encuentra en lo que hizo con medios pobres, con reformas tímidas,
con ligeros, ligerísimos paliativos. Una amnistía que reclamaba
la fórmula servil de prévio juramento; una comision nombrada para
estudiar las reformas indispensables; una cámara consultiva que se
componia de un representante por cada provincia, á propuesta en terna
del legado y eleccion del Pontífice; un consejo de cien miembros
que deberian dar un senado de nueve: todos estos tímidos anuncios
de renovacion social despiertan á Italia; imponen códigos liberales
á príncipes reaccionarios como el de Módena y el de Parma; abren á
Sicilia las puertas de su calabozo; derraman aliento de libertad
por los emponzoñados aires de Nápoles; obligan á los extranjeros á
retirarse de Ferrara ante una protesta pontificia; arman el brazo de
Cárlos Alberto por la causa de la independencia; derriban á Guizot en
París y á Metternich en Viena; producen los cinco dias de Milan, que
son cinco dias de redentor martirio; levantan entre los espejismos de
las deslumbradoras lagunas el alma muerta de Venecia; transforman con
la nueva fe los corazones más cerrados á todo sentimiento religioso;
infunden su antiguo valor á los italianos, y en pocos dias, de los
cien mil austriacos enviados á oprimir su patria, cuatro mil son
cadáveres, veintisiete mil heridos ó inútiles, los demas dispersos:
que vagas palabras de libertad proferidas desde las alturas del
Vaticano habian como derramado nueva sangre por las venas, nueva idea
por la conciencia de la ántes aletargada Europa. Las campanas que
tocáran á la oracion, sabian tambien tocar á rebato contra la tiranía.
Pero en este momento supremo. Pío IX se acordó de que era Papa, y
Papa á la antigua usanza. En una guerra entre los austriacos y los
italianos, aunque todo el derecho estaba de parte de éstos y toda la
sinrazon de parte de aquéllos, el Papa sintió que unos y otros eran
católicos. Al mismo tiempo que el rey de Nápoles abandonaba la causa
italiana por tristes competencias territoriales, por el logro de un
botin pendiente aún del empeño de las armas. Pío IX helaba la sangre
en las venas de su nacion, negándose á mandar refuerzos y á bendecir
los combatientes por la más santa de las causas, por la causa de
Italia. Y luégo convocó las potencias católicas, les pidió su
auxilio, les señaló el camino de Roma, las vió impasible destruir los
grandes monumentos, inmolar los piadosos católicos; y entre ruinas y
cadáveres volvió á sentarse en el trono terrenal, mantenido por las
bayonetas de las legiones extranjeras.
Desde el dia en que volviera Pío IX de la proscripcion á Roma, en
hombros de extranjeras legiones, no podia representar el espíritu
evangélico de los primeros cristianos, sino el espíritu teocrático
de los antiguos pontífices asiáticos. Y todavía no saben los que
profesan con fe y sinceridad la religion cristiana, cuánto podrian
conmover al mundo aliándola con la libertad. En la historia moderna
ha sucedido que los católicos puros detestáran la libertad, miéntras
los llamados liberales católicos cayeran en la herejía, sin haber
logrado ni unos ni otros reconciliar el espíritu de nuestro siglo con
la religion de nuestros padres. Y el antiguo y el nuevo Testamento
guardan tradiciones republicanas.
Sabido es que en la organizacion de la tribu ilustre de Judá
representaban los reyes la confusion de las tradiciones mosáicas
con las ideas y los ritos de los demas pueblos, en tanto que el
profeta representaba con el austero vigor republicano, la idea pura
de Israel. Lo repito; puede la moderna elocuencia tribunicia sacar
acentos republicanos de las Sagradas Escrituras, como los sacaron
aquellos fundadores de la democracia americana, cuyo renombre, á
manera de todas las glorias sólidas, se aumenta con los siglos.
