe ser escogida y buena: _libros y
amigos_, _pocos y buenos_. Las ediciones en dozavo son las mejores, pues
un libro pesado mata al caballo, al jinete y al lector. Los libros son
cuestión de gusto: unos prefieren a Bacon, otros, a Pickwick; a todo
evento debe incluírse una edición de bolsillo de la Biblia, de
Shakespeare y del _Quijote_; y de creer que debe seguirse el consejo del
bueno del doctor Johnson, uno de aquellos libros que pueden ser llevados
en _la mano_ y leerse al lado del fuego. Marcial, una gran autoridad en
materia de Manuales españoles, recomendaba «libros de este tamaño como
compañeros de un largo viaje». Los en cuarto y los infolio, decía, se
deben dejar en casa en los estantes:
«Scrinia da magnis, _me manus una_ capit»[35].
También se guardará en ellas el pasaporte, esta molestia y azote de los
viajes continentales, a la que un libre británico no puede nunca
acostumbrarse; sin embargo, prescindir de él, a lo que un inglés siempre
está propicio, entrégase a la peor y más impertinente gentuza de la
tierra. Los pasaportes en España, en cierto modo, substituyen ahora a la
Inquisición y están, además, empeorados por formas vejatorias copiadas
de la burocrática Francia.
Aparejado todo de esta manera, en el arzón de la silla debe siempre
añadirse una _bota_ y la pistola de bolsillo de Hudibrás. Y digamos una
palabra de esta _bota_, que es tan necesaria para el jinete como la
silla para el caballo. Este utensilio tan asiático y tan español sirve
de botella y de vaso al mismo tiempo a los peninsulares que van de
camino, y no se parece en nada a los cacharros de vidrio o de peltre que
se usan en Inglaterra. Tan fácilmente iría una española a la iglesia sin
su abanico, como un español a la feria sin su navaja, como se pondría en
camino un viajero sin su _bota_. La nuestra, la fiel confortadora de
muchos caminos secos, compañera de largas jornadas, hoy reliquia de un
pasado feliz, está colgada, como un ex voto al Baco ibero, al modo como
los marineros de Horacio colgaban sus vestiduras húmedas en ofrenda a la
deidad que les librara de los peligros del mar. Su piel, arrugada ahora
por la edad y añorando infructuosamente el vino, conserva aún la
fragancia del líquido rubí, sea el generoso _Valdepeñas_ o el rico _vino
de Toro_, y refresca nuestro olfato si por casualidad nos acercamos a su
boca, teñida de rojo. El rancio perfume del vino perdura en ella,
haciéndonos la boca agua y quizá trayéndola también a los ojos. ¡Qué
ensueño de aromas españoles, buenos, malos e indiferentes, despierta en
nosotros nuestra amiga la _borracha_! ¡Qué recuerdos se amontonan,
despidiendo el balsámico aroma del Mediodía: de las olorosas llanuras y
los montes cubiertos de tomillo, en donde Flora llama a sus pequeñas
amigas las abejas; de las iglesias nubladas de incienso; de las cabras y
los frailes, barbudos y odoríferos; de las ciudades, cuyo vaho de ajo,
ollas, aceite y tabaco se eleva al cielo, mezclado con las mil
fragancias que percibe el olfato de un hombre, ya desembarque en Calais
o en Cádiz! Ahí está colgada nuestra aromática bota, ahora un grato
recuerdo. Cumplió su tiempo, y ya nunca se verá henchida, en la ardiente
y sedienta España, para vaciarla de nuevo, que es aún mejor.
Esta _bota_, de donde se derivan los términos _butt_ de Jerez,
_bouteille_ y botella, es la vasija oriental de cuero más antigua a que
se hace alusión en el libro de Job, cap. XXXII, V. 19: «Mi vientre está
a punto de estallar, como las vasijas nuevas»; y en la parábola de San
Mateo, cap. IX, v. 17: «Ni echan vino nuevo en odres viejos. De otra
manera se rompen los odres, y se vierte el vino y se pierden los odres.
