Sí, aquel Cementerio es el testamento de la Edad Media. Creo ver en

sus muros la despedida última y el adios últimos de estos tiempos que

precedieron á los nuestros, como el cáos á la luz. La Edad Media, al

morir, en todas las literaturas reproduce la Danza de los muertos.

Ese tétrico poema no podia faltar en el Cementerio de Pisa y en el

cielo inmortal de sus pinturas del siglo décimocuarto y el siglo

décimoquinto. Orcagna, el grande Orcagna, lo ha pintado ahí. Miradlo,

y acordaos de los otros monumentos que acabais de ver, y encontraréis

toda la genealogía del arte. La tumba donde reposa la primera

Beatriz casi es la cuna del pensamiento nuevo. En ella ha estudiado

Nicolas de Pisa. En las obras de Nicolas de Pisa ha estudiado su

hijo Juan de Pisa, arquitecto y escultor del Cementerio. En las

obras de Juan ha estudiado Andres de Pisa, en las obras de Andres ha

estudiado Orcagna. En pos de Orcagna vendrá Guiberthi, que esculpirá

las puertas del baptisterio de Florencia, las puertas triunfales del

Renacimiento, llamadas por Miguel Ángel las puertas del Paraíso.

Y en esas puertas se detendrán los grandes artistas á estudiar

el dibujo. Y el arte será despues de esta larga y gloriosísima

creacion, y tendrá esta sublime genealogía: los mosaitas de Venecia,

los mosaitas de Pisa, Cimabue, Nicolas de Pisa, el Giotto, Juan de

Pisa, Orcagna, Guiberthi, Massacio, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel,

Rafael. Inmortal espíritu del hombre, nunca fuiste tan grande como

despues de haber encontrado nuevamente la forma humana, la hermosura

plástica, á costa de extraordinarios esfuerzos, tras ocho siglos de

maceracion, de ayuno, de penitencia. El fresco de Orcagna es el

fresco de la muerte. El dibujo es todavía incorrecto, los cuerpos

de las figuras todavía desproporcionados; la perspectiva todavía

está ausente; pero los rostros tienen expresion sublime, y un

alma que irradia pensamientos se asoma por los ojos é ilumina las

frentes. Á la izquierda una cabalgata de caballeros y señoras en

trajes de gala se detiene ante tres reyes; recien muerto é hinchado

el uno, descompuesto y comido por gusanos el otro, esqueleto ya

descarnado el tercero. No puede manifestarse bien el escalofrío que

da ver aquellos tres despojos de la muerte en medio de la turba de

caballeros vestidos ricamente con terciopelo y armiño, de las damas

con su lujoso tocado, de los perros y los halcones de caza, de todos

los signos de la vida entregada al combate y al placer. En el centro

los viejos, los enfermos, los moribundos, llaman á gritos la muerte

con versos que el pintor ha trazado para aumentar la expresion:

_¡O morte! medicina d’ogni pena_. Pero la muerte no los escucha;

se aparta de los que la desean para herir á los que la olvidan;

para entrar con su tajante guadaña en ameno bosque, á cuya sombra

reposan dos amantes, contemplándose extasiados y oyendo la guzla del

trovador que canta las delicias de la pasion, rodeados de flores y

de amorcillos. Allá, en una alta montaña, los penitentes ruegan

por todos; pero abajo, en enorme confusion, reyes, nobles, pajes,

obispos, espiran; y sus almas son, ya recogidas por los ángeles, ya

por los demonios de horrible rostro y alas de murciélago. Se nota que

concluyen las edades monásticas. Las almas escogidas principalmente

por los demonios son las almas de los frailes. Y junto á este fresco

se hallan, como contemplándolo, el Juicio Final y el Infierno.

