¡Quién hubiera dicho que habian de triunfar estos humildes sectarios!

Asombra ver cómo se burlaban de ellos los más aplaudidos escritores

de la antigüedad. Luciano ha dejado entre sus inmortales escritos

la carta burlesca sobre un mártir cristiano llamado Peregrino. Este

desdichado se figuraba que era inmortal, y que, por ende, habia

de vivir perpétuamente. Despreciaba, en consecuencia de esta fe,

los tormentos y pedia la muerte. Como el sofista crucificado habia

persuadido á los suyos de que todos los hombres deben tenerse por

hermanos, ponian sus bienes en comun, y, víctimas de la ignorancia,

caian en manos de los más codiciosos ó de los más hábiles. Coronaban

todas sus insensateces con la magna insensatez de morir en las

llamas. De tan acerba manera juzgaba á los renovadores del mundo un

escritor de talento, un filósofo de elevadas ideas, un satírico de

primer órden. Y eso que sentia el hielo de la muerte discurrir por

las venas de la antigüedad. Y eso que los dioses del pagano culto y

los filósofos de la griega ciencia merecian todas sus despiadadas

burlas. Y eso que debia sentir en el fondo de su alma conturbada la

necesidad de la renovacion.

Pues aquellos fanáticos en creencias, supersticiosos por

temperamento, recluidos en tinieblas, creyentes en el sofista

crucificado; los predicadores insensatos, los sectarios apasionados,

los débiles, los pobres, los ignorantes, eran, despues de todo, los

llamados á despertar, esparciendo la llama viva del espiritualismo

sobre su frente, al mundo ébrio y corrupto, que emponzoñaba con sus

orgías y con sus vicios, no solamente la conciencia humana, sino la

misma naturaleza material.

¿Qué fuerza tenian, qué fuerza? ¿Armas? Su palabra. ¿Riquezas? Su

fe. ¿Poder? El de su resignacion al sufrimiento. ¿Legiones? Las

legiones de los mártires. ¿Propiedad? La de sus tumbas. Lo que tenian

realmente, era una fuerza que es incontrastable, un arma que no se

mella nunca, una riqueza que no se pierde, una propiedad que no se

acaba: la misteriosa luz sin noche y sin ocaso, el vívido fuego que

vivifica y no quema, el alma inmortal de la naturaleza, el motor de

la sociedad, el aire en que perpétuamente respiran las almas; la

idea, uniendo á ella el sentimiento, que ha recibido de los cielos el

dón de los milagros; la fe viva, profunda, en esa idea. Los vencidos

vencieron, los proscriptos reinaron, los muertos fueron dispensadores

de la vida, los débiles domaron con sus manos, traspasadas por los

clavos de la cruz, la salvaje fiereza de los bárbaros, y su ideal

maldecido se transformó en el sagrado lábaro de una nueva vida.

Imposible que estas reflexiones no asalten y no posean con

fuerza á cuantos vayan por aquel inmenso laberinto de calles

subterráneas. Son los surcos donde se plantaron los gérmenes de las

ideas cristianas. Allí estuvieron largo tiempo, guardados de la

persecucion, como la semilla del trigo bajo los hielos del invierno.

