el gobierno de Roma cuando oprime á los judíos, y al gobierno de
Prusia cuando proscribe á los jesuitas. Yo proclamo que perseguir
ideas es como perseguir luz, aire, electricidad, flúidos magnéticos,
porque las ideas se escapan á toda persecucion, se sobreponen á
todo poder. Si no puedo concebir que se persigan las ideas, ménos
puedo concebir aún que se persigan las asociaciones, cuando tienen
por objeto definir, divulgar un principio, un sistema de religion
ó de gobierno. Las ideas se organizan por su propia virtud en
asociaciones. La idea y su organismo están de tal suerte en perfecta
union como alma y cuerpo, como luz y calor. Pero si no concibo que
se persigan ideas, ni asociaciones que tengan por objeto definirlas
y divulgarlas, concibo mucho ménos que se persiga á razas enteras,
á familias humanas, con el pretexto de que un hecho histórico de
esas razas las ha condenado, en toda la sucesion de los tiempos,
á ser razas malditas. Sé todos los defectos de la raza judía, sé
todo su desenfrenado amor al lucro y todo su egoismo. Pero mayores
que sus defectos son sus desgracias. Y sobre todo es inmerecida la
pena que ha pesado tantos siglos sobre su conciencia y su vida por
haber castigado de muerte á un reformador religioso. El Redentor no
es uno solo. En la historia humana los redentores son muchos. Éste
ha redimido la conciencia, aquél ha redimido la razon, el otro ha
redimido el trabajo. Y casi todos los redentores han muerto al pié
de su obra, inmolados legal ó ilegalmente por las castas tiránicas,
por las iglesias intolerantes, por las instituciones bárbaras,
contra las cuales se han levantado su idea y su palabra. ¿Qué raza
no lleva sobre sí algun crímen semejante al crímen de los judíos?
¿Qué grande hombre no ha sido víctima de las leyes ó víctima de las
ingratitudes humanas? Los griegos sacrificaron al revelador de la
conciencia humana; los romanos al tribuno de la reforma social; los
florentinos al precursor de las revoluciones modernas; los britanos
al profeta de la tolerancia religiosa; los franceses al gigante de
las ideas democráticas; los españoles al descubridor, al creador casi
de un Nuevo Mundo en la inmensidad del Océano. Pues bien; los judíos
sacrificaron á Cristo. Pero decidme, ¿á cuántos profetas, á cuántos
innovadores no han sacrificado los cristianos cuando han predicado
contra la Iglesia, como Cristo predicó contra la Sinagoga, cuando han
tratado de reformar ó completar la ley de Cristo, como Cristo trató
de reformar y completar la ley de Moisés? Por eso el Huerto de las
Olivas, donde el Salvador sudó sangre, el falso beso de Júdas, la
infame prision, el interrogatorio en los tribunales, las angustias
en el pretorio, los bofetones impresos en sus mejillas y las injurias
escupidas á su nombre, la larga calle de Amargura donde cayó tres
veces, los clavos que hirieron sus manos, las espinas que taladraron
sus sienes, la hiel y vinagre que empaparon sus labios, la aguda
lanza que traspasó su costado, la agonía en la cruz, las palabras,
ora amargas, ora tristes de esta penosa agonía, el clamor de muerte á
cuyo eco se partieron de pena hasta las piedras, deben ser la eterna
epopeya de la libertad religiosa.
Que no haya más razas malditas en la tierra. Que todas puedan
mostrar su conciencia y comunicarse libremente con su Dios. Que el
pensamiento no se corrija sino con la contradiccion del pensamiento.
