A boca de noche, después de cenar, se pueden tener unas horas de

descanso, según lo que el mayoral y ciertos armoniosos y alados

_voltigeurs_ permitan. Las camas son sencillas y limpias; algunas veces

los colchones parecen sacos de nueces, pero no hay mejor almohada que el

cansancio; por lo general hay dos, tres o cuatro camas en las

habitaciones, según el tamaño de éstas. El viajero debe apalabrar la

suya en el momento de llegar, y si es mediana conformarse con ella, pues

de lo contrario es fácil que duerma en otra peor. Comúnmente no es

difícil procurarse una habitación sola o, cuando menos, escoger los

compañeros. Además, los españoles de todas clases son muy corteses con

las señoras y con los extranjeros, y con _una gratificacioncita_ dada de

antemano a la doncella o al camarero casi siempre se allanan las

dificultades. En ésta, como en muchas otras ocasiones, en España la

mayor parte de las cosas se consigue con buenas maneras, una sonrisa, un

chiste, un refrán, un cigarro o un pequeño soborno, que aun cuando

nombrado en último término, no es en modo alguno el menor recurso,

puesto que tiene la condición de ablandar el corazón más duro y de

disipar todas las dificultades, en el punto en que ya las palabras no

sirven para nada, pues como rezan los proverbios castellanos: _Dádivas

quebrantan peñas y entran sin barrena, y más ablanda dinero que palabras

de caballero_. La manera de guiar en España es tan distinta de nuestro

modo de manejar las riendas, que merece explicarse.

Para los que no pueden llegar hasta la diligencia hay otros medios de

comunicación más genuinamente españoles e incómodos. Pueden compararse

con las comodidades de que gozan los vagones para hombres y animales,

señalados como pasajeros de tercera por los reyes del monopolio de

nuestros ferrocarriles, los cuales han usurpado el camino de su majestad

y saquean a sus súbditos en virtud de un acta del Parlamento.

Primeramente citaremos la _galera_, que hace honor a su nombre, y hasta

los que no dan importancia ninguna a su tiempo ni a sus huesos, después

de unas cuantas horas de aquel traqueteo y suplicio no tienen más

remedio que exclamar: _que diable allais-je faire dans cette galère?_

Estas máquinas de tortura van periódicamente de ciudad en ciudad y

constituyen la principal comunicación y el único medio de transporte

entre poblaciones de segundo orden; no son muy diferentes del carro

clásico, _rheda_, en que, según podemos leer en Juvenal, viajaba

Fabricio con toda su familia. En España estos primeros medios de

locomoción se han estancado, a pesar del progreso y los adelantos de su

época, y nos hacen volver la vista a nuestro Jacobo I y a los relatos de

Fynes Moryson sobre «los carros cubiertos que sirven para llevar a la

gente de pueblo en pueblo, pero este modo de viajar resulta muy molesto,

pues hay que tomar el carro temprano y se llega tarde a las posadas.

Nadie más que las mujeres y la gente de inferior condición viaja de esta

suerte». Esto es lo que ocurre hoy en España.

La _galera_ es un carro grande sin muelles; los lados van forrados de

estera, y debajo lleva una red abierta como en los calesines de Nápoles,

en la cual duerme y gruñe un terrible perro, que hace guardia de cerbero

sobre los pucheros de hierro, cedazos y otros utensilios propios del

gitano, y con el que nunca pueden hacerse migas. Hay galeras de todos

tamaños, pero cuando es más grande de lo común se llama _tartana_, una

especie de carro cubierto con toldo, que es muy común en Valencia y

que, sin duda, se denomina así por una embarcación pequeña del

Mediterráneo que lleva el mismo nombre. La carga y partida de la

_galera_ cuando la alquila una familia que va de traslado, son únicas de

España. El equipaje pesado se coloca el primero, y encima de todo, las

camas y los colchones, sobre los cuales la familia entera descansa en

admirable confusión. La _galera_ es muy usada por los «pobres

estudiantes» españoles, únicos en su clase, llenos de andrajos y de

desvergüenza; sus aventuras tienen forma de ser muchas y pintorescas y

recuerdan algunos de los «incidentes de carruaje» de las novelas de

Roderick Random y de Smollet.

