vida al aire libre. La perla no está unida á su concha, el espíritu
á su organismo, la idea artística á su forma, como el napolitano á
su ciudad. Apénas emigra. Necesita, para vivir, de aquella bahía,
de aquellos muelles, de la sonrisa de aquel cielo, de la música
de aquellos mares, hasta de las amenazas del Vesubio. El dia que
volviese el volcan á encontrarse como se encontraba en tiempos de
la República romana, extinto, creeria Nápoles que le faltaba algo
para la vida, el sordo mugir en los oidos, la contínua erupcion en
los ojos, la nube blanquecina de humo en los cielos, el reflejo de
la gigantesca antorcha en las tranquilas aguas. Así la naturaleza y
el hombre se abrazan y en sus abrazos se confunden. Mucha miseria
hay en Nápoles y muchos pobres. Pero no causa la miseria en Nápoles
el pesar que causa la miseria en Lóndres. Un pobre de Lóndres lleva
raidas, remendadas, mugrientas las vestiduras desechadas por las
altas clases; un pobre de Nápoles, si apénas lleva vestido, tampoco
lo necesita, abrigado por aquel aire tibio, bruñido por aquel sol
vivificador. Un pobre de Lóndres necesita bebidas espirituosas, carne
abundante, carbon para calentar su vivienda. Un pobre de Nápoles
vive de los frutos que da el campo, de los peces que guarda el mar,
vida fácil y sóbria. Al uno le están cerrados todos los grandiosos
espectáculos de la ciudad, el club aristocrático, el teatro, los
saraos de la nobleza, las expansiones contínuas donde se entra por
altas cantidades, miéntras que al otro nadie puede quitarle la
fiesta por excelencia de su tierra, la vista de los Apeninos, la
erupcion contínua del Vesubio, el collar de colinas volcánicas que
rodea como un aderezo de diamantes negros su ciudad, la florida y
espesísima vegetacion, el mar celeste, el cielo cargado con su rocío
de estrellas, la música de la onda en la playa, las islas que sacan
su cabeza entre los esmaltes y los celajes del divino Mediterráneo.
Otra cosa he notado en Lóndres y en Nápoles. No hay pueblo donde la
libertad haya echado tantas raíces como en el pueblo inglés, y no hay
pueblo donde las clases sociales sean tan diversas y estén por tan
profundos abismos separadas. Cuando veis uno de aquellos conductores
de ómnibus, asentado con tanta solemnidad sobre su pescante, os
parece ver en la majestad del continente, en la gravedad del aire,
el primero de los lores sobre su saco de lana, presidiendo aquella
cámara alta, que sólo ha tenido su igual ó su semejante en el antiguo
Senado Romano. Y sin embargo, si la fisiología, si la naturaleza no
señalan diferencias entre los aristócratas y los plebeyos, ¡cuántas,
cuán grandes señalan las leyes! En cambio el plebeyo napolitano es
plebeyo en toda la extension de la palabra; plebeyo por su orígen,
plebeyo por su naturaleza, plebeyo por sus costumbres; y sin embargo,
impone su voluntad, su opinion á los aristócratas, con los cuales
se confunde por una mezcla felicísima de ligereza, de gracia y de
dignidad personal, nacida del sentimiento íntimo de que en aquella
naturaleza un hombre, por poco que trabaje, se basta siempre á sí
mismo.
¿Conocéis algun pueblo moderno que haya sostenido por sí solo un
teatro? Aquella intuicion estética de los pueblos en el siglo
décimoquinto y décimosexto que creaba por sí misma un teatro y le
infundia sus ideas, sus sentimientos, no existe ya en Europa. El
teatro español nació, como el teatro griego, en una carreta, que
iba de feria en feria, de fiesta en fiesta, seguida del pueblo;
carreta sagrada como la de Théspis, sobre la cual flotaba el númen
del pueblo. Poco á poco, desde que murió Lope, desde que se apagaron
las centellas sobrenaturales del genio de Calderon y del genio de
Shakspeare, el teatro dejó de ser el Auto religioso, dejó de ser el
drama popular, para pasar á ser engendro de leyes académicas, sabroso
pasto de aristocracias literarias. Hasta la guerra de los clásicos
y de los románticos, en que éstos fingian representar el espíritu
del pueblo, aquel espíritu que engendró los poemas homéricos y el
romancero, no conmovió al pueblo, no llegó jamas á pasar de los
folletines, de las revistas, de los bastidores y de las butacas.