Áun despues de haber visto la Capilla Sixtina conmueve la cólera

de Jesus, la tierna piedad de María intercesora, el dolor de los

réprobos, el éxtasis de los bienaventurados; Salomon, que al

salir de su tumba y sacudir el polvo secular de sus párpados, no

sabe si le tocan en suerte las alturas celestes ó los abismos

infernales; el genio vengador que arrastra por los cabellos hácia

las tinieblas eternas un fraile, el cual se habia escondido entre

los bienaventurados, y el genio misericordioso que lleva hácia la

bienaventuranza un jóven mundano, ya perdido entre los malditos;

la mujer que se retuerce los brazos de desesperacion á la boca de

la insondable eternidad, y el viejo que se arroja hácia Jesus para

recordar sus propias obras y pedir la divina gracia; el Ángel de la

Guarda en el centro del cuadro, triste, herido por un dolor infinito,

mirando con sus grandes y profundos ojos, llenos de una tempestad de

ideas, caer como una catarata de hiel en los infiernos, en los mares

de plomo derretido, las almas que habia querido vanamente proteger en

el mundo contra el vicio con sus alas, y que vanamente habia querido

salvar de la justa cólera divina con sus oraciones en la hora suprema

del juicio; terrible epopeya de horrores y desolacion, que parece,

en verdad, sobre aquellas tumbas, en aquel asilo de la muerte,

representado por aquellas figuras demacradas, rígidas, frias, el dia

último del Universo.

Y sin embargo, en las figuras de todos estos cuadros descúbrese que

los tiempos místicos han pasado y que los tiempos del Renacimiento

no han venido todavía. En ninguno de ellos, en ninguno de los

infinitos personajes pintados en esas paredes, hay ni el idealismo

de Fra Angellico ni el naturalismo de Buonarroti. La historia

humana es una lucha entre el pensamiento y la realidad. En esos

cuadros vemos que la idea se evapora, mas la naturaleza no viene

todavía. El espíritu místico se apaga, pero no le sustituye aquella

adoracion del organismo humano que hizo tan grandes pintores y

tan grandes escultores á los artistas del Renacimiento. Miguel

Ángel se alzaba sobre un cadáver con el apetito de la hiena, y lo

recogia y lo estudiaba hasta grabar en la mente cada uno de sus

huesos. El estudio del desnudo era su estudio preferente, como si

quisiese volver al hombre á la inocencia del Eden. Pero la anatomía

se hallaba prohibida en la Edad Media. Esos pobres artistas de los

siglos décimocuarto y décimoquinto no han podido estudiar nuestro

cuerpo. Sus figuras están encerradas dentro de sus vestidos como

dentro de un saco ó como dentro de un sudario. El hombre tiene

todavía demasiado presente su culpa y se asusta de su propio cuerpo,

de esa eterna sombra del pecado. Mas á pesar de hallarse en tal

desfallecimiento, descúbrese bien que aguarda una nueva idea. Las

figuras del Cementerio de Pisa son figuras de crepúsculo, seres que

se levantan inciertos en los límites de dos épocas. Despues de todo,

si miramos la historia humana, verémos así á todos los hombres; todos

condenados á enterrar la mitad de las ideas aprendidas y la mitad

de las caras aspiraciones de la existencia; todos arrastrados por

la corriente interminable de los hechos, sin saber adónde; todos

forzados al trabajo de la renovacion, sin saber por qué; todos

dejando las vestiduras del alma, la inocencia de la niñez, la pasion

de la juventud, la fe de la cuna, en las encrucijadas del camino;

todos cayendo rendidos de cansancio y de fatiga sobre un monton de

secas ilusiones, para que sus herederos los aparten con el pié,

los arrojen á un hoyo y continúen repitiendo los mismos hercúleos

trabajos sin fin, y representando la misma tragedia sin desenlace.

¿Creeis que la muerte es un desenlace? Yo no lo he creido nunca.

Entónces el Universo ha sido creado para la destruccion. Dios es un

niño que ha levantado los mundos, como un castillo de cartas, por el

placer de derribarlos. El vegetal se come la tierra, el buey y la

oveja al vegetal, nosotros al buey y á la oveja; seres invisibles,

que llamamos la muerte ó la nada, se nos comen á nosotros; en la

escala de la vida unas criaturas no sirven más que para roer á las

otras criaturas; y el Universo es un inmenso pólipo con un estómago

inmenso, ó si quereis una imágen más clásica, un catafalco sobre

el cual arde el sol con una antorcha funeraria, y está levantada,

como una estatua eterna, la fatalidad. Nacen unos pacientes porque

tienen mucha linfa, otros héroes porque tienen mucha sangre, otros

pensadores porque tienen mucha bílis, otros poetas porque tienen muy

agitados los nervios; pero todos mueren de sus propias cualidades,

y todos viven lo que duran sus entrañas, su corazon, su cerebro, su

espina dorsal, para recostarse definitivamente todos en la nada. Lo

que creemos virtudes ó vicios son tendencias del organismo; lo que

creemos fe, algunas gotas de sangre ménos en las venas ó algunas

cóleras más en el hígado, ó algunos átomos de fósforo en los huesos;

