visitar el barrio de los judíos en Roma. La limpieza no es grande
en la Ciudad Eterna. Montones de inmundicia os cierran á cada
encrucijada el paso. Los claros rios, que en gigantescos acueductos
vienen, y por fuentes monumentales se derraman, así en las cimas de
las colinas como en las profundidades de los valles, no limpian, no
lavan, como si bajo tierra se perdieran. El Tíber es verdaderamente
el rio de las cloacas. Sus amarillentas aguas le dan aspecto de
gigantesco vómito de hiel. La Ciudad Eterna es una ciudad sucia. Se
necesita, á decir verdad, taparse mucho las narices para aspirar
aquellos aromas espirituales que embriagaban el alma piadosísima de
Luis Veuillot. Y en esta ciudad pasma, por su inmundicia, el barrio
de los judíos. Húndense los piés en aquella mullida alfombra de
excrementos, que parecen lechos de cerdos ó de hipopótamos. Niños
medio desnudos, devorados por costras de porquería, que semejan
costras de cancerosa lepra, juguetean en todas direcciones. Algunas
viejas, de tez rugosa y amarilla, pelo cano, ojos vidriosos, aspecto
macilento, sonrisa siniestra, guardan las puertas de las viviendas,
que parecen sucias ratoneras. Cada uno de aquellos antros exhala
insufrible hedor. Con la raza judía se confunden allí familias
gitanas caidas de la misma grandeza y encorvadas bajo la misma
maldicion. Algunas de sus pobres mujeres, que la Inquisicion hubiera
quemado por untarse y volar, sobre todo en sábado, os detienen
para convidaros, en dialecto ininteligible, gutural, á ver lo por
venir en sus combinaciones de cartas. Sobre sucias piedras juegan
muchos grupos á juegos que tienen algun parecido con nuestro mus,
con nuestra peregila, con todas las combinaciones de cartas usadas
en el Mediodía de España. Cuando hallan alguna dificultad, trampas
ó trabacuentas, arman algazara que se difunde por todo el barrio.
Éste rechina los dientes, aquél crispa los puños, el de más allá
profiere palabras amenazadoras, todos manotean como si estuvieran á
punto de romper en campal batalla. Los niños se mezclan al ruido y
gritan en torno del corro. Las mujeres se asoman por los tragaluces,
y participan del ardor general y se mezclan en la general disputa,
guiándose, no por la razon y la verdad, sino por el sentimiento, que
les dice ser mejor derecho el de sus más próximos parientes. Oidles y
guardaos bien de mezclaros en sus contiendas, porque correis peligro
de veros asaltados, heridos, magullados por la ira de todos aquellos
furiosos. En el Gueto debeis limitaros á observar las sucias piedras,
las inmundas calles, las feas madrigueras, los amarillentos y
miserables habitadores, los harapos que penden de las ventanas, y la
espesa atmósfera de pestilentes vapores que envuelve aquel infierno,
donde se purga por los representantes de tenacísima raza la virtud
más querida de los papas, la creencia en principios increibles.
Y la condicion de esta tribu ha mejorado mucho en el presente
pontificado. Las férreas cadenas que los separaban del resto de la
poblacion y los tenian como prisioneros, han caido, merced á la
generosidad de Pío IX. Ya no tienen necesidad de sepultarse desde
el anochecer en sus pocilgas, y pueden andar á su arbitrio toda la
ciudad. Aquel tributo de sangre, que repartido entre todos tocaba
á cincuenta céntimos anuales por cabeza, no se paga desde 1848. El
privilegio mismo de vivir en toda la ciudad es un privilegio que no
aprovechan, á causa de serles difícil hallar alojamientos tan baratos
como los alojamientos de su barrio, cuyos alquileres han sido tasados
misericordiosamente por antiguos rescriptos pontificios.
Pero ¡cuánto han padecido los judíos! Hacíalos ya Tácito objeto
de sus aceradas invectivas, y Luciano de sus graciosas burlas.