La civilización, en lo que se refiere a transportes, está en España aún

a muy bajo nivel, a pesar de las infinitas revoluciones políticas.

Excepto en algunas grandes ciudades, los risibles vehículos nos

recuerdan aquellas caricaturas que tanto nos divirtieron en París en

1814. En Madrid, incluso después de la muerte de Fernando VII, el

_Prado_, su paseo, estaba lleno de coches antediluvianos, cocheros

grotescos y lacayos parejos, que nosotros hubiéramos llevado al Museo

Británico como curiosidad. Desgraciadamente para pintores y autores, hoy

han desaparecido y se han reemplazado por malas imitaciones francesas de

los buenos originales ingleses.

Como los coches típicamente españoles se construyeron en tiempos remotos

y antes de la invención de los estribos plegables, la subida y bajada a

ellos se facilitaba mediante un escaño de tres patas, que se suspendía

junto a la portezuela mediante tres correas, como se representa en los

jeroglíficos egipcios de hace cuatro mil años; un par de orejudas mulas,

esquiladas de modo pintoresco, era conducido por un postillón jubilado,

con grandes botas de montar y un formidable sombrero de hule. En coches

de esta guisa hemos visto muchas veces a los más linajudos nobles

españoles tomando el aire y el polvo con su acostumbrada seriedad. Estos

lentos carruajes de la vieja España fueron descritos irónicamente por la

joven América; tales son las alzas y bajas de naciones y vehículos.

España ha descubierto América, y en cambio es ahora el blanco de sus

burlas porque no puede ir a la cabeza de ella. Del mismo modo las

cenizas del gran Alejandro pueden servir para tapar un boquete, y

nosotros también nos unimos a coro de burlas olvidando que nuestros

antepasados (véase la _Maid of the Inn_, de Beaumont y Fletcher)

hablaban de «_apresurarse_ en colchones de pluma que se trasladaban de

un lado a otro en _carrozas_ españolas de cuatro ruedas».

Los carros y demás medios de locomoción rural y de labranza no han

progresado mucho más en España: cuando no orientales, son romanos,

primitivos en forma y materiales: siempre chocantes, pintorescos e

incómodos. El labrador, por regla general, labra la tierra con un arado

que no varía nada del inventado por Triptolemo, trilla en la misma

forma que describe Homero, y transporta su cosecha siguiendo fielmente

las reglas de las _Geórgicas_. La obra de hierro es cosa desconocida

casi, y a ambos lados de los Pirineos van unos cuantos siglos detrás de

Inglaterra; absurdas tarifas prohiben la importación de nuestros

instrumentos, buenos y baratos, para proteger sus efectos, malos y

caros, y así la pobreza y la ignorancia se perpetúan.

Los carros en las provincias del noroeste son la _plaustra_, de sólidas

ruedas, el romano _tympana_, que consiste en simples círculos de madera,

sin radios, muy semejantes a piedras de molino o a queso parmesano:

exactamente iguales a los usados por los egipcios, como vemos en los

jeroglíficos, y sin duda alguna parecidos a los que enviara José a

buscar a su padre, las cuales se usan por los habitantes de Afganistán y

otros atrasados constructores de vehículos. Toda la rueda se mueve de

una vez con un triste chirrido; los carreteros, cuyos oídos están tan

embotados como sus dientes, son muy aficionados a este agudísimo

_chirrio_ (del árabe _charrar_, hacer ruido), al cual llaman música, y

les agrada porque es barato y encuentran un placer en oírle.

Escuchándola pueden figurarse que aúllan lobos, braman osos o es el

mismo diablo, como dice Don Quijote, pues la rueda de Ixión, a pesar de

estar condenada al infierno, nunca se quejó más lastimera. El lúgubre

sonido sirve, como las campanas de nuestros carreteros, para avisar a

los otros, los cuales, en desfiladeros y en gargantas donde no pueden

pasar dos carros, se guían por él para esperar hasta que el paso esté

libre.

Hemos reservado algunos detalles del modo de guiar para el _coche de

colleras_, que es el verdadero coche de España, en el cual hemos

realizado más de una divertida excursión. También está llamado a

desaparecer, pues los españoles van descendiendo desde estos coches de

seis mulas a una carroza de un tronco y, gradualmente, perdiendo cada

vez más en belleza, al calesín.

