Luégo las crísis de la sociedad, los movimientos del espíritu humano

conspiran en los primeros siglos de la Edad Media á reforzar esta

primacía. Los longobardos se convierten al catolicismo, abrazan la

religion de los vencidos en Italia, un siglo despues de que los godos

abrazáran la misma religion en nuestra España. Desde este momento

el Papa, que ya no ha menester de los emperadores de Bizancio, se

vuelve contra Bizancio, combate su monoteismo, sus iconoclastas,

sus exarcas, sus legados que quieren prenderle; niégase á recibir

toda sancion de la autoridad pontificia, todo cesarismo sobre su

poder religioso, y subleva la conciencia católica contra el sentido

heterodoxo de Constantinopla; y el patriotismo italiano, y la

federacion italiana contra las reapariciones del antiguo imperio,

asentado en una ciudad rival y enemiga de la ciudad eterna.

Pero en cuanto se ha separado de Bizancio, y ha alcanzado la

independencia moral, tiene que destruir á Pavía y alcanzar la

independencia material. No importa que los longobardos se hayan hecho

católicos; no se han hecho republicanos, y el Papa es á un tiempo el

pontífice del catolicismo y el jefe de la federacion. Los pueblos de

Italia en esta edad, en el siglo octavo, aborrecen la monarquía, y

prefieren á la monarquía la teocracia. Todas las ciudades marítimas

piden al Papa que las liberte en lo civil de la tutela del rey, como

las ha libertado en lo moral y religioso de la tutela del emperador.

El Papa no puede por sí solo alcanzar tan grande fin; pero puede,

si cuenta con su pueblo fiel y escogido, con el pueblo franco. San

Leon no detuviera la cólera de Atila, si ántes no desarmaran al gran

exterminador los francos en los campos cataláunicos. Para desarmar á

los longobardos se necesita la repeticion monótona, uniforme de la

misma historia; que los francos hieran, maten, y el Papa entierre.

En vano los mayores patriotas italianos maldicen este momento de la

historia en que cae la unidad civil y monárquica de su patria para

ser sustituida por la unidad teocrática del mundo. Tal vez si el

reino longobardo vence y domina, fuera Italia pueblo más guerrero,

nacionalidad más una y más fuerte; pero no sería, no, la nacion de

la teocracia, que nutrió y educó por tantos siglos á Europa; no

sería la nacion primera en la cultura moderna; no sería la patria de

tantos municipios libres y de tantas ciudades republicanas; no sería,

no, aquella escuela universal de música, de pintura, de escultura,

donde el espíritu ha educado su sentido estético, para guarecerse

en la adversidad, consolarse en el dolor, tener siempre un ideal

vivo y luminoso; y como el aroma de las flores, como el cántico

de las aves, como el rumor de las selvas, como el incienso de los

campos, espaciarse en la celeste inmensidad, mereciendo á la Europa

cristiana el nombre ilustre que llevára y el envidiable ministerio

que ejerciera la inmortal Grecia en la antigua Europa.

En el año 800, Europa se levanta sobre la idea primera del

Pontificado, sobre el pacto con Carlo-Magno. El Papa entrega á los

francos el viejo reino longobardo, y los francos entregan al Papa el

nuevo patrimonio de San Pedro. Alzado en esta tierra feudal, puede

ya el Papa, despues de haber concluido con sus enemigos, despues de

haber separado su ciudad de Constantinopla, de Pavía, de Rávena,

que la eclipsaban, entregarse á toda su ambicion espiritual, á toda

su soberanía en las almas: ser demiurgos, casi Dios; dictar sus

leyes morales superiores á todas las leyes escritas; extender su

autoridad sobre un dominio que no conoce límites, sobre el dominio

de la conciencia humana; poner su código moral más alto que todos

los códigos, su Iglesia más elevada que todas las sociedades, su

voz donde no osaron los antiguos oráculos, su persona donde no

estuvieron los antiguos dioses; destruir las castas por el sacerdocio

concedido á cuantos lo demandan, é imposibilitar al sacerdocio por el

celibato para erigirse en dignidad hereditaria; oponer fuerza moral

á tantas fuerzas materiales, la unidad religiosa al fraccionamiento

del feudalismo; la democracia educada en los monasterios y en

las Universidades á la aristocracia militar, que anidaba en los

castillos; transformar el mundo, la tierra, como se transforma

siempre la realidad, por una anterior y superior transfiguracion de

las ideas.

