No es una division arbitraria ésta de las edades. La historia es

como el calendario del espíritu; en cien años varían las ideas

radicalmente, cambian de esencia y de aspecto las sociedades. En cien

años se renuevan los átomos de un pueblo con la renovacion de las

generaciones. Cada siglo es una grande personalidad cincelada por los

siglos anteriores. La espada es muchas veces un cincel que obedece á

una conciencia, á un espíritu desconocido. Todos los siglos tienen

una fisonomía y una idea. Pero el siglo que llena Miguel Ángel con su

larga vida es el más contradictorio de todos los siglos. Si á cada

minuto amaneciera y anocheciera, acaso tendríamos en la naturaleza

una imágen del tiempo de Miguel Ángel, es decir, del tiempo en que

acaba la Edad Media y empieza la Edad Moderna.

Cae Constantinopla, pero la hereda Venecia engrandecida y en todo

su apogeo, nave empavesada que arroja un cable en el Adriático

para tener unida Europa al Oriente. Renacen los antiguos dioses,

revelando en sus cuerpos de mármol todos los secretos del arte, y

arden las obras de los artistas en hogueras atizadas por un pueblo

de monjes sobre la plaza de Florencia. El Perugino conserva todavía

los penitentes macerados en los claustros, y el Hércules Farnesio

se eleva en el suelo romano para mostrar toda la pujanza de la vida

antigua. Escribe su sensual obra Ariosto, en que los héroes danzan

como en brillante carnaval, y sueñan los platónicos de Florencia

con las ideas puras, con las esencias misteriosas, con el cielo

oculto tras del sepulcro, y el Dios oculto tras del mundo. Invoca

Savonarola, ese Francisco de Asís de la política, los santos y los

ángeles; recomienda el ayuno y la penitencia, restaura la imitacion

de Jesucristo; é invoca Maquiavelo el demonio, llama á los traidores,

recomienda el dolo, el crímen, el asesinato, restaura la imitacion

de los césares. Toma el pueblo florentino por jefe al Crucificado,

miéntras el pueblo romano toma á César Borgia, hermoso como el vicio,

pero infame, traidor, manchado con la sangre de su hermano y de su

cuñado, que salta á su frente y á la frente del Papa, perdido en

neronianas cenas, reproduciendo los delitos eróticos de Heliogábalo

unidos á las matanzas y á los envenenamientos de Tiberio. Parece que

los partidos se van como sombras, y vienen los franceses por el Norte

á sostener á los güelfos, y los españoles por el Mediodía á sostener

á los gibelinos. Parece que el poder político de los papas y el poder

político de los emperadores se acaba, y el Pontificado renace más

fuerte con Julio II, y el Imperio renace más brillante con Cárlos V.

Vuelve á restaurarse la autoridad espiritual de la Edad Media por

las artes y los artistas, que sostienen sobre sus alas el Vaticano,

convertido por Leon X en Olimpo, cuando se oye la voz de Lutero, que

hiela súbitamente la sangre en las venas de Roma. Por todas partes

se sublevan los plebeyos para salvar las repúblicas ó renovarlas, y

por todas partes se restauran las monarquías. Las artes que Miguel

Ángel queria unir á la libertad son el anillo funesto, el brillante

talisman con que los tiranos adormecen á los pueblos. Los patriotas

buscan un Bruto, y encuentran apénas un Lorencino.

Por eso Miguel Ángel no ha querido concluir su busto del defensor de

la república romana en la indigna Florencia, entregada á los Médicis.

Es aquella edad el Filipos de los municipios que van cayendo en el

polvo con su propio puñal en el pecho. La desgracia de Queronea se

repite cien veces, y mueren cien Aténas sobre la tierra italiana

empapada de sangre. Ancona entrega sus fortalezas para que la

liberten de las amenazas de los turcos, y cae bajo la tiranía de los

frailes. Los papas se convierten todos en gibelinos, desmintiendo su

historia. La España, que ha arrojado á los judíos y á los moriscos

por servir á Roma, saquea á Roma. Las siete mil revoluciones que ha

habido en Italia desde el siglo décimo al décimosexto; los catorce

millones de cadáveres caidos en los campos de batalla, producen el

cáos.—¿Comprendeis ahora por qué el Moisés de Miguel Ángel mira su

tiempo con tanto desden?—¿Comprendeis por qué en la Sixtina se queja

con tan desgarradores lamentos su colosal Jeremías?

