Por fin el tren se detiene. Las formalidades de entregar los

billetes y recoger los equipajes molestan de una manera indecible

en la natural impaciencia. Quisierais ser pez ó ave para llegar al

agua y al aire de Venecia sin esas cargas de baules y sombrereras á

que os obliga la nativa debilidad humana. Pisais aquellos muelles

besados eternamente por las aguas. Larga fila de negras góndolas,

ligeras, esbeltas, os aguardan. Escogeis maquinalmente la primera,

sin curaros ni de la forma ni del precio de aquel viaje, como si

todas las condiciones de la vida económica hubieran de perturbarse

allí donde cambian casi todas las condiciones de la vida vulgar de

las ciudades antiguas y modernas. Dais la direccion de vuestro

proyectado albergue, y sentís por un movimiento casi imperceptible

que os deslizais sobre las aguas. Apodérase del alma un gran

sentimiento de tristeza. La góndola, mal iluminada por un pequeño

farolito puesto en el fondo, y conducida por dos hombres, cada cual

de pié á cada uno de sus extremos, parece ya un ataud, ya un cetáceo,

ya un cisne negro, ya una luciérnaga fantástica, ya el cadáver de una

de las antiguas sirenas del Adriático en sombra convertido, que os

arrastra á las cavernas profundas de los profundos senos del Océano.

Como venís deslumbrado por la claridad de la resplandeciente laguna,

creeis entrar en una region de tinieblas. Las aguas tienen una

oscuridad indefinible por lo espesas. Parecen realmente bituminosas.

Los fuertes muros de los altos monumentos acrecientan la noche. Los

faroles, colocados á largas distancias, sólo sirven como de ligero

contraste para conocer mejor la negra y general oscuridad. Venecia

tiene calles de tierra y calles de agua. Las calles de agua no están

iluminadas. Solamente la blanquecina fosforescencia de la estela,

ó el débil resplandor de una ventana, ó el mustio farolito de una

muda góndola que pasa á vuestro lado, ó el reverbero de una esquina

apartada, alumbran aquel tortuoso laberinto de piedras y de rejas

y de puentes y de palos destinados á atar las góndolas; especie

de grandes árboles acuáticos, pero sin ramas, sin hojas, tristes y

secos. La ciudad parece inhabitada. De vez en cuando pasan sobre

los arcos de los puentes algunos viandantes como sombras de las

sombras. El silencio es sepulcral. Sólo oís el grito del gondolero

que avisa á sus camaradas para que las góndolas no choquen. Este

grito, por todas partes repetido, es ágrio y agudo como el grito de

las aves marítimas. El verde limo que sale á la superficie de los

canales flota á intervalos y lo tomais por un cadáver. La puerta de

un palacio gira sobre sus goznes, algunas personas bajan silenciosas

por sus escaleras de mármol y se instalan en sus góndolas. ¡Oh! Las

tomariais por habitantes de un panteon que van á dormir sobre un

ataud. De pronto salís al gran canal, respirais brisa más fresca

y más libre, veis á la luz de las estrellas fustes de estriadas

columnas, plintos y bases que salen del agua, rosetones góticos,

ajimeces árabes, ventanas bizantinas, arcos del Renacimiento; pero la

góndola corre de nuevo á perderse en el laberinto de los estrechos

callejones, y aquella decoracion mágica desaparece en la realidad,

como las horas rápidas del placer en las tristezas eternas de la vida.

