Todo esto parece de poca importancia; pero aquellos que adopten las

costumbres del país no hallarán inconveniente alguno en alcanzar el fin

de su jornada, porque donde las leguas y las horas son términos

sinónimos--la _hora_ española es la pesada _stunde_ alemana--la

distancia se regula por la luz del día. Los caminos de herradura y los

viajes a caballo, los antiguos sistemas de Europa, son muy españoles y

orientales, y para la gente que camina a lomos de caballos o mulas, el

camino es lo de menos. En las provincias arrinconadas de España los

habitantes son pobres agricultores a quienes nadie visita; tampoco ellos

salen nunca mucho más allá del humo de sus chimeneas. Cada familia

provee a sus modestas necesidades: con poco dinero para procurarse lujo

alguno, se alimentan y visten, como los beduínos, con los productos de

sus campos y de sus rebaños. Apenas hay comunicación con personas de

fuera; la feria vecina es el comercio donde adquieren lo que les falta,

y algún que otro capricho, o bien los buhoneros, que caminan con sus

mulas de pueblo en pueblo, y mejor los contrabandistas, que son el tipo

y los dueños del verdadero comercio en las tres cuartas partes de la

Península. Es admirable lo pronto que un viajero bien montado se

acostumbra a ir a caballo, y lo fácilmente que se reconcilia con una

clase de caminos que asustan al principio a los avezados a las

carreteras, pero que llegan a considerar como muy propios para los fines

del sitio en que se hallan enclavados y de la gente que los utiliza.

Diremos algo acerca de los ferrocarriles españoles, pues la manía de

Inglaterra ha traspuesto el Pirineo, aun cuando sea más de palabra que

de hecho. Es cierto que se dice que no hay ferrocarril en ninguna de las

ciudades del nuevo y el viejo mundo en las que se habla español, y

probablemente por inconvenientes que no serán los filológicos. En otros

países, las carreteras, los canales y el comercio, preceden a la vía

férrea, y en España parece que ésta ha de ser la precursora. De este

modo, por la tendencia nacional a la desconfianza y a retrasar las cosas

todo lo posible, España se ahorrará los gastos y molestias de estos

sistemas intermedios y pasará de un salto del estado medieval a las

comodidades y satisfacciones de Gran Bretaña, el país de los viajeros

incansables. En este momento se habla mucho de _ferrocarriles_, y se han

publicado una porción de documentos oficiales y particulares, según los

cuales, «todo el país será atravesado en el papel por una red de rápidas

y comodísimas comunicaciones» que contribuirán a crear una «perfecta

homogeneidad en los españoles». Y si grande ha sido el hercúleo trabajo

de la máquina de vapor, esta amalgama de la ibérica cuerda de arena

remataría dignamente, sin duda, todos los esfuerzos.

Ocuparía demasiado espacio la descripción de las líneas en proyecto, y

ya se hablará de ellas cuando estén construídas. Baste decir que casi

todas ellas se harán con hierro y oro ingleses. Este _extranjerismo_

puede ofender al orgulloso español, al _españolismo_, y el poder de

resistencia y el horror al cambio, empujados por el vapor inglés, pueden

estallar con la fuerza de la Revolución Francesa. Nuestros especuladores

quizá puedan demostrar que España es un país que no ha sido hasta ahora

capaz de construír o sufragar los gastos de caminos y canales

suficientes por su pobre y pasivo comercio y su escasa circulación. Las

distancias son demasiado grandes y el tráfico demasiado pequeño para

hacer fácil el ferrocarril; y, de otra parte, la formación geológica del

país ofrece dificultades que, de haber tropezado con ellas en el

nuestro, se hubiese puesto a prueba la ciencia y habilidad de muchos

ingenieros. España es un país montañoso, y por todas partes se elevan

barreras enormes que separan unas provincias de otras. Estas poderosas

sierras, coronadas de nubes, son sólidas masas de durísima piedra, y si

alguna vez se intenta perforarlas constituirá un trabajo digno de topos.