Que el error sea una enfermedad y no un crímen. Que convengamos en
reconocer cómo las ideas se imponen, con independencia completa de
nuestra voluntad, á la mente. Que seamos justos para ver hasta qué
punto cada raza ha contribuido á la universal educacion del género
humano. Esos judíos, de quienes las legislaciones cristianas han
maldecido, son los que nos han dado la idea de la unidad de Dios,
los que nos han traido el Decálogo impreso en el corazon de nuestras
familias y en el santuario de nuestros hogares; los hijos de los
antiguos profetas, los descendientes de David, cuyos salmos cantamos
todavía bajo las bóvedas de nuestras iglesias, los súbditos de
Salomon, cuyos proverbios constituyen la base de nuestras creencias
vulgares, los redimidos de la esclavitud de Egipto por Moisés, á
quien nosotros contamos entre nuestros héroes; los educados por
Isaías, por Jeremías, que nosotros ponemos entre nuestros profetas;
los que más han contribuido á formar la esencia de nuestras ideas y
la levadura de nuestra vida. ¡Cuánto no ganaria el catolicismo en
esta crísis suprema, decia yo al pisar las inmundicias del Gueto y
al ver en el rostro de sus habitantes las señales de su enfermedad
religiosa y moral, si la conciencia humana pesase los servicios
prestados á la educacion de la humanidad por todas las instituciones
y todas las razas!
LA GRAN CIUDAD.
Sin duda es Nápoles hoy la primera entre las ciudades de Italia por
su numerosa poblacion, por sus grandes dimensiones, y una de las
primeras entre las ciudades de Europa. Cuando se la mira desde alguna
altura, cuando apénas se advierte el espacio que la separa de los
pueblos circunvecinos, la creeis por su extension una ciudad como
Lóndres. Los ojos se engañan tanto, que comparado el recuerdo de
París mirado desde el Panteon y la vista de Nápoles mirada desde el
Pausilipo, Nápoles parecíame mayor, mucho mayor, que París, por una
de esas ilusiones ópticas á que tanto contribuyen la luz y el cielo
del Mediodía.
Siempre recordaré mi llegada á la hermosísima capital de las
antiguas Dos Sicilias. En la emigracion el menor contratiempo os
apesadumbra y os irrita. El disgusto se convierte en pena, la pena
se acrecienta con la nostalgia. Os parece que todo el género humano
debe aborreceros, puesto que os aborrece vuestra patria; que toda
sociedad debe rechazaros, puesto que os rechaza la sociedad donde
habeis nacido. Cuando veis un ciudadano que habla de los asuntos de
su nacion en medio de los suyos; un padre ó un hijo que entran en el
hogar y departen con su familia, os creeis el más desgraciado de los
mortales y os imaginais que vuestros huesos van á quedar solitarios
y olvidados en extraña tierra. Sobre todo, si el gobierno, si la
policía de la nacion, donde esperais asilo, os molestan, lo sentís
doblemente y os preguntais á vosotros mismos reconviniéndoos con
acritud: «si de todas maneras habia de ser perseguido, ¿por qué, por
qué abandoné la patria?»
Yo me encontraba en Roma completamente consagrado á la meditacion
y al estudio. Para mí en aquella ciudad sólo eran las ruinas
interesantes y las obras de arte que entre las ruinas se levantan.
Evité toda sociedad casi por completo, y consumí el tiempo en los
museos, en las iglesias, en las catacumbas, en el mundo de lo
pasado. Cada dia encontraba algo nuevo de puro viejo, y enlazaba
estos descubrimientos con mis leyes históricas, á la manera que
el naturalista corrobora sus clasificaciones y sus series con el
descubrimiento, ya de nuevos, ya de repetidos ejemplares. Hallábame
tranquilo en la ciudad donde todo gran dolor puede tener refugio por
lo mismo que puede tener consuelo. La desolacion de su campiña se
armonizaba con la desolacion de mi alma. El olvido que el espectáculo
de tantas ruinas procuraba al corazon lacerado, no podia encontrarse,
no se encontraba realmente en ninguna otra ciudad del mundo.