El camino desde la estacion á nuestro albergue era larguísimo. Los

gondoleros continuaban de pié á cada lado de la góndola impulsándola

con sus sendos largos remos y repitiendo sus agudos gritos. Á cada

paso una esquina, sobre cada esquina un puente, al pié del puente y

á las puertas de la casa las escaleras de mármol, sobre el último

blanco escalon el agua verdinegra, y bajo los arcos del puente y

junto á las graderías blancas, las góndolas negras cubiertas con sus

largos paños pardos semejantes á los paños de un catafalco. El objeto

más necesario á la vida veneciana es la góndola, y la góndola es

tambien el objeto más triste. Imaginaos una elipse de madera negra

con varios relieves; á uno de los extremos grande alabarda dentada,

cuyo acero brilla siniestramente, y al otro extremo una especie

de pequeña cola retorcida; en el centro, como antigua tartana de

Valencia, el sitio de reposo, forrado por dentro de terciopelo negro,

por fuera de paño negro con borlas de seda, lleno de mullidos cojines

de tafilete, cerrado por cuatro ventanas, con cuyos cristales,

con cuyas cortinas, con cuyas persianas podeis comunicaros ó

incomunicaros á voluntad; todo oscuro, todo triste, todo misterioso,

todo romántico, invitando la vida á las aventuras, la imaginacion

á las leyendas, pues unas y otras se desprenden como consecuencia

natural de todo cuanto os rodea, y sobre todo, de vuestra inseparable

compañera, la silenciosa góndola. Así Roma es la ciudad sublime,

Nápoles la ciudad placentera, Florencia la ciudad académica, Liorna

la ciudad mercancil, Pisa la ciudad muerta, Bolonia la ciudad música,

Milan la ciudad civil y Venecia la ciudad romántica. El Moro y el

Mercader de Shakspeare, el Angello de Víctor Hugo, los dramas de

Byron, han sido inspirados por estas sombras, y tienen aquí, en estas

góndolas, sus misteriosas cunas.

Hoy Venecia reune á la poesía de sus artes la poesía de sus

recuerdos, y á la poesía de sus recuerdos la poesía de sus tristezas.

Los palacios se caen, las estatuas bajan á pedazos de sus pedestales,

las rientes figuras de sus cuadros se van como las mariposas al

soplo del invierno. La herida que le causó el cambio del movimiento

humano hácia otras regiones, por la aparicion de América en el mundo

y el descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza, esa herida que

mató su comercio no ha podido ser curada por su reciente libertad,

porque la libertad no puede destruir las fatalidades geográficas.

Venecia se muere. Sólo que en vez de morir como una prostituta en

los calabozos austriacos, muere como una matrona en el seno de su

hogar y rodeada de sus hijos. Venecia cayó al pié de la cuna de

América, como Ifigenia al pié de la cuna de Grecia. Los caminos

de la humanidad están sembrados de víctimas, y el progreso no se

exceptúa de esta ley necesaria. La vida se alimenta de la muerte.

Pero no es por eso ménos triste ver morir una ciudad cuyos Dux

tuvieron la corona imperial de Bizancio tantas veces en las manos, y

la rechazaron por el gorro frigio de la vieja república; ver morir

una ciudad cuya bandera ahuyentó á los turcos y despertó las fuerzas

del comercio y del trabajo; ver morir una ciudad cuyas libertades

son las más antiguas en la era cristiana, y que ella sola ha sido la

Inglaterra de la Edad Media; ver morir á una ciudad que en sus copas

de cristal, en sus banquetes báquicos, en sus voluptuosas serenatas,

en sus sensuales cánticos, en sus guirnaldas de coral y algas trajo

disuelto á nuestra vida el aroma inmortal del Renacimiento. ¡Cómo

sentia en aquel viaje por las calles de Venecia no ser poeta, orador

ni escritor de algun mérito para lamentar con elocuencia la muerte de

esta ciudad única en el mundo! Ideas de luto y desolacion solamente

me habian inspirado los ataudes flotantes, los palacios sombríos, las

magníficas ventanas medio destrozadas, los monumentos medio ruinosos,

el tortuosísimo laberinto de calles estrechas y de canales oscuros,

las sombras que se dibujaban en los altos puentes, las separadas

piedras de mármol lamidas por las olas, el ruido del agua, que

parecia una lágrima cayendo sobre otra lágrima, y los gritos de los

gondoleros que parecian un lamento repetido por otro lamento.

