En las comarcas en donde las carreteras y los puentes son un lujo,

sirven los cauces para río en invierno y para camino en verano. En este

país de anomalías, así como hay ríos sin puentes, hay puentes que no

tienen río; el más notable de estos _pontes asinorum_ está en Coria,

donde se cruza el Alagón en una mala y a veces peligrosa barcaza,

mientras que a dos pasos, en unas praderas cercanas, se eleva un hermoso

y seco puente de cinco arcos. Según dicen, esto es consecuencia de que

en alguna inundación el río varió de cauce, _se salió de madre_[7],

dicen los españoles, los cuales no se preocupan mucho de ello, pues no

hacen ningún esfuerzo para que vuelva a cruzar por los arcos de aquél.

Invocan a Hércules para que cambie a este Alfeo y, entretanto, se

atienen al proverbio que dice: _Después de años mil vuelve el río a su

cubil_. Más adelante diremos algo acerca de la pesca en estos arroyos

errantes.

La navegación de los ríos españoles es oriental, clásica e imperfecta:

las barcas, barcazas y barqueros datan de la época medieval y son más

aprovechables artísticamente que para el comercio. El «gran río», el

Guadalquivir, que en tiempo de los romanos era navegable hasta Córdoba,

hoy es apenas practicable hasta Sevilla por barcos de vela de mediano

calado. Los pasajeros encuentran toda clase de facilidades concedidas

para los buques que hacen la travesía entre esta capital y Cádiz. Estas

ventajas, ni que decir tiene, son obra de Inglaterra, aun cuando el

primer barco de vapor que surcó los mares fuese invención española y se

botase al agua en Barcelona en 1543; pero el entonces ministro de

Hacienda era un rutinario oficinista y se opuso a proteger la invención

y no se volvió a hablar más del asunto. Los buques de vapor que hacen el

servicio del Guadalquivir son seguros. En nuestro tiempo siempre se

decía en los anuncios de salida de los vapores que se diría una misa

antes de zarpar en la herética invención, lo mismo que hoy, cuando se

inaugura en Francia un camino de hierro, las locomotoras de Birmingham

son rociadas con agua bendita y bendecidas por un obispo, lo cual puede

ser una «indirecta» para míster Hudson y el primado de York.

En Aragón se habla mucho del proyecto de hacer navegable el Ebro: este

año se han practicado algunos estudios por dos ingenieros, ingleses por

supuesto. Los periódicos locales comparan el asombro de los campesinos

al ver a estos individuos con el que ocasionaran Don Quijote y Sancho en

los mismos parajes con su aventura de la barca encantada.

Mucho se ha discutido también la comunicación entre Lisboa y Toledo

utilizando el Tajo. Este gran río, de que todos hablan porque en su

desembocadura se halla emplazada la capital del reino donde se produce

el vino de Oporto, es tan poco conocido en España y fuera de ella como

el Niger.

Hemos tenido la suerte de poder contemplarle en muchos sitios y observar

los distintos aspectos de su poético y pintoresco curso. Nos ha

encantado primero verde y rápido entre los amarillos trigales de

Castilla la Nueva; poco después, refrescando el encantador Tempe[8] de

Aranjuez, cubriendo sus jardines de verdura y vistiendo las enramadas,

donde anidan los ruiseñores; más tarde, precipitándose bullicioso por

las graníticas hondonadas del montañoso Toledo, como apresurándose por

escapar de las frías sombras de su profunda prisión y lanzándose alegre

a la luz y la libertad, para seguir su carrera por llanuras solitarias.

En Talavera sus aguas fueron teñidas con sangre de valientes y

alegremente reflejaron el brillo de las bayonetas triunfantes de

Inglaterra; desde aquí se desliza, bajo los ruinosos arcos de Almaraz,

hacia la desolada Extremadura en una corriente tan serena como el azul

del cielo que le sirve de dosel, pero bastante fuerte aún para forzar

los montes de Alcántara. Allí está el puente de Trajano, que merece

hacer un viaje de cien leguas para verle. El resiste la corriente

impetuosa en este punto y une las peñascosas gargantas; grande, sencillo

y sólido, descuella como el esqueleto del dominio romano con toda la

sensación de soledad y magnitud y el interés de lo pasado y lo presente.