Castigábanlos muchas veces los emperadores echándolos como pasto á
las fieras del circo. Confundíanlos en las persecuciones cristianas,
á ellos, que abominaban de las novedades traidas por el cristianismo
á sus creencias. Cebábanse en sus personas los bárbaros recien
convertidos á la fe cristiana. Aislábanlos del mundo los papas..... Y
sin embargo, hay naciones donde la persecucion ha sido más implacable
aún contra tal raza que en la misma Roma; naciones donde sólo han
quedado de ella recuerdos en la historia. Admiremos su fe. Por
uno que de esa fe reniega, innumerables la sostienen. Hasta los
más profundos de sus pensadores creen que el género humano se ha
extraviado por haber admitido con el cristianismo las ideas de la
metafísica griega en el dogma teológico de la unidad de Dios y en el
severo y sublime decálogo de Moisés. Ellos creen que el pueblo judío
renunciará á su primacía de pueblo sacerdote, de pueblo levita, el
dia que sus hermanos, los sectarios del cristianismo, renuncien á las
ideas antropomórficas de Grecia. Y la humanidad, unida en el mismo
espíritu, del cual se derivará un solo derecho, podrá purificar su
conciencia en el humano principio de la unidad divina, y su voluntad
en los severos preceptos del Decálogo. Estas ideas no circularán por
la mente de aquellos pobres judíos del Gueto, á quienes recelosa
autoridad ha sumido en espesísima ignorancia, pero el cimiento de
sólida fe queda en sus almas.
No puedo comprender cómo algunos escritores religiosos se extrañan de
la inmovilidad judía. Pues qué, ¿en Roma no participa toda la vida
de esa misma inmovilidad? ¿Hay region alguna en la tierra donde esté
la historia tan viva? Todavía se oye la ninfa Egeria en la caverna
de Numa; todavía las sombras de los Tribunos andan errantes por las
cimas del Aventino. Cuando descendeis á las catacumbas, os imaginais
asistir á las perseguidas agapas cristianas; y cuando volveis de
la Vía Apia, despues de haber visitado aquellos sepulcros, creeis
volver de un romano entierro. La desolacion que los errores patricios
sembráran en las majestuosas campiñas exhala hoy mismo vapores de
muerte. Los Césares-Pontífices áun habitan los jardines de Neron.
La antigua arquitectura romana áun se impone al espíritu católico.
Tiene su aristocracia aquella debilidad contraida en los tiempos
del Imperio, cuando los dictadores perpétuos que sucedieron á César
le quitaron las armas para quitarle con ellas toda dignidad. Su
clero cierra los ojos á la voz de la razon, se resiste al progreso,
se opone á las reformas, de la misma suerte que los sacerdotes
paganos, cuando agitaban su tirso de oro y se ceñian su corona de
verbena sobre las legiones invasoras de los godos, y á pesar de la
proclamacion del cristianismo como religion del Imperio por el Senado
de Teodosio. Y si examinais con detenimiento el bajo pueblo, veréis
las señales de lo antiguo, no solamente en su perfil griego y en su
musculatura verdaderamente romana, sino en su mezcla de indolencia y
de soberbia, como pueblo habituado á que le mantenga el patrono y lo
diviertan todos los demas pueblos de la tierra.
La tenacidad de los judíos está en su conciencia, en su religion.
Y contra esta tenacidad, ¡cuántos y cuán crueles combates! ¡Qué
porfiada enemiga! En Roma hay contra ellos la misma repugnancia
que en Mallorca contra los chuetas. En este tiempo de tolerancia
religiosa, de instituciones democráticas, hemos visto expulsados de
público baile mallorquin dos ciudadanos por pertenecer á la raza de
los chuetas, es decir, por descender de los judíos. El catolicismo
de estas gentes, llevado á la más extrema exaltacion, no les ha
exentado de su culpa original. Hay pueblos en la isla que tienen á
gloria no haber consentido jamas en su recinto un chueta. Y algunos
de estos chuetas firmaron el año cincuenta y cuatro exposiciones
contra la libertad religiosa, cuando todavía está caliente casi el
quemadero donde ardieran los huesos de sus padres. ¿Tendrá algo que
ver con la raza maldita de Mallorca el rito catalan observado en
una de las cuatro sinagogas hoy existentes en el Gueto? No pude de
esto enterarme. Yo jamas he visto amor patrio como el amor de los
judíos españoles. Tantas injusticias no han sido parte á inspirarles
desvío á esta madre España, convertida para ellos en madrastra.