La catástrofe de las catástrofes se aproximaba despues que Miguel

Ángel habia concluido la bóveda de la Capilla; se aproximaba el saco

de Roma por los españoles y los alemanes al mando del condestable

Borbon. El hambre se cebaba en los españoles, desposeidos de sus

pagas; la furia religiosa en los alemanes, enemigos del Papa. El

general de éstos llevaba al cuello una cadena para colgar la cabeza

del Sumo Sacerdote católico el dia que entrára en la ciudad que él

llamaba sacrílega Babilonia. El Condestable deseaba dar una terrible

leccion á Clemente VII, enemigo de su nuevo amo el emperador Cárlos

V. Roma, restaurada por ochenta años de trabajos artísticos,

revestida de mármoles, pintada por Rafael y sus discípulos, cubierta

de estatuas que surgian como por encanto de las ruinas, enriquecida

por Leon X con todas las preseas del Renacimiento; hartada por los

pueblos que iban como peregrinos á besar sus sandalias de bronce, á

orar en sus religiosos sepulcros, en sus admirables templos; llena

de palacios construidos por una aristocracia poderosa, reconquistaba

su antigua grandeza y brillaba entre los tributos del espíritu con

la misma gloria con que brilló en otro tiempo entre los despojos del

mundo. Esta riqueza tentaba así á los españoles como á los alemanes,

todos guerreros de profesion, y por consiguiente amigos todos del

saqueo, que era entónces la gran cosecha de la espada.

Así en vano se pactó una tregua. Aquellos veinticinco mil hombres,

italianos aventureros, españoles por profesion soldados, alemanes

protestantes, se dirigian á Roma como el hambre voraz de las legiones

de Atila, de esos cuervos lanzados por el polo sobre el cadáver de

la Roma antigua. Era una mañana de Mayo de 1527. El Condestable

pide paso para Nápoles; el Papa lo niega. Á esta negativa sucede el

asalto. Los españoles vacilan, pero su generalísimo el Condestable

arrima con sus propias manos la escala terrible al muro de la Ciudad

Santa. Un arcabuzazo lo mata. Él, en la agonía, se cubre el cuerpo

con una capa española para que no lo conozcan sus soldados y no

desmayen un punto en la empresa. Los españoles entran por los muros

que avecinan á San Pedro, los alemanes por la puerta del Santo

Espíritu, los italianos por la puerta de San Pancracio, como tres

torrentes que van á confundirse en el mismo lecho. El Papa apénas

tiene tiempo de ir del Vaticano á San Angelo entre una lluvia de

balas, y Pablo Jovio le arroja su muceta violácea para que las

albas vestiduras pontificales no sirvan de blanco á los arcabuces

enemigos. Parecia que se levantaban sobre la ciudad Genserico y

Alarico, los godos y los vándalos. Aquí la pelea cuerpo á cuerpo;

allá el incendio; en todas partes la matanza y el saqueo. Los unos

cortaban los dedos de los vencidos para arrancarles los anillos; los

otros violaban sobre el altar las vírgenes consagradas al Señor.

Algunos abrian heridas en los vientres de las romanas para saciar

de aquella original y sangrienta manera sus inmundos apetitos.

Muchas doncellas se arrojaban avergonzadas en brazos de sus padres

y de sus hermanos, pidiéndoles á gritos la muerte para libertarse

de tanta vergüenza. La noche exacerbaba la sangrienta bacanal. Al

resplandor de las antorchas los saqueadores descolgaban los cuadros;

arrojaban en los sacos las alhajas; profanaban los santuarios

buscando sus ricas pedrerías; celebraban la victoria bebiendo vino

en los cálices; abofeteaban y escupian á los cardenales; remataban

sus cascos guerreros con las mitras; envolvian á sus cantineras

en el manto de las Vírgenes; pronunciaban sermones ridículos,

alzándose erguidos sobre montañas de muertos y heridos, muchos de

los cuales áun palpitaban; hacian procesiones fantásticas, colgando

cabezas al cuello, y poniendo orejas cortadas á los burros en las

caras acribilladas de los sacerdotes, y echando á los piés de las

imágenes corazones y entrañas humeantes; carnaval espantoso, cuyo

horror aumentaban la granizada de los mosquetes, el crujido de las

ruinas, el chisporroteo del incendio, el suspiro de los voluptuosos,

la carcajada de los ébrios, las maldiciones de los vencedores, las

súplicas de los vencidos, el siniestro alentar de los fugitivos, el

estertor de los moribundos y el silencio de los muertos, desnudos

sobre las piedras ahumadas y sangrientas, como si aquella noche fuera

la última noche de Roma, como si aquellas negras horas fueran las

siniestras horas de los ángeles exterminadores del mundo.