y lo que creemos inmortalidad, una ilusion; sólo hay de real, de

seguro, la muerte; y la historia humana es una procesion de sombras

que pasan como los murciélagos entre el dia y la noche, para caer

todas, unas tras otras, en ese abismo oscuro, vacío, insondable, que

se llama la nada, atmósfera única del Universo.

¡Oh! No, no. Yo no puedo creer esto. Las maldades humanas jamas

lograrán oscurecer en mi alma las verdades divinas. Yo, como distingo

el bien del mal, distingo la muerte de la inmortalidad. Yo creo en

Dios y en una vision de Dios sobre otro mundo mejor. Yo me dejo

aquí mi cuerpo, como una armadura que me fatiga, para continuar mi

infinita ascension á las altas cimas bañadas por la luz eterna. Es

verdad que hay muerte, pero tambien es verdad que hay alma; contra

la realidad, que me quiere envolver en su capa de plomo, tengo el

fuego del pensamiento; y contra el fatalismo, que quiere apresarme

en sus cadenas, tengo la potencia de la libertad. La historia es una

resurreccion. Los bárbaros habian enterrado las antiguas estatuas

griegas, y hélas ahí vivas en un Cementerio, engendrando generaciones

inmortales de artistas con besos de sus frios labios de mármol.

Italia estaba muerta como Julietta; cada generacion arrojaba una

paletada de tierra sobre su cadáver y ponia una flor sobre su corona

mortuoria, é Italia ha resucitado. Hoy los tiranos cantan el _Dies

iræ_ sobre los campos donde están separados los miembros de Polonia.

Pero ya veréis la humanidad venir, recoger los huesos que mondan

con sus acerados picos los buitres del Neva, y renacer Polonia como

una estatua de la fe, con la cruz en los brazos, sobre sus antiguos

altares. Yo he sentido siempre la inmortalidad en los cementerios. Yo

la siento más todavía en este Cementerio de Pisa, henchido de tanta

vida, poblado de tantos seres inmortales que destilan inspiracion,

y por consecuencia inmortalidad, como los troncos de las seculares

encinas, cuando los pueblan las abejas, destilan miel.

Insensiblemente la noche caia sobre nosotros. El sepulturero acabó su

trabajo y cesó en sus golpes. El guardian vino á rogarme que saliera.

Pero yo me dí traza para conseguir que me dejára allí una hora más

en el seno de la noche y de las sombras. Yo esperaba sumergirme en

la tristeza de la nada, anticiparme en aquel lugar de silencio el

descanso eterno por una contemplacion de la tierra mortuoria, donde

duermen olvidadas tantas generaciones. Allí me quedé apoyado en una

tumba, reposando la frente agobiada sobre el mármol de una ojiva, los

ojos fijos en el cuadro de la muerte y en los vestiglos del Juicio

Universal, iluminados por los últimos resplandores del crepúsculo,

aguardando las tristezas mayores que debia traerme la oscuridad de la

noche. Pero no; fresca brisa vino como á despertarme de mis sombríos

ensueños; las flores de Mayo levantaron sus corolas, ántes agobiadas

por el calor del dia; un aroma penetrante, embriagador, lleno de

vida se esparció por los aires; las luciérnagas voladoras comenzaron

á discurrir entre las sombras del claustro y las líneas de las

tumbas como estrellas errantes, miéntras la luna llena salia por el

horizonte nadando majestuosa en el éter, cubriendo con sus gasas la

frente de las estatuas funerarias; y un riseñor, oculto en el espeso

ramaje de los altos cipreses, entonaba su cancion de amor, como una

serenata á los muertos y una plegaria á los cielos.

VENECIA.

