La prueba de cuanto hubiera podido hacer con estos grandes medios se

encuentra en lo que hizo con medios pobres, con reformas tímidas,

con ligeros, ligerísimos paliativos. Una amnistía que reclamaba

la fórmula servil de prévio juramento; una comision nombrada para

estudiar las reformas indispensables; una cámara consultiva que se

componia de un representante por cada provincia, á propuesta en terna

del legado y eleccion del Pontífice; un consejo de cien miembros

que deberian dar un senado de nueve: todos estos tímidos anuncios

de renovacion social despiertan á Italia; imponen códigos liberales

á príncipes reaccionarios como el de Módena y el de Parma; abren á

Sicilia las puertas de su calabozo; derraman aliento de libertad

por los emponzoñados aires de Nápoles; obligan á los extranjeros á

retirarse de Ferrara ante una protesta pontificia; arman el brazo de

Cárlos Alberto por la causa de la independencia; derriban á Guizot en

París y á Metternich en Viena; producen los cinco dias de Milan, que

son cinco dias de redentor martirio; levantan entre los espejismos de

las deslumbradoras lagunas el alma muerta de Venecia; transforman con

la nueva fe los corazones más cerrados á todo sentimiento religioso;

infunden su antiguo valor á los italianos, y en pocos dias, de los

cien mil austriacos enviados á oprimir su patria, cuatro mil son

cadáveres, veintisiete mil heridos ó inútiles, los demas dispersos:

que vagas palabras de libertad proferidas desde las alturas del

Vaticano habian como derramado nueva sangre por las venas, nueva idea

por la conciencia de la ántes aletargada Europa. Las campanas que

tocáran á la oracion, sabian tambien tocar á rebato contra la tiranía.

Pero en este momento supremo. Pío IX se acordó de que era Papa, y

Papa á la antigua usanza. En una guerra entre los austriacos y los

italianos, aunque todo el derecho estaba de parte de éstos y toda la

sinrazon de parte de aquéllos, el Papa sintió que unos y otros eran

católicos. Al mismo tiempo que el rey de Nápoles abandonaba la causa

italiana por tristes competencias territoriales, por el logro de un

botin pendiente aún del empeño de las armas. Pío IX helaba la sangre

en las venas de su nacion, negándose á mandar refuerzos y á bendecir

los combatientes por la más santa de las causas, por la causa de

Italia. Y luégo convocó las potencias católicas, les pidió su

auxilio, les señaló el camino de Roma, las vió impasible destruir los

grandes monumentos, inmolar los piadosos católicos; y entre ruinas y

cadáveres volvió á sentarse en el trono terrenal, mantenido por las

bayonetas de las legiones extranjeras.

Desde el dia en que volviera Pío IX de la proscripcion á Roma, en

hombros de extranjeras legiones, no podia representar el espíritu

evangélico de los primeros cristianos, sino el espíritu teocrático

de los antiguos pontífices asiáticos. Y todavía no saben los que

profesan con fe y sinceridad la religion cristiana, cuánto podrian

conmover al mundo aliándola con la libertad. En la historia moderna

ha sucedido que los católicos puros detestáran la libertad, miéntras

los llamados liberales católicos cayeran en la herejía, sin haber

logrado ni unos ni otros reconciliar el espíritu de nuestro siglo con

la religion de nuestros padres. Y el antiguo y el nuevo Testamento

guardan tradiciones republicanas.

Sabido es que en la organizacion de la tribu ilustre de Judá

representaban los reyes la confusion de las tradiciones mosáicas

con las ideas y los ritos de los demas pueblos, en tanto que el

profeta representaba con el austero vigor republicano, la idea pura

de Israel. Lo repito; puede la moderna elocuencia tribunicia sacar

acentos republicanos de las Sagradas Escrituras, como los sacaron

aquellos fundadores de la democracia americana, cuyo renombre, á

manera de todas las glorias sólidas, se aumenta con los siglos.