Allí brotaron á la luz. Los mártires de una idea progresiva resucitan

siempre. La obra que construyen no se interrumpe, aunque lo parezca

á nuestra mezquina vista, incapaz de abrazar en su conjunto, como el

Universo material, el Universo moral. Nosotros, ajenos á toda enemiga

contra ninguna de las ideas que han contribuido á la educacion de la

humanidad, hijos de este siglo eminentemente sintético, mirábamos y

admirábamos enternecidos el lugar donde se fraguó la gran revolucion

moral contra los excesos del sensualismo antiguo. Los signos

epigráficos, las figuras medio borradas, los jeroglíficos esculpidos

en las piedras tumulares, las imágenes sagradas de aquellos tiempos

nos trasportaban á su tempestuoso seno. Parecíanos oir la salmodia

religiosa medio reprimida por el terror; ver la llegada de los que

traian los restos de los mártires recien cogidos en el espoliario

del Circo, para depositarlos en las urnas, y alzar al pié de estas

urnas el pequeño altar donde ardia la mística lámpara. Ya pintados

al fresco, ya esculpidos en las piedras, veiamos el pescado

milagroso, que representaba al Salvador; las áncoras, símbolos

de la esperanza; el cayado y el odre del buen pastor; el cordero

resignado al holocausto; la nave de la Iglesia desafiando todas

las tempestades; la viña mística, cuyos racimos y cuyos sarmientos

llenaban la tierra; la mujer divina deslizándose sobre las aguas

del mar con su niño entre los brazos y la estrella sobre la frente;

la cena en que se repartia el pan eucarístico entre los primitivos

cristianos, cena frugal, alimento del alma, protesta viva contra las

orgías del Imperio; la resurreccion de Lázaro, saliendo rejuvenecido,

hermoseado, de su sepulcro, merced al Verbo divino, que cayera

sobre sus huesos y lo despertára á la nueva vida, como la doctrina

evangélica al Viejo Mundo.

No puedo yo entrar en las controversias artísticas que han suscitado

los eruditos fundadores de la arqueología cristiana. No puedo decir

si, como quiere M. Raul Rochette, estas pinturas se han inspirado

en el arte antiguo, ó si han espontáneamente nacido de la nueva fe,

como quieren el caballero Rossi y su erudito comentador frances,

que en otro lugar he citado. Hame sucedido como á éste; no he visto

el cielo que veia Ozanan en los ojos de las orantes. No he visto

ni siquiera la expresion espiritual de las tablas de la Edad Media

en los frescos de las catacumbas. He visto que los rostros tienen

algo de la impasibilidad inconmovible de la pintura antigua. Pero

se observa que el arte no está en la serenidad clásica, en aquella

compenetracion de la forma y del fondo, que le daba un carácter

olímpico. Algunas gotas de plomo derretido han abrasado aquellas

carnes. Algunos relámpagos de un ideal infinito han pasado por

aquellos ojos. Las formas se retuercen de dolor, y los labios

suspiran de nostalgia. Son las larvas misteriosas de donde saldrán,

en la sucesion de los siglos, los ángeles de Fiessole, los mártires

de Fra Bartolomeo, las Concepciones de Murillo, las Vírgenes de

Rafael. Así el pintor que contempla estas figuras simbólicas, puede

ver en ellas, extasiado, los primeros blasones de la genealogía del

arte moderno, de ese arte pictórico en que hemos superado á los

antiguos.

Pero ¡ah! cristianos ó filósofos, adictos á lo pasado ó adictos á lo

porvenir, hombres de fe ó de ciencia, cuando penetrais en aquellos

abismos, cuando caeis en aquellas tinieblas, cuando columbrais los

borrosos frescos ó palpais los sacros relieves, sentís discurrir por

vuestras venas un estremecimiento de terror, como el que produce

siempre la contemplacion de lo sublime. En mí confieso que todos

los sentimientos y todos los recuerdos de la infancia se levantaban

como en tropel y me poseian, como si la primera fe áun estuviese

viva. Recordaba yo la humilde iglesia de mi lugar con sus fiestas

religiosas; la Vírgen-Madre entre nubes de incienso y acentos del

órgano; las procesiones que salian á bendecir los campos en las

mañanas de Mayo, cuando las amapolas alzaban sus corolas entre los

trigos, y las zarzas se cubrian de rosillas; el cántico de las

letanías, repetido por innumerables voces; los acentos de la campana,

difundidos en los aires, llamando á la oracion, miéntras los últimos

resplandores del dia espiraban sobre las crestas de los montes, y

las primeras estrellas de la tarde nacian en la inmensidad de los

desiertos cielos.

