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COSAS DE ESPAÑA
(EL PAÍS DE LO IMPREVISTO)
COLECCIÓN ABEJA
1.--_El tulipán negro_, de A. DUMAS (con un retrato del autor).--6
pesetas.
2.--_La maja y el torero_, de T. GAUTIER (con ilustraciones de
Romero Calvet).--4,50 pesetas.
3.--_Emelina_, del CONDE DE GOBINEAU. (Viñetas de Alicia Rey
Colaço.)--3,50 pesetas.
4.--_Aventuras de un mayorazgo escocés_, de R. L. STEVENSON (con un
retrato del autor).--5,50 pesetas.
5.--_Cosas de España_ (_El país de lo imprevisto_), por RICARDO
FORD. Tomo I.--5 pesetas.
6.--_Cosas de España._ Tomo II.--5 pesetas.
COLECCIÓN ABEJA
RICARDO FORD
COSAS DE ESPAÑA
(EL PAIS DE LO IMPREVISTO)
Traducción directa del inglés; prólogo de
ENRIQUE DE MESA
[Illustration: colofón]
Jiménez Fraud, Editor
_Diego de León, 5.--Madrid_
ES PROPIEDAD
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
QUE MARCA LA LEY
IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID
PRÓLOGO
El ciudadano inglés Ricardo Ford (1796-1858), en su libro _Gatherings
from Spain_--que hoy, vestido a lo castellano, se da a la estampa con el
título de _Cosas de España_ (_El país de lo imprevisto_)--, ha mirado
con limpios ojos y ha observado, perspicua y sagazmente, los paisajes,
tipos, caracteres, usos y costumbres españoles.
No es nuestro propósito--clásico en los prologuistas--discernir al autor
prologado el galardón único y la palma y láurea supremas entre cuantos
escritores nativos y extranjeros han trasladado a las cuartillas sus
impresiones de la Península. Para ello necesitaríamos haber hojeado,
cuando menos, los ochocientos cincuenta y ocho relatos que el benemérito
hispanista Foulché-Delbosc registra en su nutrida y bien documentada
_Bibliografía de viajes por España y Portugal_ (_Revue Hispanique_,
tomos III y IV-1-349 y 108-9)[1].
Pero sí queremos notar, sin que el elogio degenere en trasloa, su
formidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de sus
descripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de su
juicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece las
virtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos.
Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada la
diversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente,
aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir a
errores fundamentales.
En este punto es discreto el razonamiento del alemán Víctor Aimé Huber,
en sus _Skizzen aus Spanien_ (Gotinga, 1828-30), donde, sin el artificio
de una fábula mentirosa, dramatiza por manera originalísima sus
recuerdos de la Península. «Según la opinión más generalizada--dice
Huber--, los españoles son gente morena, de rostro sombrío, de ojos y
cabellos negros; se tocan con sombreros de alas anchas; llevan
redecillas y se envuelven con amplias capas pardas; son perezosos,
sucios, desharrapados. Este retrato puede, en efecto, convenir a ciertas
provincias; pero en otras, por ejemplo, en las provincias vascas, se
buscaría inútilmente este tipo. Los vascos españoles son más bien rubios
que morenos; no llevan ni sombreros de alas anchas, ni capas, ni
redecillas; son, en su mayoría, activos y alegres, y, sin duda alguna,
uno de los pueblos más industriosos del mundo».
En justicia, no puede achacarse este vicio a Ford, tan escrupuloso,
veraz y concreto en sus aseveraciones. El escritor inglés ni emplea
eufemismos hipócritas, ni adulzora con expresiones molitivas la dura
acerbidad del juicio. Señala con índice seguro las más enconadas llagas
de la entraña española. ¿Y cómo evitar el dolor y la sangre? La sola
enumeración de las materias que tratan los capítulos de este libro,
basta para percatarse del interés de su relato, donde armónicamente se
coordinan y sintetizan detalles y pormenores de la más varia y curiosa
erudición sobre costumbres españolas.
No es Ford un viajero poltrón, ni un espíritu vulgar, siervo del
prejuicio. Sabe ver, en la más desolada sequedad espiritual española,
los verdinales de la poesía soterraña. A lomos de su _jaca cordobesa_,
recorre toda España por los más ásperos y huraños caminos de herradura.
Lleva colgada del arzón de la silla la bota de vino, la que luego, en el
cuarto de estudio de su patria, le recuerda, con un dejo de su aroma, el
rubí de fuego de Toro, el jugo áspero y peceño de la Mancha. ¡Y con qué
delicioso humorismo--ironía y añoranza--la coge entre sus manos, y la
acaricia, y acerca hasta sus bordes rojos los labios que aun saben de la
sed española!
Al cruzar la llana manchega evoca la escuálida figura de nuestro gran
loco, neta y sobria, sin paracrónicos arambeles de ópera moderna, y
junto al fuego de las ventas, en el corro de arrieros y trajinantes, va
atesorando, para sazonar su prosa, los proloquios, adagios y sentencias
de cualquier Sancho refranero y malicioso. Digamos de pasada que el
paladar británico de Ford no se aviene a los quesos españoles. En este
punto, nosotros, conformes en cuanto el viajero dice respecto al clero,
la milicia, la política y la realeza, no podemos suscribir sus juicios,
pues el sustancioso queso que encellan los pastores de la Mancha, demás
de sernos gratos al gusto, evoca en nuestro espíritu aquellos sabrosos
companages de nuestra novela inmortal, sin más sazón ni salsa que el
hambre castellana de amo y mozo.
Uno de los comentadores ingleses de Ford, Tomás Okey, nos suministra
datos muy interesantes respecto a su nacimiento, educación, cultura, y
nos relata la laboriosa gestación de su obra literaria.