El pueblo de Israel pidió rey, y Dios quiso negárselo. Una y otra

advertencia les dirigió á los suyos el Dios de Abraham por boca de

Samuel. Un rey sólo servirá para oprimiros y para deshonraros; para

haceros sus soldados, sus palafreneros y sus lacayos; para escupir su

saliva á vuestra frente y mezclar su hiel en la levadura de vuestro

pan; para convertir los hijos de Israel en sus bestias de carga,

á fin de que le forjen así los instrumentos de guerra, como los

instrumentos de labranza, y cultiven sin descanso en provecho regio,

con sudor los campos de trigo, con sangre los campos de batalla. Él

se llevará vuestras hijas para que le diviertan, y le perfumen, y le

embriaguen con sus besos y le hechicen con sus cánticos; vosotros

sembraréis, y él segará; vosotros plantaréis, y él cosechará;

vosotros trabajaréis, y él gozará; vuestros campos le servirán para

granjearse á sus cortesanos, y vuestras vendimias para emborrachar á

sus eunucos. Vuestros ganados le pertenecerán, y vosotros mismos no

pasaréis jamas de ser, bajo su cetro, un rebaño de siervos.

La emocion que una voluntariedad liberal de Pío IX ha producido en

el mundo, prueba hasta qué punto las ideas progresivas descenderian

sobre las conciencias de las muchedumbres si las difundiese la

Iglesia. Pero ¡ah! el corazon se entristece cuando siente que si

el Papa elevára su voz contra los reyes, la elevaria en nombre de

principios más reaccionarios que los principios monárquicos, en

nombre de aquella teocracia, cuya tutela rompió Europa en cuanto

comenzára á dibujarse la vida civil y á madurar la razon humana.

Esas monarquías son hoy odiosas, porque no corresponden al estado

de nuestra civilizacion y cultura, á la esencia misteriosa del

espíritu moderno; pero una de las causas de la supervivencia de esas

instituciones, una de las causas primeras es el ataque tremendo que

dieran á la teocracia, al predominio político del elemento sacerdotal

sobre las sociedades humanas. Miéntras la monarquía creaba estos

principios civiles, parapetábase la teocracia tras sus privilegios

religiosos, y persistia en tener esclavizada la inteligencia. Por eso

los reyes viven, porque lucharon con los Papas, porque disolvieron

los templarios, porque expulsaron los jesuitas, porque opusieron á la

vida teocrática la vida civil. La voz del Pontífice cuando combate

la libertad de los pueblos modernos, la independencia de Italia,

la secularizacion de las sociedades europeas, ¡ah! es una voz de

las tumbas, que se pierde en el espíritu independiente del siglo

décimonono, cuya conciencia jamas, jamas transigirá con la teocracia,

con ese espectro de la Edad Media.

El hombre, capaz de soñar la con restauracion pontificia, así

en contra de los reyes como en contra de los pueblos, ¡ah! es el

cardenal Antonelli, á quien yo por vez primera vi el Domingo de

Ramos de 1866 en la Basílica de San Pedro. Á un guardia noble, que

á mi lado se encontraba, preguntéle por el cardenal, y le dije que

me lo mostrára al pasar. Trasladóme con amabilidad, cuyo recuerdo

áun obliga mi gratitud, de un lado á otro, para colocarme entre la

fila de soldados, delante de la cual forzosamente habia de detenerse

el vicario del vicario de Cristo. Cierto frances, que cerca de mí

estaba, acompañado de finísima é inteligente señora, asocióse á mi

deseo de escudriñar la fisonomía del cardenal, desde aquel sitio

adonde le llevára ó la casualidad ó el instinto. Era muy comunicativo

el frances, y hacía sobre todo miles de observaciones, graciosas

unas, impertinentes otras, excesivas todas, que moderaba la señora,

su compañera, con grande oportunidad. Aquel charlatan tenía un ídolo

en literatura, Enrique Heine, y un ódio en política, el cardenal

Antonelli.

El dia era caluroso, á pesar de ser uno de los primeros de Abril,

y mi interlocutor, que acababa de atravesar jadeante la gran plaza

de San Pedro, decia, limpiándose el sudor: «¡Qué calor fuera, y qué

fresco dentro de la Basílica! Tiene razon Heine; cuando en dias

estivales y sofocantes como éste acertais á entrar en una catedral,

no podeis ménos de decir: ¡qué bella religion de verano es el

Catolicismo! Al venir hácia aquí, me encontré un campesino apaleando

á bíblico asno, y le dije al pobre animal, acordándome de Heine:

padece, padece, que por eso comieron tus padres cebada prohibida

en el paraíso. Y eso que Roma no puede compararse con el paraíso

descrito por el gran poeta, donde los girasoles dan pasteles, y las

aves van á buscaros ya asadas y aderezadas con la salsera en el pico.»