Mas cuando estos sentimientos del corazon dejaban espacio á las

ideas, yo veia el poder de una nueva creencia, que aparece en

momentos propicios, en el momento de una muerte irremisible de la

antigua fe. Este sentimiento no os deja ni un momento cuando vagais

por aquellos subterráneos, cuando á vuestros mismos ojos pareceis

cadáveres ambulantes en aquellos inmensos panteones. La oscuridad, la

lobreguez, el silencio, si por mucho tiempo se prolongan, os fatigan,

os hielan, os petrifican. Necesitais el aire tibio, la luz, la luz

sobre todo. Así, cuando salimos de las catacumbas, y respiramos en la

atmósfera de la campiña latina, y contemplamos el sol centelleando

en las nieves del Apenino, y olimos el aroma de las hierbas

humedecidas, de las flores recien brotadas, y escuchamos el piar de

los pajarillos que abrian sus gargantas en los nidos al alimento y á

las caricias maternales, miéntras las golondrinas subian á los cielos

y el ruiseñor gorjeaba en las vecinas enramadas, no pudimos ménos de

bendecir á la Naturaleza, que ofrece un teatro eterno á todas las

tragedias, y páginas infinitas á todas las epopeyas de la historia.

LA CAPILLA SIXTINA.

Roma es la ciudad de las tristezas eternas. Sus cipreses murmuran

una elegía. Sus fuentes lloran la muerte de algun dios. La luna, al

reflejarse en sus mármoles, evoca legiones de blancas sombras. Por

doquier muestra amontonadas las ruinas con sus coronas de ortigas.

Un ejército de Titanes ha sido precipitado en el polvo de esta

ciudad, asentada sobre urnas funerarias. Las piedras gigantescas, los

muros ciclópeos, las columnas colosales son los huesos de esa raza

vencida por los rayos del cielo, aniquilada por las maldiciones de

Dios. Jamas un volcan extinguido por el frio de los siglos fué tan

majestuoso en la estéril soledad de su cráter, como esta Roma muerta.

Jamas los huesos de los fósiles, incrustados en las montañas por

el diluvio, enseñaron tanto como esos ladrillos diseminados en las

cenizas, como estas piedras con sus inscripciones borrosas.

Todo es desolacion. Vagais entre sepulcros vacíos. La muerte no

ha perdonado ni las cenizas de los muertos. La naturaleza, en su

voracidad insaciable, ha metamorfoseado los huesos caidos sobre sus

profundos senos. Y los átomos de César, de Sila, de Cincinato, de

Camilo, quizá ruedan en el polvo barrido por el aire, quizá matizan

ténuamente las frágiles alas de una mariposa, ó se dilatan por las

fibras de la hierba que siega con su afilado diente la salvaje cabra.

Y sin embargo, cuando estaban agrupados sobre un esqueleto, cuando la

sangre hirviente los regaba, cuando las entrañas, como otros tantos

hornillos, mantenian el calor de la vida, esos átomos soportaban

el peso del cielo, regulaban á su placer el mundo, y dirigian la

humanidad con una frágil espada, hoy enmohecida, al cumplimiento de

sus destinos.

Pero ¿qué resta de todo esto? Unas cuantas capas de polvo amontonadas

sobre otras capas de polvo, donde se han perdido y se han borrado los

césares y los tribunos, los vencedores y los vencidos, los romanos

y los bárbaros, los señores y los esclavos; sin que pesen más en la

balanza del universo y en la gravitacion del globo unas que otras

cenizas.

Despues de haber andado largo tiempo entre tantas ruinas, echais

de ménos los habitantes, pero habitantes á la altura del coloso.

Nada importa el ave nocturna que se esconde en el hueco de un

sepulcro; nada el murciélago que sale de una catacumba; nada el

buho ó el cuclillo que cantan en la soledad de la noche sobre las

piedras del Coliseo. Quereis, repito, ver habitantes á la altura del

coloso. Inútil buscarlos en una raza degenerada y sierva. Los dignos

habitantes de Roma son los hombres de mármol tallados por el cincel

en piedras inmortales. Son las figuras dibujadas en los muros por el

genio. Y entre estas figuras, las que tienen todavía el fuego sagrado

en la frente; las que guardan la fuerza del heroísmo en los músculos

y en los nervios crispados por las chispas del pensamiento; las que

respiran la tempestad en la ancha fragua de sus colosales pulmones;

las que pueden sostener el cielo con su frente, y dejar bajo sus piés

una huella indeleble en la tierra, son las figuras de Miguel Ángel.