Conocí en Florencia un matrimonio judío que viajaba por Europa y
venía de Damasco. La mujer era hermosísimo tipo oriental. Su pálida
tez, entonada por la lumbre de ojos negros y profundas, circuidos
de larguísimas y umbrosas pestañas, resaltaba entre los rizos de
largos cabellos, como la seda de finos y relucientes. Era su nariz
griega, como la nariz de la Vénus de Milo, y sus labios rojos como
el encendido carmin de la flor del granado. Llamóme la atencion
tanta belleza, como á ella le llamó la atencion el idioma patrio
que hablaba yo con varios españoles y americanos. Inmediatamente
dirigióse á su marido y le dijo algunas palabras en español. La
lengua nacional, hablada en tierra extraña, vibrando en los oidos
del emigrado, transporta, enajena, como la más armoniosa música. No
pude contenerme y le dije:—Señora, ¿es usted española? Entónces me
refirió que era judía, que naciera en Liorna, que se casára con un
griego, que habitaba Damasco, que aprendió el español en su sinagoga
patria, y que lo hablaba con sus correligionarios de Oriente, entre
los cuales muchos lo han conservado como piadoso recuerdo de su
orígen, como glorioso timbre de su estirpe. Los afectos más vivos
siempre son los afectos más contrariados. Mi amor patrio, con ser
tan intenso, parecióme tibio al compararlo con el amor á España de
esa raza, que perseguida como manada de fieras, injuriada por toda
clase de afrentas, desarraigada del suelo nacional, en la dispersion,
en el destierro de cuatro siglos, áun vuelve los ojos con amor á
las tierras donde el sol se pone, y áun habla la lengua de sus
perseguidores, á la manera que los antiguos israelitas entonaban
los cánticos de sus profetas, en las orillas del Eufrates bajo los
llorosos sauces de Babilonia.
Al pensar esto, al sentir esto, vi como en vision magnética el
movimiento político que habia de romper la cadena de las tradiciones
antiguas en mi patria, y juré, si alguna vez obtenia la confianza
de mis conciudadanos para el magisterio altísimo de legislador,
combatir sin descanso hasta alcanzar que no fuéramos en el mundo
moderno monstruosa excepcion por nuestra intolerancia, y abriéramos
las puertas de la patria á todas las ideas como á todas las sectas,
y consagráramos aquel derecho, sin el cual todos los demas derechos
son como si no fueran, el derecho de abrir la conciencia á la luz, y
adorar en público como en secreto el Dios que vive en la conciencia.
¡Y cuánto no influyó en el cumplimiento de esta promesa dada por mi
corazon y mi inteligencia el recuerdo de aquella pálida y tristísima
tribu judía del Gueto, consumida en la ignorancia y en la miseria!
Y así como al entrar en los Estados Pontificios no pude ménos de
comparar sus prohibitivas aduanas con el libre comercio de la
república Suiza, al recorrer el barrio inmundo de los judíos en Roma,
no pude ménos de recordar la libertad religiosa de Ginebra, el ámplio
derecho de que allí gozan todos los cultos, las plegarias dirigidas
por los hijos de Israel en la lengua republicana de los antiguos
profetas para que Dios conserve á Suiza en sus libres instituciones,
donde brillan las conciencias como las estrellas en la inmensidad de
los cielos.
Verdaderamente es de admirar que la raza judía se haya conservado en
la córte de los jefes del catolicismo, cuando las naciones católicas
ó han perseguido á los judíos, ó los han atormentado, ó los han
proscripto. Pero si esto prueba de un lado la tolerancia de los
Papas, tambien prueba de otro lado la tenacidad de los judíos. Se
han conservado, es verdad; pero se han conservado en la miseria. La
prohibicion de adquirir bienes inmuebles los condenaba eternamente
al comercio. Y el comercio es infructuoso sin el ahorro; y el ahorro
improductivo si no se trasforma en propiedad. Así que el judío romano
ha logrado reunir algunas monedas, corre en busca de leyes más suaves
que las leyes de su pocilga. Por esto en los abismos del Gueto sólo
quedan los judíos miserables, los judíos hambrientos, que comercian
con chismes viejos, y que apénas ganan para mantener su incierta vida
y encender alguna que otra vez su oscuro y triste hogar.
No es posible negar que Pío IX ha mejorado mucho la condicion de los
judíos. Pero los judíos sienten el peso de las preocupaciones y el
látigo de las teocracias. Para comprenderlo así no hay que guiarse
exclusivamente por los autores racionalistas y revolucionarios.