La desolacion de Roma no tiene igual. Clemente VII comió en su

prision carne de caballo y de asno. Los cadáveres se vengaron de

sus inmoladores sembrando la peste. Cuando todavía no estaba Roma

repuesta de este siniestro terror, que llenó casi toda la segunda

mitad del siglo, entraba por sus puertas Miguel Ángel á concluir su

trabajo, á llenar con otra obra maestra la Capilla Sixtina, á dejar

sobre el muro del centro el _Juicio Universal_. Todo le inspiraba

esta gran tragedia; la muerte de la libertad en su patria, la nueva

ruina de Roma, los triunfos de la reforma sobre una parte del género

humano, los triunfos del tiempo sobre su vida, de la vejez sobre sus

fuerzas, del dolor sobre su alma. Cuando estaba trazando su gigante

obra, mil veces creyó morir. Como cayera del andamio, abriéndose una

herida en la pierna, se encerró en su casa resuelto á no salir sino

para el sepulcro. Uno de sus amigos, médico, fué á verle; llamó,

y como no le contestára, asaltó la casa como un ladron, y logró

arrancarlo á su melancolía.

La suerte de Italia es una de las heridas que lleva en el corazon,

y por consiguiente una de las inspiraciones de su conciencia. La

lectura del Dante le anima y le sostiene, esa lectura apocalíptica.

Posee un ejemplar de ancho márgen, y en él dibuja las visiones

esculturales inspiradas por las visiones poéticas. Al traves de tres

siglos el poema del Dante aviva el Juicio Universal de Miguel Ángel,

como el poema de Homero avivó las tragedias de Esquilo. El cuerpo

humano, el organismo, ántes de él desconocido y poco estudiado, es

el principal elemento de sus inspiraciones plásticas.

No ve en el Universo sino el hombre. Su antropomorfismo no es

armonioso como el griego; es un antropomorfismo gigantesco. Sus

hombres han crecido tanto como las ideas. De aquí cierto menosprecio

por la hermosura en su serenidad inmortal, y cierto desenfreno por lo

sublime. Cuando jóven, cambiaba sus figuras por cadáveres. Doce años

vivió estudiando, analizando los muertos. Una vez se inficionó de la

podredumbre, y estuvo á punto de morir en este trabajo de arrancar lo

sublime al esqueleto arrojado como cosa inútil en el mundo.

Sus profundos estudios en la forma humana se ven ahí, en ese cuadro,

en ese poema. Todos los dolores han sacudido esos cuerpos crispados,

agitadísimos. Y todos los cuerpos están desnudos. Miguel Ángel se

atreve á tanto en la Capilla Sixtina, cuando comenzaba la reaccion

contra el Renacimiento, cuando la hipocresía iba á recoger el

sudario de la Edad Media para amortajar de nuevo á la Naturaleza.

No puede imaginarse el escándalo que este atrevimiento produjo

en aquel mundo ya alejado de los semipaganos dias de Leon X. El

Aretino, que no vacilaba en mostrar al desnudo todas las inmundicias

morales, se indigna contra aquella casta desnudez del arte. Biagio,

maestro de ceremonias de Paulo III, conjura al pintor de parte del

Pontífice para que encubra sus figuras, y no muestre tan real y tan

completamente la naturaleza humana.—Decidle al Papa, le responde

Miguel Ángel, que en cuanto corrija Su Santidad el mundo, será cosa

de pocos minutos corregir las pinturas. Y en castigo pinta á su

interlocutor con orejas de asno en lo más profundo del Infierno.