Importará poco, muy poco, que los Papas, ora caigan en el cieno

del vicio, ora se alcen á la demencia de la soberbia y pasen de la

tutela de los cortesanos á los brazos de las Marozias, su fuerza no

está en sus costumbres, sino en sus ideas; y hechizarán al mundo por

el bebedizo de su doctrina, por el sortilegio de sus reliquias, por

los milagros de sus leyendas, por la muchedumbre de sus peregrinos,

por el poder de sus obispos, casi todos afincados en territorios

feudales; por los comentarios de sus jurisconsultos, que inventarán

miles de leyes y falsearán miles de códices; por la necesidad, sobre

todo, que tiene el mundo en su niñez, el espíritu en su inocencia,

de una teocracia su nodriza, su maestra, la cual le aterra con

fábulas como la próxima destruccion del mundo en el año 1000, y le

tiene por estas fábulas sometido y sujeto. Lo esencial de la Edad

Media subsistirá: el pacto de Carlo-Magno, un Papa sancionado por el

emperador en el centro de Italia, un emperador coronado por el Papa

en el centro de Alemania, y legiones de obispos feudatarios en torno

de los dos grandes astros de la Edad Media, en torno del Pontificado

y del Imperio.

Los obispos, influyendo tan soberanamente, gozarán una supremacía que

papas y emperadores querrán someter á su respectiva dominacion. De

aquí una lucha entre el elemento italiano y el elemento aleman dentro

de la Iglesia; de aquí el célebre litigio de las Investiduras. Los

emperadores de Alemania llegarán á tener papas alemanes en Roma, y

los papas alemanes llegarán á ser casi todos en Roma inmolados. Por

fin sube al trono el César de los Papas, Gregorio VII. Él aspirará

á la libre eleccion de los pontífices, á la independencia de los

obispos, á reunir y administrar todos los bienes eclesiásticos, á

hacer de la Iglesia una sociedad superior al mundo y aparte del

mundo, á recabar por todos los medios el sepulcro de Cristo en una

guerra cuyo símbolo sea la cruz, con un ejército cuyo general sea

el Papa; y para emanciparse completamente del germanismo imperial,

inventará la fábula de que el patrimonio de San Pedro es donacion

de Constantino, y obligará á los emperadores, vestidos de sayal y

de cilicio, á que aguarden de rodillas, temblando, una palabra de

aquellos labios pontificales que sublevan ó domeñan á los pueblos,

una bendicion de aquellas manos que apaciguan ó irritan á los cielos.

Si el Papa hubiera desaparecido, Europa no se educa para la

civilizacion en la Edad Media. Si el espíritu se hubiera sometido

por completo al Papa, Europa sería hoy un imperio inmóvil, un

imperio asiático, religioso, con su gran Lama en la Ciudad Eterna.

Afortunadamente el principio de contradiccion está ahí para evitar

estas tristes absorciones de toda la naturaleza humana por uno

solo de sus elementos. Grande oposicion se abrió contra el Papa,

recordádole su dependencia de la tutela civil, y el orígen reciente

de la donacion que sólo debia á los emperadores occidentales. Ni

la guerra, ni la paz de las investiduras aclaran nada; á pesar

de las humillaciones de Enrique IV y de los proyectos de Pascual

II, la naturaleza quiere que este combate se prolongue, que esta

incertidumbre continúe, para que ninguno de los dos principios en

lucha predomine y se sobreponga á su contrario. Así la Iglesia

conserva su carácter moral, su carácter teológico, avivando el

elemento idealista en el alma; y el Imperio conserva su carácter

político, civil, impidiendo que la autoridad teocrática esclavice

todo nuestro sér. Por esta lucha el mundo occidental constituye

la unidad en la variedad; la quietud en medio de la guerra; el

equilibrio entre fuerzas discordes y contrarias. Todas las armonías

de la Edad Media provienen de esta enemiga entre el Pontificado y el

Imperio. Sin aquél hubiera sido Europa un campamento; sin éste Europa

hubiera sido un monasterio. Su mutua oposicion salvó por completo la

cultura humana.

