entónces á cuatro pasos de la Capilla Sixtina, en su inmortal
serenidad y con toda suerte de prodigiosas venturas, Rafael, las
estancias. El primer escultor de su siglo corria el peligro de
quedar siendo el segundo pintor. Esta idea atormentaba su orgullo,
pero no le descorazonaba. Viendo la imposibilidad de resistirse sin
perderse, llama de Florencia á los pintores más hábiles en trazar
frescos, aprende de ellos la parte de oficio que hay en todo arte,
los despide. Y se encierra solo en la Capilla, contemplando aquella
inmensa bóveda, alta, oscura, desnuda, vacía, semejante al espacio
desierto ántes de la Creacion. Pero él va á poblarlo. Cuando mirais
con atencion aquellas figuras, un extraño espejismo os hace creer
que han sido pintadas en un relámpago. Se ve que han salido de los
rayos de una tempestad y de las cóleras de un gigante. Sus labios
están dibujados para exhalar una lamentacion de Jeremías, un terceto
del Dante, una de las maldiciones del Prometeo de Esquilo. El alma
de Rafael ha producido sus figuras, como diz que parió la Vírgen,
sin dolor. Cada una de ellas parece nacida como Citerea, de las
espumas del mar, en la concha de nácar, con la sonrisa en los labios,
los rayos de la aurora en la frente y el cielo en los ojos. Una
ola de aquella alma serena las ha depositado en las áridas riberas
de la realidad. Las figuras de Miguel Ángel luchan, padecen, se
retuercen, van montadas en las ráfagas de un huracan, tienen por luz
un incendio, expresan la virilidad y la potencia del dolor, son los
hijos gigantes de los estremecimientos desesperados de su genio en
delirio, ansioso de marcar la realidad con el sello de lo infinito.
Por eso parece que todas llevan en las carnes el hierro candente de
la idea de aquel hombre, y gritan desesperadas desde la realidad por
otro mundo infinito, como el náufrago por la tierra.
Es necesario comprender todos los dolores que atenaceaban el corazon
de Miguel Ángel cuando componia su obra. Rafael está siempre
sostenido por su amada que le idolatra; por sus discípulos que le
obedecen; rodeado de un coro de ángeles: el gran escultor está solo,
separado del mundo, reducido á un coloquio perpétuo con sus ideas,
sin amor y sin amistad, aislado como las grandes eminencias del
globo, con la tempestad sobre su frente. Despues de haber aprendido
los primeros procedimientos, ensaya el comienzo de su gigantesco
poema. Sus colores se descomponen, las pinturas se caen á pedazos.
Inmediatamente corre á ver á Julio II para pedirle que le libre
de su compromiso. El Papa insiste: San Gallo, pintor, le da un
medio sencillo de evitar la dificultad. Luégo el tablado que le ha
construido Bramante se halla suspenso del techo por medio de cuerdas.
Á cada estremecimiento de su pincel, que parece un manojo de rayos,
el tablado se balancea. Miguel Ángel construye otro completamente
fijo y completamente seguro. Por fin traza el cielo que contendrá
sus figuras. Pero inmediatamente que tiene el espacio, le asalta la
desesperacion, nacida del temor de no llenarlo. Cierra la Capilla con
llave, y se lanza á todo correr solo, como un loco, por la campiña
romana. Los arcos destrozados, los acueductos parecidos á gigantes
esqueletos, las ruinas sobre cuya mole se asienta el pastor y por
cuyos costados sube la cabra; los Apeninos tachonados de nieve en
su cima y de cadáveres de pueblos en sus faldas; los cipreses, los
sauces, los pinos, que dan á todo el paisaje aspectos del más vasto
cementerio que han visto los hombres; las lagunas cubiertas de
juncos y atravesadas por los salvajes búfalos y por tristes barcos
donde van acostados seres semejantes á muertos reaparecidos en la
tierra; los sepulcros dorados por el sol como fragmentos de planetas
destruidos sobre aquella desolacion; las nubes fantásticas que
parecen evaporaciones de las cenizas, volcanes flotantes entre los
espejismos del desierto más poblado de ideas que hay en el globo;
todo aquel espectáculo debia fortalecer el alma del titan y obligarle
á producir lo que es superior á las fuerzas humanas: una obra sublime.
Pero necesitaba hallarse abandonado á su soledad y á su inspiracion.