Biagio corre á quejarse á Paulo III de la afrenta infligida á su

respetable persona.—Me ha puesto en el cuadro, dice, llorando como

un niño, trémulo como un viejo. Pido á Vuestra Santidad que me saque

de allí.—Pero ¿dónde te ha puesto?—En el Infierno, Señor, en el

Infierno, exclama compungido.—Si estuvieras en el Purgatorio, le

contesta el Papa, te sacára; pero yo no tengo poder alguno en el

Infierno.

Es imposible resumir cuanto se ha dicho sobre este fresco. La escuela

académica reinante en el siglo pasado, y tan parecida al clasicismo

híbrido y enojoso de muchos críticos literarios que se asustan de

toda grandeza porque aplasta su irremediable pequeñez, lo ha tratado

como un mamarracho. Escritor hay que llama á esta grande obra una

coleccion de ranas. Trescientas figuras desnudas, medio vestidas

algunas más tarde por Volterra, á quien le valió esa profanacion

artística el nombre de Braghetone; trescientas figuras desnudas

se elevan en un cuadro mural de cincuenta piés de alto y cuarenta

de ancho. Al pronto cuesta gran trabajo comprenderlo. Se necesita

mirarlo con la misma atencion con que se necesita oir una sinfonía

de Beethoven. El profano al arte concluirá al cabo de algun tiempo

indudablemente por sentir y admirar, y absorberse en la contemplacion

profunda de aquella maravilla del genio. El artista no debe imitarlo,

porque hay ciertas personalidades en la historia, hay ciertos estilos

en la literatura y en el arte, cuya individualidad es tan poderosa,

cuya estatura es tan alta, cuyo centro de gravedad tan lejano de la

esfera de gravitacion general, que seguirlos produce vértigos, é

imitarlos expone á peligrosas caidas. Entrad en San Pedro despues

de haber visitado las figuras de Miguel Ángel, y encontraréis en la

estatuaria colosal, violenta, hinchada, de mal gusto, los estragos

que en las medianías ha hecho la imitacion del genio único y cuasi

sobrehumano de Miguel Ángel, que debe permanecer para asombro de los

siglos como el Dante, como Shakspeare, como Calderon, allá en su

inaccesible soledad.

La Naturaleza no entra para nada en el cuadro; Miguel Ángel solamente

la ha tomado el aire y la luz. No se ven los mundos rodando como

pavesas por los espacios, ni el sol tiñéndose de color sanguíneo,

ni los montes desgajándose, ni el mar airado evaporándose en las

trompas de una tempestad infinita, no; en el aire azul, en el aire

pasa la terrible escena ocupada sólo por cuerpos humanos y por nubes

celestes, y sobre unas y sobre otros la cólera de Dios.

Sí, todo parece airado, todo espantoso en aquel cuadro, como si nadie

se salvára; de tal manera domina el terror á los demas sentimientos.