No sería más difícil cubrir el Tirol y Suiza con una red de líneas

llanas; y los que han sido cogidos en la red de que antes hablábamos,

pronto lo descubrirán a costa suya. El desembolso de ella estaría en

razón inversa de su remuneración, pues el uno sería enorme y la obra

mezquina. Puede que el parto de estas montañas sea de un muy ratonil

interés y aun éste «aplazado».

España, además, es un país de _dehesas y despoblados_: en estas llanuras

salvajes, los viajeros, el comercio y el dinero son escasos, y aun

Madrid, la capital, carece casi en absoluto de industrias y recursos, y

es más pobre que muchas de nuestras provincias. El español, criatura

rutinaria y enemiga de innovaciones, no es aficionado a viajar; apegado

a su terruño por naturaleza, odia el movimiento tanto como un turco, y

tiene particular horror a ser apremiado; por consiguiente, una mula al

paso ha sido suficiente para todas las necesidades de traslación de

hombres y bienes. ¿Quién, pues, hará la obra, aun cuando Inglaterra

sufrague los gastos? Los naturales unen, a la antipatía ingénita que

sienten por el trabajo, el odio a ver afanarse al extranjero, aun cuando

sea en servicio suyo, con el empleo de su dinero y su energía en una

empresa ingrata. Los aldeanos, como siempre han hecho, se alzarán contra

el extranjero hereje que viene a «chupar» la riqueza de España.

Suponiendo, no obstante, que con la ayuda de Santiago y de Brunel la

obra fuese posible y se llegase a realizar, ¿qué podría hacerse para

protegerla contra la fiera acción del sol y contra la violencia de la

ignorancia popular? El primer cólera que visite España será señalado

como pasajero del ferrocarril por los destituídos arrieros, que asumen

ahora las funciones del vapor y de la vía. Ellos constituyen una de las

clases más numerosas y típicas de España, y su sistema es una muestra

legítima de la caravana semioriental. Nunca consentirán que la

locomotora luterana les quite el pan: privados de medios de ganar la

vida, ellos, como los contrabandistas, tomarán otro camino y se

convertirán en ladrones o en patriotas. Muchas y muy largas y solitarias

son las leguas que separan una ciudad de otra en estos inmensos

desiertos de la despoblada España, y no sería suficiente una protección

militar para amparar la vía contra la guerra de guerrillas que habría

de emprenderse. Un puñado de enemigos en cualquier llanura cubierta de

monte bajo podría, en un momento, interceptar la vía férrea, detener el

tren, inutilizar al fogonero y quemar la máquina con su mismo fuego,

particularmente si se tratara de un tren de mercancías. ¿Cuál ha sido,

por otra parte, la recompensa que ha obtenido el extranjero en España,

sino la informalidad y la ingratitud? Se le utilizará hasta que, como en

Oriente, los naturales crean que dominan su arte, después se abusará de

él, se le expulsará y se le pisoteará; ¿y quién se encargará entonces de

sostener y llevar adelante la costosa empresa? Seguramente no será el

español, en cuyo pericráneo están sin desarrollar las protuberancias de

la mecánica y la ingeniería.

Las líneas más aseguradas contra el fracaso serán las más cortas y las

que atraviesan una comarca llana de producciones naturales, tales como

el aceite, el vino y el carbón. Ciertamente, si la vía férrea en España

llega a ser tendida mediante el dinero y la ciencia de Inglaterra, la

merced será digna de la reina del Océano y del conductor de la

civilización en el mundo. ¡Y qué cambio se operará en el espíritu de la

Península! ¡Cuántas siestas enervantes se interrumpirán por el chirrido

y el jadear del monstruo! ¡Cómo se abrirán los sellos del hermético

país! El enclaustrado obscuro que sólo sueña con los tesoros del cielo

se iluminará con el centelleo del fuego diabólico del vigilante

adorador del dinero. Los buhos huirán asustados; los murciélagos saldrán

de sus escondrijos; las abejas, las mulas y los asnos serán espantados,

atropellados e inutilizados. Todos los que quieran a España y, como el

autor, rueguen diariamente por su prosperidad, deben esperar que sea un

hecho esta «red de vías férreas»; pero deben tener especial cuidado, al

mismo tiempo, de no invertir ni un céntimo en la importante

especulación.

