Escuché al amanecer el alegre repique de sus innumerables campanas;
fuí á la basílica de San Pedro; atravesé la gran columnata del
Bernino; oí el rumor de las dos fuentes que envian á las alturas sus
aguas en surtidores, verdaderos arroyos; contemplé el obelisco de
Calígula traido á Italia por la mayor nave de toda la antigüedad;
subí la majestuosa escalinata que conduce al templo, y penetré en su
interior con el espíritu regocijado por el recuerdo de mis antiguos
afectos é ilusiones en el dia de Pascua. No me asaltó la comezon
de crítica que suele asaltar á todos los visitantes de la basílica
Vaticana. Como en ella se han empleado tan fabulosas riquezas, como
han contribuido á ella los primeros arquitectos del mundo, no hay
quien resista la tentacion de criticarla. Irrealizable idea, dicen
unos, la idea de Bramante, que propuso una cúpula mayor aún que
esta cúpula. Grande lástima, exclaman otros, no se realizára el
pensamiento de Rafael, la cruz griega, que permitiera ver la rotonda
desde la entrada en el templo. Variedad, riqueza le quitó Miguel
Ángel, observan algunos, oponiéndose al plan de San Galo, porque
tendia en sus pirámides y sus cúpulas al gótico, abominado en la
pagana Roma; miéntras todos observan que la ilusion óptica contraría
el efecto de la iglesia; que su grandeza no puede comprenderse á
la primera ojeada; que la inmensidad de sus dimensiones daña á la
hermosura artística; que el fondo se ve desde la puerta envuelto en
una especie de engañoso vapor; que se necesita andar los doscientos
pasos en torno de las colosales pilastras, sustentáculos de la
inmensa linterna, para conocer en virtud del análisis toda la
magnitud de esta iglesia única; que la riqueza de mármoles y bronces
pasma, pero no extasía; que las violentas estatuas señalan época ya
de triste decadencia, y época de triste decadencia tambien señala
el altar mayor con sus columnas salomónicas, y la santa sede romana
con los colosos en bronce dorado, representando cuatro Padres de la
Iglesia, cuyos mantos henchidos deben estar por huracanes, segun se
agitan, y el Espíritu Santo resaltando en trasparentes cristales de
color amarillo, que parece paloma caida en gigantesca fuente de bien
batidos huevos.
No busquemos en la iglesia vaticana el misticismo que se exhala de
nuestras catedrales góticas: la piedad retratada en el rostro de
las estatuas y de las efigies que nacieran de espíritus puramente
católicos; el misterio de aquellos rayos de luz cernidos por los
vidrios de colores y quebrados en las agudas ojivas, no; el genio
clásico, el espíritu clásico alzó el templo romano en ideas apartadas
del ferviente espíritu católico, en ideas paganas; y la grandeza de
los arcos semejantes á los antiguos arcos triunfales; y la elevacion
de las áureas bóvedas; y las dimensiones de la maravillosa rotonda; y
la riqueza de los mármoles cuyos matices tiran desde el blanco perla
al ópalo, desde el ópalo al rosa, desde el rosa al lila, desde el
lila al amatista; y el relumbrar de los bronces brillantes como el
oro nativo; y la riqueza de los mosaicos que en piedra representan
con vivísimos colores los más preciados cuadros; y los altares en su
lujo, y las estatuas en sus gigantes nichos, y los ángeles abriendo
por doquier las alas, y los papas tendidos sobre sepulcros de tan
diversas formas y de tan contrarios siglos, forman realmente, si no
un templo católico, uno de los monumentos mayores que sobrelleva la
tierra.
El Papa bajó á la Basílica. El aparato que le rodeaba el Domingo
de Ramos habíase agrandado en el Domingo de Pascua. El número de
obispos y arzobispos era mucho mayor. Llevaba Pío IX una capa blanca,
recamada de riquísima pedrería, y coronaba su cabeza con la tiara
de oro, en la cual iban sobrepuestas tres coronas de brillantes.