El tiempo es el grande auxiliar de las obras de arte. Contra su
inspiracion, contra su soledad, contra su tiempo, se habia conjurado
la impaciencia del Papa. Era viejo y deseaba ver la obra ántes de
su muerte. Tres maravillas debia hacer ó inventar Miguel Ángel para
Julio II: su sepulcro, su estatua, la bóveda de la Sixtina. El
sepulcro se interrumpió por difícil y costoso. La estatua de bronce,
levantada en una plaza de Bolonia, fué convertida por los boloneses
en pieza de artillería. Llamábanla Juliana, y la disparaban contra el
Papa. Solamente le quedaba para su gloria la Capilla Sixtina. Apoyado
en su báculo, el Papa entraba á interrumpir, impacientar, apresurar
al artista. Miguel Ángel dejaba caer un tablon á sus piés.—«¿Sabes
que si llega á darme en la cabeza me mata?»—gritó el Pontífice.—«Todo
lo evitára Vuestra Santidad con no venir á distraerme»—le
contestaba el pintor. Julio II aprende la leccion y se va. Pero á
los pocos dias, cuando más entregado está Miguel Ángel á su furia
creadora, aparece el Papa.—«¿Cuándo acabarás?»—le pregunta.—«Cuando
podré»—contesta Miguel Ángel, encubriendo sus figuras con espeso velo
negro que envolvia toda la bóveda.
Otra vez se empeña Julio II en ver las figuras, agitado de
impaciencia. Miguel Ángel se opone. Sube el Papa á duras penas la
escala del tablado. Miguel Ángel se coloca entre las pinturas y
el Papa. Hay algunos autores que dicen haber en tal ocasion y con
tal motivo dejado caer su báculo sobre las costillas del pintor.
Indudable es que un dia apaleó á su camarero por haber dicho que
Miguel Ángel era, como todos los artistas, medio loco. En este
conflicto descendió el pintor de su tablado, arrojó los pinceles,
fuése á su casa, ensilló su caballo y partióse de Roma. Pero
enamorado perdidamente de su obra, que comenzaba á salir del cáos,
se volvió para concluirla. Bien es verdad que el Papa lo hubiera
preso en el camino, ó hubiera declarado la guerra á la ciudad que
lo retuviera sin su consentimiento soberano, como en otro tiempo
estuvo á punto de declarársela á Florencia, en la cual, huyendo de su
cólera, se habia el artista refugiado.
Por fin apareció, sí, apareció aquella obra-siglo, aquella
obra-humanidad. El Renacimiento habia encontrado su símbolo. Es la
Edad del gran crecimiento del hombre. Por la brújula ha crecido en el
mar, por la imprenta ha crecido en el tiempo, por el descubrimiento
de América ha crecido en el planeta, por la filosofía ha crecido en
el espíritu, por la reaparicion de las artes clásicas ha crecido en
la historia, por el telescopio va á crecer en el cielo, por todo en
el seno de Dios. ¿Quereis ver cuánto ha crecido? ¿Quereis tener la
medida de su nueva estatura? Pues comparad las figuras tétricas,
rígidas, estrechas de pecho, flacas, desmayadas, que ha dejado Fra
Angellico en Florencia como el testamento de la Edad Media, con las
figuras atrevidas, atléticas, gigantescas, hercúleas, que ha dejado
Miguel Ángel en la Capilla Sextina, glorificacion del Renacimiento.
Imaginaos un grande trecho plano, iluminado por doce ventanas, y
dividido de las paredes colaterales por una cornisa. El tiempo, la
humareda del incienso, de los cirios, le han dado un tono crepuscular
que aumenta sus misterios. No parecen pinturas: segun la fuerza de
encarnacion, segun lo saliente del dibujo, segun el relieve de
las formas, parecen esculturas. Es la apoteósis del cuerpo humano
regenerado. Por los frisos de la cornisa, y sobre las ventanas, ya
tendidos, ya de pié, ya en actitudes y en posiciones inverosímiles,
aquellos atletas vigorosos, desnudos, de nervios vibrantes como
las cuerdas de un arpa, y de fibras endurecidas por los ejercicios
de la gimnasia; jóvenes hermosísimos, que han combatido por Roma
en los campos de batalla ó que han dado la vuelta al circo guiando
la cuadriga en los juegos olímpicos de Grecia; renacidos al calor
de esta nueva primavera del espíritu, á la evocacion de este genio
extraordinario de Miguel Ángel, que convierte las piedras en hombres;
y escalando audaces las cimas de la Roma católica, cual si fuera su
antiguo Olimpo, á fin de celebrar, con la embriaguez de su nueva y
no esperada vida, la propia resurreccion y la resurreccion de sus
dioses, de sus filósofos, de sus poetas, de su patria en los cielos
del arte.