Los recientes resultados han demostrado durante este año lo que se

profetizó el año anterior en el _Manual_: nuestros agentes e ingenieros

fueron recibidos por los españoles con honores casi divinos: tan

obsequiados fueron con adulaciones y cigarros. Las acciones fueron

instantáneamente suscritas, y se nombraron directores, con nombres y

títulos más largos que las líneas proyectadas, y se aceptaron con

agradecimiento las menores dádivas:

«L’argent dans une bourse entre agréablement;

mais le terme venu, quand il faut le rendre,

c’est alors que les douleurs commencent à nous prendre.»

Cuando llegó el momento de hacer efectivos los primeros plazos, los

accionistas españoles dejaron un tanto que desear: se negaron en

redondo, cosa no rara en la Península, donde siempre ha sido más fácil

prometer que cumplir. En la única línea que al presente parece ir

adelante, la de Madrid a Aranjuez[20], el primer paso fué prescindir de

todos los ingenieros y braceros ingleses, so pretexto de proteger el

talento y la industria de los del país mejor que los de los extranjeros.

Muchos de los procedimientos ingleses rayarían allí en el ridículo o

servirían de mofa a algunos avisados especuladores. Los capitalistas de

la City nos inspiran lástima; pero si su plétora de riquezas necesita de

sangrías, en ninguna parte encontrarán mejor medio de hacerlas que en

España. ¡Qué diferencia entre algunas liquidaciones y memorias finales,

y los grandilocuentes y magníficos programas publicados como un cebo

para John Bull, que esperaba, o verse rechazado de un golpe, o elevado

desde su tienda a un trono, y a quien se le ofrecía «un medio para

hacerse más rico de lo que puede soñar un avaro!» Para presentar algún

ejemplo que apoye nuestros asertos, diremos que los directores en

Londres de la Royal Valencia Company, hicieron saber, por medio de

anuncios, en julio último, que sólo necesitaban 240 millones de reales

para poner en comunicación el puerto de Valencia (que no tiene puerto)

con la capital, Madrid, que tiene 800.000 habitantes (que no llegan a

200.000). Sólo un párrafo parecía obscuro en el brillante cuadro de los

beneficios venideros: «La línea aun no ha sido recorrida

minuciosamente». Esto quizá hubiese puesto al noble marqués cuyo

atractivo nombre encabeza la lista del Comité provisional, en el aprieto

de aquel viajero de Sterne, a quien, habiendo hecho la observación de

cuántas mejores cosas se hacían en el continente que en Inglaterra, le

preguntaron: «Caballero, ¿ha estado usted allí alguna vez?»

