estrechas puertas; un ataud de mármol para todo un pueblo. Los
faraones de Egipto, los césares de Roma, los sátrapas de Oriente,
han levantado pirámides, fortalezas, montañas, para enterrarse,
para ocultar los gusanos que roian su púrpura y sus huesos; pero
ninguno de esos monumentos soberbios, donde los déspotas perpetúan
en la muerte el soberbio aislamiento de su vida, puede compararse
en gracia y en hermosura con este cementerio de ciudadanos que se
abrazan y se confunden allá en la eternidad, y cuyos huesos frios y
mondados por la afilada guadaña, irradian el mismo calor, el mismo
entusiasmo, que en vida irradiaban sus libres corazones. El exterior
es sencillísimo. Parece un ataud inmenso tallado en una sola piedra.
Las perspectivas de la muerte dan extraordinaria solemnidad á todos
los objetos de la vida. Siempre que el hombre ha querido expresar la
muerte, ha expresado la inmortalidad. En vano ha pintado su último
trance como el dolor de los dolores; en vano su último asilo como la
sombra de las sombras; allá, en el fondo del sepulcro vacío, en el
seno del abismo insondable, se extiende siempre la luz misteriosa
de una nueva vida. Sabemos todos que el hombre, este resúmen de la
Creacion, este mineral sujeto á las leyes de la gravedad y á los
límites de la extension; este vegetal que necesita del aire y del
agua y de la luz; este animal que nace y se nutre á la manera de los
demas mamíferos; este microcosmo, cuya cabeza esférica reproduce la
esfera de los cielos, y cuyos ojos centellantes reflejan la luz de
las estrellas; este ángel que se levanta más allá de los tiempos y de
los espacios á contemplar en su pureza las ideas arquetípicas, de las
cuales son sombras las cosas; el gran músico de los mundos, el gran
sacerdote y el gran poeta entre todos los seres; el que saca de los
hechos particulares las leyes universales, y de la tosca materia la
esencia impalpable del espíritu; el que anota en su mente el cántico
universal de las esferas; el que logra dar con su pensamiento como
la conciencia de sí misma á la naturaleza, no podria enterrarse todo
entero bajo unas cuantas paletadas de arcilla, sin soterrar consigo
al mismo tiempo toda la creacion.
Y sin embargo, no hay monumento que exprese la nada como este
paralelógramo, irregular á la manera del eterno contrasentido de
la muerte. Todos llevamos un oscuro abismo bajo nuestras plantas,
que absorbe, como el desierto las gotas de la lluvia, los instantes
de nuestra vida. Todos habitamos un cementerio. Esa desnudez del
exterior del Campo Santo, esa monotonía, esa uniformidad, son la
desnudez, la monotonía, la uniformidad de la muerte. Cuando la puerta
se abre, creeis que se abre la puerta de la eternidad. El frio de
aquellas bóvedas como que os petrifica; el silencio de aquel lugar
como que os priva del habla. Yo estaba enteramente solo como un
muerto abandonado á su ataud. Yo, errante, sin patria, sin hogar, me
preguntaba si aquel viaje no era el símbolo de mi último viaje; si
aquella entrada de un momento en el Cementerio no era la pintura
anticipada del dia en que los hombres tendrán á bien recogerme y
lanzarme á un hoyo para que no envenene con mis pútridos miasmas
el aire que ellos respiren. El sepulturero, de pié á la puerta, me
invitaba á entrar. Las ideas más tristes batallaban en mi cerebro, y
se dejaban caer como gotas corrosivas sobre mi corazon. El ruido de
un azadon que cavaba las huecas sepulturas, y el ruido de las llaves
que el sepulturero agitaba, se mezclaron siniestramente en mi oido.
Pero entré, entré pensando que la muerte es tan natural como la vida,
que el ataud es la cuna de la eternidad. Y la gran puerta se cerró á
mis espaldas.
