coches delante de los caballos. De éstos, el andaluz es el que ocupa la
primera línea, es el que alcanza más precio, y los españoles, en
general, le prefieren a cualquiera otra casta. Consideran su
configuración y sus cualidades como lo más perfecto, y en muchos
respectos llevan razón, pues no hay caballo más elegante ni más ligero
de movimientos; ningún otro le iguala en tranquilidad y docilidad;
ninguno más inteligente para aprender monadas o hacer maravillas de
agilidad. Tiene poco de común con el caballo inglés de raza; su crin es
suave y sedosa y muchas veces va trenzada con cintas de vivos colores;
la cola es larga y se le deja todas las proporciones que le da la
naturaleza, sin cortarla ni desmocharla, costumbre que tan mal le
parecía a Voltaire:
«Fiers et bizarres anglais, qui des mêmes ciseaux,
coupez la tête aux rois, et la queue aux chevaux.»[25]
A algunos les arrastra hasta el mismo suelo, y ellos la manejan
perfectamente, moviéndola a uno y otro lado, como un elegante juguetea
con su bastoncillo; así es que cuando se va de viaje, es costumbre
doblarla y atarla arriba, a la moda de las antiguas coletas de nuestros
marineros. El caballo andaluz es de cuartos redondos, aun cuando más
bien pequeño de grupa y ancho de pecho; lleva siempre la cabeza alta,
sobre todo cuando va al trote; tiene patas largas, y eso favorece su
alzada, que algunas veces llega a diez y seis palmos. Sin embargo, no
tiene el modo de andar largo y gracioso del pura sangre inglés, pierde
fácilmente el aire y vacila, y es muy frecuente que se alcance. Su paso
es, no obstante, sumamente agradable. Por estar mucho tiempo trabados
sus movimientos, son interrumpidos, como si los provocasen los muelles
de un coche. Su típico _paso castellano_, muy sosegado, es algo más que
el paso corriente, y no llega al trote; es realmente sosegado, parecido
al movimiento de una silla de manos, y cuadra muy bien con un grave
_Don_ dado como un turco al tabaco y a la vida contemplativa. Los
caballos andaluces que muy jóvenes caen en manos de los oficiales en
Gibraltar, adquieren maneras completamente distintas, se entregan mejor
a su trabajo y ganan mucho en velocidad domados por el sistema inglés.
Pero, de todos modos, adiestrados o sin adiestrar, su paso es muy propio
de caballeros, y como se lee en los versos de Beaumont y Fletcher:
«Think it noble, as Spaniard do in riding,
in managing a great horse, which is princely».[26]
Según se ha dicho en muchas ocasiones, la manera más digna de
representar a un rey de España, verdadero Φιλιπποι, es a caballo,
encantando al mundo con su noble apostura.
Otras varias provincias tienen razas que son más útiles, aun cuando
menos vistosas que la andaluza. El caballo de Castilla es un animal
fuerte y resistente, el más a propósito de España para la caballería
pesada. Los caballitos de Galicia, aunque feos y bastos, son
insustituíbles para aquella comarca montañosa y su laboriosa población;
necesitan poco cuidado y se satisfacen con cualquier clase de forraje y
maíz. Los caballos de Navarra, tan celebrados un tiempo, son aún muy
apreciados por su gran fuerza; pero han degenerado por abandono en
jacos, que, sin embargo, aun son bellos de formas, resistentes, muy
seguros y excelentes trotadores. En la mayor parte de las ciudades
grandes de España hay una especie de mercado en el que se venden
caballos; pero la feria de Ronda, en mayo, es el gran Howden y
Horncastle de las cuatro provincias de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada
y el punto de reunión de todos los pintorescos pilletes del Mediodía.
Los lectores de _Don Quijote_ pueden estar ciertos de que la raza de
Ginés de Pasamonte no se ha extinguido; los _chalanes_ españoles o
tratantes en caballos tienen muchos conocimientos; pero el más listo es
un niño comparado con la perfección de bellaquería a que llega un
profesional inglés en materia de transformar, arreglar y pintar un
caballo.