Correos y diligencias, como ya hemos dicho, están sólo establecidos en

las principales carreteras que afluyen a Madrid. Coches que corran de

una ciudad a otra hay pocos: sólo donde los exige la necesidad de una

intercomunicación segura y frecuente.

En las capitales de provincia que aun no disfrutan de estas comodidades

modernas, las familias que tienen niños, mujeres o enfermos que no

pueden montar a caballo, han de acudir necesariamente a la manera

primitiva de viajar: al carro o _festina lente_. Por su persistencia en

España y en Italia, a pesar de todos los adelantos y variaciones

introducidas en otros países, parece como si tuviese algo propio y

peculiar de los hábitos y necesidades de aquellas dos naciones afines

del Mediodía, que alientan un horror godo-oriental a que se les dé

prisa: _no corre prisa_, es una frase muy usual. _Sie haben zeit genug._

(Hay bastante tiempo.)

Los _vetturinos_ españoles o _caleseros_, suelen estar, como en Italia,

en sitios conocidos con su vehículo para alquilar. Tienen su instinto

especial para averiguar, en cuanto ven a una persona, si se trata de un

extranjero o viajero. En esto se parecen a los italianos, y también en

la manera importuna de ofrecerse ellos, su ganado y su carruaje para

cualquier parte de España. El hombre y su traje son esencialmente

españoles: el coche y su tronco han sufrido pocas variaciones en las dos

últimas centurias y son el modelo de los antiguamente usados en Europa;

se asemejan a aquellos vehículos que se emplearon en Inglaterra y que

aun vemos hoy en los antiguos grabados de Kip que suele haber en las

casas de campo, y en Francia, en los que representan los viajes de Luis

XIV, dibujados por Vandermeulen. Son restos del un tiempo universal

coche de seis caballos («coach and six»), en el que, según Pope (a

quien, desde luego, no juzgamos infalible), alcanzó Inglaterra la mayor

altura. El _coche de colleras_ es un enorme y pesado armatoste

construído al estilo de un coche pequeño de lord mayor, o de algunos de

los trenes de los antiguos cardenales de Roma. Va adornado con toscas

tallas doradas y pintadas de colores vivos; pero el chaquetón moderno y

el sombrero redondo desdicen de la pintura, que requiere pasajeros

vestidos de brocado y con pelucas armadas; las ruedas delanteras son muy

bajas, o las traseras muy altas, y las cuatro llantas muy estrechas; y

cuando se hunden en el lodo y el conductor invoca a Santiago, para

hacer retroceder el vehículo y sacarle del atolladero, cuanto más le

empuja hacia fuera más se sonrueda y hunde en el cieno. Las varas salen

lo mismo que el bauprés de un barco, y tienen más madera y hierro que la

que se necesita para cargar un vagón pequeño. El interior va forrado con

seda clara y felpa chillona, adornados con pasamanería y bordados; tiene

puertas que se abren con dificultad y ventanas que no cierran bien.

Últimamente, la pobreza y vulgaridad de la civilización transpirenaica

ha suprimido muchos de estos adornos típicos de los coches y cocheros;

las carreteras buenas y los vehículos más ligeros necesitan menos

caballos de los que eran indispensables para transportar una pesada

máquina por un camino más pesado aún.

El equipaje se amontona encima, en la parte de atrás, o en una especie

de voladizo delante. Para guiar este vehículo se emplean dos personas.

