cultivo y de la tristeza y miseria, es el MAL GOBIERNO, civil y
religioso, que puede observarse por todas partes, en el campo solitario
y en las silenciosas ciudades. Pero España será incapaz de entrojar la
semilla de este fértil origen de eternos males, si no miente la anécdota
tan corriente en el país: Cuando Fernando III tomó Sevilla y murió, como
era santo, escapó al purgatorio, y, al llegar al cielo, Santiago le
presentó a la Virgen, la cual en el acto le permitió que pidiera algunos
favores para su amada España. El monarca deseó que se le concediera
aceite, vino y trigo, y le fué concedido; un sol claro y cielo alegre,
hombres valientes y mujeres bonitas, y se le otorgó todo; cigarros,
reliquias, ajos y toros, y no hubo inconveniente alguno; un _buen
gobierno_.--No, no--dijo la Virgen--; no es posible concederte eso, pues
si te lo concediese, ningún ángel querría quedarse veinticuatro horas
más en el cielo.
La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras
esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que
siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba
y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que
resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se
trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento
ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las
necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos
empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el
presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la
Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con
Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los
necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado; los báculos no son
compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede
perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de
infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado
intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del
flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande.
Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a
pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o
temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de
empréstito, en tierras o caminos, nunca habrá seguridades _efectivas_;
son siempre meros castillos en el aire, _châteaux en Espagne_. «La
tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos».
Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico,
diremos que en Madrid se fundó una _Bolsa de Comercio_ el año 1831. Se
puede asegurar que es el lugar más _frío_ de la ciudad y el más
_ocioso_, puesto que el usual «city article» es escaso, _sin
operaciones_, porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse
a una tumba que tuviera por inscripción: «Aquí yace el crédito de
España». Si hay algo que la _Pérfida Albión_, nación de comerciantes,
odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da
lugar a duda: que el _pundonor_ castellano prefiere arreglar sus cuentas
con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y
agradecimiento.
La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el
santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son
odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la
calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean
víctimas de algún fraude.
Como todos los individuos que están en el Poder utilizan sus
conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con
la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del
momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan
verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar
el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su
propio nido.
La Bolsa de Comercio está abierta desde las diez de la mañana hasta las
tres de la tarde; allí pueden, los que deseen adquirir fondos españoles,
comprarlos tan baratos como la menos codiciada mercancía; porque cuando
el 3 por 100 inglés está a 98, no deja de ser tentador el 5 español si
está a 22. Los valores son numerosos y convenientes para todos los
gustos y bolsillos, bien los emitidos por Aguado, Ardouin, Toreno,
Mendizábal, o los de Mon, todos «personas honorables», pero cuyo
objetivo financiero es cobrar lo más posible y pagar en razón inversa,
tendiendo siempre a embolsarse el interés y el capital. Como ya hemos
dicho, el dinero y el aceite se pegan a las manos de quienes los
manejan: los ministros y los asentistas de Madrid hicieron fortunas, y
actualmente las hacen los hebreos de Londres, lo mismo que sus
antepasados despojaron a los egipcios. Pero desde Felipe II acá no han
faltado teólogos que defiendan el peligroso, aun cuando poco agradable,
deber de la quiebra, sobre todo si se contrata con herejes usureros.
Cuando un extranjero se asome a la banca de Madrid hará bien en no
mostrar curiosidad por ver la oficina de pagos de dividendos, para no
herir susceptibilidades. Sea el que quiera el fin que nuestro lector
persiga en la Península, debe:
«Neither a borrower nor lender be,
for loan oft loseth both itself and friend[16]».
Hay que guardarse del comercio español, pues a despecho de los
documentos oficiales y los laberintos aritméticos que, tan intrincados
como un arabesco, son muy bonitos en el papel, pero ininteligibles, a
pesar de las ingeniosas conversiones, fondos públicos, cupones--activo,
pasivo y otros antipáticos términos y tiempos, excepto el presente--, la
inseguridad es siempre la misma y ésta es la piedra de toque, desde el
momento en que el crédito nacional depende de la buena fe y del exceso
de ingresos; ¿cómo puede un país pagar intereses por una deuda cuyas
rentas ni antes ni ahora han sido suficientes para las necesidades del
gobierno? No es posible sacar sangre de una piedra; _ex nihilo nihil
fit_.
