El dia de Pascua en Roma seguí yo todas las ceremonias religiosas.

Escuché al amanecer el alegre repique de sus innumerables campanas;

fuí á la basílica de San Pedro; atravesé la gran columnata del

Bernino; oí el rumor de las dos fuentes que envian á las alturas sus

aguas en surtidores, verdaderos arroyos; contemplé el obelisco de

Calígula traido á Italia por la mayor nave de toda la antigüedad;

subí la majestuosa escalinata que conduce al templo, y penetré en su

interior con el espíritu regocijado por el recuerdo de mis antiguos

afectos é ilusiones en el dia de Pascua. No me asaltó la comezon

de crítica que suele asaltar á todos los visitantes de la basílica

Vaticana. Como en ella se han empleado tan fabulosas riquezas, como

han contribuido á ella los primeros arquitectos del mundo, no hay

quien resista la tentacion de criticarla. Irrealizable idea, dicen

unos, la idea de Bramante, que propuso una cúpula mayor aún que

esta cúpula. Grande lástima, exclaman otros, no se realizára el

pensamiento de Rafael, la cruz griega, que permitiera ver la rotonda

desde la entrada en el templo. Variedad, riqueza le quitó Miguel

Ángel, observan algunos, oponiéndose al plan de San Galo, porque

tendia en sus pirámides y sus cúpulas al gótico, abominado en la

pagana Roma; miéntras todos observan que la ilusion óptica contraría

el efecto de la iglesia; que su grandeza no puede comprenderse á

la primera ojeada; que la inmensidad de sus dimensiones daña á la

hermosura artística; que el fondo se ve desde la puerta envuelto en

una especie de engañoso vapor; que se necesita andar los doscientos

pasos en torno de las colosales pilastras, sustentáculos de la

inmensa linterna, para conocer en virtud del análisis toda la

magnitud de esta iglesia única; que la riqueza de mármoles y bronces

pasma, pero no extasía; que las violentas estatuas señalan época ya

de triste decadencia, y época de triste decadencia tambien señala

el altar mayor con sus columnas salomónicas, y la santa sede romana

con los colosos en bronce dorado, representando cuatro Padres de la

Iglesia, cuyos mantos henchidos deben estar por huracanes, segun se

agitan, y el Espíritu Santo resaltando en trasparentes cristales de

color amarillo, que parece paloma caida en gigantesca fuente de bien

batidos huevos.

No busquemos en la iglesia vaticana el misticismo que se exhala de

nuestras catedrales góticas: la piedad retratada en el rostro de

las estatuas y de las efigies que nacieran de espíritus puramente

católicos; el misterio de aquellos rayos de luz cernidos por los

vidrios de colores y quebrados en las agudas ojivas, no; el genio

clásico, el espíritu clásico alzó el templo romano en ideas apartadas

del ferviente espíritu católico, en ideas paganas; y la grandeza de

los arcos semejantes á los antiguos arcos triunfales; y la elevacion

de las áureas bóvedas; y las dimensiones de la maravillosa rotonda; y

la riqueza de los mármoles cuyos matices tiran desde el blanco perla

al ópalo, desde el ópalo al rosa, desde el rosa al lila, desde el

lila al amatista; y el relumbrar de los bronces brillantes como el

oro nativo; y la riqueza de los mosaicos que en piedra representan

con vivísimos colores los más preciados cuadros; y los altares en su

lujo, y las estatuas en sus gigantes nichos, y los ángeles abriendo

por doquier las alas, y los papas tendidos sobre sepulcros de tan

diversas formas y de tan contrarios siglos, forman realmente, si no

un templo católico, uno de los monumentos mayores que sobrelleva la

tierra.

El Papa bajó á la Basílica. El aparato que le rodeaba el Domingo

de Ramos habíase agrandado en el Domingo de Pascua. El número de

obispos y arzobispos era mucho mayor. Llevaba Pío IX una capa blanca,

recamada de riquísima pedrería, y coronaba su cabeza con la tiara

de oro, en la cual iban sobrepuestas tres coronas de brillantes.