«Ricardo Ford--dice Okey--, que con el prosaico título de _Guía del
viajero en España_, compuso uno de los mejores itinerarios publicados en
lengua inglesa, nació en Chelsea el año 1796. Era el hijo mayor de un
hombre conspicuo, sir Ricardo Ford, el amigo de Pitt, y durante algún
tiempo subsecretario de Estado del _Home Department_, pero más conocido
aún como el juez de _Bow Street_, que creó la policía montada de
Londres. Ford pasó por todos los grados de instrucción de un inglés
distinguido en una de las tradicionales «escuelas públicas» y en la
Universidad; hizo en Oxford la licenciatura de Leyes, y en 1824 casó con
la bella Harriet Capel, hija del conde de Essex. Seis años más tarde,
el estado de salud de su mujer les obligó a trasladarse a un clima
templado, y en el otoño de 1830 se embarcó para Gibraltar, acompañado de
«tres niños y cuatro mujeres». A los veinte días de viaje desembarcaron
felizmente, y poco después se instalaba la familia en Sevilla, con
intención de pasar allí el invierno. Desde esta población y desde
Granada (donde se alojó entre los ruinosos esplendores de la Alhambra)
hizo esos viajes a todo lo largo y lo ancho de la Península, que le
dieron asunto para las páginas de su _Guía_ y para las _Notas sobre
España_.
«Ford era un viajero ideal. En su casa vivió siempre en una atmósfera de
arte y literatura, pues su madre, Lady Ford, era una mujer de educación
muy amplia y refinada; pintaba muy bien y tenía gran afición a los
cuadros de todos gustos y escuelas. La colección de la familia contenía
magníficos ejemplares de los maestros italianos, ingleses y holandeses,
y era el encanto del joven Ricardo, que llegó a dominar el arte
pictórico de manera que, de dedicar a él más atención, hubiese
seguramente conseguido muchos triunfos. Algunos de los mejores dibujos
de los _Picturesque Sketches in Spain_, de David Robert, fueron tomados
del cuaderno de apuntes de Ford; cuatro de los cuadros de Telbin, en el
popular «Diorama de las campañas del duque de Wellington», están
inspirados en originales de Ford, y en muchos otros, repartidos en los
_Anales del paisaje_, de aquel período, y en ediciones del _Childe
Harold_ y de las _Baladas Españolas_, de Lockhart, pueden encontrarse
admirables dibujos suyos. Pero, aparte de estos accidentes de su
educación, Ford tenía condiciones naturales que le preparaban para ser
un modelo de viajeros; poseía un oído maravilloso y gran facilidad para
estudiar idiomas y dialectos; un espíritu firme y resuelto, al mismo
tiempo que bondadoso y amable; una resistencia física extraordinaria y
un temperamento ecuánime. Si bien es cierto que tenía todos los
prejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nunca
los dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que, siendo
especialmente sensibles al orgullo de raza, quedaban encantados con sus
amables y elegantes modales y su constante cortesía, que le hacía ser
igualmente bien recibido por aldeanos, nobles u oficiales rebeldes.
«La mejor prueba del notable poder de observación y asimilación que
poseía Ford está en el hecho de que sólo pasó tres años en España. En
diciembre de 1833 estaba de regreso en Inglaterra, y, después de una
corta estancia en Exeter, donde empezó a escribir sus observaciones
sobre España, se instaló con su familia en el verano de 1834 en
Heavitree, una encantadora casa isabelina cerca de la ciudad, donde se
dedicó a la jardinería, «entre libros y flores», dando de mano a sus
trabajos literarios. La obra comenzada en Exeter no llegó a ver la luz.
Hizo leer algunos capítulos a Addington, y la crítica severa de éste le
desanimó por completo. «Su carta--le escribía--ha dejado mi pecho sin
aliento y sin tinta mi pluma». Y con renovado celo volvió a dedicarse a
la jardinería.
«En 1838, un artículo publicado en _Quarterly Review_ sobre las corridas
de toros en España llamó la atención del mundo literario, y al año
siguiente fué invitado a comer por John Murray, el cual le rogó que le
indicara quién podría hacer una _Guía de España_. Ford se ofreció, por
broma, a hacerlo, pero luego desistió. En 1840 volvió a relacionarse con
Murray, y en septiembre de este mismo año escribía a Addington: «Voy a
hacer una _Guía de España_ para Murray». El libro debía terminarse a los
seis meses, pero durante cerca de cinco años fué el goce y la pesadilla
de su vida. Mr. Prothero hace un retrato maravilloso del famoso viajero,
escribiendo sobre unos manchados tablones de pino, en el invernadero,
cubierto de hiedra y de mirto, de la casa de Heavitree, vestido con una
negra zamarra de pastor, rodeado de estantes llenos de infolios y libros
en 4.^o, de pergamino, y de casilleros abarrotados de notas, que poco a
poco se esparcían por encima de las sillas y por el suelo. En noviembre
escribe a Addington: «La _Guía_ va despacio; no adelanto nada, y a veces
estoy tentado de dejarla». En febrero de 1841 dice: «Estoy decidido a
dar un avance a la _Guía_, y ya tengo en prensa cuarenta páginas». En
abril se lamenta de la «mala impresión y del mucho original que lleva
cada página». En noviembre aparece más animoso y cree que en mayo o
junio siguientes estará terminada. Una quincena después está «hastiado»
de la _Guía_, y para refrescar la imaginación vuelve a repasar la obra
de Borrow _Los gitanos en España_[2], y da algunos consejos a su autor
sobre su nuevo libro _La Biblia en España_. Ford era entusiasta
admirador de su compatriota, y advirtió a Murray que Borrow era una
_mina_, y que si quería coger huevos de oro, no tenía mas que poner un
poco de sal en la cola de Borrow. Luego volvió nuevamente a su trabajo,
y en julio de 1843 pudo escribir a Addington: «La _Guía_ está
_escrita_», y en enero de 1844: «La _Guía_ está en prensa». Pasaron
cuatro meses y los trabajos y molestias del autor no se vieron
compensados; se queja de que «el _mañana_ español había infectado hasta
Albemarle Street». Sin embargo, el retraso no se debía a abandono. El
libro pareció demasiado digresivo, y por consejo de Addington hubo que
variar todo, y el pobre Ford sufrió una pérdida de quinientas libras
esterlinas. En diciembre de 1844 tenía corregidas 64 páginas, y en
febrero de 1845 escribe a su amigo y confidente: «Estoy decidido a
rehacer por completo la _Guía_, omitiendo todo lo relativo a discusiones
políticas, militares y religiosas y sin hacer mención de nada
desagradable, y hacerlo sólo suave y atractivo». Finalmente, en el
verano de 1845 apareció una obra en dos volúmenes, 1.064 páginas en
total, titulada _Guía para los viajeros en España y los lectores de
nuestra patria_. A pesar de su extensión y de su alto precio, se
vendieron 1.389 ejemplares en tres meses, y Borrow, Prescott, Lockhart,
y otras eminencias literarias, alabaron la obra con gran entusiasmo.
