carnicería. La escultura antigua, generalmente de una severidad
tan olímpica, nos ha dejado la imágen viva de esta cólera en la
escultura del gladiador combatiendo. Dilátanse sus ojos, sobre los
cuales como que extienden tempestuosa nube las fruncidas cejas. Sus
miembros robustísimos adquieren una infinita tension. La cabeza se
avanza hácia adelante, inclinada sobre el pecho, á fin de parar los
golpes. Su cuerpo está en actitud de lanzarse á la pelea, sostenido
sólo por el pié derecho. El brazo izquierdo amenaza; en tanto que
el puño derecho, fuertemente contraido, se apercibe á dar un golpe
mortal. Aquella estatua es la imágen viva del ódio. Y el ódio
contínuo ha engendrado en torno de Roma espesísima nube de cólera,
de maldiciones, que tuvieron su satisfaccion terrible en la noche
apocalíptica de las venganzas eternas, en la noche de las victorias
de Alarico y de las orgías de los bárbaros, los hijos de los esclavos
y de los gladiadores.
¿Quién, quién puede extrañar los castigos de Roma? Toda su fuerza,
toda su majestad, toda su grandeza han sido destruidas por una idea.
Allá en las catacumbas se ocultan oscuros sectarios, que quieren
oponer al sensualismo antiguo el espíritu, á la religion pagana y al
Imperio dogmas que Roma no podia admitir sin perecer. Esos sectarios
huyen de la luz del dia y se encierran temerosos en las catacumbas.
Allí pintan el Buen Pastor que les guía á la eternidad, la paloma
que les anuncia el término del gran diluvio de lágrimas en que se
ahoga nuestra vida. Allí entonan himnos á un tribuno oscuro, pobre,
débil, que no ha sabido matar como los conquistadores, sino morir
humildemente en ignominiosa cruz. De allí han salido estos confesores
de la nueva fe, para sellarla con su sangre sobre las arenas de
este mismo circo. El anciano, el jóven, la tierna doncella han oido
sin estremecerse el maullar del tigre asiático, el rugir del leon
africano. Las fieras hambrientas han salido de las grandes jaulas que
todavía en los cimientos del circo se ven, y han clavado sus garras y
sus dientes sobre los cuerpos indefensos de los mártires. Miéntras
se repartian las panteras, las hienas, los tigres, los leones sus
restos palpitantes; miéntras bebian con furor insaciable la sangre,
los romanos aclamaban al césar creyendo que con aquellos miembros
devoraban las fieras una supersticion, y con aquella sangre se bebian
las fieras una idea. Y los césares han muerto, y los pretorianos se
han dispersado, y las piedras del Coliseo han caido, y una nueva
idea ha reemplazado á las antiguas ideas, que, convirtiéndose
de perseguida en perseguidora, ha intentado á su vez destruir
nuevas sectas, ahogar nuevas creencias, no pudiendo llegar con sus
excomuniones, ni con su inquisicion, ni con sus tormentos, al disco
inmortal del espíritu humano, que brilla eternamente entre las ruinas
y entre los dioses, entre los pueblos que mueren y los pueblos que
empiezan, entre las creencias y los dogmas, como el sol perenne entre
los coros de los mundos.
LOS SUBTERRANEOS DE ROMA.
En Roma suspende y maravilla la ciudad que sobre la tierra se eleva;
pero suspende y maravilla tambien la ciudad que en las entrañas de la
tierra se esconde. Sobre aquellos muros mece el viento la hiedra y el
jaramago; descubre la conciencia el ideal y la fe de otros siglos.
Bajo aquellos muros, donde las sombras se espesan, donde la frialdad
y la humedad de la noche se eternizan; por las cuevas y las grutas
abiertas en las profundidades del suelo podrán correr ahora solamente
los fuegos fatuos, producto de tantos huesos como allí amontonaron
los tiempos; más han corrido en otros dias, solemnes para el espíritu
humano, las ideas que vivificaron la conciencia de la humanidad y que
esclarecieron y realzaron sus altares. Yo me dirigia con religioso
respeto á los sitios consagrados por la veneracion de tantas
generaciones; yo me dirigia con el espíritu henchido por multitud de
ideas. Las campiñas romanas invitan á meditar sobre la fragililidad
de los poderes más fuertes y sobre la inania de las mayores y más
respetadas majestades terrestres.