El pueblo de Israel pidió rey, y Dios quiso negárselo. Una y otra
advertencia les dirigió á los suyos el Dios de Abraham por boca de
Samuel. Un rey sólo servirá para oprimiros y para deshonraros; para
haceros sus soldados, sus palafreneros y sus lacayos; para escupir su
saliva á vuestra frente y mezclar su hiel en la levadura de vuestro
pan; para convertir los hijos de Israel en sus bestias de carga,
á fin de que le forjen así los instrumentos de guerra, como los
instrumentos de labranza, y cultiven sin descanso en provecho regio,
con sudor los campos de trigo, con sangre los campos de batalla. Él
se llevará vuestras hijas para que le diviertan, y le perfumen, y le
embriaguen con sus besos y le hechicen con sus cánticos; vosotros
sembraréis, y él segará; vosotros plantaréis, y él cosechará;
vosotros trabajaréis, y él gozará; vuestros campos le servirán para
granjearse á sus cortesanos, y vuestras vendimias para emborrachar á
sus eunucos. Vuestros ganados le pertenecerán, y vosotros mismos no
pasaréis jamas de ser, bajo su cetro, un rebaño de siervos.
La emocion que una voluntariedad liberal de Pío IX ha producido en
el mundo, prueba hasta qué punto las ideas progresivas descenderian
sobre las conciencias de las muchedumbres si las difundiese la
Iglesia. Pero ¡ah! el corazon se entristece cuando siente que si
el Papa elevára su voz contra los reyes, la elevaria en nombre de
principios más reaccionarios que los principios monárquicos, en
nombre de aquella teocracia, cuya tutela rompió Europa en cuanto
comenzára á dibujarse la vida civil y á madurar la razon humana.
Esas monarquías son hoy odiosas, porque no corresponden al estado
de nuestra civilizacion y cultura, á la esencia misteriosa del
espíritu moderno; pero una de las causas de la supervivencia de esas
instituciones, una de las causas primeras es el ataque tremendo que
dieran á la teocracia, al predominio político del elemento sacerdotal
sobre las sociedades humanas. Miéntras la monarquía creaba estos
principios civiles, parapetábase la teocracia tras sus privilegios
religiosos, y persistia en tener esclavizada la inteligencia. Por eso
los reyes viven, porque lucharon con los Papas, porque disolvieron
los templarios, porque expulsaron los jesuitas, porque opusieron á la
vida teocrática la vida civil. La voz del Pontífice cuando combate
la libertad de los pueblos modernos, la independencia de Italia,
la secularizacion de las sociedades europeas, ¡ah! es una voz de
las tumbas, que se pierde en el espíritu independiente del siglo
décimonono, cuya conciencia jamas, jamas transigirá con la teocracia,
con ese espectro de la Edad Media.
El hombre, capaz de soñar la con restauracion pontificia, así
en contra de los reyes como en contra de los pueblos, ¡ah! es el
cardenal Antonelli, á quien yo por vez primera vi el Domingo de
Ramos de 1866 en la Basílica de San Pedro. Á un guardia noble, que
á mi lado se encontraba, preguntéle por el cardenal, y le dije que
me lo mostrára al pasar. Trasladóme con amabilidad, cuyo recuerdo
áun obliga mi gratitud, de un lado á otro, para colocarme entre la
fila de soldados, delante de la cual forzosamente habia de detenerse
el vicario del vicario de Cristo. Cierto frances, que cerca de mí
estaba, acompañado de finísima é inteligente señora, asocióse á mi
deseo de escudriñar la fisonomía del cardenal, desde aquel sitio
adonde le llevára ó la casualidad ó el instinto. Era muy comunicativo
el frances, y hacía sobre todo miles de observaciones, graciosas
unas, impertinentes otras, excesivas todas, que moderaba la señora,
su compañera, con grande oportunidad. Aquel charlatan tenía un ídolo
en literatura, Enrique Heine, y un ódio en política, el cardenal
Antonelli.
El dia era caluroso, á pesar de ser uno de los primeros de Abril,
y mi interlocutor, que acababa de atravesar jadeante la gran plaza
de San Pedro, decia, limpiándose el sudor: «¡Qué calor fuera, y qué
fresco dentro de la Basílica! Tiene razon Heine; cuando en dias
estivales y sofocantes como éste acertais á entrar en una catedral,
no podeis ménos de decir: ¡qué bella religion de verano es el
Catolicismo! Al venir hácia aquí, me encontré un campesino apaleando
á bíblico asno, y le dije al pobre animal, acordándome de Heine:
padece, padece, que por eso comieron tus padres cebada prohibida
en el paraíso. Y eso que Roma no puede compararse con el paraíso
descrito por el gran poeta, donde los girasoles dan pasteles, y las
aves van á buscaros ya asadas y aderezadas con la salsera en el pico.»
