ni el pensamiento de la contemplacion de esta crísis suprema del
humano espíritu. Cuando más absorto estaba, dirigióse á mí un monje
para decirme oficiosamente la hora en que el convento cerraba á los
curiosos sus puertas. Aunque aquel aviso pareciera urbana despedida,
sentia yo deseo invencible de permanecer allí, puesto que la hora
de clausura no era todavía; y mi góndola estaba pronta á conducirme
á la ciudad, que dista de la isla de San Lázaro tres kilómetros.
Los monjes armenios venden maravillosas obras orientales; yo no soy
ajeno al estudio de las lenguas semíticas, y valíme de la treta de
una conversacion sobre tema tan socorrido para prolongar mi visita á
sitio tan delicioso.
Inmediatamente se olvidó el monje de su consigna, y comenzó á
departir conmigo de estudios y letras. Poco á poco la conversacion
llegó á las materias religiosas. Yo he sentido siempre incontrastable
ímpetu á difundir mis ideas entre las muchedumbres; pero jamas
caigo en la tentacion de convencer ni persuadir en conversaciones
particulares á mis interlocutores. Así como trazo una línea divisoria
entre el lenguaje vulgar y el lenguaje oratorio, trazo otra línea
divisoria entre los oyentes numerosos y el oyente singular con
quien trabo ó mantengo un diálogo. He notado que si yo nunca me
decido á convencer ni persuadir en la vida ordinaria, muchos de mis
interlocutores caen, bien al reves, en la manía de convencerme y
persuadirme á mí.
El sacerdote con quien yo departia á la sazon, era un jóven, turco
de nacimiento, católico de religion, armenio de rito, monje de
entusiasmo, oriental en su lenguaje sembrado de imágenes, veneciano
por su finura y su hospitalidad; en el fondo de la conciencia
místico, cual un sectario asiático, pero en el comercio con sus
semejantes, de una tolerancia en perfecta armonía con el carácter
de nuestro siglo. Estaba enfermo, muy enfermo, y tenía seguridad
de muerte próxima. Esta melancólica evidencia daba á sus ideas,
severas como la moral, solemnes como el culto, poéticas como
la tierra donde habia nacido y la tierra donde iba á morir, las
infinitas perspectivas de la eternidad. Hoy, pasados cuatro años,
todavía recuerdo con viveza aquella conversacion de la cual quiero
trasmitiros un fragmento, porque muchas de sus ideas me fortalecen
todavía en mis combates interiores, y todavía me alientan en mi
esperanza de una renovacion moral análoga á las renovaciones
sociales. La contradiccion que entre nosotros surgió vino á
desvanecer muchas de las dudas que, relámpagos de sombras, pasaban
por mi alma.
—¿Creeis, me decia, que nuestro estado moral ha de continuar? ¿Creeis
que podemos llevar tanto tiempo una fe muerta en la conciencia? Toda
idea muerta mata el espíritu que en sí la lleva, como el feto muerto
gangrena las entrañas que lo encierran.
—Os lo he repetido ya várias veces en el curso de nuestra
conversacion, le dije. Yo no creo que pueda mantenerse viva la
conciencia en el seno de una fe completamente muerta. El espíritu
tiene analogías con la naturaleza. Y la naturaleza no aniquila,
transforma; no mata, renueva. Es necesario renovar el espíritu en la
renovacion de la sociedad.
—¡Renovarlo! me dijo. ¿Y cómo vais á crear una religion nueva?
¿De dónde sacaréis los apóstoles que prediquen, los mártires que
mueran, las ideas necesarias, los sacrificios indispensables á una
transformacion religiosa? El árbol de la fe se riega con sangre.
La humanidad en nuestro tiempo tiene vocacion al trabajo; no tiene
vocacion al martirio, como la tenía en la época del Redentor.
Derramará hasta extenuarse todo el sudor que pueda destilar sobre
las máquinas del trabajo; no derramará ¡ay! ni una gota de sangre
ante las aras de la fe. Los pueblos me parecen hoy atletas llenos de
energía física, pero faltos de alma.