La cría de caballos en España fué muy cuidada por los gobiernos antes de
la invasión francesa, en cuya época se destruyeron y robaron los
sementales y las yeguadas y se incendiaron los establos.
Las sillas que se usan, por lo común son árabes, de borrén muy alto
delante y detrás; los estribos de hierro son una especie de caja
triangular. El pienso es asimismo oriental y consiste en «cebada y
paja», como se dice en la Biblia. Aun recordamos el horror de nuestro
criado andaluz, la primera vez que llegamos a Galicia, cuando se
precipitó en nuestra busca exclamando que los animales se morirían, pues
no había que darles de comer más que avena y heno. Con mucha dificultad
pudimos convencerle de que probase a ver si lo comían; lo cual hicieron
con gran asombro suyo. Tal es, sin embargo, la costumbre, que pronto
empezaron a desmejorarse y no se repusieron hasta que las brumosas
montañas se cambiaron por las áridas llanuras de Castilla.
Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo,
que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en
terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo
papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su
acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es
voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la
carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las
privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de
ellas es grande; sin embargo, por un extraño error de la economía
política (cosa muy española), se ha querido prohibir hace mucho tiempo
la cría de mulas para favorecer la del caballo. Una de las razones que
se alegaban era que la mula es un animal que no se reproduce, argumento
que se podía o se debía aplicar igualmente al fraile, que es una casta
en la que España podía aspirar al primer premio, en cantidad y en
corpulencia, en concurrencia con todas las naciones de la cristiandad.
Esta tentativa de forzar la producción de un animal menos a propósito
para las necesidades y costumbres del pueblo, resultó estéril, como
podía suponerse. Las dificultades sólo consiguieron elevar el precio de
las mulas, que siempre han sido y son caras; una buena cuesta de 25 a 50
libras, mientras que un caballo regular puede comprarse por 20 a 40
libras. Las mulas fueron siempre muy caras; ya Marcial, sintiéndose un
verdadero andaluz, habla de una que «cuesta más que una casa». Las más
estimadas son las nacidas de yegua y asno _garañón_[27], algunos de los
cuales son de extraordinario tamaño: uno que don Carlos tenía en su
yeguada de Aranjuez, en 1832, era de una alzada de más de quince palmos.
Este colosal asno era digno de un infante de España.
En este país las mulas, lo mismo que en Oriente, llevan el pelo
cuidadosamente rapado o esquilado, a rayas unas veces, como las cebras,
y otras, formando caprichosos dibujos, al estilo de los tatuajes de un
jefe de Nueva Zelanda. La costumbre de esquilar es con objeto de que los
animales estén más frescos y preservarlos de algunas afecciones
cutáneas. En las provincias del Sur suelen hacer la operación los
gitanos, que son chalanes, caldereros y vagabundos en España como en
todas partes. Su manera de esquilar recuerda el «mulo curto» en que
Horacio llegó hasta Brundusium. Estos operadores rivalizan en talento
con aquellos dignos franceses que esquilan a los perros de lanas en
Pont-Neuf, en el corazón y el cerebro de la civilización europea. Sus
colegas españoles pueden ser reconocidos por las tijeras, enormes y de
forma clásica como las de Láquesis[28] y sus hermanas, que llevan en la
faja. Su especialidad está en esquilar las patas, que según ellos deben
estar tan limpias de superfluos pelos como la palma de la mano de una
mujer.
Los asnos españoles han sido inmortalizados por Cervantes; se han
granjeado nuestra simpatía por el cariño de Sancho y su talento de
imitación: el escudero del hidalgo rebuznó tan bien, como recordaréis,
que todo el coro de orejudos se unió a un ejecutante a quien, según
propia confesión, sólo le faltaba el rabo para ser un perfecto burro.