En primer término la barca de Caronte sobre un rio plomizo, y á la

izquierda el resplandor siniestro del Purgatorio. Encima los muertos

que se despiertan al són de la trompeta, rompen las losas de sus

tumbas, rasgan sus sudarios, sacuden el polvo de sus esqueletos casi

desnudos y el sueño de sus ojos casi vacíos. De la esfera de los

muertos se levantan muchos que ya han cobrado el movimiento, y que lo

ejercen con violencia para dirigirse, agitados por la incertidumbre,

á escuchar el fallo inapelable, llevando sobre las espaldas el peso

más ó ménos grave de sus obras. Entre aquellos veloces caminantes

hay unos que ya se desesperan, hay otros que ruegan, hay algunos que

confian, hay varios que mútuamente se sostienen y se socorren. Á la

derecha de Cristo brilla un grupo de mujeres ya salvas, que todas

entonan un coro, y entre las cuales hay una sublime, una madre

que acaba de oir la sentencia de su hija, y la estrecha extática

en sus brazos, deteniéndola, asegurándola en la salud eterna, cual

si no diera crédito á su dicha. Junto á las mujeres pasan grupos

de ángeles que parecen recibir, segun lo tristes, en sus caras una

lluvia de lágrimas, arrastrada por el viento. Bajo los ángeles, los

bienaventurados, muchos de los cuales se reconocen, despues de tantos

siglos, y se abrazan sobre las cimas de la ciudad eterna. En el

centro, Jesus irritado, que maldice, que condena, que castiga, sin

escuchar los ruegos de su madre, separándose de los condenados, y sin

querer ni siquiera mirarlos, por no iluminar con sus ojos el eterno

suplicio. Adan está á su lado en su vejez sublime para resumir la

humanidad como Cristo resume el cielo. Pero donde se muestra el genio

de Miguel Ángel en toda su grandeza, es en aquella inmensa catarata

de condenados, que caen heridos por la terrible sentencia, tristes

unos como hojas secas, desesperados otros y retorciéndose cual si

contra su eterna suerte pudieran rebelarse, ya mordiéndose los puños,

ya arrancándose el cabello, ya aterrados á la vista de las llamas

que los aguardan, ya presa de un delirio; todos en los más atroces

dolores físicos y morales; titanes llenos de vida y de carne y de

sangre, como para ofrecer abundante pasto á los tormentos; titanes

que roncan y maldicen y denuestan y escupen horrores de sus bocas,

y luchan con las serpientes enroscadas en sus cuerpos, y buscan en

el aire una nube donde reposar, y caen produciendo un escalofrío

terrible, como si oyerais el primer contacto de sus carnes con el

plomo derretido en las llamas eternas.

No se puede sostener mucho tiempo la atencion concentrada en lo

sublime. Cuando se siente de véras una idea grande, os sacude los

nervios y os surca el cerebro como una chispa eléctrica. Yo sentia

latir fuertemente las sienes, como si fueran á reventar las venas

hinchadas por el torrente de pensamientos gigantescos desprendidos

de aquella Capilla que abraza, desde la Creacion hasta el Juicio

Universal, toda la vida humana. Necesitaba aire, y salí á respirarlo

al campo romano, sobre cuyas ruinas tendia á la sazon admirablemente

Abril su verdor alegre como una esperanza. Pero cuando volví la

cabeza, en el azul de los cielos se dibujaba todavía una obra

magnífica, sobre la cual extiende tambien sus alas el alma de Miguel

Ángel; se dibujaba la rotonda de San Pedro, que parecia, dorada

por los últimos rayos del sol poniente, un templo elevándose á lo

infinito, para decir á Dios que la eternidad prometida á Roma por

los dioses antiguos habia sido realizada en la Edad Antigua por sus

tribunos y por sus héroes, fortalecida en la Edad Media por sus

pontífices y sus doctores, y salvada en la Edad Moderna por el genio,

que levantó allí aquella cúpula como la cima de la historia, como la

corona del espíritu, como la tiara del mundo.

EL CEMENTERIO DE PISA.

Jamas creí que hubiera en el mundo una ciudad tan muerta como Toledo.

Pero no habia visto á Pisa. La diferencia entre estas dos magníficas

poblaciones, sin embargo, es grande. En Toledo, junto á edificios

maravillosamente conservados, como la Catedral, hay edificios casi

destruidos, como San Juan de los Reyes y el Palacio de Cárlos V. Las

ruinas, en su desolacion, justifican la soledad. Pero en Pisa todos

los monumentos se hallan de pié, todos cuidadosamente conservados,

algunos enlucidos y resucitados por restauraciones modernas, los

más pintados de vivísimos colores. Y sin embargo, la soledad es

indescriptible. Diríais que aquellos palacios aguardan sus habitantes

y se hallan preparados á recibirlos; pero que los habitantes no

vienen. Yo me paré el dia mismo de mi llegada, por el mes de Mayo,

en el puente central del Lungarno, á las dos de la tarde; y puedo

asegurar que estaba solo, completamente solo, casi tentado á creer

la inmensa ciudad destinada únicamente á mi persona. Magnífico

sitio para un egoista. Era triste, tristísimo, ver aquellas dos

largas hileras de edificios preciosos, de casas elegantísimas;

aquellos varios puentes, aquellas magníficas aceras, aquella limpieza

exquisita, el rio en el fondo, el cielo sonriente; por uno de los

extremos copudos árboles mecidos al soplo de las frescas brisas

marinas; y nadie, absolutamente nadie, más que yo, en aquella hora y

en aquel delicioso sitio, para contemplar tanta hermosura. Tentado

estuve á gritar, seguro de que solamente me responderia el eco. Un

extranjero apostó á que, dando la vuelta á caballo por los muros de

Pisa, no encontraria un alma, y ganó la apuesta. Los rusos y los

ingleses, á quienes la frialdad del Norte ha roto los pulmones,

se refugian, para vivir algunos dias, en Pisa, donde se hallan

abrigados, por las montañas, de los vientos del Norte, y por la

soledad, de las grandes emociones. Así, de vez en cuando, encontrais

jóvenes muy bellas, con ese color arrebatado y ese brillo en los ojos

propios de la tísis, acompañadas de algunas personas de su familia,

tristes, sombrías, que parecen seguir un duelo y llorar ya el golpe

irremediable de la muerte. Todas estas particularidades conspiran de

contínuo á la tristeza general de la ciudad llamada con razon _Pisa

morta_.

