miserias humanas, sin darme de ello casi cuenta, habia llegado solo,
absorto, frente á frente del Coliseo Romano. La primera impresion
que me produjo fué de asombro. Si yo no naciera á las orillas del
mar, y no me connaturalizára con su infinita superficie desde niño,
tal impresion me hubiera causado, viéndolo por vez primera en edad
madura. Mi memoria un tanto viva y cambiante me trasladó súbita á mi
cátedra de latin, donde traduciamos los epigramas de Marcial, y me
trajo á los labios estos dos versos, que suelen repetir los eruditos
itinerarios publicados por los arqueólogos romanos:
Barbara Piramidum sileant miracula Memphis
. . . . . . . . . . . . . . . . .
Omnis Cæsareo cedat labor Amphiteatro.
Eran éstos los jardines de Neron. Por aquí andaba vestido de púrpura,
calzado de borceguíes celestes, la sien coronada de laureles, los
ojos fijos en el cielo, las manos en la cítara, henchidos los labios
de antiguos versos griegos, y el corazon de pasiones contrarias,
como un demonio que se esforzára por ser Dios, y se acogiera
momentáneamente al cielo del arte, para tornar á caer en los abismos.
Él era cónsul, tribuno, dictador, césar, pontífice máximo; todos
le bendecian, todos le adoraban; y no le estimaba ¡oh dolor! su
propia conciencia. La posteridad no ha sido para él tan despiadada
como para los demas césares, porque Neron fué siempre un tirano con
remordimiento. ¡Ha habido tantos en quienes se borró por completo la
conciencia! ¡Ha habido tantos que, al matar, al quemar, al destruir
ciudades enteras, han creido obrar meritoriamente á los ojos de
Dios! Hoy mismo un césar del Norte, por coger entre sus garras el
cetro de Alemania, se ha cebado en la infeliz Francia, y al eco de
las bombas, al estridor de las ruinas y del incendio, al gemido de
los moribundos, ha invocado el nombre de Dios como cómplice de sus
crímenes. ¡Ah! Neron mataba á su madre; pero sentia en las orillas
del mar los dolores de Oréstes y los ronquidos de las Euménides.
Neron oprimia al género humano; pero en su última hora proclamaba
muy alto que debia haber sido artista, y no césar. ¡La religion
pagana conservará más viva la conciencia y su jurisdiccion sobre la
vida que el pietismo protestante!
He mentado á Neron, porque su nombre está unido al nombre del
Coliseo. En el sitio que hoy ocupa, se extendia el estanque de los
jardines neronianos; y al frente del estanque elevábase una estatua
colosal, magnífica, del divino emperador, con los atributos de
Apolo, el dios de la armonía y de la luz, que llevaba en sus manos
la cítara, á cuyos acordes danzaban las musas, y en sus sienes el
verde laurel de Dafne. La familia de Vespasiano, en ódio al hijo de
Agripina, habia soterrado su áurea casa, llena de obras inmortales;
arrancado tambien el Coloso, y construido en su lugar el Anfiteatro;
pero no pudo arrancar ni el nombre ni el recuerdo de la apolina
estatua de Neron; y ese nombre degenerado, corrompido, Coliseo, lleva
todavía este colosal monumento.
No parece, á la verdad, obra de los hombres, sino obra de la
naturaleza. Esas gigantescas proporciones, esas moles inmensas no
han podido ser creadas por nuestras fuerzas, sino por las fuerzas
del gran arquitecto, del grande artista que ha levantado las eternas
pirámides de los Alpes, y que ha cincelado el maravilloso cono del
Vesubio, por las fuerzas del fuego creador, cuyas reverberaciones
guarda todavía en sus cristales el granito. Sólo cuando se ven las
armonías de sus arcos, la igualdad de sus columnas, el ritmo de
aquella arquitectura que asciende á los cielos como un cántico,
nótase que el pensamiento humano ha distribuido las enormes moles del
Anfiteatro, y las ha sellado con el sello divino de sus leyes.
