Otra de las analogías que tiene el napolitano con el griego es la

vida al aire libre. La perla no está unida á su concha, el espíritu

á su organismo, la idea artística á su forma, como el napolitano á

su ciudad. Apénas emigra. Necesita, para vivir, de aquella bahía,

de aquellos muelles, de la sonrisa de aquel cielo, de la música

de aquellos mares, hasta de las amenazas del Vesubio. El dia que

volviese el volcan á encontrarse como se encontraba en tiempos de

la República romana, extinto, creeria Nápoles que le faltaba algo

para la vida, el sordo mugir en los oidos, la contínua erupcion en

los ojos, la nube blanquecina de humo en los cielos, el reflejo de

la gigantesca antorcha en las tranquilas aguas. Así la naturaleza y

el hombre se abrazan y en sus abrazos se confunden. Mucha miseria

hay en Nápoles y muchos pobres. Pero no causa la miseria en Nápoles

el pesar que causa la miseria en Lóndres. Un pobre de Lóndres lleva

raidas, remendadas, mugrientas las vestiduras desechadas por las

altas clases; un pobre de Nápoles, si apénas lleva vestido, tampoco

lo necesita, abrigado por aquel aire tibio, bruñido por aquel sol

vivificador. Un pobre de Lóndres necesita bebidas espirituosas, carne

abundante, carbon para calentar su vivienda. Un pobre de Nápoles

vive de los frutos que da el campo, de los peces que guarda el mar,

vida fácil y sóbria. Al uno le están cerrados todos los grandiosos

espectáculos de la ciudad, el club aristocrático, el teatro, los

saraos de la nobleza, las expansiones contínuas donde se entra por

altas cantidades, miéntras que al otro nadie puede quitarle la

fiesta por excelencia de su tierra, la vista de los Apeninos, la

erupcion contínua del Vesubio, el collar de colinas volcánicas que

rodea como un aderezo de diamantes negros su ciudad, la florida y

espesísima vegetacion, el mar celeste, el cielo cargado con su rocío

de estrellas, la música de la onda en la playa, las islas que sacan

su cabeza entre los esmaltes y los celajes del divino Mediterráneo.

Otra cosa he notado en Lóndres y en Nápoles. No hay pueblo donde la

libertad haya echado tantas raíces como en el pueblo inglés, y no hay

pueblo donde las clases sociales sean tan diversas y estén por tan

profundos abismos separadas. Cuando veis uno de aquellos conductores

de ómnibus, asentado con tanta solemnidad sobre su pescante, os

parece ver en la majestad del continente, en la gravedad del aire,

el primero de los lores sobre su saco de lana, presidiendo aquella

cámara alta, que sólo ha tenido su igual ó su semejante en el antiguo

Senado Romano. Y sin embargo, si la fisiología, si la naturaleza no

señalan diferencias entre los aristócratas y los plebeyos, ¡cuántas,

cuán grandes señalan las leyes! En cambio el plebeyo napolitano es

plebeyo en toda la extension de la palabra; plebeyo por su orígen,

plebeyo por su naturaleza, plebeyo por sus costumbres; y sin embargo,

impone su voluntad, su opinion á los aristócratas, con los cuales

se confunde por una mezcla felicísima de ligereza, de gracia y de

dignidad personal, nacida del sentimiento íntimo de que en aquella

naturaleza un hombre, por poco que trabaje, se basta siempre á sí

mismo.

¿Conocéis algun pueblo moderno que haya sostenido por sí solo un

teatro? Aquella intuicion estética de los pueblos en el siglo

décimoquinto y décimosexto que creaba por sí misma un teatro y le

infundia sus ideas, sus sentimientos, no existe ya en Europa. El

teatro español nació, como el teatro griego, en una carreta, que

iba de feria en feria, de fiesta en fiesta, seguida del pueblo;

carreta sagrada como la de Théspis, sobre la cual flotaba el númen

del pueblo. Poco á poco, desde que murió Lope, desde que se apagaron

las centellas sobrenaturales del genio de Calderon y del genio de

Shakspeare, el teatro dejó de ser el Auto religioso, dejó de ser el

drama popular, para pasar á ser engendro de leyes académicas, sabroso

pasto de aristocracias literarias. Hasta la guerra de los clásicos

y de los románticos, en que éstos fingian representar el espíritu

del pueblo, aquel espíritu que engendró los poemas homéricos y el

romancero, no conmovió al pueblo, no llegó jamas á pasar de los

folletines, de las revistas, de los bastidores y de las butacas.