Otro proyecto aún más difícil se hizo público para unir Avilés, situado

sobre el Atlántico, con Madrid, a pesar de los Alpes asturianos y de las

montañas del Guadarrama. El autor de este ingenioso plan debía recibir

40.000 libras por su cesión de un plano a la Compañía, y sólo ha

recibido 25.000, que teniendo en cuenta las dificultades naturales y las

imprevistas, puede considerarse una cantidad poco remuneradora. Aun

cuando en el programa original constaba _que la línea había sido

recorrida y no presentaba ninguna dificultad de construcción_, se creyó

prudente obtener alguna noción exacta de las localidades en que se había

de trabajar, y fué enviado sir _Joshua_ Walmsley con personal competente

a atisbar el país, aunque la vieja costumbre judía era más bien hacer

eso antes que después de contraer ningún compromiso serio. El espíritu

soñador de Londres sufrió una gran decepción al descubrir que el país

que ellos creían llano como el mapa de Arrowsmith, en el prospecto

presentaba obstáculos tan insignificantes para la vía férrea, como

varias leguas de cordilleras cuyas cumbres alcanzaban de 6.000 a 9.000

pies de altura y estaban cubiertas de nieve durante unos cuantos meses

del año. Esto fué un desengaño completo. El artículo relatando lo

ocurrido en la reunión extraordinaria (_Morning Chronicle_, 18 de

diciembre de 1845) debió imprimirse en letras de oro, pues él dió la voz

de alerta a nuestros confiados compatriotas. Entonces el presidente

observó con idéntica _naïveté_ que sentimiento, que «si hubiera sabido

antes lo que sabía ahora, habría sido el último en emprender la obra de

un ferrocarril en España». Esta experiencia le costó, según dijo, 5.000

libras, que es demasiado pagar por un pito de ferrocarril español. Por

cinco libras podía haber comprado las obras de Townshend y del capitán

Cook, y nuestra modestia nos priva de citar otro libro rojo[21], en el

cual estos lugares, estos espléndidos Alpes, están descritos por

personas que los han paseado, o más bien escalado. En otra reunión de

otra Compañía de ferrocarriles españoles, celebrada en Londres el 20 de

octubre de 1846, otro director declaraba haberse enterado de «un hecho

del que no se le había advertido nada antes: que era imposible cruzar

los Pirineos».

Entretanto el Gobierno de Madrid había exigido 30.000 libras como

fianza. Y es que la cautela no es condición de nuestros capitalistas, en

el momento en que el dinero que les sobra se les sube a la cabeza, y la

consecuencia natural es la pérdida de éste y del sentido común. Pero el

sino de las cosas de España es ser juzgadas siempre por personas que

nunca han estado allí, y que además no sienten pudor alguno al poner de

manifiesto la indecente desnudez de su ignorancia geográfica. Cuando el

loco guía al ciego, guarda zanja y guarda cerro.

Capítulo VI.

En España se introdujo un sistema de posta para el despacho de las

cartas y la distribución de correos en tiempo de Juana y Felipe, o sea,

casi al final del reinado de nuestro Enrique VII, siendo así que en

Inglaterra apenas se había establecido servicio semejante hasta el

gobierno de Cromwell. España, que en esto, como en muchas otras cosas,

estuvo un tiempo a la cabeza, ahora se ve obligada a copiar las

novedades de aquellas mismas naciones a las que instruyera antes, como

ocurre con los viajes en coches públicos o particulares.

El correo está organizado como en la mayoría de los países del

continente; la distribución suele ser regular, pero no diaria: sólo dos

o tres veces por semana. Las autoridades tienen pocos escrúpulos en

abrir cartas privadas cuando las consideran sospechosas. Será

conveniente que el viajero, por lo tanto, se abstenga de manifestar por

escrito sus opiniones acerca de los Poderes públicos. Los españoles han

sufrido muchas perturbaciones; las guerras civiles les han hecho

desconfiados y muy cautos en su correspondencia por aquello de que

_cartas cantan_.

Se sufren las molestias usuales en el continente para obtener caballos

de posta, por ser su monopolio del Gobierno. Hay que llevar un

pasaporte, una orden oficial o un salvoconducto, etc., y además

someterse a una porción de reglas según el número de pasajeros,

caballos, equipaje, clase de carruaje, etcétera, etc. Estas y otras mil

trabas y dificultades parecen ser obra de la burocracia, que trata por

todos los medios de que se viaje lo menos posible.

Los caballos de posta y las mulas se pagan a razón de siete reales por

jornada. Los postillones españoles, especialmente si se les paga bien,

conducen a paso muy vivo, muchas veces al galope, y no se detienen

fácilmente, ni aun cuando lo desee el viajero; parece que no alientan

otro afán que llegar pronto a su destino, para gozar de la delicia de no

hacer nada, y, para conseguirlo, atropellan por todo. Cuando, por fin,

el ganado arranca, el pasajero se siente lo mismo que una lata atada a

la cola de un perro rabioso o a una cometa. Los animales feroces no se

ocupan de él más que si fuese Mazeppa; así es que el dinero hace andar a

la yegua y a su conductor, y éste es un medio tan seguro en España como

en cualquier otro país.