Parte de las cuartillas suprimidas en la _Guía_, convenientemente
aderezadas y unidas a algunos pasajes de ésta, se publicó en 1846, con
el título de _Notas sobre España, por el autor de la Guía de España,
entresacadas en especial de esta obra y aumentadas notablemente_. Este
libro tuvo también un gran éxito, y Ford pudo escribir a Addington: «He
ganado doscientas diez libras con un trabajo hecho en dos meses».
Entonces se rehizo por completo la _Guía_, y en 1847 se publicó
nuevamente, reducido a un solo volumen de 645 páginas. Aun se hizo otra
tercera edición más compendiada en 1855, tres años antes de la muerte de
su autor. En el _British Museum_ existe una copia de la primitiva
_Guía_, con una nota de puño y letra de Ford, que dice: «De esta edición
sólo existen veinte ejemplares, y yo sólo he dado cinco, uno de ellos
éste. Octubre de 1846».
A los jaleadores de un falaz _casticismo_ que se basa en la perduración
de la rutina, la pobreza y la cerrilidad nacionales, les escocerán
algunos de los latigazos del viajero inglés, cuya visión, menos
alborotada y colorida que la de los franceses, pero, sin duda, más
sagaz y verídica, no se detiene en la haz de las cosas, sino que penetra
hasta los entresijos de la psicología hispana.
¡Triste sino el de España, esclava acariciadora de su propia laceria por
miedo al lancetazo! ¡Aciaga suerte la suya, condenada a sufrir a sus
explotadores, que se abroquelan en las palabras representativas de las
ideas y sentimientos más caros a sus nativos! La patriotería
empercalinada y de bullanga, la contumacia lugareña, prorrumpen en un
«¡viva España!» sin sentido, siempre que un bien intencionado observador
o pensador, propio o extraño, luego de estudiar nuestras costumbres,
nota los errores y lacras.
Con el cegador señuelo del patriotismo, la turba parasitaria y cínica,
que realiza sus logros a favor del desbarajuste político y del caos
administrativo, deslumbra a la muchedumbre de papanatas, esclavos de su
propia ignorancia.
Cuando los españoles de esta laya flamean el punto de la honra, a buen
seguro que tratan de celar, encubrir o cohonestar una acción deshonrosa;
cuando las Cortes celebran alguna de las mal llamadas _sesiones
patrióticas_, en que conviven y se aúnan los que desgobiernan o aspiran
a desgobernar el país, sin duda lo que allí se acuerda contribuye a la
ruina material o moral de la patria...
Quien esto escribe, español del siglo XX, ha recorrido, lleno de amor a
España, llanos y sierras de su tierra vernácula por polvorientos caminos
reales y angostas veredas de cabreros; ha padecido sed, frío y hambre
en las ventas de los páramos y en los míseros e inhóspites burgos y
aldeorrios de Castilla; ha admirado, como Ford admiraba, la honrada
condición, la cortesía hidalga, la _caballerosidad_ de los terrazgueros
españoles; ha llorado calladamente ante las piedras rotas y las almas
muertas...
Quizá por lo mismo pueda suscribir conscientemente lo que anotara un
viajero inglés allá por los años de 1830.
ENRIQUE DE MESA
_A LA_
_HONORABLE MRS. FORD_
_dedico estas páginas, que tan amablemente
ha leído y aprobado, con
la esperanza de que sigan su ejemplo
otras bellas lectoras._
_Su amantisimo esposo y servidor_,
_RICARDO FORD._
PREFACIO
Muchas señoras, algunas de las cuales incluso proyectan un viaje por
España, se han dignado significar al editor su sentimiento porque la
_Guía_ estuviese impresa en una forma que hacía molesta y difícil su
lectura. El autor, al tener noticia de esta señalada fineza, se ha
apresurado a someter a la indulgencia de sus lectoras algunos extractos
y trozos escogidos que puedan poner de manifiesto el carácter y las
costumbres de un pueblo por todo extremo interesante, y más en estos
momentos, en que de nuevo ve amenazada su existencia por un vecino
astuto y agresivo.
Al arreglar estos trozos para enviarlos a la imprenta, ha habido
necesidad de añadir algo que supliese lo que se omitía; pero con objeto
de no hacer demasiado pesada la narración, el autor ha aligerado el
libro de mucho aparato científico, y no ha vacilado en echar por la
borda a Estrabón y aun al mismo San Isidoro. El progreso está a la
orden del día en España, y su marcha es tanto más rápida cuanto mayor
era su atraso con relación a otras naciones. Puede decirse que el país
se halla en un período de transición y que el ayer deja su sitio al
mañana. La inexorable marcha de la inteligencia europea aplasta muchas
flores naturales que, sin otro mérito que su color y su aroma, han de
verse arrancadas de raíz antes de que se construyan las fábricas de
hilados y se cambien los cultivos. Muchos rasgos típicos de trajes y de
costumbres van ya desapareciendo: ¡ya se han ido los frailes y, ¡ay!,
las mantillas también se están yendo!
Con los cambios ocurridos últimamente, muchas cosas y muchos sitios que
aquí se presentan al público serán pronto objeto de curiosidad histórica
y arqueológica. Los trozos reunidos en este libro no se incluirán en la
próxima edición de la _Guía_, a la que estas páginas pueden servir de
complemento; su principal objeto ha sido proporcionar un rato de
entretenimiento y de instrucción a los que permanecen en su hogar, y si
el intento es acogido favorablemente por las bellas lectoras, el autor
soportará con resignación verdaderamente española cualquier género de
censuras que tengan a bien descargar sobre él los barbudos críticos de
aquende o allende el mar.