Hoy es en parte una ruina. Cuando estaba todo de pié, dos gradas
lo sostenian como fuertes zócalos. Cuatro cuerpos sobrepuestos lo
formaban. Ochenta airosos arcos, que eran otras ochenta puertas,
circundaban todo el primer cuerpo. Á los lados de los arcos alzábanse
medias columnas empotradas en la pared y pertenecientes al severo
órden dórico. Sobre este primer cuerpo se extendia una cornisa, y
sobre la cornisa otros ochenta arcos, á cuyos lados se elevaban
medias columnas del más gracioso y más ligero órden jónico. Otra
cornisa, idéntica á la anterior, remataba este segundo cuerpo y
servia de base al tercero, cortado en arcos tambien, ornado tambien
de columnas, pero del florido y rico órden corintio. Remataba todo
el monumento un airoso atrio, semejante á cincelada diadema, ligero,
ornado de pilastras y abierto por ventanas, á traves de las cuales
parece que brilla con más esplendor el cielo. Este inmenso edificio,
tiene cincuenta y dos metros de altura. Para definirlo en pocas
palabras, yo le llamaria una montaña circular, levantada, esculpida,
cincelada por el trabajo del hombre. El lado que mira al Nordeste
es el que mejor se conserva. Sólo en sus muros puede estudiarse la
sucesion de los arcos, la armoniosa escala formada por las columnas,
el órden y la gracia de las cornisas, la severa majestad del primer
cuerpo y la ligereza del ático que lo corona todo y que da á mole tan
grandiosa el primor y la ligereza de una joya.
En estos monumentos resplandecen las ideas y los caractéres de la
arquitectura romana. La gracia, la belleza griega, se han reemplazado
con la grandeza, y con la grandeza colosal. Es el Coliseo monumento
digno de un pueblo-rey, de un pueblo conquistador, de un pueblo
titánico, de un pueblo que cuenta ejércitos de esclavos, ejércitos
de trabajadores, sobre cuyas espaldas solamente hubieran podido
ascender las inmensas moles á tan vertiginosas alturas. El pueblo que
ha fabricado el Coliseo acaba de ver el Oriente y sus monstruosos
edificios, sobre los cuales ha querido tender los órdenes del arte
griego como una guirnalda. La arquitectura romana ya no es aquella
hermosa arquitectura de Aténas y de Corinto, que ha tomado por tipo
el bellísimo organismo de la mujer griega, de esa diosa, de esa
musa de todas las artes. Flota sobre los monumentos romanos algo
ménos bello, pero más grandioso, el océano invisible de un espíritu
universal, asimilador, que tiene de Grecia la armonía, de Asia la
magnitud, rebosando realmente en la tierra y en la historia, sin
tocar á un ideal, que irá más tarde á perderse entre los misterios y
los arreboles del cielo, medio luz, medio sombra. Luégo los edificios
romanos, inspirados en ese espíritu colosal, tenderán necesariamente
á fines útiles, prácticos, inmediatos, como toda su cultura. El dios
Eros, el dios del amor griego, ha sido reemplazado en Roma con el
dios Sterquilinius, con el dios del estiércol, de esa sustancia que
abriga y fecunda los campos, como la metafísica helénica ha sido
reemplazada con la moral y el derecho, con principios y ciencias que
tocan más inmediatamente á la sociedad y á la vida.
El Coliseo tiene todos los caractéres de la arquitectura romana.
Podeis aprenderla mejor en ese grande ejemplar perdonado
milagrosamente por la inundacion de los siglos, que en las páginas
de Vitrubio, quizas rehechas é interpoladas por los eruditos del
Renacimiento. Mirad esa argamasa que parece forjada como la materia
granítica en las incandescentes entrañas del planeta. Mirad las
bóvedas desconocidas de los griegos y admirablemente edificadas en
esta tierra del imperio y de la fuerza. Mirad los arcos que el
mundo helénico nunca construyó, y que parecen á mis ojos las puertas
triunfales por donde penetra en la historia con un nuevo espíritu
una nueva vida. Mirad cómo el romano ha puesto un plinto para que
descanse la columna dórica que el griego arrancaba del seno mismo
de la tierra como el tronco de un árbol. Mirad esos tres órdenes
separados siempre en la arquitectura griega y reunidos aquí en escala
ascendente, primero el más sencillo y más sobrio, el dórico, en la
base; despues el más elegante y más ligero, el jónico, en el medio;
y luégo el más florido, el más ornado, el corintio, coronando la
cima, como la diadema de todo el monumento. El espíritu del pueblo
constructor brilla por todas partes en esa fábrica. Ha reunido el
romano los tres órdenes de arquitectura en sus edificios, como ha
reunido los dioses griegos en el panteon. Su cultura es el gran
epílogo de la cultura antigua. Roma tomó á Grecia su metafísica y su
religion, á Sabinia sus mujeres, á España sus espadas, al Oriente sus
bóvedas y á Etruria sus arcos. Así puede decirse que Grecia es la
flor y Roma el fruto de toda la antigua historia. Monumentos como el
Coliseo no son más en el fondo que huesos milagrosamente conservados
del inmenso organismo que componia la Ciudad Eterna.