Pero en esto llegamos al gran canal, frente á la iglesia de la Salud,

donde íbamos á alojarnos, muy cerca de la piazzetta de San Márcos. Su

anchura es allí la anchura de un brazo de mar. Sus aguas son claras

como si lleváran disuelta la luz del dia. La fosforescencia que dejan

los remos y la quilla dibujan por doquier largas cintas blanquecinas

como rayos de luna. Al desembocar nosotros de los pequeños canales

en aquella grande extension, várias góndolas se dirigian al Rioalto

iluminadas por faroles venecianos, sólo comparables á guirnaldas

de luminosas flores. Esta mágica iluminacion resaltaba en la

oscuridad de la noche y se repetia en la trasparencia de las aguas.

De las góndolas salia un coro armoniosísimo, solemne, acompañado

por excelente música; acordes misteriosamente engrandecidos y

dulcificados por la sonoridad del aire y de las lagunas. Despues de

haber pasado aquella travesía, despues de haber hecho por la red

infinita de canales aquel viaje, en que Venecia semejaba una de esas

místicas ciudades pintadas por los artistas de la Edad Media en las

paredes de los cementerios para representar el infierno, al verme en

el gran canal, en aquella larga serie de monumentos, sobre el agua

trasparente, bajo el cielo clarísimo, descubriendo las iglesias

de blanco mármol iluminadas como grandes montañas de nieve por los

rayos de los astros, contemplando las góndolas que se deslizaban

rápidamente, festin flotante consagrado al arte, oyendo aquella

música, aquella armonía deliciosa en alas de los vientos de la

misteriosa laguna, creíme en la antigua Venecia, en la que traia la

riqueza y los colores de Oriente, en la que escuchaba las serenatas

de Leonardo de Vinci, en la que prestaba los matices del íris á la

paleta de Ticiano, en la que se reia con la carcajada de Aretino,

en la que llevaba, como un esclavo, el Imperio de Constantino á

sus piés, y como una compañera á su lado, Grecia, la tierra de los

poetas. Pero la serenata pasó, las luces se perdieron pronto en los

recodos del canal, sumergióse la laguna en su profundo silencio, y

las torres de las iglesias vecinas dieron el toque de Ánimas con

elegíaco lamento.

Al dia siguiente faltábame el tiempo para ver Venecia. Confieso

que una de las artes á mis ojos más maravillosa y expresiva, es la

arquitectura. Sus piedras, reguladas por las ideas, como las notas de

un cántico ó como los miembros de un discurso, me inspiran siempre,

cuando aciertan con sus armonías á expresar la belleza, un placer

purísimo, intelectual. Las grandes líneas, los dilatados espacios,

los ambiciosos arcos, las aéreas rotondas, las columnas con sus

adornos, las galerías con sus léjos, los patios y los claustros,

sumergen á la mente en profundas meditaciones y expresan siempre

el genio del siglo con su carácter simbólico. Yo gusto mucho de

la arquitectura griega, de su sobriedad, de su austera sencillez,

de su gracia infinita, de la facilidad con que expresa grandes

ideas con pocos medios y llega á la hermosura sin violentar sus

formas, poniendo un ligero friso, cuadrado, sobre cuatro frentes de

intercolumnios, cuyas armonías son tales, que puede decirse cantan

como un coro. Yo admiro tambien á los romanos, que sobrepusieron

los tres géneros de la arquitectura en sus monumentos, como

sobrepusieron las tres edades de la historia en su civilizacion y

en sus códigos. Yo no olvidaré nunca la rotonda del panteon donde

espiró el paganismo; ni los arcos triunfales, puertas magníficas

de la nueva edad del mundo. Sobre todo, lo que el arte antiguo me

inspira siempre es un culto infinito á la sencillez de las formas

y á la naturalidad de la expresion. Pero este entusiasmo por el

arte antiguo no excluye la admiracion por todos los géneros bellos

de arquitectura. No hay cosa peor que el exclusivismo en las

artes. Los arquitectos del pasado siglo, en su ódio por el gótico,

llegaron, áun los de más gusto, á construir unos edificios grandes,

pero mudos; más que severos, rígidos, con toda la rigidez de la

muerte. Hay arquitecturas que se distinguen por su sabiduría, por su

perfecta sujecion á las leyes de la estática. Tales son la griega y

la romana. Han pasado sobre ellas los siglos, y ese otro elemento

más devastador todavía que los siglos, las cóleras de los hombres;