La memoria de Mr. Macgregor sobre España, una exposición exacta de
ignorancia comercial, negligencia en los tratados y contratos, describe
sus _seguridades_ públicas, pasadas y presentes. Ciertamente tienen
nombres y títulos muy rimbombantes: _Juros_, _Bonos_, _Vales reales_,
_Títulos_, etc., etc., mucho más regios, grandes y poéticos que nuestros
prosaicos _Consols_[17]; pero ningún juramento puede dar valor efectivo
a un papel inútil y desprestigiado. Según algunos financieros, la deuda
de España antes de 1808 ascendía a 83.763.966 libras esterlinas, que de
entonces acá han llegado a la cifra de 279.083.089 en números redondos.
Es posible que haya exageración en esto, porque el Gobierno no facilita
dato alguno de sus especulaciones y manejos. Según Mr. Henderson,
78.649.675 libras de esta deuda se deben a ingleses exclusivamente, y
les deseamos que no encuentren dificultades cuando vayan a Madrid. En
tiempos de Jaime I, Mr. Howell fué enviado con un encargo parecido, y
cuando volvió, «el montón de quejas sin satisfacción era más alto que él
mismo». De todos modos, España está hasta el cuello de deudas y es
irremediablemente insolvente. Y, sin embargo, si se tiene en cuenta la
fertilidad de su suelo, sus magníficas posesiones en el país y fuera de
él, la frugalidad de sus habitantes, pocos países hallarían menos
motivos de preocupación; pero el cielo le ha concedido todas las
bendiciones, menos un Gobierno bueno y honrado. Suele el Gobierno ser, o
fanfarrón o cobarde; satisfacción en veinticuatro horas, _a lo Bresson_,
o una escuadra en línea de batalla frente a Málaga--receta de
Cromwell--, son los únicos argumentos que comprenden estos medio moros;
las palabras conciliadoras son consideradas como debilidad; en un
momento se puede obtener de su miedo lo que nunca se lograría de su
sentimiento de justicia.
Capítulo V.
De las muchas falsedades que se han dicho sobre España, ninguna más
repetida que la referente a los peligros y dificultades a que se supone
expuesto el viajero. Este país, el más romántico, típico y
característico de Europa, puede visitarse de parte a parte, por mar y
por tierra, con facilidad y seguridad, como lo saben todos los que han
estado en él. La falta de sentido de las críticas de ingleses de baja
estofa, que nunca le han visto, predisponen con sus relatos a los
turistas pusilánimes: los barcos son regulares, los correos y
diligencias excelentes, los caminos pasaderos y las mulas muy seguras;
además, las _posadas_ han aumentado y los ladrones han disminuído,
tanto, que se necesita mucha ingenuidad para ser engañado o robado.
Aquellos, sin embargo, que se desviven por cosas extraordinarias, o
desean hacer un capítulo o un cuadro, en una palabra, llevarse una
aventura para casa, pueden satisfacer su anhelo alardeando de
imprudencia y charlatanería y ofreciendo un cebo tentador, aun cuando se
ahorrarían tiempo, molestias y dinero ensayando el experimento mucho más
cerca de su país.
Como la mayoría de nuestros lectores viven en una isla, empezaremos por
el mar y los barcos.
La «Peninsular and Oriental Navigation Company» expide barcos tres veces
al mes desde Southampton a Gibraltar. De ordinario emplean setenta horas
en llegar a La Coruña, y aquí se toma el correo directo a Madrid, que
efectúa el viaje en tres días y medio. Los navíos son excelentes, con
tripulación y maquinaria inglesa. La travesía hasta Vigo se hace en
menos de tres días, y el viaje a Cádiz, tocando en Lisboa, rara vez
excede de seis. El cambio de clima, paisaje, gentes y costumbres que se
observa en esta excursión de una semana es realmente notable. En dejando
el Canal de la Mancha se entra en el inquieto Golfo de Vizcaya, en donde
el petrel anunciador de tormenta está en su casa y donde el gigantesco
oleaje del Atlántico es refrenado primeramente por la barrera férrea de
la costa de España, el rompeolas de Europa. Aquí puede verse el _Océano_
en toda su magnificencia y soledad: grandioso en la tormenta, grandioso
en calma, tranquilo como un espejo y nunca más admirable que por la
noche, cuando las estrellas, en un cielo claro y limpio de niebla,
titilan como diamantes sobre aquellos «que abajo navegan en barcos por
el mar, y alaban las obras del Señor, y admiran sus maravillas». La
tierra desaparece y el hombre tiene conciencia de su debilidad y de su
fuerza; una línea muy tenue le separa de otro mundo, a pesar de que ha
puesto su mano sobre las olas y ha dominado el Océano, haciéndole el
camino del comercio y el lazo de unión de las naciones.