Yo, al oir toda aquella garrulería, dicha con los ojos puestos en mí,

contrastada sólo por los tirones de manga que la señora propinaba al

impío, traté de mudar la conversacion, y le dije:

—¿Conocéis personalmente al cardenal Antonelli?

—No le conozco personalmente, pero me lo figuro. Moralmente lo sé de

memoria, por haber leido á Liverani.

—No conozco ese autor.

—Es un canónigo de Santa María la Mayor, verdadero sacerdote; por

su conciencia todo un hombre piadoso; por su vida todo un austero

anacoreta; por su orígen un campesino convertido al sacerdocio. La

agricultura es propicia á los prelados y dignatarios de la Iglesia.

Sixto V no sólo fué pastor, sino hijo de jardinero. Y la escuela

católica es de tal suerte pueril, que ha elevado á cuestion de

primer órden probar que guardó cabras, en vez de guardar cerdos, y

que los animales puestos bajo su cayado eran, no de ajeno dueño, sino

de su padre.

—¡Qué empeño tienes, Enrique, dijo la señora, en denigrar el

Catolicismo en su misma capital y en su gran Basílica!

Yo, por apoyar á la señora en sus observaciones, le dije:

—Es necesario ver estos grandes monumentos con la inteligencia llena

de las ideas que despiden de cada una de sus piedras. Para ver la

aljama de Córdoba hay que inspirarse en el espíritu semítico, y para

ver el Parthenon de Aténas, en el espíritu pagano.

Comprendió el frances toda la trascendencia de mi observacion, y se

amostazó un tanto.

—Si algo me demuestra con demostracion irrefragable la decadencia

del Catolicismo, es la nimiedad con que suele darse carácter

anti-católico á toda observacion más ó ménos justa sobre el

pontificado y su córte. ¿Tendrá algo que ver con los dogmas la

naturaleza del ganado que guardára Sixto V? ¿Será más ortodoxo y

eclesiástico el ganado de lana que el ganado de cerda?

Yo, conviniendo en la justicia y hasta en la gracia de semejante

afirmacion, volví la hoja y pregunté por el libro de Liverani.

—Está dedicado al señor conde de Montalembert, que quiere la

restauracion, es decir, Milan; Venecia bajo las espuelas de los

croatas; el cuadrilátero puesto como una herradura austriaca sobre

las armas de Italia, y todos los patriotas dispersos y errantes por

el mundo.

—No estarémos mucho tiempo en Roma, dijo la señora; tus imprudencias

nos expulsarán pronto.

—No temas. Hablamos en frances y no nos entienden. Un amigo que

acaba de departir con el cardenal Antonelli me ha dicho que habla

detestablemente el frances. Y si el cardenal Antonelli habla

detestablemente el frances, figuraos cómo lo hablará y cómo lo

entenderá la gente menuda.

—Hablad, hablad, le dijo yo.

—Nada de extraño tiene que así Antonelli se exprese en el idioma

de la revolucion, cuando se expresa igualmente mal en el idioma de

la teología. En los maitines de Navidad, por 1859, cuenta el Padre

Liverani haberle oido cantar _erútus de potestate tenebrarum_,

poniendo el acento en la segunda sílaba, cuando debió cantar _érutus

de potestate tenebrarum_, poniendo el acento en la primera sílaba.

El latin pronunciado por los franceses resulta á nuestros oidos una

lengua casi ininteligible, y así es que no pude ménos de reírme al

oir criticar en tan pésima pronunciacion aquella falta de gramática.

—Lo que Antonelli sabe profundamente es economía doméstica. Sonnino,

su villa natal, se ha convertido en la metrópoli burocrática de

los Estados Romanos. Aquello es un plantel de empleados. Giacomo

Antonelli, secretario de Estado y prefecto de los santos palacios

apostólicos, natural de Sonnino; el conde Fillippo Antonelli,

consejero de Hacienda, natural de Sonnino; el conde Luigi Antonelli,

conservador de Roma, natural de Sonnino. Podia escribirse una letanía

de Antonellis. Como Diocleciano era césar, Diocleciano pontífice,

Diocleciano tribuno, Diocleciano cónsul; Antonelli es administrador,

Antonelli hacendista, Antonelli diplomático, Antonelli militar,

Antonelli cardenal, Antonelli enemigo de la civilizacion moderna,

Antonelli monopolizador del Espíritu Santo, Antonelli Papa del Papa.