Y el espíritu rebosa en Europa, y el Oriente surge cual mágico

encanto para contenerlo, y los monjes predican, y los pueblos se

mueven, sintiendo nueva vida despertarse en su seno, y se llenan de

cruzados los caminos, y las muchedumbres no saben ni de dónde vienen

ni adónde van; pero saben que algun misterio las envuelve y las

sostiene, y creen que cada ciudad es Jerusalen, que cada monumento

es el sepulcro, que cada estepa es el desierto; hasta que una gran

parte de la ignorancia antigua se desvanece, y una gran parte de

la igualdad moderna viene por la comun lucha y las penas comunes,

reveladoras de la identidad y de la unidad de la naturaleza en cada

hombre y en todos los hombres, que se van siervos de la teocracia,

del feudalismo, y vuelven apercibidos á penetrar libres en los

municipios; se van de Europa creyentes, y vuelven del desierto

con la duda de Job en el alma, dispuestos á entrar en otra fase

más progresiva y más humana de la civilizacion. El Papa ha creido

conservar la fe agitando á Europa, y al agitarla ha despertado en

Europa la razon.

El comercio es una fuerza nueva de civilizacion y cultura. Como toda

fuerza social, engendra organismos políticos. Al comercio se une el

trabajo. Al comercio y al trabajo, el comienzo de emancipacion de

los pecheros. Nacen los consulados en Italia, los municipios en

España, los comunes en Francia. El Papa siente que esta evocacion de

la naturaleza desvanecerá el hechizo de la fe religiosa; que estas

invasiones de la democracia destruirán las aristocracias teocráticas.

Como el Universo, deja de ser fuente de mal para convertirse en

fuente de vida; el trabajo deja de ser maldito para convertirse en

continuador de la creacion; el comercio acaba con el aislamiento

de cada hombre, de cada pueblo, que engendraba la penitencia, la

oracion, y comunica entre sí á católicos é infieles; el sayal, el

cilicio, el saco, se truecan en gasas, en brocados, en crujientes

sedas; esta aparicion de la naturaleza con todos sus hechizos en

medio del mundo, presa de todos los terrores religiosos, parécele

á la Iglesia obra del Antecristo, y lanza sus rayos contra la

transfiguracion de la conciencia y de la vida.

Pero Abelardo ha pensado. Y el pensamiento se hace verbo en la

historia. Y el verbo se hace hombre. Y el hombre donde se encarnó

el pensamiento de Abelardo fué Arnaldo de Brescia, monje y soldado,

tribuno y asceta, filósofo y místico, predicador elocuentísimo y

consumado político, radiosa aparicion de la democracia ante los

altares teocráticos, capaz de suspender por un momento la autoridad

política de los Papas en Roma, como para demostrar que nada podrán

las excomuniones contra la razon que se emancipa, contra la herejía

que toma carta de naturaleza, contra el trabajo que redime, contra el

comercio que liga á los pueblos y aisla á la Iglesia. El Papa triunfa

en definitiva, pero la idea de Arnaldo queda en el suelo de Europa.

Ella retoñará.

La herida está abierta en el corazon de la Iglesia. Piérdese el

prestigio de las cruzadas; luchan entre sí los ejércitos cristianos,

miéntras la cimitarra cautiva de nuevo el Santo Sepulcro y la

verdadera cruz; van los cruzados á Jerusalen, y se detienen en el

camino para depredar, saquear las ciudades cristianas, como Palermo

y Constantinopla; quiere Federico II renovar las hazañas del rey

Godofredo, y en Tierra Santa, léjos de recibir las bendiciones,

recibe los anatemas del Papa: la herejía domina, los territorios

en donde brotára la cultura moderna, el Langüedoc, La Provenza, y

engendra una guerra nacional; pelean los reyes de Aragon, que poco

ántes dejaban sus dominios á la Iglesia, en favor de los albigenses;

una democracia desenfrenada, semidemagógica, compuesta de mendigos

que se declaran enemigos de toda jerarquía y de toda propiedad,

entra con los franciscanos en la Iglesia que, cercada de dolores,

en aquella insurreccion de los reyes contra su poder, en aquellas

invasiones contínuas de la herejía, apela á la inquisicion y enciende

las hogueras para difundir, como con los franciscanos el terror

sobre los aristócratas y sobre los reyes, con los dominicos el terror

sobre los herejes y sobre los pueblos.