Pero aquí se acaban las reminiscencias clásicas. El resto de aquel
techo no ha tenido precedente, no ha tenido consiguiente. Queda
ahí como los primeros versículos de la Biblia, en la conciencia
humana; como las aisladas cimas del Sinaí, del Calvario, del
Capitolio, en las llanuras de la Historia. Son las sibilas y los
profetas. Venidas las sibilas de Délfos, de Cúmas, de Eritrea, de
Libia, despues de haber recogido en las encinas de Dodona, en las
orillas del Egeo y del Tirreno, por las grutas del Pausilipo, ó por
los golfos de Corinto y de Bayas, las profecías, las esperanzas,
las promesas de redencion que los poetas han dejado caer de sus
versos, y de sus discursos los filósofos; venidos los profetas del
desierto, del Carmelo, de las grutas de Jerusalen, de los bosques
primitivos del Líbano, despues de haber recogido las esperanzas
consoladoras de aquella raza de sacerdotes; se juntan en la Capilla
Sixtina como dos coros titánicos, para con sus fuerzas sostener el
techo donde resaltan maravillosamente en cuadros, únicos por su
grandeza, todas las alegorías y todas las tragedias de la Biblia;
el cáos sumergido en sus sombras; la primera luz amaneciendo pura
sobre las aguas serenas; Adan dormido aún completamente en el sueño
de la materia; Eva recien creada, despertándose ya en el éxtasis
del amor, encantada por el florecimiento de la vida que respira y
absorbe delirante de alegría; el primer pecado que se desliza en la
tierra, desposeida del paraíso, y el primer dolor que se desliza en
el pecho desposeido de la inocencia; el diluvio, arremolinando sus
verdosas aguas de hiel atravesadas por el relámpago y henchidas por
el huracan sobre las cimas donde los últimos hombres se agarran para
salvarse en el estertor de la desesperacion; el sacrificio de Noé
sobre las montañas, en señal de la perpetuidad de la naturaleza y de
la salvacion de la especie; todo agrupado, todo reunido, titanes,
sibilas, profetas, tempestades, huracanes, diluvios, en torno de
aquella gigantesca, sublime figura del Eterno, que irradia el
pensamiento de su frente, la accion de sus manos, dominando aquellas
criaturas con su mirada centelleante, en señal de que las anima y las
vivifica á todas con su creador aliento.
Pero despues de examinado el conjunto, descended á las
particularidades. ¡Qué sobrenaturales son cada una de aquellas
figuras! No se comprende cómo las frágiles fuerzas del hombre
han llegado á tanto. He visto en muda contemplacion á muchos
artistas, dejar caer los brazos con desaliento, menear la cabeza
con desesperacion, como diciendo: jamas repetirémos esto. Las ideas
madres que Goethe veia en las cavernas tejiendo las fibras de la
vida, y las vestiduras de las formas para todos los seres, no son
tan sublimes como esas sibilas. Los gigantes de la Biblia y de la
poesía clásica no son tan altos como esos profetas. Isaías está
leyendo el libro de los destinos del mundo. Su cerebro parece la
curva de una esfera celeste, una urna de ideas, como las cimas de
las altas montañas son las urnas de cristal de donde bajan los
grandes rios. El Ángel lo llama y vuelve lentamente la cabeza al
cielo sin abandonar el libro, como suspenso entre dos infinitos.
