como el calendario del espíritu; en cien años varían las ideas
radicalmente, cambian de esencia y de aspecto las sociedades. En cien
años se renuevan los átomos de un pueblo con la renovacion de las
generaciones. Cada siglo es una grande personalidad cincelada por los
siglos anteriores. La espada es muchas veces un cincel que obedece á
una conciencia, á un espíritu desconocido. Todos los siglos tienen
una fisonomía y una idea. Pero el siglo que llena Miguel Ángel con su
larga vida es el más contradictorio de todos los siglos. Si á cada
minuto amaneciera y anocheciera, acaso tendríamos en la naturaleza
una imágen del tiempo de Miguel Ángel, es decir, del tiempo en que
acaba la Edad Media y empieza la Edad Moderna.
Cae Constantinopla, pero la hereda Venecia engrandecida y en todo
su apogeo, nave empavesada que arroja un cable en el Adriático
para tener unida Europa al Oriente. Renacen los antiguos dioses,
revelando en sus cuerpos de mármol todos los secretos del arte, y
arden las obras de los artistas en hogueras atizadas por un pueblo
de monjes sobre la plaza de Florencia. El Perugino conserva todavía
los penitentes macerados en los claustros, y el Hércules Farnesio
se eleva en el suelo romano para mostrar toda la pujanza de la vida
antigua. Escribe su sensual obra Ariosto, en que los héroes danzan
como en brillante carnaval, y sueñan los platónicos de Florencia
con las ideas puras, con las esencias misteriosas, con el cielo
oculto tras del sepulcro, y el Dios oculto tras del mundo. Invoca
Savonarola, ese Francisco de Asís de la política, los santos y los
ángeles; recomienda el ayuno y la penitencia, restaura la imitacion
de Jesucristo; é invoca Maquiavelo el demonio, llama á los traidores,
recomienda el dolo, el crímen, el asesinato, restaura la imitacion
de los césares. Toma el pueblo florentino por jefe al Crucificado,
miéntras el pueblo romano toma á César Borgia, hermoso como el vicio,
pero infame, traidor, manchado con la sangre de su hermano y de su
cuñado, que salta á su frente y á la frente del Papa, perdido en
neronianas cenas, reproduciendo los delitos eróticos de Heliogábalo
unidos á las matanzas y á los envenenamientos de Tiberio. Parece que
los partidos se van como sombras, y vienen los franceses por el Norte
á sostener á los güelfos, y los españoles por el Mediodía á sostener
á los gibelinos. Parece que el poder político de los papas y el poder
político de los emperadores se acaba, y el Pontificado renace más
fuerte con Julio II, y el Imperio renace más brillante con Cárlos V.
Vuelve á restaurarse la autoridad espiritual de la Edad Media por
las artes y los artistas, que sostienen sobre sus alas el Vaticano,
convertido por Leon X en Olimpo, cuando se oye la voz de Lutero, que
hiela súbitamente la sangre en las venas de Roma. Por todas partes
se sublevan los plebeyos para salvar las repúblicas ó renovarlas, y
por todas partes se restauran las monarquías. Las artes que Miguel
Ángel queria unir á la libertad son el anillo funesto, el brillante
talisman con que los tiranos adormecen á los pueblos. Los patriotas
buscan un Bruto, y encuentran apénas un Lorencino.
Por eso Miguel Ángel no ha querido concluir su busto del defensor de
la república romana en la indigna Florencia, entregada á los Médicis.
Es aquella edad el Filipos de los municipios que van cayendo en el
polvo con su propio puñal en el pecho. La desgracia de Queronea se
repite cien veces, y mueren cien Aténas sobre la tierra italiana
empapada de sangre. Ancona entrega sus fortalezas para que la
liberten de las amenazas de los turcos, y cae bajo la tiranía de los
frailes. Los papas se convierten todos en gibelinos, desmintiendo su
historia. La España, que ha arrojado á los judíos y á los moriscos
por servir á Roma, saquea á Roma. Las siete mil revoluciones que ha
habido en Italia desde el siglo décimo al décimosexto; los catorce
millones de cadáveres caidos en los campos de batalla, producen el
cáos.—¿Comprendeis ahora por qué el Moisés de Miguel Ángel mira su
tiempo con tanto desden?—¿Comprendeis por qué en la Sixtina se queja
con tan desgarradores lamentos su colosal Jeremías?