De aquel pueblo, que llenaba el mundo, no se encuentra ni la sombra.
De aquellas instituciones, que sostuvieron sobre sí el peso de tantos
siglos, no se ven ni los restos. Algunos muros, algunos arcos,
algunas columnas, inscripciones borrosas, sepulcros destrozados,
mutiladas estatuas semejan los restos de un gran naufragio, los
despojos de una inmensa tempestad. Yo comprendo allí, entre tantos
destrozos, el misticismo que de algunas almas se apodera; el
desprecio de este frágil mundo, en que todo se pierde, y se gasta, y
se consume; la aspiracion al descanso de la muerte; la impaciencia
generosa por la posesion de lo infinito en otro mundo ménos incierto
y más duradero.
Yo mismo, que tengo las ideas de mi tiempo, que creo en la perennidad
del Universo, que miro la muerte, no como el aniquilamiento,
sino como la renovacion; yo mismo sentíame inclinado á ciertas
melancólicas reflexiones, y me imaginaba oir, ya la trompeta del
juicio sonando sobre los orbes desquiciados, ya las lamentaciones de
los profetas gimiendo sobre las destrozadas ciudades.
Yo veia en los montes Apeninos, sembrados de ruinas, en las
cordilleras de sepulcros diseminados por todas partes, en los
arcos interrumpidos de los gigantescos acueductos, en las torres
medio destrozadas como si las hubiera un rayo profundamente
herido y desquiciado, en todos aquellos fragmentos de obras medio
pulverizadas, algo de las grandes visiones apocalípticas, los restos
de planetas esparcidos por las espaldas de los ángeles exterminadores
en la soledad del espacio. La figura del tierno apóstol, que las
artes plásticas han idealizado en las edades modernas; eternamente
jóven como los dioses antiguos; elocuentísimo como los oradores
helenos; semita que hablaba el lenguaje de Platon, y ponia el Verbo
engendrado á la sombra del Pireo, entre los dogmas fundamentales
del cristianismo; esta figura, que el Renacimiento ha realzado en
sus cuadros y en sus estatuas, yo la veia allá, en Pátmos, entre el
coro de las islas griegas, cuyos horizontes sonrien como la mirada
de las sirenas; á la vista del azul Mediterráneo, henchido siempre
de espíritu pagano y entonando en sus ondas, sembradas de corales,
el antiguo himno clásico; yo veia esa figura ideal, mística como
la oracion, dulce como la esperanza; yo la veia en el momento de
recoger todas las iras de su raza proscripta, y trazar en el último
apocalípsis el castigo de la prostituta Babilonia, miéntras los
ángeles buenos y los ángeles malos combatian rudamente en los aires,
y las piedras chocaban con las piedras en los planetas, y los muertos
andaban buscando, roto el sudario y entreabierta la sepultura, sus
carnes en las ruinas amontonadas, en el barro amasado con lágrimas y
sangre, para presentarse al último juicio que ha de escuchar en el
momento supremo de la boca de su Eterno Juez todo el Universo.
Íbamos á las Catacumbas, é íbamos entre montones de ruinas. La
desolacion del paisaje no era, sin embargo, tan grande como la
tristeza del alma. Desterrados, errantes, sin patria, nuestro
pensamiento y nuestro corazon tenian tambien, guardaban tambien
ruinas como aquel inmenso y volcánico suelo de las grandes
desolaciones. Todo recordaba la muerte. Hubiéramos creido hallarnos
en esferas, más que terrestres, infernales, si la naturaleza, con
el rocío matinal que descendiera de los aires, con la verde hierba
que se levantaba entre las junturas de las piedras, con las flores
primaverales que coronaban la hierba, con las mariposas que se mecian
sobre las flores, con las hojas tiernas recien brotadas de las yemas,
con los nidos cincelados ya entre el follaje, no hubiera querido
recordarnos en tibia mañana de Abril la perennidad de la vida y la
eterna alegría de sus espléndidos festines.
