El viajero se engaña muchas veces por el bajo nivel aparente de las

montañas nevadas, como el Guadarrama; y es que hay que añadirles la gran

elevación de sus bases sobre el nivel del mar. El palacio del Escorial,

emplazado en una especie de llano al pie mismo del Guadarrama, está

situado a 2.725 pies sobre Valencia; y la residencia veraniega de los

reyes en _La Granja_, en la misma cordillera, está 30 pies más alta que

la cima del Vesubio. Esto, en verdad, es un castillo en el aire, un

_château en Espagne_, digno del mayor potentado de Alemania, que es la

dueña de aquel elemento, como Inglaterra lo es del mar.

La temperatura media de la meseta central de España es de 15° Reaumur,

mientras que la de la costa llega a 18 ó 19°, aparte de la protección

contra los vientos fríos que le proporciona las montañas que la guardan.

No se engaña menos el viajero que con la altura de las montañas

interiores, con las campiñas y mesetas llanas. La vista alcanza un

vastísimo espacio limitado por el horizonte o por una línea lejana de

sierra; este espacio, que parece un desierto plano, está interrumpido

por profundos _barrancos_, en los cuales se agrupan algunos pueblos y

corren _arroyos_ completamente inadvertidos. Otro efecto digno de tener

en cuenta de esta planicie central es la completa oquedad y el

enrarecimiento del aire, que suele ser muy perjudicial para los

extranjeros; la puesta del sol, que es muy tentadora en un país cálido,

produce fácilmente oftalmías, irritaciones intestinales e inflamaciones

y trastornos pulmonares y de otros órganos vitales. Estas causas pueden

producir la _pulmonía_, enfermedad que en pocos días acaba con el

individuo y que es la plaga de Madrid. El viento helado del Guadarrama

sorprende al incauto en las encrucijadas de las calles que arden bajo un

sol abrasador. ¿Es de extrañar, pues, que esta capital sea tan malsana?

Una persona que da un paseo higiénico, cruza con los poros abiertos por

una cámara frigorífica viniendo de una estufa, se resfría, y el

resfriado presenta al médico español, quien, a su vez, no tarda en

presentar al funerario.

Como los Pirineos ofrecen un interés europeo en estos momentos en que el

Napoleón de la paz pretende anular su existencia, que retó a Luis XIV y

a Buonaparte, no estará de más dar algunos detalles acerca de ellos.

Esta barrera gigantesca que separa España de Francia tiene semejanza con

el espinazo que baja de Tartaria y Asia. Se extienden mucho más allá de

la cadena transversal, pues las montañas de las Provincias Vascongadas,

de Asturias y Galicia, son continuación suya. Los Pirineos, propiamente

dichos, van de este a oeste en una extensión aproximada de 270 millas,

alcanzando las mayores proporciones en las partes centrales, donde el

ancho tiene hasta 60 millas y la altura excede de 11.000 pies. Las

estribaciones de este espinazo atraviesan por ambos lados los valles,

saliendo de él como las costillas. El núcleo central se inclina

gradualmente del este al gentil Mediterráneo, y por el oeste, al fiero

Atlántico, en ondulaciones largas y desiguales.

Esta cordillera era llamada por los romanos _Montes_ y _Saltus Pyrenei_,

y por los griegos, Πνρηνη, probablemente por alguna palabra ibérica que

ellos--cogiéndola al oído sin atender al significado--relacionaban con

su Πυρ, y para afirmar su errónea derivación forjaron una leyenda que

casara con el nombre. En ella, unos atribuían el origen de éste a _un

fuego_, mediante el cual se descubrieron algunos metales preciosos, y

otros, a que las cimas por su gran elevación eran perfectamente batidas

por los rayos y dislocadas por los volcanes. Según los iberos,

Hércules, en su viaje para _robar_ sus ganados a Gerión, fué recibido

con amable hospitalidad por Bebryx, una especie de gobernador secundario

de estas montañas; entonces el semidiós se emborrachó y violó a la hija

de su huésped, _Pyrene_, la cual murió de pesadumbre; y Hércules, cuando

se despejó, pesaroso de su acción, hizo resonar por toda la cordillera

el nombre de ella. Esta leyenda, como otras muchas en España, está por

confirmar. Los fenicios llamaban a estas montañas _Purani_, por sus

bosques, pues en hebreo _Pura_ significa madera. Los vascos también

tienen su etimología, diciendo unos que la verdadera raíz es _Biri_,

elevación, mientras otros prefieren _Bierri enac_, «los dos países», los

cuales, separados por la sierra, fueron gobernados por Túbal. Pero

cuando los españoles comienzan a hablar de Túbal, el mejor partido es

cerrar el libro.