—No obráran las maravillas que obran si no sintieran dentro de sí el
vapor de grandes ideas. Han subido á los cielos y les han arrancado
el rayo, porque tenian estatura moral bastante á tocar con su frente
en las nubes. Las épocas de decadencia ni crean, ni inventan, ni
trabajan. El desaliento y la decrepitud se sienten á una en todas las
esferas de la actividad y en todas las manifestaciones de la vida.
—Pero creo haberos oido decir que los pueblos no creen si no tienen
ideal.
—Es verdad. Mas creo que el ideal no debe brotar sólo del
sentimiento, sólo de la fantasía, sino de la razon. Vuestro ideal
es todo entero para la imaginacion. Y en las épocas reflexivas, los
ideales que sólo son hijos de la fantasía y sólo á la fantasía se
enderezan, mueren como en la estacion de los frutos mueren las flores.
—Vosotros no creeis en el milagro.
—No hablemos de nuestras opiniones individuales, porque entónces
nuestros debates serán disputas, contestéle yo. Hablemos de algo
más alto, hablemos de la crísis que atraviesa el espíritu humano en
nuestro tiempo. Vuestras ideas propias valen ménos en comparacion del
alma infinita de la humanidad, que las gotas destiladas de ese remo
en comparacion de los caudales del mar.
—Pues bien; me rectifico, y digo: nuestro siglo no cree en el milagro.
—Teneis razon. Su conocimiento de las leyes naturales hale llevado
á proclamar que estas leyes no se interrumpen ni por un minuto. Mas
hé aquí la base de mi tésis: no forjeis, ni mantengais un ideal
religioso en oposicion absoluta con la ciencia. Las más inferiores de
nuestras facultades, la sensibilidad, la fantasía, se conmoverán al
tañido de las campanas, á la vista de las sagradas imágenes, al eco
del órgano que eleva un himno á los cielos, á la aparicion de esas
basílicas milagrosas, como la basílica de San Márcos, tachonada de
mosaicos, donde el color agota sus matices, y poblada de obras donde
el arte agota sus inspiraciones, monumentos en cuyas bóvedas se ven
vagar las plegarias de diez siglos, y en cuyos pavimentos dormir los
huesos de innumerables generaciones; pero por poeta que seais, por
conmovido que esteis, en cuanto la razon penetre en tantas armonías
y ensueños, los desvanecerá con sus glaciales pero incontestables
afirmaciones, dejándoos en lucha perpétua entre la sensibilidad y el
entendimiento, lucha que conviene terminar, si hemos de ser soberanos
de la naturaleza, sólo sometida á la verdad y á la ciencia.
—Esa lucha ¡oh! esa lucha será terminada por la fe.
—Pero la fe no puede contrariar verdades probadas ó evidentes. Los
dioses antiguos sonreian en la cima de las colinas sembradas de
mirtos y de templos, á las orillas de mares que parecian dormirse
bajo su amparo, entre coros de poetas que divulgaban sus nombres,
sobre pueblos artistas y creyentes; pero un dia la ciencia demostró
que aquellas divinidades repugnaban á la razon, y á pesar de tener
en su defensa pueblos heroicos, invencibles, como el pueblo romano,
murieron todas juntas al soplo de una idea.
—Pero con aquellas divinidades murieron las sociedades que
personificaban.
—No murieron, se trasformaron. ¿Murió el derecho romano? ¿Murió
aquella literatura clásica, modelo todavía en nuestras escuelas?
¿Murieron aquellas artes plásticas que copiamos y repetimos?
¿Murieron ni siquiera aquellas lenguas á cuyas sábias combinaciones
debemos toda nuestra nomenclatura científica? Lo único que pereció
fué lo único que se creia imperecedero, el Dios ó los dioses de aquel
mundo.
—¡Y cuántas lágrimas, cuánta sangre costó fundar la nueva creencia!
me contestó el sacerdote. El mundo se encenagó en las orgías. Aquella
Roma tan fuerte dejó caer la espada del combate para empuñar la copa
del festin. Las venas de la humanidad se hincharon con el canceroso
vino de todas las concupiscencias. Fué preciso para curar tanto mal,
nada ménos que la irrupcion de los bárbaros y el destronamiento de
Roma.