Mas echan vino nuevo en odres nuevos, y así se conserva lo uno y lo
otro». Esta parábola pierde gran parte de su sentido con nuestra palabra
_bottle_ (botella), que, siendo de vidrio, no se estropea con el tiempo
como una vasija de cuero. Una «botella de agua» de esta clase fué una de
las pocas cosas que Abrahán dió a Agar cuando echó a la madre de los
árabes, cuyos descendientes introdujeron su uso en España. Tiene forma
de una gran pera o de bolsa de perdigones, y su cabida varía entre media
arroba y cinco cuartillos. La parte del cuello va provista de una
especie de taza de madera, por donde se bebe. La manera de usarla es la
siguiente: Se coge el cuello con la mano izquierda y se coloca la taza
junto a los labios; después se va subiendo con la mano diestra, poco a
poco, el extremo más ancho de la bolsa, hasta que el líquido,
obedeciendo a leyes hidrostáticas, sube de nivel y llena la taza, en la
que se bebe sin molestia alguna. La gravedad con que esto se hace, la
larga, pausada, sostenida y sanchopancesca devoción de los valientes
españoles cuando se les ofrece un trago de una bota ajena, son
verdaderamente edificantes y tan profundos como el suspiro de
satisfacción con que, después de haber trasegado vino hasta no poder
más, se devuelven el precioso pellejo. No vierten ni una gota del
divino líquido, como no sea algún chapucero o novato que, levantándola
antes de tiempo, se moje toda la cara. El agujero de la taza se estrecha
con una espita de madera, perforada a su vez, y que se tapa con una
pequeña estaquilla. Los que no quieren tomar un trago muy grande no
quitan la espita, sino solamente el tapón pequeño, y entonces sale el
vino en un chorrito delgado. Los catalanes y aragoneses casi siempre
beben de este modo; nunca tocan el vaso con los labios, sino que lo
mantienen a cierta distancia y dirigen el chorro a la boca o más bien a
la mandíbula de abajo. Para los que no tienen práctica es mucho más
fácil verterse directamente a la garganta que a la boca. Ellos lo hacen
a la perfección, pues las botellas para beber están hechas también con
un pitorro largo y se llaman _porrones_.
La _bota_ no debe confundirse con la _borracha_ o _cuero_, el pellejo de
vino, que es entero y hace las veces de barril. La bota es el recipiente
al por menor; el _pellejo_ es el de al por mayor. Es la típica piel de
cerdo, cuya adoración en la Península sólo es comparable a la que se
siente por el cigarro, por el duro y, a veces, hasta con el culto a la
Virgen. En la mayor parte de las ciudades de España hay tiendas de
boteros, en las cuales se pueden ver las sopladas pieles del sucio
animal alineadas como los carneros en nuestras carnicerías. Al curtirlas
y trabajarlas se les conserva la forma del cerdo, con patas y todo,
excepto una: la piel va vuelta del revés para que la parte del pelo
quede por dentro, y, además, esta parte es embreada cuidadosamente, como
el casco de un barco, con objeto de que no se rezume; de aquí cierto
sabor peculiar a cuero y resina, que se llama _la borracha_, muy
característico de los vinos españoles, excepción hecha del jerez, que,
como se hace generalmente por extranjeros, se conserva en toneles, según
demostraremos al ocuparnos de los vinos. A un hombre ebrio, cosa mucho
más rara en España que en Inglaterra, se le llama _borracho_, término
muy poco lisonjero. Estos _cueros_, llenos, se cuelgan en las _ventas_ y
demás sitios de su culto, y se economizan la bodega, los toneles y el
embotellado: tales fueron los panzudos monstruos a que Don Quijote
atacara.