La noche avanzaba sobre nosotros en el momento en que atravesábamos

la campiña de Padua dirigiéndonos á Venecia. El cielo estaba nublado,

y á intervalos, entre los nubarrones, lucian algunos pedazos serenos,

de extraordinaria limpidez, en los cuales nadaban las primeras

estrellas de la tarde. Pero en el borde del horizonte, hácia la

extremidad Norte, del lado de las montañas, las nubes relampagueaban,

miéntras en el otro borde, hácia la extremidad Sur, del lado del mar,

franjas de púrpura formadas por los vapores del lago y los últimos

destellos del dia daban tinte cobrizo á los objetos, fantásticas

apariencias á la naturaleza, como si la region que íbamos á visitar

quisiese satisfacer todos nuestros deseos y premiar todos nuestros

amores por ella, revelándose entre los misterios del más sublime de

los crepúsculos. Sin embargo, mi impaciencia era infinita. Observaba

que la vegetacion se extinguia, que comenzaban canales desecados,

llenos de lodo, sobre cuyos bordes crecian tristemente algunas

plantas marinas; pero por más que sacaba de mi wagon la cabeza para

mirar al punto final de nuestra carrera, no veia ni la soñada laguna

ni la querida ciudad, como si huyeran á mi anhelo y se esquiváran á

mi deseo. Tengo tal idea de la fragilidad de esa hermosa Venecia,

combatida de contínuo por los vientos y las aguas, que temia pudiera

desaparecer ántes de serme permitido verla, y se encerrára en la

concha marina en que nació, como un milagro vivo de la historia

humana.

Siempre recordaré el dia en que por vez primera vi la Alhambra.

Corrí á buscarla, sin guía, sin ningun compañero, deseando un

coloquio á solas, como todos los coloquios de amor, con la maga

del Oriente perdida en nuestras montañas. Yo atravesé una puerta

que no recuerdo, porque apénas la advertí. Yo vi á la izquierda

una magnífica fuente del Renacimiento, que no respondia en nada

ni á mi deseo ni á mi idea. Yo me perdí en las soberbias alamedas

mecidas por el viento matinal, iluminadas por el espléndido sol de

Granada, que, deslizando á duras penas sus rayos entre el follaje,

formaba en el suelo como un arabesco de luz y de sombras. Yo vi

aquella magnífica puerta judiciaria, inclinada sobre una cuesta,

y en cuya arquitectura el árabe, sin perder su gracia, ha tomado

toda la solemnidad del gótico. Yo entré creyendo encontrar en pos de

aquella puerta el palacio. No estaba; sólo vi una plaza de armas y

un altar de la Edad Media ante el cual ardia una lámpara. En torno

mio se desplegaba larga fila de torreones; en medio de la gran plaza

un palacio del siglo décimosexto, bellísimo, pero en pugna con

todo cuanto yo soñaba; y á lo léjos, sobre una colina sembrada de

laureles, dibujaba sus miradores, semejantes á blancos minaretes, el

oriental Generalife. Yo buscaba la Alhambra, el palacio, la mágica

gruta de estalactitas empapada en los fuertes colores asiáticos,

donde se extinguieron, como odaliscas, en el placer, á fines del

siglo décimoquinto, los que vinieron como leones á la conquista á

principios del siglo octavo. Pero ninguna de las numerosas puertas

á que llamé era la puerta de la Alhambra. Temia que un genio, una

hechicera, de las que la magia de la Edad Media ha dejado en los

bosques, bien diferentes por cierto de las hermosísimas diosas con

que los pobló la clásica antigüedad, hubiera robado en aquella misma

noche la Alhambra, contínuamente amenazada de muerte, para burlarse

de mi anhelo. Nacemos y vivimos tan desgraciados, que nos parece

mentira el cumplimiento de un deseo, mentira la realizacion de una

esperanza, como si tristísima experiencia nos hubiera enseñado que

solamente es en el mundo verdad el dolor.