Los buques que navegan por la costa de Levante, desde Marsella a Cádiz,
son más baratos; pero en modo alguno son tan buenos, ni aprovechan el
tiempo--cosa esencial en los negocios--con regularidad inglesa. Están
construídos en el extranjero y tripulados por españoles y franceses.
Suelen detenerse un día en Barcelona, Valencia y otras capitales
importantes, lo que les proporciona ocasión de aprovisionarse de carbón
y de pasar contrabando. Un viajero que lleve prisa puede de este modo
hacer una ligera visita a las ciudades del litoral, y así es como los
autores que creen enterarse de los países extranjeros con una mirada de
águila obtienen materiales para varios volúmenes sobre la historia,
artes, ciencia, literatura y carácter de los españoles. Pero, como Mons.
Feval observa a propósito de algunos de sus inteligentes compatriotas,
no tienen éstos mas que rascarse la cabeza, según la expresión de
Horacio, y salen a la luz una porción de volúmenes, hasta encuadernados
ya en piel, ni más ni menos que Minerva saliera de la cabeza de Júpiter
armada de todas armas.
El Mediterráneo es un mar peligroso y falso, encantador y falaz como
Italia: las turbonadas son repentinas y terribles; en ellas las
tripulaciones blasfeman o invocan a San Telmo, según sean sus ideas...
Nosotros hemos sido sorprendidos navegando en estas pérfidas aguas en
embarcación extranjera y hemos pensado con los españoles, que escapar es
un milagro. La hilaridad producida en presencia del guirigay, confusión
y procedimientos de los lobos de mar, estaba muy lejos de disipar los
temores presentes y futuros. Algunos de nuestros infelices marinos, en
un caso de guerra, puede que no escapen a la suerte con que les amenaza
este lago francés. Ningún turista sensato deberá hacer el viaje por mar
si puede hacerlo por tierra, tanto más cuanto que contemplar las costas
de España con un anteojo desde la cubierta y pasar algunas horas en un
puerto no es una manera muy satisfactoria de conocer el país.
Las carreteras de España, asunto muy importante para el viajero, son
algo de lujo moderno, pues sólo se empezaron a construír con regularidad
en tiempo de los Borbones. Los árabes y los españoles, que viajan a
caballo y no en coches, tienen suficiente con las magníficas calzadas
que los romanos construyeron en toda la Península: hay lo menos
veintinueve de primer orden, que eran absolutamente indispensables a una
nación de conquistadores colonizadores para mantener sus comunicaciones
militares y comerciales. La más importante de todas, que, como la Vía
Appia, puede llamarse Reina de los caminos, es la que va desde Mérida,
capital de Lusitania, hasta Salamanca. Fué trazada como una muralla
ciclópea, y los restos que de ella se conservan con su línea gris
granítica, serpenteando a través del yermo fragante, semejan las
vértebras de un mammut. Hemos seguido unas cuantas leguas su trazado,
que se descubre por las columnas miliarias que emergen de los jarales;
aquí y acullá algunos árboles frondosos crecen en el pedregoso suelo, y
demuestran el tiempo que aquellos lugares están abandonados a la
Naturaleza, que recobra sus derechos desplazando y removiendo los
enormes bloques. Festonea las ruinas con guirnaldas de flores y
enredaderas, y disimula las grietas y las huellas del tiempo inmemorable
o de la negligencia humana como una doncella bonita adorna con diamantes
a una marchita viuda. Los arrieros españoles caminan a lo largo de
ellas, pero bordeándolos por veredas trilladas en la arena o los
guijarros, como si se avergonzaran de pasar por el centro o consideraran
que no era necesario un camino tan ancho para su modesto tráfico. Muchas
de estas calzadas fueron destruídas por los frailes para edificar
conventos, por los burgueses para labrar sus casas o por los militares
para levantar fortificaciones: de todos modos, no quedan restos de casi
ninguna.
Los caminos medievales de España fueron obra del clero, y aquí, como en
muchas partes, los barbudos frailes fueron los exploradores de la
civilización; ellos hicieron recto, amplio y fácil el camino que
conducía a su convento, a su residencia principal, su milagrosa
reliquia, o a cualquier punto de peregrinación que se ofrecía a los
devotos: el comercio se combinaba con la devoción, y la codicia con el
amor de Dios. Esta imitación de la práctica oriental que es costumbre en
la Meca, la confirma la palabra española _feria_, que significa al mismo
tiempo fiesta religiosa y día de fiesta. Aun los santos accedieron a ser
protectores de caminos y tomar título de alguno de primer orden. Por
ejemplo, Santo Domingo de la Calzada se llamó así por haber sido el
primero en trazar un camino que atravesaba una parte de Castilla la
Vieja en beneficio de los peregrinos hacia Compostela; y también esta
ciudad lleva el mismo honroso título.