Yo, al oir toda aquella garrulería, dicha con los ojos puestos en mí,
contrastada sólo por los tirones de manga que la señora propinaba al
impío, traté de mudar la conversacion, y le dije:
—¿Conocéis personalmente al cardenal Antonelli?
—No le conozco personalmente, pero me lo figuro. Moralmente lo sé de
memoria, por haber leido á Liverani.
—No conozco ese autor.
—Es un canónigo de Santa María la Mayor, verdadero sacerdote; por
su conciencia todo un hombre piadoso; por su vida todo un austero
anacoreta; por su orígen un campesino convertido al sacerdocio. La
agricultura es propicia á los prelados y dignatarios de la Iglesia.
Sixto V no sólo fué pastor, sino hijo de jardinero. Y la escuela
católica es de tal suerte pueril, que ha elevado á cuestion de
primer órden probar que guardó cabras, en vez de guardar cerdos, y
que los animales puestos bajo su cayado eran, no de ajeno dueño, sino
de su padre.
—¡Qué empeño tienes, Enrique, dijo la señora, en denigrar el
Catolicismo en su misma capital y en su gran Basílica!
Yo, por apoyar á la señora en sus observaciones, le dije:
—Es necesario ver estos grandes monumentos con la inteligencia llena
de las ideas que despiden de cada una de sus piedras. Para ver la
aljama de Córdoba hay que inspirarse en el espíritu semítico, y para
ver el Parthenon de Aténas, en el espíritu pagano.
Comprendió el frances toda la trascendencia de mi observacion, y se
amostazó un tanto.
—Si algo me demuestra con demostracion irrefragable la decadencia
del Catolicismo, es la nimiedad con que suele darse carácter
anti-católico á toda observacion más ó ménos justa sobre el
pontificado y su córte. ¿Tendrá algo que ver con los dogmas la
naturaleza del ganado que guardára Sixto V? ¿Será más ortodoxo y
eclesiástico el ganado de lana que el ganado de cerda?
Yo, conviniendo en la justicia y hasta en la gracia de semejante
afirmacion, volví la hoja y pregunté por el libro de Liverani.
—Está dedicado al señor conde de Montalembert, que quiere la
restauracion, es decir, Milan; Venecia bajo las espuelas de los
croatas; el cuadrilátero puesto como una herradura austriaca sobre
las armas de Italia, y todos los patriotas dispersos y errantes por
el mundo.
—No estarémos mucho tiempo en Roma, dijo la señora; tus imprudencias
nos expulsarán pronto.
—No temas. Hablamos en frances y no nos entienden. Un amigo que
acaba de departir con el cardenal Antonelli me ha dicho que habla
detestablemente el frances. Y si el cardenal Antonelli habla
detestablemente el frances, figuraos cómo lo hablará y cómo lo
entenderá la gente menuda.
—Hablad, hablad, le dijo yo.
—Nada de extraño tiene que así Antonelli se exprese en el idioma
de la revolucion, cuando se expresa igualmente mal en el idioma de
la teología. En los maitines de Navidad, por 1859, cuenta el Padre
Liverani haberle oido cantar _erútus de potestate tenebrarum_,
poniendo el acento en la segunda sílaba, cuando debió cantar _érutus
de potestate tenebrarum_, poniendo el acento en la primera sílaba.
El latin pronunciado por los franceses resulta á nuestros oidos una
lengua casi ininteligible, y así es que no pude ménos de reírme al
oir criticar en tan pésima pronunciacion aquella falta de gramática.
—Lo que Antonelli sabe profundamente es economía doméstica. Sonnino,
su villa natal, se ha convertido en la metrópoli burocrática de
los Estados Romanos. Aquello es un plantel de empleados. Giacomo
Antonelli, secretario de Estado y prefecto de los santos palacios
apostólicos, natural de Sonnino; el conde Fillippo Antonelli,
consejero de Hacienda, natural de Sonnino; el conde Luigi Antonelli,
conservador de Roma, natural de Sonnino. Podia escribirse una letanía
de Antonellis. Como Diocleciano era césar, Diocleciano pontífice,
Diocleciano tribuno, Diocleciano cónsul; Antonelli es administrador,
Antonelli hacendista, Antonelli diplomático, Antonelli militar,
Antonelli cardenal, Antonelli enemigo de la civilizacion moderna,
Antonelli monopolizador del Espíritu Santo, Antonelli Papa del Papa.