Es necesario leer á los autores católicos. Á primera vista parece
difícil deducir la verdad del juicio contradictorio que sobre Roma
emiten dos escuelas irreconciliables, la escuela católica y la
escuela racionalista. Pasaron los tiempos en que clérigos como el
Arcipreste de Hita, católicos como Hurtado de Mendoza flagelaban
á Roma. Hoy para muchos el catolicismo no es una religion, es un
partido. Y por consecuencia, sus doctrinas no se hallan tanto en
estado de dogma que demande apologías, como en estado de polémica,
que demanda datos, argumentos. Al reves, para muchos otros, el
catolicismo es una dominacion que conviene destruir á todo trance,
como conviene al forzado destruir su cadena. Los primeros sólo ven
allá en la ciudad del catolicismo virtud; los segundos sólo ven
abominaciones. Difícil es deducir la verdad de semejantes antinomias,
que imperan hasta en los asuntos más baladíes. Un periódico liberal
os dirá que en la Roma pontificia existen 2.000 mujeres consagradas
al peligroso oficio de modelos; y un periódico religioso os dirá
que en dos ceros se ha equivocado la perfidia de sus enemigos. El
_Diario de los Debates_ contará la siguiente atrocidad: «Están de
tal suerte embrutecidos los romanos, y son tan sanguinarios, que
suelen encerrarse en vasto salon, y allí, despues de haber extinguido
todas las luces, sacian su sed de sangre hiriéndose mútuamente al
azar y á puñaladas. Á esta espantosa carnicería le dan el nombre de
_cicciata_.» Un católico, protonotario apostólico, doctor en cánones,
pone el hecho en su punto, y lo refiere de la siguiente suerte, que
al pié de la letra copio: «El padre Caravita fundó, no un salon,
como dice el periódico volteriano, fundó un oratorio. Este padre
Caravita era un jesuita de la antigua Compañía. Congregaba, pues,
en el oratorio que lleva su nombre, gentes de buena voluntad para
pedir en comun al cielo la conversion de los pecadores. Esta sociedad
piadosa tomó bien pronto denominaciones diversas, y se extendió por
todo el orbe cristiano. Ábrese alternativamente á los hombres durante
la noche y á las mujeres de dia. Desde el comienzo de la ceremonia
cinco ó seis confesores se instalan en sus confesonarios y reciben
la confesion de las faltas cometidas, y perdonan en nombre de Dios.
Cuéntanse por año cincuenta mil absoluciones de hijos pródigos que,
venciendo los escrúpulos humanos á favor de las tinieblas, van á
purificar la conciencia y á encontrar reposo. No pára aquí esto.
Miéntras unos se confiesan ó se preparan á la confesion, otros,
de rodillas sobre el pavimento, recitan el oficio de la Vírgen y
cantan salmos en coro. Concluida la oracion, un cofrade se separa del
altar mayor y distribuye á cuantos las piden cuerdas bien flexibles
con cabos bien apretados. Despues, extintas todas las luces, y en
medio de la mayor oscuridad, un religioso, alzando la voz, exhorta
á la penitencia y á la contricion. Á su palabra conmovedora todo el
mundo se prosterna y en cuanto ha concluido de hablar, hiérense las
espaldas á disciplinazos redoblados durante todo el tiempo que se
canta la letanía y el _Nunc dimittis_, hasta que á la frase _lumen ad
revelationem_, reaparecen los cirios.»
De esta suerte, poniendo en parangon unos y otros relatos, puede
fácilmente deducirse la verdad perfecta. Yo leí en autor digno
del Índice, que los papas imponian á los judíos la obligacion de
ir todas las semanas, una vez por lo ménos, á un sermon católico
expresamente pronunciado contra ellos y contra sus doctrinas, á fin
de tocarles en el corazon y atraerles á la verdadera fe. No creí tal
enormidad. ¿Puede darse mayor desacato á la inviolabilidad de la
conciencia humana? ¡Cómo! Yo creo que tal templo es sombra en vez
de luz; que tal ceremonia es supersticion en vez de sagrado rito;
que tal doctrina es error en vez de verdad; ¿y me arrastraréis por
fuerza á entrar en esos templos, á presenciar esas ceremonias,
á oir esas doctrinas, atormentando con tormentos miserables mi
alma y sus creencias? Y no sólo haréis esto, que es ya una tiranía
insufrible como todas las tiranías impuestas al pensamiento,
sino que ofenderéis, sin permitirme ni observaciones ni réplica,
con argumentos más ó ménos rebuscados, con injurias más ó ménos
ofensivas, aquello que constituye el alma de mi alma, la sangre de
mi corazon, la esencia de mis ideas, esa fe íntima bajo cuyo amparo
vivo y pienso morir, la fe religiosa, que es mi ley nacional, el lazo
que me ata á la vida, mi esperanza para la eternidad. Yo ni siquiera
puedo por esfuerzos del pensamiento imaginar lo que hubieran padecido
personas piadosísimas, de mí conocidas y estimadas, si las forzaran
á ir todas las semanas á un templo donde se maldijera de Cristo y
su madre, donde se denigrára esa escritura que renueva sus fuerzas,
porque alimenta sus almas. Paréceme tal proceder desconocimiento
completo de aquella máxima evangélica que nos obliga á desear para
los demas lo mismo que para nosotros deseamos: la paz del hogar como
la paz del alma, la inviolabilidad de la conciencia como la honra de
la vida.