Parece que despues de haber estado caido en el polvo mil años el

genio del Capitolio, arrullado por los Misereres de la Edad Media,

ha sacudido su pesado sueño un dia, se ha levantado arrojando las

montañas de ruinas amontonadas sobre sus espaldas, y ha ido á buscar

ese Titan del arte, ese Miguel Ángel siniestro, solitario, tétrico,

sublime, para comunicarle el soplo de su espíritu, y pedirle en

cambio que dejára grabadas sobre los muros de la Roma católica las

sombras colosales de la Roma antigua. Así debian ser de fuertes,

de fornidos, de hercúleos, los héroes romanos; ese pecho fortísimo

necesitaban para infundir con su aliento un espíritu á la humanidad;

esos brazos nervudos para manejar el caballo de guerra y llevarlo

vencedor desde las orillas del Tígris á las orillas del Bétis; sobre

esos anchos hombros descansaba la tierra como sobre otras tantas

cariátides; esa actitud forzada y casi imposible debian tener cuando

asaltaban Jerusalen y Alejandría; sus manos parecen vibrar aquella

lanza, con la cual abrieron las venas de los pueblos y los ingertaron

fuertemente en su derecho; y las espaldas gigantescas se encorvan un

poco, cual si trajeran todavía al pomerium la enorme carga de los

dioses vencidos en toda la tierra.

Esta fué la idea que en mí despertó la Capilla Sixtina, cuando la

visité de vuelta de la Vía Apia, de la Vía de los Sepulcros. Al

pronto, en aquel templo del arte, ahumado por los cirios y por el

incienso, no descubrís más que las figuras colosales, y no os dais

cuenta ni de la idea ni de los personajes que representan. Yo de mí

sé decir que fuertemente conmovido por la larga carrera entre dos ó

tres leguas de sepulcros, imaginaba ver en los Alcídes de la bóveda

y en los varios grupos del Juicio Final, las almas escondidas en

las ruinas; esas almas que flotan sobre las piedras, sobre los arcos

ruinosos; esas almas errantes por la tierra del Foro, revistiendo

formas humanas, colosales, violentas, como si el huracan del último

dia del mundo las sacudiera, pero formas en debida proporcion y

armonía con su histórica grandeza. Las figuras de Miguel Ángel son

los héroes antiguos que han crecido en su sepulcro.

La Capilla Sixtina toma su nombre de Sixto IV. El pontificado de

éste fué agitadísimo. Maquiavelo aprendió parte de su política en

la conducta de Sixto. Fué el primero que mostró cuán grande era el

poder político de los Papas, y armando guerras contra los magnates

de Italia, mereció ser atendido de todos y alabado por el autor del

_Príncipe_. En su tiempo, y á sus instigaciones, murió asesinado

Julian de Médicis en Santa María dei Fiori de Florencia, á la hora

misma de alzar á Dios en la misa Mayor. Los Médicis, en cambio,

colgaron de una ventana al Obispo nombrado por el Pontífice para

Pisa. Las riquezas de Sixto IV montaban mucho, porque provenian de la

venta de beneficios. Pedro Riario era cardenal á los veintiseis años,

Patriarca de Constantinopla, Arzobispo de Florencia, y murió exhausto

de oro, de sangre, á manos del placer, como Baltasar ó Sardanápalo.

Las facciones combatian á la puerta del Vaticano y manchaban de

sangre hasta las gradas de los altares de San Pedro. Pero la córte

romana se enriquecia, y con estas riquezas levantaba capillas. Era

este el tiempo en que por dinero se concedian permisos de robar

á los bandidos, y en que un camarero decia á Inocencio VIII, que

habia comprado la silla pontificia con simonías, y que habia vendido

salvoconductos á los ladrones: «Procede bien V. S., porque Dios no

quiere la muerte del pecador, sino que pague y viva.»