¡Oh naturaleza! Inmóvil en medio del movimiento, una en medio de la
variedad; empapada en el éter que la penetra por todos sus poros,
y que forma como su atmósfera, como su espíritu; bajo la sucesion
contínua de seres orgánicos que cambian y se trasforman, permanente
é inmodificable; sujeta á la muerte y eterna; sujeta al límite
é infinita; difundida en la inmensidad del espacio y concretada
en seres orgánicos; desde los astros que irradian su luz por las
esferas, á las flores que empapan con sus aromas los aires; desde los
gases impalpables que se desvanecen, á las sólidas cordilleras que
mezclan con sus ventisqueros, donde la nieve blanquea, sus volcanes,
donde reluce el fuego central; desde la nebulosa que lleva en gérmen
orbes infinitos, á los grandes y gigantescos mundos, ya cansados
de bogar por los espacios; desde el grano de arena que la onda
remueve, á las últimas estrellas de la Vía Láctea, cuyo resplandor
tarda veinte mil siglos en llegar hasta nosotros, pobres desterrados
adheridos á este pequeño planeta; en todo ese círculo, cuyo centro
se halla, como dice la sabiduría moderna, en todas partes, y cuya
circunferencia en ninguna, ¡ah! no sucede el aniquilamiento total
ni de una sola molécula; no existe, no, la nada; sombra de nuestro
pensamiento, aprension de nuestra poquedad, fantasma de nuestros
sentidos, idea sin realidad, que las tristes limitaciones de
nuestra lógica y la incurable imperfeccion de nuestro lenguaje nos
ha obligado á poner en el eterno océano de la vida. Es verdad que
algunos astros se han apagado en nuestro sistema solar, como faunas
y flores enteras han desaparecido en nuestra corteza terrestre; pero
ni se ha extinguido el calor de la vida universal, ni ha cesado el
crecimiento y el progreso de más perfectos organismos. Entremos,
pues, en estas cavernas de ruinas, con el pensamiento puesto en
la idea de lo infinito y el corazon puesto en la esperanza de la
inmortalidad.
La más visitada de las catacumbas es la catacumba de San Sebastian;
y la más digna de estudio detenido es la catacumba de San Calixto.
Á unas cuatro millas hácia el Oriente de Roma, entre la Vía Apia y
la Vía Ardeatina, bajo montones de escombros donde se encuentran
toda clase de restos despedazados, junto á bosquecillos de cipreses
que aumentan la tristeza y la solemnidad del paisaje, enciérrase la
más vasta y la más bella de las necrópolis cristianas, refugio de
los perseguidos, vivero de los mártires, descanso de los muertos,
templo de los vivos, asamblea de aquellos audaces innovadores, que
traian una nueva luz á la historia y un nuevo ideal á la vida. Yo
aconsejo á todos cuantos me leyeren que no vayan á contemplar estos
sitios, sagrados por tantos conceptos, sin llevarse los libros,
y sobre todo los planos, del célebre arqueólogo católico Rossi.
Así como el explorador de los bosques de América, de la tierra del
porvenir, penetra, de su cortante hacha armado, en aquellas selvas
inexploradas, y derriba los árboles, y ahuyenta los reptiles, y
arranca las enredaderas, y crea habitacion á la familia, espacio
al trabajo, este arqueólogo, explorador de un mundo subterráneo,
se sumerge en las sombras, en el asilo de las aves nocturnas, bajo
vacilantes bóvedas, entre laberintos de grutas, expuesto á ser
aplastado por un desplome de las frágiles paredes, á perderse para
siempre en cualquier recodo de aquellas ciudades de tumbas, en aquel
infierno de palpables tinieblas, confundiendo su esqueleto con los
muertos que ha intentado arrancar al silencio de triste é ingratísimo
olvido.
¡Cuántas veces la esponjosa toba llovia su menuda lluvia de arena
sobre la frente de aquel hombre! ¡Cuántas veces un alud de piedras,
de ladrillos, rodaba hasta sus plantas y le envolvia en espesas nubes
de polvo, que embargaban toda respiracion á sus fatigados pulmones!
¡Cuántas veces perdia el derrotero en aquel inmenso laberinto, el
norte en aquel océano de tinieblas, y se imaginaba haber perdido
tambien toda salida, y haber topado con segura muerte por sed, por
hambre! Pero á la incierta luz de mortecina lámpara, minero audaz del
espíritu humano, buzo de los abismos del tiempo, leia la inscripcion
trazada quince siglos ántes por uno de aquellos sectarios, que
acababan de recoger en el Circo Máximo los despojos humanos, y
confiarlos á la tierra, entre oraciones, cuyos ecos áun se oyen
allí; entre lágrimas, cuyos vapores todavía no se han desvanecido en
aquella atmósfera bendita.