La catástrofe de las catástrofes se aproximaba despues que Miguel
Ángel habia concluido la bóveda de la Capilla; se aproximaba el saco
de Roma por los españoles y los alemanes al mando del condestable
Borbon. El hambre se cebaba en los españoles, desposeidos de sus
pagas; la furia religiosa en los alemanes, enemigos del Papa. El
general de éstos llevaba al cuello una cadena para colgar la cabeza
del Sumo Sacerdote católico el dia que entrára en la ciudad que él
llamaba sacrílega Babilonia. El Condestable deseaba dar una terrible
leccion á Clemente VII, enemigo de su nuevo amo el emperador Cárlos
V. Roma, restaurada por ochenta años de trabajos artísticos,
revestida de mármoles, pintada por Rafael y sus discípulos, cubierta
de estatuas que surgian como por encanto de las ruinas, enriquecida
por Leon X con todas las preseas del Renacimiento; hartada por los
pueblos que iban como peregrinos á besar sus sandalias de bronce, á
orar en sus religiosos sepulcros, en sus admirables templos; llena
de palacios construidos por una aristocracia poderosa, reconquistaba
su antigua grandeza y brillaba entre los tributos del espíritu con
la misma gloria con que brilló en otro tiempo entre los despojos del
mundo. Esta riqueza tentaba así á los españoles como á los alemanes,
todos guerreros de profesion, y por consiguiente amigos todos del
saqueo, que era entónces la gran cosecha de la espada.
Así en vano se pactó una tregua. Aquellos veinticinco mil hombres,
italianos aventureros, españoles por profesion soldados, alemanes
protestantes, se dirigian á Roma como el hambre voraz de las legiones
de Atila, de esos cuervos lanzados por el polo sobre el cadáver de
la Roma antigua. Era una mañana de Mayo de 1527. El Condestable
pide paso para Nápoles; el Papa lo niega. Á esta negativa sucede el
asalto. Los españoles vacilan, pero su generalísimo el Condestable
arrima con sus propias manos la escala terrible al muro de la Ciudad
Santa. Un arcabuzazo lo mata. Él, en la agonía, se cubre el cuerpo
con una capa española para que no lo conozcan sus soldados y no
desmayen un punto en la empresa. Los españoles entran por los muros
que avecinan á San Pedro, los alemanes por la puerta del Santo
Espíritu, los italianos por la puerta de San Pancracio, como tres
torrentes que van á confundirse en el mismo lecho. El Papa apénas
tiene tiempo de ir del Vaticano á San Angelo entre una lluvia de
balas, y Pablo Jovio le arroja su muceta violácea para que las
albas vestiduras pontificales no sirvan de blanco á los arcabuces
enemigos. Parecia que se levantaban sobre la ciudad Genserico y
Alarico, los godos y los vándalos. Aquí la pelea cuerpo á cuerpo;
allá el incendio; en todas partes la matanza y el saqueo. Los unos
cortaban los dedos de los vencidos para arrancarles los anillos; los
otros violaban sobre el altar las vírgenes consagradas al Señor.
Algunos abrian heridas en los vientres de las romanas para saciar
de aquella original y sangrienta manera sus inmundos apetitos.
Muchas doncellas se arrojaban avergonzadas en brazos de sus padres
y de sus hermanos, pidiéndoles á gritos la muerte para libertarse
de tanta vergüenza. La noche exacerbaba la sangrienta bacanal. Al
resplandor de las antorchas los saqueadores descolgaban los cuadros;
arrojaban en los sacos las alhajas; profanaban los santuarios
buscando sus ricas pedrerías; celebraban la victoria bebiendo vino
en los cálices; abofeteaban y escupian á los cardenales; remataban
sus cascos guerreros con las mitras; envolvian á sus cantineras
en el manto de las Vírgenes; pronunciaban sermones ridículos,
alzándose erguidos sobre montañas de muertos y heridos, muchos de
los cuales áun palpitaban; hacian procesiones fantásticas, colgando
cabezas al cuello, y poniendo orejas cortadas á los burros en las
caras acribilladas de los sacerdotes, y echando á los piés de las
imágenes corazones y entrañas humeantes; carnaval espantoso, cuyo
horror aumentaban la granizada de los mosquetes, el crujido de las
ruinas, el chisporroteo del incendio, el suspiro de los voluptuosos,
la carcajada de los ébrios, las maldiciones de los vencedores, las
súplicas de los vencidos, el siniestro alentar de los fugitivos, el
estertor de los moribundos y el silencio de los muertos, desnudos
sobre las piedras ahumadas y sangrientas, como si aquella noche fuera
la última noche de Roma, como si aquellas negras horas fueran las
siniestras horas de los ángeles exterminadores del mundo.