Si, como yo creo y como yo espero, al pasar de la vida á la muerte
pasamos de este á otro mundo mejor, dificulto mucho que pueda
ofrecerme tanta novedad el brusco cambio como el interior del
Cementerio de Pisa. Yo contemplaba extasiado las altas bóvedas
cubiertas de maderas preciosas; los largos muros realzados por todas
las combinaciones posibles del color; las ventanas ojivales de una
desmesurada altura, con sus ligeras columnillas y los elegantes
rosetones del remate; los cipreses, los rosales, la hiedra, la
madreselva, que á traves de las ojivas mecian blandamente en el
patio central sus ramajes poblados de vida y de poéticos rumores;
los toscos sepulcros de los tiempos monásticos guarecidos por la
cruz, junto á los bellos sepulcros de los tiempos clásicos poblados
de ninfas y de faunos; el vaso báquico de mármol de Páros, donde
brillan los sacerdotes de la embriaguez de la vida, al lado de la
Madre Dolorosa con su Hijo entre los brazos, embriagándose con las
lágrimas de la agonía y con la contemplacion de la muerte; los
trofeos de las cruzadas unidos á los ex-votos de los romanos; los
frisos de los templos de la gran Grecia mezclados con los arquitrabes
de los altares del siglo décimo; los bustos de los tribunos de Roma,
como Bruto bajo las blancas alas de los ángeles de mármol nacidos
del cincel cristiano; las estatuas yacentes que se extienden sobre
las losas como rindiéndose al eterno sueño, y las estatuas erguidas
que sobre su pedestal de huesos humanos se lanzan, coronadas por una
idea, como á entrar vencedoras en la inmortalidad; las vírgenes,
los santos, los patriarcas, los doctores, los serafines, los
querubines, los coros de bienaventurados, los demonios, los gnomos,
los vestiglos, nadando en la atmósfera multicolor de los gigantescos
frescos que cubren todas las paredes; cáos indescifrable en aquellas
cuatro galerías góticas; cáos sobre el cual se deslizaba en aquel
momento el sonido de la campana, que parecia la trompeta del ángel
y el ruido del azadon, que parecia la respuesta de los muertos,
abriendo al llamamiento sus tumbas; cáos donde todos los siglos,
todas las civilizaciones, todas las artes se hallan en desórden sobre
los fragmentos de un mundo en ruinas; imágen del Valle de Josafat á
la hora suprema del Juicio Universal.
Y sin embargo, nada más regular que aquel cáos en cuanto volveis de
vuestra primera sensacion. Cuatro muros, cuatro galerías, cuatro
series de ventanas ojivales; un patio en el centro; al frente de la
puerta principal una capilla, y al medio de la pequeña galería de
la derecha una iglesia; en la tierra del gran patio, la vegetacion
que brota hojas y flores con prodigiosa fecundidad; á los extremos
cuatro grandes, copudos y verdinegros cipreses, que parecen alzarse
allí para elevar al cielo las oraciones de sus hermanas, las plantas
agradecidas, á la Providencia por el nutritivo alimento que les
procuran los muertos. Hay pocos edificios góticos en Italia, muy
pocos. Esta arquitectura de la Edad Media no ha podido desarraigar
el eterno paganismo encerrado en la tierra de las artes. Parece que
cuando los arquitectos se proponian levantar la católica ojiva,
que concluye en punta, como el Universo en la unidad de Dios, las
diosas gemian desde el fondo de los arroyos ó desde la corteza de
los árboles para obligarles á continuar las antiguas columnas
coronadas de guirnalda, como sus sienes inmortales. Parece que esta
arquitectura gótica es la arquitectura del pensamiento y no la
arquitectura de la imaginacion; es el espíritu interior más que el
genio plástico. Por consiguiente, no puede ser la arquitectura de
Italia. El Cementerio de Pisa es gótico. Pero ¡cómo se han hermanado
todas las artes en su seno! Importábales poco á los italianos que