Capítulo primero.
El reino de España, que aparece tan compacto en el mapa, se compone de
varias regiones distintas, cada una de las cuales formó un reino
independiente en tiempos pasados; y a pesar de que ahora están unidas
por matrimonios, herencias, conquistas y otras circunstancias, las
diferencias originales, tanto geográficas como sociales, continúan sin
alteración. La lengua, trajes, costumbres y carácter local de los
habitantes son tan varios como el clima y las producciones del suelo.
Las cadenas de montañas que atraviesan toda la Península y los profundos
ríos que separan algunas partes de ella han contribuído durante muchos
años, como si fuesen murallas y fosos, a cortar la comunicación y a
fomentar la tendencia al aislamiento, tan común en los países
montañosos, donde no abundan los buenos caminos y los puentes. Una
circunstancia semejante hizo que el pueblo de la antigua Grecia se
dividiese en pequeños principados, tribus y familias. Asimismo, en
España, el hombre de una comarca, siguiendo el ejemplo de la Naturaleza
de que está rodeado, tiene poco de común con el de la comarca vecina; y
estas diferencias se han aumentado y perpetuado por los antiguos celos y
las inveteradas malquerencias que han persistido tenazmente en regiones
pequeñas y contiguas.
El término general «España», conveniente para geógrafos y políticos,
parece hecho para despistar al viajero, pues sería muy difícil afirmar
una cosa por sencilla que fuese de España o los españoles que pudiera
ser aplicable a todas sus heterogéneas partes. Las provincias del
noroeste son más lluviosas que Devonshire, mientras que las llanuras del
Centro son más secas que los desiertos de Arabia, y los litorales del
Sur y Levante semejan totalmente a Argelia. El rudo agricultor gallego,
el industrioso artista catalán, el alegre y voluptuoso andaluz, el
taimado y vengativo valenciano, son tan esencialmente distintos entre sí
como otros tantos personajes de una mascarada. Será más conveniente en
todo caso al turista estudiar cada provincia aislada y analizarla en
detalle, prosiguiendo las observaciones de sus particularidades, sus
características sociales y naturales o la idiosincrasia de cada región,
en particular, que la distingue de sus vecinas. Los españoles que han
escrito su geografía y estadísticas, los cuales, lógicamente pensando,
habrán de conocer perfectamente su país y sus instituciones, han
encontrado prudente admitir este sistema, teniendo en cuenta la
imposibilidad de tratar a España (donde la unidad no es unión) como un
conjunto.
No hay rey de España: entre la infinidad de reinos que aparecen en las
listas, el de «España» no figura: consta _Rey de las Españas_, _Rex
Hispaniarum_, no _Rey de España_. Felipe II, llamado por sus
conterráneos _el Prudente_, deseando unir a sus heterogéneos súbditos,
después de consolidar su dominio con la conquista de Portugal, trató de
llamarse rey de España, como en realidad era; pero esta alteración no
estuvo al alcance de su despotismo, por oponerse a ella resueltamente
Aragón y Navarra, que nunca perdieron la esperanza de sacudir el yugo de
Castilla y recobrar su antigua independencia, mientras que las
provincias de la vieja y la nueva Castilla rehusaban comprometer en modo
alguno su derecho de preeminencia. Estas provincias, antiguamente como
ahora, tomaron la primacía en la nomenclatura: _castellano_ es sinónimo
de español y de la cepa más genuina. _Castellano a las derechas_
significa ser español hasta la médula; _hablar castellano_ es la
expresión más correcta para decir que se habla español. España estuvo
mucho tiempo sin la ventaja de una metrópoli fija como Roma, París o
Londres, que han sido capitales desde su fundación, y reconocidas y
consideradas como tales. En España han sido capital León, Burgos,
Toledo, Sevilla, Valladolid y otras. Este cambio constante y la
preeminencia poco duradera ha contribuído a hacer insignificante la
superioridad de una provincia sobre otra, y ha sido causa de una
debilidad nacional que ha originado rivalidades y disputas por el
derecho de prioridad, fuente la más copiosa de discusiones en un pueblo
de reconocida suspicacia. De hecho, el Rey es el Estado, y dondequiera
que se instale allí está _la Corte_, palabra sinónimo de Madrid, que
pretende ser la única residencia del soberano--_Die Residenz_, como
dirían los alemanes--. Comparada con las ciudades mencionadas
anteriormente, es una población moderna que, no teniendo obispo[3] o
catedral, como algunas provincias antiguas, que tienen incluso dos, no
ha alcanzado el título de ciudad, sino el de villa. En momentos de
peligro nacional ejerce poca influencia sobre la Península; al mismo
tiempo, por ser la residencia de la Corte y del Gobierno, y por lo tanto
el centro del favoritismo y de la moda, atrae a todos aquellos
individuos que aspiran a hacer fortuna; pero la capital es presa de las
ambiciones más bien que de los afectos de la nación. Los habitantes de
las provincias creen de buena fe que Madrid es la Corte mayor y más rica
del mundo, pero su corazón permanece fiel a sus respectivas regiones.
_Mi paisano_ no quiere decir español, sino andaluz, catalán, etc. Cuando
se pregunta a un español: ¿de dónde es usted?, suele contestar: _Soy
hijo de Murcia, de Granada_, etcétera. Algo semejante a los «hijos de
Israel» y al «Beni» de los moros españoles. Hoy también los árabes de El
Cairo se llaman hijos de tal ciudad: _Ibn el Musr_, etc.; asimismo los
irlandeses se titulan «hijos de Tipperary», etc., y están dispuestos a
pelearse con todos los que no son del mismo origen; y cosa parecida es
la unión de los escoceses, que en realidad existe en todas partes, pero
no tan extendida como en España, donde el ser de la misma provincia o
ciudad crea una especie de masonería que une a sus individuos como
compañeros de escuela. En realidad es un _hogar_ (home) movido por las
mismas pasiones. Todos sus recuerdos, sus comparaciones, sus elogios se
refieren siempre al lugar de su nacimiento; nada para ellos puede
rivalizar con su provincia: ésta es su única patria. _La Patria_, que
significa España entera, es un motivo de declamación, de hermosas
frases, _palabras_, a las que, como los orientales, todos gustan de
entregarse, y para las que su idioma grandilocuente les presta
facilidad; pero su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es
el centro de gravedad de todo español. Como los alemanes, gustan de
cantar y declamar en honor de la Patria. En ambos casos la teoría es
espléndida; pero en la práctica, cada español piensa que su provincia o
su pueblo es lo mejor de España y él el ciudadano más digno de atención.