¡Y pensar que este edificio, capaz de vencer á veinte siglos con
todas sus catástrofes, se fabricó en tres años escasos! Levantáronlo,
como ya hemos dicho, aquellos emperadores de la familia flavia, bajo
cuya dominacion pudo consagrarse Tácito á maldecir el despotismo y
llorar la república. Tito, á quien la adulacion universal llamara
delicia del género humano, incendió Jerusalen; sobre las piedras
calcinadas inmoló millon y medio de judíos, destinando el resto á
degollarse entre sí como gladiadores en las ciudades de Siria, á ser
trofeos de la entrada triunfal del vencedor por la Vía Sacra, y á
levantar en las espaldas, amoratadas por el látigo, las moles de este
Anfiteatro, para morir entre las quijadas y las garras de las fieras
hambrientas.
Tito, despues de haber amado á Berenice como Antonio á Cleopatra;
despues de haberse oido llamar Mesías por sus propias víctimas,
y Dios por aquellos egipcios á quienes les nacian dioses en las
huertas; despues de haber consagrado á la sombra de las pirámides
nuevos bueyes al dios Apis; despues de haberse formado una córte de
sátrapas en Oriente, y corrido un dia entero los molestos honores
del triunfo bajo los arcos de la Ciudad Eterna, demolió la áurea
casa de Neron; trocó en estatua de Sol la estatua del César adorado
por la plebe; desecó el lago que se extendia entre el monte Celio
y el monte Esquilino; arrancó los bosques y taló las praderas de
las poéticas orillas, y en el fondo levantó el anfiteatro mayor que
han visto los siglos, consagrando su inauguracion en cien dias de
increibles fiestas, en que hubo combates de gamos, de elefantes, de
tigres, de leones, de hombres; combates gigantescos que salpicaron
con sangre hirviente el rostro del César y el rostro de su pueblo.
Nueve mil alimañas murieron durante aquella orgía de sangre sobre la
arena. La historia, que ha conservado el número de fieras muertas, no
ha conservado el número de personas, sin duda porque á los césares
les interesaban ménos los esclavos que las bestias.
Tito buscó en el trono algo con que apagar la sed insaciable de su
ambicion, y no pudo encontrarlo. Ya no era dado desear más despues
de tener bajo su mano el mundo; sobre sus espaldas, el manto de los
césares; en torno de su autoridad, sumisas, como rebaños, las razas;
silencioso y subyugado el planeta. Mas en el punto de llegar al
logro de sus ambiciones, el corazon de Tito se quebró en pedazos, ó
por no tener cosa alguna que desear, ó por deseos vagos, infinitos,
que en nubes de ensueños fantásticos se disipaban, disipando con
ellos toda su existencia. Lo cierto es que, al pisar el trono, una
inmensa tristeza se apoderó de él; una especie de tísis interior
le enflaqueció el ánimo; su aliento estaba cargado de suspiros,
su corazon de dolores, sus ojos de lágrimas, su vida de ilusiones,
su sueño de pesadillas, su pasado de remordimientos, su porvenir
de miedo, hasta que un dia, errante por la envenenada campiña de
Roma, en pos de un sitio donde adormecer su hastío, espiró, mirando
el cielo con los ojos enardecidos por la fiebre de infinitos y no
satisfechos deseos. Cuando yo recordaba la vida y la muerte de Tito,
parecíame el Circo la aglomeracion de montañas sobrepuestas por
las ambiciones desapoderadas de un césar para poseer el cielo como
poseia la tierra, sin lograr otra cosa que tener bajo sus plantas el
hervidero de todos los crímenes, y sobre sus sienes las maldiciones
de todos los hombres.