Conducido á su sede, entonó la misa mayor con voz melodiosa; y

despues de la misa, adoró las santas reliquias con extraordinario

arrobamiento. Cumplida esta práctica, subiéronle á la ventana mayor

de San Pedro, mostráronle á la gran plaza, henchida de gentes. Sus

brazos se abrieron como si quisiera abrazarnos á todos, su voz tomó

extraordinaria intensidad, y Roma y el orbe entero fueron bendecidos

por su palabra y por sus manos. Yo, en medio de las exclamaciones

de aquella muchedumbre, del sonoro repique de las campanas, del

estampido de los cañones, del himno exhalado por tantas músicas,

de la alegría pintada en tantos semblantes, pensaba cómo realmente

aquella bendicion podia dirigirse al orbe entero; cómo alcanzaba

desde las regiones boreales hasta las regiones del trópico, y cómo

entraba en todos los pueblos, hasta en aquellos que más emancipados

se creen de la Iglesia católica: en Inglaterra, por los irlandeses;

en Rusia, por los polacos; en la América sajona, por los Estados del

Sur; en Alemania, por los bávaros; en todo el mundo por las antiguas

colonias portuguesas y españolas, que han sembrado de iglesias el

África, el Asia, la América, y han enseñado el símbolo de Nicea, así

á los indios del viejo como á los indios del nuevo continente.

Si con todas estas ceremonias quieren mostrar que Roma conserva su

predominio antiguo sobre el mundo, á maravilla lo consiguen. Ninguna

ciudad tiene este poder. Ninguna envia sus bendiciones desde los

palacios de París hasta las cabañas de Patagonia. Ninguna muestra su

primer magistrado bendecido en todas las lenguas, adorado en todas

las regiones, puesto á la altura de verdadero Dios. Ninguna puede

decir que sus leyes son el código moral de una parte considerable del

mundo; que su rey reina en las conciencias de pueblos diseminados

por todo el orbe. Los obispos son verdaderos prefectos encargados

de sostener la superioridad moral de Roma sobre todas las naciones.

Tributarios somos, tributarios como las antiguas provincias romanas,

tributarios del césar espiritual que nos bendice ó nos maldice á

su grado, desde su inmenso santuario del Vaticano. Ántes oponíanle

las várias Iglesias, las várias nacionalidades, sosteniendo la rica

variedad de la vida bajo la unidad pontificia, algun freno. Hoy no

tiene freno alguno. Hoy, declarada la infalibilidad, el Papa es

toda la Iglesia. En vano los obispos reunidos en Fulda advirtieron

el enorme riesgo que corria la unidad del catolicismo; en vano el

Prelado de Orleans, tan entusiasta del Papa, calificó de peligrosa

novedad los nuevos dogmas; en vano el elocuentísimo Strossmayer,

que tan enérgicamente protestára contra la ruptura del concordato

austriaco, hizo vibrar su gran palabra en los oidos del episcopado

para separarle de vergonzosa abdicacion; en vano Döellinger apeló

á toda su ciencia en demostracion de que diez y ocho siglos no

vieron apuntar tamaña monstruosidad, sino por los concilios de

Letran, verdaderas antecámaras del rey de Roma; en vano el Padre

Gratry probó que el Papa Honorio habia sido condenado en el sexto

concilio ecuménico por tender á la herejía de los que negaban las dos

naturalezas en la persona de Cristo; en vano el cardenal Schwarzenbeg

recordó que tras las pretensiones de Bonifacio VIII al dominio

absoluto de la conciencia y del mundo, vinieron disentimientos,

guerras religiosas, cismas, servidumbre para el Pontificado; todo

en vano: una Asamblea cohibida por servil reglamento, impulsada por

contínuas proclamas del Papa, puesta bajo el influjo de invasor

jesuitismo, incapacitada de tener la unanimidad moral indispensable

en la proclamacion de los dogmas, pues ciento cuarenta obispos,

los más elocuentes, los más autorizados, los de mejores diócesis,

se oponian; una Asamblea en tales condiciones llegó, entre grandes

protestas, despues del retraimiento de los conciliares más célebres

y más ilustres, en tarde tempestuosa, que semejaba prematura noche,

á la divinizacion de Pío IX, superior desde entónces ¡él solo en la

tierra! como Dios extraviado por nuestras bajas regiones, superior

á los errores y á las debilidades propias de nuestra limitada y

fragilísima naturaleza.

La antigüedad tenía tambien sus apoteósis. El hombre, que habia

llegado á césar, no se contentaba con ser césar, y aspiraba á Dios.