Pero si la Capilla debe su nombre á Sixto IV, debe la maravillosa

decoracion de la bóveda á Julio II. Este tiempo es el tiempo clásico

de los horrores de Italia. Si, como dice Alfieri, la planta-hombre

nace más robusta en la Península italiana que en el resto del mundo,

y se conoce su robustez en sus crímenes, jamas ningun país los

presenció tan grandes. Pisa espiraba en sus lagunas, despues de una

resistencia que tenía algo de la furiosa locura del suicidio. Un

Dux de Génova, alzado desde el movible seno de las clases plebeyas

á la suprema dignidad, era asesinado, descuartizado; sus miembros,

repartidos entre los enemigos, puestos como trofeos en los muros.

Tres mil ciudadanos caian degollados sobre el suelo de Prato, al

par que eran violadas las innumerables monjas de sus conventos.

La nobleza veneciana moria tostada en una cueva de Verona, cuyos

bosques ardian horriblemente. Ni siquiera fueron perdonados los niños

de pecho. Era tan espantoso aquel tiempo, que hasta las mujeres

se volvian crueles. Una campesina toscana descabezaba al soldado

español que la habia robado á su hogar, y huia para presentarle á

su marido, en desagravio de su honra, la lívida cabeza. Los suizos

talaban el Milanesado, los alemanes Venecia, los franceses Ravéna,

los españoles el resto de Italia. Allí Gaston de Foix se complacia

en mostrar su camisa, roja de sangre italiana. Allí Bayardo ejercia

las crueldades caballerescas de los tiempos feudales. Allí saltaban

las minas inventadas por Pedro Navarro. Allí el Gran Capitan ganaba

sus victorias á costa de cruentísimas luchas. Italia era un campo

de matanzas. Hileras de insepultos cadáveres la cubrian desde los

desfiladeros de los Abruzos hasta los desfiladeros de los Alpes. Pero

en medio de todas estas catástrofes, el genio que truena, la voz

que impera, es el genio y la voz de Julio II, austero en su vida,

italiano en el fondo de su corazon, forjado para las batallas en el

bronce del heroísmo; hábil hasta añadir ó sustraer á sus cálculos,

como cifras aritméticas, los reyes y los emperadores y los pueblos;

pagado de su autoridad religiosa, porque le sirve para afirmar su

autoridad política, implacable en sus castigos como un sacerdote

del antiguo Testamento, veloz como un condottiero para emprender

correrías y asaltar ciudades hasta en los rigores del invierno; en la

una mano los rayos espirituales para vibrarlos fuertemente y expulsar

los herejes de la Iglesia; en la otra mano la mecha para encender los

cañones y expulsar los bárbaros de Italia.

Indudablemente hay una relacion de temperamento entre el papa Julio

II y el artista Miguel Ángel. Aquél quiere extraer del fondo de las

invasiones una raza de héroes que sirvan para sostener la patria, y

éste del seno de las canteras otra raza de titanes que sirvan para

excitar á la gloria. Así le propone á Julio II su sepulcro: una

montaña de bronces y mármoles; ancha la base y elevada la cúspide;

una gradería entre ellas de cornisas caprichosamente cinceladas;

diversos genios en esas actitudes viriles, violentas, pero armónicas,

cuyo secreto sólo él posee, teniendo sobre su cerebro mantenidas

las cornisas y bajo sus piés encadenadas las naciones: las Virtudes

y las Artes, por hermosísimas mujeres representadas, llorando y

retorciéndose de dolor; sobre las cuatro esquinas de la primera

cornisa, la Vida activa y la Vida contemplativa, San Pablo, cuya

palabra es una espada, y ese Moisés que todavía nos aterra con su

mirar, relampagueante como el Sinaí; arriba, sobre trofeos, tributos

de la naturaleza y recuerdos de la historia, Cibéles, la tierra,

sosteniendo una mortaja con la actitud de una Madre Dolorosa que

abraza al Crucificado exánime en su amante seno, y mirando á Urano,

el cielo, que todo lo remata sonriente, y que engarza el genio del

Papa, como una estrella más, en el coro de sus bienaventuradas almas.

Era aquella tumba un poema cíclico.