Lo primero que pasma, cuando á los subterráneos se desciende, es
el gigantesco trabajo empleado por los que abrieron, sin tener
los medios mecánicos y químicos de nuestra civilizacion, aquellas
ciudades subterráneas. Aunque se haya dicho que las catacumbas
fueron abiertas en las canteras, su carácter especial, sus galerías
sobrepuestas, pues hay hasta cinco pisos de tumbas; su disposicion,
que tiene cierta regularidad, revelan un plan, perfectamente
concebido y madurado, al cual se sometia y subordinaba la edificacion
de estas celdillas, donde los grandes elaboradores del nuevo dogma
depositaban la miel de sus ideas, que habia de alimentar á tantas
generaciones. Hasta la naturaleza del suelo se estudiaba con
detenimiento y con verdadera ciencia. Evitábanse las arcillas y
gredas, las marismas, todo terreno que conservára fácilmente las
aguas, y se cavaban los templos y los sepulcros en la toba granular,
volcánica, más fuerte, más consistente, ménos accesible á la humedad,
forjada por el fuego creador, y apta á todo género de construcciones
duraderas. Mas era necesario preservar aquellos asilos, no solamente
de los ataques de la naturaleza, sino tambien de las cóleras de los
hombres.
Para conseguir este fin, buscaban los cristianos la sombra de las
leyes. Y la ley romana protegia sobre todo y ántes que todo en el
mundo los lugares consagrados á las sepulturas. El suelo que era
propiedad de la muerte no tenía el movimiento de la vida. Vendida,
legada, donada una propiedad, una finca, ni venta, ni testamento, ni
donacion alcanzaban al sepulcro, siempre exceptuado, siempre en poder
de las familias que allí guardaban las cenizas de sus deudos. Así
podian abrir fosas profundísimas en el suelo, elevar monumentos á las
alturas, y con el nombre de áreas adyacentes, unir muchos terrenos
anejos al sepulcro, y como el sepulcro, sagrados. Los cristianos
aprovechábanse para sus cementerios de estas garantías de las leyes,
y señalaban un terreno cualquiera, y abrian galerías subterráneas,
y depositaban allí los vasos de su culto, los muertos de su secta
y de su familia. Una serie de áreas romanas constituia el núcleo
verdadero de las catacumbas. Así, por el respeto supersticioso de
las leyes á la propiedad infiltrábase la oracion libre y el culto á
los muertos. Los mismos emperadores que perseguian á los cristianos
como creyentes, respetaban á los cristianos como propietarios. La
propiedad colectiva, que era la propiedad cristiana de los primeros
tiempos, tenía existencia legal en los códigos y amparo eficaz en los
tribunales. Si hay confiscaciones como en los reinados de Valeriano
y de Diocleciano, son confiscaciones pasajeras, excepcionales,
interrumpidas, borradas pronto por una restitucion, que prueba la
perennidad del derecho, como la restitucion de Galieno y de Magencio.
Y sin embargo, el Imperio persigue las asociaciones ilícitas, y
declara asociaciones ilícitas las asociaciones religiosas, que
amenazan á la integridad de su vida amenazando á la integridad de
sus dogmas. Y Roma, que reconociéndose epílogo y síntesis del mundo
antiguo, admite en sus templos todas las divinidades nacidas en el
seno de los pueblos asiáticos, Roma rechaza el Dios de los judíos, el
Dios de los cristianos, sin duda porque los demas dioses son, como
los suyos, dioses de la naturaleza, en tanto que el Dios cristiano y
judío es el Dios del espíritu, que viene á sustituir á la verdadera
y poderosísima diosa de la tierra, á la diosa Roma. No obstante
este ódio, comprobado por tantas persecuciones, respetábase toda
asociacion benéfica que tuviese por objeto enterrar á los muertos,
orar por los muertos: no se le preguntaba por su dogma religioso
cuando se la veia reunirse para prestar culto á la inmortalidad. Bajo
tal respeto á la muerte se anidaban los cementerios y los templos.
Y cuenta que el cementerio cristiano exigia verdadera amplitud.