Yo comprendí que la gárrula conversacion del frances me comprometia,
y como empujado por grande oleada de gentes, apartéme de aquel sitio,
cuando un rumor me advirtió que venía el Santo Padre. Pasó á mi lado,
deteniéndose por algunos minutos ante mí el cardenal Antonelli,
juntamente con la procesion de cardenales y obispos, que en parte
precede al Papa y en parte rodea sus andas. Parecióme Antonelli alto,
fuerte, cazador y no cardenal, montañes y no cortesano. Los ojos
de ave nocturna, la nariz prominente, los labios gruesos, el color
cetrino, la fisonomía ruda, el carácter atrevido, la complexion
vigorosa, y los ademanes y el gesto, quizá por aprension mia,
acusando el hombre acostumbrado de antiguo á mandar con imperio y á
ser obedecido sin resistencia. Pero debo tambien decirlo: parecióme
un hombre de gran vulgaridad.
Yo recordaba mis lecturas históricas; recordaba la serie de aquellos
cardenales ilustres, de aquellos ministros pontificios, descritos en
la admirable historia de los Papas durante los siglos décimosexto y
décimoséptimo, por Ranke, obra que tantos elogios ha merecido á los
católicos más ardientes. Recordaba Gallio de Como, que dirigiera con
habilidad la política en dos pontificados consecutivos; Rusticucci,
tan severo en su conciencia como en su vida; Santorio, tenaz en
las ideas, puro en las costumbres, enérgico para sus parientes,
inflexible con los extraños, superior en su elevada soledad á
todas las pasiones humanas; Madruzz, el Caton del Sacro Colegio;
Sirlet, tan sabio en todas las ciencias, y especialmente en las
ciencias filológicas, que departia con los doctores y con los
niños, que compraba á los pastorcitos sus haces de leña, con la
condicion de enseñarles la doctrina cristiana; Cárlos Borromeo,
un santo, cuya memoria jamas se borrará del Milanesado y de las
montañas que avecinan al Lago Mayor; Torres, que concluyó la Liga
contra los turcos, cuya victoria se llama la victoria de Lepanto;
Belarmino, el primero de los controversistas y de los gramáticos;
Maffei, el historiador de la conquista de las Indias portuguesas
por el Cristianismo; Felipe de Neri, el fundador de la Órden de los
preclaros oradores, que parecian llamados á restaurar la religion en
la conciencia de Europa, cuando el gran constructor Sixto V regaba
con el agua _felice_ las colinas romanas, y las hacía florecer á
un tiempo con bellos jardines y grandes monumentos; cuando Fontana
erigia el obelisco ante San Pedro y lo remataba con la cruz de
Cristo; cuando Patrizi armonizaba la teología católica con las
tradiciones filosóficas, y Moisés con Hermes; cuando Torcuato Tasso
emitia los últimos acentos de la Musa católica, y el Dominiquino y
Guido Reni destellaban los últimos resplandores de la pintura; y al
eco de la sublime música de Palestrina, el espíritu eclesiástico se
reanimaba y revivia, como llamarada próxima á extinguirse.
Grün compara el cardenal Antonelli al prelado de Benevento, que
Montesquieu juzgó con extrema dureza, y que, miéntras el papa
Benedicto XIII rezaba ante la efigie de San Vicente Ferrer, corria
de monasterio en monasterio, besaba las manos de los frailes, hacía
extremas penitencias, despreciando todos los placeres y todas las
pompas terrestres, dábase él á las ambiciones, á los lucros y á las
locuras del mundo. El carácter del Papa es la contradiccion radical,
radicalísima, con el carácter del cardenal de Sonnino, como el
carácter de Benedicto XIII era la contradiccion radicalísima con el
carácter del cardenal de Benevento.
