historia de la península itálica, los pueblos del Norte fundarán
la nacionalidad y la ilustrarán los pueblos del Mediodía. Las
montañas del Norte serán las regiones históricas, las regiones, si
es permitido hablar así, conservadoras; y las playas del Mediodía
serán las regiones comunicativas, las regiones, si es permitido
hablar así, humanitarias. Las unas darán al pueblo su carácter
peculiar y propio, las otras comunicarán este pueblo autóctono con
los demas pueblos de la tierra. El alobrogo se sostendrá en el Norte
de Italia, fuerte y rudo, para realizar el sueño de quince siglos, la
independencia y la unidad italiana, como el montañes de Covadonga,
de San Juan de la Peña, del riscoso Sobrarbe descenderá al llano
con el ímpetu de sus rios á formar la nacionalidad ibérica. Y así
como por Rosas, por Sagunto, por Dénia, por Tarragona, por Calpe,
por Algeciras, por Cádiz, vienen los griegos, los fenicios, los
cartagineses, los romanos, los árabes, por las playas meridionales
de Italia van casi todos los invasores, desde los que fundaron la
Magna Grecia en el estrecho de Mesina y en el golfo de Tarento, hasta
los que fundaron la monarquía española en las faldas del Etna y del
Vesubio.
Así en Nápoles todo cuanto hay de vida moderna recuerda España,
nuestra España, hasta el punto de creeros en Barcelona, en Valencia,
en Madrid mismo, cuando veis las celosías y los balcones y las
casas pintadas de mil matices y los monumentos al gusto de Alfonso
V y de Cárlos III, en tanto que toda la vida antigua os recuerda
más, mucho más que la Italia civilizada por el arma de Roma, la
Italia civilizada por la palabra de Grecia. Parthenope es griega,
completa, absolutamente griega. Allí jamas se romperá, jamas, la
eterna armonía entre el alma del hombre y el Universo que la rodea,
verdadero secreto de la excelencia de la vida helénica no repetida
en la historia. Parece que nadais en el éter cantado por Eurípides
y henchido con los coros de las musas y las melodías de Apolo;
que las aguas han llevado sobre su luciente superficie las áureas
naves, donde iban las procesiones ó teorías griegas celebradas en el
Banquete de Platon; que las islas guardan en sus frentes de mármol,
como la antigua Cytheres, el beso de la diosa recien nacida en las
blandas espumas de las ondas; que aquellas costas dibujadas como á
compas y aquellas montañas en proporciones armónicas con todo cuanto
las rodea, tienen el ritmo y la geometría de Euclídes y de Pitágoras;
que el Mediterráneo se tranquiliza, se adormece allí, no sólo para
repetir los matices todos del luminoso cielo, sino para juguetear
con las ninfas, con las sirenas, con las divinidades, cuyas sienes
coronadas de algas, de perlas, de corales, se ven á cada instante en
el culebreo de los rayos del sol por las jaspeadas arenas, dentro de
las trasparentes orillas marinas; que el hombre se encuentra sobre
aquella tierra, bajo aquel cielo, como el dios antiguo sobre el
ara de su altar y bajo la techumbre de su templo; que la naturaleza
es clara, trasparente, de relieve, como aquella antigua conciencia
clásica, como aquella lengua helénica, la más distinta, la más
precisa, la más armoniosa y rica de las lenguas humanas; que todo
convida allí á entregarse á la vida universal, todo á los cantares
en coros, á las danzas por muchedumbres, á las carreras délficas, á
los juegos píthicos, á los ejercicios atléticos y gimnásticos, á la
vida griega, serena como su arte, regida por la geometría y por la
música, consagrada á hacer de cada cuerpo una perfecta escultura, de
cada alma un cielo trasparente; vida en paz completa y eterna con la
naturaleza, que se cincela, se pule, se esculpe, se pinta á sí misma,
para someterse al espíritu y á la idea y á las fuerzas del hombre.
Yo no las he visto, pero he oido alabar y encarecer á cuantos las
han visto, las bellezas del trópico. Yo tenía un amigo, viajero
incansable, que á la contínua me hablaba de Cuba, de Haiti, del
Brasil, y sobre todo de la isla de Java, de ese manojo de volcanes.