La _Maladetta_ es el pico más alto, a pesar de que el _Pico del

Mediodía_ y el _Canigú_ se han considerado mucho tiempo como los de

mayor elevación, pues como se alzan rápidamente desde una llanura,

parecen más altos de lo que son; pero ya han sido destronados estos

usurpadores franceses. Vista de lejos la cordillera parece ser una línea

de montañas con muchas alturas interrumpidas, que, en realidad, son dos

líneas distintas, paralelas y no continuas. La que está delante es la

que comienza en el Océano y avanza lo menos 30 millas más hacia el sur

que la línea correspondiente, que comienza en el Mediterráneo. El

centro es el punto de dislocación, y aquí la red de ramificaciones

aparece más intrincada, como que es la clave del sistema, el cual está

afianzado por _las tres Sorellas_: _Monte Perdido_, _Cilindro_ y

_Marboré_. Las fuentes del Garona se hallan en este punto; la

perspectiva del paisaje es magnífica y los valles laterales son los más

extensos. En las estribaciones menores también hay valles por los cuales

corren algunos ríos: el Ebro, el Garona y el Bidasoa se alimentan en los

manantiales de estas montañas. Estos tributarios son generalmente

llamados en Francia _gaves_[4], y en la parte española, _gabas_. Pero

_gav_ significa _río_, y puede ser hallado en nuestro _Avon_; Humboldt

lo deriva del vasco _gav_, «_caverna_ o _cueva_». La corriente de estas

aguas al norte o al sur marca la línea divisoria entre Francia y España;

sin embargo, parte de _Cerdaña_ pertenece a Francia, mientras que _Aran_

es de España, con lo que resulta que cada país tiene un pie en el

territorio vecino. Es raro que esto no se arreglase mediante un cambio

cuando se discutió la cuestión de límites entre Carlos IV y la República

Francesa.

La mayoría de los pasos de esta barrera alpina son impracticables para

carruajes, y continúan en el mismo estado que en tiempos de los árabes,

quienes llamaban a la cordillera pirenaica _Albort_, del latín _Portæ_,

la sierra de los «puertos». Muchos de ellos sólo son conocidos de los

naturales del país y de los contrabandistas; gran parte del año están

cerrados a causa de la nieve, y aun en verano son peligrosos por las

nieblas y los fortísimos huracanes. Las dos líneas de comunicación

mejores están en ambos extremos: la del oeste por Irún y la del este por

Figueras.

Los Pirineos españoles ofrecen pocos atractivos a los aficionados a las

comodidades de la ciudad; pero el paisaje, el aliciente de las

excursiones, la geología y la botánica son verdaderamente alpinos y

compensarán con creces a los que se atrevan a «pasar trabajos» viajando

por ellos. El contraste que presenta la parte española, poco

frecuentada, con la opuesta es notable. A pesar de ser ésta más abrupta

y más castigada por la nieve, los muchos establecimientos de baños de

los Pirineos franceses son muy frecuentados y están llenos de caminos,

diligencias, hoteles, caseríos donde se puede hacer alto para comer,

_cicerones_, borriquillos de alquiler, etc., etc. Todo esto para los

bobos de París que se pasan la vida decantando las excelencias de los

verdes campos y de los _belles horreurs_; pero que no suelen alejarse

mucho.