Y sin embargo, hubo un tiempo en que sus libertades asombraron á

Italia, su comercio al mundo; un tiempo en que el mar llevaba hasta

sus puertas los tributos de Córcega y Cerdeña; en que sus naves

trasportaban los cruzados al Asia y traian del Asia el oro, la

púrpura, el marfil; un tiempo en que sus guerreros auxiliaban á los

emperadores de Alemania contra los papas de Roma, y á los condes de

Barcelona contra los moros de Mallorca; en que los piratas temian

su poder, los sarracenos temblaban hasta en las costas de África al

brillo de sus lanzas, y en que las columnas y los mármoles aportados

por Pisa de lejanas expediciones formaban como el trofeo de la

primer victoria de las artes. Entónces los últimos maestros mosaitas

de Constantinopla llenaban con piedras brillantísimas de mosaicos

los arcos de sus monumentos; entónces los primeros pintores que

adivinaron las artes del dibujo, animaban sus muros y sus claustros

con místicas figuras; entónces los judíos la colmaban de riquezas,

guarecidos á la sombra de sus tolerantes leyes; entónces Nicolas y

Juan de Pisa, inspirados genios de la Edad Media, desbastaban el

mármol y producian esas blancas figuras que parecen los primeros

ensueños de una nueva edad de inspiraciones; y despertábanse los

penitentes místicos al resplandor de la nueva idea ántes que

apareciese, como esas aves que anuncian desde el fondo de las

tinieblas la venida del dia. Su libertad engendró su comercio, el

comercio su riqueza, la riqueza el arte y la ciencia. Las máquinas

de Buschetto levantaban en el siglo undécimo pesos enormes, cuya

gravedad sólo podria vencer la mecánica moderna. Las ligeras naves,

con sus graciosas velas latinas, traian en el siglo décimo las telas

de seda crujientes, que podrian llamarse, por su color, por su brillo

y por su orígen, radiosas apariciones de la antigua India, en medio

de las tinieblas de la Edad Media. Las serpientes de bronce del

Egipto se enroscaban á sus columnas de granito, y los hipogrifos de

Grecia tendian sus alas junto á las rotondas bizantinas. Miles de

trabajadores llenaban sus muelles, cuando los principios de libertad

llenaban sus códigos. La República murió. Y Pisa es un cadáver. Por

eso sin duda su primer monumento es un cementerio. En el zénit de

su esplendor, Pisa presintió su porvenir y se fabricó el edificio

que más debia convenir á su triste futura historia; se fabricó el

Campo Santo. Con el alma entristecida por las sombras de la muerte,

en medio de aquella ciudad solitaria, donde sólo se oia la vibracion

de las brisas marinas, dirigíme á visitar este magnífico monumento,

que me tenía reservadas tantas emociones y tantas enseñanzas. El

sitio donde se halla el Campo Santo es el sitio más desierto de esta

ciudad. En vano los montes de Pisa levantan sus cúspides azules en el

éter de un espléndido cielo; en vano la vegetacion de la primavera,

cargada de flores, de mariposas, de nidos, cubre con su lujo hasta

las desnudas piedras de los altos torreones de las murallas; en

vano ese magnífico baptisterio, al Campo Santo muy próximo, y que

parece la alta rotonda de un templo subterráneo, dibuja sus calados

botareles; en vano la blanca torre inclinada, semejante á una columna

gigantesca, lanza allí cerca los agudos sonidos de sus campanas;

y la Catedral, ornada de infinitas joyas, entona las salmodias

de sus cantos; todo en vano quiere despertar la idea de la vida:

las ortigas, que brotan por doquier en aquel inmenso desierto, os

recuerdan y os inspiran la triste idea de la muerte.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 6 / 19 段