Conducido á su sede, entonó la misa mayor con voz melodiosa; y
despues de la misa, adoró las santas reliquias con extraordinario
arrobamiento. Cumplida esta práctica, subiéronle á la ventana mayor
de San Pedro, mostráronle á la gran plaza, henchida de gentes. Sus
brazos se abrieron como si quisiera abrazarnos á todos, su voz tomó
extraordinaria intensidad, y Roma y el orbe entero fueron bendecidos
por su palabra y por sus manos. Yo, en medio de las exclamaciones
de aquella muchedumbre, del sonoro repique de las campanas, del
estampido de los cañones, del himno exhalado por tantas músicas,
de la alegría pintada en tantos semblantes, pensaba cómo realmente
aquella bendicion podia dirigirse al orbe entero; cómo alcanzaba
desde las regiones boreales hasta las regiones del trópico, y cómo
entraba en todos los pueblos, hasta en aquellos que más emancipados
se creen de la Iglesia católica: en Inglaterra, por los irlandeses;
en Rusia, por los polacos; en la América sajona, por los Estados del
Sur; en Alemania, por los bávaros; en todo el mundo por las antiguas
colonias portuguesas y españolas, que han sembrado de iglesias el
África, el Asia, la América, y han enseñado el símbolo de Nicea, así
á los indios del viejo como á los indios del nuevo continente.
Si con todas estas ceremonias quieren mostrar que Roma conserva su
predominio antiguo sobre el mundo, á maravilla lo consiguen. Ninguna
ciudad tiene este poder. Ninguna envia sus bendiciones desde los
palacios de París hasta las cabañas de Patagonia. Ninguna muestra su
primer magistrado bendecido en todas las lenguas, adorado en todas
las regiones, puesto á la altura de verdadero Dios. Ninguna puede
decir que sus leyes son el código moral de una parte considerable del
mundo; que su rey reina en las conciencias de pueblos diseminados
por todo el orbe. Los obispos son verdaderos prefectos encargados
de sostener la superioridad moral de Roma sobre todas las naciones.
Tributarios somos, tributarios como las antiguas provincias romanas,
tributarios del césar espiritual que nos bendice ó nos maldice á
su grado, desde su inmenso santuario del Vaticano. Ántes oponíanle
las várias Iglesias, las várias nacionalidades, sosteniendo la rica
variedad de la vida bajo la unidad pontificia, algun freno. Hoy no
tiene freno alguno. Hoy, declarada la infalibilidad, el Papa es
toda la Iglesia. En vano los obispos reunidos en Fulda advirtieron
el enorme riesgo que corria la unidad del catolicismo; en vano el
Prelado de Orleans, tan entusiasta del Papa, calificó de peligrosa
novedad los nuevos dogmas; en vano el elocuentísimo Strossmayer,
que tan enérgicamente protestára contra la ruptura del concordato
austriaco, hizo vibrar su gran palabra en los oidos del episcopado
para separarle de vergonzosa abdicacion; en vano Döellinger apeló
á toda su ciencia en demostracion de que diez y ocho siglos no
vieron apuntar tamaña monstruosidad, sino por los concilios de
Letran, verdaderas antecámaras del rey de Roma; en vano el Padre
Gratry probó que el Papa Honorio habia sido condenado en el sexto
concilio ecuménico por tender á la herejía de los que negaban las dos
naturalezas en la persona de Cristo; en vano el cardenal Schwarzenbeg
recordó que tras las pretensiones de Bonifacio VIII al dominio
absoluto de la conciencia y del mundo, vinieron disentimientos,
guerras religiosas, cismas, servidumbre para el Pontificado; todo
en vano: una Asamblea cohibida por servil reglamento, impulsada por
contínuas proclamas del Papa, puesta bajo el influjo de invasor
jesuitismo, incapacitada de tener la unanimidad moral indispensable
en la proclamacion de los dogmas, pues ciento cuarenta obispos,
los más elocuentes, los más autorizados, los de mejores diócesis,
se oponian; una Asamblea en tales condiciones llegó, entre grandes
protestas, despues del retraimiento de los conciliares más célebres
y más ilustres, en tarde tempestuosa, que semejaba prematura noche,
á la divinizacion de Pío IX, superior desde entónces ¡él solo en la
tierra! como Dios extraviado por nuestras bajas regiones, superior
á los errores y á las debilidades propias de nuestra limitada y
fragilísima naturaleza.
La antigüedad tenía tambien sus apoteósis. El hombre, que habia
llegado á césar, no se contentaba con ser césar, y aspiraba á Dios.