En pocas partes se dará una prueba más evidente de falta de gusto y de

amor a lo bello y elevado--dice Mr. Erskine Murray--que en los Pirineos

franceses, donde la mayor parte de la gente desconoce en absoluto la

belleza de sus montañas, las cuales han sido exploradas principalmente

por los ingleses, que aman la Naturaleza con alma y vida y la admiran lo

mismo en sus formas más sencillas que en las más salvajes y bravías. Sin

embargo, en la parte norte no es difícil encontrar algunas comodidades y

facilidades para el turista; es más, los inválidos y las señoras que

buscan lo pintoresco pueden ascender a la _Brèche de Roland_. Apenas se

pasa la frontera la cosa cambia de aspecto por completo, en cuanto a

facilidades y medios de locomoción. Agrio es el saludo primero del «duro

país de Iberia», escaso el alimento, así corporal como espiritual, y

difícil el acomodarse, lo mismo las personas que los animales; y todo

esto, sencillamente porque no hay costumbre de que nadie viaje; ningún

español va a los Pirineos por gusto. De aquí que sea una comarca

entregada a los contrabandistas y cabras monteses.

La falta de curiosidad oriental por las _cosas_, las piedras viejas,

los paisajes agrestes, etc., se une aquí a las razones políticas y al

miedo. El vecino, desde los celtas hasta nuestros días, ha sido siempre

codicioso, saqueador y el terror de España; sus _tretas de zorro_, fuego

y rapiña, son demasiado numerosas para ser disimuladas o borradas y

demasiado terribles para que puedan olvidarse: la venganza se convierte

en un deber sagrado. Por más que hayan cambiado los gobiernos, la

política de Francia es inmutable. La perfidia unida a la violencia _ruse

doublée de force_ es el programa desde Luis XIV y Buonaparte[5] hasta

Luis Felipe. El principio es el mismo aun cuando el instrumento empleado

haya sido unas veces la espada y otras el anillo de boda. La débil

España se ha visto unida a su vecina, más fuerte, que la ha hecho

víctima de sus engaños y manejos, la ha degradado hasta convertirla en

un mero satélite y la ha arrastrado tras el fiero Marte. Francia la ha

obligado siempre a sufrir sus desgracias; pero nunca la ha hecho

partícipe de sus éxitos; la ha uncido al carro de sus derrotas, pero no

la ha permitido montar en el de sus triunfos. Su amistad ha tenido

siempre la tendencia de desnacionalizar España, y perpetuando la forzada

enemistad de Inglaterra le ha causado la pérdida de sus barcos y de sus

colonias del Nuevo Mundo.

«La frontera pirenaica--dice el duque de Wéllington--es la más

vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia, siempre ha

procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las

insurrecciones y _pronunciamientos_ en Cataluña, porque la enfermedad de

España es la ocasión de ellos, y, sin embargo, el resto de Europa suele

creer a España fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los

Pirineos.

En tanto que Francia ha cultivado sus medios de aproximación y de

invasión, España, para quien el pasado es una profecía del futuro, ha

aumentado los obstáculos y ha dejado su barrera protectora tan quebrada

y hambrienta como lo hubiera hecho su divinidad tutelar. Los habitantes

de estas montañas no son más asequibles que sus fortalezas de granito.

Están pobladas por contrabandistas, cazadores furtivos y toda clase de

individuos que viven fuera de la ley; aquí se cría el campesino duro,

que, habituado a escalar picachos y a luchar con los lobos, es materia

perfectamente dispuesta para formar un _guerrillero_; y ningún enemigo

fué nunca más terrible para Roma y Francia que los adiestrados en estos

riscos por Sertorio y Mina. Apenas truena el toque de alarma, de cada

roca, de cada matorral, surge un enjambre de hombres armados que, como

son lo peor de cada casa, se juegan la vida sin reparo. El odio al

francés, que, según el duque, «forma parte de la naturaleza española»,

parece aumentar en razón directa de la proximidad, pues cuanto más se

acercan más rozamientos se ocasionan; es la antipatía que produce lo

antitético, la incompatibilidad del triste y torpe con el listo y

activo; del orgulloso, sufrido y asceta, con el vano, voluble y sensual;

del enemigo de toda innovación y cambio, con el apasionado de las

variaciones y novedades. Por mucho que se empeñen los embaucadores que

auguran en las doradas galerías de Versalles que _Il n’y a plus de

Pyrénées_, esta pared medianera de los Alpes, esta barrera cubierta de

nieve y azotada por los huracanes existe y existirá siempre. Colocada

aquí por la Providencia--dijo San Isidoro--ha evitado y evitará en el

porvenir las proclamas de una alianza antinatural, como en los días de

Silius Italicus:

«Pyrene celsâ nimbosi verticis arce

divisos celtis laté prospectat Hiberos

atque æterna tenet magnis _divortia_ terris».