De todos estos movimientos del espíritu humano, ¿cómo ha salido el

Papa? Era jefe de la cristiandad, y es jefe de un partido, jefe de

los güelfos. Era legislador por sus cánones, y tiene que ver mezclada

la legislacion eclesiástica con la legislacion imperial y romana.

Era maestro por los conventos, y compartirá el magisterio con los

reyes. Las Universidades se llamarán pontificias y reales para educar

una clase, la clase de los jurisconsultos, que trasladará la diadema

del derecho divino de la frente de los Pontífices á la frente de

los reyes. Transigirá la Iglesia con la escolástica; pero en la

escolástica habrá más de Aristóteles, más de Averroes, más de los

filósofos griegos y de los comentadores árabes, que de los padres y

los apologistas cristianos.

Al acabar el siglo décimotercio comienza realmente la decadencia

del Pontificado. Y no consiste esta decadencia, como escritores

superficiales han supuesto, en el carácter de los Papas; consiste

en el cambio de las ideas y de los sentimientos. Inocencio III, que

representa la mayor pujanza de la Iglesia, es ántes de los Papas de

decadencia, como Marco Aurelio ántes de Commodo, un gran carácter

que sostiene y eleva por su propia fuerza altísima institucion,

herida de muerte. Ni valor, ni inteligencia, ni virtud bastan á

robustecer instituciones que se debilitan, á salvar instituciones que

perecen. ¿Pudo Probo sostener con sus virtudes el Imperio romano, ya

en la agonía? Pocos hombres habrá en la historia de la elevacion de

miras y de la fuerza de carácter que ostenta Bonifacio VIII. No le

gana en valor San Leon, en actividad San Gregorio, en ideas atrevidas

Hildebrando, en carácter Inocencio III. Él asedia en Roma la familia

feudal y gibelina de los Colonnas, que durante siglos se opone al

Pontificado y sirve á todos los enemigos del Pontificado; la persigue

á sangre y fuego por los campos y por los montes; la acorrala en

Palestrina; y allí la castiga con castigos cruentos, sin dejar una

piedra en su madriguera, en la ciudad que guardaba recuerdos más

preciosos de lo antiguo y obras de arte más bellas del genio moderno,

ciudad cuya destruccion llorarán eternamente de consuno las musas

latinas y las cristianas musas. Pero Bonifacio VIII no se detiene

ante ningun respeto humano. Reivindica Polonia, Hungría; manda

sobre Italia sin curarse ni del Emperador ni del Imperio; promulga

jubileos que enriquecen con legiones innumerables de peregrinos la

Ciudad Eterna; excomulga y depone magistraturas civiles, como si el

cesarismo hubiera renacido bajo la tiara; desafia á Francia, conspira

contra Alemania; pero sus enemigos se congregan en bandas armadas, lo

buscan, lo encuentran, violan su ciudad, asaltan su palacio, matan

sus servidores, se acercan á él, que los aguarda en el trono, con

la serenidad y la inmovilidad de un Dios fiado en su omnipotencia,

la tiara en la cabeza, el manto en los hombros, el báculo en las

manos; y le imprimen, con el feudal guantelete de hierro, horrible

bofeton en la mejilla, despues de cuya afrenta réstale sólo al

Papa huir, esconderse, entregarse á otra familia señorial, á los

Orsinos; y entre epilépticos sacudimientos y feroces maldiciones,

morir siniestra muerte, al frenético dolor que le causáran su rabia

y su impotencia. La vida y la muerte de Bonifacio VIII corroboran el

dicho agudísimo y exacto del pueblo romano: «alcanzó la tiara como un

zorro, dominó como un leon, murió como un perro.»