Tales son los hermosos paisajes que hemos contemplado y diseñado; éstas,

las dulces aguas en que hemos mitigado nuestra sed y refrescado nuestros

miembros.

¡Qué austero, qué solemne, qué emocionante es el Tajo de España! No hay

ningún comercio establecido por medio de él; ningún buque inglés ha

civilizado sus aguas como las de otros ríos de Francia y Alemania. Sus

rocas han presenciado batallas, no escenas pacíficas; han reflejado

castillos y prisiones, no almacenes o muelles; pocas ciudades se han

edificado en sus orillas, como en las del Támesis y el Rin; es un río

verdaderamente propio de España, el país del aislamiento y la soledad.

Sus aguas no tienen barcos, sus orillas carecen de vida, nunca el

hombre ha puesto la mano en sus ondas ni ha esclavizado sus saltos,

libres e independientes.

Es imposible leer la maravillosa descripción del Danubio, de Tom

Campbell, antes que su poesía fuera enturbiada por el humo de nuestros

ubicuos barcos, sin aplicar sus líneas al salvaje Tajo:

«Yet have I loved thy wild abode,

unknown, unploughed, untrodden shore,

where scarce the woodman finds a road,

and scarce the fisher plies an oar;

for man’s neglect I love thee more,

that art nor avarice intrude

to tame thy torrent’s thunder shock,

or prune the vintage of thy rock,

Magnificently rude!»[9].

Como los ríos en estado natural son algo muy raro en Gran Bretaña se nos

disculpará que nos extendamos, demasiado quizá, en la descripción de

éste, tanto más cuanto que con ello he de contribuír al conocimiento del

carácter español y a la explicación de las _cosas de España_, que es el

objeto principal de estas pobres páginas.

El Tajo nace en aquel extraordinario revoltillo de montañas, lleno de

restos fosilizados, ricas en plantas y truchas, que están situadas entre

Cuenca y Teruel, y que como son casi completamente desconocidas están

clamando por los discípulos de Isaac Walton y del doctor Buckland.

Desemboca en el mar por Lisboa, después de un recorrido de 375 millas en

España, de la cual, por disposición de la Naturaleza, parece destinado a

ser la principal arteria. Los cronistas toledanos derivan su nombre de

Tagus, quinto rey de Iberia, pero Bochart lo hace de _Dag_, Dagón[10],

un pez, porque además de considerar al río aurífero, los antiguos lo

declararon abundante en pesca, aunque a los actuales españoles tanto se

les da de los peces como si fueran cocodrilos. Ciertamente se suelen

encontrar granos de oro en el río (aunque apenas los suficientes para

mantener a un poeta) por unos pobres medio anfibios, llamados

_artesilleros_, a causa de las cestas que usan y en las cuales recogen

la arena, que luego pasan por un cedazo.

El Tajo podría sin dificultad hacerse navegable y, con el Jarama, poner

en contacto Madrid y Lisboa y facilitar la importación de los productos

coloniales y la exportación de vinos y granos. La realización de tal

idea reportaría más beneficios a España que diez mil constituciones

garantizadas por la espada de Narváez y por la palabra de Luis Felipe.

La forma de llevarla a cabo ha sido estudiada por algunos _extranjeros_,

perezosamente contemplados por los toledanos; en 1581, un napolitano,

Antonelli, y Juanelo Turriano, milanés, presentaron el proyecto a Felipe

II, dueño entonces de Portugal; pero se necesitaba dinero--la historia

de siempre--y sus rentas estaban empleadas en trasladar reliquias y en

edificar el inútil Escorial. No se hizo nada más que algunos paseos por

el río y odas al «sabio y gran rey», que _iba_ a realizar la gran obra,

cantando aquello de las brujas de Macbeth, _Lo haré, lo haré, lo haré_,

pues en esta tierra el futuro es siempre preferido al presente. El

proyecto durmió hasta 1641, en que otros dos _extranjeros_, Julio

Martelli y Luis Carduchi, en vano despabilaron de su siesta a Felipe IV.