pero se han estrellado contra su imperturbable firmeza. Hay, sin

embargo, arquitecturas que se distinguen por su expresion. Tales son

la oriental y la gótica. Venecia se parece á Granada, en que Venecia

tiene una arquitectura propia, exclusiva, nacida de sus particulares

circunstancias históricas y del ministerio único representado por

ella entre el Oriente y el Occidente. Así como los granadinos,

conservando siempre aquel carácter árabe que llegó á su perfeccion

en la aljama de Córdoba, se acercaban al gótico, los venecianos,

conservando el carácter bizantino y gótico, general en la Edad

Media, le arrojaban encima como un velo de oro las ricas preseas del

Oriente. Así ha creado Venecia esa serie de monumentos que son el

prodigio de los prodigios, por su variedad y por su riqueza. Si vais

á examinarlos con el Vitrubio en la mano, con las reglas de Vignola

en la mente, llevando la escuadra y el compas, sometiéndolos á un

exámen matemático, demandándoles obediencia ciega á las leyes de la

estática, pronto á indignaros si veis que una galería está sostenida

por un armazon de hierro, que una columna gruesa está sobrepuesta

á una columna ligera como riéndose de los principios generales de

la gravedad física, que una mole de mármol pesa, siendo como una

montaña, sobre el encaje de una galería aérea y ligerísima; si ante

todo y sobre todo poneis las matemáticas, no os pareis delante de

esos edificios de la Edad Media, que ante todo y sobre todo ponen

la riqueza de la expresion, riqueza grande, inverosímil, como son

inverosímiles todas las hipérboles, pero en realidad muy bella. ¡Cómo

influye en las artes el medio en que se desarrollan! Venecia es una

maga que obliga á los artistas á seguirla y les imprime su beso de

fuego en la frente. Los arquitectos del siglo décimoquinto construyen

edificios severos en Roma, al mismo tiempo que el gótico florido abre

sus calados rosetones en toda Europa como las primeras flores del

Abril del Renacimiento. Y los arquitectos de Venecia, á fines del

siglo décimosexto y principios del siglo décimoséptimo, cuando el

arte clásico todo lo ha avasallado, sin dejar de seguir su influjo,

coronan los frisos de sus monumentos, las cúspides de sus torres, las

azoteas de sus palacios con joyas y cinceladuras, esmaltadas siempre

por el oriental carácter veneciano.