Pero su pontificado señalará eternamente la decadencia de la

teocracia, que fué tutora de Europa. Divídense los partidarios del

Papa, los güelfos, en blancos y negros; los teólogos, en escotistas

y thomistas, en nominalistas y realistas; los Papas mismos en Papas

de Avignon y Papas de Roma; las naciones católicas en naciones

cismáticas; las ciencias en sectas y herejías; los concilios en

asambleas revolucionarias; los poetas en satíricos que turban la paz

del alma con sus dudas y persiguen la fe con su finísima ironía,

obligando á la conciencia humana á buscar en otras ideas más vivas

que las ideas católicas su indispensable alimento. La Órden de los

templarios, que naciera en los tiempos felices del Pontificado, que

luchára por la Iglesia en Oriente sin descanso, soberana de Chypre,

defensora de Jerusalen, sumisa á los Papas, es disuelta por el gran

esclavo de Avignon, por el Pontífice frances, sometido á los reyes

de Francia, y sus bienes confiscados, y sus fortalezas derruidas

ú ocupadas por tropas reales, y sus caballeros quemados á fuego

lento en los claustros y en los campos, testigos del poder y de la

gloria de tan ilustre ejército. Hasta el gran poema inspirado en la

teología, templo viviente del espíritu católico, consagrado, no á los

combates pasajeros de los héroes, sino al viaje de las almas á la

eternidad, al reino insondable de los muertos, allá en sus últimos

círculos de fuego inextinguible y de perdurables penas, en lo más

profundo de su infierno, casi en la boca de Satanás, pone á los Papas

por enemigos de la grandeza y de la independencia de Italia.

¡Qué espectáculos! El hijo de pobre lavandera y oscuro tabernero,

Rienzi, por interpretar las inscripciones romanas, por traer á la

memoria con verdadera elocuencia los recuerdos antiguos, se ve

aclamado y divinizado entre muchedumbres que le llevan homenajes

de patricios, de cardenales, de reyes, de emperadores, de Papas, y

personifica por algunos dias el genio de la Ciudad Eterna, hasta

que su cabeza, llena de vértigos, cae rodando desde las cimas del

Capitolio al mostrador de un carnicero. Y el mundo ve que mascaradas

de tribunos llenan los palacios pontificios; que sangrientos cismas

desgarran las naciones; que genios como Petrarca se vuelven con dolor

á la antigüedad pagana para pedirle su inspiracion y su valor; que

hay un Pontífice en Francia, otro en Italia, otro en Aragon sobre la

triste Peñíscola; que el emperador Segismundo se arroga la facultad

eclesiástica de convocar la Iglesia universal; que la jefatura del

mundo católico pasa de un Papa simoniaco á un pirata, de un pirata á

un loco, de un loco á un epicúreo, cual sucede en la decadencia de

los Imperios; que los Concilios sólo aciertan á encender los ánimos,

á subvertir los pueblos, á desencadenar las guerras; que las hogueras

consumen á genios henchidos de fe como Juan Hus y Jerónimo de Praga;

que se desentierra á Wiclef para arrojarlo á un rio por haber

pedido la pureza del cristianismo; que los soldados de la igualdad,

precedidos primero de un general ciego, llamados al redoble de

tambores hechos de pieles humanas, derraman el incendio, la matanza,

tan sólo por comulgar como los sacerdotes en las dos especies de pan

y de vino; que la reconciliacion de la Iglesia latina y la Iglesia

griega, obra de un momento, se rompe en otro momento; que los reyes

se sobreponen á los obispos, y la Iglesia se declara superior al

Papa; que el diablo huye de las leyendas, y la naturaleza recobra

sus derechos, y la antigüedad su prestigio, y la conciencia su voz,

miéntras el mundo pierde la antigua fe, y los césares-pontífices su

dominacion sobre la humana conciencia.

Por fin, este movimiento del espíritu humano llega á tener su idea

concreta en la Reforma. Así como el cristianismo no ha sido aparicion

súbita y milagrosa, obra de un momento, idea de un hombre, singular

inspiracion, sino resultado de toda la antigüedad, tampoco ha sido

la Reforma el ímpetu ó la corazonada de un fraile; el grito de un

rebelde alzado en armas espirituales contra la Iglesia; la intuicion

de una sola alma en parte movida por pasiones de su pecho, y en

parte por odios históricos de su raza, sino el corolario preciso de

las dudas sembradas por los poetas, de las ideas esparcidas por los

filósofos, de la política impuesta por los reyes, de las pretensiones

aducidas en los concilios, de todo el impulso que al espíritu

humano habian dado las fuerzas vivas de la sociedad y los progresos

incontrastables que á cada paso nos testifica la historia.