un sepulcro representase las fábulas paganas combatidas por el
cristianismo. Con tal que fuese hermoso, lo ponian en su Cementerio
y lo llenaban de huesos cristianos. La madre de la condesa Matilde,
de esta mujer católica por excelencia, de esta amiga de los Papas,
de esta heroína ortodoxa, descansa en su sarcófago, donde se halla
esculpida Fedra. Diana besa la frente de Endimion dormido en uno
de los mármoles del Cementerio. Los bustos paganos se elevan junto
á las imágenes de los santos. Las lámparas que la religion atiza
iluminan el rostro de Bruto. Junto al sarcófago donde el caballero
de la Edad Media pliega sus manos y dobla sus rodillas, se elevan
Augusto, Agripa, el fundador de aquel Panteon donde se refugiaron por
última vez los antiguos dioses. Una bacante duerme el sueño de la
embriaguez con la copa vacía al lado, bajo el fresco que representa
las maceraciones del cenobita, junto al sepulcro en que pende la
corona de rosas blancas consagradas á la inocencia y en que abre
sus alas, como para ocultar un nido, el Ángel de la Guarda. El Buen
Pastor, encerrado en las catacumbas de los mártires y esculpido
sobre un sepulcro que los primeros cristianos han regado con sus
lágrimas, conduce sus ovejas al redil de la Iglesia; y á pocos pasos
hay bajo-relieve cuyos tritones fueron del cortejo de Neptuno en
las profundidades del Océano, cuando la naturaleza no habia sido
despojada de sus dioses. Meleagro caza no léjos del altar donde
Enrique VII ora. Sobre un chapitel María, llena de misticismo, y
casi á sus piés las figuras etruscas empapadas en la realidad de
la vida. El escultor Della Robia tiene allí una madonna en tierra
cocida que se asemeja á las vírgenes bizantinas; y sobre una columna
en piedra de Egipto brilla á su lado una cabeza de Aquíles. Andrea
de Pisa ha esculpido los Evangelistas y los Profetas con toda la
rigidez católica, en medio de las bacanales, por otros bajo-relieves
representadas, con toda la voluptuosidad griega. Aquí un emperador
de Alemania sentado en su silla sagrada; allá un hipogrifo árabe;
acullá una Vénus simbolizando el amor en los dominios de la muerte.
¡Oh! Estos hombres sabian por intuicion artística, sobrenatural, que
todas las generaciones, todas las edades se reconcilian en el seno
de la muerte. Estos hombres sabian que los combatientes caidos á
la luz del sol, odiándose y maldiciéndose bajo banderas enemigas en
los campos de batalla, se unen allá en las regiones de las sombras.
Estos hombres sabian que pueden los míseros humanos expulsarse de
la vida, pero no pueden expulsarse de la muerte. Aunque aniquileis
á un enemigo, aunque le quemeis dando al viento las cenizas, ¡oh!
sus átomos están ahí en el laboratorio de la vida universal, en
el inmenso seno de la naturaleza; y tal vez mañana los absorberán
vuestros hijos y los llevarán sobre su corazon. Mas los odios de
los hombres son tales que no quieren ni la paz de la muerte. Y
sin embargo, contemplando el Cementerio de Pisa, yo pensaba, ante
aquellos muertos de todas las generaciones y aquellos monumentos
de todas las edades, que así como tenemos en nuestro cuerpo breves
partículas de todos los seres, y en nuestra conciencia ideas de
todas las generaciones, tenemos en nuestra vida parte de todos los
siglos; y que nada hay tan estúpido y antihumano como separarnos
de los demas hombres por sus creencias, cuando hijos de todos los
tiempos, individuos de toda la humanidad, por esos altares que nos
parecen más llenos de supersticiones, por el dólmen celta, por el ara
de los dioses lares, por las pirámides egipcias, por las esfinges
babilónicas, ha pasado el espíritu de la humanidad ántes de llegar
á su presente plenitud, como pasan los grandes rios por lechos de
hielo, y de piedra, y de fango, ántes de espaciarse en la inmensidad
del Océano.
