décimoséptimo una verdadera reaccion. Los jesuitas se disciplinan
como ejército, y se entregan á someter almas al Pontificado; los
soldados católicos inundan toda Alemania, pidiendo, como dice un
grande escritor, las tierras de los vivos para los muertos; Guillermo
de Orange cae al plomo de exaltado católico por el crímen de haber
fundado la república holandesa; Cárlos Borromeo establece piadosa
liga en los cantones de la Suiza católica para contrastar la Suiza
protestante; Cárlos y Jacobo de Estuardo creen haber llegado á
desterrar el protestantismo de Inglaterra; la revocacion del Edicto
de Nántes lleva á Francia la larga serie de reacciones contra el
humanitario tratado de Westfalia; al imperio español se le caen
de las manos los pinceles de Velazquez y de la mente los sueños
fantásticos de Calderon, hundiéndose en abismos más profundos y
más oscuros que sus tumbas del Escorial, cayendo en los hechizos
de Cárlos II; Roma se soprepone á todas las ciudades europeas con
sus construcciones religiosas, con sus epopeyas como las epopeyas
del Tasso, que celebran un sepulcro, y un sepulcro en manos de los
infieles; y cualquiera diria que vuelve el mundo, que vuelve el
espíritu á los templos y á los altares de la Edad Media.
Pero ninguna de estas reacciones pudo restaurar el pontificado. Tras
de aquella reaccion vino el espíritu filosófico del siglo XVIII,
que negó hasta las excelencias del cristianismo, que se ensañó
hasta en los grandes cadáveres de la historia. Y el espíritu de
este siglo produjo la enciclopedia, que llevó las ideas filosóficas
al sentido comun del género humano. Y estas ideas filosóficas,
no sólo descendieron al sentido de las muchedumbres, sino que se
elevaron á los tronos de los reyes. Los jesuitas, que habian sido,
como los templarios, soldados de la Iglesia, ejército permanente
del catolicismo, fueron disueltos por los reyes de Europa y por los
pontífices de Roma. La nueva filosofía se apoderó de Austria, que
habia sido como el eje de toda la reaccion europea, y de España, que
habia sostenido el catolicismo en todas las crísis humanas, y le
habia dado un Nuevo Mundo en compensacion del antiguo. ¿Qué más? La
idea filosófica sube hasta el trono de San Pedro, se extiende por
él como nueva savia por viejo tronco. Las ideas filosóficas llenan
las conciencias, las conciencias engendran nuevas instituciones, las
instituciones cambian la sociedad; el derecho, que parecia vincularse
en familias aparte, en castas privilegiadas, se difunde entre
todos los hombres; las democracias reemplazan á las aristocracias,
la revolucion á la inmovilidad; y los Papas, que en vano habian
suplicado de rodillas á los emperadores de Alemania detuvieran la
revolucion regalista, huyen de Roma, y pactan concordatos con la
revolucion francesa y ungen la frente del soldado de fortuna erigido
en césar. El pontificado se representa, pues, en el mundo como una
de esas instituciones, ántes grandiosas, despues desorganizadas por
las fuerzas vivas de la sociedad. Y cuando uno de estos organismos
se descompone y deshace, no puede recomponerlo ningun nuevo
elemento social, ninguno. Lo han destruido las fuerzas mismas que
lo engendráran. Lo ha devorado el espíritu mismo que lo produjera.
El mundo pierde en él su confianza y su fe por una de esas íntimas
convicciones que ni se combaten ni se contrastan; como que vienen
á ser trabajo del pensamiento reflexionando sobre sí mismo. Cuatro
siglos, desde la muerte de Marco Aurelio, empleó el espíritu humano
en descomponer el mundo antiguo. ¿Quién lo ha recompuesto? Cuando
vinieron los bárbaros se encontraron solamente con el gran cadáver.