Pío IX, á quien eligiera un milagro, juzgóse llamado por Dios á
hechos milagrosos, extraordinarios; y desde el primer dia de su
pontificado tuvo la ambicion del bien. Extremadamente sensible de
alma, epiléptico de cuerpo, incapaz de exaltados odios, inocente en
sus pasiones, puro en sus costumbres, de fantasía pronta, de lenguaje
abundoso, de voz clarísima y sonora, fácil y hasta elocuente en
sus improvisaciones, plácido en sus gestos, dulce y bondadoso en
su mirada, místico hasta el éxtasis en sus oraciones y plegarias,
majestuoso sobre el trono, artista al pié del ara, minuciosísimo en
las ceremonias religiosas, amador de las humanas pompas, devoto á
sus destinos históricos y á su elevado ministerio, cree, en sus más
grandes equivocaciones y errores, que Dios le inspira, que le guía
Dios, y que interpreta su pensamiento y expresa su voluntad sobre la
faz de la tierra.
Él no enriquece á sus parientes, no atesora dinero, no pone tasa á
la limosna, no niega audiencia por importuna que sea, no echa ningun
cerrojo á su corazon siempre abierto, ni mordaza ninguna á sus
labios, vibrando siempre, en toda ocasion, la idea que vaga por los
espacios más recónditos de su conciencia. Conoce de los hombres más
las apariencias que la naturaleza; de las ideas más la forma que el
fondo; de su poder más el aparato que el prestigio; de su autoridad
más el brillo que la fuerza, y acostumbrado á vivir en regiones donde
parece un Dios, gústale oirse llamar todos los dias: santo, santo,
santo, y aspirar el humo del incienso. Pero en esas alturas, cuando
declara dogmas de fe, cuando reune concilios ecuménicos, cuando la
Iglesia entera le llama superior á los errores humanos, cuando su
pensamiento es divino como el Verbo, y sus labios sagrados como los
oráculos; ¡ah! la nube que pasa, la electricidad de la atmósfera,
los cambios bruscos de temperatura, en Roma frecuentísimos, influyen
sobre sus nervios, sus nervios sobre su carácter, y su carácter le
arrastra á ímpetus de mal humor, á genialidades bruscas, que desdicen
de su bondad, y que prueban cómo ese demiurgos, ese sér sobrenatural,
se halla sujeto, cual todos los mortales, á los errores y á las
debilidades que nacen de los límites de nuestra naturaleza, y á las
leyes que rigen todo el Universo.
Y bajo el dominio de este Papa que aspiraba á evangelizar el mundo, á
cristianizar la democracia, hase convertido la autoridad pontificia
á un absolutismo que fuera imposible bajo el imperio de los monarcas
absolutos. Se estremece el ánimo considerando cómo ha caminado
nuestra Iglesia á la inversa de nuestra civilizacion. Una institucion
de la altísima jerarquía que ha pretendido, del ministerio altísimo
que ha desempeñado la Iglesia, debia ser la luz y el calor de las
almas, como es el sol la luz y el calor de los cuerpos.
Y para ser la luz y el calor de las almas debia desplegar sobre la
frente del hombre, sellada con el sello de eleccion divina, las
etéreas alas de un ideal espiritualista, celeste, verdaderamente
sobrehumano. De esta misteriosa suerte venció al mundo latino
y sojuzgó á los bárbaros. De esta misteriosa suerte, por sus
tendencias á lo ideal, congregó aquellos concilios, como el Concilio
de Jerusalen, donde se reconciliaron los judíos y los paganos,
separados por toda la historia, y donde el Cristianismo se dilató
hasta ser la conciencia de la humanidad. Por esta misteriosísima
manera formuló aquella primera teología griega que difundiera al
soplo creador de lo divino en la mente humana. Por esta misteriosa
manera alzó los esclavos á la dignidad de seres religiosos, y puso
los césares á servicio de los nazarenos. Elevar al hombre, educarlo
en puro idealismo, hacer de su conciencia como una hostia consagrada
á la divinidad en los altares del Universo, ministerio era digno,
dignísimo de una religion que triunfára por su radical oposicion
al sensualismo pagano y á su cancerosa podredumbre. La Iglesia en
los tres primeros siglos fué una federacion democrática. La Iglesia
desde el pacto de Carlo-Magno ha sido un imperio, sí, un imperio á
la manera romana, miéntras comenzaba Europa á ser una federacion por
el individualismo de los bárbaros. Los obispos de Roma quisieron ser
césares más que pontífices; quisieron continuar bajo el amparo de
la Cruz en la dominacion del Universo. Al pié de los nuevos altares
como al pié de los antiguos, Roma sólo de su propia autoridad se
acordaba y de encerrar los nuevos bárbaros en sus Basílicas, como
habia encerrado los bárbaros antiguos en su Capitolio. Para este
fin hubo ejércitos que en vez de armas llevaban plegarias, y en vez
de escudos sayales; tuvo á los monjes. Tuvo sus jurisconsultos, los
canonistas. Tuvo su código, las falsas decretales. Tuvo hasta un
título cesarista, la donacion de Constantino. Y tuvo su emperador, el
Papa. Mas no siempre el Papa ostentó este carácter; durante algunos
siglos sirvió á las democracias.