La desolacion de Roma no tiene igual. Clemente VII comió en su
prision carne de caballo y de asno. Los cadáveres se vengaron de
sus inmoladores sembrando la peste. Cuando todavía no estaba Roma
repuesta de este siniestro terror, que llenó casi toda la segunda
mitad del siglo, entraba por sus puertas Miguel Ángel á concluir su
trabajo, á llenar con otra obra maestra la Capilla Sixtina, á dejar
sobre el muro del centro el _Juicio Universal_. Todo le inspiraba
esta gran tragedia; la muerte de la libertad en su patria, la nueva
ruina de Roma, los triunfos de la reforma sobre una parte del género
humano, los triunfos del tiempo sobre su vida, de la vejez sobre sus
fuerzas, del dolor sobre su alma. Cuando estaba trazando su gigante
obra, mil veces creyó morir. Como cayera del andamio, abriéndose una
herida en la pierna, se encerró en su casa resuelto á no salir sino
para el sepulcro. Uno de sus amigos, médico, fué á verle; llamó,
y como no le contestára, asaltó la casa como un ladron, y logró
arrancarlo á su melancolía.
La suerte de Italia es una de las heridas que lleva en el corazon,
y por consiguiente una de las inspiraciones de su conciencia. La
lectura del Dante le anima y le sostiene, esa lectura apocalíptica.
Posee un ejemplar de ancho márgen, y en él dibuja las visiones
esculturales inspiradas por las visiones poéticas. Al traves de tres
siglos el poema del Dante aviva el Juicio Universal de Miguel Ángel,
como el poema de Homero avivó las tragedias de Esquilo. El cuerpo
humano, el organismo, ántes de él desconocido y poco estudiado, es
el principal elemento de sus inspiraciones plásticas.
No ve en el Universo sino el hombre. Su antropomorfismo no es
armonioso como el griego; es un antropomorfismo gigantesco. Sus
hombres han crecido tanto como las ideas. De aquí cierto menosprecio
por la hermosura en su serenidad inmortal, y cierto desenfreno por lo
sublime. Cuando jóven, cambiaba sus figuras por cadáveres. Doce años
vivió estudiando, analizando los muertos. Una vez se inficionó de la
podredumbre, y estuvo á punto de morir en este trabajo de arrancar lo
sublime al esqueleto arrojado como cosa inútil en el mundo.
Sus profundos estudios en la forma humana se ven ahí, en ese cuadro,
en ese poema. Todos los dolores han sacudido esos cuerpos crispados,
agitadísimos. Y todos los cuerpos están desnudos. Miguel Ángel se
atreve á tanto en la Capilla Sixtina, cuando comenzaba la reaccion
contra el Renacimiento, cuando la hipocresía iba á recoger el
sudario de la Edad Media para amortajar de nuevo á la Naturaleza.
No puede imaginarse el escándalo que este atrevimiento produjo
en aquel mundo ya alejado de los semipaganos dias de Leon X. El
Aretino, que no vacilaba en mostrar al desnudo todas las inmundicias
morales, se indigna contra aquella casta desnudez del arte. Biagio,
maestro de ceremonias de Paulo III, conjura al pintor de parte del
Pontífice para que encubra sus figuras, y no muestre tan real y tan
completamente la naturaleza humana.—Decidle al Papa, le responde
Miguel Ángel, que en cuanto corrija Su Santidad el mundo, será cosa
de pocos minutos corregir las pinturas. Y en castigo pinta á su
interlocutor con orejas de asno en lo más profundo del Infierno.