El alma habia huido á otra institucion. Y la institucion, heredera
del antiguo espíritu, es en el mundo moderno el pontificado. Al
pontificado se debe la altísima autoridad, primera fuerza de
cohesion empleada en reunir las sociedades modernas. Al pontificado
toda nuestra más antigua disciplina social. Mas desde el siglo
décimotercio el pontificado cae en la triste irremediable decadencia,
que lo han traido á los extremos presentes. Hoy el pacto de
Carlo-Magno se ha roto. La donacion de Pipino se ha desvanecido. El
dogma de la infalibilidad ha aumentado los enemigos de Roma. Interna
lucha desgarra la Iglesia, que no produce cismas por faltarle fuerzas
hasta para sostenerlos. Y Europa aprende en tan grande descomposicion
como mueren y por qué mueren las instituciones más arraigadas, más
poderosas, cuando cumplen el ministerio para que los engendrára la
sociedad, la cual vive de contínuo produciendo y devorando organismos.
Mas Pío IX ha creido que le tocaba á él restaurarlo, restaurar el
pontificado. Pues qué, ¿no le han dado vida nueva, sangre nueva
muchos papas? ¿No lo han restaurado, hasta cierto punto, Julio
II por la fuerza, Leon X por el arte, Sixto V por la tradicion y
la disciplina? ¿Y no podria él restaurarlo tambien ¡él! elegido
y exaltado por un milagro? Pero ¿qué camino escoger? Habia dos
igualmente abiertos á su pensamiento, á su vista. Ó bien tomaba el
uno, ó bien el otro; ambos sembrados de escollos. El uno iba á la
idea predicada por Rosmini, á la reanimacion del antiguo espíritu
evangélico en la Iglesia; y al resultado presentido por Gioberti, á
la primacía intelectual y moral de Italia por medio del pontificado
sobre todas las naciones. El otro camino iba al jesuitismo. El Papa
creyó, y creyó con razon, que el primer camino se le habia cerrado
despues de sus desgracias de 1848. El Papa creyó que solamente le
quedaba el camino de oposicion radical á las sociedades modernas y
de restablecimiento inmediato de las ideas antiguas. Por eso elevó á
símbolo de la fe en nuestro tiempo todo aquello que nuestro tiempo ha
desechado y destruido. Por eso continuó proclamando un dogma de fe
sin asistencia del Concilio. Por eso acabó arrojando en medio de la
Iglesia atribulada el principio de su propia infabilidad, es decir,
el gérmen de cuasi-divinidad para él, y de eterna servidumbre para
los creyentes.
Así, negar á Dios, desconocer su ley, desoir su voz en la conciencia,
desacatar su moral en el mundo, ponerlo fuera del Universo y fuera
de la historia, es error tan grande para nuestra córte romana como
negar al Papa, como desconocer su infalibilidad, como desoir la
voz de los oráculos eclesiásticos, hasta en aquellos puntos que no
tocan á la fe. Aquellas apoteósis, aquellas divinaciones, á que los
antiguos elevaban sus césares henchidos de orgullo, parécense mucho
á las blasfemias dichas por un escritor católico que ha sostenido la
siguiente tésis: tres seres hay adorables para el verdadero creyente,
Dios en el cielo, Cristo en la hostia y el Papa en el Vaticano. Á
estos extremos lleva el dogma de la infalibilidad.
