Pues qué, ¿no recibimos tambien el agua lustral? ¿No colgamos de

las capillas los ex-votos? ¿No tenemos procesiones como tenian los

griegos teorías? ¿No encendemos la noche de San Juan hogueras como

las encendian los rhodios, los corinthios, los grandes fundadores

de las colonias helénicas? Nuestra personalidad no ha venido de

súbito á la creacion; es, como el planeta que habitamos, obra lenta

de los siglos, obra á su vez de las generaciones. Así, cuando yo

veia pasar bajo los arcos triunfales de mármol, cuya sucesion

compone el Vaticano, la figura majestuosísima del Papa, entre tantas

aclamaciones, entre tanto lujo, no podia ménos de decir para mis

adentros que aquella autoridad tan universal, tan grande, es una

autoridad que no proviene tanto del espíritu cristiano, democrático,

sobre todo en los primeros tiempos, como de la superioridad que tuvo

Roma por sus derechos y por sus conquistas sobre todas las ciudades

del mundo.

¿Qué Imperio habrá como el Imperio de Pío IX? Ya no se extiende

sobre la tierra; la revolucion le ha quitado sus dominios, y lo

ha reducido primero á Roma, despues al Vaticano. Pero nadie puede

quitarle, nadie, que en la exaltacion de su propia fe pueda creerse

con dominio eminente sobre la conciencia humana, y autoridad bastante

á interpretar sobre la tierra el pensamiento y la voluntad de los

cielos.

Ningun Papa ha sido osado, ninguno, á prescindir de la Iglesia

universal, del concilio ecuménico solemnemente convocado, para

proclamar un dogma de fe y un dogma de tanta trascendencia como el

dogma de la Purísima Concepcion de María, que, ademas de exceptuar

á una criatura de las leyes generales humanas, sobrepone al

cristianismo, que veló un tanto la pura idea deista de la Biblia,

otra religion en la que se exalta á una criatura hasta las alturas

donde sólo puede brillar el Creador.

Pío IX ha reinado mucho tiempo. Su predecesor, el viejo Gregorio

XVI, á pesar de todo su poder divino sobre las conciencias, no tenía

igual poder sobre la naturaleza, y en una fiesta de la Ascension

cogió agudo constipado que rápidamente le llevó al sepulcro. Rossi

creyó definir á este Papa en tres palabras, diciendo: es un Patriarca

austriaco. Para la eleccion de un Pontífice parece natural que se

muevan los labios á murmurar oraciones, que se rodeen los altares de

nubes de incienso y se pida á Dios de todas maneras su luz divina,

indispensable á una acertada eleccion; y sin embargo, moviéronse

para la eleccion de Pío IX regimientos de artillería en las Marcas,

y naves de la imperial marina austriaca por las aguas de Ancona. Si

los ejércitos marítimos y terrestres se movieron como si fueran los

ángeles de la córte celestial, no se movieron ménos los embajadores,

cuyo carácter de doblez y disimulo, si les da grande aptitud

para entenderse con los reyes, no debe darles grande aptitud para

entenderse con los cielos. Entre los embajadores, eran de excepcional

influjo el embajador de la córte de Francia y el embajador de la

córte de Austria; éste demasiado tímido, aquél demasiado atrevido. El

conde Broglia hablaba en los siguientes términos al Gobierno sardo

del representante de Luis Felipe en los dias del cónclave: «Emplea el

conde Rossi una actividad febril, y se adjudica á sí mismo casi casi

el poder del Espíritu Santo.» El embajador frances oponia su veto á

todos los cardenales tachados de apego á los jesuitas y al Austria,

en tanto que el embajador austriaco oponia su veto á todos los

cardenales tildados de apego á Francia y al espíritu moderno. En el

número de los que Austria ponia en verdadero entredicho, contábase al

entónces cardenal Mastai, hoy Pío IX. Si el príncipe de la Iglesia,

encargado de formular este veto, llega al cónclave á tiempo, no

hubiera sido, no, Mastai Papa.

El 14 de Junio de 1846 dirigíanse los cardenales al Quirinal.