Así, en aquel momento, yo dudaba de la proximidad de Venecia, ó

temia que Venecia hubiera desaparecido para mí. Al fin nos paramos

en Mestres, á las puertas de la gran laguna veneciana. El aire nos

trasmitia el eco de sus campanas, que tocaban el _Angellus_, y que

nos recordaban la emocion sublime de Byron, cuando una tarde creyó

ver al conjuro de esos mismos ecos, por los bordes del horizonte,

deslizándose sobre las aguas, como las estrellas del cielo, á la

Madre del Verbo, calzada por la luna, y con la misteriosa blanca

paloma sobre su frente en aquella hora sublime de la oracion y del

amor. ¿Era verdad que iba á ver á Venecia? Cuántas veces, en las

largas horas de las noches de invierno, para pasar la uniforme velada

de los pueblos, mi madre, que amaba mucho las letras, me habia

contado misteriosas historias venecianas á la usanza de principios

de siglo: la decapitacion de Marino Faliero, el destierro del jóven

Foscari, el heroísmo inmortal de Dandolo, la salvaje pasion de Otelo,

el esplendor de sus banquetes inmortalizados por Pablo Veronés, los

desposorios del Dux con las aguas de los mares en la góndola recamada

de brocados y movida por remos de oro, la tristeza infinita del

último de sus magistrados, cuando se desmayó al firmar el protocolo

que entregaba su patria al austriaco, por un criminal error de

Napoleon; todas estas sencillas narraciones, medio históricas, medio

legendarias, en que siempre se dibujaban algunos espías ó algunos

calabozos para inspirar el terror trágico; algunas sesiones del

Consejo de los Diez para sostener el interes dramático; y alguna

enseñanza moral para fortificar estas dos ideas á cuyo culto no

renunciaré nunca: la libertad y la patria.

Despues, levantándome por una de esas transiciones tan naturales á

otros recuerdos, veia en mi mente la Venecia histórica; aquellos

nobles hijos de la antigua civilizacion, sacerdotes de sus últimos

lares, cortejo fúnebre de sus últimos dias, que vencieron á

la fatalidad, salvándose, en las inhabitables lagunas, de las

irrupciones de Atila y sus feroces hunnos, para conservar en una

ciudad misteriosa, única, anclada como hermosa nave á las puertas

de Grecia, sus libertades clásicas, que los llevaron á luchar con

las olas cuando la sociedad se perdia en los claustros; á extender

el trabajo y el comercio como una redencion cuando en los terrores

del siglo décimo los brazos más fuertes caian desmayados aguardando

el fin del mundo como una necesidad y el juicio universal como un

castigo; y por último, á reunir y atesorar en sus muelles, en sus

canales; en sus palacios cincelados por todos los prodigios de la

escultura; en sus monumentos públicos, singulares por la majestad y

por la belleza, decorados por una fiesta contínua de colores y de

matices; en sus trofeos de mármoles y bronces, los restos de tres

civilizaciones perdidas en una serie de infinitos naufragios; siendo

así Venecia asiática y griega, romana y bizantina, nunca germánica,

la síntesis de tres edades mayores de la historia, la piedra preciosa

del anillo nupcial con que se desposaron el Oriente, el mundo de

los misterios, y Europa, la tierra de la nueva vida, de la nueva

civilizacion.

Y como no es posible renunciar ni á la nacion ni á la raza á que

pertenecemos, yo, español, sentia en aquel momento agolparse á mi

memoria los recuerdos históricos de los servicios prestados á la

civilizacion por Venecia y España, unidas en memorable cruzada

marítima. Un dia la media luna llegó hasta Constantinopla. Los

bizantinos, los griegos, cayeron unos en pos de otros bajo la

cimitarra de los turcos, cuyo filo brillaba siniestramente sobre

Venecia. Las islas iban á ser cautivas; sus hijos, remeros en las

galeras del turco; el Mediterráneo, el mar de la civilizacion, un

lago de los serrallos orientales. Pero las naves de Barcelona, de

Valencia, de Cádiz, de las ciudades españolas, se unieron con las

naves de Génova y de Venecia, y marcharon á detener el turco, y

consiguieron aquella insigne victoria de Lepanto, en que las olas

se ensangrentaron hasta enrojecerse, é hirvieron bajo el fuego de

los cañones; pero en que el fatalismo retrocedió en su carrera

devastadora ante la fuerza y la civilizacion de Occidente.

Pero sobre todo, iba á ver la ciudad, por la cual hemos tenido tantos

dolores, tantas tristezas en su largo cautiverio de este siglo.