Pero Nápoles tiene su teatro, su teatro donde se ha ejercido en todo

tiempo, hasta en los tiempos más nefastos, acre censura sobre las

costumbres, y á veces sobre la política.

Es verdad que este teatro no puede tener carácter alguno literario,

como escrito y representado en el dialecto local. Dialectos han

sido las lenguas neo-latinas, dialectos del latin. Pero un trabajo

de seis siglos llevado á término por genios de primer órden, sin

darles la perfeccion absoluta del latin, les ha dado gran sabor

literario, les ha convertido en lenguas clásicas. Este pobre dialecto

napolitano ¡ah! jamas podrá aspirar á tanto. El protagonista de su

teatro será siempre el pobre polichinela, primo hermano del Pasquino

de Roma. Pero en su modestia, en su humildad indicará que hay amor

á la literatura, amor á la vida y á la accion dramática en el

pueblo que lo sostiene, y que gusta de sus salpimentadas alusiones,

algunas veces verdaderamente aristofanescas. Cuando yo asistí á sus

representaciones criticaban amargamente esos patriotas, que toman á

Roma en el café, de silla á silla, entre sorbo y sorbo de granita,

pero nada hacen por Roma y por Italia, ni en los comicios electorales

ni en los campos de batalla. Aparte la política, sólo sostenida por

alusiones, el drama versaba sobre costumbres populares y relacion de

estas costumbres con la pasion de las pasiones, con el amor. De todos

modos, era de ver cómo aquel pueblo seguia anheloso, extático, su

propia imágen reflejada en la escena.

Tanto allí como en el gran teatro de San Cárlos, uno de los mayores

y más hermosos del mundo, noté la parte que toma aquel público en

los espectáculos. Su temperamento nervioso estalla á cada instante

en manifestaciones tumultuosas, así de censura como de aplauso. El

público es allí un actor, un verdadero actor. Su voz, y si no su voz

su acento, su murmullo, acompaña á los actores como las olas del

Pireo acompañaban al coro de la tragedia griega. Al mismo á quien

ha aplaudido arriba con delirio, lo silba dos notas ó dos versos

más abajo, sin piedad, con verdadero encarnecimiento. Una actriz

sentiríase allí desairada si no atruenan sus oidos tempestades de

aplausos, si no amenazan aplastarla lluvias de flores. Durante la

representacion entera, la curiosidad del pueblo está viva y atenta.

Con su indiferencia no conteis, no. Es un pueblo que ama ó aborrece.

El crepúsculo de la crítica daña á su franca naturaleza de artista.

Por eso ha sentido tanto. Y como ha sentido tanto, por eso ha cantado

á su vez tanto y tan bien. Creedlo, cuando alguna vez os lleguen

hasta el corazon tal romanza de Bellini, tal preludio de Cimarosa,

tal aire de Passiello, hay en esas cadencias algun eco de la cancion

griega, que el marinero entona en la isla de Capri, en el promontorio

de Sorrento, al pié del Vesubio; como en las serenatas de Schubert y

de Mozart hay algo de la cancion andaluza, y en la cancion andaluza

algo del acento de la sublime cantata árabe, acompañada por el viento

del desierto.

Y sin embargo, en mis observaciones de la ciudad que los griegos

llamaron sirena, algo hay que me disgusta: el exceso de alegría

ruidosa en su conversacion, el exceso de movimiento en sus gestos,

el exceso de vértigo en sus bailes, el exceso de acompañamiento de

los más discordes instrumentos en sus canciones y en sus tarantelas.

Y muchas veces fatigado me subia á la cartuja á ver el cielo y

el Mediterráneo, y á pensar en cómo se pierden y se desvanecen

necesariamente las variedades de pueblos y de razas en la inmensidad

de lo infinito.

PARTHENOPE.