Gregorio XVI habia sido enterrado pocos dias ántes, y su cadáver

insultado, y su memoria denostada por el pueblo. El cónclave prefirió

los salones del Quirinal á los salones del Vaticano, porque si

esperaba las inspiraciones del Espíritu Santo en todas partes,

temia que en el palacio por excelencia pontificio no bastáran estas

inspiraciones divinas á contrastar los efluvios de la fiebre.

En la procesion, desde la iglesia, donde el cónclave se reunió, al

Quirinal, donde el cónclave se encerró, faltaron los cardenales á

todo el respeto que se debian á sí mismos; y como cayeran cuatro

gotas, entraron en el palacio, sin órden y sin ninguna compostura.

Por fin la hora de la votacion llegó. El cónclave estaba dividido.

Fueron varios escrutinios indispensables. En ninguno de ellos

resultaba el número de treinta y siete votantes que un Papa necesita

para subir al sólio, y desde allí interpretar la voluntad del cielo.

El escrutinio último fué impuesto despues de largas dilaciones.

Pío IX era escrutador, y debia leer en voz alta los nombres de

los votados. Conforme sacaba papeletas y las desdoblaba y leia,

sus fuerzas flaqueaban, su voz balbuceaba, lágrimas amarguísimas

caian de sus ojos, sollozos profundos anudaban su garganta, hasta

que, al fin, temeroso de desmayarse, entregó á otro cardenal el

escrutinio, y yéndose á un sitio apartado, cubrióse con ambas manos

el rostro. Al término obtuvo los treinta y siete votos indispensables

á su proclamacion. Ántes de que oficialmente se viera proclamado,

dirigióse uno á uno á los cardenales, y les pidió, les rogó, les

instó á que apartasen de sus labios aquel cáliz. Parecia anunciarle

secreto presentimiento que él habia de ser último rey en el trono

temporal de San Pedro. El cónclave no quiso oirle, y le confirmó en

su altísima dignidad. Pío IX aceptó, y despues de haber aceptado,

postróse de hinojos ante un altar, y salmodió entre dientes várias

fervorosas oraciones por espacio de media hora, despues se volvió

al Sacro Colegio, y el Espíritu Santo vino á posarse sobre aquella

cabeza como su nido en la tierra.

Busca el poder siempre en épocas de decadencia á los caractéres de

escaso temple, á los indecisos, y sobre todo á los que han pasado su

vida en una especie de crepúsculo, sin determinarse por ninguna de

las ideas en guerra. Inocencio III en época favorable al Pontificado,

á su poder y á su autoridad, dominará con imperio sobre el mundo;

pero en época desfavorable á este mismo poder, la fuerza, el carácter

de Inocencio, reproducido en Bonifacio VIII, solamente servirá

para atraer sobre la mejilla del Pontificado el ruidoso bofeton de

Nogaret. Débil, oscuro, su debilidad, su oscuridad sirvieron á Mastai

como su apartamiento de los grandes combates que habian dividido en

mil ocasiones el Sacro Colegio y el cónclave. Su vida habia sido

muy vária. De la milicia armada pasó á la milicia espiritual. Su

estancia en Chile fué digna de un profeta, digna de un mártir. Pero

sus ideas habian quedado siempre en la incertidumbre del crepúsculo.

Si se examinaba su conducta en Espoleto, Pío IX era un jesuita;

pero si se examinaba su conducta en Imola, Pío IX era un liberal.

Esta contradiccion de ideas y de carácter le sirvió admirablemente

para obtener los sufragios de sus colegas y elevarse á la más alta

autoridad religiosa que puede en nuestro tiempo ejercerse, y que, á

pesar de tanta decadencia, todavía conserva señales de su antiquísimo

esplendor.

El cardenal Mastai, si deseó la tiara, no la pidió á sus colegas. Ni

una súplica que no fuera para eximirse, ni una palabra que no fuera

de renuncia y de alejamiento. Así no es mucho que algunos hayan

comparado á Pío IX con Sixto V. Relaciones hay entre los predecesores

de ambos Papas: rivalidades en Roma, y rivalidades temibles del

embajador de Francia con el embajador de España; emulacion dentro del

Sacro Colegio, y emulacion casi guerrera entre la familia Médicis y

la familia Farnesio; inquietud é inquietud pavorosa en toda Italia;

particularidades que, si tienen coincidencias y analogías con las

particularidades de la eleccion del Papa reinante, no llegarán nunca

á confundir dos caractéres verdaderamente contradictorios y opuestos,

porque es el uno imperioso hasta constituir un cesarismo pontificio,

y el otro humilde hasta ser dócil instrumento, quizá contra su

voluntad, de todos modos contra su conciencia, del siniestro

jesuiticismo.