Si el águila de Buonaparte no consiguió anidar en la sierra aragonesa,

la flor de lis de los Borbones no echará raíces seguramente en la

llanura de Castilla; Ariosto canta:

«--Che non lice

che’l giglio in quel terreno habbia radice!»

Esta condición inveterada de abierta hostilidad o, mejor dicho, de

neutralidad armada, ha hecho que estas regiones fuesen poco agradables

para el turista observador. La abrupta y montañosa frontera se compone

de poblados solitarios y aislados que constituyen todo el mundo para

los naturales del país, los cuales sólo van a los valles para pasar

contrabando. Esta vocación es el azote del país; les da una especie de

confianza en su propia defensa y constituye un hábito de saqueo e

insubordinación que parece ser un elemento de estímulo y de combustión

tan necesaria a su sér moral, como el carbón y el hidrógeno lo son para

su cuerpo físico.

Su desconfianza habitual contra el extranjero fiscalizador, que es

instintiva en los orientales y en los iberos, les hace ver siempre en un

curioso viajero un espía o un enemigo. Las autoridades españolas, que

casi nunca hacen estas cosas sino por obligación, no comprenden que el

inglés, amante de la Naturaleza y curioso de aventuras, se dedique a

estudiar la botánica y la geología de estas regiones por su propia

cuenta y sin ningún estímulo, fuera de su voluntad. Es posible que el

_impertinente curioso_ pase inadvertido en una ciudad española y entre

la multitud; pero en estas sierras solitarias no hay que pensar en tal

cosa; es observado atentísimamente por aquella gente, que, con sus

hábitos de caza y de contrabando, están siempre alerta y ojo avizor, con

la mirada penetrante del halcón, el gitano y el ave de rapiña. De algún

tiempo acá, los que están más próximos a Francia han visto el brillo de

las monedas del turista inglés y se han humanizado algo tratando de

sacar algún beneficio en la época de las excursiones.

La geología y la botánica están aún por investigar seriamente. En los

Pirineos, tan fecundos en metales, abundan las toscas forjas de hierro;

pero todo está montado en pequeña escala, de manera poco científica y

probablemente siguiendo el primitivo sistema ibérico. El combustible es

escaso, y el transporte del mineral sobre mulos, muy caro. El hierro es

muy inferior al inglés y mucho más caro; los utensilios y herramientas

usados en ambos lados de los Pirineos son mucho más antiguos que los

nuestros, y, en cambio, existen tarifas absurdas que, por prevenir la

importación de un artículo mejor y más barato, retrasan los adelantos en

agricultura y fabricación y perpetúan la pobreza y la ignorancia entre

la población atrasada y a medio civilizar. Los bosques también han

sufrido enormemente con la negligencia, el despilfarro e imprevisión de

los naturales, que arrancan más de lo que necesitan, y nunca repueblan.

La caza en estas comarcas es excelente, por cuanto donde el hombre no

penetra la feraz naturaleza se multiplica; el oso, sin embargo, va

haciéndose raro, porque se concede un premio por cada uno que se mate.

Lo que más se caza es la _cabra montés_[6] o _rupicapra_, el _steinbock_

alemán, el _bouquetín_ francés, el _rebeco_ (_ibex_, becco, bouc, bock,

buck). El encanto de su persecución, semejante a la de la gamuza de

Suiza, se presta a muchos y muy graves accidentes, pues este arisco

animal se encarama a los sitios más inaccesibles y hay que acecharle con

una gran destreza. La caza, en la parte norte, es muy inferior, como que

los cocineros de grandes hoteles han declarado la _guerra al cuchillo_,

y casi casi al tenedor, hasta contra los _petits oiseaux_; bien es

verdad que el _artiste_ francés persigue igualmente a los pececillos,

pues es aficionado a probar toda clase de _sports_ y diversiones, y

siempre con miras al estómago. Los españoles, menos materialistas y

gastrónomos, dejan en una paz relativa a las tribus aladas y de aletas.