Imposible comprender que se tiranizase así á los judíos, imposible.
Hasta la polémica entre ellos y el cristianismo es difícil. Nosotros
creemos todos los principales dogmas judíos. Su Dios es nuestro Dios,
su ley es nuestra ley, su libro nuestro libro. Hémosle añadido á
la Biblia el Evangelio, al Dios monotheista del desierto semítico,
el Verbo y el Espíritu de la metafísica griega. Esta diferencia
proviene de que nosotros creemos el Mesías ya venido, y ellos creen
el Mesías áun esperado. Para nosotros la redencion se ha consumado;
para ellos todavía no ha venido. Ellos no pueden comprender que se
hayan cumplido las profecías cuando las profecías tenian un sentido
nacional, é Israel todavía está disperso, y el templo de Dios
todavía en ruinas. Id á persuadirles, si no les persuade su propia
inspiracion, de que el pobre nazareno, en humilde establo nacido, sin
más ejército que sus apóstoles, reclutados en el lago Tiberiades,
sin más armas que la palabra confiada á los aires, sin más trono que
la cruz, sin más título que su patíbulo y su muerte, es el Mesías
poderosísimo venido á rescatar de la servidumbre á su pueblo. Les
ofenderéis, pero no les persuadiréis; y saldrán del templo ántes
heridos que edificados de vuestra palabra. Y recrudecida su fe, la
blasfemia contra nuestra fe será casi una necesidad de su alma.
Y sin embargo, imposible dudar de esta costumbre antigua, cuando el
protonotario apostólico Mr. Gaissiat, en su libro de _Roma vengada_,
no solamente la refiere, sino que la enaltece. Recréase en narrar
como el predicador glosaba y comentaba los salmos leidos ó cantados
por el rabino durante la semana. Asevera que jamas se oyeron en
aquellas pláticas palabras malsonantes en labios de los judíos, lo
cual, si no prueba temor, prueba prudencia no compartida por sus
señores. Y añade que, al concluir la oracion, iban los judíos á dar
la enhorabuena al predicador, sin duda maravillados del acerbo ataque
á sus más arraigadas creencias. Dicho sea en honor de Pío IX, bajo
su pontificado abolióse esta costumbre, que no daria seguramente
las conversiones encarecidas por creyentes más realistas que el
rey, más papistas que el papa. Y si esta costumbre, tan opuesta al
espíritu religioso del Evangelio, ha existido, no podemos dudar de
la existencia de otras costumbres, como la de entregar una Biblia
al Papa recien exaltado, junto al arco de Tito, que recuerda la
destruccion de Jerusalen, como la abolida desde 1848 de entregar
el tributo de sangre, el tributo de extranjería, todos los años en
vísperas de Carnaval á los senadores romanos, recibiendo en cambio
alguna fórmula depresiva é injuriosa.
Digámoslo guiados por verdadera imparcialidad. La prueba de que la
legislacion de los papas todavía tiene incomprensibles crueldades,
se encuentra en el ejemplo del célebre niño judío bautizado á
hurtadillas por la oficiosidad de fanática criada, arrancado á la
autoridad divina, á la tutela natural é irreemplazable de su padre,
de su madre; y recluido en convento que no puede jamas sustituir al
hogar para recibir educacion que, por contraria á las prescripciones
del derecho natural, no puede ser bendecida de Dios. Cuando ese niño
llegue á la mayor edad, si tiene madre, si la encuentra, si en su
corazon siente hácia ella los afectos naturales de hijo, y la oye
referir cuánto ha padecido viéndose apartada del santo objeto de sus
amores, del pedazo inseparable de sus entrañas, del ángel de sus
consuelos, ¿no temeis oirle maldecir y renegar de una religion que
tanto ha hecho llorar á su madre?
Yo, despues de este ejemplo, no tengo escrúpulo en creer otros hechos
referidos por los escritores revolucionarios, y que prueban cómo,
convirtiéndose al catolicismo los judíos de Roma, á manera de los
antiguos moriscos de España, pueden romper á su arbitrio con las
autoridades más naturales, como la autoridad del padre, y con los
deberes más estrechos, como los deberes de familia, no sólo en la
esfera civil, sino en la esfera moral, en aquella esfera donde debia
ser escrupulosísimo el ministerio del Pontificado.