Jeremías viste el sayal del penitente, cual conviene al profeta
perdido en las cercanías de Jerusalen. Sus labios vibran á la manera
que la trompeta de los conquistadores. Su barba desciende enroscada
sobre el pecho como una tromba. La cabeza está inclinada como la
copa de un cedro herido por el rayo. En sus ojos entornados braman
océanos de lágrimas. Las manos aparecen fuertes, pero hinchadas de
sostener las piedras vacilantes del santuario. Se ve que le rodean
las quejas y las elegías de los hijos de Israel, cautivos á la orilla
del extranjero rio, el lamento prolongadísimo de la señora de las
naciones, solitaria y desolada como viuda. Ezequiel está furioso. Su
espíritu lo posee. Habla con sus visiones como si fuera presa de un
delirio divino. Monstruos invisibles deben agitar las potentes alas
en su oido, y producir, segun escucha, un bramar tempestuoso como
el ruido del oleaje oceánico. El viento marino hincha su manto como
si fuera una vela. Daniel está completa, absolutamente absorbido en
escribir, como que tiene que contar al mundo los castigos de los
tiranos y las esperanzas de los buenos; los castigos de Nabucodonosor
convertido de dios en bestia; los castigos de Baltasar, asaltado por
la muerte en medio del festin donde ofrece á sus concubinas el vino
orgiástico en las copas robadas al santo templo; los castigos de los
cortesanos de Darío devorados en la fosa por los hambrientos leones;
tras cuyos castigos pasarán setenta semanas de años, al cabo de las
cuales, segun anuncio de Gabriel, vendrá un humilde varon, vestido de
blanco lino, el cual despertará con su palabra los muertos acostados
en el polvo de los siglos, y hará brillar con nuevos resplandores
el firmamento. Jonás está espantado, como saliendo del seno del
mar para ir al seno del desierto, á ver morir la grande ciudad de
Nínive. Zacarías es el más viejo de todos. Parece que se cae, como
si bajo sus piés se desgajára el suelo al sacudimiento del terromoto
anunciado en la última de sus profecías.
Lo más admirable de aquellas figuras colosales que nunca os cansais
de admirar, es que no solamente son decoraciones de una sala, adornos
de una capilla, sino hombres, sí, hombres que han padecido nuestros
dolores; que se han clavado las espinas de la tierra; que tienen la
frente surcada por las arrugas de la duda y el corazon traspasado por
el frio del desengaño; que han asistido á los combates donde mueren
los pueblos y á las tragedias donde se consumen tantas generaciones;
que ven caer sobre sus cabezas la niebla de la muerte y quisieran
preparar con sus manos una nueva sociedad; que tienen los ojos
gastados, casi ciegos, de mirar contínuamente el movible y cambiante
espejismo de los tiempos, y las carnes quemadas por el fuego de las
ideas; que llevan sobre sus crispados nervios el peso de sus almas
grandiosas, y sobre sus almas el peso, todavía más grave, de sus
aspiraciones irrealizables, de sus ensueños imposibles, de sus luchas
sin victorias, de sus deseos por lo infinito sin ninguna satisfaccion
sobre la tierra.
Yo quisiera definir estas figuras. Por lo que más en ellas se acerca
á la humanidad, por la forma, por el organismo, son verdaderamente
sobrehumanas. Todos esos seres gigantescos y extraordinarios que las
várias cosmogonías han creido ver salir de la primera feracidad del
planeta recien creado en la expansion de su vida, habian de tener
esa colosal estatura. Pero por lo que hay en ellas de espiritual,
de permanente, todas son humanas, todas hijas de esos dos elementos
de nuestra vida, que tantas grandezas han producido: la aspiracion
á lo infinito y el dolor de la realidad, contra la cual se estrella
el alma, al querer esparcirse en lo invisible, en lo inmenso, en lo
misterioso, volviendo á caer sobre su reducido lecho de barro con un
horrible estremecimiento y un prolongado gemido.
Pero donde veo el espíritu humanitario, reconciliador, universal, del
siglo décimosexto, es en esas sibilas del paganismo alzadas al nivel
de los profetas, puestas ahí á su lado, repitiendo la misma idea,
anunciando la misma verdad, como dos coros apartados, cuyas voces y
cuyos cánticos se encuentran confundidos en el cielo.
No de otra suerte, en el laboratorio de los aires, se confunden la
electricidad venida de diferentes montañas, los vapores exhalados por
lejanos mares.
¡Cuán apartados nos hallamos de aquellos primeros iconoclastas, que
destrozaban las bellas estatuas de los dioses, creyéndolas efigies
del demonio! ¡Cuán léjos de aquel espíritu estrecho que condenaba la
antigua historia, por creerla podrida! Las sibilas son los oráculos
del paganismo. Cuando el dia espira, cuando las pléyades salen del
mar, cuando las olas recamadas de fosforescentes resplandores mueren
tranquilas en la arena; bajo el árbol lleno de misterios, sobre la
piedra dorada por los siglos; vestidas con una túnica tan blanca como
las nubes benéficas, coronadas de verbena; el ara encendida delante,
el ídolo alzado á su espalda, el pueblo inmóvil á su alrededor, las
cítaras de las vírgenes sonando en sus oidos, los ojos en el cielo
y la mano en el corazon, delirante el alma, agitados los nervios;
las sibilas dicen sus oráculos secretos en versos misteriosos,
recogidos sobre hojas fugaces, confiados á veces á merced del viento,
y descubren así los misterios del porvenir, y arrancan así por fuerza
el feto del hecho venidero á las entrañas de las edades futuras,
todavía dormidas en el abismo de la eternidad.