Este perdió poco después Portugal y, en consecuencia, olvidó por

completo el Tajo. Transcurrida otra centuria, en 1755, Ricardo Wall, un

irlandés, tomó la cosa por su cuenta; pero Carlos III, ocupado en

sostener las guerras de los franceses contra Inglaterra, necesitaba el

dinero para aquella empresa.

El Tajo, desde entonces, corre rugiendo por su rocoso cauce, como un

potro salvaje, riéndose de los toledanos, que pasean soñolientos en las

riberas impracticables invocando a Brunel[11], Hércules y Rothschild, en

lugar de arrimar el hombro a la turbina. En 1808 se resucitó el

proyecto: Fray Xavier de Cabañas, que había aprendido en Inglaterra

nuestro sistema de canales, publicó un estudio sobre el río: _Memoria

sobre la navegación del Tajo_, Madrid, 1829; parece el libro azul que

descubriera las fuentes del Nilo; tan semejantes al desierto son las

incultas comarcas que están situadas entre Toledo y Abrantes. Fernando

VII imprimió un decreto encontrando de utilidad el proyecto, y así

terminó la cosa, a pesar de que Cabañas había entablado tratos con los

señores Wallis y Mason para adquirir maquinaria, etcétera. Recientemente

ha vuelto a poner sobre el tapete el mismo asunto una persona muy

inteligente, el Sr. Bermúdez de Castro, que, por haber residido mucho

tiempo en Inglaterra, está penetrado del sistema y energía de los

extranjeros. _¡Veremos!_, puede decirse. La esperanza es buen desayuno,

pero mala cena, dice Bacon, y, como reza el proverbio, _En España, se

empieza tarde y nunca se acaba_.

Capítulo IV.

Para la división de la Península por las montañas, los ríos y el clima,

puede, desde luego, sentarse un principio fijo, pues está basado en las

leyes inmutables de la naturaleza. No así para la artificial y política

en reinos y provincias, que es obra del capricho, con total ausencia de

plan.

Estas divisiones provinciales se formaron por la unión gradual de

comarcas pequeñas e independientes en otro tiempo, que forman el

conjunto de España, como los inconvenientes condados constituyen el

reino de Inglaterra. Para contrarrestar los inconvenientes que resultan

de este flujo y reflujo de las diferentes mareas que aquejan a los

asuntos de los hombres y de estas fronteras no determinadas por el

agrimensor armado de teodolito, el uso ha procurado algún remedio y la

costumbre ha hecho a los habitantes determinar divisiones más lógicas

que los nuevos arreglos, y que se apoyan en principios geográficos y

estadísticos.

Los franceses, durante su gobierno intruso, se horrorizaban ante este

«caos administrativo», esta aparente irregularidad, e introdujeron su

sistema de _departamentos_, mediante el cual las regiones fueron

encasilladas hábilmente y el país arreglado como si fuese un tablero de

ajedrez y los españoles los _peones_, cosa que no es ciertamente este

pueblo de los _caballeros por excelencia_, como ellos se titulan; ni

tampoco en este paraíso de la iglesia militante se pueden calcular con

visos de certeza los pasos de cada obispo o caballero, pues rara vez

acostumbran a volver mañana por el camino que anduvieron ayer.

En consecuencia, y aparte lo especioso de la teoría, se vió que no era

cosa fácil llevar a la práctica la idea de la división en departamentos:

la individualidad se rió de la solemne falta de sentido de los pedantes

intrusos que querían clasificar a los hombres como los helechos y los

mariscos. El fracaso de esta tentativa de reformar antiguas

demarcaciones y reunir poblaciones antitéticas, fué total y completo.