Debe ser bello, terriblemente bello todo eso. Nuestros árboles
parecerán femeniles ramilletes al lado de esos árboles gigantes
que se hunden allá en la inmensidad de los cielos. Nuestros rios
deben ser arroyos en comparacion de esos rios de la India y del
Perú. Nuestra flora, raquítica, miserable, parangonada con la flora
tropical, rebosante de savia y de aromas. Yo me he fingido mil veces
en la mente, leyendo las relaciones de los grandes viajeros, esa
isla de Java con sus fundamentos de granito, con sus montañas de
basalto, con sus haces de volcanes; cubierto el suelo de madréporas
y pólipos; cortado el paso por selvas, primitivas é inexplorables;
desaguando de las raíces de sus montañas de fuego rios hirvientes
en la inmensidad del Océano; los dias todos con tempestades, cuyos
relámpagos son incendios, cuyos truenos desquiciamientos del cielo,
cuyas lluvias electricidad; las noches iluminadas, no sólo por las
estrellas y constelaciones, sino por las grandes aladas luciérnagas
que en todas direcciones vuelan como nubes de animados aerolitos;
los cocoteros saliendo de las aguas, á veces de las ondas, y
elevándose á las alturas cargados de frutos, junto á las palmas
resonantes; los bambúes al pié de los plátanos, árboles gigantescos,
por cuyos troncos fluye el ámbar líquido; las hojas y las ramas de
la vegetacion lujuriosísima entrelazándose hasta formar tinieblas
perpétuas por donde vagan tigres negros de ojos verdes y murciélagos
monstruosos con alas inmensas; el campo cubierto de plantaciones de
tabacos, de té, de café, de especias, que con sus jugos, con sus
esencias, con su humo nos embriagan; el aire embalsamado de aromas
que perturban; la tierra entera, produciendo y devorando seres en
contínua y desordenada exaltacion, como si aquella extraña naturaleza
fuese la demencia, el delirio, el frenesí de la vida.
Bella debe ser, bellísima; pero con toda su hermosura vence y anonada
al hombre. Qué diferencia de los mares serenos, cuyas olas parece que
esculpen las islas; de las costas armoniosísimas que se abren sin
recelo á los vientos y á las aguas; de los olmos, graciosas columnas,
entre las cuales se mantienen las parras con sus flexibles sarmientos
y sus recortados pámpanos; de la flora artística de las orillas del
Mediterráneo, flora llena de bálsamos, el jazmin entrelazado con
la pasionaria, la verbena al pié del mirto, en el hondo valle el
olivo, el granado, la higuera, el limonero, la viña; al borde del
torrente la adelfa; en la montaña la salvia, el tomillo, el romero,
la manzanilla, el árnica, todas llenas de remedios y de consuelos;
sobre las flores las mariposas en su inocente jugueteo, la abeja en
su trabajo, y por los aires dulces, suaves, templados al sol en los
inviernos, templados á las brisas en los veranos, el coro eterno
de nuestras pintadas, nerviosas é inocentes avecillas. El género
humano amará eternamente esta naturaleza graciosa, bellísima, que le
sostiene con su calor suave, que le alimenta con sus sabrosos frutos,
que le regala con sus aromas, que le refresca con sus brisas, que
le bruñe y le sana con su sol, que le recrea con los cambiantes de
sus mares, y el tono rosado de sus altas montañas, y los cuadros de
sus horizontes, y la arquitectura de sus cordilleras; naturaleza en
la cual vive como el fauno en su gruta de hiedra y se baña como el
silencio en la linfa de sus fuentes.
Nosotros nos sentimos todos parte integrante del universo. Conocemos
el estrecho parentesco que existe entre la naturaleza y el alma. Los
minerales nos dan la base de nuestro esqueleto. El hierro penetra
en las venas, colora y enciende la sangre. Con sólo mirar el cuerpo
humano se ven sus relaciones y sus armonías con las plantas. La
relacion es mayor en las esferas superiores de la vida. Todas las
especies animadas tienen afinidades físicas, químicas, fisiológicas
con este cuerpo humano, que las resume, las corona y las completa.