Biagio corre á quejarse á Paulo III de la afrenta infligida á su
respetable persona.—Me ha puesto en el cuadro, dice, llorando como
un niño, trémulo como un viejo. Pido á Vuestra Santidad que me saque
de allí.—Pero ¿dónde te ha puesto?—En el Infierno, Señor, en el
Infierno, exclama compungido.—Si estuvieras en el Purgatorio, le
contesta el Papa, te sacára; pero yo no tengo poder alguno en el
Infierno.
Es imposible resumir cuanto se ha dicho sobre este fresco. La escuela
académica reinante en el siglo pasado, y tan parecida al clasicismo
híbrido y enojoso de muchos críticos literarios que se asustan de
toda grandeza porque aplasta su irremediable pequeñez, lo ha tratado
como un mamarracho. Escritor hay que llama á esta grande obra una
coleccion de ranas. Trescientas figuras desnudas, medio vestidas
algunas más tarde por Volterra, á quien le valió esa profanacion
artística el nombre de Braghetone; trescientas figuras desnudas
se elevan en un cuadro mural de cincuenta piés de alto y cuarenta
de ancho. Al pronto cuesta gran trabajo comprenderlo. Se necesita
mirarlo con la misma atencion con que se necesita oir una sinfonía
de Beethoven. El profano al arte concluirá al cabo de algun tiempo
indudablemente por sentir y admirar, y absorberse en la contemplacion
profunda de aquella maravilla del genio. El artista no debe imitarlo,
porque hay ciertas personalidades en la historia, hay ciertos estilos
en la literatura y en el arte, cuya individualidad es tan poderosa,
cuya estatura es tan alta, cuyo centro de gravedad tan lejano de la
esfera de gravitacion general, que seguirlos produce vértigos, é
imitarlos expone á peligrosas caidas. Entrad en San Pedro despues
de haber visitado las figuras de Miguel Ángel, y encontraréis en la
estatuaria colosal, violenta, hinchada, de mal gusto, los estragos
que en las medianías ha hecho la imitacion del genio único y cuasi
sobrehumano de Miguel Ángel, que debe permanecer para asombro de los
siglos como el Dante, como Shakspeare, como Calderon, allá en su
inaccesible soledad.
La Naturaleza no entra para nada en el cuadro; Miguel Ángel solamente
la ha tomado el aire y la luz. No se ven los mundos rodando como
pavesas por los espacios, ni el sol tiñéndose de color sanguíneo,
ni los montes desgajándose, ni el mar airado evaporándose en las
trompas de una tempestad infinita, no; en el aire azul, en el aire
pasa la terrible escena ocupada sólo por cuerpos humanos y por nubes
celestes, y sobre unas y sobre otros la cólera de Dios.
Sí, todo parece airado, todo espantoso en aquel cuadro, como si nadie
se salvára; de tal manera domina el terror á los demas sentimientos.
En primer término la barca de Caronte sobre un rio plomizo, y á la
izquierda el resplandor siniestro del Purgatorio. Encima los muertos
que se despiertan al són de la trompeta, rompen las losas de sus
tumbas, rasgan sus sudarios, sacuden el polvo de sus esqueletos casi
desnudos y el sueño de sus ojos casi vacíos. De la esfera de los
muertos se levantan muchos que ya han cobrado el movimiento, y que lo
ejercen con violencia para dirigirse, agitados por la incertidumbre,
á escuchar el fallo inapelable, llevando sobre las espaldas el peso
más ó ménos grave de sus obras. Entre aquellos veloces caminantes
hay unos que ya se desesperan, hay otros que ruegan, hay algunos que
confian, hay varios que mútuamente se sostienen y se socorren. Á la
derecha de Cristo brilla un grupo de mujeres ya salvas, que todas
entonan un coro, y entre las cuales hay una sublime, una madre
que acaba de oir la sentencia de su hija, y la estrecha extática
en sus brazos, deteniéndola, asegurándola en la salud eterna, cual
si no diera crédito á su dicha. Junto á las mujeres pasan grupos
de ángeles que parecen recibir, segun lo tristes, en sus caras una
lluvia de lágrimas, arrastrada por el viento. Bajo los ángeles, los
bienaventurados, muchos de los cuales se reconocen, despues de tantos
siglos, y se abrazan sobre las cimas de la ciudad eterna. En el
centro, Jesus irritado, que maldice, que condena, que castiga, sin
escuchar los ruegos de su madre, separándose de los condenados, y sin
querer ni siquiera mirarlos, por no iluminar con sus ojos el eterno
suplicio. Adan está á su lado en su vejez sublime para resumir la
humanidad como Cristo resume el cielo. Pero donde se muestra el genio
de Miguel Ángel en toda su grandeza, es en aquella inmensa catarata
de condenados, que caen heridos por la terrible sentencia, tristes
unos como hojas secas, desesperados otros y retorciéndose cual si
contra su eterna suerte pudieran rebelarse, ya mordiéndose los puños,
ya arrancándose el cabello, ya aterrados á la vista de las llamas
que los aguardan, ya presa de un delirio; todos en los más atroces
dolores físicos y morales; titanes llenos de vida y de carne y de
sangre, como para ofrecer abundante pasto á los tormentos; titanes
que roncan y maldicen y denuestan y escupen horrores de sus bocas,
y luchan con las serpientes enroscadas en sus cuerpos, y buscan en
el aire una nube donde reposar, y caen produciendo un escalofrío
terrible, como si oyerais el primer contacto de sus carnes con el
plomo derretido en las llamas eternas.