Una ciudad meridional no puede tener para nosotros, españoles, y

españoles del Mediodía, la novedad que tiene para franceses, para

alemanes, sobre todo para franceses y alemanes del Norte. Nosotros

poseemos ciudades que en claridad de cielo, en abundancia de luz,

en hermosura de contornos y campiñas, en ingenio de sus ciudadanos,

en belleza de sus mujeres, en arte de sus monumentos y en aires

aromatizados y bien olientes, compiten con las más hermosas y más

ricas ciudades italianas. ¿Quién puede olvidar aquella Valencia,

ceñida de torres árabes y góticas; muellemente reclinada á orillas

del claro rio que por todos sus alrededores derrama abundancia;

circuida de la huerta feracísima que entrelaza con las ramas de sus

brillantes moreras las ramas de sus oscuros granados, y que al pié

de la gallarda palma, dulcemente mecida por las brisas marinas,

ostenta inacabables naranjales, deleitando la vista con los matices

de su dorado fruto y el olfato con los aromas de su blanca flora?

¿Quién dejará de admirar la oriental Córdoba, con su aljama, única

en Europa, donde se oyen los ecos de la poesía árabe, al pié de

aquella Sierra Morena, esmaltada por selvas de rosales? No hay en

la tierra otra Sevilla, cuando la primavera acaricia, su abundante

suelo. Es de ver la ciudad en Abril, levantando sobre inmenso

océano de claro verdor sus agujas, sus botareles, sus ajimeces,

sus ojivas, sus cresterías, bajo el cielo resplandeciente de luz,

y entre los giros del aire cargado con los ecos de las orientales

canciones y las esencias del embriagador azahar. No se cansa la

vista de mirar y admirar á Cádiz; sus blancos edificios, esmaltados

por verdes balcones y ventanas-perlas y cristalinos cierros, donde

flotan cortinas de todos colores; rematados por azoteas llenas de

caprichosas torres y de floridas macetas; erigidos entre escollos

donde las olas se quiebran en cataratas de espuma; rodeados por

bandadas de naves, que ya dejan en los claros aires nubes de

vapor, ya se gallardean con sus henchidas velas y sus pintorescas

banderolas; asentados dentro de aquella sólida y oscurísima

muralla, en torno de la cual aparece á un lado la bahía con sus

blancas poblaciones, sus caños, cortados por pirámides de sal

resplandecientes á la esplendentísima luz, sus lejanas cordilleras

envueltas en vapores, ya violados, ya rosáceos, segun las horas del

dia y los arreboles del ambiente, miéntras del otro lado el mar azul

se dilata, retratando en sus claras aguas todos los matices del cielo

y componiendo con sus vientos, su oleaje, sus brisas, sus corrientes,

sus tempestades y sus tormentas, contínuo himno á lo infinito.

Yo de mí sé decir que en medio de las ciudades más rientes de Italia

he recordado siempre nuestra sin par Granada: la sierra con su cima

de cristal; los apagados volcanes con sus pirámides de frias lavas;

la ancha vega, toda cubierta de copudos árboles, alfombrada de verde

grama, y limitada allá léjos por las celestes montañas de Loja; el

blanco Albaicin en lo profundo, rodeado de áloes y de nopales, como

si aguardára todavía á los hijos del Asia y del África, y todavía

repitiera la cancion melancólica inspirada por los desiertos; el

monte sacro rematado de pinos; la confluencia del Darro y del Genil,

que vienen lamiendo los cármenes entre selvas de almendros, de

avellanos y de gigantescos cáctus; en el centro la Alhambra, con sus

torres doradas por la luz y por los siglos; sobre aquel cerrillo

poblado de bosques y de jardines, á cuyos piés duerme Granada, y en

cuya cima se dibujan con toda la poesía del Oriente los minaretes

y los ajimeces y las bermejas torres, el Generalife, escondido en

grutas de sonantes cascadas, de olientes jazmines, de melancólicos

cipreses, de graciosas florestas, cuyos susurros, cuyos aromas,

convidan de consuno á la vida árabe, toda consagrada, despues de las

zambras y las guerras, al sueño, á la poesía y al amor.

Nosotros tenemos adelfas para coronar á los poetas; bosques de

mirtos dignos de ser habitados por los antiguos dioses; palmerales

bajo cuyas anchas palmas parece vagar el genio del Asia; costas de

áureas arenas y de celestes aguas; promontorios y cabos que el sol

poniente dora con esmaltes dignos de las riberas de Grecia; el aroma

del azahar y del jazmin en los aires, higos tan dulces como los higos

de Aténas, en nuestras higueras; pasas tan azucaradas como las pasas

de Corinto, en nuestras cepas; dias calurosos henchidos por el canto

unísono del coro de cigarras que ensalzaron los antiguos poetas;

noches tranquilas y luminosas como las noches de Oriente; serenatas

en cuyas largas y tristes cadencias se oye resonar aún el acento

inmortal de las canciones árabes con todo su intenso amor y toda su

profunda melancolía.