Yo comprendí que la gárrula conversacion del frances me comprometia,

y como empujado por grande oleada de gentes, apartéme de aquel sitio,

cuando un rumor me advirtió que venía el Santo Padre. Pasó á mi lado,

deteniéndose por algunos minutos ante mí el cardenal Antonelli,

juntamente con la procesion de cardenales y obispos, que en parte

precede al Papa y en parte rodea sus andas. Parecióme Antonelli alto,

fuerte, cazador y no cardenal, montañes y no cortesano. Los ojos

de ave nocturna, la nariz prominente, los labios gruesos, el color

cetrino, la fisonomía ruda, el carácter atrevido, la complexion

vigorosa, y los ademanes y el gesto, quizá por aprension mia,

acusando el hombre acostumbrado de antiguo á mandar con imperio y á

ser obedecido sin resistencia. Pero debo tambien decirlo: parecióme

un hombre de gran vulgaridad.

Yo recordaba mis lecturas históricas; recordaba la serie de aquellos

cardenales ilustres, de aquellos ministros pontificios, descritos en

la admirable historia de los Papas durante los siglos décimosexto y

décimoséptimo, por Ranke, obra que tantos elogios ha merecido á los

católicos más ardientes. Recordaba Gallio de Como, que dirigiera con

habilidad la política en dos pontificados consecutivos; Rusticucci,

tan severo en su conciencia como en su vida; Santorio, tenaz en

las ideas, puro en las costumbres, enérgico para sus parientes,

inflexible con los extraños, superior en su elevada soledad á

todas las pasiones humanas; Madruzz, el Caton del Sacro Colegio;

Sirlet, tan sabio en todas las ciencias, y especialmente en las

ciencias filológicas, que departia con los doctores y con los

niños, que compraba á los pastorcitos sus haces de leña, con la

condicion de enseñarles la doctrina cristiana; Cárlos Borromeo,

un santo, cuya memoria jamas se borrará del Milanesado y de las

montañas que avecinan al Lago Mayor; Torres, que concluyó la Liga

contra los turcos, cuya victoria se llama la victoria de Lepanto;

Belarmino, el primero de los controversistas y de los gramáticos;

Maffei, el historiador de la conquista de las Indias portuguesas

por el Cristianismo; Felipe de Neri, el fundador de la Órden de los

preclaros oradores, que parecian llamados á restaurar la religion en

la conciencia de Europa, cuando el gran constructor Sixto V regaba

con el agua _felice_ las colinas romanas, y las hacía florecer á

un tiempo con bellos jardines y grandes monumentos; cuando Fontana

erigia el obelisco ante San Pedro y lo remataba con la cruz de

Cristo; cuando Patrizi armonizaba la teología católica con las

tradiciones filosóficas, y Moisés con Hermes; cuando Torcuato Tasso

emitia los últimos acentos de la Musa católica, y el Dominiquino y

Guido Reni destellaban los últimos resplandores de la pintura; y al

eco de la sublime música de Palestrina, el espíritu eclesiástico se

reanimaba y revivia, como llamarada próxima á extinguirse.

Grün compara el cardenal Antonelli al prelado de Benevento, que

Montesquieu juzgó con extrema dureza, y que, miéntras el papa

Benedicto XIII rezaba ante la efigie de San Vicente Ferrer, corria

de monasterio en monasterio, besaba las manos de los frailes, hacía

extremas penitencias, despreciando todos los placeres y todas las

pompas terrestres, dábase él á las ambiciones, á los lucros y á las

locuras del mundo. El carácter del Papa es la contradiccion radical,

radicalísima, con el carácter del cardenal de Sonnino, como el

carácter de Benedicto XIII era la contradiccion radicalísima con el

carácter del cardenal de Benevento.