Desde tiempos muy remotos hasta el presente a todos los observadores les
ha sorprendido este _localismo_, considerándolo como uno de los rasgos
característicos de la raza ibera, que nunca quiso uniones, que jamás,
como dice Estrabón, puso juntas sus escuelas, ni consintió en sacrificar
su interés particular en aras del bien general; por el contrario, en
momentos de necesidad siempre ha propendido a separarse en _juntas_
diversas, cada una de las cuales sólo piensa en sus propias miras,
totalmente indiferente al daño ocasionado, que debería ser la causa de
todos. El peligro y el interés general apenas logran reunirlos, pues la
tendencia de todos es más bien huírse que atraerse unos a otros. Alejado
el enemigo común, inmediatamente vienen a las manos, sobre todo si hay
botín que repartir; apenas alguna vez, como sucede en Oriente, la
energía de un hombre puede unir las voluntades sueltas con la fuerza de
hierro de una inteligencia privilegiada, como el aro sujeta las duelas
de un tonel; pero apenas el aro se afloja, se desunen aquéllas. De este
modo se ha neutralizado la virilidad y vitalidad del noble pueblo, que
tiene un corazón honrado y miembros fuertes, pero, como en la parábola
oriental, necesita «una cabeza» que dirija y gobierne. España es hoy,
como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda
de arena, y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido
vencida en grupos sueltos. La frase tan traída y llevada de
_Españolismo_ expresa más bien la «antipatía a un dominio extranjero» y
el «orgullo» de los españoles--_españoles sobre todos_--, que un
patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus
excelencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera.
Esta opinión está expresada muy gráficamente por uno de esos expresivos
proverbios que, en España más que en parte alguna, son el reflejo del
sentir popular: _Quien dice España dice todo_. Un extranjero encontrará
esto, quizá, demasiado exclusivo y general, pero hará bien en no
expresar dudas sobre este asunto, si no quiere ser considerado por todos
los indígenas como una persona envidiosa, desconfiada o ignorante o,
probablemente, las tres cosas juntas.
La debilidad nacional en España, decía el duque de Wéllington, es
alardear de su fuerza. Cada partícula infinitesimal de lo que constituye
_nosotros_, como dicen los españoles, hablará de su país como si aún sus
ejércitos fuesen conducidos a la victoria por el poderoso Carlos V o los
Consejos estuviesen gobernados por Felipe II en lugar de Luis-Felipe.
Ventura grande fué, ciertamente, según un predicador español, que los
Pirineos ocultasen a España cuando el Malo tentó al Hijo del Hombre con
la oferta de todos los reinos del mundo y su gloria. Bien es cierto que
esto se practicaba en la ignorante época medieval, pero pocos
peninsulares, aun en estos tiempos, dejarían de estar conformes con la
consecuencia. No hace muchos días que un extranjero contaba en una
_tertulia_ la muy conocida anécdota de la nueva visita de Adán a la
tierra. El narrador explicaba cómo nuestro primer padre al aparecer en
Italia quedó perplejo y sorprendido; cómo al cruzar los Alpes para ir a
Alemania no encontró nada que pudiese comprender; cómo las cosas se le
presentaron más obscuras y extrañas en París, hasta que al llegar a
Inglaterra se halló completamente perdido, confuso y sin brújula,
incapaz de hacer ni comprender nada. España era el sitio que le faltaba:
allá se fué, y con gran satisfacción suya se encontró como en su propia
casa; tan poco habían cambiado las cosas desde que se ausentó del mundo,
mejor dicho, desde que el sol de la creación alumbrara a Toledo.
Terminado el cuento, un distinguido español que estaba presente, un poco
picado por el tono de guasa del narrador, contestó con anuencia de todos
los contertulios: _Sí, señor, Adán tenía razón; España es el Paraíso_.
Y, en realidad, este caballero, digno y entusiasta, no estaba
equivocado, a pesar de que, según la afirmación de no pocos compatriotas
suyos, hay algunas comarcas cuyos habitantes no están limpios, ni mucho
menos, del pecado original; así, por ejemplo, los valencianos suelen
decir de su deliciosa huerta: _Es un paraíso habitado por demonios_.
Asimismo, Murcia, país rebosante de leche y miel, donde Flora y Pomona
disputan el premio a Ceres y Baco, tiene, según los naturales, _el cielo
y el suelo buenos; el entresuelo, malo_.
Otra anécdota podrá determinar el sentir del país del mismo modo que una
paja arrojada al aire señala la dirección del viento. Thiers, el gran
historiador, en su reciente viaje por la Península pasó unos días en
Madrid. Siendo su inteligencia, como diría un lógico, de forma más
_subjetiva_ que _objetiva_, esto es, más sencilla a la consideración del
_ego_ y todo lo relacionado con él que a lo ajeno a su persona, durante
su estancia en Madrid no se ocupó nada de la capital, lo mismo que
hiciera en Londres en una excursión semejante. «Mirad, dijeron los
españoles, a ese gabacho; no se atreve a quedarse ni a levantar los ojos
del suelo, en este país cuya gran superioridad hiere su vanidad nacional
y personal». La cosa no tiene nada de extraño. Hay en Castilla la Vieja
un dicho antiguo que reza: _Si Dios no fuese Dios, sería rey de las
Españas, y el de Francia, su cocinero_. Lope de Vega, sin renegar de
estas pretensiones paradisíacas, tiene más consideración para
Inglaterra. Su soneto en la romántica excursión a Madrid dice:
«Carlos Stuardo soy.