Jamas nos cansarémos de repetir que los dogmas en nuestro tiempo
promulgados y el espíritu que á ellos ha presidido, convierten al
catolicismo de religion en secta, y al Papa, por consiguiente, en
jefe de sectarios. Aquel antiguo sentido humano, por cuya virtud
se asimilaba toda la filosofía y toda la historia, halo perdido
últimamente. En presencia de nuestra filosofía, en presencia de
nuestra revolucion, sólo ha sabido, ó retroceder ó maldecir. Y es
propiedad de las ideas casi extintas, de los sistemas en decadencia,
cerrarse á todas las emanaciones del espíritu humano, á todos los
progresos de la sociedad; á ideas, á progresos, que en tiempos
mejores los nutrieran y los acrecentáran. El catolicismo se asimiló
á filósofos paganos como Aristóteles y á filósofos musulmanes como
Averroes. En esta fuerza de asimilacion estribaba su progreso. Y
el mahometismo, que no tuvo fuerzas para esas asimilaciones, que
tradujo á Aristóteles y engendró á Averroes, sin poder apropiarlos
á sus dogmas fatalistas y monoteistas, poco á poco quedó siendo el
credo de una sola familia humana, la religion de una raza, el alma
de imperios militares, tan rápidamente engendrados como muertos. No
protegerá Dios aquellas religiones, aquellas doctrinas, capaces de
perder en su madurez el sentido humano, el sentido universal que
tuvieran en su juventud. Cada movimiento del tiempo se creerá á sí
mismo divino; cada revelacion de la conciencia se creerá á sí misma
sobrenatural. Y no levantándose á mirar espíritu y naturaleza en
su conjunto, perderá con el conocimiento de la vida el sentido de
la historia. Cada secta se encierra en sí y hace más que ignorar
la historia de sus opuestas; hace más que esto, las calumnia, las
deshonra, las maldice, creyendo realizar un bien, y bien eterno.
Imaginad lo que será la historia del cristianismo contada por un
judío. Imaginad la historia del judaismo moderno qué será contada por
un feroz inquisidor. El católico apénas comprende el desarrollo de
los pueblos protestantes. El protestante llama Antecristo al Papa.
Leed á un griego ortodoxo, y él os demostrará que ese bizantinismo,
tenido por nosotros como el extremo de la decadencia moral, hubiera
salvado al mundo con su metafísica, si el mundo no cayera en poder
de los leguleyos, es decir, de los canonistas romanos. ¡Cómo ciega
el espíritu de secta! Nosotros nos detenemos extasiados ante la
Vénus de Milo. Su hermosura severísima; su majestuoso continente; la
pureza y armonía de aquellas líneas; la gracia y serenidad de aquel
rostro; la perfecta posesion de sí mismo, que indica aquel espíritu,
asomado á los inmóviles ojos, dueños por completo de todos sus
pensamientos y de todas sus pasiones; la serenidad de aquel perfecto
tipo, bello ideal de las artes plásticas, nos extasían hasta el
punto de absorbernos en misteriosa adoracion, miéntras que á un
cristiano de los primeros tiempos, exaltado por su recien nacida fe,
parecíale fealdad tanta belleza y vislumbraba en ella la siniestra
y deforme efigie del demonio. No hay cosa en el mundo como el sol,
que vivifique como el aire, que perfume como las flores, que regale
como los frutos, que recree como los rumores y los aromas del campo,
que absorba como las olas del mar, que eleve como las estrellas del
cielo; y, sin embargo, el misticismo ha llegado hasta engendrar en el
hombre desamor, ódio al Universo.
¿Qué mucho, si encerrado cada individuo en su egoismo, cada secta en
su tradicion, cada tradicion en su dogma, cada dogma en su Iglesia,
cada Iglesia en su intolerancia y cada género de intolerancia en
su crueldad, no llega jamas á comprenderse cómo el espíritu humano
rebosa en todas las obras humanas, vário, multiforme, contradictorio
á veces, sin perder nunca su fundamental unidad? Y los que miran la
vida por un lado, el tiempo por una edad, la ciencia por un solo
sistema, el arte por una sola escuela, el ideal por una religion, la
sociedad por un partido, la historia por una fase, la humanidad por
un pueblo, jamas comprenderán el espíritu humano, que como no puede
separarse aquí, en este planeta, de su primer organismo, del cuerpo
en que se encarna, tampoco puede separarse, ni del hogar, ni del
templo, ni del arte, ni de la ciencia, ni de la sociedad, que serán
momentos de su vida, organismos de su sér, revelaciones inmanentes y
perpétuas de su esencia, grados de su desarrollo, lo que se quiera;
pero en cuya totalidad estamos virtualmente cada uno de nosotros, y
en cuyo desarrollo está el desarrollo de nuestra propia vida. Hemos
sido con los que fueron; serémos en los que vendrán. No creamos,
pues, á una sola Iglesia depositaria de la verdad absoluta, ni á un
solo pueblo representante del espíritu humano.