Cuántas veces pensé desasirme de los lazos que pudieran atar mi
vida á París, el centro de mi destierro, y quedarme allí en muda
contemplacion de los monumentos, en comercio con las artes, en
estudio incesante de la historia. Es verdad que mis ideas filosóficas
y mis ideas políticas no podian ser aceptas al gobierno á la sazon
imperante; mas ¿qué podia contra este gobierno un desgraciado, sin
patria, sin hogar, sin familia, sin relaciones en aquella sociedad,
decidido á oponer á los propios dolores el olvido, y consagrado á
estudiar las instituciones muertas, enterradas en la tumba de aquella
necrópolis tan triste como mi propio corazon?
Asaltado me hallaba por estos pensamientos una mañana de primavera,
cuando entra en mi modesta habitacion, despavorido, un camarero de la
fonda de Minerva, y á boca de jarro y sin darme los buenos dias me
dirige esta pregunta:
—¿Por qué me ha ocultado usted su valer?
—¿Mi valer? Nada tenía que ocultar, porque nada valgo en el mundo.
—¿Su importancia?
—No importo nada.
—Usted es un hombre célebre.
—¡Yo célebre! ¡Bah! ¿Tiene usted ganas de mofarse de mí? le pregunté.
—He impedido que la policía llegára hasta su cuarto.
—¡La policía!
—Sí, la policía se hubiera ya encarado con usted si yo no le digo que
le comunicaria á usted sus órdenes.
—¿Qué órdenes?
—La órden de dejar inmediatamente Roma.
—¿Por qué causa?
—Han dado muchas.
—Pero ¿no puedo saber cuáles?
—Dicen que los libros escritos y publicados por usted se hallan en el
Índice.
—Es verdad; pero si todos los autores cuyos libros se hallan en el
Índice no pueden habitar esta literaria Roma, en verdad os digo que
seréis visitados por pocos literatos contemporáneos.
—Dicen que usted es amigo de Garibaldi, de Mazzini.
—Es verdad.
—Tiene usted mucho valor.
—¿Por qué?
—Por venir á Roma con tales antecedentes.
—Pero debo aseguraros que ninguna idea política me ha traido á Roma.
Usted pudo observar que ni he recibido ni he hecho ninguna visita.
—Pues áun dicen más.
—¿Qué dicen?
—Que está usted condenado á muerte.
—Y en garrote vil.
—Por revolucionario.
—Por liberal, por demócrata.
—Ya sabe usted, me dijo con misterio, las relaciones cordialísimas
que hay entre el gobierno de los cardenales de Roma y el gobierno de
los Borbones de España. Es de temer que estando usted condenado á
muerte en España, esta policía romana le coja, le aprese, le lleve
á Civita-Vecchia, y le entregue á la fragata militar anclada en el
puerto. Y lo ahorcarán á usted.
—¡Qué idea tiene usted de este cristiano gobierno! le dije con
extrañeza. Es bien imaginario ese peligro.
—Pero el peligro real, efectivo, es el que usted corre de dar con su
cuerpo en la cárcel si no sale de Roma por el primer tren.
—¡La cárcel! Todavía la hubiera sufrido con resignacion en mi patria.
La idea de que estaba entre los mios, la idea de que la merecia como
conspirador, acaso dulcificáran mis dolores. Pero la cárcel aquí me
aterra. ¿Á qué hora sale el primer tren?
—Á las diez.
—¿Qué hora es?
—Las nueve y media.
—¿Para dónde sale?
—Para el Mediodía.
—No estoy apercibido ni preparado; pero no importa.
Llamé á mis compañeros de viaje, un propietario mejicano y dos
jóvenes españoles que estudiaban en el colegio de Bolonia, y que
recorrian durante las vacaciones de Pascuas Italia, encarguéles mi
equipaje, partíme en uno de aquellos cochecillos que no corren, sino
vuelan, á la estacion; tomé un billete, y me empaqueté en mi wagon
con la guía del viajero en una mano y el periódico de Roma en la otra.