En consecuencia, los riachuelos están poblados de truchas, y los que

vierten en el Atlántico, de salmón. Los Altos Pirineos no son únicamente

alambiques de cristalinos y fríos torrentes, sino que también tienen,

como el corazón de Safo, manantiales de agua caliente bajo un lecho de

nieve. Los más célebres están en la parte norte, o por lo menos son los

más conocidos y frecuentados, pues los españoles son poco aficionados a

baños ni a aguas medicinales. En la parte española apenas hay medio de

acomodarse en los baños que existen, y los de Francia son mezquinos,

comparados con los Spas de Alemania, y sucios e indecentes, si se ponen

en parangón con los ingleses. El paisaje es completamente alpino: una

mezcla de montañas, precipicios, ventisqueros y bosques, animados por

los torrentes y los huracanes. Los naturales, cuando no son

contrabandistas o _guerrilleros_, son rudos, sencillos y bucólicos;

pobres y pintorescos, como toda la gente que puebla las montañas. La

_llanura_, donde se produce el pan, será más rica, seguramente; pero

¿qué partido puede sacar de ella un turista o un pintor?

En los parajes agrestes, los montañeses conducen en verano sus rebaños a

lo alto de la sierra, y allí viven en sus chozas luchando con la miseria

y las fieras, ahuyentando materialmente al lobo de delante de la puerta;

tienen mastines magníficos; las ovejas parecen un ejército instruído

frente al enemigo; conocen la voz del pastor o, mejor dicho, su silbido

y sus gritos especiales; la lana es llevada a Francia de contrabando, y,

una vez fabricada toscamente, vuelve a entrar en España de la misma

manera.

Capítulo III.

En España hay seis grandes ríos, arterias que corren entre las siete

cordilleras, vértebras del sistema geológico. A cada uno de ellos

afluyen varios de menor cuantía; de los que son, a su vez, tributarios

innúmeros arroyuelos que corren por valles y quiebras.

Las aguas de lluvias y las del deshielo de la nieve son recogidas por

todos estos arroyos y riachuelos, que las conducen a uno de los de

primer orden, los cuales, todos, excepción hecha del Ebro, vierten en el

Atlántico. El Duero y el Tajo, desgraciadamente para España, desembocan

en Portugal, con lo que pierde una gran ocasión de comercio, pues son

los más importantes en este ramo. Felipe II vió claro el verdadero valor

de este rincón rodeado por España y trató de asegurar su posesión para

dar fácil salida a los productos del interior por sus ensenadas, muy a

propósito para el comercio exterior. La anexión de Portugal a España

daría más fuerza al trono que el dominio de continentes enteros en el

Atlántico, y ésta ha sido siempre la secreta ambición de todo Gobierno

español. El _Miño_, que es el más corto de estos ríos, corre por un

lecho fertilísimo. El _Tajo_, cantado por los poetas, por sus arenas

auríferas y sus orillas llenas de rosas, sigue la mayor parte de su

curso por entre rocas peladas. El _Guadiana_ se desliza por la solitaria

Extremadura, infectando las llanuras con miasmas. El _Guadalquivir_

extiende sus profundas márgenes por los asoleados olivares de Andalucía,

y el Ebro cruza los llanos de Aragón. En España hay muchos riachuelos

salobres, _salados_, y minas de sal o salinas, resultado de la

evaporación del agua del mar; el suelo de la parte central está tan

impregnado de «malsano nitro», que sólo en la Mancha podrían sacarse

materiales para hacer volar el mundo entero; la superficie de estas

regiones, siempre áridas, lo es cada día más por el horror que sus

habitantes tienen al árbol; allí no hay nada que contrarreste la rápida

evaporación, ni el menor resguardo para proteger o conservar la humedad.