Ved por qué yo arguyo de sectarios á los católicos, porque no
comprenden sino una parte de la vida, nuestra vida histórica. Cuentan
solamente con lo que fuimos, no cuentan con lo que somos, no cuentan
con lo que serémos. Cuando la fisiología revela cada dia un secreto
de este organismo humano, abreviado Universo; cuando la química
llega á tener la fuerza de descomposicion y recomposicion de la
naturaleza; cuando la astronomía nos comunica directamente con lo
infinito; cuando prodigiosos descubrimientos nos entregan el rayo
para que lo vibremos en nuestras manos, cual lo vibraban los antiguos
dioses; cuando la tierra en que vivimos nos ha contado su ancianidad
por medio de sus evoluciones geológicas, y el cielo que nos
envuelve ha revelado en el espectro solar la fundamental unidad del
Cósmos: en este crecimiento de la naturaleza humana y del espíritu
humano, junto á un derecho que nos dice á todas horas la igualdad
fundamental de los hombres en la sociedad, y junto á una ciencia
que nos dice la igualdad fundamental de los seres en el Cósmos,
¿creeis puede satisfacernos una religion cuyos dos últimos dogmas,
en vez de espiritualizar la vida, de idealizar la fe, nos enseña el
privilegio y la excepcion de dos criaturas humanas; privilegio y
excepcion incomprensibles para la inteligencia, é inverosímiles en la
universalidad de la naturaleza?
Así la sociedad, la ciencia, la vida andan por un camino; y por otro
completamente opuesto el catolicismo. La córte pontificia sólo se
alimenta de la tradicion. La ciencia católica es la arqueología.
En Roma, en la Roma pontificia, se oye por todas partes un rumor
elegíaco. Sobre las ruinas materiales álzanse la ortiga, el
jaramago; sobre el jaramago y la ortiga las ruinas morales. El
Viérnes Santo parece el dia eterno de esta ciudad singular, el dia
en que el corazon está desolado, el santuario desierto, los cirios
extintos, las aras desnudas, los altares velados, y el cántico de
Jeremías resonando á la contínua por aquellos templos henchidos de
evaporaciones de lágrimas. Yo recuerdo que aquel dia, despues de
haber asistido por la mañana á la Capilla Sixtina, fuí por la tarde á
la Vía Apia, á la vía de los antiguos sepulcros. Un momento me detuve
á contemplar la entrada de las catacumbas y á recoger las benditas
inspiraciones de sus cenizas. Parecíame que las almas de los mártires
renacian al conjuro de mi evocacion y me acompañaban por aquel camino
de tristezas y desolaciones. Alguna vez involuntariamente volvíanse
los ojos á la ciudad, donde se dibujaban sobre las formidables
ruinas paganas las aéreas rotondas católicas. Roma á la espalda, la
cordillera sabina al frente, el desierto en derredor, los acueductos
interrumpidos por todas direcciones, el camino de los siglos bajo
las plantas, el cielo de las contínuas plegarias sobre la cabeza,
cuatro leguas de sepulcros abiertos á la contemplacion; el pastor ó
el fraile interrumpiendo con su pintoresca presencia ó su religioso
saludo el viaje, os hacen creer que descendeis realmente á la region
de las sombras, á los abismos de la historia. Esperais el dantesco
guía que ha de conduciros. Á la derecha las catacumbas de San
Sebastian, donde duermen los mártires, y á la izquierda el Circo
Máximo, donde los mártires fueron inmolados. Unos pasos más adelante
el sepulcro de Cecilia Metella, que recuerda los últimos dias de la
República, sepulcro formidable, especie de fortaleza sobre la cual
han levantado nuevas fortalezas otros tiempos, como nuevas leyes
se han erigido sobre aquellas leyes y nuevas instituciones sobre
aquellas instituciones. Las piedras agrupadas en ese monumento,
bruñidas por el ardiente sol del Lacio, han resistido á la corriente
de los siglos, á las pasiones de los hombres, como la República
á todos los movimientos políticos de la historia. Á un lado y á
otro piedras desprendidas de grandiosos monumentos, bajos relieves
hermosísimos, restos de templos, restos de tumbas, cadáveres de
pasadas civilizaciones, como si aquel campo fuera el campo de
batalla, donde en lejanos tiempos peleáran, no ejércitos de hombres,
sino ejércitos de mundos y planetas. Andais un tanto y veis el
sepulcro de Séneca. La tiranía no quiso oir las quejas de su víctima,
y el arte se ha burlado de la tiranía dejando en el bajo-relieve una
protesta que los siglos repiten, contra la crueldad de los tiranos.