Al partir el tren bordeamos la Vía Apia y descubrimos el sepulcro
de Cecilia Metella. Estos grandes monumentos me inspiraron tristes
reflexiones. Un desterrado, un condenado á muerte por el crímen de
profesar ciertas ideas políticas, ¿no es una ruina más entre tantas
ruinas, no es una sombra más entre tantas sombras, no es un muerto
más entre tantos muertos? Ninguna inquietud debia engendrar en este
poder inmenso, cuyo nombre invocan millones de seres todos los dias
al pié de los altares en toda la redondez del planeta. Me arrojan,
no sólo de mi patria, sino de aquella ciudad que parece tener el
eterno derecho de asilo. Á un cadáver no se le niegan en el mundo,
no, cuatro pasos de tierra, y se le niegan á un vivo. Para distraerme
de estas melancólicas reflexiones convertí los ojos al periódico,
y encontré la siguiente noticia: «El Papa ha ofrecido Roma al Rey
de Hannover, destronado y proscripto, porque Roma es un asilo, un
refugio eterno para todos los desgraciados.» Una sardónica sonrisa
corrió por mis labios, y mi saliva tomó toda la amargura de la
hiel. Con estos tristes pensamientos dejé la ciudad de las eternas
tristezas.
¡Qué contraste entre la campiña de Nápoles y la campiña de Roma!
Ésta es la unidad y aquélla la variedad; ésta lo sublime y aquélla
lo bello; ésta la majestad y aquélla la gracia; en Roma se oye el
cántico unísono de un lamento parecido al uniforme salmo de los
profetas bíblicos, y en Nápoles el coro de las antiguas divinidades
griegas. Pero si el contraste entre campiña y campiña es grande, es
mayor aún el contraste entre ciudad y ciudad. Digan lo que quieran
todos los enemigos jurados de la Roma pontificia, parecióme, en
comparacion de Nápoles, una ciudad austera, austerísima. Por lo ménos
reinan en Roma la tristeza y el silencio. Sus habitantes visten
colores oscuros. Sus rostros tienen cierta solemne tristeza, como
cuadra á una raza reina y destronada. Los innumerables conventos,
la muchedumbre de frailes, las capillas que por todas partes se
levantan, las imágenes que ornan las esquinas, denotan que el pueblo
romano es un pueblo sometido á la teocracia; miéntras que los
gritos de las calles de Nápoles, las vociferaciones contínuas, la
infinidad de corrillos, la alegría universal, los bailes en un lado,
los conciertos al aire libre en otro, la inmensa concurrencia á los
aguaduchos y á los cafés, denotan que estais en ciudad civil, donde
la vida es como contínua fiesta. Ya no hay la multitud de estampas
religiosas que en otro tiempo. Á la imágen del Señor han sustituido
la imágen de Garibaldi. Adorar es la necesidad de Nápoles, adorar
fervientemente, y sea cualquiera el objeto de sus adoraciones; adorar
á gritos, á manotadas, en medio de la algazara y del estrépito,
con la exaltacion propia de los temperamentos nerviosos, y con el
fanatismo que acompaña á las pasiones meridionales encendidas por
el calor intensísimo del clima. Hay algo del Vesubio, algo de sus
ardores, algo de sus erupciones, algo tambien de sus veleidades en la
movible y ardiente naturaleza de los napolitanos, de estos griegos
degenerados, que viven con la sonrisa en los labios, al borde
siempre de la muerte; amenazados por el volcan de rigores iguales á
los rigores que enterraron á Herculano y Pompeya.
Muchas veces, cuando yo discurria por las calles de las grandes
poblaciones del Norte y observaba su recogimiento y su silencio,
pensaba lo que sería una poblacion como Lóndres, como París, situada
en las regiones meridionales de Europa. ¡Qué mar embravecido, tanta
gente bajo nuestro cielo! ¡Qué rumor se levantaria de las calles!