La _bota_ está siempre cerca de la boca del español que puede
procurársela; todas las clases sociales se hallan siempre dispuestas, al
igual de Sancho, a dar «mil besos», no sólo a la propia, sino a la del
vecino, que suele ser más codiciada que la mujer; por lo tanto, ningún
viajero precavido viajará un paso por España sin llevar la suya, y
cuando la tenga no la guardará vacía, sobre todo si tropieza con un buen
vino. Cualquier individuo que os acompañe en España sabrá
instintivamente dónde puede encontrarse buen vino, pues éste no necesita
ramo, heraldo ni pregonero. En esto nuestra experiencia concuerda con el
proverbio: _más vale vino maldito que no agua bendita_. En la escala de
las comparaciones podemos decir que allí se hallará buen vino, mejor
vino y el mejor vino, pero nunca vino malo. Los españoles son tan buenos
catadores de vino como de agua; pero rara vez los mezclan, pues dicen
que es hacer una cosa mala de dos buenas. Vino _moro_ no quiere decir
que va sucio, ni que tenga cualquier otra imperfección herética de las
que implica la palabra, sino, sencillamente, que está limpio de todo
bautizo con agua; por lo que de los pequeños tenderos asturianos, que
tan mala fama tienen, se dice que por su arraigado hábito de adulterarlo
todo, hasta _aguan el agua_.
Es una equivocación suponer que los españoles sienten una repugnancia
oriental hacia el vino por el hecho de vérseles borrachos muy rara vez,
y de que cuando van de viaje beban tanta agua como sus caballerías; su
regla es: _Agua como buey y vino como Rey_. La gran cantidad de vino que
beben, siempre que se les obsequia con él, hace pensar que su sobriedad
habitual está más en relación con su pobreza que con su voluntad. A
muchos de estos honrados ciudadanos se les puede conquistar por la panza
en este clásico país, en donde el dios tutelar de los taberneros aun
tiene guardadas las llaves de las bodegas y de los corazones--_Aperit
præcordia Bacchus_--. Y este culto oriental no deja de estar motivado
por los sabrosos manjares administrados previamente. Independientemente
de las obvias razones que el buen vino ofrece para ser bebido, la
naturaleza excitante de la cocina española induce a ello en gran
manera. El uso continuo de condimentos fuertes y de pimienta, que es muy
ardiente, provoca la sed, lo mismo que el bacalao, el jamón y los
embutidos; ya lo dicen los proverbios: _La pimienta escalienta_ y _A
torrezno de tocino, buen golpe de vino_.
Esta digresión acerca de la _bota_ nos será perdonada por todos los que
hayan viajado por España y sepan, en consecuencia, lo indispensable de
su uso. El viajero recordará, desde luego, el consejo que el bellaco del
_Ventero_ da a Don Quijote, de que siempre debe llevar camisas y dinero.
«Pon dinero en tu bolsa», dice también el honrado Yago, pues una vacía
es un miserable compañero en la Península y en todas partes. No se debe
nadie poner en peregrinación hacia Roma o Santiago sin llevar dinero
abundante y una buena cabalgadura: _Camino de Roma, ni mula coja ni
bolsa floja_.
Puede decirse que, prácticamente, en España no hay papel moneda. En las
grandes ciudades se encuentran, naturalmente, billetes, pero en
provincias la promesa de pagar al portador de un papel no tiene para los
ladinos indígenas el mismo valor que el pago en dinero. Ellos dan con
gusto los billetes a los extranjeros, pero prefieren para su propio uso
esos anticuados símbolos de la riqueza, el oro y la plata, y sienten por
las más ínfimas fracciones de ellos la más profunda veneración. Se
cuenta generalmente por _reales de vellón_, y éstos están subdivididos
en _maravedises_, la vieja moneda de la Península. Hay fracciones
menores aún de cuartos, que consisten en pedazos infinitesimales de
cualquier metal, de campanas fundidas, cañones viejos, etc., etc., con
nombres y valores desconocidos en absoluto en nuestro país, donde,
felizmente, poco puede comprarse por un ardite. En España, donde la
baratura de los productos de la tierra sólo da para vivir pobremente,
todo, incluso un botón viejo, sirve para hacer un maravedí. Al cambiar
un duro en calderilla, por vía de experimentos, nos dieron en el mercado
de Sevilla una porción de monedas españolas de todas épocas, y hasta
algunas romanas y árabes, que circulan sin dificultad.