Los alcaldes españoles, según Don Quijote, tienen aptitudes especiales
para rebuznar, pero, excepción hecha del oeste de Inglaterra, en todas
partes se puede decir lo mismo.
El humilde asno, _burro_, _borrico_, es la guía, el _as in præsenti_ y
el ornato de todo paisaje español: constituye un elemento esencial y
apropiado de todas las calles y carreteras. Donde quiera que dos o tres
españoles se reunan, en el mercado, en una «junta» o concurso, es seguro
que entre ellos habrá, por lo menos, un burro; es el sufrido compañero
de las clases humildes para quienes el trabajo es la mayor desgracia: la
resignación es la virtud común de ambas castas. Unos y otros quizá
protesten cuando el señor Mon les eche encima una nueva carga o un nuevo
impuesto, pero pronto, en cuanto se convencen de que la cosa no tiene
remedio, la llevan con paciencia y la soportan: por esta comunidad de
sentimientos, amo y animal se quieren entrañablemente, aun cuando por
los juramentos y maldiciones que le aplica, un observador superficial
puede suponer que el primero tiene cierta vergüenza de confesar en
público su predilección. Es indudable que aun quede oculto algo de los
antiguos prejuicios de la caballería; pero Cervantes, que conocía tan a
fondo la naturaleza humana en general y la española en particular,
insistió mucho en el cariño que Sancho Panza sentía por su _rucio_ y
marcó la reciprocidad del animal, tan cariñoso como inteligente. En la
Sagra, cerca de Toledo, se le llama _el vecino_, y nadie puede mirar a
un borrico español sin que note una expresión especial en él que
demuestra que el muy tonto se considera como uno de _la familia_. La
Mancha es el paraíso para las mulas y los burros; seguramente en este
momento más de un Sancho estará acariciando y abrazando a su rocín, su
_chato_, _chatito_, _romo_, o cualquier otra variación _sin nariz_ con
que cuando no le maltrata se complace en nombrar a su compañero. En
España, como dice Safo, el amor es γλυχυπιχρον una mezcla agridulce: no
hay ninguna Sociedad protectora de animales; todo individuo tiene
derecho a maltratar a su capricho a los animales de su propiedad, lo
mismo que cualquier filantrópico yanqui puede azotar a su negro; nadie
se atrevería a ponerse por medio en tales momentos, así como tampoco lo
harían en una disputa de un hombre con su mujer, y cuenta que no nos
referimos a ofensas de palabra. Se dice _in piam memoriam_ de algunos
asnos españoles católicos romanos que trataron de hacer apearse por las
orejas a cierto Tomás Trebiño y otros herejes cuando los conducían a la
hoguera, pues estaban indignados de que los montasen tales monstruos.
Todo campesino español tiene una verdadera pesadumbre si se causa
cualquier daño a un burro, porque suele constituír el único modo de
ganarse la vida; y si le pierde no es ya fácil que al ir a buscarle se
encuentre con un reino, como otra vez ocurrió, ni aun con un gobierno,
como Sancho. Sterne hubiera hecho mejor colocando la escena de sus
sentimientos por la muerte de un asno en España, no en Francia, donde
esta especie de cuadrúpedos es mucho más rara. En España, donde los
carros pequeños y carretillas son casi desconocidos y el conducirlos es
considerado indigno de un hombre, lo que los sustituye, un jumento, es
utilizado constantemente. Unas veces va cargado con sacos de trigo,
otras con pellejos de vino, con cántaros de agua, con estiércol o con
cadáveres de bandidos, echados como sacos sobre el lomo, con las piernas
y los brazos atados bajo la barriga del animal. La _leche de burra_ es
muy recomendada en primavera. Las mujeres morenas la toman para
clarificar el cutis y _refrescar la sangre_; los clérigos y los
_empleados_, para quienes es como leche maternal, la toman para
tonificar los jugos gástricos. Montar en burro era considerado como una
ofensa y degradación para el hidalgo godo, y los españoles del siglo XVI
montaban en ellos a los _cornudos pacientes_. Hoy, a despecho de todos
estos prejuicios, los grandes y sus señoras e inclusive algunos graves
embajadores extranjeros, durante la jornada real en Aranjuez, se
complacen en montar en estos animales de mal agüero y las _borricadas_,
o sea excursiones en pollino, son la última moda.