Embargado por estos recuerdos y estas ideas, habia yo recorrido
todo el monumento. Lo registré, lo estudié como puede estudiar el
naturalista una montaña; entré por todos los vomitorios, las puertas
que abrian paso al pueblo con tal desahogo, que, sin atropellarse,
ingresaban y salian rápidamente cien mil espectadores. Subí á sus
gradas más altas, desde las cuales pude contemplar el campo romano,
y á mi frente las lejanas lagunas; á mi derecha los arcos de Tito
y Constantino, la pirámide de Sextio y la basílica de San Pablo; á
mi izquierda las catacumbas de San Sebastian, la Vía Apia con sus
dos hileras de sepulcros; á mi espalda el Palatino, el Foro, la Vía
Sacra, el arco de Septimio Severo, el Capitolio; por do quier los
lugares en que circulan como rica savia las ideas, los lugares llenos
de recuerdos, los lugares, verdadero ocaso del espíritu antiguo,
verdadero oriente del espíritu moderno.
Estaba tan absorto, que la noche vino sobre mí como si hubiera venido
de improviso. Las campanas de Roma tocaban á la oracion; los buhos y
otras aves nocturnas ensayaban sus primeros gritos; oíase el agudo
y monótono cántico del sapo y la rana en las apartadas lagunas,
al par que el Miserere de una procesion al entrar en la próxima
iglesia; mezcla de voces del espíritu con voces de la naturaleza,
que sumergian aún mi conciencia en meditaciones más silenciosas y
más vagas, como si el alma se escapára de mi sér para implantarse, á
la manera de las plantas parietarias, en el polvo de las inmortales
ruinas.
La luna llena se levantó en el horizonte sereno, tranquilo, y vino á
dar con su melancólica luz nuevos toques de poesía á los arcos, á las
columnas, á las bóvedas, á las piedras esparcidas, á la desolacion
de aquel lugar, á la cruz erigida en su centro como una eterna
venganza que han tomado los gladiadores, obligando al pueblo romano
á bendecir, á adorar lo más abyecto, el infame patíbulo de los
esclavos, transformado en el lábaro de la civilizacion moderna.
Al resplandor de la luna que surgia, al eco de las campanas, que
espiraba entre las dudosas sombras, parecíame ver despertarse del
polvo las almas de las generaciones muertas, y venir en vuelo tan
callado como el vuelo de los murciélagos, á recorrer, á visitar
aquellos sitios, consagrados por sus recuerdos, y queridos hasta en
las regiones de las tumbas. Yo hubiera deseado detener las sombras
y contarles ¡ay! lo que pasa en nuestro mundo. Si sois almas de
tribunos, de senadores, de césares, sabed que todo cuanto vosotros
adorabais ha muerto, y que ya los siglos han gastado hasta las gradas
de los altares, herederos de vuestros altares, á fuerza de besarlas.
Todos aquellos dioses que vosotros creiais inmortales, han muerto, y
las ideas que los animaban ruedan por los abismos de la historia como
hojas secas desprendidas de las renovaciones contínuas del humano
espíritu. Ya las nereidas no palpitan suavemente en la espuma de las
ondas; ya las ninfas de marmórea blancura no suspiran, no, en el
susurrante arroyuelo. El dios Pan ha dejado caer su caramillo, que
llenaba de melodías los bosques. Á la embriaguez de las bacantes han
sucedido la maceracion, la penitencia, el horror á la naturaleza. Un
nazareno, un hijo de los judíos, de los esclavos, de aquella raza
que levantó con la cadena al pié y el látigo en el rostro las moles
del Coliseo, ha vencido y ha enterrado los dioses que inspiraron á
Horacio y á Virgilio, que sostuvieron á Escipion en las llanuras
de Cartago, y á Mario en los Campos pútridos, que engendraron el
arte y sometieron á su poder la victoria. En vano Tácito miró con
menosprecio á los sectarios de ese jóven oscuro, pobre carpintero
de Judea; en vano Apuleyo lo ridiculizó en sus apólogos y sus
fábulas. Ni siquiera la inmortal risa de Luciano pudo cosa alguna
contra el aliento que exhalaban aquellos labios, contra las ideas
que exhalaba aquella conciencia. Los dioses han muerto, y sobre
sus cadáveres ha caido muerta Roma. El Foro es un campo en que las
vacas se apacientan. El Coliseo es un monton de ruinas, donde adoran
los romanos el patíbulo de sus antiguos esclavos. La Vía Sacra se
ha hundido. En el Capitolio celebran sus ceremonias los nazarenos.