Pero Nápoles tiene su teatro, su teatro donde se ha ejercido en todo
tiempo, hasta en los tiempos más nefastos, acre censura sobre las
costumbres, y á veces sobre la política.
Es verdad que este teatro no puede tener carácter alguno literario,
como escrito y representado en el dialecto local. Dialectos han
sido las lenguas neo-latinas, dialectos del latin. Pero un trabajo
de seis siglos llevado á término por genios de primer órden, sin
darles la perfeccion absoluta del latin, les ha dado gran sabor
literario, les ha convertido en lenguas clásicas. Este pobre dialecto
napolitano ¡ah! jamas podrá aspirar á tanto. El protagonista de su
teatro será siempre el pobre polichinela, primo hermano del Pasquino
de Roma. Pero en su modestia, en su humildad indicará que hay amor
á la literatura, amor á la vida y á la accion dramática en el
pueblo que lo sostiene, y que gusta de sus salpimentadas alusiones,
algunas veces verdaderamente aristofanescas. Cuando yo asistí á sus
representaciones criticaban amargamente esos patriotas, que toman á
Roma en el café, de silla á silla, entre sorbo y sorbo de granita,
pero nada hacen por Roma y por Italia, ni en los comicios electorales
ni en los campos de batalla. Aparte la política, sólo sostenida por
alusiones, el drama versaba sobre costumbres populares y relacion de
estas costumbres con la pasion de las pasiones, con el amor. De todos
modos, era de ver cómo aquel pueblo seguia anheloso, extático, su
propia imágen reflejada en la escena.
Tanto allí como en el gran teatro de San Cárlos, uno de los mayores
y más hermosos del mundo, noté la parte que toma aquel público en
los espectáculos. Su temperamento nervioso estalla á cada instante
en manifestaciones tumultuosas, así de censura como de aplauso. El
público es allí un actor, un verdadero actor. Su voz, y si no su voz
su acento, su murmullo, acompaña á los actores como las olas del
Pireo acompañaban al coro de la tragedia griega. Al mismo á quien
ha aplaudido arriba con delirio, lo silba dos notas ó dos versos
más abajo, sin piedad, con verdadero encarnecimiento. Una actriz
sentiríase allí desairada si no atruenan sus oidos tempestades de
aplausos, si no amenazan aplastarla lluvias de flores. Durante la
representacion entera, la curiosidad del pueblo está viva y atenta.
Con su indiferencia no conteis, no. Es un pueblo que ama ó aborrece.
El crepúsculo de la crítica daña á su franca naturaleza de artista.
Por eso ha sentido tanto. Y como ha sentido tanto, por eso ha cantado
á su vez tanto y tan bien. Creedlo, cuando alguna vez os lleguen
hasta el corazon tal romanza de Bellini, tal preludio de Cimarosa,
tal aire de Passiello, hay en esas cadencias algun eco de la cancion
griega, que el marinero entona en la isla de Capri, en el promontorio
de Sorrento, al pié del Vesubio; como en las serenatas de Schubert y
de Mozart hay algo de la cancion andaluza, y en la cancion andaluza
algo del acento de la sublime cantata árabe, acompañada por el viento
del desierto.
Y sin embargo, en mis observaciones de la ciudad que los griegos
llamaron sirena, algo hay que me disgusta: el exceso de alegría
ruidosa en su conversacion, el exceso de movimiento en sus gestos,
el exceso de vértigo en sus bailes, el exceso de acompañamiento de
los más discordes instrumentos en sus canciones y en sus tarantelas.
Y muchas veces fatigado me subia á la cartuja á ver el cielo y
el Mediterráneo, y á pensar en cómo se pierden y se desvanecen
necesariamente las variedades de pueblos y de razas en la inmensidad
de lo infinito.
PARTHENOPE.