Sixto V subió al trono cuando espiraba el Renacimiento y venía la

gran reaccion católica; Pío IX cuando espiraba la reaccion de la

Santa Alianza y volvia el mundo á las ideas revolucionarias. En

la eleccion de Pío IX, como en la eleccion de Sixto V, triunfó el

cardenal que ménos probabilidades tenía de triunfar. Ninguno de sus

colegas habia pensado en ellos al entrar; y aunque Pío fué elegido

por simple mayoría y Sixto por unanimidad y adoracion, ambos vinieron

á pacificar guerras del cónclave romano y rivalidades de la política

europea. Pero aquí concluyen las analogías.

Sixto V se habia educado en las montañas y Pío IX en la córte; Sixto

era hijo de un jardinero y Pío hijo de un noble; Sixto habia tomado

en su mocedad, casi al salir de la infancia, el hábito de monje, y

Pío el uniforme de soldado; la juventud del uno corrió en el retiro

y en el claustro, la juventud del otro en la sociedad y en el mundo;

era el antiguo Papa de una familia puramente eslava, que se refugió

en las costas del Adriático huyendo de los turcos; es el Papa actual

de una familia puramente italiana, que desde el modesto oficio del

comercio al por menor se elevó hasta la dignidad nobiliaria, por

enlaces, por ardides políticos y hasta por empresas guerreras;

predicador Sixto V, su elocuencia tenía el temple de su carácter,

abundante pero viril y ruda; predicador Pío IX, su elocuencia es

tambien abundante, pero melodiosa y melíflua; la idea de autoridad

embargó el ánimo del gran Papa antiguo, y el hábito de la servidumbre

es el carácter esencialísimo del Papa reinante, implacable ante todos

los poderes, intransigente con todos los reyes cuando á sus ideas se

oponen, y sometido por completo hoy, despues de algunas veleidades

liberales, á las camarillas de los reaccionarios y de los jesuitas.

Su madre dió una educacion distinguida al jóven Mastai. Pero

enfermedad terrible, la epilepsia, impidió que esta educacion

rindiera todos sus frutos. Eran los tiempos de las guerras

de Napoleon y de sus victorias, cuando Mastai entraba en la

adolescencia, y abrazó la carrera militar. Pero en la carrera militar

gustó más de las aventuras que de las batallas, y curó más del color

de su uniforme que del brillo de su hoja de servicios. La poesía le

gustaba hasta el punto de tomarle todo su tiempo, y en poesía es

seguro, dado su carácter, que prefirió Metastasio al Dante. Por fin

entró en la Iglesia y se dió al oficio de predicador. Su atractiva

figura, su majestuoso aire, sus facciones prominentes, dulcificadas

por sonrisa de pura bondad; su complexion impresionable y nerviosa,

la sensibilidad un poco enfermiza del temperamento, la viveza de la

imaginacion poética, el timbre de voz, la más sonora y la más pastosa

que he oido, así cuando entona la misa en San Pedro como la bendicion

en el Vaticano; todas estas cualidades le dieron privilegios

indudables para orador escuchado y querido de las muchedumbres.

Algunos recuerdan todavía sus sermones nocturnos en la plaza pública,

medio iluminada por las antorchas, con gran crucifijo á la espalda;

sucia calavera sobre la cual se consumia amarilla vela, delante; en

las manos, ya las bendiciones, ya la maldicion de la Iglesia, con

ademanes verdaderamente trágicos; y en los labios una elocuencia,

arrebatadora para el pueblo italiano por su sentimiento y su poesía.