Éstos, que vosotros creiais perturbadores de la paz pública, tienen
altares y sacrificios donde ántes los tenian los dioses de Camilo y
de Caton. Pueblos bárbaros venidos del Norte ahogaron los oráculos,
interrumpieron las ceremonias sagradas, entregando, como si fuera
su despojo, la conciencia humana á turbas de cenobitas escapadas
de las cloacas y de las catacumbas. Y cuando la nueva creencia
se habia apoderado de todas las almas, cuando habia puesto sus
altares en lugar de los antiguos altares, como si el espíritu humano
estuviera condenado á tejer y destejer perpértuamente la misma trama
de ideas, nuevos combatientes, nuevos tribunos, nuevos apóstoles,
nuevos mártires, surgieron á matar la fe que sus predecesores
engendráran. Y pasa por nuevas fases la conciencia humana, por nuevas
angustias nuestro corazon, por nuevos estremecimientos de dolor esta
ensangrentada tierra.
Yo creí oir agudos gemidos sin número á medida que mis labios
murmuraban estas incoherentes ideas sin forma. Sería el eco del
viento en los cipreses y en los pinos. Sería el rumor último de la
campiña al entregarse en brazos de la noche. Sería el eco de la gran
ciudad, de su oracion, de sus lamentaciones. Pero asemejóse á un
quejido de profundísimos dolores.
_Sunt lacrimæ rerum....._
Yo, para distraerme, empecé á fingirme allá en la mente una fiesta
del Anfiteatro. No era la inmensa mole este inmenso cadáver. Aquí se
levantaba una estatua, allá un trofeo, acullá un monolito traido del
Asia ó de Egipto. El pueblo-rey entraba por los vomitorios despues de
haberse bañado y perfumado en las inmensas termas, subiendo hasta la
cima para desde allí repartirse en las respectivas graderías que de
antemano le estaban señaladas. Á un lado se veia la puerta sanitaria
por donde vienen los combatientes; á otro la puerta mortuoria por
donde sacan á los muertos. Los gritos de la muchedumbre, los agudos
sonidos de las trompetas se mezclan con el aullar y el rugir de las
fieras. Miéntras llegan los senadores y el césar, algunos empleados
de baja esfera municipal reparten entre el pueblo garbanzos tostados,
que llevan, como nuestros feriantes, en esportillas. El suelo reluce
con polvos de oro, de carmin, de minio, para disimular el color de la
sangre, miéntras templan la luz grandes toldos de oriental púrpura,
que entonan todo el espectáculo con sus encendidos reflejos.
Los senadores van ocupando las gradas más bajas. Tras de ellos
colócanse los caballeros. Más arriba los padres de familia que han
dado al Imperio cierto número de hijos. En las gradas superiores,
el pueblo. Y por último, coronándolo todo, las matronas romanas,
vestidas de ligeras gasas, cargadas de riquísimas joyas, embalsamando
los aires con esencias que vierten de pomos de oro, y enardeciendo
los corazones con sus palabras de amor y sus voluptuosas miradas.
Miéntras los espectadores aguardan al césar, que debe dar la señal
del comienzo de la fiesta, entréganse á toda suerte de murmuraciones.