Los muleros de España gozan de justo renombre; el término genérico es
_arriero_, de su _¡arre arre!_ completamente árabe, como lo son casi
todos los vocablos relacionados con su arte, pues los moriscos fueron
durante mucho tiempo los trajinantes en España. Viajar con un arriero,
cuando el viaje es corto o va una persona sola, es seguro y barato;
además, muchos de los rincones más pintorescos del país, Ronda y
Granada, por ejemplo, difícilmente pueden visitarse sino a pie o a
caballo. Estos hombres, que están siempre por las carreteras, arriba y
abajo, son las personas que pueden proporcionar más lujo de detalles;
sus animales pueden alquilarse todos, pero una reata entera no es cosa
cómoda para viajar, pues siempre van uno detrás de otro. El primero
lleva una campanilla de cobre, con badajo de madera, para ir anunciando
su marcha. Este cencerro semeja a un molde de hacer helados, y a veces
tiene dos pies de largo, cuelga del cuello como si de propósito se
quisiera que tropezase con las patas del animal y así pudiera emitir la
mayor cantidad de melancólicos sonidos, que, según el piadoso origen de
todas las campanas, parece hecho para alejar al diablo. El portador de
este sonoro instrumento es elegido por su docilidad y su destreza en
escoger el camino. Los demás le siguen si le ven, y si no, por el ruido
de su cencerro. Van muy cargados, pero científicamente, si así puede
decirse. La carga de cada uno se divide en tres partes: una colgando a
cada lado del lomo y otra en medio. Si no está bien equilibrado el peso,
el arriero lo descarga o lo arregla, añadiendo una piedra a la parte más
ligera, compensándose el aumento de peso que esto supone con la
comodidad que representa el llevar una carga igual. Estas acémilas van
vistosamente adornadas con arreos llenos de colorines y flecos. La
cabezada es de estambre, de varios colores, y en ella van sujetos muchos
cascabeles y campanillas: de aquí la frase _mujer de muchas
campanillas_, que se aplica a las que son aficionadas a lucir mucho, a
hacer ruido y tienen pretensiones. El arriero va a pie junto a sus
burros o montado en uno encima de la carga, con las piernas colgando
junto al cuello, postura que no es tan incómoda como a primera vista
puede creerse. Una escopeta vieja, «pero que aun sirve» y se carga con
postas, va colgada junto a él, y con ella, muchas veces, una guitarra.
Estos emblemas de vida y muerte pintan la eterna indiferencia de Iberia,
donde los extremos se tocan siempre y donde un hombre se va al otro
mundo como un cisne, cantando. Así ataviados, como dice Byron, «con todo
lo que significa promesa de placer o de muerte», la proximidad de la
caravana se advierte desde lejos por la voz gutural del arriero. «¡Qué
alegre canta ahora el arriero!» Pues el tiempo que no está ocupado en
fumar o en blasfemar, lo pasa constantemente canturreando una canción
monótona, cuya tonada no suele estar en armonía con el sentido de las
palabras o su buen humor: son por lo común muy melancólicas y poco
musicales, como es el verdadero tipo de la melodía oriental. La misma
ausencia de ideas que se muestra en Inglaterra silbando se despliega en
España cantando. _Quien canta sus males espanta_, es un consuelo
filosófico para viaje, tan antiguo y clásico como Virgilio: «Cantantes
licet usque, minus via taedet, eamus», que traducido al inglés dice:
If we join in dolefull chorus,
the dull highway will much less bore us[29].