Por lo tanto, apenas el duque hubo limpiado la Península de doctrinarios

e invasores, ya el León de Castilla había sacudido sus papeles de sus

melenas, y, al igual que los italianos, en quienes se hizo el mismo

ensayo, vuelto a su antigua división, la cual, si bien defectuosa en

teoría y fea y molesta en el mapa, es lo considerado más práctico por la

costumbre. Recientemente, y a despecho de esta experiencia, una de las

muchas innovaciones, reformas y molestias transpirenaicas, la Península

se ha dividido nuevamente en cuarenta y nueve provincias, en vez de los

antiguos trece reinos, principados y señoríos; pero ha de transcurrir

mucho tiempo antes de que pueda borrarse el hábito de esta división, que

nació con el desarrollo de la monarquía y está grabado en la memoria del

pueblo.

Los aficionados a detalles estadísticos deben consultar las obras de

Pérez, Antillon y otros, considerados por los españoles como autoridades

en estas dilatadas materias, más propias para ser tratadas en un anuario

o un manual que para volúmenes como éste de lectura menos grave; y,

seguramente, las páginas de los respetables españoles arriba nombrados

son más pesadas que las carreteras de Castilla, donde no se encuentra un

arroyuelo, el alegre compañero que refresca el polvoriento camino, ni se

ve una flor por casualidad, ni se oye el canto de un pájaro: «secas como

las migajas de las galletas después del viaje».

Los trece reinos tienen nombres grandes e históricos; son propios de un

país viejo y monárquico, no de una flamante y vulgar democracia sin

hechos de renombre. Llenan la boca al nombrarlos y sugieren mil

reflexiones sobre los tiempos más gloriosos del poder floreciente de

España, cuando eran gigantes en el mundo, no pigmeos con _paletot_ de

París, cuya única ambición es imitar al extranjero y rebajarse y

desnacionalizarse a sí mismos.

Primeramente y ante todo se presenta _Andalucía_, coronada con una

cuádruple tiara, pues el nombre _Los cuatro reinos_ es sinónimo de ella.

Son esos reinos los de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada, nombres que por

sí solos tienen un indecible encanto. En segundo lugar viene el reino de

_Murcia_ con sus minas de plata, sus palmeras y barrilla. Después

aparece el gentil reino de _Valencia_, todo sonrisas, con sus frutas y

su seda. El principado de _Cataluña_, serio y feroz, mira ceñudo a su

encantador vecino. En él se levanta la humosa chimenea de la fábrica;

aquí se teje el algodón; el vicio y el descontento tienen su cuna y se

traman revoluciones. El orgulloso y testarudo reino de _Aragón_ se

extiende al oeste de este Lancashire de España, y al este del reino de

Navarra, que se interna en los Pirineos con sus verdes valles. Las tres

_Provincias Vascongadas_, que también limitan con él, son llamadas

solamente _El Señorío_, pues el rey de las Españas es sólo señor de esta

libre cuna de los invencibles descendientes de los primeros habitantes

de la Península. Aquí se habla mucho de bueyes y de fueros o

privilegios, pues las gentes de esta región, cuando no se ocupan en

labrar la tierra, por el mero hecho de haber nacido allí, son

partidarios de la lucha y de defender sus derechos espada en mano.

_Castilla_ adorna con dos coronas las sienes reales, a saber: la de la

Vieja, donde nació la monarquía, y la de la Nueva, conquistada después a

los moros. La parte novena es la desolada _Extremadura_, que sólo tiene

el título de provincia y está poblada de langosta, ganados trashumantes,

cerdos, y aquí y acullá algún bípedo humano. _León_, reino muy honrado

en otro tiempo, se extiende más arriba, con sus llanuras de cereales y

sus venerables ciudades, hoy silenciosas como tumbas, pero antaño teatro

de la caballería medieval. El reino de _Galicia_ y el principado de

_Asturias_ constituyen el litoral del oeste y forman el malecón de

España contra el Atlántico.