Una ciudad meridional no puede tener para nosotros, españoles, y
españoles del Mediodía, la novedad que tiene para franceses, para
alemanes, sobre todo para franceses y alemanes del Norte. Nosotros
poseemos ciudades que en claridad de cielo, en abundancia de luz,
en hermosura de contornos y campiñas, en ingenio de sus ciudadanos,
en belleza de sus mujeres, en arte de sus monumentos y en aires
aromatizados y bien olientes, compiten con las más hermosas y más
ricas ciudades italianas. ¿Quién puede olvidar aquella Valencia,
ceñida de torres árabes y góticas; muellemente reclinada á orillas
del claro rio que por todos sus alrededores derrama abundancia;
circuida de la huerta feracísima que entrelaza con las ramas de sus
brillantes moreras las ramas de sus oscuros granados, y que al pié
de la gallarda palma, dulcemente mecida por las brisas marinas,
ostenta inacabables naranjales, deleitando la vista con los matices
de su dorado fruto y el olfato con los aromas de su blanca flora?
¿Quién dejará de admirar la oriental Córdoba, con su aljama, única
en Europa, donde se oyen los ecos de la poesía árabe, al pié de
aquella Sierra Morena, esmaltada por selvas de rosales? No hay en
la tierra otra Sevilla, cuando la primavera acaricia, su abundante
suelo. Es de ver la ciudad en Abril, levantando sobre inmenso
océano de claro verdor sus agujas, sus botareles, sus ajimeces,
sus ojivas, sus cresterías, bajo el cielo resplandeciente de luz,
y entre los giros del aire cargado con los ecos de las orientales
canciones y las esencias del embriagador azahar. No se cansa la
vista de mirar y admirar á Cádiz; sus blancos edificios, esmaltados
por verdes balcones y ventanas-perlas y cristalinos cierros, donde
flotan cortinas de todos colores; rematados por azoteas llenas de
caprichosas torres y de floridas macetas; erigidos entre escollos
donde las olas se quiebran en cataratas de espuma; rodeados por
bandadas de naves, que ya dejan en los claros aires nubes de
vapor, ya se gallardean con sus henchidas velas y sus pintorescas
banderolas; asentados dentro de aquella sólida y oscurísima
muralla, en torno de la cual aparece á un lado la bahía con sus
blancas poblaciones, sus caños, cortados por pirámides de sal
resplandecientes á la esplendentísima luz, sus lejanas cordilleras
envueltas en vapores, ya violados, ya rosáceos, segun las horas del
dia y los arreboles del ambiente, miéntras del otro lado el mar azul
se dilata, retratando en sus claras aguas todos los matices del cielo
y componiendo con sus vientos, su oleaje, sus brisas, sus corrientes,
sus tempestades y sus tormentas, contínuo himno á lo infinito.
Yo de mí sé decir que en medio de las ciudades más rientes de Italia
he recordado siempre nuestra sin par Granada: la sierra con su cima
de cristal; los apagados volcanes con sus pirámides de frias lavas;
la ancha vega, toda cubierta de copudos árboles, alfombrada de verde
grama, y limitada allá léjos por las celestes montañas de Loja; el
blanco Albaicin en lo profundo, rodeado de áloes y de nopales, como
si aguardára todavía á los hijos del Asia y del África, y todavía
repitiera la cancion melancólica inspirada por los desiertos; el
monte sacro rematado de pinos; la confluencia del Darro y del Genil,
que vienen lamiendo los cármenes entre selvas de almendros, de
avellanos y de gigantescos cáctus; en el centro la Alhambra, con sus
torres doradas por la luz y por los siglos; sobre aquel cerrillo
poblado de bosques y de jardines, á cuyos piés duerme Granada, y en
cuya cima se dibujan con toda la poesía del Oriente los minaretes
y los ajimeces y las bermejas torres, el Generalife, escondido en
grutas de sonantes cascadas, de olientes jazmines, de melancólicos
cipreses, de graciosas florestas, cuyos susurros, cuyos aromas,
convidan de consuno á la vida árabe, toda consagrada, despues de las
zambras y las guerras, al sueño, á la poesía y al amor.
Nosotros tenemos adelfas para coronar á los poetas; bosques de
mirtos dignos de ser habitados por los antiguos dioses; palmerales
bajo cuyas anchas palmas parece vagar el genio del Asia; costas de
áureas arenas y de celestes aguas; promontorios y cabos que el sol
poniente dora con esmaltes dignos de las riberas de Grecia; el aroma
del azahar y del jazmin en los aires, higos tan dulces como los higos
de Aténas, en nuestras higueras; pasas tan azucaradas como las pasas
de Corinto, en nuestras cepas; dias calurosos henchidos por el canto
unísono del coro de cigarras que ensalzaron los antiguos poetas;
noches tranquilas y luminosas como las noches de Oriente; serenatas
en cuyas largas y tristes cadencias se oye resonar aún el acento
inmortal de las canciones árabes con todo su intenso amor y toda su
profunda melancolía.