Miguel Ángel corria á las montañas á buscar el mejor mármol. Llenaba

de grandes piedras Roma. Luégo cogia su martillo, su cincel, y

comenzaba á romper, á desbastar el mármol, buscando anhelante,

sudoroso, con esfuerzos supremos, entre una nube de piedras que

saltaban á sus golpes, la imágen tal como la descubria en su propia

conciencia. Pero cuando estaba en el hercúleo trabajo empeñado,

la envidia le mordió en el talon. Bramante, uno de los genios de

aquella edad sobrenatural, quiso perderlo. Arquitecto principalmente

el uno, escultor principalmente el otro, léjos de excluirse, debian

completarse.

Las grandiosas estatuas de Miguel Ángel parecen hechas para lucir

bajo los atrevidos arcos de Bramante. Allí, entre aquellas largas

líneas, bajo aquellas curvas prodigiosas, teniendo por decoracion uno

de esos patios ó uno de esos templos cuyas perspectivas nunca se

acaban, podian las estatuas de Miguel Ángel desplegar sus trágicas

actitudes, sus titánicos miembros, que parecen sacudidos por los

rayos de las ideas, y violentados por el esfuerzo supremo para subir

desde la tierra al cielo. Se aborrecian Bramante y Miguel Ángel; pero

se completaban. Así es la naturaleza humana. Aquellos dos hombres

no sabian que eran los trabajadores de una misma obra. Por eso la

historia no empieza á tener conciencia de sí misma, sino cuando

la muerte ha pasado sobre sus héroes. Tales ejércitos, que se han

combatido hasta aniquilarse sobre un campo de batalla; tales hombres,

que se han odiado hasta herirse con la calumnia; tales genios, que se

han perseguido mútuamente hasta querer borrarse de la tierra, como

si no hubiera aire para todos, no saben, cegados por sus pasiones ú

oscurecidos por el polvo de los hechos diarios, que mañana han de

confundirse en una misma gloria, han de representar á los ojos de

la posteridad una misma idea, han de tener en las hondas huellas

dejadas por las obras de arte sobre el mundo los mismos adoradores y

los mismos enemigos: que toda grande personalidad es un trabajador

empleado en levantar esa serie inmensa de arcos triunfales llamados

siglos, y todo espíritu individual es una faceta del prisma llamado

espíritu humano, que descompone en mil matices la luz divina en la

cual va bogando el Universo.

La sociedad es como la naturaleza. El mal está en lo particular, en

lo contingente, en los límites de las cosas; pero el mal desaparece

en el conjunto, en lo universal, en lo eterno. Así os sucede que en

ciertos siglos todos los individuos parecen perversos, todos los

pueblos ciegos, todas las acciones malas; aquí un monstruo, allá una

matanza, acullá una supersticion; y luégo, cuando la idea del siglo

se desprende de aquel todo, resulta como benéfica nube henchida de

consolador rocío que refresca los aires y empapa en vida nueva la

tierra. En el Universo acontece lo mismo. El veneno, el rayo, la

peste, las catástrofes, son accidentes que jamas llegan á perturbar

la serenidad del conjunto, la vida que se desprende como una mansa

cascada de los pechos de la naturaleza, la eterna luz del Cósmos. La

víbora pica al hombre; pero no puede picar á la humanidad. La muerte

siega al individuo; pero no siega á la especie. Me he sublevado

siempre contra la idea maldita de la eternidad del mal. Por eso he

combatido la otra idea, no ménos maldita, de la muerte completa y

del completo aniquilamiento de la conciencia. Resolvemos todas las

antinomias, todas las contradicciones por medio de la muerte. Mirad

cómo Bramante y Miguel Ángel, que se han combatido en la vida, se

han reconciliado en la inmortalidad.

Pero prosigamos la historia de la Capilla Sixtina. Bramante inspira

á Julio II la idea de encargar á Miguel Ángel los frescos de la

bóveda. Pero el grande escultor ni siquiera conoce los procedimientos

de la pintura al fresco, y así lo dice al Papa. Éste no admitia

contradiccion, no toleraba que se le diera á la desobediencia ni

siquiera la razon de las razones, la imposibilidad.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 4 / 19 段