Una ciudad del Mediodía es una selva del trópico. En su seno late
vida tal y tanta, que en vano buscariais entre las brumas de Lóndres
y de París. Yo nunca he oido desde las alturas de Montmartre ó del
cementerio de Lachaise, al anochecer, los rumores que he oido desde
las alturas del Retiro á la misma hora. Cualquiera diria que Madrid
es una ciudad mayor que París. Pues en comparacion de Valencia, en
comparacion de Sevilla, Madrid es una ciudad silenciosa. ¡Qué noches
las noches de Sevilla! ¡Los niños juegan y gritan, los mozos cantan
y puntean la guitarra, las familias acomodadas oyen el piano al
fresco del patio, entre macetas de aromáticas plantas y surtidores
de murmuradoras aguas! ¡Qué dias los dias de fiesta en Valencia,
sobre todo por la estacion de verano! ¡Las campanas al vuelo, las
músicas discurriendo por las calles, los tamboriles y las dulzainas
dando el compas á las danzas, el morterete que estalla en estruendos
semejantes á cañonazos; la _traca_, una hilera interminable de
petardos por los suelos, y los cohetes voladores á manojos por los
aires!
Pues bien, yo os digo que Sevilla y Valencia son ciudades silenciosas
en comparacion de Nápoles. Bien es verdad que Nápoles tiene
seiscientos mil habitantes. Mas no consiste la diferencia en la mayor
poblacion, no. Nuestro temperamento meridional está refrenado por
nuestra gravedad española. Hay hasta en los pueblos más meridionales
de España algo del recogimiento y de la silenciosa religiosidad
árabe. Ni los andaluces ni los valencianos manotean, accionan,
gritan como las gentes de Nápoles. Son nuestros campesinos, en medio
de sus fiestas y de sus bromas, graves como españoles; son los
napolitanos locuaces como griegos. ¡Qué baraunda de ciudad! Cuánto
más se apropiaba al estado de mi ánimo Roma con todas sus grandes
sublimidades; el Miserere de Pallestrina; los paseos por la Vía Apia
bordada de sepulcros; las contemplaciones contínuas de las campiñas
desoladas; la meditacion filosófica sobre las piedras desnudas, entre
las ruinas del Coliseo, bajo los brazos de la Cruz.
Aquellos que gusten del estruendo, corran, corran á Nápoles. Las
aceras están llenas de trastos, de tiendas y de talleres ambulantes,
de gentes durmiendo que parecen, por lo inertes, muertas. Mil
organillos, arpas, violines, os atruenan los oidos. Nubes de
titiriteros, funámbulos, prestidigitadores con sus correspondientes
coros de extáticos curiosos, embarazan á cada instante el paso. Los
trabajadores cantan ó disputan á voces. Los ociosos, cuando no tienen
con quien hablar, hablan solos y á gritos. Los cocheros ó carreteros
que pasan, vociferan como energúmenos, chasquean el látigo en todas
direcciones, levantan huracanes de polvo y de ruido. Cada mula lleva
centenares de cascabeles y de campanillas. Los carruajes crujen
como si de intento los construyeran crujientes. Los vendedores de
periódicos, y en general todos los vendedores ambulantes, vocean
de la más descompasada manera. Cada mercader, á la puerta de su
tienda, al frente de su puesto, os hace pomposo programa oral de sus
ricas mercancías, y se proponen todos que las tomeis por fuerza.