Otro modo de viajar es a caballo acompañado por un postillón, también

montado, que se cambie con el tiro en cada relevo. Es una forma más

expeditiva, pero más fatigosa, y que, como el correo tártaro en Oriente,

ha prevalecido mucho tiempo en España.

De esta suerte fué nuestro Carlos I a Madrid bajo el nombre de John

Smith, con el que no era fácil que le identificaran. La delicia de

Felipe II, que se jactaba de gobernar el mundo desde El Escorial, era

recibir noticias frecuentes y frescas, y este deseo de oír algo nuevo es

aún característico en el Gobierno español. Los correos de gabinete

tienen la preferencia para tomar caballos en los relevos. Las distancias

que deben recorrer están reguladas y un número de leguas determinado

deben hacerlo en cierto tiempo; para estimularles, se les paga cierta

cantidad más de lo convenido por cada hora que ganen en el tiempo que de

antemano se les prefine, de aquí la expresión vulgar _ganando horas_ que

equivale a nuestro «post haste--haste for your life».

Los ricos suelen viajar usualmente en las diligencias, que están de moda

desde que se introdujeron en tiempo de Fernando VII. Antes de ser

permitidas definitivamente, hubo grandes discusiones y se hicieron

objeciones semejantes a las opuestas por el difunto papa cuando la

introducción del ferrocarril en los estados de Su Santidad; se decía que

con estas facilidades vendrían los extranjeros, y con ellos la

filosofía, la herejía y otras innovaciones contrarias a la sabiduría de

los antiguos españoles. Estos escrúpulos se disiparon interesando

ampliamente al monarca en los beneficios. Ahora que ha desaparecido el

monopolio real, se han formado varias Compañías en competencia. Este

modo de viajar es el más barato, el más seguro y no parece indigno de la

«gente bien», pues la realeza misma viaja en estos coches. El infante D.

Francisco de Paula constantemente alquila toda la diligencia para

trasladarse él y su familia desde Madrid a un puerto de mar; y una de

las razones que con toda seriedad dió D. Enrique de no haber venido a

casarse con la reina, fué que Su Alteza Real no pudo encontrar sitio en

la diligencia por estar completamente llena. Los coches públicos de

España son tan buenos como los de Francia, y la gente que viaja en

ellos, generalmente más respetable y mejor educada. Esto se debe en

parte al gasto, pues aun cuando los precios no son demasiado altos,

siempre resultan algo caros para la mayoría de los españoles, de lo que

resulta que los que viajan en diligencia son las clases que en otros

países lo hacen en posta. De todos modos hay que convenir en que

cualquier viaje en los carruajes públicos del continente resulta muy

incómodo para los que están habituados a coche propio; y por muchas

precauciones que se tomen, las jornadas corrientes en España, de

trescientas a quinientas millas de una tirada, pocas señoras inglesas

podrían resistirlas y aun los hombres las soportarían por necesidad,

pero no las emprenderían por gusto. El correo está organizado como las

_malle-poste_ francesas y ofrece un medio seguro y rápido de viajar a

los que pueden soportar las sacudidas, los choques y el traqueteo de un

recorrido largo sin detención alguna. Las diligencias son también

imitación de los armatostes franceses, sin que se encuentre en ellos la

pulcritud, la comodidad, el buen movimiento, la exactitud y las

infinitas facilidades del modelo inglés. Estas cosas cuando pasan el

Estrecho se modifican con el desprecio del continente por las cosas de

estilo; la baratura, que es gran principio, hace que prefieran los

arreos de cuerda a los de cuero, y un carretero a un cochero bueno.

También existen una porción de trabas, y estos absurdos burocráticos y

la pesadez de los coches se hacen insoportables para los libres

ingleses. Los «guardas» existen realmente: son unos hombretones recios,

pintorescos en el indumento y en las armas y muy semejantes a los

salteadores de caminos. A decir verdad, no hay gran error en la

comparación, pues algunos de ellos antes de ser indultados y puestos a

sueldo, se han apoderado de más de una bolsa en el camino real; pero la

primera impresión es de individuos espléndidos que bien valen por unos

cuantos alguaciles. Van provistos de un completo arsenal de espadas y

trabucos, tanto que estas máquinas que ruedan por las inmensas llanuras,

parecen un buque de guerra y se suelen comparar con una ciudadela en

marcha. Además, en ciertas comarcas sospechosas, una escolta montada de

individuos igualmente sospechosos, galopan alrededor de los coches, y

tampoco está completamente olvidada la primitiva práctica de untar la

mano, y de todas estas admirables precauciones resulta que rara vez o

nunca son robadas las diligencias, aunque, sin embargo, la cosa es

posible.