Este hecho y su leyenda proporcionaron a Southey asunto para un romance
festivo. Habiendo el santo terminado su jornada se hospedó en una posada
o venta cuya Maritornes enamoróse de un hermoso peregrino, el cual
resistió la tentación. Despechada ella deslizó unas cucharas en la
alforja del nuevo José, que acusado de robo fué arrestado por el alcalde
y ahorcado en el acto. Algún tiempo después, sus padres pasaron por
donde estaba el cuerpo y oyeron que les llamaba y les decía que era
inocente y que estaba vivo y sano por mediación del santo ingeniero; en
consecuencia, inmediatamente se dirigieron a casa del feroz alcalde para
proceder contra él. En aquel momento el hombre se disponía a engullir
dos aves asadas, y al oír la queja de los que llegaban dijo, señalando
a su vianda: Lo mismo podéis decir que este gallo cacarea. En el momento
el gallo cacareó y fué llevado a la catedral con su gallina. Desde
entonces todos los años cría dos pollos esta respetable pareja, de la
cual cualquier viajero ornitólogo aseguraría que era propia para el
Jardín Zoológico. El gallo y la gallina fueron conservados
cuidadosamente junto al altar mayor y con sus plumas blancas adornaban
el sombrero los peregrinos. Los viajeros prevenidos deberán, sin
embargo, poner entre sus provisiones un par de pollos comunes, porque se
dice que el hambre camina hacia _Logroño_.
En este país de milagros, anomalías y contradicciones, las carreteras de
Compostela son hoy detestables. En otras provincias de España llaman a
la Vía Láctea el _Camino de Santiago_, pero los gallegos, que saben por
experiencia que los suyos son los peores del mundo, llaman a la Vía
Láctea _El Camino de Jerusalén_, cosa que seguramente no es. Los poetas
antiguos atribuían este fenómeno a algunas gotas de leche derramadas del
pecho de Juno.
Los caminos de Galicia, a pesar de la protección de Santiago--substituto
del romano Hermes--, al igual que la Vía Láctea en el cielo tienen muy
poco que agradecer a los cuidados humanos. El deán de Santiago, en
virtud de su cargo y dignidad, es el encargado de su custodia y su
protector especial. Pero el capítulo se preocupa más bien ahora de
suavizar el paso hacia un mundo mejor, habiendo así degenerado con
respecto a sus antepasados, cuyo principal objeto era construír vías
para los peregrinos; desde la desaparición de las ofrendas de los
Hadjis[18] poco o nada se ha hecho en esta ruta de los portazgos.
Algunos de los más hermosos caminos de España conducen a los reales
sitios o residencias particulares del rey o serpean alguna montaña
elevada con un monasterio en la cumbre, como Montserrat. Se tenía en
cuenta la comodidad del déspota, haciendo caso omiso de la de los
súbditos; el sultán era el Estado, España su dominio y los españoles sus
siervos, y todos sometidos igualmente, pues, como en Oriente, la
perfecta igualdad entre unos y otros era resultado de la inmensa
superioridad del señor. Así, mientras él corría rápidamente al trote de
un hermoso tronco, por un camino tan firme y llano como una bolera,
hacia una residencia de verano, la comunicación entre Madrid y Toledo,
la ciudad que alumbrara el sol el mismo día que Dios le creó, es una
vereda con una cuarta de barro en invierno y una nube de polvo en
verano, y cuyo trazado cambió a gusto de los ganados y arrieros que
transitan por ella. Y es que la realeza de los Borbones nunca visita
esta capital viuda de los godos. El camino, por lo tanto, está lo mismo
que se construyó, si no antes de Adán, por lo menos antes de
Mac-Adam[19]. Ahora se trata de hacer una carretera que ya está
empezada; cuándo se terminará es cosa difícil de averiguar.
La Iglesia, que comparte con el Estado el Poder, siguió el ejemplo real
de mirar sólo a la propia comodidad en lo tocante a vías de
comunicación. Ni se podía esperar que en un país cálido, los
religiosos-hombres cuyo abdomen solía ser prominente y colgante,
trepasen como cabras por veredas pedregosas y areniscas, ni ascendiesen
a los montes, que parece tocan al cielo, con la misma ligereza que sus
plegarias. En España siempre se ha tenido más en cuenta el alma que el
cuerpo de los hombres o las patas de los animales. Considerando los
sufrimientos de estos cuadrúpedos, _máquinas de sangre_, como los
llaman, y aún más la indiferencia y el derroche de la vida de los
bípedos, parece como que un hombre no tiene ningún valor hasta después
de la muerte; pero entonces, ¡qué admirables artificios para un rápido
viaje de su alado espíritu, primero al purgatorio, para salir de allí de
nuevo, y luego, de etapa en etapa, conducirle al final de la jornada y a
un descanso bienaventurado! Más dinero se ha empleado así en misas que
hubiese costado llenar España de ferrocarriles, aun hechos con la
magnificiencia y derroche de los ingleses.