—Ved adónde os lleva la implacable lógica de vuestras deducciones: á
llorar la muerte del paganismo, vos, sacerdote católico. Seguramente
en ningun lugar de la tierra se apena tanto el ánimo del artista, al
sentir la desaparicion de aquellos hermosos seres, imaginados por los
poetas, y en el mármol encarnados por los escultores, como aquí, en
su patria, al rumor de las olas del Adriático, bajo este cielo que
todavía refleja sus miradas. Pero si al estado químico-físico del
planeta corresponden los organismos, al estado moral del espíritu
corresponden las religiones. El mundo sigue su vida independiente
de nuestras concepciones abstractas de esa vida. Y Dios existe
independientemente de la relacion que con su sér incomunicable
establezca nuestro espíritu. Hoy no comprendemos el mundo como lo
comprendian nuestros padres. Para ellos estaba inmóvil, para nosotros
se mueve. Para ellos el sol rodaba en torno de nuestra tierra, para
nosotros la tierra rueda en torno del sol. ¿Ha cambiado la naturaleza
porque cambie nuestra concepcion de la naturaleza? Pues tampoco
cambia Dios porque cambie nuestra concepcion de Dios. Lo bueno, lo
verdadero, lo hermoso, existen por sí, é independientemente de todos
los juicios que acerca de ellos se formen. Para acercarnos al ideal,
no hay sino aprender la verdad en la ciencia como en la conciencia,
y realizar con desinteres absoluto en toda la vida el bien. Las
religiones han servido para educar progresivamente á la humanidad.
Sus esperanzas infinitas, sus terrores saludables, despertaron al
hombre del seno de la naturaleza en que dormia para alzarle á una
vida interior mucho más pura y mucho más elevada. El frágil espíritu
humano obtuvo así la idea de lo infinito, y sintió así el soplo de lo
divino como creándole de nuevo y en cierto sentido redimiéndole. Pero
no hay que dudarlo; si la religion de la naturaleza fué un progreso
respecto al fetichismo, y la religion del espíritu un progreso
respecto á la religion de la naturaleza, ¿por qué, por qué imaginar,
por qué creer que se ha parado ó que ha retrocedido esta permanente
revelacion?
—¿Imaginais que puede llegar más allá alguna revelacion? Dios, por
un acto de su voluntad, por un soplo de su aliento, crea el mundo
sin mal, y sobre el mundo al hombre sin pecado; la culpa cae del
espíritu hecho libre sobre la naturaleza hecha su esclava, deslustra
la creacion y rebaja á la humanidad; nacen los hijos de los hombres
sujetos al pecado, y el pecado al castigo que crea generaciones
de generaciones enfermas, cuyos cuerpos se pierden tristemente en
el placer, cuyas almas se desvanecen como sombras de sombras en
los abismos; hasta que el mismo Dios conocido sólo de un pueblo,
desciende así á rescatar las culpas de todos los hombres, como á
revelarse á todos los hombres; y desde entónces los aires están
llenos de ángeles custodios, los altares de santos próvidos, la
naturaleza regenerada por la pureza de la Vírgen Madre, el espíritu
iluminado por el Verbo divino, y las esperanzas de la inmortalidad
resplandeciendo más allá del sepulcro, para fortalecernos con la
energía de una vida llamada á dilatarse en la eternidad.
—Líbreme Dios de contradecir ningun dogma. Los respeto profundamente
todos. Mas yo niego que pueda sostenerlos una autoridad externa,
fuerte, coercitiva en estos tiempos de razon y de libertad. Es
necesario que la fe brote espontáneamente de las almas. Es necesario
que impulse á la conciencia, y la conciencia á la voluntad. Así la
idea se encarnará en el espíritu, y el espíritu se encarnará en la
vida, y la vida será verdaderamente religiosa, y la religion norma é
ideal viviente.
—¿Y no veis realizado esto en ninguna parte?
—No. Veo, al contrario, que miéntras la civilizacion más se inclina
á la libertad, se inclinan más las sectas religiosas á la autoridad.