El Senado se reunia y decretaba la divinidad á sus tiranos. Cónsules,

sacerdotes, vestales, corrian en torno del césar, le coronaban,

le ponian sobre un altar, le trenzaban guirnaldas, le degollaban

víctimas, le ofrecian cánticos sagrados y olorosa mirra, celebraban

su nacimiento y su inmortalidad con innumerables fiestas. Pero la

igualdad de la vida, la igualdad de la muerte, la implacable igualdad

que nos muestra á todos, hijos de la tierra, sujetos á idénticas

leyes, decian que esas apoteósis, léjos de elevar á un hombre sobre

el nivel de los demas hombres, le empequeñecian hasta ponerlo muy

por bajo de nuestra naturaleza. El dolor y el esfuerzo, la pena y el

error, están en la condicionalidad, en las limitaciones humanas. Y

por consiguiente, los hombres-dioses caen pronto, muy pronto, como

cayeron los Faraones y los Nabucodonosores. Casualmente las edades

de las apoteósis fueron las edades mortales al paganismo. Despues

de haber entrado los hombres en el cielo, salieron los dioses.

Los pueblos dejaron de ir al templo de Délfos, donde se veian las

cimas del Parnaso, donde se escuchaban los rumores de la fuente

Castalia, donde hablaba la Pitonisa en versos que contenian los

secretos del porvenir, donde se celebraban los juegos píthicos y las

asambleas anfictiónicas, donde Apolo derramaba luz sobre la frente,

é inspiracion sobre el alma de la madre Grecia. Inútilmente un

sabio, filósofo, orador, poeta, guerrero, héroe y artista, Juliano,

quiso restaurarlo, idealizarlo, rejuveneciendo el viejo dogma con

la nueva metafísica; los sacrificios se interrumpieron, las aras se

destrozaron, el paganismo se extinguió, porque habiendo comenzado

por la divinizacion de las fuerzas naturales que rigen el Universo,

concluyó por la divinizacion de los césares y de los pontífices.

¡Dia de Pascua en Roma! Despues de haber asistido á la misa católica,

á las bendiciones pontificias, preguntéme á mí mismo si en realidad

algo ha resucitado en estos últimos tiempos sobre aquella tierra,

sobre la tierra de la resurreccion en el siglo décimosexto, sobre

la tierra del Renacimiento. Aquí está Galatea, allá Psíquis, acullá

las musas danzando en torno del antiguo Parnaso, en una parte las

escuelas de Aténas más vivientes y más bellas que lo fueran jamas en

la misma realidad; en otra parte las sibilas alzadas á las cimas de

lo sublime para promulgar los oráculos; en un museo Diana, con la

media luna sobre la frente, el arco entre las manos, seguida de sus

ninfas, y saludada por las selvas; en otro museo la aurora abriendo

las puertas eternales al dia; por doquier, en los arcos triunfales

y en las serenas estatuas, renaciente, resucitada la plástica

antigüedad en toda su serena perfeccion.

Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido

la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero

sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea

en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio

de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para

el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad

espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado

independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil,

sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha

resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses

que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la

religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras

el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde

cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere

todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al

Dios del Vaticano?

Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo

décimoctavo, en su obra de destruccion, pudo, mirando la vida por

uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la

Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de

reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han

sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo

de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista,

aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en

nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la

naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra

civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el

fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten

todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en

las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural

y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro

siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar?

Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon

cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que

andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta

años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro

en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su

equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro

platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se

halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol

interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.

Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora

descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio

de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha

tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el

planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento

de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época

oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los

terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con

el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la

química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno.

Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece

y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes,

ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el

encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da

nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en

estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras

experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas

eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias

rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de

sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de

periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las

planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que,

perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente

de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta,

Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á

quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo,

ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el

flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la

mano del hombre.

Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan

fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el

magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases,

y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de

los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros

en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así

á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y

las clasificaciones de las especies muertas como de las especies

vivientes, y el progreso de la fisiología que estudia nuestro

cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.

Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza

espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo

como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma

que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es

necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion

materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello

las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben

las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los

cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las

sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades

humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como

la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa

serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos

materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion

artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del

Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado

de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras

que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las

necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas

la sed inextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de

tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de

las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala

misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas

amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores

siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las

ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno,

absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de

la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios,

sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra

alma la esperanza inefable en la inmortalidad.

Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se

purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido,

no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la

razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la

razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas

altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas,

no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en

gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del

olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado

númen, brotó la revelacion de la unidad de la conciencia humana,

complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se

revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas

fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia,

al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de

la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento,

extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la

moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de

las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto

trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran

como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de

las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion,

parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los

intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos

de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca

las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor

es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que

la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante

en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que

enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que

da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes,

por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del

Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de

un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion

de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de

un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion

de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de

los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el

espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el

espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian

en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma,

Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y

elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie

infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en

el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la

revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad

ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu

divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas,

de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha,

su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la

humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio

donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como

la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el

aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados

por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros

altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas,

trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como

contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia

eterna nube de incienso hácia los cielos.

EL GUETO.

Despues de las altas cimas gusta ver los profundos abismos; despues

del Vaticano el Gueto. Denomínase Gueto al barrio que habitan los

judíos en Roma. Una poblacion dentro de otra poblacion es cosa para

maravillar á otros, no á los españoles. Cerca de cuatrocientos años

hace que expulsamos nuestros judíos, reservándonos el derecho de

quemar á todos cuantos los imitáran ó siguieran, á los judaizantes;

y áun quedan por nuestras ciudades, señalados y distinguidos, los

barrios donde no entraba tocino, la judería. Recordad Toledo. Por San

Juan de los Reyes, en las colinas que avecina la puerta del Cambron

y el puente de San Martin; así la mudejar iglesia del Tránsito con

sus ajimeces, sus alicatados, sus bóvedas de cedro incrustadas en

oro y en marfil, sus salmos escritos por las paredes en caractéres

hebráicos, sin ningun género de signos masoréticos; como la iglesia

de Santa María la Blanca con sus columnas ochavadas, sus chapiteles

sirios, sus arcos de herradura, una y otra seculares sinagogas,

enseñan que allí habitaron los hijos de Israel, los tenaces

adoradores del puro Dios semita, los perseguidos de los godos que

en Guadalete vengáran sus afrentas, los comerciantes riquísimos,

los trabajadores incansables, los que esparcieron las ideas de las

escuelas árabes de Córdoba, de Sevilla, de Toledo, por el Mediodía de

Francia y por todas las regiones de Italia; los que demostraron á Don

Alfonso VI no haber tenido parte alguna en la muerte del Salvador;

los que colaboraron en las obras de Don Alonso el Sabio; los

acuchillados por la espada de Enrique de Trastamara; los escupidos y

abofeteados por la elocuencia de San Vicente Ferrer; los expulsados

por la piedad de Doña Isabel la Católica; los judíos toledanos.

Raza verdaderamente extraña esta raza. Nosotros hemos devorado

jerarquías innumerables de dioses. Las divinidades de los fenicios,

de los griegos, de los romanos, unidas á las divinidades aborígenes,

han caido en los abismos de nuestra conciencia, y de nuestra

conciencia se han evaporado. Hoy mismo la gran teología católica,

que fuera como la esencia de nuestro espíritu, se desvanece y se

disipa. Nuestra alma es cambiante por lo mismo que es progresiva. En

los pueblos occidentales, aquellos que piensan, ni creen ni rezan;

aquellos que creen y rezan, no piensan. Pasamos la segunda mitad

de la vida destruyendo con el raciocinio las creencias inspiradas

por la educacion y por la fe de la primera mitad. No somos, no,

raza religiosa. Y esos judíos hablan como hablaba Abraham, cantan

los mismos salmos que cantaba David, guardan la idea de Dios

recogida como el maná de las almas en el desierto, obedecen la ley

descendida del Sinaí, resisten al cautiverio de Babilonia, á los

halagos inmortales de Alejandro, al cetro incontrastable de Roma, á

la dispersion impuesta por Tito, á las maldiciones de los papas, á

los rescriptos de los reyes, á la cólera de los pueblos, al fuego

de la Inquisicion, á la intolerancia de todas las sectas; y entre

las corrientes de las ideas que sin punto de reposo se mueven y

trasforman, ellos, cual si estuviesen fuera del tiempo, reedifican en

su pensamiento el templo derruido, donde conservan inalterables la

antigua fe y sus consoladoras esperanzas.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 15 / 19 段