Éste es el verdadero Cementerio de un pueblo, éste es el verdadero
panteon de la Edad Media. En aquellos dias interesaba más la muerte
que la vida. El Campo Santo era la ciudad eterna; el infierno y
el purgatorio la epopeya; el jubileo la grande asociacion de las
razas, y la cruzada la grande guerra. La Edad Media gravita entera
al rededor de un sepulcro. Los más fuertes ó los más ricos entre los
pisanos han tallado su barca, han tejido su vela, y se han marchado
por los mares de Oriente á Constantinopla y á Siria, para desde
allí partirse á Jerusalen; y despues de mil combates, despues de
peligrosísimas correrías, cargados con el peso de la enorme armadura
y la cruz al pecho, descubrir entre los espejismos del desierto,
bajo el cielo reverberante, sobre colinas caldeadas, envuelto en las
ráfagas de un viento que parece como voraz incendio, el sepulcro de
Cristo; y morir á su lado, y envolverse eternamente en la tierra
santificada por las lágrimas del Huerto y por la sangre del Calvario.
Los ciudadanos que se quedaban en las riberas de Italia querian
tambien participar de este bien, dormir en el seno de la tierra
prometida, mezclar sus cenizas con las cenizas de los profetas. Y la
igualdad republicana no podia consentir privilegios en la muerte. El
gran comercio de la ciudad cumplió el deseo de los ciudadanos. Las
escuadras vinieron hasta el puerto cargadas de tierra de Jerusalen.
En esta tierra se envuelven todavía los huesos de los pisanos. Esta
tierra era voracísima. En veinticuatro horas consumia los restos
confiados á su seno como si fuera una tierra de fuego. La mayor parte
de las sales que obraban este prodigio se han evaporado en alas de
los siglos; pero áun consume, segun el erudito Valery, en cuarenta
y ocho horas un cadáver. Yo la contemplaba extasiado. Un manto de
aterciopelada verdura, sobre el cual parecia haber caido una lluvia
de rosas, la ornaba; la zarzamora extendia sus espinosas ramas por
todas partes; y nubes de mariposas blancas y puras fingian á mis
ojos las almas de los niños, bañándose en aquellos aromas y bebiendo
el dulce jugo de aquellas plantas que extendian los festones y las
guirnaldas de la vida sobre la morada de los muertos. ¡Tierra, tierra
santísima de Jerusalen, que mis piés huellan, tú has brotado la idea
de Dios y la has tenido guardada largo tiempo en tu seno, para que
la edad moderna reposára á su sombra; tú has recogido los huesos de
aquellos profetas que encendieron la fe en la conciencia humana; de
tu barro se halla amasada la cuna inmortal de nuestra civilizacion;
y aquel Mártir divino que se sacrificó en tus montañas por salvar al
mundo de la servidumbre y del yugo infame del destino, te ha hecho
tan fecunda y tan sagrada como las semillas del martirio! Tierra
de Jerusalen; filósofo ó cristiano, judío ó católico, hombre de lo
pasado ú hombre de lo por venir, cualquiera que te huelle, ha de
sentirse profundamente conmovido, porque tú entras, tierra inmortal,
por grandes cantidades, en la levadura de nuestra vida.
Pero salgamos del patio y vamos á ver la galería de nuevo,
contemplando, no las tumbas, las pinturas. Los italianos son
esencialmente artistas, y no comprenden que un arte pueda vivir
solitario y aislado. Emplean para sus monumentos la escultura, la
pintura; los llenan de versos y de inscripciones para que tengan
pensamiento, y luégo de música para que tengan voz. El Cementerio de
Pisa ha sido fabricado en el siglo décimotercio, no lo olvidemos.
Para comprenderlo bien, precisa comprender el siglo de su nacimiento,
porque la arquitectura no pierde nunca, y ménos en los monumentos
religiosos, su carácter simbólico.