Que, siendo amor mi guía,
al _cielo de España_ voy,
por ser mi estrella María».
Debe recordarse que la Virgen, cuyo nombre llevaba esta infanta, es
considerada por los españoles como la luz más brillante y la única reina
del cielo.
Capítulo II.
Siendo España el país más meridional de Europa, es muy natural que los
que nunca han estado en él y que en Inglaterra critican a los que han
estado, se figuren que su clima es más benigno que el de Italia o
Grecia. Muy distinta es la realidad. Algunas costas y llanuras
resguardadas de las provincias del Mediodía y Levante son ciertamente
templadas en invierno y sufren los rigores de un sol africano en el
estío; pero las comarcas del Norte y del Oeste son húmedas y lluviosas
la mayor parte del año, mientras que el centro es, o frío y triste, o
asoleado y azotado por el viento: ha habido inviernos tan crudos en
Madrid que hasta se ha helado algún centinela, y con mucha frecuencia se
interrumpe la comunicación entre las dos Castillas a causa de la nieve
que se acumula en los puertos. Por esta causa, a todo el que intenta
viajar por la Península se le advierte que debe hacer su itinerario
previamente y determinar las regiones que ha de visitar en cada una de
las estaciones del año, con objeto de evitar los inconvenientes que
resultarían de visitarlas en época poco apropiada.
Una ojeada a un mapa de Europa dará más clara idea de la situación de
España respecto a los demás países que muchas páginas impresas; y ésta
es una ventaja que cualquier niño de la escuela le lleva a los Plinios y
Estrabones de la antigüedad; los antiguos se conformaban con comparar la
forma de la Península a una piel de vaca, semejanza que en realidad no
está mal hallada. No cansaremos a los lectores con detalles de longitud
y latitud, pero sí mencionaremos que la superficie total de la Península
(incluyendo Portugal) es de unas 19.000 leguas cuadradas, de las cuales
algo más de 15.500 corresponden a España; ésta, pues, resulta casi dos
veces mayor que las Islas Británicas y solamente una décima parte más
pequeña que Francia; la línea de costa está calculada en unas 750
leguas. Este aislado y compacto territorio, habitado por una raza
fuerte, hermosa, guerrera, hubiera debido competir con Francia en poder
militar, al mismo tiempo que su posición entre los dos grandes mares,
dueños del comercio del viejo y el nuevo mundo, su extensa línea de
costas, llenas de bahías y puertos, le ofrecía todas las ventajas para
poder rivalizar con Inglaterra en empresas marítimas.
La Naturaleza ha proporcionado salidas para las infinitas producciones
de un país, que es rico tanto en lo que puede hallar en la superficie
como en las entrañas de la tierra, porque las minas y canteras contienen
gran cantidad de preciosos metales y mármoles, desde el oro al hierro y
desde el ágata al carbón. Su fértil suelo y el clima tan variado permite
cultivar los productos de la zona templada a la tropical: así en
Granada, la caña de azúcar y el algodonero se muestran lujuriantes de
verdura al pie de los montes, cubiertos eternamente de nieve, ofreciendo
un ancho campo al botánico, el cual puede ascender por zonas y estudiar
sucesivamente toda la variedad de capas vegetales, desde la planta de
estufa, que crece al aire libre, hasta el duro liquen. Se necesita, en
verdad, una fuerza enorme de apatía y mal gobierno para neutralizar la
abundancia de cualidades con que la Providencia ha favorecido
pródigamente a este país, el cual, bajo la dominación de los romanos y
de los árabes, semejaba un Edén, un jardín exuberante y delicioso,
cuando, según las palabras de un autor, no había nada baldío ni
estéril--_nihil otiosum, nihil sterile in Hispaniá_--. Este aspecto ha
cambiado notablemente; y ahora la masa de la Península ofrece un aspecto
de abandono y desolación moral y física que entristece el ánimo; la
naturaleza, así como la inteligencia del hombre, han sido empequeñecidas
y reducidas, o se han abandonado, y su fertilidad natural ha desbordado
en hierbas inútiles, de las cuales se ven más que en ningún país del
mundo, o sus energías han sido mal dirigidas y la capacidad para el
bien se ha convertido en la misma fuerza para el mal; pues aquí, como en
todas partes, _la altivez y la pereza son llaves de pobreza_.
La geología de España es muy peculiar y distinta de la de otros países;
es casi una montaña o una aglomeración de montañas, como han tenido
ocasión de comprobar nuestros compatriotas que han tomado parte en la
construcción de ferrocarriles.
Desde la orilla del mar comienza a elevarse hacia el interior, y en la
parte central llega a haber mesetas más altas que en ningún otro país de
Europa, pues fluctúan entre 2 y 3.000 pies sobre el nivel del mar, y aun
desde estas altas llanuras se elevan cadenas de montañas que alcanzan
alturas mucho mayores. Madrid, que se halla situado en una de estas
mesetas, está a 2.000 pies sobre el nivel de Nápoles, población colocada
en la misma latitud. La latitud de Madrid es de 59°, mientras que la de
Nápoles es 63° 30´, debiendo atribuírse la diferencia de clima y la que
existe en la producción vegetal de las dos capitales a la distinta
elevación de ambas. Frutas que se dan en las costas de Provenza y en
Génova, situada cuatro grados más al norte que una gran parte de España,
rara vez se encuentran en el elevado interior de la Península; en
cambio, en las zonas marítimas bajas y asoleadas se da perfectamente
toda la vegetación tropical. El aspecto general montañoso de la costa es
casi el mismo en el circuito que se extiende desde las Provincias
Vascongadas al Cabo de Finisterre, y ofrece notable contraste con las
llanuras secas que se extienden de Cádiz a Barcelona, las cuales se
suelen asemejar mucho en las producciones: higos, naranjas, granadas,
áloe, algarroba y otras que crecen en profusión en todas ellas,
excepción hecha de aquellos sitios en donde las montañas bajan
rápidamente hasta el mar mismo. También las comarcas centrales, formadas
por llanuras y estepas: _parameras_, _tierras de campo_, _secanos_, son
muy semejantes entre sí, lo mismo en su aspecto monótono y pelado y la
escasez de frutas y bosques, que en la abundancia de cereales.