Los movimientos religiosos de Roma se explican siempre por sus
intereses políticos. Roma es entre las ciudades antiguas la más
fiel á la religion pagana, por creer que la religion pagana es la
más propicia á su poder y á su grandeza. Roma, en el diluvio de la
invasion, donde mueren ahogados sus dioses, abrázase fuertemente al
Catolicismo, no por ser la religion más verdadera, sino por ser la
religion más opuesta á la religion de sus conquistadores, que es
el arrianismo. Así Roma subleva á los italianos y al mundo contra
el imperio bárbaro, apoyándose en dos ideas capitalísimas, en el
catolicismo y en la república. Á la unidad longabarda se opone la
democracia romana. La ciudad no sólo entrega su alma á los papas,
sino que pide á voces el auxilio de Bizancio; y por medio de la
virtud divina de las ideas, por medio de la fatalidad geográfica de
la península, reune en las islas del Tirreno, en las lagunas del
Adriático, tras los Apeninos, en los desfiladeros de los Abruzos,
todos los náufragos que han conservado el antiguo ideal y la antigua
cultura itálica.
Imposible comprender cómo los papas se han apoderado del mundo
sin comprender cómo se encuentra Italia en los siglos sexto y
sétimo. La unidad bizantina, que es una sombra, en Rávena; la
unidad longobarda, que es un cetro y una espada, en Pavía; la
unidad federal, que es una religion y una democracia, en Roma. La
ciudad Eterna no se defiende, no defiende la República, encontrada
despues de quinientos años de imperio y de cinco invasiones bárbaras
entre las ruinas de sus templos y las pavesas de sus ideas; no la
defiende por los dictadores, por los cónsules, por los césares, por
los magistrados antiguos, sino por los obispos, á causa de que los
obispos son los defensores de las ciudades, los jefes de la plebe,
los nuevos tribunos de la democracia, los únicos que tienen palabras
de entusiasmo y de fe, bastantes á crear ejércitos de plebeyos, y
mover estos ejércitos de plebeyos, donde se reclutan las legiones
de los mártires, al combate y á la muerte. Pero se engañaria quien
atribuyera la fuerza de los papas en esta crísis suprema solamente
á milagros de la fe. Son fuertes porque tienen á su devocion el
pueblo guerrero por excelencia, el pueblo franco. Los francos vienen
á ser los soldados del Catolicismo. Cuanto nosotros hicimos por el
Catolicismo en su edad de vejez y decadencia, hiciéronlo tambien
los francos en la edad en que el Catolicismo tenía juventud y
robustez. No hay como servir una idea progresiva. Ellos, los francos,
crecieron, y nosotros menguamos sirviendo el mismo principio. Pero
ellos lo sirvieron cuando la Iglesia educaba á la humanidad, cuando
la Iglesia era un ideal religioso y una federacion republicana,
miéntras lo servimos en Europa, despues que acabamos nuestras
guerras con los árabes, nosotros que desde el siglo décimotercio
representáramos por la casa de Aragon el principio civil opuesto
al principio teocrático; lo servimos en Europa cuando la Iglesia
se oponia en Alemania, en Holanda, en Inglaterra á la educacion
de la humanidad. Los patriarcas de Constantinopla aspiraban á ser
por los exarcas de Rávena los directores de la cruzada contra los
longobardos. Pero los obispos de Roma mostraban la federacion de
obispos á cuyo frente ellos se veian; las muchedumbres agitadas y
encrespadas por las ideas católicas; y las lanzas milagrosas vibrando
en manos de los francos, invencibles por su valor, dispuestos á
pasar los Alpes y los Pireneos, el Rhin y el Ebro, para defender la
nueva religion y sus pontífices. Hé aquí el camino verdaderamente
misterioso por donde llegó el pontificado á ser el centro y la cabeza
del mundo.