Salgamos, pues, á contemplar á Venecia. Nuestra góndola se desliza

por el gran canal. Las aguas tienen un verde-esmeralda, el cielo

un azul-turquesa, los bancos de arena un brillo de oro, las casas

de las cercanas islas un esmalte de coral-rosa, y las iglesias de

mármol una trasparencia tan extraordinaria que parecen iglesias

de cristal: bruñe el sol todos los objetos con sus rayos, esos

pinceles de la naturaleza, y la brisa cargada con los aromas de

la primavera, con las salinas exhalaciones del mar, perfumada y

picante, os convida con sus voluptuosos besos á la infinita alegría

de vivir. No tenemos tiempo de mirar ese gran canal que los pintores

venecianos, reproduciéndolo de todas maneras, desde los albores

de la escuela con Carpacio hasta su extincion con Canalletto, han

impreso indeleblemente en las retinas de los amadores del arte. Sólo

es dado ver con una rápida ojeada que desde los edificios pesados

bizantinos, hasta los edificios elegantes del siglo décimosexto, y

desde los elegantes del siglo décimosexto hasta los abigarrados de

la decadencia, unidos á monumentos góticos de todo género, ornados

con guirnaldas sirias y árabes, la historia del arte se apiña en dos

largos muros de mármol á uno y otro lado del canal, realzada por los

reflejos del agua y por las tintas del cielo. En cada ciudad buscais

primero un monumento, un punto. En Sevilla la catedral, en Granada la

Alhambra, en Córdoba la mezquita, en Roma el Coliseo, en Nápoles el

Vesubio, en Pisa el Cementerio, en Florencia la plaza de la Señoría,

y en Venecia la plaza de San Márcos. Llegamos al pié de su magnífica

escalera. Nos detenemos extasiados. No es posible pintar á Venecia.

La palabra humana carece de bastantes matices para tan rico cuadro.

Yo no lo intento siquiera. Se necesita ver, y sentir, y admirar, y

empapar en aquellos colores los ojos, y absorber por todos los poros

aquella vida, y luégo callarse.

Nunca he deplorado tanto el compromiso contraido con mis lectores, á

cuya inagotable bondad voy á faltar, encontrándome con este soberbio

paisaje ante mis ojos y esta humilde pluma en las manos. En primer

término, el lago, espléndidamente iluminado por el cielo y el sol,

que lo borda con sus rayos; al Norte la desembocadura del gran

canal con sus varios y ricos edificios; al extremo derecho de la

desembocadura la mármorea iglesia de la Salud, cuyas blancas rotondas

se dibujan maravillosamente en la nitidez del aire; ante esta

iglesia, levantada en torre graciosa, una grande esfera de bronce

dorado y en su polo un ángel de bronce oscuro; á la desembocadura

izquierda, una terraza de jaspe sobre la cual ostenta sus flores

primaverales, ameno, aunque estrecho, jardin, poblado de mariposas;

en el centro la piazzetta, el palacio de Sansovino, cincelado como

un escudo de Cellini y rematado por un coro de estatuas; el palacio

de los Dux, al otro lado, descansando su mole de mármol rojo y

blanco sobre una doble galería de arcos góticos entrelazados por un

juego de caprichosos rosetones, y recamados en el chapitel de sus

columnas con esculturas bizantinas, que se armonizan y se enlazan

de una manera admirable con la diadema de agudos triángulos y los

airosos campanarios de la cima; ante estos dos monumentos, las dos

columnas de granito oriental, dos monolitos colosales, y encima el

cocodrilo de San Teodoro y el leon de San Márcos, que parecen exhalar

el huracan de sus abiertas fauces; en el fondo, al lado izquierdo,

el Campanile, alto y airoso como nuestra Giralda, calzado por una

tribuna maravillosamente esculpida, y coronado por un ángel que

alza sobre su aguda aguja las alas de oro á lo infinito; al mismo

fondo, en el lado derecho, la Basílica, oriental, gótica, griega,

bizantina, árabe, mezcla de todas las arquitecturas, resúmen de todas

las épocas, con sus arcos azules sembrados de estrellas, sus columnas

de todos los jaspes, sus estatuas y sus bizarros campanarios,

los cuatro caballos de Corinto sobre la puerta, los mosaicos de

cristales venecianos en los huecos, de cuyo áureo cielo se destacan

maravillosas figuras de todos colores, las rotondas en la cima,

breves copias de las rotondas de Santa Sofía como una aparicion del

Asia; y en las vastas proporciones de aquel paisaje, el muelle de los

esclavones lleno de navíos, realzados por los pintorescos trajes de

los turcos y de los griegos, por la gran multitud veneciana que en

aquella vastísima calle desemboca; más léjos todavía las islas de San

Jorge Mayor con su iglesia de color de rosa y blanco; la Giudecca con

sus edificios empapados en todos los matices del íris; San Lázaro con

su convento armenio, cuya torre oriental parece la vela rizada de un

gran navío; el Lido poblado de bosques, que tocan las aguas con sus

ramas y llenan los ruiseñores con sus cantares; los jardines como

islas flotantes, como canastillos gigantescos de flores confiados al

agua; todo atravesado por las gasas celestes de los canales, todo

variadísimo, por el color ya dorado, ya argentado de los bancos de

arena, todo animado por el contraste de las blancas velas latinas que

entran y salen con las negras góndolas venecianas que por do quier

se deslizan, todo arrullado por las ondas del Adriático; al lejano

Occidente los Alpes, que bajan como un ejército de gigantes pirámides

celestes, y en el lejano Oriente, como una música eterna, el viento

que viene desde las playas de Grecia. No hay nada igual en el mundo.