San Agustin ha leido los libros misteriosos de estas mujeres. En
su entusiasmo, hace lo que Miguel Ángel ha hecho; las coloca en la
ciudad de Dios. Ellas han predicho la venida de Cristo. _Pertinent ad
civitatem Dei_, exclama. Son aquellas mismas que delante del César,
segun una leyenda piadosa, se arrancaron la corona de la frente
y descendieron mudas del marmóreo altar, porque habia nacido el
esperado por las naciones y se habian cumplido las promesas de los
siglos. Virgilio mereció que San Jerónimo, despues de haber saludado
la cuna de Cristo en Belen, saludára su sepulcro en el Pausilipo.
Mereció más; mereció que San Agustin lo citára entre los testigos de
mayor excepcion á favor del Cristianismo, entre los genios que han
ahuyentado sus dudas y han fortalecido su fe.
«No creeria tan fácilmente esto, si ántes no lo hubiera anunciado un
poeta nobilísimo en lengua romana.» Mereció más; que el mayor poeta
de la Edad Media exclamára, invocándolo:
Per te poeta fuí, per te cristiano.
Y todo por haber repetido Virgilio el oráculo de la sibila de Cúmas:
la venida de un niño misterioso, por cuya presencia se cambiaria el
órden de los siglos y perderia la naturaleza sus males, el leon su
fiereza, la serpiente su veneno, los campos sus espinas, el trabajo
su fatiga; y sin necesidad de ser por el sudor regados, henchiríanse
de vida los campos, producirian las vides sus racimos, los trigos
sus espigas, los árboles sus frutas, coronándose de lirios las
colinas, tiñéndose de los matices del íris los vellones de los
corderos, embotándose el aguijon de las abejas, que depositarian
espontáneamente su miel en los labios, como las vacas destilarian su
leche en los odres; y el Universo, á manera de un árbol mecido por
una brisa celeste, entonaria un cántico sublime que pusiera en olvido
la música de Lino, la flauta de Pan y las melodías de Orfeo, por ser
el himno incomunicable de la nueva edad de justicia.
La verdad es que la historia, en su moderna universalidad, ha
destruido muchos odios. Los romanos y bárbaros, que peleaban como
enemigos eternos, con furor, en el fin de las edades antiguas, eran
hermanos, hijos de una misma raza. Y esos profetas de Jerusalen,
esos incansables lectores del porvenir, esos invencibles enemigos de
los tiranos, lo mismo que esas sibilas misteriosas, vagando por las
arenas de la Libia, por las ruinas de Persia, por los mares de Jonia,
por las grutas de Cúmas, apareciendo en las cimas del Archipiélago
griego y en el cabo Miseno como almas sin cuerpo para decir ideas sin
forma; los filósofos que desde la gran Grecia han pasado el Pireo y
desde el Pireo han corrido á Alejandría, sembrando entre el Oriente y
el Occidente una estela de ideas que ha sido un semillero de mundos,
lo mismo que los sublimes y oscuros misioneros no comprendidos de la
Roma imperial, que han pasado de las catacumbas á los circos, dejando
con la sangre de sus venas el reguero inmortal que ha fecundado
la fe; todos, durante muchos siglos enemigos, todos mútuamente
desconocidos, todos apartados por abismos y por odios, todos se han
unido en lo infinito, y han formado nuestro espíritu, y encendido
nuestra conciencia religiosa.
¡Qué sublimes son esas sibilas de la Sixtina! El pensamiento y
la mirada vuelan de una en otra sin acertar á fijarse. Paréceme
que son las madres de las ideas, las formas de las cosas eternas.
Cualquiera diria que tienen atravesado entre sus dedos el hilo de
la vida universal, y que están tejiendo la trama de la naturaleza.
Son la Pérsica, la Eritrea, la Délfica, la Líbica, la de Cúmas. Si
buscais sus genealogías, encontraréis el Dante, encontraréis Platon,
encontraréis Isaías, encontraréis Esquilo; son de esa raza. Si
buscais sus parientes por el mundo moderno, los tendréis en algunos
personajes de Shakspeare, en algunos pensamientos de Calderon, en
algunas escenas de Corneille. Son de ese temple.