El jefe, llamado _mayoral_, y su ayudante, el _mozo_, y mejor aún el

_zagal_, del árabe, «un muchacho fuerte y activo». Su traje es muy

típico y está basado en el andaluz, que es el que pone la moda en la

Península en todo lo que se refiere a toros, caballos, bandoleros,

contrabandistas, etc., etc. Lleva en la cabeza un pañuelo de seda de

colores vivos, anudado de modo que las puntas cuelgan por detrás; sobre

esta reminiscencia del turbante árabe se coloca un sombrero de ala

ancha, alto y puntiagudo como un pilón de azúcar; la airosa chaqueta es

de piel negra, incrustada de herretes de plata y botones de filigrana, o

de paño pardo, con la espalda, las mangas y, en particular, los codos

ribeteados y adornados con flores y jarrones de paño de otro color

recortado y muchos bordados. Cuando la chaqueta está nueva, la llevan

colgada del hombro izquierdo, como los húsares. El chaleco es de rica

seda de fantasía; el calzón, de pana azul o gris, adornado con franjas y

botones de filigrana y sujeto a la rodilla con cordones de seda y

borlas. No va abrochado, y el cuello de la camisa es vuelto y lleva una

corbata vistosa, unas veces pasada por un anillo y otras anudada. La

cintura va ceñida con una faja encarnada o amarillo vivo. Esta

_faja_[22], _sine qua non_, es la antigua _zona_ romana; sirve también

como bolsa, «ciñe las caderas» y abriga el vientre, lo cual es muy

beneficioso en los climas cálidos y evita la predisposición a las

irritaciones intestinales; en la faja se guarda la _navaja_, que forma

parte integrante del español, y el _zagal_ suele colocar también en

ella, por detrás, el látigo. Las adornadas polainas van abiertas por

arriba, en la parte exterior de la pierna, para que se vea la media,

que, por lo regular, es también lujosa; los zapatos son amarillos,

semejantes a los de nuestros vilorteros, y, generalmente, de piel de

ternera sin curtir, que como es del color del polvo, no necesita

limpieza. Los _caleseros_ de la costa de Levante usan la media

valenciana sin pie, que, como está abierta al extremo, se parece a los

bolsillos de los españoles. En vez de botas llevan las antiguas

sandalias romanas de esparto, con suela de cáñamo, que se llaman

_alpargatas_, del árabe _alpalgah_.

El _zagal_ procura imitar el traje del mayoral hasta donde sus medios se

lo permiten. Este es el que está siempre dispuesto para hacer toda clase

de servicios. Viendo el incesante movimiento de estos individuos no

sería justo tacharles de indolentes, condición que se ha atribuído

indistintamente a todas las clases humildes españolas; va corriendo al

lado del coche, coge piedras para tirarlas a las mulas, ata y desata

nudos y derrocha un caudal de resuello y de juramentos desde que

emprende el trabajo hasta que lo deja. Alguna vez se le permite que se

suba al pescante y se siente junto al mayoral, para lo cual se coge

siempre a la cola de la mula trasera para ayudarse a subir a su asiento.

El aparejar los seis animales es una operación difícil; primeramente se

colocan todos los arreos en el suelo, y luego va llevándose cada mula o

caballo a su sitio y poniéndole los arneses correspondientes. La salida

es una cosa muy importante, y, como ocurre con nuestros correos, atrae a

todos los desocupados de los alrededores. Cuando el tiro está

enganchado, el mayoral toma todo el manejo de riendas en sus manos, el

_zagal_ se llena de piedras la faja, y los mozos de la venta enarbolan

sus estacas; a una señal convenida cae sobre el tiro una lluvia de

palos, silbidos y juramentos que le hacen arrancar, y, una vez en

movimiento, sigue adelante balanceando el coche sobre rodadas tan

profundas como los prejuicios de la rutina, con su lanza, que sube y

baja como un barco en el mar revuelto, y continúa con un paso vivo,

haciendo unas veinticinco o treinta millas diarias. Las horas de salida

son siempre temprano, con objeto de evitar el calor del mediodía. En

esto, las costumbres españolas son poco más o menos las mismas de los

italianos, y siempre se puede dejar en libertad al _calesero_ para que

arregle y disponga las horas de partida y todos los detalles pequeños,

que varían según las circunstancias.

Cuando hay un mal paso se le advierte a los animales del tiro

llamándoles por sus nombres y gritándoles _¡arre, arre!_ alternando con

_¡firme, firme!_ Los nombres de las mulas o caballos son siempre sonoros

y de varias sílabas, acentuando la última, que siempre se alarga y se

pronuncia con un énfasis particular. _Capitanaaa_, _Bandoleraaa_,

_Generalaaa_, _Valerosaaa_, todos estos nombres los gritan a voz en

cuello y, seguramente, debe ser un magnífico ejercicio para los

pulmones, al mismo tiempo que útil para ahuyentar a los cuervos del

campo. El tiro lleva muchas veces más de seis animales y nunca menos,

predominando las hembras; generalmente suele ir un macho que hace el

número siete y que se llama _el macho_ por antonomasia, como el Gran

Turco, o un substantivo en un discurso de Cortes, que rara vez va

seguido de menos de media docena de epítetos; invariablemente se le

coloca en el sitio de más trabajo y de peor trato, lo cual merece, pues

el macho es infinitamente más torpe y más vicioso que la mula. Alguna

vez hay un caballo de la casta de Rocinante, al cual se le llama también

sólo _el caballo_, y éste es, por lo común, el mejor tratado del tiro.