Los geógrafos españoles han dividido la Península en siete cordilleras
diferentes, comenzando por los Pirineos y terminando por la bética o
andaluza: estas _cordilleras_ o cadenas de cumbres se elevan desde las
llanuras intermedias que fueron antaño las hoyas de los lagos internos,
hasta que las aguas acumuladas rebosando los obstáculos que las oprimían
se abrieron camino hacia el Océano. La inclinación del país es de este a
oeste, y, por lo tanto, los ríos más caudalosos, que forman los desagües
y las principales vertientes de la mayor parte de la superficie,
desembocan en el Atlántico; su curso está en dirección transversal y
casi paralela: el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir corren
hacia su desembocadura entre sus distintas cordilleras. Las fuentes de
estos ríos principales están situadas en la línea longitudinal de
montañas que desciende, atravesando toda la Península, inclinándose más
bien a la costa este que a la oeste. Por esta causa el curso de estos
ríos es muy largo, sobre todo comparándolo con el Ebro, que desemboca en
el Mediterráneo.
El geógrafo árabe Alrasi fué el primero que consideró la diferencia de
clima como la regla para dividir la Península en distintas comarcas; y
algunas autoridades modernas, poniendo en práctica la idea, han trazado
una línea imaginaria, nordeste al sudoeste, separando así la Península
en parte norte o boreal y templada, y parte sur o tórrida, y
subdividiendo éstas en cuatro zonas. No es esta división en modo alguno
arbitraria, por cuanto no puede estar sujeto a capricho o equivocación
lo que se basa en pruebas derivadas del mundo vegetal: las costumbres
pueden hacer al hombre, pero sólo el sol modifica la planta; el hombre
llegará por las necesidades sociales a convertirse en una masa dúctil,
pero los elementos no podrían nunca civilizarse: la Naturaleza no puede
hacerse cosmopolita, lo que el cielo no permita.
_La primera de las zonas norte es la cantábrica_, o europea, que se
extiende a lo largo de la base de los Pirineos y comprende parte de
Cataluña y Aragón, Navarra, las Provincias Vascongadas, Asturias y
Galicia. Es la región más húmeda, y como el invierno es largo, y la
primavera y el otoño lluviosos, sólo debe visitarse en verano. Se
compone de colinas y cañadas, atravesadas por multitud de riachuelos y
arroyos abundantísimos en pesca, los cuales riegan los prados, ricos en
pastos. Los valles constituyen la comarca lechera de España, que ahora
se mejora mucho, mientras que los montes encierran los mejores bosques
de la Península. En algunos sitios apenas se produce el trigo; en
cambio, otros son abundantes en cereales; también se fabrica la sidra y
un vino corriente. Es una región habitada por una raza fuerte,
independiente y rara vez vencida, ya que la naturaleza del país ofrece
medios naturales de defensa: con un ejército pequeño sería inútil
intentar la conquista, y uno numeroso no hallaría elementos de
subsistencia en las comarcas hambrientas.
_La segunda zona es la ibérica_ o de Levante. En su parte marítima, es
más asiática que europea, y sus habitantes de las clases bajas tienen
mucho del carácter griego y cartaginés: son falsos, crueles y traidores,
al mismo tiempo que vivos, ingeniosos y aficionados a los placeres. Esta
zona comienza en Burgos, y la integran el mediodía de Cataluña y Aragón,
con algo de Castilla, Valencia y Murcia. La costa debe visitarse en
primavera y otoño, épocas en que es verdaderamente deliciosa. En verano
es demasiado caliente y está infestada de millones de mosquitos. La
parte de cerca de Burgos es de las más frías de España, y en ella el
termómetro alcanza temperaturas mucho más bajas que en los sitios más
fríos de nuestro país; como al mismo tiempo no tiene gran cosa para
llamar la atención del viajero, será bueno abstenerse de visitarla,
excepto en los meses de riguroso verano. La población es seria, sobria y
castellana. Su elevación es muy considerable; el valle superior del
Miño y algunos lugares de Castilla la Vieja y de León están situados a
más de 6.000 pies sobre el nivel del mar y la nieve dura muchas veces en
ellos más de tres meses.
_La tercera zona es la lusitana_ u occidental, que es la mayor de todas
y comprende algo de España y Portugal. El interior de esta zona,
principalmente las provincias de las dos Castillas y la Mancha, en la
condición del suelo, así como en la moral de sus habitantes, presenta el
punto de vista menos favorable de la Península. Estas estepas interiores
están calcinadas por el sol en verano y muy castigadas por las
tempestades y el viento en invierno. La total carencia de árboles, setos
y cercas expone sus extensas e indefensas llanuras a la inclemencia de
los elementos. Miserables casas de barro, desperdigadas aquí y acullá en
la desolada planicie, proporcionan un mezquino hogar a una población
pobre, orgullosa e ignorante; pero estas comarcas, que tan poco tienen
en sí de agradable y de provechoso para el viajero, se avaloran con
algunos sitios y ciudades de tan gran interés, que nadie que trate de
conocer España puede pasarlas por alto. Las mejores épocas de visitar
esta parte de España son mayo y junio, o septiembre y octubre.
Los distritos más occidentales de esta zona lusitana no son tan
desagradables. En la parte alta abunda el acebo y el castaño, y en las
llanuras se dan magníficas cosechas de trigo y muy exquisito vino
tinto. La meseta central, muy semejante a la de Méjico, constituye cerca
de la mitad del área de la Península. La particularidad del clima es la
sequedad; no es, sin embargo, malsano, y se ve libre del paludismo, muy
frecuente en las llanuras bajas, en los terrenos pantanosos y en los
arrozales de Valencia y Murcia.