¡Cuántas hermosas ciudades hemos recorrido en Italia! Cada una tiene

su maravilla, y cada maravilla su carácter. Cuando vais de Roma á

Nápoles, no os parece hallaros en otra tierra, sino en otro planeta.

El cementerio de Pisa y el cementerio de Bolonia son magníficos;

pero hay entre ellos tanta distancia como entre el panteon de Agripa

y la catedral de Milan. De Florencia á Pisa vais en dos horas, de

Pisa á Liorna en media; y cada una tiene abismos de diferencia en

sus calles, en sus monumentos. La magnífica torre inclinada de Pisa

parece hecha á millares de leguas del lugar donde se alza la divina

rotonda de Santa María dei Fiori de Florencia. Cada una de estas

ciudades ostenta su escuela especial de pintura y su especialísimo

carácter de arquitectura. Cada una de ellas engendra un genio que

le devuelve, en cambio del regalo de la vida, el regalo de la

inmortalidad. Pisa tiene á Nicolas, que ha adornado con dos siglos

de anticipacion el Renacimiento, haciendo florecer bajo su cincel

los mármoles; Bolonia tiene á Juan, que detiene un momento la

decadencia de la escultura; Fiezzolli tiene á Fra Angellico, que

pinta los ángeles con la misma facilidad con que Platon describe

las ideas puras, y de rodillas ante las Vírgenes salidas de su

pincel, entre los límites de dos siglos, como el décimocuarto y el

décimoquinto, que son los límites de dos mundos, simboliza el fin de

las edades místicas; Venecia es la madre del Ticiano, Verona de Pablo

Cagriari, Florencia de Miguel Ángel, y Roma puede llamarse, por las

loggias, las estancias, la transfiguracion, las Sibilas, la Galatea

de la Farnesina, la Madona de Foligno y el Isaías, la capital de

Rafael.—¿De dónde proviene esta grandeza?—De la descentralizacion de

sus gobiernos, de la libertad de sus repúblicas, de la independencia

municipal. Sólo hay en la historia una época superior á su época,

un pueblo más ilustre que sus pueblos, Grecia. Pero el secreto de

su grandeza está en la misma causa que el secreto de la grandeza de

Italia. Miguel Ángel es uno de esos titanes que llevan en sus piés

las heridas de las moles calcinadas, puestas unas sobre otras para

escalar al cielo, y en sus frentes las heridas de las tempestades que

han atravesado, buscando solitarios por las regiones superiores de la

atmósfera lo infinito. Pues bien; Miguel Ángel, cuando vió morir la

libertad en su patria, cinceló una figura hermosísima pero triste,

le puso la perfeccion griega en las formas, el dolor cristiano en la

frente, le cerró los ojos, le extendió sobre un sepulcro y le llamó

la noche. La ausencia de la libertad fué la muerte de Venecia, la

muerte de Milan, la muerte de Pisa, la noche de Italia. Por todas

partes se encuentra en la geología de la sociedad á la libertad, como

en la geología del planeta á Dios.

EN LAS LAGUNAS.....