La tierra llega a estar tan reseca, que en algunas partes es imposible

cultivarla. Otro peligro serio de la carencia de plantaciones es que los

declives de los montes están siempre expuestos a total denudación del

terreno con las lluvias fuertes. No hay nada que detenga la bajada del

agua, y de aquí la desnudez y pedregosa esterilidad de las cimas de

muchas de las sierras, que han sido despojadas hasta de la más pequeña

partícula capaz de dar vida a algo de vegetación: son esqueletos, donde

se ha extinguido la vida. Y no sólo es el suelo el que pierde con esto,

sino que los detritus, arrastrados, forman bancos en las bocas de los

ríos u obstruyen y elevan sus lechos, de donde resulta que fácilmente se

salen de madre y convierten los terrenos de sus orillas en pantanos

pestilentes. La reserva de agua proporcionada por las lluvias

periódicas, y que debe detenerse en los orígenes de los ríos, es

arrastrada de golpe en torrentes violentos, en vez de deslizarse

lentamente. Por su carácter montañoso, España tiene muy pocas lagunas,

pues las pendientes son demasiado rápidas para consentir que el agua se

acumule; las que existen por excepción pueden con gran propiedad ser

llamadas lagos, sin que esto quiera decir que vayan a competir en tamaño

y belleza con las de Escocia. La profundidad de los principales ríos de

España ha disminuído y sigue disminuyendo, tanto, que algunos que eran

navegables han dejado de serlo, y los canales que habían de sustituírlos

están sin terminar; los progresos de la ruina avanzan, y se hace muy

poco para neutralizar o corregir lo que cada año ha de resultar más

difícil y más caro, pues los medios de reparación disminuirán al mismo

tiempo que irán en aumento la miseria ocasionada por el mal y la

pusilanimidad, hija de ella. No obstante, últimamente se han formado

algunas grandes compañías hidráulicas encargadas de hacer pozos

artesianos, terminar canales, convertir algunos ríos en navegables y

_emitir acciones liberadas_, lo cual, sin duda, se hará si no ocurre

nada que lo impida.

Sin embargo, los ríos que pueden hacerse navegables son solamente

aquellos que están constantemente nutridos por los afluentes secundarios

que bajan de las montañas, cubiertas todo el año de nieve, y éstos, en

realidad, son pocos. La mayoría de los ríos españoles son escasos de

agua en verano y de muy rápida corriente durante el deshielo, y en estas

épocas serían impracticables, aun para las barcas pequeñas. Además

suelen estar muy sangrados para los riegos artificiales, y por esta

causa su caudal de agua disminuye notablemente; en Madrid y Valencia,

por ejemplo, los amplios lechos del Manzanares y del Turia suelen estar

tan secos como las playas en la bajamar. Parece que se les llama ríos

sólo por cortesía hacia los magníficos puentes que hay edificados sobre

ellos; tanto, que una broma de los forasteros es presentar a los vecinos

tratando de vender uno para comprar un poco de agua, o comparar sus

sedientos arcos con un hombre en el suplicio, pidiendo por amor de Dios

una gota de agua; pero si cae una lluvia fuerte en las montañas, pronto

se demuestra la necesidad de su solidez y amplitud, de la anchura y

altura de sus arcos y de sus estribos firmes, que al principio

parecieron más bien antojo de una arquitectura monumental, que obra de

utilidad pública. Los que viven en un país relativamente llano no

pueden apenas formarse idea de la rápida y tremenda destrucción que las

inundaciones causan en estos países montañosos. La lluvia torrencial

forma avalanchas que bajan saltando de piedra en piedra como un

torrente, arrollando y arrostrando cuanto encuentran a su paso,

socavando la tierra, arrancando rocas, descuajando árboles y casas y

sembrando por todas partes desolación y ruina. Pero estas furias suelen

ser cortas; así, si el viajero quiere ver el Támesis de Madrid puede

darse prisa, si no quiere correr el riesgo de que el río haya

desaparecido cuando llegue a verlo. Cuando los españoles, mandados por

los tontos Blake y Cuesta, perdieron la batalla de _Ríoseco_, que dió

Madrid a Buonaparte, los soldados franceses, al pasar por el cauce del

río, completamente seco, exclamaron: «¡Hasta los ríos huyen en España!»

Cosas de España; tomo 1 (El país de lo imprevisto) · 第 2 / 16 段