Á pesar de esto, áun extraña, aún maravilla la campiña de Nápoles.

Conoceréis algo más agreste, más abrupto, más sublime en la tierra;

no conoceréis nada tan clásico, tan digno de la égloga antigua, tan

propio para que el ánimo repose y la naturaleza tome los tintes y

las inspiraciones de nuestra alma. Así como la escultura es el arte

pagano por excelencia, el arte que armoniza la idea y la forma en

suave reposo, la Campania es la tierra de las églogas, la tierra de

las geórgicas, la tierra por excelencia pastoril, donde los montes

repiten el eco inmortal de las dulcísimas zampoñas de Virgilio, y los

animales y las plantas se trasforman á los ojos del pensamiento con

las metamórfosis cantadas por Ovidio.

Dios mio, ¡qué riqueza de colores, de matices, de tonos! ¡Qué

gradaciones desde el azul claro de la bahía hasta el violeta y

amatista oscuro del Vesubio! Como la cordillera del Oriente,

tachonada á intervalos de ventisqueros, que relucen cual diamantes

entre turquesas y esmeraldas, contrasta con el matiz rosa claro,

tomado al anochecer por los montes del Ocaso, por el cabo Miseno y

por los contornos de la isla de Nisida, semejantes á promontorios

de bruñidos jaspes. Mirad ese horizonte puro, purísimo, por el

cual se desvanecen las columnas de blanco humo que despide el

volcan; ese mar tan sensible á los cambios del horizonte, que

puede llamarse su repeticion ó su espejo, ese suelo, que, donde lo

permite la vegetacion, lujuriosa, viciosísima, enseña las lavas

negras y lucientes como el azabache. Yo en ninguna parte he visto

la luz quebrarse en refracciones tan várias ni dar á los contrastes

apariencias de oposicion tan brusca. Por lo que respecta á la luz,

diríase á esta tierra gigantesco prisma de múltiples colores. Por lo

que respecta al contraste, enseñadme en ningun otro punto montañas

más abruptas descendiendo en playas más suaves, bosques más agrestes

junto á jardines más cultivados, ciudades más pobladas y ruinas más

solitarias, suelo más amenazado de muerte por las bocas volcánicas,

por las solfataras ardientes, por los terremotos repentinos, por

las erupciones violentas, ni vida más múltiple, más alegre, que

se espacie así en el cántico, en la danza, en los juegos, en los

placeres; refinamientos de civilizacion mezclados á delicias del

campo; recuerdos antiguos vagando sobre el indolente olvido moderno;

la columna de fuego que el volcan agita como gigantesca antorcha

frente á los picachos rematados de diamantinas nieves.

Aquí veo las hayas y los robledales virgilianos; las cabras,

irguiéndose á clavar el agudo diente en los arbustos; las ovejas con

el vellon cargado de lana y las ubres cargadas de leche, rodeadas,

seguidas de tiernos y baladores recentales; por las laderas,

las zarzas, con cuyas moras se teñian las cejas y las mejillas

los rabadanes para entonar sus bucólicos versos; en la orilla

del torrente, las cañas con que formára el dios Pan sus canoros

caramillos; de erguido olmo en erguido olmo, los festones de las

parras, entre cuyo follaje se posa la paloma y arrulla la tórtola;

en el fondo, los floridos cantuesos; en las colinas, el tomillo y

el espliego; á la entrada de la caverna, por el tronco de la encina

que sobre ella se avanza, el panal destilando miel y rodeado de

zumbadoras abejas, cuyo aguijon trae los jugos de las flores; dentro

de la caverna, el sileno, ébrio de vida y de vino, con su guirnalda

en las sienes y su ánfora en las manos; por las corrientes de los

arroyos, la blanca náyade que teje coronas; por las majadas y los

oteros, el pastorcillo, juntando la amapola con el narciso y la

blanca azucena con la madreselva, para ofrecérselas á su amada; en

el ancho mar, rizado por los soplos de la brisa y herido por los

cambiantes de la luz, la sirena antigua que palpita de amor en las

ondas y canta eternamente con seductora cadencia la inmortal epopeya

de la naturaleza.