Á pesar de esto, áun extraña, aún maravilla la campiña de Nápoles.
Conoceréis algo más agreste, más abrupto, más sublime en la tierra;
no conoceréis nada tan clásico, tan digno de la égloga antigua, tan
propio para que el ánimo repose y la naturaleza tome los tintes y
las inspiraciones de nuestra alma. Así como la escultura es el arte
pagano por excelencia, el arte que armoniza la idea y la forma en
suave reposo, la Campania es la tierra de las églogas, la tierra de
las geórgicas, la tierra por excelencia pastoril, donde los montes
repiten el eco inmortal de las dulcísimas zampoñas de Virgilio, y los
animales y las plantas se trasforman á los ojos del pensamiento con
las metamórfosis cantadas por Ovidio.
Dios mio, ¡qué riqueza de colores, de matices, de tonos! ¡Qué
gradaciones desde el azul claro de la bahía hasta el violeta y
amatista oscuro del Vesubio! Como la cordillera del Oriente,
tachonada á intervalos de ventisqueros, que relucen cual diamantes
entre turquesas y esmeraldas, contrasta con el matiz rosa claro,
tomado al anochecer por los montes del Ocaso, por el cabo Miseno y
por los contornos de la isla de Nisida, semejantes á promontorios
de bruñidos jaspes. Mirad ese horizonte puro, purísimo, por el
cual se desvanecen las columnas de blanco humo que despide el
volcan; ese mar tan sensible á los cambios del horizonte, que
puede llamarse su repeticion ó su espejo, ese suelo, que, donde lo
permite la vegetacion, lujuriosa, viciosísima, enseña las lavas
negras y lucientes como el azabache. Yo en ninguna parte he visto
la luz quebrarse en refracciones tan várias ni dar á los contrastes
apariencias de oposicion tan brusca. Por lo que respecta á la luz,
diríase á esta tierra gigantesco prisma de múltiples colores. Por lo
que respecta al contraste, enseñadme en ningun otro punto montañas
más abruptas descendiendo en playas más suaves, bosques más agrestes
junto á jardines más cultivados, ciudades más pobladas y ruinas más
solitarias, suelo más amenazado de muerte por las bocas volcánicas,
por las solfataras ardientes, por los terremotos repentinos, por
las erupciones violentas, ni vida más múltiple, más alegre, que
se espacie así en el cántico, en la danza, en los juegos, en los
placeres; refinamientos de civilizacion mezclados á delicias del
campo; recuerdos antiguos vagando sobre el indolente olvido moderno;
la columna de fuego que el volcan agita como gigantesca antorcha
frente á los picachos rematados de diamantinas nieves.
Aquí veo las hayas y los robledales virgilianos; las cabras,
irguiéndose á clavar el agudo diente en los arbustos; las ovejas con
el vellon cargado de lana y las ubres cargadas de leche, rodeadas,
seguidas de tiernos y baladores recentales; por las laderas,
las zarzas, con cuyas moras se teñian las cejas y las mejillas
los rabadanes para entonar sus bucólicos versos; en la orilla
del torrente, las cañas con que formára el dios Pan sus canoros
caramillos; de erguido olmo en erguido olmo, los festones de las
parras, entre cuyo follaje se posa la paloma y arrulla la tórtola;
en el fondo, los floridos cantuesos; en las colinas, el tomillo y
el espliego; á la entrada de la caverna, por el tronco de la encina
que sobre ella se avanza, el panal destilando miel y rodeado de
zumbadoras abejas, cuyo aguijon trae los jugos de las flores; dentro
de la caverna, el sileno, ébrio de vida y de vino, con su guirnalda
en las sienes y su ánfora en las manos; por las corrientes de los
arroyos, la blanca náyade que teje coronas; por las majadas y los
oteros, el pastorcillo, juntando la amapola con el narciso y la
blanca azucena con la madreselva, para ofrecérselas á su amada; en
el ancho mar, rizado por los soplos de la brisa y herido por los
cambiantes de la luz, la sirena antigua que palpita de amor en las
ondas y canta eternamente con seductora cadencia la inmortal epopeya
de la naturaleza.