Pío IX, á quien eligiera un milagro, juzgóse llamado por Dios á

hechos milagrosos, extraordinarios; y desde el primer dia de su

pontificado tuvo la ambicion del bien. Extremadamente sensible de

alma, epiléptico de cuerpo, incapaz de exaltados odios, inocente en

sus pasiones, puro en sus costumbres, de fantasía pronta, de lenguaje

abundoso, de voz clarísima y sonora, fácil y hasta elocuente en

sus improvisaciones, plácido en sus gestos, dulce y bondadoso en

su mirada, místico hasta el éxtasis en sus oraciones y plegarias,

majestuoso sobre el trono, artista al pié del ara, minuciosísimo en

las ceremonias religiosas, amador de las humanas pompas, devoto á

sus destinos históricos y á su elevado ministerio, cree, en sus más

grandes equivocaciones y errores, que Dios le inspira, que le guía

Dios, y que interpreta su pensamiento y expresa su voluntad sobre la

faz de la tierra.

Él no enriquece á sus parientes, no atesora dinero, no pone tasa á

la limosna, no niega audiencia por importuna que sea, no echa ningun

cerrojo á su corazon siempre abierto, ni mordaza ninguna á sus

labios, vibrando siempre, en toda ocasion, la idea que vaga por los

espacios más recónditos de su conciencia. Conoce de los hombres más

las apariencias que la naturaleza; de las ideas más la forma que el

fondo; de su poder más el aparato que el prestigio; de su autoridad

más el brillo que la fuerza, y acostumbrado á vivir en regiones donde

parece un Dios, gústale oirse llamar todos los dias: santo, santo,

santo, y aspirar el humo del incienso. Pero en esas alturas, cuando

declara dogmas de fe, cuando reune concilios ecuménicos, cuando la

Iglesia entera le llama superior á los errores humanos, cuando su

pensamiento es divino como el Verbo, y sus labios sagrados como los

oráculos; ¡ah! la nube que pasa, la electricidad de la atmósfera,

los cambios bruscos de temperatura, en Roma frecuentísimos, influyen

sobre sus nervios, sus nervios sobre su carácter, y su carácter le

arrastra á ímpetus de mal humor, á genialidades bruscas, que desdicen

de su bondad, y que prueban cómo ese demiurgos, ese sér sobrenatural,

se halla sujeto, cual todos los mortales, á los errores y á las

debilidades que nacen de los límites de nuestra naturaleza, y á las

leyes que rigen todo el Universo.

Y bajo el dominio de este Papa que aspiraba á evangelizar el mundo, á

cristianizar la democracia, hase convertido la autoridad pontificia

á un absolutismo que fuera imposible bajo el imperio de los monarcas

absolutos. Se estremece el ánimo considerando cómo ha caminado

nuestra Iglesia á la inversa de nuestra civilizacion. Una institucion

de la altísima jerarquía que ha pretendido, del ministerio altísimo

que ha desempeñado la Iglesia, debia ser la luz y el calor de las

almas, como es el sol la luz y el calor de los cuerpos.

Y para ser la luz y el calor de las almas debia desplegar sobre la

frente del hombre, sellada con el sello de eleccion divina, las

etéreas alas de un ideal espiritualista, celeste, verdaderamente

sobrehumano. De esta misteriosa suerte venció al mundo latino

y sojuzgó á los bárbaros. De esta misteriosa suerte, por sus

tendencias á lo ideal, congregó aquellos concilios, como el Concilio

de Jerusalen, donde se reconciliaron los judíos y los paganos,

separados por toda la historia, y donde el Cristianismo se dilató

hasta ser la conciencia de la humanidad. Por esta misteriosísima

manera formuló aquella primera teología griega que difundiera al

soplo creador de lo divino en la mente humana. Por esta misteriosa

manera alzó los esclavos á la dignidad de seres religiosos, y puso

los césares á servicio de los nazarenos. Elevar al hombre, educarlo

en puro idealismo, hacer de su conciencia como una hostia consagrada

á la divinidad en los altares del Universo, ministerio era digno,

dignísimo de una religion que triunfára por su radical oposicion

al sensualismo pagano y á su cancerosa podredumbre. La Iglesia en

los tres primeros siglos fué una federacion democrática. La Iglesia

desde el pacto de Carlo-Magno ha sido un imperio, sí, un imperio á

la manera romana, miéntras comenzaba Europa á ser una federacion por

el individualismo de los bárbaros. Los obispos de Roma quisieron ser

césares más que pontífices; quisieron continuar bajo el amparo de

la Cruz en la dominacion del Universo. Al pié de los nuevos altares

como al pié de los antiguos, Roma sólo de su propia autoridad se

acordaba y de encerrar los nuevos bárbaros en sus Basílicas, como

habia encerrado los bárbaros antiguos en su Capitolio. Para este

fin hubo ejércitos que en vez de armas llevaban plegarias, y en vez

de escudos sayales; tuvo á los monjes. Tuvo sus jurisconsultos, los

canonistas. Tuvo su código, las falsas decretales. Tuvo hasta un

título cesarista, la donacion de Constantino. Y tuvo su emperador, el

Papa. Mas no siempre el Papa ostentó este carácter; durante algunos

siglos sirvió á las democracias.