El vendedor de escapularios, sin pararse en vuestra religion ni
en vuestro orígen, os arroja su amuleto al cuello, miéntras el
limpia-botas, importándole poco que esté vuestro calzado sucio ó
luciente, lo embadurna con su betun, bien ó mal de vuestro grado. El
ramilletero, que lleva manojos de rosas y de flores de azahar, os
adorna el sombrero, los ojales, los bolsillos, sin pediros ni vénia
ni permiso. El horchatero sale con su vaso rebosante á la acera y
os lo arrima á los labios. Aún no habeis logrado libertaros de sus
importunidades, cuando viene otro importuno con su fruta de sarten
calentita y chorreando aceite, á pediros que comais por fuerza. Los
niños, acostumbrados á la mendicidad, aunque su gordura y su placidez
indiquen el mayor bienestar, se os agarran á las rodillas y no os
dejan dar un paso como no les deis una moneda. El pescador se acerca
con traje color de alga, descalzo, arremangado el pantalon, cubierta
la cabeza de su gorro catalan, la camisa azul desabrochada, abriendo
las ostras, los mariscos, y presentándolos cual si le hubierais
dado ese encargo. El cicerone se echa á andar delante de vosotros y
desplega su elocuencia esmaltada de innumerables palabras de todas
las lenguas, y llena de anacronismos y despropósitos históricos
y artísticos. Si le rechazáis, si le decís que son inútiles sus
servicios, apercibíos á oir las infinitas sirtes donde correis
peligro de perder la bolsa ó la vida por no haber escuchado sus
consejos ni atendido á su pasmosa ciencia. No creais que os eximís de
todos estos importunos yendo en coche. Yo no he visto jamas gente más
lista para saltar á los carruajes, colgarse á las portezuelas, seguir
como agarrados á la trasera, al pescante, á cualquier parte, por más
que intenteis desviarlos. Pues no digo nada si teneis aire de viajero
recien llegado, y se empeñan los cocheros de plaza en que habeis de
adoptar su vehículo. En medio segundo os veis rodeados de coches que
andan en torno vuestro como culebras, áun á riesgo de aplastaros, y
cuyos automedontes, hablando todos á un tiempo en coro desconcertado
é infernal, os ofrecen llevaros al Pausilipo, á Bayas, á Puzzoli, á
Castellamare, á Sorrento, á Cúmas, al fin del mundo.
Los domingos son dias de verdadero vértigo. Parece que se han vuelto
los habitantes de la ciudad, todos sin excepcion alguna, dementes.
Yo no he visto andar en ninguna parte tan de prisa. Yo no he oido un
campaneo tan ruidoso. Yo no pienso volver á encontrarme en medio de
un aquelarre tan continuado. Proporcionalmente, ninguna ciudad de
Europa, ninguna, tiene el número de carruajes que Nápoles. Suelen dar
las carretelas de lujo una vuelta al pié de las hermosas colinas de
las afueras y entrar por el Pausilipo á Chiaja. Imposible concebir
mayor riqueza ni mayor número de elegantísimos trenes. Á los muchos
de la aristocracia napolitana se unen los muchos que gastan los
viajeros riquísimos, habituados á visitar la ciudad y á permanecer en
ella durante la primavera y el invierno. Pero el carruaje que tiene
que ver y áun que oir es el carruaje del pueblo en domingo. Es la
antigua calesa madrileña, todavía más ligera. Los caballos, bastante
flacos de suyo, van enjaezados vistosamente. Cintas, lazos, flores,
bandera tricolor, campanillas resonantes, cascabeles innumerables,
arreos bordados de lanas ó sedas vistosísimas, hasta grandes pañuelos
de gasa los envuelven. El cochero no es nunca uno solo. Van dos ó
tres haciendo gestos, dando saltos como acróbatas por el circo. En
el carruaje, en el pescante, en la trasera, caballeros sobre el
jaco matalon, colgados del estribo, tendidos por el respaldo, en
equilibrios inverosímiles, en posiciones atrevidas y peligrosas van
más de veinte hacinados, y todos gritan, y todos se mueven cual si
todos bailáran. Despues de haber visto pasar seguidos unos cuantos,
repletos, henchidos, acompañados de aquel ruido infernal, teneis
vértigos, de atronados los oidos, de mareada la cabeza, como si
hubierais rodado, á manera de peonza, en vals infernal.