Las lluvias son tan escasas en esta comarca, que la cantidad anual de
agua no pasará de tres pulgadas. Donde menos llueve es en la región
montañosa de Guadalupe y en las mesetas altas de Cuenca y Murcia: en
ellas se pasan ocho y nueve meses del año sin caer una sola gota. Las
tormentas apenas hacen sentar el polvo, pues la humedad se seca más
pronto que las lágrimas de una mujer. La superficie de la tierra está
tostada, atezada, seca como una verdadera _terra cotta_; todo semeja
muerto y quemado en una pira mortuoria. Parece milagroso que el germen
de la vida se conserve en la hierba cuando se ve marchita y muerta, y,
sin embargo, apenas empieza a llover, brota la vegetación, cual nuevo
ave fénix, de las cenizas, lujuriante de vida. Las simientes caídas en
el suelo germinan alfombrando el desierto de verdura, alegrando la vista
con flores y embriagando los sentidos con su perfume. La tierra,
agrietada y seca, absorbe con fruición la lluvia, y despertando después,
como un gigante que refresca con vino, desarrolla todas sus fuerzas. Y
de lo que es la vegetación en los sitios en que la humedad se combina
con el gran calor, no puede darse idea el que haya vivido siempre en
países de sol tibio. Los períodos de lluvias suelen ser en invierno y
primavera, y cuando son abundantes se producen toda clase de granos y
uvas. Los olivares sólo se encuentran en pocas regiones.
_La cuarta zona es la bética_, que es la más meridional y africana;
costea el Mediterráneo, apoyándose en el pie de las montañas que se
elevan a su espalda y forman la masa de la Península. Esta barrera
constituye una protección contra los vientos fuertes que barren la
región central. Nada más emocionante que descender desde las mesetas
altas hasta las fajas marítimas; en pocas horas cambia por completo el
aspecto de la Naturaleza, y el viajero pasa de la vegetación y el clima
de Europa al de Africa. La característica de esta región es una
atmósfera abrasadora y seca durante una gran parte del año. Los
inviernos son cortos y benignos, más bien lluviosos que fríos, pues en
los valles del Mediodía apenas si se conoce el hielo, como no sea en los
helados; la primavera y el otoño son deliciosos, sobre toda ponderación.
La mayor parte del cultivo es de regadío, sistema establecido por los
árabes de una manera muy perfecta. El agua, con este sol abrasador y
vivificante, es en realidad la sangre de la tierra y sinónimo de
fertilidad. Las producciones son tropicales: caña de azúcar, algodón,
arroz, naranja, limón, dátiles. El _algarrobo_ y la _adelfa_ son
considerados como vegetación limítrofe entre esta _tierra caliente_ y
las regiones más frías porque está circundada.
Tales son las divisiones geográficas de la naturaleza con la cual tan
íntimamente unidas están las producciones vegetales y animales; ahora
entramos más de lleno a estudiar el clima de España, del cual están tan
orgullosos los españoles como si lo hubieran hecho ellos mismos.
Esta zona bética, Andalucía, de la que forman parte muchas de las más
interesantes ciudades y algunos de los lugares más bellos de la
Península, debe ser objeto de preferencia para el viajero, y cada una de
sus bellezas, considerada particularmente, abarca una gran extensión de
variadas perspectivas y objetos, y, por lo tanto, como es accesible
fácilmente, puede ser visitada durante la mayor parte del año. El
invierno puede pasarse en Cádiz, Sevilla o Málaga; el verano, en las
frescas sierras de Ronda, Aracena o Granada, siendo, sin embargo,
preferibles siempre los meses de abril, mayo y junio, o septiembre,
octubre y noviembre. Los que vayan en primavera deben reservar junio
para las montañas; los que hagan el viaje en otoño deberán comenzar por
Ronda y Granada, terminando por Sevilla y Cádiz.
España, como ya se ha dicho, es una montaña o, mejor dicho, un conjunto
de montañas, porque las líneas principales y las secundarias están todas
ellas unidas más o menos y descienden serpenteando a través de la
Península con una inclinación marcada hacia el oeste. La Naturaleza,
dislocando de este modo el país, parece haber iniciado, mejor aún,
impuesto a los habitantes el localismo y el aislamiento, pues
encontrándose en sus valles y pueblos completamente incomunicados con
sus vecinos, es inútil que se les induzca a sostener relaciones de
amistad.
La comunicación interior de la Península, dividida por cordilleras, se
lleva a efecto por carreteras bastante buenas, pero pocas y distantes
unas de otras. Están constituídas salvando los accidentes demasiado
penosos del terreno, procurando que vayan por los sitios en que el
declive es menor y las pendientes menos rápidas. Estos pasos entre
montañas se llaman _puertos_ (_portæ-puertas_). Hay sendas y veredas que
unen entre sí varios puntos de la cordillera; pero suelen ser difíciles
y peligrosos, y como en ellos no hay ventas, ni cruzan por pueblos,
resultan más propios para contrabandistas y bandidos que para ciudadanos
pacíficos, siendo por lo tanto, el mejor camino y el más corto, la
carretera.
Las montañas españolas tienen generalmente un carácter triste y áspero,
no exento de grandeza; las alturas están, por lo común, cubiertas de
nieve, que brilla con el sol haciendo recortarse sobre el fondo azul del
cielo la silueta escarpada y dentellada de las desnudas lomas; rara vez
están cubiertas de bosque. Las masas graníticas se elevan sobre los
verdes valles o los amarillos sembrados, semejando los castillos de un
señor feudal, dueño de todo lo que está a sus pies, pero demasiado
orgulloso para descender a tener nada de común con ello. Para ver estas
montañas sin perder detalle de su forma, las mejores horas son a la
salida y a la puesta del sol, pues durante el día los rayos verticales
borran los contornos alejando las sombras.
Desde la costa se eleva el terreno directamente en las provincias del
Noroeste y de algunas del Sur y de Levante hasta una faja intermedia
seca y prominente; pero al terminar la ascensión no hay bajada
propiamente dicha, sino que se encuentra el viajero en una vasta
altiplanicie. Los caminos, _aparentemente_, tienen subidas y bajadas;
pero, en realidad, no varía gran cosa la altura media; las llanuras y
colinas interiores son ondulaciones de una misma montaña.