El arriero español es un hombre agradable, inteligente, activo y
sufrido; resiste hambre y sed, calor y frío, humedad y polvo; trabaja
tanto como su ganado y nunca roba ni le roban. Mientras los que se
tienen por mejores en este país dejan todo para mañana, excepto la
quiebra, él es puntual y honrado, de temple y nervios de acero, típico
en el traje. Hemos andado muchas leguas y muy largas con estas
caravanas; hemos escuchado sus interminables cuentos de salteadores, a
los que no prestábamos gran atención, y no podemos negar que estas
cabalgatas son verdaderamente nacionales y pintorescas. Mezclados
recuas de mulas y hombres a caballo, van siguiendo las líneas en
zig-zag del camino que pasan, por desfiladeros de montañas, unas veces
atravesando por aromáticos matorrales, otras ocultándose entre rocas y
olivares, más tarde emergiendo alegres y brillantes al sol, dando vida y
movimiento a la Naturaleza solitaria y rompiendo el silencio con el
tintineo de las campanillas y el canturreo de los arrieros, que, aun
cuando sea monótono en sí y poco armonioso, está en relación con el
paisaje y con los agrestes caminos españoles; exactamente lo mismo que
el agrio chirrido de la hoz al afilarse está en armonía con la dulce
primavera y las praderas recién segadas.
Hay una clase de arrieros muy poco conocida de los viajeros europeos:
los _maragatos_, cuyo centro está situado en _San Román_, cerca de
_Astorga_; ellos, al igual de los judíos y los gitanos, viven
exclusivamente entre los suyos, conservan sus trajes primitivos y nunca
se casan fuera de su región. Son tan nómadas y errantes como los
beduinos, sin más diferencia que llevan mulas en vez de camellos; su
honradez y su laboriosidad son proverbiales. Son gente formal, seria,
poco expresiva, positivista y muy comerciante. Cobran caro, pero su
honradez compensa este defecto, pues puede confiárseles oro molido. Son
los que hacen todo el tráfico entre Galicia y las dos Castillas, y por
rara excepción llegan a las provincias del Mediodía o Levante. Van
vestidos con una especie de justillo de cuero muy entallado, como una
coraza, que les deja los brazos libres. La ropa interior es ordinaria,
pero muy blanca, especialmente el cuello de la camisa. Llevan a la
cintura un ancho cinto de cuero con un bolsillo. Los calzones, iguales a
los de los valencianos, se llaman _zaragüelles_, palabra árabe, con la
que se denomina el tonelete o los calzoncillos anchos, y no se
encontrará ningún burgomaestre de Rembrandt que esté más ampliamente
cimentado. Sus piernas van embutidas en polainas de paño con ligas
encarnadas; llevan el pelo cortado al rape, por lo general, aun cuando a
veces se dejan unos tufos extraños. Un gran sombrero de alas anchas y
caídas completa el traje, impropio para viajar y digno de un holandés;
pero estas modas son tan inmutables como las leyes de los medos y
persas, y ningún maragato consentiría en modificar su traje mientras no
lo hiciera su modelo de madera pintada que da las horas en la plaza de
Astorga, _Pedro Mato_, otra estatua vestida que adorna una veleta de la
catedral, que es el arquetipo de la indumentaria. Y, en el fondo, este
traje especial es, como el de los cuáqueros, una garantía para su tribu
y su respetabilidad: Cordero, el rico diputado maragato, se presentó en
las Cortes con su traje regional.