Volviendo a los caminos peninsulares, diremos que las líneas principales
están muy bien trazadas. Estas arterias geográficas, que forman la red
de comunicaciones del país, arrancan por lo común de Madrid, que es el
centro del sistema. El espíritu ingeniero de Luis XIV fué heredado por
sus descendientes españoles, y durante los reinados de Carlos III y de
Carlos IV se establecieron muchas comunicaciones entre la capital y las
principales ciudades. Estos _arrecifes_ y _caminos reales_ fueron
planteados casi con excesivo lujo en cuanto a anchura, sostenes y, en
general, en toda la ejecución. La carretera de La Coruña, especialmente
después de León, puede compararse con cualquiera de Europa. Cuando los
españoles hacen una cosa la hacen en grande, y, en este caso, el gasto
resultó tan enorme que el rey preguntó si se había empedrado de plata,
aludiendo a la corrupción española del viejo romance _vía lata_ en
_camino de plata_. Esta y algunas otras se construyeron hace cincuenta o
setenta años, y muchas, siguiendo el sistema de Mac-Adam, el cual ha
conseguido que los caminos de Inglaterra sean completamente otra cosa de
lo que habían sido antes de adoptarse tal sistema. La guerra de la
Península tendió a estropear las carreteras españolas, pues se
destruyeron puentes y otras obras de fábrica por conveniencias
militares. El estado lastimoso de la Hacienda y las revueltas constantes
han demorado las reparaciones costosas; sin embargo, las de primer
orden están tan bien construídas como al principio, y a despecho de las
injurias de la guerra, las rodadas y el abandono, pueden considerarse
tan buenas como muchas del continente y son mucho más agradables para el
viajero por no tener empedrado. Las carreteras en Inglaterra han
mejorado tanto últimamente y son tan a propósito para compararlas con
las de cualquier otra nación, que olvidamos que España hace cincuenta
años estaba mucho más adelantada en esto y en muchas otras cosas. España
ha permanecido firme en lo que en otros países se ha pasado; se ha
parado en su antiguo sistema, se ha aferrado al áncora del prejuicio,
mientras nosotros hemos progresado y, naturalmente, hoy aparece a la
zaga en muchas cosas que ella misma puso a la moda en Inglaterra.
Las carreteras reales comienzan en Madrid y van hasta las ciudades
fronterizas y los puertos. La capital puede compararse con una gran
araña, pues es el centro de la red de la Península. Estas líneas
divergentes en forma de abanico bastan para los que sólo tratan de ir a
un punto determinado; pero la comunicación interior entre unos sitios y
otros no existe en modo alguno. Esta escasez y especial condición de las
carreteras españolas explica los pocos lugares del país que son
usualmente visitados por los extranjeros, los cuales--en particular los
franceses--toman un camino trillado, la carretera, y la siguen unos
detrás de otros, como los gamos silvestres; visitan Burgos, Madrid y
Sevilla; después hacen una excursión en barco a Cádiz, Valencia y
Barcelona, y ya creen que han dado la vuelta a España. Luego llenan el
mundo con volúmenes, que repiten una y otra vez lo que ya sabemos,
mientras lo realmente rico y raro, lo desconocido y permanente, los
sitios hispanoárabes verdaderamente son pasados en silencio por todos,
excepción hecha de algún aficionado a aventuras pintorescas que, cual
nuevo Don Quijote, se arriesga por ellos.
Los demás caminos en España son malos, pero no mucho más que en otras
partes del continente, y pueden utilizarse de modo tolerable con tiempo
seco. De ellos, unos son practicables para carruajes y otros son
únicamente caminos de herradura, por los cuales no hay que pensar ni
pasar sino a caballo o a pie; cuando estas veredas son demasiado malas
se las compara a las sendas de perdices. Los atajos son rara vez
tolerables; lo mejor es procurar ir siempre por la carretera, pues, como
solemos decir en Inglaterra, el camino más largo es el que mejor nos
conduce a casa, y según reza el refrán español: _No hay atajo sin
trabajo_.