Veo que miéntras las ideas de igualdad democrática más profundamente
se arraigan en la esfera social, más en la esfera dogmática se
pretende divinizar absurdos privilegios, opuestos á cuanto hay de
fundamental en nuestra naturaleza. Veo, bien al reves de los tiempos
cristianos en que Dios se humillaba hasta revestir la naturaleza del
hombre, los hombres, llamándose infalibles, que aspiran á exaltarse
hasta revestir la naturaleza de Dios. Lo veo invadido todo por el
egoismo y el sentido utilitario, cuando tanto necesitamos de que
el lado ideal de nuestra naturaleza, el que á los cielos mira, se
despierte y se avive. Las ideas religiosas, que debian ser puramente
espirituales, van volviéndose fuerzas mecánicas; y los sacerdotes,
que debian tener en sus manos y reflejar sobre nuestras frentes la
luz de lo ideal, simples funcionarios del Estado. Veo todo esto con
dolor, porque yo quisiera que en la aridez y desolacion de nuestra
vida pudiéramos libar algunas gotas de rocío celeste que refrigerase
la sequedad de nuestros labios, abrasados de sed por lo infinito.
—Mas la creencia necesita una definicion que la contenga y la
formule; la definicion, una autoridad que la imponga y la divulgue;
la autoridad, una personificacion que la represente. La fe no sería
sino el dogma; el dogma no se mantendria sin la definicion; la
definicion, sin la Iglesia; la Iglesia, sin el Papa; el Papa, sin el
Espíritu divino, que debe comunicarle su propia infalibilidad.
—¿Creeis que Dios ha escogido una persona aparte, privilegiada, para
comunicarle la verdad? Yo soy más creyente. Yo creo que así como
ha extendido la luz por todos los orbes, ha extendido la razon por
todos los espíritus. Yo creo que así como nos ha dado la propia vista
para el mundo externo, y la propia vista no puede ser por ninguna
autoridad, ni reemplazada ni sustituida, nos ha dado la conciencia
para comunicarnos con el mundo interior, y la conciencia no puede
ser tampoco por ninguna autoridad sustituida ni reemplazada. Yo creo
que todos vemos la luz, que todos la confesamos; y los tenebrosos
de alma son tan raros y tan excepcionales, como los ciegos de
nacimiento. Los seres se bañan en la vida universal; los planetas
y los soles, en el éter; las almas, en Dios. Creo más: creo que la
revelacion es eterna, inmanente, progresiva, de todos los siglos;
teniendo por sus órganos á los filósofos, á los poetas, que han
revelado una verdad, y á los mártires que por la verdad han muerto.
Sólo así la historia se ilumina, la vida se eleva á lo infinito, la
conciencia se enrojece en la absoluta verdad, como el hierro en el
fuego. Sólo así nos sentimos unos en todas las generaciones y nos
elevamos á la comprehension de todas las ideas; sólo así traemos á
nuestra alma el espíritu humano, y en el espíritu humano diluimos
nuestra alma. Sólo así nos elevamos á Dios, y Dios se comunica
íntimamente con nosotros. Sólo así podemos ser habitantes verdaderos
del Universo, verdaderos hijos de Dios, y unos é idénticos en toda
la sucesion de los siglos con el desarrollo progresivo del humano
espíritu.
—Yo de ninguna suerte puedo conformarme con vuestras ideas. Parécenme
contrarias á todas las verdades y justificativas de todos los
errores. Yo creo que un solo pueblo ha conocido á Dios en el mundo
antiguo, el pueblo judío; y que una sola sociedad conserva y difunde
esta vida en el mundo moderno, la Iglesia católica. Fuera de estas
dos grandes ráfagas de luz tendidas por el tiempo como la Vía Láctea
por el espacio, sólo descubro tinieblas y tinieblas, que ciegan y
asfixian.
—¿Y el resto del trabajo humano se ha perdido? ¿Y del resto de
la conciencia humana se ha Dios ausentado? ¿Qué creeriais de mi
razon si yo os dijese: este jilguero ó esta rosa deben su vida al
Creador; pero no se la deben ni este helecho ni ese murciélago? Si
dividimos las cosas en divinas y no divinas, entregamos el mundo al
maniqueismo; y el diablo disputa con derecho á Dios una parte en la
creacion.—Si dividimos los pueblos en elegidos y réprobos, entregamos
la sociedad á un poder arbitrario más temible que el destino antiguo.