Los movimientos religiosos de Roma se explican siempre por sus

intereses políticos. Roma es entre las ciudades antiguas la más

fiel á la religion pagana, por creer que la religion pagana es la

más propicia á su poder y á su grandeza. Roma, en el diluvio de la

invasion, donde mueren ahogados sus dioses, abrázase fuertemente al

Catolicismo, no por ser la religion más verdadera, sino por ser la

religion más opuesta á la religion de sus conquistadores, que es

el arrianismo. Así Roma subleva á los italianos y al mundo contra

el imperio bárbaro, apoyándose en dos ideas capitalísimas, en el

catolicismo y en la república. Á la unidad longabarda se opone la

democracia romana. La ciudad no sólo entrega su alma á los papas,

sino que pide á voces el auxilio de Bizancio; y por medio de la

virtud divina de las ideas, por medio de la fatalidad geográfica de

la península, reune en las islas del Tirreno, en las lagunas del

Adriático, tras los Apeninos, en los desfiladeros de los Abruzos,

todos los náufragos que han conservado el antiguo ideal y la antigua

cultura itálica.

Imposible comprender cómo los papas se han apoderado del mundo

sin comprender cómo se encuentra Italia en los siglos sexto y

sétimo. La unidad bizantina, que es una sombra, en Rávena; la

unidad longobarda, que es un cetro y una espada, en Pavía; la

unidad federal, que es una religion y una democracia, en Roma. La

ciudad Eterna no se defiende, no defiende la República, encontrada

despues de quinientos años de imperio y de cinco invasiones bárbaras

entre las ruinas de sus templos y las pavesas de sus ideas; no la

defiende por los dictadores, por los cónsules, por los césares, por

los magistrados antiguos, sino por los obispos, á causa de que los

obispos son los defensores de las ciudades, los jefes de la plebe,

los nuevos tribunos de la democracia, los únicos que tienen palabras

de entusiasmo y de fe, bastantes á crear ejércitos de plebeyos, y

mover estos ejércitos de plebeyos, donde se reclutan las legiones

de los mártires, al combate y á la muerte. Pero se engañaria quien

atribuyera la fuerza de los papas en esta crísis suprema solamente

á milagros de la fe. Son fuertes porque tienen á su devocion el

pueblo guerrero por excelencia, el pueblo franco. Los francos vienen

á ser los soldados del Catolicismo. Cuanto nosotros hicimos por el

Catolicismo en su edad de vejez y decadencia, hiciéronlo tambien

los francos en la edad en que el Catolicismo tenía juventud y

robustez. No hay como servir una idea progresiva. Ellos, los francos,

crecieron, y nosotros menguamos sirviendo el mismo principio. Pero

ellos lo sirvieron cuando la Iglesia educaba á la humanidad, cuando

la Iglesia era un ideal religioso y una federacion republicana,

miéntras lo servimos en Europa, despues que acabamos nuestras

guerras con los árabes, nosotros que desde el siglo décimotercio

representáramos por la casa de Aragon el principio civil opuesto

al principio teocrático; lo servimos en Europa cuando la Iglesia

se oponia en Alemania, en Holanda, en Inglaterra á la educacion

de la humanidad. Los patriarcas de Constantinopla aspiraban á ser

por los exarcas de Rávena los directores de la cruzada contra los

longobardos. Pero los obispos de Roma mostraban la federacion de

obispos á cuyo frente ellos se veian; las muchedumbres agitadas y

encrespadas por las ideas católicas; y las lanzas milagrosas vibrando

en manos de los francos, invencibles por su valor, dispuestos á

pasar los Alpes y los Pireneos, el Rhin y el Ebro, para defender la

nueva religion y sus pontífices. Hé aquí el camino verdaderamente

misterioso por donde llegó el pontificado á ser el centro y la cabeza

del mundo.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 12 / 19 段