Junto á tales églogas, ¡qué terribles tragedias ofrece esta

atormentada tierra! Hicieron los antiguos bien llamándola sirena

que atrae, sirena que mata. Con frecuencia erupciones terribles

destruyen, abrasan, entierran aldeas y ciudades enteras. El terremoto

sacude con estremecimientos espantosos toda aquella region. Los

edificios se balancean como las naves al oleaje del vendaval, y

vienen columnas, trombas de acres vapores, lluvias, diluvios de

cenizas, granizadas de brasas, tempestades de lavas. El mar hierve,

el cielo reverbera fuego siniestro, como si las benéficas pluviosas

nubes hubiéranse tornado ardientes hornos. Respira el volcan como

ciclópea titánica fragua, ó relampaguean, truenan sus erupciones

como legion de tempestades. Por doquier bancos de lavas candentes,

océanos de negras cenizas, torbellinos y espirales de piedras,

rocas fundidas, mugidos espantables de la montaña, estremecimientos

dolorosísimos del valle, vapores sulfurosos, exhalaciones de ácido

carbónico, nubes grises ruidosísimas atravesadas por reflejos

siniestros y henchidas de menudos enrojecidos aerolitos, franjas

de escorias por el suelo y manantiales de aguas hirvientes, el

infierno confundido con el paraíso en la tierra, como la pena con

la alegría en el alma, como el error con la verdad en la mente,

copia fiel de las tragedias de nuestra existencia y los contrastes

de nuestro sér. La encendida montaña es un gigante laboratorio de

donde sale con igual fuerza la muerte y la vida, como la naturaleza

es un conjunto de fuerzas que componen, descomponen y recomponen.

De sus estremecimientos, de sus convulsiones puede quejarse el

antiguo habitante de Pompeya y Estabia, incrustado en las frias

seculares lavas; el moderno campesino de Resina y de Torre de Greco,

que en trágica noche ve desaparecer bajo bituminosas encendidas

materias sus viñas henchidas del dulce lácrima, tan celebrado en

el mundo; pero el químico, el físico, encuentran en sus fecundas

exhalaciones, sodas, potasio y diversas sales marinas, testimonio

de su comunicacion con el Mediterráneo; depósitos de cloruro de

hierro con todos los colores de las piedras preciosas y de las flores

silvestres; manantiales de ácido clorhídrico y ácido sulfúrico;

sustancias amoniacas y agujas de azufre tendidas en largos manojos

sobre las oscuras escorias; depósitos de aguas termales que curan

muchas de las enfermedades, y exhalacion contínua del gas ázoe y del

carbónico, tan funestos para la vida y tan preciosos para la ciencia.

Imposible formarse una idea, sin haberlo visto, del contraste

profundísimo entre la serenidad riente del campo y el siniestro

aspecto del volcan. Cuando los sentidos yerran por aquellas florestas

y aquellas playas; cuando pasan de la colina al valle, del valle al

bosque, de los bosques donde se entrelazan el olivo con el limonero

al mar celeste, donde se rizan tantas velas latinas que parecen

bandadas de blancas aves, creen ver y oir en la realidad los pastores

de Virgilio, los marineros de Teócrito, cantando los unos entre redes

y vergas, y los otros entre apriscos y praderas, dobles versos que

han de repetir las auras y las brisas; pero si luégo se convierten

al volcan y le ven relampaguear, llover fuego, y le oyen mugir,

tronar, creen que sus cimas dibujan entre nubes de humo las legiones

que ya pisaron aquellas altas cimas, las legiones del eterno víctima,

del eterno paria, de Espartaco, el tracio defensor de los esclavos,

cuya sombra ensangrentada y trágica vaga sobre todas estas églogas

como la infame esclavitud sobre todas las bellezas y todas las

armonías del antiguo mundo.