Mira aquel gloton. Ayer se le quemaron los jardines de Pompeyo, y es
tan rico, que no sabía fuesen suyos. Lolia Paulina lleva sobre el
cuerpo en esmeraldas sesenta millones de sextercios, pequeña suma
en comparacion de las infinitas robadas por su abuelo á las opresas
provincias. Aquel que acompaña siempre al césar hurtó en cierta cena
de Claudio una copa de oro. Estos calaveras saludan al orador Régulo,
porque temen el veneno destilado de su viperina lengua. Él tiene
honores, miéntras generales que han vencido á los bárbaros y han
muerto en defensa de Roma están hace diez años insepultos. El médico
Eudemio llega; no tardarán ciertamente en aparecer sus pupilas de
corrupcion y de amancebamientos. Mira aquella niña; tiene ocho años y
no es vírgen. Su ilustre madre, con pertenecer á una de las familias
romanas más nobles, se ha borrado de la lista de las matronas y se ha
inscrito en la lista de las prostitutas.
Pero viene el césar y el pueblo lo aclama, siempre agradecido á
las fiestas, y sobre todo á las matanzas. Los sacerdotes y las
vestales consagran sacrificios á los dioses protectores de Roma. La
sangre corre, las entrañas de las víctimas se consumen y se disipan
prontamente en el fuego sagrado, suenan los coros y la música,
vocifera nuevamente la muchedumbre; á una seña imperiosa aparecen los
gladiadores, que saludan á todos con la sonrisa en los labios, como
si les aguardára festin sabrosísimo, en vez de la implacable muerte.
Divídense estos infelices en várias categorías. Los esedarios guian
carros pintados de verde. Los mirmillones se ocultan tras redondos
escudos de hierro, por uno de cuyos lados muestran afiladísimos
cuchillos. Los requiarios tiran al aire y recogen con grande
habilidad sus tridentes. El traje de éstos vistosísimo es: túnica
roja, borceguíes celestes, casco dorado que remata un luciente pez.
Los ecuestres recorren con gran agilidad en sus caballos el circo.
La luz se refleja en los petos de acero y en los collares y en los
brazaletes. Sus túnicas son multicolores y recuerdan los trajes
orientales. Los bestiarios vienen los últimos, todos escogidos entre
los más hermosos; todos desnudos, todos imitando en sus actitudes
artísticas posiciones de clásicas estatuas; todos saludados con mayor
frenesí por el pueblo, porque son los más fuertes y los más expuestos
y los más valientes.
Han nacido en las montañas, en los desiertos, entre las caricias de
la naturaleza, respirando el aire puro de los campos y la sagrada
libertad. La guerra, y solamente la guerra, ha podido arrancarlos á
su patria. Ya en Roma, los han cebado para que tuvieran sangre, sí,
sangre que ofrecer en holocausto á la majestad del pueblo romano.
Allá en la ergástula, quizá muchos de los que ahora van á herirse
ó matarse entre sí han contraido estrechísimas amistades. Quizá
muchos son hermanos por la naturaleza, hermanos por el sentimiento, y
habrán de herirse, habrán de inmolarse, cuando, unidos en los mismos
afectos, podrian hundir las espadas en las entrañas del césar, y
vengar á su gente y á su raza.
Pero ya se acechan, ya se buscan, ya se amenazan, ya se enredan y se
empeñan bárbaramente en cruentísima pelea. Si alguno, movido de miedo
por sí, ó de compasion por su contrario, retrocede, el maestro del
circo le clava un boton de hierro candente en las desnudas carnes.
La roja sangre cae y humea por todas partes. Uno se ha resbalado
en ella. El pueblo grita creyéndole muerto, y le silba cuando se
levanta vivo. Éste se desmaya despues de esfuerzos gigantescos para
sostenerse de pié. Aquél cae desplomado de una sola herida sobre su
escudo. El otro se retuerce en dolores infinitos, y tiene el estertor
de una agonía epiléptica. Dos se han herido mortalmente entre sí;
pero al caer, soltando sus espadas, se han abrazado para sostenerse
y auxiliarse en la muerte. Miembros mutilados, tripas rotas,
sollozos de agonía, estertores de moribundos, rostros contraidos de
muertos, últimos suspiros mezclados con quejidos, gritos de rabia
y desesperacion; todo esto es grandioso espectáculo para el pueblo
romano, que grita, palmotea, se embriaga, se enfurece, sigue con
nerviosa atencion el combate, saltándole los ojos de las órbitas como
para ver más la matanza, abriendo las narices y el pecho para recoger
los vapores de la sangre.