Por todas partes nos sentimos unidos con el universo, y en relacion,
así con la estrella lejana, perdida en los abismos del cielo, como
con la humilde florecilla hollada por nuestros piés. Somos unos con
todos los seres. ¿Y no reconocerémos el estrecho lazo que nos liga á
nuestra propia especie? ¿Será más fácil y más grato sentirse unos con
el mineral, con el vegetal, con los animales inferiores que con el
resto de los humanos, en cuyas frentes centellea el espíritu? Y si
nos reconocemos unidos á los demas hombres por identidad fundamental
de la naturaleza, ¿cómo explicarémos, cómo, la guerra y la
esclavitud? ¿Cómo la sed de corromper, de esclavizar, de combatir, de
exterminar, que aqueja á tantos seres humanos, en detrimento, en ódio
á aquellos que son de todo en todo sus iguales? Y en esta sonriente
tierra de Nápoles nos recuerda la historia el orgullo de unos, la
tiranía engendrada por este orgullo; y de otros la esclavitud, la
degradacion, la miseria moral y material. Pues qué, ¿no veo á mi
espalda el golfo de Bayas, donde Neron en su crueldad asesinó á su
madre, donde Calígula en su demencia llamó á la luna á compartir su
lecho, y veo á mi frente el cono del Vesubio, donde Espartaco citó
á los gladiadores para que, en vez de volver las espadas contra sus
propios corazones, las esgrimieran en el corazon de sus tiranos?
Pero entreguémonos á la contemplacion de este bellísimo cuadro, de
la campiña, de la ciudad. Parece que lo estoy viendo ahora mismo.
Son los últimos dias del mes de Abril. Las hojas verdes y tiernas
cubren las ramas. Los cielos sonrien y sonrien los mares. En el
Este, dibujando sus crestas coronadas de nieve en claro cielo
esmaltado de azul, los montes Apeninos, que á los toques del
éter se pierden, se desvanecen; adelantándose hácia las playas,
al Nordeste, la pirámide truncada que forma el Vesubio, y en
cuyas laderas compuestas de lavas, de riscos casi metálicos, de
oscuras cristalizaciones, la luz se rompe en matices violáceos,
celestes, lilas, que son verdaderamente mágicos; desde el Vesubio
al cabo Campanella, sobre colinas bellísimas, al borde del mar,
entre bosques de olivos y limoneros, de robles y de higueras, de
laureles y mirtos, Castellamare, Sorrento, blancas como palomas;
hácia la curva central de este grande anfiteatro, primero las ruinas
solitarias de Pompeya, los barrios luégo henchidos de vivientes,
como Portici, como Torre del Greco, rodeados todos de maravillosas
quintas y de floridos jardines por leguas de leguas; más hácia el
Oeste Nápoles, entre aquellos muelles del comercio, donde las naves
se agrupan á centenares, las barcas á miles, y este otro muelle de
la contemplacion, del arte, llamado Chiaja, y lleno de alamedas, de
estatuas maravillosas, de templos marmóreos, bordado de larga fila
de palacios grandemente pintorescos por sus azoteas y sus balcones;
tras todos estos palacios, quintas, villas, ciudades, un collar de
pequeños conos volcánicos, que forman como graciosas ondulaciones,
como series de colinas sobre cuya cúspide brillan iglesias,
monasterios, castillos, monumentos de diversas clases, y á cuyos
piés se extienden florestas contínuas en armoniosa gradería; hácia
el Oeste la gruta de Pausilipo remata por la tumba de Virgilio,
genio que reposa en aquella region como en su nido; más al Oeste
aún el cabo Miseno, cantado por los poetas, eternamente querido de
los artistas; todo el conjunto inundado de aquellos arreboles que
dan aspecto fantástico, así á las nieves de los Apeninos como á las
humaredas del Vesubio, y entonando por aquel mar de un celeste casi
indescriptible, segun lo claro y lo bello, en el cual se bañan las
islas de córtes verdaderamente arquitectónicos, y que parecen alzarse
allí como sirenas para velar, para arrullar, para hermosear á la
diosa de las sirenas, á la divina Parthenope.
FIN.
ÍNDICE.
_Páginas._
Al que leyere v
Llegada á Roma 1
La gran ruina 33
Los subterráneos de Roma 63
La capilla Sixtina 89
El Cementerio de Pisa 137
Venecia 171
En las lagunas 201
El Dios del Vaticano 223
El Gueto 317
La gran ciudad 343
Parthenope 369