Los romanos quemaban sus muertos, y recogian las cenizas en vasos
de mármol ó de pórfido; miéntras los cristianos, que creian, no
sólo en la inmortalidad del alma, sino en la resurreccion de la
carne tambien, guardaban los cadáveres íntegros en el fondo de las
sepulturas. Así las ciudades de los muertos alcanzaban proporciones
tan colosales como las ciudades de los vivos. Así bajo los arcos de
triunfo, bajo los circos llenos de magnificencia, bajo los templos
donde se congregaban los dioses que se creian eternos, bajo los
palacios donde reinaban los césares, que se creian omnipotentes; á
los cuatro puntos del horizonte, extendíanse verdaderas ciudades de
sepulcros, con sus calles, con sus encrucijadas, con sus plazas;
ciudades de la muerte, que, sin embargo, avivaban en sus sepulturas
un nuevo espíritu, el cual habia de matar á la antigua Roma, y animar
sobre sus restos otra civilizacion.
Nótase una diferencia entre las catacumbas del siglo I y las
catacumbas de los otros siglos; del siglo III por ejemplo. Aquéllas
eran más hermosas y estaban más ornamentadas. Empleábanse en el siglo
I los mármoles con frecuencia; los estucos brillantes, los colores
vivos, los relieves artísticos, los frescos dignos de figurar junto
á los frescos de Pompeya, las inscripciones clásicas con retumbantes
y nobiliarios nombres de familias aristocráticas, los sarcófagos
monumentales, todo construido, todo hermoseado por aquellos artistas,
un poco paganos, es verdad, que llevaban todavía en sus pinceles y en
su cincel artísticos todos los jugos de las inspiraciones clásicas;
pero que representaban el tránsito de un término á otro término de
las ideas, y de una época á otra época de la historia. Así es la
vida. Las revoluciones más trascendentales se apartan tímidamente de
su orígen y se agarran á las instituciones mismas que van á destruir.
La Iglesia, aunque nace bajo la maldicion de la sinagoga, recoge y
consagra los libros, usa y difunde el lenguaje de la sinagoga. El
cristianismo, aunque crece entre las persecuciones de los paganos,
copia sus símbolos y santifica sus artes. La filosofía, aunque huye
y se aparta de las ciencias teológicas, consagra muchos de sus
apotegmas y encierra las fórmulas racionalistas en la terminología
de las antiguas escuelas. Los pintores místicos de la Edad Media
tienen su progenie en los pintores de las catacumbas. Aquí está la
brillantísima genealogía de Cimabue y de Fra Angellico. Aquí la
paloma, que servia en la antigua pintura para acompañar á Vénus,
sirve para anunciar, con su ramo de olivo en el pico, la promesa de
la resurreccion. Quizá no esté tan bien dibujada, tan bien cincelada
como la serena paloma griega que ha construido su nido entre los
mirtos, los lentiscos, y que ha acompañado con sus arrullos los
himnos de los templos helenos; pero en cambio ha pasado bajo las
blancas alas de la paloma cristiana, por todo su cuerpo demacrado,
el relampaguear sublime de nuevo espiritualismo. Así es el alma
humana. Cree el sentido comun que se ha transformado, que ha crecido
por súbitas y milagrosas revelaciones, cuando se ha transformado,
cuando ha crecido por un trabajo interior, perseverante, eterno, que
ha elaborado lentamente las nuevas creencias, los nuevos dogmas;
alimento de tantas generaciones, atribuido en los arrebatos del
corazon y de la fantasía á milagros de los profetas, de los ángeles,
de los reveladores, no de otra suerte que el artista, el poeta,
atribuye á la sonrisa de la casta Musa, escondida en los pliegues del
aire, en los arreboles del cielo, la inspiracion que á raudales brota
de su propia alma.
Pero, como las catacumbas de los tiempos apostólicos son más bellas y
más ricas que las catacumbas de los tiempos posteriores, cuando ya se
habia difundido el cristianismo, yo no puedo atribuirlo á lo que lo
atribuye el Conde de Richemont en su erudito libro sobre la primitiva
arqueología cristiana; yo no lo atribuyo á que las clases más nobles
pertenecieran á la religion más nueva. No. La historia desmiente
este aserto. La fuerza misma de la asociacion cristiana obró las
maravillas de las primeras catacumbas. Los artistas, que pertenecen
siempre á lo pasado por la poesía de los recuerdos, á lo porvenir
por la poesía de las esperanzas, fueron tocados en el corazon por
la nueva fe, y expresaron sus sentimientos en la soledad de las
catacumbas. La misma insignificancia de la secta perseguida sirvióle
de incontrastable escudo contra los perseguidores. Los primeros
césares temian á los estoicos, cuyo sentido humanitario contrastaba
la idea fundamental romana, la idea de la superioridad incontestable
de la gran ciudad; pero no temian á los cristianos, confundidos con
aquellos judíos que trajeran cautivos de la toma de Jerusalen, y
que arrojaban con menosprecio á las fiestas del Circo, para que sus
combates, sus agonías, sus estertores, su muerte, sirviesen de solaz
al hastiado pueblo.