El siglo décimotercio comienza siendo el siglo del catolicismo y
concluye siendo el siglo de la herejía. El espíritu humano se exalta
con la fe en los comienzos y abraza la razon en las postrimerías
de este siglo. Lo abre Inocencio III, que mira la conciencia humana
extendida á sus plantas, Europa postrada de hinojos en sus altares;
y lo cierra Bonifacio VIII, que siente sobre su mejilla el bofeton
de los laicos, y muere de rabia en su impotencia. Lo abre Fernando
III en Castilla, que merece ser contado en el número de los santos;
y lo cierra Alfonso X, que merece ser contado en el número de
los filósofos. Pedro II de Aragon nace bajo la advocacion de la
Iglesia, crece en su seno, vive para dar la batalla de las Navas
contra los infieles, y muere en la batalla de Muret por los herejes.
Y estos cambios bruscos son una ley general del siglo. Jaime I
de Aragon en la primera mitad del siglo recaba tierras y tierras
para la Iglesia, y Pedro II arranca feudos al Papa. Los santos que
dirigian las cruzadas y sus ejércitos obran luégo milagros ante
los muros de Gerona contra los soldados del Papa. Las guerras por
el sepulcro de Cristo se suspenden. La ciencia árabe domina á las
ciencias teológicas. La duda se desliza en la razon, la ironía en la
literatura, el sentimiento de la naturaleza en el arte. La conciencia
humana ha pasado del período de la fe al período de la razon.
¿Comprendeis ahora por qué el Cementerio de Pisa ha sido tan
tolerante? En cuanto se miran sus galerías y sus pinturas, se ven
como dos hemisferios del tiempo. Los arcos han sido animados por una
idea; los muros por otra. Allí está el gótico, y aquí el anuncio
lejano del Renacimiento. No podrá nunca escribirse la historia de
las artes sin saludar como uno de los sitios de su nacimiento este
Cementerio. No se podrá entrar en el Cementerio sin evocar las edades
en que se construyó. Y no se podrán evocar estas edades sin traer á
la memoria el nombre de Nicolas de Pisa. Nacido en el seno de los
tiempos místicos, muere en el seno de los nuevos tiempos. Entre su
cuna y su sepultura hay dos mundos. El espíritu humano ha cambiado de
fase miéntras ha vivido ese hombre, que contó setenta y un años. Pero
él ha sentido ese cambio, él ha anunciado el ocaso del misticismo.
Sus padres, sus maestros, le han hecho arrodillarse, plegar las manos
ante las estatuas bizantinas, encorvadas bajo los terrores del Juicio
Universal; y él, más tarde, ha ido á postrarse ante las figuras
griegas, radiantes de hermosura, erguidas como aquella civilizacion
esencialmente humana, amamantadas á los fecundos pechos de la
Libertad. Nicolas nació el año siete del siglo décimotercio, y murió
el año setenta y ocho. Si yo quisiera expresar en un solo símbolo
esta edad, escogeria una de sus figuras, y veríase en ella que el
pensamiento místico áun corre por sus frentes, pero que las formas
griegas se extienden por su cuerpo como una nueva planta brotando en
tierra empapada por rocío reciente. Juan de Pisa, el arquitecto del
Cementerio, escultor tambien, mira con los ojos de Nicolas de Pisa.
Comparad las obras de estos dos genios con los gigantescos mosaicos y
con las extrañas pinturas que á dos pasos se encuentran, en el seno
de la Catedral, obras traidas de Bizancio, ó hechas por bizantinos
artistas. Las vírgenes, los santos, los ángeles de Bizancio tienen
una expresion de terror sublime, pero tambien la frialdad, la rigidez
de la muerte; las vírgenes, los santos, las estatuas de Nicolas y de
Juan de Pisa ya aspiran á la serenidad y á la perfeccion griegas. Es
el mundo de la naturaleza, que se abre al soplo del nuevo espíritu.
Es la belleza humana, que deja el sudario de la belleza monástica en
el fondo oscuro de los claustros. Esas piedras son trofeos de las
batallas del espíritu, ó mejor dicho, trofeos de sus victorias.