Con estas dotes debió brillar extraordinariamente en Chile, donde fué

agregado á una legacion apostólica. Pero en Chile no podia su palabra

mover los ánimos como en Italia, á causa de faltarle el conocimiento

profundo de nuestra lengua y la armonía de nuestro acento. Sin

embargo, áun habla el español, y á los oidos españoles suena su

acento cómo si fuera puro acento americano. Yo solamente le he oido

hablar en latin. Dos grandes diócesis regentó, y en las dos observó

diversa conducta. En la primera diócesis desenterró el cadáver de

un liberal, con lo que se atrajo el ódio de aquellas comarcas, y

tuvo que huir á la primera revolucion que estallára por el año 30 ó

31; pero en la segunda diócesis, tal vez cediendo al influjo de su

familia, toda liberal, fué con los liberales tolerante y benévolo.

Tales son los rasgos principales de la vida del Pontífice ántes de

subir al Pontificado.

Pío IX conserva aún la vaga poesía de sus primeros años. Le gusta

el arte como á casi todos los príncipes que se han sentado en el

trono de San Pedro. Hay en su conversacion mucha gracia, su en

fisonomía mucha dulzura, en su carácter mucha bondad, en su voz

mucha música. Pero son de temer sus arrebatos, que le arrastran

á resoluciones rápidas, irreflexivas, como la fuga, en 1848, del

Vaticano. Algunas veces reconoce que su impetuosidad le ha perdido;

pero no se arrepiente, creyendo, con razon, que á nada conducen los

arrepentimientos tardíos. En tal trance castígase á sí mismo con

dardos de amarga ironía que caen de sus labios sobre su corazon

apenado. La ironía, la burla, sobresalen extraordinariamente en la

conversacion de Pío, y llegan finamente hasta los objetos religiosos.

Un embajador español pretendia en cierta ocasion que le canonizase

un santo de su tierra; y para persuadirle hablábale de los muchos

milagros que habia el santo obrado. El Papa, por toda respuesta, le

dirigió una pregunta: ¿Puso la cabeza sobre los hombros de algun

descabezado y le forzó á hablar y á andar de nuevo?—No, Santo Padre,

no llegó á tanto.—Pues hé ahí el único milagro que me parece á mí

verdaderamente grande, y debo deciros que todavía no he podido verlo.

Como todos los artistas, Pío IX gusta de las grandes emociones. La

popularidad y sus triunfos le enajenan. Yo lo he visto radiante

de satisfaccion y alegría recoger los homenajes de los católicos

enviados por todas las naciones con el extraordinario anhelo con

que recogen los pulmones, salidos de atmósfera asfixiante, el

aire oxigenado y fresco. Tambien la pompa, el lujo, las tiaras

sembradas de brillantes, las capas pluviales llovidas de perlas, las

cruces riquísimas, todas estas preseas de su altísimo ministerio

le encantan, como á una dama de la alta sociedad sus joyas y sus

vestidos. No exageraré yo esta cualidad como la ha exagerado

Petruccelli en su retrato de Pío IX; pero sí diré que le he notado

feliz cuando las muchedumbres se agolpan á su paso, y las preseas

del Pontificado lucen sobre su majestuosa persona. Bien es verdad

que las cabezas más firmes se desvanecerian al sentir tantas nubes

de incienso, tantas serviles alabanzas, las legiones de obispos que

le rodean, la córte oriental que le realza, los coros que cantan sus

loores, las infinitas músicas que llenan los aires en su elogio de

armonías, los peregrinos venidos de las más apartadas regiones para

recibir el eco de una palabra, el gesto de una bendicion, el dibujo

fugaz de una sonrisa, los infinitos homenajes que hacen del solitario

viejo del Vaticano, más que un mortal privilegiado y aparte, un Dios

vivo sobre la faz de la tierra.

Herir al mundo con grandes atrevimientos en la esfera religiosa y

política, fué siempre su anhelo; dejar un nombre ilustre entre los

nombres ilustres del Pontificado, su ambicion. Mayor empresa que

reconciliar el Evangelio con la libertad no la habia, no. Tornaba

á ser Cristo el tribuno de los pueblos, el consuelo y la esperanza

de los oprimidos. Los clavos de su cruz, las espinas de su corona,

la hiel de su cáliz, dejaban de ser blason de los poderosos para

convertirse en verdadera enseña de los humildes. La democracia

recibia en su frente el bautismo cristiano, y el cristianismo tomaba

el carácter de gran proemio al movimiento democrático de este siglo.

Estremecimientos de alegría pasaron á un tiempo, así por el corazon

de las gentes piadosas, como por el corazon de las gentes liberales.