Junto á tales églogas, ¡qué terribles tragedias ofrece esta
atormentada tierra! Hicieron los antiguos bien llamándola sirena
que atrae, sirena que mata. Con frecuencia erupciones terribles
destruyen, abrasan, entierran aldeas y ciudades enteras. El terremoto
sacude con estremecimientos espantosos toda aquella region. Los
edificios se balancean como las naves al oleaje del vendaval, y
vienen columnas, trombas de acres vapores, lluvias, diluvios de
cenizas, granizadas de brasas, tempestades de lavas. El mar hierve,
el cielo reverbera fuego siniestro, como si las benéficas pluviosas
nubes hubiéranse tornado ardientes hornos. Respira el volcan como
ciclópea titánica fragua, ó relampaguean, truenan sus erupciones
como legion de tempestades. Por doquier bancos de lavas candentes,
océanos de negras cenizas, torbellinos y espirales de piedras,
rocas fundidas, mugidos espantables de la montaña, estremecimientos
dolorosísimos del valle, vapores sulfurosos, exhalaciones de ácido
carbónico, nubes grises ruidosísimas atravesadas por reflejos
siniestros y henchidas de menudos enrojecidos aerolitos, franjas
de escorias por el suelo y manantiales de aguas hirvientes, el
infierno confundido con el paraíso en la tierra, como la pena con
la alegría en el alma, como el error con la verdad en la mente,
copia fiel de las tragedias de nuestra existencia y los contrastes
de nuestro sér. La encendida montaña es un gigante laboratorio de
donde sale con igual fuerza la muerte y la vida, como la naturaleza
es un conjunto de fuerzas que componen, descomponen y recomponen.
De sus estremecimientos, de sus convulsiones puede quejarse el
antiguo habitante de Pompeya y Estabia, incrustado en las frias
seculares lavas; el moderno campesino de Resina y de Torre de Greco,
que en trágica noche ve desaparecer bajo bituminosas encendidas
materias sus viñas henchidas del dulce lácrima, tan celebrado en
el mundo; pero el químico, el físico, encuentran en sus fecundas
exhalaciones, sodas, potasio y diversas sales marinas, testimonio
de su comunicacion con el Mediterráneo; depósitos de cloruro de
hierro con todos los colores de las piedras preciosas y de las flores
silvestres; manantiales de ácido clorhídrico y ácido sulfúrico;
sustancias amoniacas y agujas de azufre tendidas en largos manojos
sobre las oscuras escorias; depósitos de aguas termales que curan
muchas de las enfermedades, y exhalacion contínua del gas ázoe y del
carbónico, tan funestos para la vida y tan preciosos para la ciencia.
Imposible formarse una idea, sin haberlo visto, del contraste
profundísimo entre la serenidad riente del campo y el siniestro
aspecto del volcan. Cuando los sentidos yerran por aquellas florestas
y aquellas playas; cuando pasan de la colina al valle, del valle al
bosque, de los bosques donde se entrelazan el olivo con el limonero
al mar celeste, donde se rizan tantas velas latinas que parecen
bandadas de blancas aves, creen ver y oir en la realidad los pastores
de Virgilio, los marineros de Teócrito, cantando los unos entre redes
y vergas, y los otros entre apriscos y praderas, dobles versos que
han de repetir las auras y las brisas; pero si luégo se convierten
al volcan y le ven relampaguear, llover fuego, y le oyen mugir,
tronar, creen que sus cimas dibujan entre nubes de humo las legiones
que ya pisaron aquellas altas cimas, las legiones del eterno víctima,
del eterno paria, de Espartaco, el tracio defensor de los esclavos,
cuya sombra ensangrentada y trágica vaga sobre todas estas églogas
como la infame esclavitud sobre todas las bellezas y todas las
armonías del antiguo mundo.