No se puede sostener mucho tiempo la atencion concentrada en lo
sublime. Cuando se siente de véras una idea grande, os sacude los
nervios y os surca el cerebro como una chispa eléctrica. Yo sentia
latir fuertemente las sienes, como si fueran á reventar las venas
hinchadas por el torrente de pensamientos gigantescos desprendidos
de aquella Capilla que abraza, desde la Creacion hasta el Juicio
Universal, toda la vida humana. Necesitaba aire, y salí á respirarlo
al campo romano, sobre cuyas ruinas tendia á la sazon admirablemente
Abril su verdor alegre como una esperanza. Pero cuando volví la
cabeza, en el azul de los cielos se dibujaba todavía una obra
magnífica, sobre la cual extiende tambien sus alas el alma de Miguel
Ángel; se dibujaba la rotonda de San Pedro, que parecia, dorada
por los últimos rayos del sol poniente, un templo elevándose á lo
infinito, para decir á Dios que la eternidad prometida á Roma por
los dioses antiguos habia sido realizada en la Edad Antigua por sus
tribunos y por sus héroes, fortalecida en la Edad Media por sus
pontífices y sus doctores, y salvada en la Edad Moderna por el genio,
que levantó allí aquella cúpula como la cima de la historia, como la
corona del espíritu, como la tiara del mundo.
EL CEMENTERIO DE PISA.
Jamas creí que hubiera en el mundo una ciudad tan muerta como Toledo.
Pero no habia visto á Pisa. La diferencia entre estas dos magníficas
poblaciones, sin embargo, es grande. En Toledo, junto á edificios
maravillosamente conservados, como la Catedral, hay edificios casi
destruidos, como San Juan de los Reyes y el Palacio de Cárlos V. Las
ruinas, en su desolacion, justifican la soledad. Pero en Pisa todos
los monumentos se hallan de pié, todos cuidadosamente conservados,
algunos enlucidos y resucitados por restauraciones modernas, los
más pintados de vivísimos colores. Y sin embargo, la soledad es
indescriptible. Diríais que aquellos palacios aguardan sus habitantes
y se hallan preparados á recibirlos; pero que los habitantes no
vienen. Yo me paré el dia mismo de mi llegada, por el mes de Mayo,
en el puente central del Lungarno, á las dos de la tarde; y puedo
asegurar que estaba solo, completamente solo, casi tentado á creer
la inmensa ciudad destinada únicamente á mi persona. Magnífico
sitio para un egoista. Era triste, tristísimo, ver aquellas dos
largas hileras de edificios preciosos, de casas elegantísimas;
aquellos varios puentes, aquellas magníficas aceras, aquella limpieza
exquisita, el rio en el fondo, el cielo sonriente; por uno de los
extremos copudos árboles mecidos al soplo de las frescas brisas
marinas; y nadie, absolutamente nadie, más que yo, en aquella hora y
en aquel delicioso sitio, para contemplar tanta hermosura. Tentado
estuve á gritar, seguro de que solamente me responderia el eco. Un
extranjero apostó á que, dando la vuelta á caballo por los muros de
Pisa, no encontraria un alma, y ganó la apuesta. Los rusos y los
ingleses, á quienes la frialdad del Norte ha roto los pulmones,
se refugian, para vivir algunos dias, en Pisa, donde se hallan
abrigados, por las montañas, de los vientos del Norte, y por la
soledad, de las grandes emociones. Así, de vez en cuando, encontrais
jóvenes muy bellas, con ese color arrebatado y ese brillo en los ojos
propios de la tísis, acompañadas de algunas personas de su familia,
tristes, sombrías, que parecen seguir un duelo y llorar ya el golpe
irremediable de la muerte. Todas estas particularidades conspiran de
contínuo á la tristeza general de la ciudad llamada con razon _Pisa
morta_.