Para aquéllas, imposible dudar de la perennidad de una creencia

compatible con todas las transformaciones de las ideas y con todo

el desarrollo del espíritu moderno. Para éstas, la libertad, que

necesita frenos morales ántes que frenos materiales, tenía un seguro

rigorosísimo en el espíritu evangélico, un contrapeso espiritual á

los peligros que podrian engendrar sus excesos. El pensamiento de

reconciliar el Evangelio con la libertad era un gran pensamiento. Mas

si Pío IX concibe los grandes pensamientos con facilidad, tambien

los abandona al primer obstáculo; y en cuanto encontró á la libertad

obstáculos, cedió en sus trabajos por la libertad; ¡grande error!

Renunciar á la libertad porque la libertad puede engendrar excesos,

¡ah! sería como renunciar al aire porque el aire engendra vientos y

huracanes.

Los obstáculos que temia Pío IX eran principalmente los obstáculos

suscitados en su córte y en sus cortesanos. Así es que para sus

ensayos liberales no halló á su alrededor nada más que dificultades,

y para sus ensayos de reaccion religiosa, facilidad y auxilio. Los

jesuitas, que le juráran guerra á muerte, se pusieron á sus órdenes

y rodearon su trono. La reaccion europea, que no le perdonó la gran

política de 1847 y 1848, le entregó la direccion de su pensamiento

y de su conciencia. El Papa se elevó á ser el capellan mayor de la

Santa Alianza. Pero sus ambiciones eran mayores. Sus ambiciones eran

fundar nuevos dogmas, traer mayor suma de ideas divinas á la Iglesia,

y de piedad exaltada á los fieles; contrastar con negaciones rotundas

el espíritu democrático y progresivo; reunir concilios ecuménicos

á manera de los tiempos piadosos; crear una autoridad en la cima

de la Iglesia, y un absolutismo sobre las conciencias que no haya

tenido precedente en los siglos pasados, ni tenga igual en los siglos

futuros. Hé ahí el pensamiento de Pío IX.

Se comprende que intentára compensar la derrota sufrida en la esfera

política con una victoria alcanzada en la esfera religiosa. Mas para

alcanzar esta victoria necesitaba reforzar las ideas religiosas en

el espíritu del siglo, porque fuera del espíritu de este nuestro

siglo no pueden vivir, no, las ideas. Una ilustre escuela teológica

habia existido en Italia, que trataba de armonizar la religion con

la razon, la providencia con la libertad, la democracia moderna con

el antiguo pontificado, la ley natural con la ley revelada, en una

palabra, el catolicismo con el progreso. Un sacerdote ilustre, de

talento quizá tan profundo como Santo Tomás y de igual entusiasmo

por una sociedad teocrática, en que la direccion del mundo estuviera

confiada á fuerzas morales y á ideas teológicas, contó con lágrimas

en los ojos y sollozos en la voz todas las llagas de la Iglesia.

Esa separacion entre el pueblo y el clero, á causa de la lengua

muerta que el clero habla; ese aislamiento de la sociedad religiosa,

que florecia cuando el sufragio popular y la libre asociacion la

sustentaban; esa servidumbre á los poderes civiles que han convertido

el puro espíritu cristiano en dócil instrumento de tiranía arriba,

de vasallaje abajo; esa tenacidad de los clérigos en cerrar su

conciencia á la luz de las nuevas ideas y su ánimo á la consideracion

de las nuevas transformaciones sociales; todo este profundo malestar

de la Iglesia fué admirablemente concebido, dicho; y llegó hasta la

córte pontificia, siempre cerrada á la voz del espíritu moderno.

Otro sacerdote, no ménos grande, aunque más político, habia querido

sacar á la Iglesia del estado de secta para elevarla al ideal

verdadero de la humanidad. Segun este sacerdote, la razon y la

revelacion vienen á ser idénticas; el catolicismo, universal, no sólo

por lo que tiene de divino, mas tambien por lo que tiene de humano;