No es cosa fácil averiguar la población exacta de un país, mucho menos

de uno donde no existen registros públicos. En términos generales, las

gentes, que encuentran pocos encantos en el estudio de la estadística y

economía política, consideran como de mal agüero cualquier tentativa

para contarlos. «Contar la gente» era un crimen en Oriente, y en España

se encuentran muchas dificultades morales y materiales para hacer un

censo. Así, mientras algunos escritores con estadísticas fantásticas

esperan halagar a los Poderes públicos exagerando brillantemente la

fuerza nacional--«alardear de ella, dice el duque, es la debilidad

nacional»--, la mayoría, suspicaz, por otro lado, está dispuesta a

ocultar y disfrazar la verdad. Por nuestra parte siempre pondremos en

entredicho lo que oigamos acerca de población, comercio o rentas de

España en el presente o en el pasado. Las clases elevadas tenderán a

presentarlo todo floreciente con objeto de engrandecer a su país, y los

pobres, por el contrario, se inclinarán a ver las cosas siempre peor de

lo que en realidad son. Nunca proporcionarán un dato, siquiera sea

indirectamente, que sirva para hacer empadronamientos o reclutas.

La población y la renta se han exagerado generalmente y de todas las

notas se debe descontar algo; al presente se puede calcular la población

en unos once o doce millones de almas, con paulatina tendencia al

aumento. Es una cifra bien baja para un país tan extenso y que, según

datos fidedignos, en tiempo de los romanos estuvo habitado por enorme

multitud de habitantes industriosos y trabajadores como hormigas;

ciertamente, el período más largo de tranquilidad y gobierno fijo que

este desgraciado país ha tenido fué durante las tres centurias en que

era incontestable el poderío de Roma. En esta época rara vez se

encuentra la Península nombrada por los autores, y esto es una prueba de

su felicidad, pues en las sangrientas páginas de la Historia sólo se

registran grandes calamidades, plagas, pestes, guerras, batallas o

fenómenos de la Naturaleza, ante los cuales los ángeles lloran.

Seguramente una de las causas que han contribuído a cambiar este estado

de cosas ha sido las numerosas y terribles invasiones a que España ha

estado expuesta; su belleza y su clima han causado su desgracia, pues

han atraído siempre la codicia del extranjero. Los godos, que tienen en

España peor nombre del que en realidad merecieron, fueron arrojados por

los árabes, los verdaderos destructores, ciertamente, quienes trajeron

al obscuro occidente el lujo, el arte y las ciencias orientales, sin

tener nada que aprender del conquistado; para ellos no fué el godo un

maestro como para éste lo fuera el romano; ellos despreciaban a sus

antecesores, con cuyas necesidades y trabajos no simpatizaban, al tiempo

que odiaban su doctrina considerándola como idólatra y politeísta,

acabando con todos los altares e imágenes. No hubo ciudad, por bella que

fuese, que no destruyeran; exterminaron, dicen los anales, hasta las

aves.

Los godo-españoles, en el transcurso del tiempo, se vengaron y

combatieron a los invasores con sus mismas armas, aventajándoles en la

destrucción, que éstos les enseñaran. Los efectos de estas guerras

emprendidas sin organización, sin cuartel y sostenidas por el país y la

religión, fueron marcadísimos en aquellas partes de España que tuvieron

por teatro. En consecuencia, grandes extensiones de Extremadura, el sur

de Toledo y Andalucía, que naturalmente son de lo más fértil y rico del

mundo, están hoy convertidas en _dehesas y despoblados_, patrimonio

exclusivo de las abejas; todo el país está lo mismo que si acabasen de

ser derrotados los moros. Las antiguas crónicas de españoles y

musulmanes abundan en relatos de los saqueos que se infligían unos a

otros y a los cuales estaba siempre expuesta cualquier comarca

fronteriza. El objeto de estas _guerrillas_ limítrofes era la

destrucción: _talar, quemar y robar_, el «pillaje», las «razzias»[12].

La lucha sanguinaria se sostenía por rivalidades de nación y de

creencias. La cosa era verdaderamente oriental y tal como la describe

Ezequiel, que también conoció a los fenicios: «Id tras él a través de la

ciudad y destruíd; que ni vuestros ojos ni vuestro corazón tengan

piedad; matad a todos, jóvenes y viejos, muchachas, y niños y mujeres».