Y sin embargo, hubo un tiempo en que sus libertades asombraron á
Italia, su comercio al mundo; un tiempo en que el mar llevaba hasta
sus puertas los tributos de Córcega y Cerdeña; en que sus naves
trasportaban los cruzados al Asia y traian del Asia el oro, la
púrpura, el marfil; un tiempo en que sus guerreros auxiliaban á los
emperadores de Alemania contra los papas de Roma, y á los condes de
Barcelona contra los moros de Mallorca; en que los piratas temian
su poder, los sarracenos temblaban hasta en las costas de África al
brillo de sus lanzas, y en que las columnas y los mármoles aportados
por Pisa de lejanas expediciones formaban como el trofeo de la
primer victoria de las artes. Entónces los últimos maestros mosaitas
de Constantinopla llenaban con piedras brillantísimas de mosaicos
los arcos de sus monumentos; entónces los primeros pintores que
adivinaron las artes del dibujo, animaban sus muros y sus claustros
con místicas figuras; entónces los judíos la colmaban de riquezas,
guarecidos á la sombra de sus tolerantes leyes; entónces Nicolas y
Juan de Pisa, inspirados genios de la Edad Media, desbastaban el
mármol y producian esas blancas figuras que parecen los primeros
ensueños de una nueva edad de inspiraciones; y despertábanse los
penitentes místicos al resplandor de la nueva idea ántes que
apareciese, como esas aves que anuncian desde el fondo de las
tinieblas la venida del dia. Su libertad engendró su comercio, el
comercio su riqueza, la riqueza el arte y la ciencia. Las máquinas
de Buschetto levantaban en el siglo undécimo pesos enormes, cuya
gravedad sólo podria vencer la mecánica moderna. Las ligeras naves,
con sus graciosas velas latinas, traian en el siglo décimo las telas
de seda crujientes, que podrian llamarse, por su color, por su brillo
y por su orígen, radiosas apariciones de la antigua India, en medio
de las tinieblas de la Edad Media. Las serpientes de bronce del
Egipto se enroscaban á sus columnas de granito, y los hipogrifos de
Grecia tendian sus alas junto á las rotondas bizantinas. Miles de
trabajadores llenaban sus muelles, cuando los principios de libertad
llenaban sus códigos. La República murió. Y Pisa es un cadáver. Por
eso sin duda su primer monumento es un cementerio. En el zénit de
su esplendor, Pisa presintió su porvenir y se fabricó el edificio
que más debia convenir á su triste futura historia; se fabricó el
Campo Santo. Con el alma entristecida por las sombras de la muerte,
en medio de aquella ciudad solitaria, donde sólo se oia la vibracion
de las brisas marinas, dirigíme á visitar este magnífico monumento,
que me tenía reservadas tantas emociones y tantas enseñanzas. El
sitio donde se halla el Campo Santo es el sitio más desierto de esta
ciudad. En vano los montes de Pisa levantan sus cúspides azules en el
éter de un espléndido cielo; en vano la vegetacion de la primavera,
cargada de flores, de mariposas, de nidos, cubre con su lujo hasta
las desnudas piedras de los altos torreones de las murallas; en
vano ese magnífico baptisterio, al Campo Santo muy próximo, y que
parece la alta rotonda de un templo subterráneo, dibuja sus calados
botareles; en vano la blanca torre inclinada, semejante á una columna
gigantesca, lanza allí cerca los agudos sonidos de sus campanas;
y la Catedral, ornada de infinitas joyas, entona las salmodias
de sus cantos; todo en vano quiere despertar la idea de la vida:
las ortigas, que brotan por doquier en aquel inmenso desierto, os
recuerdan y os inspiran la triste idea de la muerte.