Ser un _caballero_ significa en español ser un hombre correcto y bien

nacido, y es el modo de dirigirse unos a otros, y se usa constantemente

por las clases bajas, que nunca han montado en más cuadrúpedos que mulas

o borricos.

El guiar un _coche de colleras_ es una ciencia especial, y en las

_diligencias_ se siguen sus reglas. Es la diversión favorita del _majo_,

que encuentra en ello un placer mucho mayor que sus similares de

Inglaterra; el arte no está precisamente en manejar las riendas, sino en

la apropiada modulación de la voz, pues el ganado se maneja llamando a

cada animal por su nombre, pronunciando siempre muy de prisa las

primeras sílabas: el «macho», que es el más castigado, es el único que

no tiene nombre propio; repiten la palabra varias veces seguidas, con

objeto de hacerla más larga: _macho, macho, machooo_, comenzando por

una semicorchea para ir en crescendo hasta llegar a una breve y componer

al fin entre todas una palabra polisílaba. El «caballo» también es

llamado así sencillamente, sin otro nombre especial, como tienen todas

las mulas, y al que atienden perfectamente; los dueños de ellas suelen

decir que entienden sus nombres y todas las palabras pintorescas y

gráficas que les dirigen lo mismo que «cristianas»; pero, a decir

verdad, algunas veces parece que se escandalizan y se molestan más que

los bípedos de sus mismas creencias. Si el animal aludido no atiende

levantando las orejas o aligerando el paso, entonces entra en juego la

«vara», el gran argumento de los cocheros, políticos y maestros de

escuela, los cuales suelen decir que _no hay razón como la del bastón_,

pues consideran que obra más directamente que la simple elocuencia. Los

moros también tienen una idea muy elevada del palo, tanto que la

consideran como un don de Alá al justo. Se usa _a priori_ y _a

posteriori_ con las mulas y con los chicos; _al hijo y al mulo para el

culo_. Si el macho cae en falta y se le castiga para animar a los otros,

suele añadir a los silbidos alguna frase como _qué perrooo_, o una

alusión poco decorosa a su madre; todo ello acompañado de pedradas a los

delanteros, pues no les alcanzan con el látigo desde el pescante.

Después que se han dirigido a una mula por su nombre, si su pareja ha de

ser corregida, rara vez la nombran, sino que dicen la _otraaa, aquella

otraaa_, atendiendo siempre el animal, pues la costumbre le hace saber

que es a ella a quien se dirigen. El tiro obedece a la voz de una manera

maravillosa y pocas cosas son más divertidas que guiar, sobre todo por

malas carreteras; pero hace falta conocer muy bien el idioma y los

juramentos españoles.

Entre las muchas órdenes contravenidas en España, la de «no jurar» no es

la menor. «Nuestro ejército juraba fuerte en Flandes»--dice Uncle Toby.

Pocas naciones, sin embargo, llegarán a los españoles en lo del

maldecir; este hábito no tiene más límites que sus conocimientos

anatómicos, geográficos, astronómicos y religiosos. Se emplea tanto con

los animales--_un muletier à ce jeu vaut trois rois_--, que dijérase ser

las blasfemias e imprecaciones la única manera de dirigirse a ellos; y

como casi siempre la acción va unida a la palabra, la combinación surte

efectos maravillosos. Como una gran parte del tiempo tiene que pasarlo

el viajero entre mulas, cocheros y arrieros, que no son muy diferentes

entre sí, no estará de más que tenga alguna noción de los dichos y

acciones más corrientes; poder hablar con ellos en su lenguaje, mostrar

interés en sus cosas y en las de los animales siempre da buen resultado.