El ázoe, el oxígeno, el carbono, que separados matan, forman juntos
el aire vital. No separeis tampoco las várias revelaciones de la
verdad y del bien, porque todas juntas forman la atmósfera del humano
espíritu. Los profetas no han escrito solamente en Judea, no han
bebido solamente las aguas del Jordan y del Eufrates; han escrito
en la India tambien, y han bebido las aguas del Gánges. Á formar
las ideas judías ha contribuido tanto el sacerdote egipcio como el
mago de Babilonia y el dualista de Persia. La idea es como la savia,
como la sangre, como la luz, como la electricidad, como los jugos
de la tierra, como los gases de la atmósfera, como los flúidos del
planeta. La idea no reconoce ni naciones, ni sectas, ni iglesias;
pasa de la Pagoda á la Pirámide, y de la Pirámide á la Sinagoga, y
de la Sinagoga á la Basílica, y de la Basílica á la Catedral, y de
la Catedral á la Universidad, y de la Universidad al Parlamento,
con la celeridad del rayo que truena, ilumina, quema y purifica. El
cristianismo ha sido preparado lo mismo en las estancias de Isaías
que en los diálogos de Platon. Á la revelacion universal ha llevado
cada raza humana su contingente. El pueblo griego creia su vida
completamente original, aparte de toda otra vida humana, sus dioses
puramente nacionales y domésticos, y su casta Diana habia tenido
templos en el Asia Menor, y su Baco, que representa la exaltacion,
el delirio de la vida en el Universo, venía ébrio del néctar
destilado por los bosques indios. Cuando el judío se aislaba al pié
de sus altares y allí creia conservar su Dios alejado de todas las
tentaciones paganas, iba Alejandro á perturbar aquel monólogo triste
de un pueblo, y á llevar tras su carro de guerra las divinidades
griegas, tocando el címbalo y la flauta frigia, despertadores de la
alegría helénica en el seno de la triste, inmóvil y panteista Asia.
El mesianismo no era una esperanza hebráica, era una esperanza
universal. La sibila de Cúmas lo concebia en su gruta, á las orillas
del sensual Tirreno, en los mismos dias en que Daniel contaba con
los dedos las semanas de años que faltaban para su cumplimiento. Y
en el Pausilipo, á la sombra de los altos olmos festoneados por las
vides, á la vista de las ondas recamadas de espumas en que cantaban
las sirenas griegas, entre las danzas báquicas, oyendo el caramillo
del dios Pan y los coros de las vírgenes que trenzaban guirnaldas
de flores sobre las aras humeantes de mirra, Virgilio anunciaba la
redencion universal casi al mismo tiempo que el Bautista la pedia,
vestido de sayal, macerado por el cilicio, en el desolado seno del
desierto. Aténas con sus artes, Roma con su derecho, Alejandría con
su ciencia, han contribuido tanto á la revelacion cristiana, como
Jerusalen con su Dios. No olvideis, no, estas verdades evidentes,
confirmadas por toda la historia. No seais como el judío que se
encierra en las oraciones de su Biblia, y cree que despues el género
humano ni una sola verdad religiosa ha podido añadir á las ideas
judaicas. El cristianismo, más humano y más divino al mismo tiempo,
ha tomado toda la Biblia y le ha añadido el Evangelio. ¿Por qué
nosotros no añadirémos al Evangelio el Renacimiento, la Filosofía, la
Revolucion, que ha llevado á la esfera social estas tres palabras
cristianas: Libertad, Igualdad, Fraternidad? Leonardo de Vinci trazó
Baco y trazó el Bautista en sus cuadros, que representan la primavera
del espíritu moderno. Rafael encerró en las líneas de las diosas
griegas el alma efusiva y santa de las Vírgenes cristianas. Miguel
Ángel puso los dos coros de las sibilas y de los profetas en las
bóvedas de la Sixtina. El espíritu humano es uno como el Universo,
uno como Dios; y Dios, la naturaleza, el espíritu, son la eterna
trinidad que ilumina las páginas de la historia. No nos separemos, ni
del espíritu, ni de la naturaleza, ni de Dios.