Guardaos bien de caer por gusto en aquellos carruajes. Aunque los
hayais alquilado para vosotros solos, los que van de un punto á
otro con alguna prisa, los cansados y fatigados, los que quieren
correr en piés ajenos, como si la calesa fuera propiedad comun,
la asaltarán, la poseerán como en pleno derecho, os acompañarán,
pasando y repasando en ejercicios gimnásticos á vuestro lado, sin
haceros ningun daño ni inferiros ningun agravio, ántes diciéndoos
mil gentilezas, resueltos á ser vuestros compañeros, como si toda
la vida os hubieran conocido. La subida al Vesubio es temible por
estas gentes. Si no llevais guía, contad con sus dicterios, con
sus emboscadas, con sus silbidos é injurias, imposibilitados de
hallar quien os señale una senda, quien os saque de un mal paso.
Siempre me acordaré del pobre inglés sin guía que encontré cerca
del cráter. Parecia un Ecce-Homo. Pero si usais guías, ya podréis
creeros un maniquí verdadero. Os entregan un jaco que no podeis ni
arrear ni parar á vuestro arbitrio. Llegados á cierto sitio, cuatro
ó cinco se apoderan de cada uno de vosotros. Éste os echa una cuerda
á la cintura, el otro os coge el brazo derecho, el de más allá
el izquierdo; empléanse en fingir que quitan piedras del camino,
en tirar de vuestro cuerpo como de un fardo, en desriñonaros con
apariencia de sosteneros, hasta que llegados á la cima, despues de
haberos consentido escaso reposo, pintándoos los riesgos de morir
como Plinio, os arrojan en carrera vertiginosa desde el cráter,
por una ladera toda cubierta de cenizas, como alma que se lleva el
demonio á los profundísimos infiernos.
Y cuenta que, despues de haberse establecido el régimen
constitucional, despues de haber penetrado las ideas y con las ideas
las costumbres modernas, han desaparecido aquellos tradicionales
lazzaronis que vivian casi desnudos sobre la arena, al sol,
sustentándose de la corta pesca y de la larga limosna. La idea de que
el pueblo no sea trabajador en Nápoles paréceme una idea falsísima.
Gritan, cantan, gesticulan, vociferan, disputan, pero trabajan y
trabajan con afan. Lo que hay, en medio de tanta luz, al influjo de
aquella hechicera naturaleza, educados por la hermosura de los varios
paisajes, sostenidos por la atencion de sus conciudadanos, como
hijos naturales de la griega Parthenope, muchos poetas sin cultura
que improvisan versos espontáneos cual la flora de los bosques y
las selvas, muchos oradores que hablan con inimitable elocuencia
del sentimiento y de la pasion. Las fuerzas no se agotan en esta
eterna primavera. La sensibilidad no se gasta jamas en esta vida
de emociones. Son sobrios como los antiguos griegos. Un puñado de
higos, unas rebanadas de melon, pepinos, tomates y pimientos crudos,
mariscos salados, forman la base de su alimento. Ignoro si serán
ciertas las observaciones de un escritor inglés, el cual se queja
mucho de que la patata ha disminuido la inteligencia de los pueblos
meridionales haciéndolos linfáticos. Yo recuerdo en mi familia una
vieja criada que murió hace tiempo en nuestro hogar, á los noventa
años, y que no quiso nunca comer patatas. Nuestro inglés le hubiera
dado un premio, pues dice que esa fécula no es como los guisantes,
como las habas, alimentos cargados de fósforo y aptos por ende al
desarrollo de la vida cerebral, y que debe ser restaurado como en
tiempo de Pitágoras, el cual encarecia las habas y las recomendaba
como alimento casi religioso. Yo puedo decir que el pueblo de Nápoles
tiene una gran sobriedad, y no es dado en ninguna manera ni al vino
ni á los licores. Si un dia faltára la nieve ó el agua fresca, habria
en Nápoles una verdadera revolucion. Parécense en esto á sus padres
los antiguos griegos. Una de las más hermosas odas pindáricas tiene
bellísima y lírica introduccion consagrada al agua.