¡Qué exceso de cultura en la vida y de originalidad primitiva en la
naturaleza! Aquí están sobrepuestas cuatro ó cinco civilizaciones
distintas; desde la pelágica hasta la cristiana; y el suelo volcánico
en sus estremecimientos, en sus convulsiones, en sus vapores,
parece pertenecer á los tiempos en que todavía era el planeta
materia incandescente, henchida de intensísimo calor y de tonante
electricidad. Yo me figuro estar en las cavernas donde las ideas
arquetípicas, las ideas madres, como Goethe las llama, tejen los
hilos de la vida, ó donde los gigantes fabulosos en yunques colosales
forjan las inconmovibles bases graníticas de la tierra. Esto es
eternamente pagano. El agua bendita, cayendo quince siglos sobre los
campos, no los ha bautizado todavía. Los dioses no quieren irse. En
vano la vieja sibila de Cúmas, con la vista gastada de mirar á lo
porvenir, con la túnica rasgada por las tormentas, desde el elevado
promontorio donde se consume, ha dicho á los chicuelos de Nápoles
cuando la apedrean, y le preguntan:—¿qué quieres?—Quiero morir.—En
vano las sirenas se han reunido en torno del Cabo Miseno para
quejarse de la muerte del dios Pan. Aquí están todas las divinidades,
lo mismo Céres coronada de espigas, y Baco ceñido de pámpanos, y
Minerva con sus ramas de olivo, y Sileno apoyado en su cipres, que
Neptuno arrancando con el agudo tridente el espumoso caballo á la
tierra, y Vulcano enrojeciendo el hierro en el fondo caliginoso de
sus fraguas eternas. No se han ido, no. Están ahí, en el suelo, en
los córtes escultóricos de los cabos, en los intercolumnios de las
colinas, en los relieves de las costas, en la luz vivísima que no
consiente ningun misterio, que todo lo recama de áureas aristas, para
celebrar las nupcias eternas del espíritu con la naturaleza, como en
el antiguo paganismo.
Estas tierras tan bellas, tan graciosas, atraen eternamente á todas
las razas; son las tierras de la comunicacion perpétua entre todos
los hombres. Quédense para los agrestes montañeses conservar tras
los desfiladeros de sus cordilleras, en el seno de las cavernas,
velados de impenetrables bosques, sobre picachos sólo accesibles á
las águilas, teniendo por defensa el risco, el pedrusco desprendido
al menor esfuerzo de la altura al valle; quédense para ellos las
guerras por la independencia, el culto fiero á las antiguas leyes y
á los antiguos usos: que aquí, entre estas ondas sonoras, donde al
reflejarse el sol finge de luz esplendorosa lagos y rios, cada una de
cuyas gotas es una estrella; donde el fósforo, de matiz blanquecino
como los rayos de la luna, deja en las tranquilas noches fajas
lucientes, parecidas á las fajas de la vía láctea en el cielo; aquí
donde las playas seducen como el seno de casta vírgen; donde cada
árbol exhala nubes de aroma, y cada giro del aire repite suspiros de
amor; sobre la hierba ó sobre las algas, entre las flores del campo
y las conchas de la arena, á la sombra, ya del mirto, ya del olivo,
ya de la vela crujiente, vendrán los dioses de todos los templos, los
pilotos de todas las razas, los conquistadores de todos los pueblos
á vivir, aunque sea un momento, ébrios de orgullo y de placer, en
brazos de esta seductora y voluptuosa naturaleza.
Lo mismo sucede entre nosotros. El cántabro verá estrellarse cien
veces en su escudo de cuero la invasion romana; el asthur, sin tener
la cultura de Bruto ó de Caton, sin aspirar á que Plutarco cuente y
Lucano cante sus hazañas, preferirá la muerte á la servidumbre; el
navarro desde las altas montañas, conjurará todas las conquistas y
hará morder el polvo en su constancia á los soldados de Carlo-Magno;
el vasco guardará, á traves de tantas revoluciones y de tantos
siglos, leyes y usos que tienen caractéres patriarcales, antigua
lengua que tiene puro carácter primitivo, al paso que las playas
del Mediodía, serenas y risueñas, accesibles á todos los pueblos,
abordables á todas las naves; con sus ondas celestes y sus espumas
argentinas y sus áureas arenas y sus colinas graciosas y sus olivos
y sus mirtos y sus laureles; teñidas por aquella luz deslumbradora,
cuyos reflejos dan á las cordilleras toques metálicos, y á los
orientes y á los ocasos de su sol arreboles indescriptibles, y á
las estrellas y á las estelas de sus noches seductor centelleo; de
contínuo embalsamadas por los aromas de flores que embriagan, como
otros tantos misteriosos pebeteros; verán venir á su seno gentes de
todas las regiones, naves de todos los puertos, y tendrán que abrirse
y entregarse de grado ó por fuerza, ya al hierro, ya al halago.