Al fin tenemos luz, ese flúido sólo comparable al pensamiento, en

que esclarece y vivifica. Aquí me baño en el éter desprendido de un

cielo sin nubes y reflejado por un lago sin sombras. Yo quisiera ver

mi interior, mi espíritu, con el plástico relieve que toman á esta

luz oriental todas las cosas. Nosotros mismos somos lo más oscuro y

lo más incomprensible que existe en la creacion. ¿Por qué no habia de

ser mi razon tan clara como el sol? Despues de todo, la luz del gran

astro se perderia, como música no oida, si no iluminase la humana

frente. ¿Por qué no habia de ser mi espíritu tan diáfano como estas

aguas celestes, en cuyos espejos se repiten con todas sus asiáticas

cresterías, con todos sus adornos ó todas sus grecas los edificios

de Venecia? Despues de todo, el Universo sería como un libro cerrado

y en blanco, si no llenase sus páginas de ideas el humano espíritu.

¿Por qué los horizontes de mi pensamiento no habian de tener el

mismo esplendor de estos horizontes? Sombras de sombras serian

todas las cosas si no las animasen de un alma las ideas. Quitad el

espíritu del planeta, y decidme despues para quién cantarian las

aves que ahora gorjean en los árboles cuyas ramas tocan las aguas,

y para quién exhalarian su incienso esas flores que ahora beben la

savia embriagadora de la primavera. Las cosas serian, sin las ideas,

jeroglíficos sin lectores ni intérpretes. El Universo sin espíritu

sería, cuando ménos, un teatro sin actores. Pero el espíritu, ¿qué

luz interior tiene?

Yo no conozco en la historia ninguna época de tanta angustia moral

como nuestra época. Las creencias que cinco siglos de fe y de

martirio habian levantado, se han caido en tres siglos de análisis.

El antiguo dia de las almas se avecina á su ocaso, y no estamos

seguros de que amanezca otro nuevo dia. La campana que ahora toca la

oracion, el órgano que ahora acompaña el cántico de los monjes, la

imágen que ahora veneran los marineros del Adriático, van pasando á

ser como los himnos griegos, como los bajo-relieves del Parthenon,

objetos de culto artístico, pero no objetos de culto religioso.

Aquí tambien se oye alzarse de las aguas un lamento elegíaco, sólo

comparable al lamento lanzado por las antiguas sirenas cuando oyeron

de labios de los nazarenos que el mundo era llamado á una nueva fe

en la maceracion y la penitencia. El Dios-espíritu ve condensarse

contra su poder y contra su Verbo nubes de ideas tan amenazadoras

como las que destronaron y destruyeron al Dios-naturaleza. ¿Qué luz

interior tiene el espíritu en esta suprema crísis?

Tales ideas me asaltaban una tarde de Mayo de 1868, al borde

espléndido de la maravillosa laguna de San Márcos, y enfrente de la

desembocadura del gran canal de Venecia, sobre la isla de San Lázaro,

á la puerta del convento de los armenios. El sol, que se habia

ocultado tras la Giudecca, doraba con sus últimos rayos las cúpulas

de las iglesias y las rotondas orientales de la gran Basílica; las

góndolas negras, que resaltaban sobre las aguas azules, corrian

rápidas en todas direcciones como fantásticos seres; al frente

agrupábanse los maravillosos palacios venecianos esmaltados por

todas las artes; á la espalda se dibujaba el Lido, como un jardin

flotante lleno de vegetacion, de flores, de gorjeos; y en todas

direcciones surgian las islas, en que los árboles se balanceaban

cual si tuvieran sus raíces en las aguas, y entre los árboles

resplandecian maravillosos edificios, como anclados en aquel mar de

indelebles recuerdos y de eterna poesía. Se necesita para comprender

la hermosura sentir desde allí cómo espira el dia en las lagunas;

cómo se iluminan de estelas fosforescentes las aguas; cómo brotan las

primeras estrellas en el cielo y las primeras luces en las ventanas y

en las calles de la ciudad; cómo estas luces tiemblan al reflejarse

en los canales; cómo suenan los últimos toques de la campana de la

oracion mezclados con los cantares voluptuosos de los gondoleros y

las salmodias de los conventos; cómo se encuentran unísonas en el

cielo voces del espíritu con voces del Universo.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 9 / 19 段