Estas palabras, si no arrastraron, comovieron á mi interlocutor. Yo
mismo habíame exaltado extraordinariamente al calor de mis propias
palabras. Así es que cogí la mano que el jóven sacerdote me tendia,
la apreté, y dejéle entregado á sus pensamientos. La noche era
serena, tranquila; brillaban las estrellas en el cielo y el fósforo
en las aguas; un aliento primaveral refrescaba el ambiente y traia
los ecos de la ciudad y del campo á los espacios celestes de la
laguna, que convidaba á meditar sobre esta verdad evidente: como
permanece inmóvil, serena, luminosa la naturaleza sobre las disputas
y las discordias de los hombres.
EL DIOS DEL VATICANO.
¿Creeis que en realidad ha sido roto y deshecho el paganismo en esta
tierra de Roma? Cerca de mi alojamiento se eleva el Panteon de todos
los dioses. El genio católico no se ha contentado con alzarlo á las
alturas y ceñirlo, como diadema, á la Basílica madre de todas las
Basílicas cristianas, sino que lo ha convertido en el templo de todos
los santos. La oracion se apaga allí en los labios. Entra demasiada
luz por el círculo que corona la Rotonda para que pueda entregarse el
ánimo á la meditacion y al recogimiento. Bautizado, lleno de altares,
convertido en iglesia como la gran aljama de Córdoba, protesta contra
los innovadores, y suspira calladamente por su antiguo culto.
Así es todo en Roma. El paganismo se ha transformado, no se ha
destruido. Los meses del año y los dias de la semana llevan los
nombres de las antiguas divinidades, de los antiguos césares, de la
antigua numeracion romana, y no hemos osado tomar el calendario
de la República francesa que parece concebido en las entrañas de
la creacion. Los dos solsticios de invierno y de verano todavía
los celebramos con fiestas análogas á las fiestas clásicas. Adónis
nace, muere, resucita, cuando el trigo se siembra y brota y espiga.
Las fiestas de la Candelaria, como las fiestas lupercales, hállanse
consagradas á la luz. El romano agita las antorchas bajo el dominio
de los papas, como las agitaba ántes bajo el dominio de los césares,
y entona á la luz himnos que han cambiado en su forma, pero que
no han cambiado en su esencia. Cuando el Papa aparece conducido
en hombros, puesto sobre altísima silla, envuelto el cuerpo en
crujientes brocados, coronada la cabeza por áurea tiara que reluce,
en las manos el preciado báculo, á los piés aquellas legiones de
mitrados con sus capas de mil colores, cree el ánimo hallarse en los
dias en que el lujo oriental y las costumbres orientales invadieron
con los césares venidos de Siria la Ciudad Eterna.
No trato yo ciertamente con esto de combatir ni negar las virtudes
del espíritu católico. De lo que trato es de negar esa originalidad
que le atribuyen todos cuantos desconocen cómo obró el espíritu
antiguo en el cristianismo, que fué al cabo su continuacion y
hasta cierto punto su purificacion. El verbo es un concepto
platónico-alejandrino, y es el concepto fundamental de la fe
cristiana. La apoteósis de los héroes se ha reemplazado con la
canonizacion de los santos. Cualquiera creeria oir un poeta católico
cuando oye á Lucano decir ante la tumba de Pompeyo, cómo irán á orar
sobre su losa los fieles que rehusan ofrecer incienso á los dioses
del Capitolio. Es el infierno creacion pagana, como son los demonios
creacion mágica. Satanás ha pasado por el mazdeismo ántes de pasar
por el cristianismo. Las esperanzas mesiánicas no son exclusivas de
la raza judía en el siglo del advenimiento de Cristo; son esperanzas
universales. Cuando San Juan escribia el Apocalípsis, lo escribian
tambien los estoicos, y palabras de desesperacion se pronunciaban
por dos coros á un mismo tiempo, y se unian en los cielos paganos
como en los cielos cristianos, el espanto religioso por la próxima
conclusion del mundo. Nos extrañamos del número de dioses que tenian
los antiguos. Los dioses hanse convertido en ángeles, dice el mismo
San Agustin: _deos quos nos familiarios angeles dicimus_. ¿Por qué,
pues, tanto ódio al mundo antiguo, á las ideas que vienen á ser como
el blason de nuestra nobleza y la genealogía de nuestras propias
ideas?