¡Qué exceso de cultura en la vida y de originalidad primitiva en la

naturaleza! Aquí están sobrepuestas cuatro ó cinco civilizaciones

distintas; desde la pelágica hasta la cristiana; y el suelo volcánico

en sus estremecimientos, en sus convulsiones, en sus vapores,

parece pertenecer á los tiempos en que todavía era el planeta

materia incandescente, henchida de intensísimo calor y de tonante

electricidad. Yo me figuro estar en las cavernas donde las ideas

arquetípicas, las ideas madres, como Goethe las llama, tejen los

hilos de la vida, ó donde los gigantes fabulosos en yunques colosales

forjan las inconmovibles bases graníticas de la tierra. Esto es

eternamente pagano. El agua bendita, cayendo quince siglos sobre los

campos, no los ha bautizado todavía. Los dioses no quieren irse. En

vano la vieja sibila de Cúmas, con la vista gastada de mirar á lo

porvenir, con la túnica rasgada por las tormentas, desde el elevado

promontorio donde se consume, ha dicho á los chicuelos de Nápoles

cuando la apedrean, y le preguntan:—¿qué quieres?—Quiero morir.—En

vano las sirenas se han reunido en torno del Cabo Miseno para

quejarse de la muerte del dios Pan. Aquí están todas las divinidades,

lo mismo Céres coronada de espigas, y Baco ceñido de pámpanos, y

Minerva con sus ramas de olivo, y Sileno apoyado en su cipres, que

Neptuno arrancando con el agudo tridente el espumoso caballo á la

tierra, y Vulcano enrojeciendo el hierro en el fondo caliginoso de

sus fraguas eternas. No se han ido, no. Están ahí, en el suelo, en

los córtes escultóricos de los cabos, en los intercolumnios de las

colinas, en los relieves de las costas, en la luz vivísima que no

consiente ningun misterio, que todo lo recama de áureas aristas, para

celebrar las nupcias eternas del espíritu con la naturaleza, como en

el antiguo paganismo.

Estas tierras tan bellas, tan graciosas, atraen eternamente á todas

las razas; son las tierras de la comunicacion perpétua entre todos

los hombres. Quédense para los agrestes montañeses conservar tras

los desfiladeros de sus cordilleras, en el seno de las cavernas,

velados de impenetrables bosques, sobre picachos sólo accesibles á

las águilas, teniendo por defensa el risco, el pedrusco desprendido

al menor esfuerzo de la altura al valle; quédense para ellos las

guerras por la independencia, el culto fiero á las antiguas leyes y

á los antiguos usos: que aquí, entre estas ondas sonoras, donde al

reflejarse el sol finge de luz esplendorosa lagos y rios, cada una de

cuyas gotas es una estrella; donde el fósforo, de matiz blanquecino

como los rayos de la luna, deja en las tranquilas noches fajas

lucientes, parecidas á las fajas de la vía láctea en el cielo; aquí

donde las playas seducen como el seno de casta vírgen; donde cada

árbol exhala nubes de aroma, y cada giro del aire repite suspiros de

amor; sobre la hierba ó sobre las algas, entre las flores del campo

y las conchas de la arena, á la sombra, ya del mirto, ya del olivo,

ya de la vela crujiente, vendrán los dioses de todos los templos, los

pilotos de todas las razas, los conquistadores de todos los pueblos

á vivir, aunque sea un momento, ébrios de orgullo y de placer, en

brazos de esta seductora y voluptuosa naturaleza.

Lo mismo sucede entre nosotros. El cántabro verá estrellarse cien

veces en su escudo de cuero la invasion romana; el asthur, sin tener

la cultura de Bruto ó de Caton, sin aspirar á que Plutarco cuente y

Lucano cante sus hazañas, preferirá la muerte á la servidumbre; el

navarro desde las altas montañas, conjurará todas las conquistas y

hará morder el polvo en su constancia á los soldados de Carlo-Magno;

el vasco guardará, á traves de tantas revoluciones y de tantos

siglos, leyes y usos que tienen caractéres patriarcales, antigua

lengua que tiene puro carácter primitivo, al paso que las playas

del Mediodía, serenas y risueñas, accesibles á todos los pueblos,

abordables á todas las naves; con sus ondas celestes y sus espumas

argentinas y sus áureas arenas y sus colinas graciosas y sus olivos

y sus mirtos y sus laureles; teñidas por aquella luz deslumbradora,

cuyos reflejos dan á las cordilleras toques metálicos, y á los

orientes y á los ocasos de su sol arreboles indescriptibles, y á

las estrellas y á las estelas de sus noches seductor centelleo; de

contínuo embalsamadas por los aromas de flores que embriagan, como

otros tantos misteriosos pebeteros; verán venir á su seno gentes de

todas las regiones, naves de todos los puertos, y tendrán que abrirse

y entregarse de grado ó por fuerza, ya al hierro, ya al halago.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 18 / 19 段