Cada hombre aspira á ser sacerdote de sí mismo; cada generacion á

interpretar como idea que se mueve y se trasforma el dogma tenido

ántes por definitivo é inmóvil; la revelacion pasa á iluminar todas

las frentes, á ser el patrimonio de todas las almas; el libro cae

en las manos del pueblo; desaparece la casta sacerdotal é invaden

las democracias el santuario; las órdenes monásticas dedicadas á

la maceracion, las reliquias, el exorcismo y la indulgencia dejan

paso al dogma severo que apaga el purgatorio, exalta el infierno,

y atribuye la salud del hombre á la Divina gracia. Desde este

dia, el predominio del Pontificado en Europa ha verdaderamente

desaparecido, ese predominio que tanto contribuyó á nuestra educacion

y á nuestra cultura. Es verdad que el protestantismo será repulsivo

á la naturaleza de nuestra raza y al carácter de nuestra historia;

que si pierde el Papa la mitad de Europa, nace á sus plantas para

recibir su bautismo y dilatar su nombre toda la América, descubierta

y conquistada por los héroes, eternamente católicos, que acababan en

España su cruzada contra los moros y emprendian allende el Atlántico

su cruzada contra los indios, yéndose en esquifes para volver,

trayendo inmensos continentes, arrojándolos como un holocausto ante

las aras de la Iglesia.

Verdad tambien que la Iglesia obra sus mayores milagros, hace sus

mayores maravillas cuando se ve circuida de mayores asechanzas y

peligros. Nadie se cansará jamas de admirarla durante el siglo XVI.

En la persona de Julio II restaura los Papas autoritarios y guerreros

de la Edad Media, tan dispuestos á someter las almas con su palabra

como las fortalezas con su espada. En el pontificado de Leon X

despierta la antigüedad; dobla la historia; enseña la genealogía

clásica de las ideas cristianas; sorprende el secreto de la belleza

plástica en los monumentos antiguos; evoca las estatuas que vibran

el cántico heleno en sus labios; resucita el alma de Platon sobre el

sensualismo aristotélico; restaura la divina lengua hablada en los

rostros; anima los bronces y los mármoles con sus inspiraciones; abre

los cielos del arte; engendra en su seno los titanes de Miguel Ángel,

y las vírgenes de Rafael que vienen á hermosear el planeta; devuelve

á la naturaleza exhausta y macerada su vida y alegría; funda el

Renacimiento, que compite con las edades más bellas de la humanidad,

é inspira esas legiones de artistas, que quitan sus espinas á la

realidad y reconcilian al hombre por la magia del genio, con la cual

arrojan áurea gasa de ilusiones sobre el Universo, hasta con los

acerbos dolores y las amargas tristezas de la vida.

Católico era el mago maravilloso que volvió á llenar de seres

fantásticos y hermosísimos, como en los dias de los dioses, la

naturaleza y el espíritu, animados por los cánticos de su poema;

católico el pensador eminente que trazó las leyes de las revoluciones

y de las reacciones, que mostró el abismo insondable de odios y de

crímenes encerrado en la perversion del sentimiento humano; católico

el dulce poeta español que devolviera su voz á los bosques, su

melodía á las auras y á los arroyos, su incienso á las flores, sus

églogas vivientes á los campos; católico el jóven pintor, único en

los anales humanos, que supo evocar la hermosura griega y redimir de

la penitencia y de la flagelacion en sus cuadros, trasfigurándolo

y embelleciéndolo, el organismo humano; católico el arquitecto, el

escultor, el dibujante milagroso que coronó con la rotonda de San

Pedro las sienes del Renacimiento; católica la música inmortal, que

parecia haber encontrado en los abismos de las edades pasadas los

acentos de David, los trenos de Jeremías; católico todo cuanto hay en

el siglo décimosexto de verdaderamente bello y artístico.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 13 / 19 段