El deber religioso de acabar con el infiel excluía la misericordia en

ambos campos, porque las católicas cruzadas eran imagen exacta de las

musulmanes _algara_ y _algihad_, en tanto que las razones militares

empujaban a convertir todo en un desierto, con objeto de crear una

frontera edomita de miseria y desolación, una llanura defensora, a

través de la cual ningún ejército invasor pudiera pasar ni vivir, puesto

que «sólo se criaban en ella las bestias del campo». La Naturaleza, de

tal modo abandonada, reclamó sus derechos y borró toda huella del

anterior cultivo, y las comarcas que fueron granero de romanos y árabes

ofrecen hoy el más triste contraste con aquella antigua industria y

prosperidad.

A estos horrores sucedieron otros ocasionados por la política y el

fanatismo: la expulsión de los judíos dejó a España sin banqueros y la

de los moriscos, últimos restos de los árabes, la privó de sus más

hábiles e industriosos agricultores.

En nuestros tiempos ha sido renovado nuevamente el espectáculo de las

fatales contiendas entre moros y cristianos con la lucha por la

independencia contra los invasores bonapartistas, los cuales no

respetaron edad ni sexo, ni cosas sagradas o profanas; la ruina reina

por todo el país: un vandalismo de pocas horas bastó para deshacer la

obra de varias edades de piedad, abundancia, instrucción y buen gusto.

La retirada de los franceses fué peor que el avance; furiosos por el mal

éxito y los desastres sufridos, los Soult y los Masséna desahogaron su

despecho sobre los indefensos campesinos y sus caseríos. Dejemos al

general Foy relatar sus proezas: «Ainsi que la neige précipitée des

sommets des Alpes dans les vallons, nos armées innombrables détruisaient

en quelques heures, par leur seul passage, les ressources de toute une

contrée; elles bivouaquaient habituellement, et à chaque gîte nos

soldats démolissaient les maisons bâties depuis un demi-siècle, pour

construire avec le décombres ces longs villages alignés qui souvent ne

devaient durer qu’un jour: au défaut du bois des forêts les arbres

fruitiers, le végétaux précieux, comme le mûrier, l’olivier, l’oranger,

servaient à les réchauffer; les conscrits irrités à la fois par le

besoin et par le danger contractaient _une ivresse morale_ dont nous ne

cherchions pas à les guérir»[14].

«So France gets drunk with blood to vomit crime,

and fatal ever have her saturnalia been».[15]

¿Quién puede dejar de comparar estas costumbres de las legiones de

Buonaparte con la descripción que hace Hosea del «grande y fuerte

pueblo» que ejecutó los terribles juicios de Dios? «El fuego devoraba

todo a su paso y detrás dejaban ardiendo la llanura; el país antes de

llegar ellos es el jardín del Edén, después, un yermo desolado, y más

aún; nada debe escapar».

Apenas los intrusos fueron batidos por el duque, la población empezó a

rehacerse, como las aplastadas florecillas se levantan después que el

talón de hierro de las hordas las ha hollado. Luego surgieron las

guerras civiles, que limpiaron el país de varones y de cuya sangría aun

no se ha repuesto España. La falta de seguridad de personas y haciendas

son siempre una rémora para el matrimonio y el aumento de población.

Una calamidad más profunda y permanente ha obrado sin tregua en España

durante las dos últimas centurias; pero los autores españoles no se han

atrevido a hacer alusión a ella. Atribúyese la despoblación de

Extremadura a la multitud de individuos descendientes de Cortés y de

Pizarro que marchan al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y creen que la

misma necesidad y el deseo de aventuras empujan hacia América a los

habitantes de Cádiz y Sevilla. Pero la colonización nunca debilita a un

Estado vigoroso y bien acondicionado; ejemplo, el rápido y diario

aumento de población en nuestra propia isla, la cual, lo mismo que

antiguamente Tiro, constantemente envía fuera millares de hombres y en

casi todos los mares mece en las amplias alas de su flota mercante las

bendiciones de paz, religión, libertad, orden y civilización, cumpliendo

la misión de extenderlas que se ha impuesto la Gran Bretaña.

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 3 / 16 段