Cuando el cristianismo creció, como en el siglo III; cuando el número
de sus iglesias aterró á los que veian arruinarse en la soledad y
en el abandono los paganos templos; cuando coincidieron con estas
tendencias de los espíritus á separarse de la antigua fe, tendencias
de los pueblos á separarse tambien del antiguo Imperio; cuando entre
tantas ruinas morales y materiales se dibujaban como bandadas de
cuervos, viniendo á lanzarse hambrientos sobre un cadáver insepulto,
las irrupciones de los bárbaros, que ponian espanto con los aullidos
de sus gargantas, y la vibracion de sus armas, y la ferocidad de
sus instintos; los últimos romanos atribuyeron sus desgracias á los
primeros cristianos, los cuales, perseguidos, acosados, como una
nueva fuerza más que como una nueva idea, se refugiaron en catacumbas
abiertas de prisa, enlazadas con las viejas canteras, sin pinturas ni
relieves, porque no eran, no, templos de religiosos, sino madrigueras
de fugitivos.
Habiamos ido desde las catacumbas de San Sebastian á las catacumbas
de San Calixto. En las primeras nos condujo rápidamente un fraile,
guiándonos, vela en mano y largo recitado en labio, por aquellas
cavernas. En las segundas nos acompañó un guía laico, mucho más
instruido y mucho ménos presuroso, cuyas noticias parecian más bien
aprendidas en experiencia propia que en ajenas recitaciones. La
oscuridad era grande, completo el silencio. Pareciamos descendidos
de las tempestades superiores de la vida á las espesas sombras de la
muerte. Nos internábamos, y nos internábamos mucho. Si la luz que nos
guiaba se hubiera extinguido, ¡cómo saliéramos nosotros del abismo!
Y sin embargo, ¡qué reposo! ¡Qué especie de tranquilidad en aquella
region de la muerte! Los fugitivos que allí se escondieron dominaron
al mundo. Las ideas que allí se plantáran cubrieron con su benéfica
sombra, por espacio de muchos siglos, los altares, los templos;
alimentaron con su calor las conciencias; sostuvieron el corazon
humano con sus esperanzas.
¡Quién, al ver las dos sociedades, no hubiera dicho que la
subterránea estaba destinada á desaparecer, y la superior, la que al
aire y á la luz se esperezaba en el placer y en el vicio, destinada,
por su falso brillo, por su poder aparente, por la fuerza que fingia,
por los cortesanos que la cercaban, á durar siglos de siglos! Arriba
los césares, el Senado ceñido de laureles, el ejército, en cuyas
armaduras relumbraba el sol de las batallas; los sacerdotes, que eran
oráculo de lo pasado y nuncios de lo porvenir; los cortesanos en
legiones innumerables, los esclavos en la ergástula, los gladiadores
en el circo, los arcos de triunfo, los monumentos colosales, los
obeliscos, testigos de tantos siglos y despojos de tantas batallas;
miéntras que abajo sólo habia sectarios oscuros, débiles, soñando con
una redencion moral en medio del envenenamiento de las costumbres,
teniendo por toda fuerza sus oraciones, por toda victoria sus
martirios. Arriba los templos eran magníficos, rodeados de prados
y jardines, donde cantaban en pajareras várias aves innumerables;
precedidos de vestíbulos de mármol; ornados de maravillosas estatuas,
debidas al cincel que trasmitiera á las inertes frias piedras todo el
calor, toda la vida del alma; convertidos en museos de antigüedades
por la conservacion de las espadas que esgrimieran los primeros
héroes, y de los trofeos que encontráran, así en las ciudades como
en los campos, los primeros conquistadores; miéntras que abajo,
en las sombras, junto á estos milagros del arte, junto á estas
maravillas de la historia, el sombrío templo cristiano, abierto como
las madrigueras de las alimañas salvajes, ornado sólo por algunas
humildes figuras, que simbolizan el dolor, amenazado por la crueldad
del despotismo, avivada y recrudecida en las embriagueces de la orgía.