Miéntras Nicolas y Juan modelaban las piedras para tallar estatuas,
para construir cementerios, un pastorcillo, guardador de escaso
ganado, dibujaba en el barro, en el polvo ó en la arena, extrañas
figuras. Este pastor toscano debia ser el padre de la pintura, debia
ser el Giotto. Su gloria llena todo el siglo décimocuarto. Este
hombre extraordinario es, respecto á la pintura, lo que Nicolas de
Pisa respecto á la escultura. En su genio estaban ya los primeros
delineamientos del genio de Rafael. Son los brazos de sus santos áun
rígidos, los cuerpos angulosos y puntiagudos, los piés deformes, como
si no pudieran todavía fijarse en la tierra; pero las cabezas están
llenas de benevolencia, las caras llenas de gracia, de esa gracia
á que jamas llegaron los artistas bizantinos en su desesperacion;
de esa gracia hija de la serenidad del espíritu y hermana gemela de
la esperanza. Vese allí que si los cuerpos dibujados por el Giotto
pertenecen aún á la tierra de su tiempo, las cabezas tocan ya en
el cielo de los tiempos nuevos. Aquellos rostros están acariciados
por la brisa matinal, inundados por la luz de la aurora. El artista
se ha sumergido en el seno de la naturaleza, encontrando en ella
la inspiracion inmortal. Su pincel es una nueva eflorescencia del
espíritu humano. Mirad en ese muro de la izquierda su Job. Se está
borrando como el recuerdo de aquellos dias; se está deshaciendo como
la fe que lo animó: descúbrese á traves de una niebla, lejano, muy
lejano, herido por la humedad y el viento marítimo, que lo arrancan
á pedazos de la pared, afeada, manchada por las restauraciones
posteriores; podeis verlo á la manera que se ven figuras fantásticas,
en las nubes recamadas por el sol del ocaso; todavía podeis verlo
como un penitente que se queja de Dios, sin atreverse á maldecirlo,
rodeado de sus amigos infieles, entre el diablo, terrorífico,
dantesco, y el ángel de la derecha, dulce y bello, nadando ya en
luminosos horizontes. No sé por qué, mas aquel fresco desgastado me
pareció el símbolo que, sin pensarlo y sin quererlo, habia trazado
el Giotto ó cualquier otro contemporáneo suyo del estado crítico y
extraordinario en que se encontraba su siglo, entre el demonio del
feudalismo, que pugnaba por vivir, y el ángel del Renacimiento, que
salia entónces de su larva.
No sé por qué este Cementerio me parece por todas partes el
Cementerio de la Edad Media. Un discípulo de Fra Angellico, de aquel
místico en cuya retina se pintaban los ángeles y los querubines,
de cuyas manos jamas una Vírgen ni un Cristo salió sino entre
oraciones y lágrimas; un discípulo de ese fraile sublime, que
pintaba de rodillas, ha dejado una graciosa figura en los inmensos
frescos arrojados por su mano sobre casi toda la galería occidental
del Cementerio; una figura que sólo podria nacer en tiempos más
sensuales, y que representa la curiosidad infinita por los secretos
de la naturaleza. Noé está desnudo y embriagado en el suelo. Una
muchacha se cubre el rostro con las manos; pero á traves de los
dedos entreabiertos se goza en contemplar la desnudez. Fra Angellico
hubiera maldecido á su discípulo Gozzolli. Pero ésa es la nueva edad,
la edad del renacimiento de la naturaleza, maldecida hasta entónces;
la edad del despertar de los sentidos, hasta entónces embotados;
la edad en que el fauno va á hollar de nuevo con su pié hendido
los campos, y á coronarse de nuevo con guirnaldas de hiedra los
cuernos; la edad en que las ninfas van á entregarse desnudas sobre
un lecho de rosas á toda la orgiástica alegría de vivir; la edad en
que los arroyos van á entonar un himno de nuevas églogas; y entre el
delirio priapesco de todos los goces y el despertamiento de todas
las antiguas divinidades, va á salir un nuevo Prometeo, pero sin
cadenas, que con su mano rasgue los mares y descubra un nuevo mundo,
con su pié impulse la tierra y la obligue á rodar por los espacios
infinitos, y coja las estrellas con su telescopio, como el cazador
las aves con su trampa, y las fuerce á dejarse pesar en su mano, y á
murmurar en su oido los secretos del cielo.