¡Cuántas veces se nos ha aparecido en sueños, rodeada de sus islas,

como Niobe de sus hijas heridas, maldiciendo á los hombres que no

la socorrian, y desesperando de la justicia de Dios que toleraba su

opresion! ¡Cuántas veces hemos creido oir en los misteriosos ecos

con que la resonancia de las playas repite el rumor de las olas del

Mediterráneo, un largo lamento de Venecia! ¡Cuántas hemos creido

que era posible verla en su dolor un dia arrojarse, como Ofelia, á

sus lagunas, y desaparecer entre las aguas con su doble corona de

mármol y de algas en la frente, y su melancólico último cántico en

los labios! Venecia era para nosotros una Ciudad-Cristo suspendida á

su infame suplicio por los cuatro grandes clavos del Cuadrilátero.

Venecia habia perdido aquellas coronas de perlas, aquellas

túnicas de terciopelo, aquellas naves de oro, aquellos leones de

bronce con ojos de diamante, aquellos cocodrilos de esmeraldas y

rubíes, aquellas infinitas preseas con que la ornaron los genios

privilegiados de sus pintores, y sólo mostraba sus fragmentos

ruinosos de mármol ennegrecido por la lluvia de sus lágrimas, como

un mendigo enseña sus huesos cubiertos de rugosa piel á traves de

los harapos. La historia de este martirio, el lamento de su pasada

servidumbre, las infinitas elegías lloradas por tantos poetas,

por tantos oradores ilustres sobre el calabozo de Venecia; todos

estos recuerdos se entrechocaban en mi mente, aumentando la emocion

producida en mi alma á la vista de aquellos misteriosos parajes

ilustrados por el heroísmo y por el genio.

Miéntras rodaban todas estas ideas por mi cabeza, penetraba el tren

en la laguna de San Márcos. El cielo, como he dicho, de un lado

claro, brillantísimo; de otro, oscuro, si bien relampagueante;

á intervalos cubierto de nubes ú ornado de estrellas, tenía un

aspecto de tal manera singular, que no me cansaba de contemplarlo,

pidiéndole su luz para embeberme en aquel espectáculo, objeto de

tantos deseos, asunto de tantos ensueños. La inmensa laguna que

áun conservaba algo en su tranquila superficie de la claridad del

dia, brillaba en toda la extension del vastísimo horizonte como

un inmenso espejo atravesado por fajas, ya de ópalos allí donde se

reflejaban las estrellas, ó ya de amatistas allí donde se reflejaban

las nubes, encendiéndose de vez en cuando por siniestro modo al

latigazo del relámpago. La humareda de la locomotora, el aliento de

los lagos, las nubes sobre nuestras cabezas, las aguas bajo nuestros

piés y en toda la inmensa extension descubierta por la vista, nos

hacian creer que nos hallábamos fuera de la tierra, ó cruzando en el

lomo de algun monstruo regiones ignotas de la atmósfera. Entre los

dudosos resplandores, entre las inciertas sombras, como dibujados

fantásticamente en oscuro espejismo, descubríanse los edificios de

Venecia, aquí y allá iluminados por pálidas luces. Si no hubiera

sabido que era Venecia, creyéralos, al verlos surgir como por encanto

de las aguas, sostenerse entre la superficie líquida y el flúido del

aire sin tocar visiblemente por ningun lado á la tierra, una ciudad

flotante, una nómada caravana marítima, presidida por algun dios

de las olas, y por aquel momento refugiada en el tranquilo seno de

la celeste laguna adriática. ¡Qué armonía de colores á pesar de la

noche! Ya tiemblan las estrellas en la ligera ondulacion; ya las

plantas marinas dan algunos toque sombríos; ya un faro finge en su

reflejo serpientes de topacios; ya el remo de una barca despide

gotas de luz, produce como llamaradas de fósforo, deja estelas

blanquísimas semejantes á la Vía Láctea; ya de un lado las sombras

de los edificios, espesando la oscuridad, extienden festones de

azabache, miéntras de otro lado alguna nube, perdida por el ocaso y

que áun absorbe, como una esponja aérea, los últimos matices del sol

ausente, los destila sobre raros puntos como una llovizna de púrpura,

todo realzado por las gasas misteriosas y por los espléndidos

reflejos que los vapores del aire y los cambiantes del lago dan por

doquier á este mundo casi ideal de no soñados encantos.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 8 / 19 段