Yo, que acababa de hollar el polvo de las catacumbas, no pude ménos
de poner mi mano sobre las piedras de aquel sepulcro. ¿Cuántas ideas
de los antiguos estoicos y cuántas ideas de los primitivos cristianos
formarán la urdimbre de nuestra fe, de nuestra moral? ¿Qué arma habrá
engendrado la ley á cuyo imperio me hallo sometido? ¿Qué apóstol ó
qué mártir habrá levantado el altar de mis creencias? Inútil empeño.
No le pregunteis á la nube de dónde se ha evaporado, ni al rayo
de dónde se ha encendido, ni á las moléculas que recorren vuestro
organismo dónde se han formado; el Universo es el laboratorio de la
vida, y la conciencia universal es el laboratorio de la idea. Así,
unos las engendran, otras las expresan, éstos las predican, aquéllos
mueren por ellas; y los mismos que las contrarían y las combaten, las
sirven sin quererlo, hasta que pasan á ser el sentido comun de la
sociedad.
Los sepulcros, sobre todo aquellos sepulcros de edades apartadísimas,
podrán guardar huesos frios; pero guardan tambien ideas vivas.
En la milla quinta de la Vía Apia, _regina viarum_, no léjos de
antiguo túmulo circular, rematado por torrecillas de la Edad Media,
se extienden las fosas de Cluilio, donde la tradicion, despues
confirmada por Dionisio de Halicarnaso, pone el campo de batalla
entre Alba y Roma, la tumba, por consiguiente, de los Horacios y de
los Curiacios. Pueblos primitivos del Lacio, al ver tantas ruinas,
que parecen como vuestros esqueletos, no puedo ménos de recordar los
bellísimos dias de las ferias latinas, cuando os congregabais sobre
las montañas de Albano para ofrecer sacrificios, y de allí ibais á
la selva albanea para escuchar los cantares de los faunos; y de la
selva á la gruta de Tívoli para interrogar á la fatídica Sibila; y
miéntras, vuestras mujeres celebraban en primavera, cuando el cielo
sonrie y la naturaleza resucita, las fiestas palilias en honor al
Dios de los apriscos, ceñidas de follajes, coronadas de guirnaldas,
bebiendo entre cánticos religiosos la leche áun caliente en copas
recien talladas de las seculares encinas; vosotros sólo os acordabais
de la naturaleza que os rodeaba, como si más allá de la naturaleza no
hubiera otra vida ni otros seres.
Mas acaso las creencias que han sustituido á vuestras creencias no
se acuerdan bastante de que existe la naturaleza vivida, inmortal.
Hoy la nave griega, trayendo mercancías é ideas, no ancla en vuestros
puertos; los dioses rientes y cantores no corren por vuestras
campiñas; el desierto se ha tragado hogares y templos; las batallas
han esparcido hasta los mudos é inmóviles habitantes de las tumbas.
El Viérnes Santo, consagrado á la muerte; la Vía Apia, camino
de sepulcros; Roma, la gran necrópolis; todo, todo me habla
contínuamente de los muertos, y todo me convida á pensar en este
gran misterio. Nos imaginamos en la naturaleza monarcas absolutos,
y vivimos bajo leyes que no conocemos apénas. ¿Por qué esta
interrupcion de la muerte? ¿Por qué esta oscura piedra del sepulcro
rodada de abismos insondables al borde oscuro de otros insondables
abismos? Consolémonos. La dinámica natural no se interrumpe. Cuando
nosotros dejamos el cadáver en la tumba y nos volvemos doloridos á
pensar en la muerte de aquel sér, la corrupcion del cadáver es nueva
forma de existencia, nueva funcion de vida, nuevo gérmen de seres.