El Senado se reunia y decretaba la divinidad á sus tiranos. Cónsules,
sacerdotes, vestales, corrian en torno del césar, le coronaban,
le ponian sobre un altar, le trenzaban guirnaldas, le degollaban
víctimas, le ofrecian cánticos sagrados y olorosa mirra, celebraban
su nacimiento y su inmortalidad con innumerables fiestas. Pero la
igualdad de la vida, la igualdad de la muerte, la implacable igualdad
que nos muestra á todos, hijos de la tierra, sujetos á idénticas
leyes, decian que esas apoteósis, léjos de elevar á un hombre sobre
el nivel de los demas hombres, le empequeñecian hasta ponerlo muy
por bajo de nuestra naturaleza. El dolor y el esfuerzo, la pena y el
error, están en la condicionalidad, en las limitaciones humanas. Y
por consiguiente, los hombres-dioses caen pronto, muy pronto, como
cayeron los Faraones y los Nabucodonosores. Casualmente las edades
de las apoteósis fueron las edades mortales al paganismo. Despues
de haber entrado los hombres en el cielo, salieron los dioses.
Los pueblos dejaron de ir al templo de Délfos, donde se veian las
cimas del Parnaso, donde se escuchaban los rumores de la fuente
Castalia, donde hablaba la Pitonisa en versos que contenian los
secretos del porvenir, donde se celebraban los juegos píthicos y las
asambleas anfictiónicas, donde Apolo derramaba luz sobre la frente,
é inspiracion sobre el alma de la madre Grecia. Inútilmente un
sabio, filósofo, orador, poeta, guerrero, héroe y artista, Juliano,
quiso restaurarlo, idealizarlo, rejuveneciendo el viejo dogma con
la nueva metafísica; los sacrificios se interrumpieron, las aras se
destrozaron, el paganismo se extinguió, porque habiendo comenzado
por la divinizacion de las fuerzas naturales que rigen el Universo,
concluyó por la divinizacion de los césares y de los pontífices.
¡Dia de Pascua en Roma! Despues de haber asistido á la misa católica,
á las bendiciones pontificias, preguntéme á mí mismo si en realidad
algo ha resucitado en estos últimos tiempos sobre aquella tierra,
sobre la tierra de la resurreccion en el siglo décimosexto, sobre
la tierra del Renacimiento. Aquí está Galatea, allá Psíquis, acullá
las musas danzando en torno del antiguo Parnaso, en una parte las
escuelas de Aténas más vivientes y más bellas que lo fueran jamas en
la misma realidad; en otra parte las sibilas alzadas á las cimas de
lo sublime para promulgar los oráculos; en un museo Diana, con la
media luna sobre la frente, el arco entre las manos, seguida de sus
ninfas, y saludada por las selvas; en otro museo la aurora abriendo
las puertas eternales al dia; por doquier, en los arcos triunfales
y en las serenas estatuas, renaciente, resucitada la plástica
antigüedad en toda su serena perfeccion.
Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido
la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero
sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea
en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio
de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para
el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad
espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado
independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil,
sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha
resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses
que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la
religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras
el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde
cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere
todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al
Dios del Vaticano?
Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo
décimoctavo, en su obra de destruccion, pudo, mirando la vida por
uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la
Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de
reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han
sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo
de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista,
aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en
nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la
naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra
civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el
fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten
todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en
las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural
y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro
siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar?
Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon
cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que
andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta
años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro
en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su
equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro
platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se
halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol
interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.
Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora
descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio
de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha
tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el
planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento
de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época
oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los
terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con
el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la
química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno.
Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece
y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes,
ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el
encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da
nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en
estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras
experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas
eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias
rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de
sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de
periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las
planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que,
perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente
de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta,
Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á
quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo,
ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el
flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la
mano del hombre.
Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan
fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el
magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases,
y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de
los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros
en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así
á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y
las clasificaciones de las especies muertas como de las especies
vivientes, y el progreso de la fisiología que estudia nuestro
cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.
Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza
espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo
como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma
que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es
necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion
materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello
las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben
las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los
cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las
sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades
humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como
la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa
serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos
materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion
artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del
Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado
de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras
que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las
necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas
la sed inextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de
tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de
las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala
misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas
amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores
siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las
ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno,
absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de
la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios,
sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra
alma la esperanza inefable en la inmortalidad.
Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se
purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido,
no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la
razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la
razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas
altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas,
no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en
gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del
olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado
númen, brotó la revelacion de la unidad de la conciencia humana,
complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se
revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas
fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia,
al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de
la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento,
extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la
moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de
las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto
trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran
como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de
las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion,
parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los
intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos
de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca
las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor
es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que
la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante
en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que
enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que
da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes,
por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del
Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de
un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion
de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de
un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion
de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de
los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el
espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el
espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian
en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma,
Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y
elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie
infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en
el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la
revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad
ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu
divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas,
de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha,
su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la
humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio
donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como
la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el
aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados
por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros
altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas,
trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como
contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia
eterna nube de incienso hácia los cielos.
EL GUETO.
Despues de las altas cimas gusta ver los profundos abismos; despues
del Vaticano el Gueto. Denomínase Gueto al barrio que habitan los
judíos en Roma. Una poblacion dentro de otra poblacion es cosa para
maravillar á otros, no á los españoles. Cerca de cuatrocientos años
hace que expulsamos nuestros judíos, reservándonos el derecho de
quemar á todos cuantos los imitáran ó siguieran, á los judaizantes;
y áun quedan por nuestras ciudades, señalados y distinguidos, los
barrios donde no entraba tocino, la judería. Recordad Toledo. Por San
Juan de los Reyes, en las colinas que avecina la puerta del Cambron
y el puente de San Martin; así la mudejar iglesia del Tránsito con
sus ajimeces, sus alicatados, sus bóvedas de cedro incrustadas en
oro y en marfil, sus salmos escritos por las paredes en caractéres
hebráicos, sin ningun género de signos masoréticos; como la iglesia
de Santa María la Blanca con sus columnas ochavadas, sus chapiteles
sirios, sus arcos de herradura, una y otra seculares sinagogas,
enseñan que allí habitaron los hijos de Israel, los tenaces
adoradores del puro Dios semita, los perseguidos de los godos que
en Guadalete vengáran sus afrentas, los comerciantes riquísimos,
los trabajadores incansables, los que esparcieron las ideas de las
escuelas árabes de Córdoba, de Sevilla, de Toledo, por el Mediodía de
Francia y por todas las regiones de Italia; los que demostraron á Don
Alfonso VI no haber tenido parte alguna en la muerte del Salvador;
los que colaboraron en las obras de Don Alonso el Sabio; los
acuchillados por la espada de Enrique de Trastamara; los escupidos y
abofeteados por la elocuencia de San Vicente Ferrer; los expulsados
por la piedad de Doña Isabel la Católica; los judíos toledanos.
Raza verdaderamente extraña esta raza. Nosotros hemos devorado
jerarquías innumerables de dioses. Las divinidades de los fenicios,
de los griegos, de los romanos, unidas á las divinidades aborígenes,
han caido en los abismos de nuestra conciencia, y de nuestra
conciencia se han evaporado. Hoy mismo la gran teología católica,
que fuera como la esencia de nuestro espíritu, se desvanece y se
disipa. Nuestra alma es cambiante por lo mismo que es progresiva. En
los pueblos occidentales, aquellos que piensan, ni creen ni rezan;
aquellos que creen y rezan, no piensan. Pasamos la segunda mitad
de la vida destruyendo con el raciocinio las creencias inspiradas
por la educacion y por la fe de la primera mitad. No somos, no,
raza religiosa. Y esos judíos hablan como hablaba Abraham, cantan
los mismos salmos que cantaba David, guardan la idea de Dios
recogida como el maná de las almas en el desierto, obedecen la ley
descendida del Sinaí, resisten al cautiverio de Babilonia, á los
halagos inmortales de Alejandro, al cetro incontrastable de Roma, á
la dispersion impuesta por Tito, á las maldiciones de los papas, á
los rescriptos de los reyes, á la cólera de los pueblos, al fuego
de la Inquisicion, á la intolerancia de todas las sectas; y entre
las corrientes de las ideas que sin punto de reposo se mueven y
trasforman, ellos, cual si estuviesen fuera del tiempo, reedifican en
su pensamiento el templo derruido, donde conservan inalterables la
antigua fe y sus consoladoras esperanzas.