Toda esta guarnecida arca de Noé está colocada bajo el mando del

_mayoral_ o conductor, que, como todo español investido de autoridad, es

un déspota, y, sin embargo, como ellos, asequible a la influencia

conciliadora del soborno.

Él regula las horas de trabajo y descanso. Las dedicadas al último

(¡bendito quien lo inventó!, decía Sancho) son poco seguras; dependen

del adelanto o retraso de la diligencia en sus etapas y del estado del

camino, pues todo el tiempo que se pierde por unas u otras causas se

gana hurtándolo al descanso. Una de las muchas ventajas del viaje en

diligencia es la seguridad de detenerse en las mejores posadas; y es muy

general entre la gente que viaja por otros medios preguntar en todas las

ciudades cuál es la posada donde se detiene la diligencia. De Madrid

suelen enviarse gentes para preparar las casas, los cuartos, las cocinas

y proveer a todo lo necesario para el servicio de mesa, y también hay

cocineros que se dedican a enseñar a los hosteleros a preparar y

presentar bien una comida. De este modo en pueblos en los cuales hace

poco desconocían en absoluto el uso del tenedor, hoy se encuentra una

mesa limpia, abundante y bien servida. El ejemplo dado por las posadas

de diligencia ha producido buenos efectos, pues ha venido la competencia

y con ella la implantación de ciertas comodidades desconocidas hasta

ahora de los españoles, cuya carencia de toda clase de comodidades

dentro de casa, y admirable estoicismo para las privaciones de todas

clases en viaje, son verdaderamente orientales.

En algunas de las nuevas Compañías está incluído todo en el precio del

billete: a saber, viaje, postillones, posadas, etc., etc., cosa muy

conveniente para el forastero y que le hace ganar dinero y energía. Un

capítulo en la diligencia es tan típico en todos los relatos de un viaje

por la Península como una corrida de toros o una aventura de bandidos,

cosas de gran salida en nuestro mercado. Indudablemente, en las largas

distancias que se recorren en España, durante las cuales van encajonados

hombres y mujeres tres o cuatro días mortales (con sus noches

correspondientes), el asunto se desarrolla y hay oportunidad de apreciar

costumbres y carácter; la comedia o la tragedia puede tener tantos actos

como días el viaje. En general el orden que se observa en el transcurso

del día es el siguiente: el desayuno, que se toma muy de mañana,

consiste en una jícara de chocolate espeso, que siendo la bebida

preferida por la Iglesia y permitida incluso los días de ayuno, es tan

nutritivo como delicioso. Suele acompañarse con unas rebanadas de pan

tostado o frito, y detrás se toma un vaso de agua fría, costumbre que no

abandonará jamás nadie que esté bien con su hígado. Después de rodar un

número determinado de leguas, cuando los pasajeros están bien magullados

y hambrientos, se sirve un buen almuerzo de tenedor, semejante en un

todo a la comida que ha de hacerse por la noche; la mesa es abundante y

excelente para los aficionados al ajo y al aceite. Los que no gusten de

ellos tendrán que atenerse al pan y los huevos, que son muy buenos; el

vino es por lo regular color de púrpura y algunas veces sirve como

vinagre para la ensalada, del mismo modo que el aceite se emplea en los

guisos y en la lámpara; una mala comida, sobre todo si la cuenta es alta

y el vino agrio, no es cosa para endulzar los caracteres de los

pasajeros; se aficionan a pendencias, y si tienen la suerte de alguna

escaramuza con ladrones, ello servirá para dar rienda suelta al

malhumor.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 5 / 16 段