Leed todos los tratados de lo sublime, y á duras penas acertaréis á
comprender ese concepto. Es difícil de explicar un escalofrío que
sólo se siente dos ó tres veces en la vida; una idea que sólo tiene
media docena de ejemplos en la historia. Pero levantad los ojos á la
bóveda de la Sixtina: ahí está lo sublime, ahí la desproporcion entre
nuestro débil sér y las fuerzas infinitas de una idea que nos agobia,
que nos anonada bajo su inconmensurable grandeza. Eso es lo sublime;
un goce en una pena.
Tú, Pérsica, en la vejez que te agobia, se conoce cómo el mundo en su
cuna te ha confiado sus secretos y te ha dicho sus vagidos, y cómo
ántes de morir te inclinas, abrumada por el trabajo y por los años,
á escribir un poema cíclico en las hojas de tu libro de bronce. Tú,
Líbica, vienes corriendo, como si la arena del desierto encendido
te quemára los piés, á traernos una idea recogida en el espacio
donde todas las ideas se han tranformado como larvas misteriosas.
Tú, Eritrea, eres jóven como Grecia, bella como una de las sirenas
de tu archipiélago, cantora como la tierra de los poetas, ondulante
como los mares de que nacieron los dioses, y amiga de la luz, atizas
la inmortal lámpara que está á tu lado, y á cuyo resplandor vendrá
como una mariposa la conciencia humana. Tú, Délfica, eres vírgen
como Ifigenia inmolada por los reyes; tú llevas el beso de Apolo en
los labios, la sombra del laurel en la frente, la inmortalidad del
genio en el pecho alzado, como para entonar un cántico armonioso, que
se oirá hasta el fin de los siglos. Tú, Sibila de Cúmas, dejas tu
caverna, y allí donde las montañas se cincelan más escultóricamente,
donde los aires se cargan de aroma, donde el mar Tirreno más se
embellece, en el golfo de Bayas, mirando la griega Parténope
hermosísima y ébria como una bacante reclinada sobre su mullido cojin
de pámpanos, modulas dulcemente la melodía de la esperanza. ¿Sois de
carne, sois mujeres, habeis sentido la voluptuosidad, el amor, ó sois
los arquetipos de las cosas, las ideales del arte, las sombras de
esas musas que todos los poetas invocan y que ninguno ha visto sino á
traves de sueños irrealizables, las formas várias de la eterna Eva,
que ya se llama Safo, ya Beatrice, ya Laura, ya Victoria Colonna, ya
Eloisa, y que está de pié en la cuna y en el sepulcro de todas las
edades, sonriéndonos con la esperanza, despertándonos al deseo, y
huyendo á nuestros brazos como una ilusion que se desvanece en lo
infinito?
Este techo de la Capilla Sixtina inspirará eternamente ensueños
poéticos. Uno de los mayores literatos de Europa dice que ha empleado
treinta años en estudiarlo. Cuando Miguel Ángel acababa de pintarlo,
no podia mirar hácia abajo sin que inmediatamente se le oscurecieran
los ojos. Tenía necesidad de llevar alzada la cabeza siempre y mirar
hácia arriba. El objeto de su vista se encontraba en el cielo.
Hácia allá, hácia el cielo tambien se dirigia su alma, henchida de
inspiraciones infinitas, y por lo mismo de infinitos dolores.
Y este hombre, con una sensibilidad tan viva, con un carácter tan
áspero, con un pensamiento tan extraordinario y tempestuoso, ha
vivido en el tiempo de los cambios más bruscos, de los contrastes
más fuertes, en que el espíritu humano pasa de tristes desmayos á
vida exuberante, de sombríos eclipses á súbitas iluminaciones, de la
penitencia á la orgía, del sensualismo á la fe; inclinándose ya de un
lado ya de otro, como si estuviera ébrio.
Imaginaos un cuerpo trasladado súbitamente de la zona tórrida al
polo, del abismo al cielo, de la cima de una montaña al abismo, de la
mar tempestuosa á un lecho mullido; y quizas no tendréis idea de los
saltos que ha dado el alma de Miguel Ángel por las contradicciones de
su tiempo. El Luzbel de la Biblia, pasando de la naturaleza angélica
á la naturaleza diabólica, y el Luzbel de Orígenes, volviendo de la
naturaleza diabólica á la naturaleza angélica, podrian dar una idea
lejana de las trasformaciones súbitas por que pasaron aquel siglo y
aquel hombre empapado en los torrentes de su siglo.