_Por vida del demonio, más sabe usía que nosotros_, es un cumplido muy

común. Una vez establecida la igualdad, la inteligencia superior pronto

se hace la dueña. El gran juramento español, que no debe decirse ni

escribirse, es en la práctica la base del lenguaje de la clase baja; es

una antigua reminiscencia de la abjuración fálica del mal de ojo, la

tremenda fascinación que aun perturba la mente de los orientales y que

no ha podido ser desterrada de España y de Nápoles[23]. La palabra

termina en _ajo_, es dura, y la _j_ se pronuncia con una aspiración

gutural completamente árabe. La palabra _ajo_ es también un condimento

que está tan frecuentemente como la palabreja en bocas españolas, y es

exactamente lo que gustaba a Hotspur, un «juramento que llena toda la

boca», enérgico y miguel-angelesco. El retruécano se aplica por

extensión a la cebolla, y así, diciendo «ajos y cebollas», se significa

palabrotas. El intríngulis del juramento está en el «ajo», pues las

mujeres y los hombres sensatos que no gustan de hablar mal, sino que en

algunas ocasiones quieren dar más fuerza a la frase, vigorizarla un

poquito, darla un saborcillo a ajo o subrayar discretamente su discurso,

quitan el final ofensivo y dicen _car_, _caray_ _caramba_. La palabreja

se usa como verbo, como substantivo, como adjetivo o a gusto de la

gramática o del furor del que la emplea. También equivale a un sitio

donde puede vivirse. _Vaya usted al c... ajo_ es la forma más dura de la

cólera, que, un poco más suave en _vaya usted al demonio_ o _a los

infiernos_, es una mezcla caprichosa de cortesía y de furor.

Estas imprecaciones vegetales tienen en España su antiguo sabor egipcio

y encanto místico, pues en el Nilo, según Plinio, los ajos y las

cebollas eran considerados como divinidades. Los españoles también han

añadido muchos de los juramentos góticos del Norte, imprecatorios a la

oriental y groseramente sensuales. Y basta de esto. El viajero que en

España tenga que entendérselas con mulas y asnos de dos o cuatro patas,

no necesitará ningún manual que le enseñe los setenta y cinco o más

_serments espagnols_, sobre los que Mons. de Brantôme escribió un

tratado. Más correcto será que el inglés no jure, aun cuando puede

permitírsele algún _caramba_; por otra parte, la costumbre es más

aceptada por aquello de contravenir una orden que por uso, y como es

sabido: _En la casa del que jura no falta desaventura_.

Antes de alquilar uno de estos coches de colleras, que es, ciertamente,

una diversión cara, es conveniente tomar toda clase de precauciones y

puntualizar los detalles de lo que ha de hacerse y el precio, pues los

_caleseros_ españoles rivalizan con sus colegas italianos en falsedad,

bellaquería y falta de honradez, que parecen ser patrimonio de los que

andan entre caballos y distintivo de la gente que maneja la fusta,

chalanea y guía coches. Lo que ha de darse al cochero no debe incluírse

nunca en el ajuste, pues siendo este _ítem_ voluntario y dependiente de

la conducta del que lo ha de recibir, es un freno seguro para los

excesos de la gente de camino. En justicia, sin embargo, hay que decir

que esta clase de españoles son, por lo general, amables, atentos y

resistentes para el trabajo, y como no están acostumbrados a las

cicaterías o a las esplendideces de los ingleses en Italia, suelen ser

tan justos en sus transacciones cuanto puede serlo un ser humano que

está constantemente entre ruedas y cuadrúpedos. Ofrecen al artista

infinitos asuntos pintorescos. Todo lo que tiene relación con ellos está

lleno de color y originalidad. No hacen nada, ya coman, duerman, guíen o

se sienten, que no se preste a un cuadro, y lo mismo puede decirse de

sus animales y arneses. Todo el que sepa dibujar nunca encontrará

bastante largo el descanso del mediodía para aprovechar la infinita

variedad de motivos que le ofrece el paisaje, en el cual tan bien

encajan el coche y sus ocupantes; asimismo nuestros poetastros

contemporáneos los considerarán tan dignos de ser cantados en versos

inmortales como el trajinante de Cambridge Hobson, elegido por Milton.

Capítulo VII.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 6 / 16 段