¿Falta de jugos nutritivos en el estómago, falta de sangre en las
venas, falta de oxígeno destruirán al hombre que se proclama dueño
de la inmortalidad? Cada organismo humano es un pequeño universo
en medio de la totalidad del universo material y moral. Por la
nutricion, por la respiracion, por el cambio contínuo de moléculas,
absorbemos la vida de la naturaleza; como por la síntesis, por
la generalizacion, dilatamos nuestra alma concreta é individual
en el espíritu humano. Como la luz y el calor se identifican en
el Universo; como el tono grave y el tono agudo se combinan en
la armonía; como las exhalaciones carbónicas de la respiracion
animal y las exhalaciones oxígenas de la respiracion vegetal en la
atmósfera, combínanse la vida y la muerte en nuestro sér. De estos
contrasentidos resultan los mayores goces de la vida. El deseo
no satisfecho es una pena. El amor es deseo no satisfecho, deseo
inextinguible, y el amor es una felicidad. En el momento en que el
deseo se acabára, acabárase tambien el amor. Y el deseo satisfecho
deja de ser deseo. Hay, pues, que conservar el deseo para conservar
el amor; hay que conservar la pena para conservar la felicidad. Hay
que conservar la muerte para conservar la vida. La muerte es una
resurreccion.
Comprendo cuán sublime es el simbolismo de la Iglesia al celebrar
la Pascua de Resurreccion. Dia de universal regocijo este dia. Cae
en la estacion de las resurrecciones. El calor vivificante renace
y abriga á la aterida tierra. Las nieves se derriten y envian sus
claras aguas á los rios. El campo se cubre de verdura, la verdura
de flores, las flores de mariposas. Los almendros, los manzanos,
los limoneros y naranjos semejan otros tantos ramilletes. Las aves
se entregan á sus cánticos y á sus amores. Hínchanse las yemas de
savia, y las larvas se trasforman en pintados insectos. Sale de su
agujero la hormiga, y la abeja de su panal. Las torres, que durante
tres dias estuvieron mudas, echan al vuelo sus campanas. Vístense los
campesinos de fiesta. La Vírgen-Madre, ántes llorosísima, se ciñe
de guirnaldas para salir al encuentro del hijo de sus entrañas. En
la procesion de la mañana de Pascua, por nuestros campos y nuestras
aldeas todos á una entonábamos el cántico de la resurreccion:
_aleluya, aleluya_. Parecíanos ver el Crucificado erguirse sobre
su lecho de mármol, rasgar el sudario, quebrar la losa, volver á
la vida, resplandeciendo de alegría. Las amapolas eran más rojas,
las flores del almendro más sonrosadas, el aroma del azahar más
penetrante, el cántico de las aves más sonoro en este dia á nuestros
sentidos perfumados por la miel de santo misticismo. Yo declaro que
veia la naturaleza más hermosa. No me extraña esta interior vision
del mundo externo. Me han asegurado piadosos viajeros haber oido,
atravesando las cordilleras de los Andes, palabras místicas á esas
aves que remedan las articulaciones de la voz humana. Convertimos el
Universo en verbo de nuestro pensamiento, y sus rumores en eco de las
palabras murmuradas por la conciencia á nuestro oido. ¡Santa alegría
de la mañana de Pascua, bendita, bendita seas!
Comprendo que el doctor de la epopeya alemana, despues de haber
sentido todos los dolores y miserias de la humanidad; despues de
haber tocado todos los desengaños de la ciencia; al ver su frente
coronada de dudas y su corazon coronado de espinas, pensase en apurar
el tósigo, y sólo apartára la funesta copa de los labios al eco de
las campanas que anunciaban la resurreccion; de las aleluyas que
anunciaban la Pascua; de los cánticos sagrados cuya virtud puede
reconciliar á la desesperacion con la naturaleza y con la vida.