El de la maragata es también típico y peculiar; si son casadas llevan un
tocado especial, el _caramiello_, en forma de media luna, con la parte
redonda sobre la frente, cosa completamente morisca y que recuerda las
mujeres de los bajo-relieves de Granada. Llevan el pelo suelto,
colgando sobre los hombros; la saya va abierta delante y detrás y se
sujeta de un modo muy curioso a la espalda por medio de un cinturón, y
el corpiño es escotado por delante en cuadro. En las grandes fiestas se
adornan con largas cadenas de metal y corales, con cruces, reliquias y
medallas de plata. Los pendientes que usan son muy pesados y cuelgan de
hilos de plata, como los llevan las judías de Berbería. Las bodas son
sus fiestas mayores: en ellas se reúne mucha gente y se elige un
presidente, el cual pone en una bandeja la cantidad de dinero que le
parece, y todos los invitados tienen que dejar otro tanto. La novia se
envuelve en un manto, que no se quita en todo el día, y no se vuelve a
poner hasta el día en que muere su marido. Ella no baila en el baile de
bodas. A la mañana siguiente, tempranito, se llevan a la alcoba de los
novios dos pollos asados. Por la noche abren el baile la novia y su
marido al son de la _gaita_. Las danzas son graves y serias, como
corresponde a su carácter.
Los _maragatos_, con su continente sencillo y su tez curtida, van con
sus recuas por la carretera de La Coruña andando casi siempre y cantando
como los demás arrieros españoles y, al mismo tiempo, ocupados
constantemente en tirar piedras a las caballerías y en dirigirles
improperios.
Toda la tribu se reúne dos veces al año en Astorga, en las fiestas del
Corpus y la Ascensión; entonces bailan el _canizo_, que comienzan a las
dos de la tarde y terminan precisamente a las tres. Si alguno que no
sea _maragato_ se une a ellos, lo echan inmediatamente. Las mujeres no
salen casi nunca de sus casas y, en cambio, los hombres están poquísimo
en ellas. Llevan la misma vida de trabajo que las antiguas mujeres
ibéricas, y ahora, como entonces, se las puede ver labrando el campo,
desde antes de salir el sol hasta mucho después de puesto, y resulta muy
triste contemplarlas sufriendo las penalidades de ocupaciones tan poco
femeninas.
El origen de los _maragatos_ no está claro. Unos los consideran como una
reminiscencia de los celtíberos o visigodos; la mayoría, sin embargo,
los tienen más bien por descendientes de una caravana de beduinos. Es
inútil preguntarles a ellos por su historia y su origen, pues, como los
gitanos, carecen de tradiciones y no saben nada de nada. _Arrieros_ lo
son, desde luego, y esta palabra, como tantas otras relativas al caballo
y al oficio de trajinante, es árabe y demuestra el origen de donde el
sistema y la ciencia se derivaron por los españoles.
Los _maragatos_ son célebres por sus hermosas bestias de carga; las
mulas de León gozan de justo renombre, y los burros son espléndidos y
numerosos, especialmente mientras más se acerca uno a la sabia
Universidad de Salamanca. Los _maragatos_ ocupan un lugar preferente en
los caminos: son los dueños de la carretera por ser el alma del comercio
en un país donde las mulas y los burros constituyen los trenes de
mercancías. Saben su importancia, y que ellos son la regla general, y la
excepción, los viajeros por placer. Los arrieros españoles no son mucho
más corteses que sus caballerías, y aunque resulta pintoresco, no es muy
divertido encontrarse con una recua de éstas en un camino estrecho,
especialmente si tiene un precipicio a un lado: _cosa de España_. Los
_maragatos_ no ceden el camino; sus caballerías no se mueven de su
sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos
de un barco, ocupan toda la vereda. Pero todos los detalles de caminos
en el interior genuino de España están calculados para _el fardo_, como
ocurría en Inglaterra un siglo atrás, y no se dedica el menor
pensamiento al forastero, que no es deseado, mas aún, resulta molesto.
Las posadas, las carreteras, todo es propio para los naturales del país
y sus caballerías, y no se apartarán un punto de su línea para
satisfacer las exigencias o caprichos de un extranjero. La típica
Península es demasiado poco recorrida por sus habitantes para que se
implanten las comodidades interesadas de Suiza, este país de fondistas y
traficantes de coches.
Capítulo VIII.