la palabra evangélica y la idea moderna, unas en esencia; la causa

del divorcio entre la Iglesia y el siglo, la mala inteligencia traida

ántes por la conducta del clero que por las trastornadas ideas de

la revolucion. Para este sacerdote elocuentísimo habia que oponer á

los males de la Iglesia enérgicos remedios: al poder temporal, la

separacion de la vida civil y la vida eclesiástica; á la educacion

reaccionaria del clero, una educacion científica; al jesuitismo,

que tiene larga serie de resortes mecánicos y utilitarios para

mover al hombre, la pura conciencia moral que le dirige hácia la

perfeccion absoluta; á la predicacion por los principios antiguos, la

predicacion verdaderamente evangélica, en los oidos de la muchedumbre

y en el seno de la naturaleza, tomando las ideas en la fuente viva de

la conciencia moral, y esparciéndolas como rocío vivificador sobre

todos los espíritus, para llevarlos á una transformacion religiosa,

análoga á la que produjo en el mundo la primera aparicion del

cristianismo.

Como algunos hombres imbuidos de racionalismo contestáran que

la reconciliacion era imposible, á causa de la incompatibilidad

entre la ciencia moderna y el milagro de la Edad Media, entre la

razon y la revelacion sobrenatural, respondia el filósofo que tal

sentir dimanaba de una falsa concepcion del milagro y la profecía,

de considerarlos como hechos reales, sucedidos, históricos,

cuando vienen á ser símbolos de sistemas por venir, de períodos

palingenésicos en la vida sucesiva del espíritu y del planeta. Y

lo que en realidad quieren decir los milagros y las profecías,

es la llegada de una época, en que la revelacion natural y la

revelacion religiosa se confundan, como se confundirán la rápida y

casi milagrosa intuicion con la madura y profunda reflexion; como

se confundirán lo sensible con lo inteligible, siendo cada una de

nuestras sensaciones un pensamiento; como se confundirán por lo

perfecto del lenguaje la idea con la palabra, á la manera que en el

Verbo, por su encarnacion en nuestro sér, se confundió la naturaleza

divina con la humana naturaleza.

Cuando una religion se divorcia de su tiempo y de los progresos de

su tiempo ¡ay! perece. Es imposible que se armonicen siglo liberal y

religion autoritaria; siglo democrático y religion absolutista; siglo

que se inspira en la conciencia viva y religion que se inspira en

las tradiciones muertas; siglo de derechos y religion de jerarquías;

siglo que se abre á todas las ciencias y religion que se cierra

á cuanto no sea teológico: en tal estado, en crísis tan pavorosa

y suprema, ó los pueblos se petrifican, como se ha petrificado

el pueblo árabe por no modificar su fatalismo, ó las religiones

desaparecen, como desapareció la religion pagana cuando no pudo

extinguir, á causa de su carácter sensual, la sed espiritualista

despertada en el alma humana, ya por tristes desgracias y desengaños,

ya por las ideas sublimes de su inmortal filosofía.

¡Qué grande hubiera sido Pío IX, si al sentir que su ministerio

religioso era incompatible con toda autoridad política, con todo

poder político, abdica esta autoridad, abdica este poder, cambia la

púrpura de los césares por la toga de los tribunos; renueva en el

más exaltado idealismo la fe de su tiempo; organiza evangélicamente

la Iglesia de Cristo; reune los pueblos en asambleas religiosas;

vibra sus rayos sobre el poder de los déspotas y el orgullo de

los aristócratas y la avaricia de los ricos; llama el esclavo al

derecho, el oprimido á la libertad, el desheredado á la vida; evoca

la resurreccion de Italia, la resurreccion de Polonia; envia los

misioneros del espíritu contra la nueva sensualidad pagana, contra

el empedernido egoismo de las clases gobernantes; y sostiene con

profunda conviccion que la libertad, la igualdad, la fraternidad,

no han de ser solamente fórmulas evangélicas, sino tambien verdades

sociales, capaces de engendrar una nueva tierra y extender sobre

ella nuevos cielos de luz bendita y perenne! Entónces sí que hubiera

podido celebrar la pascua del espíritu moderno; entónces sí que

hubiera podido levantar su voz con acento de himno triunfal; entónces

sí que hubiera podido ver á las puertas de las iglesias de la Edad

Media el ángel vestido de blanco y resplandeciente de hermosura, que

las santas mujeres vieron al borde del sepulcro, anunciando que

Cristo no estaba allí, que Cristo habia verdaderamente resucitado:

_Resurrexit, non est hic._

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 11 / 19 段