Con sólo entrar en Roma se observa que su estado es un estad

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada

actualmente.

* Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a la grafía de

mayor frecuencia.

* Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de

interrogación.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

RECUERDOS DE ITALIA.

RECUERDOS

DE ITALIA

POR

EMILIO CASTELAR.

Tercera edicion.

MADRID.

A. DE CÁRLOS É HIJO, EDITORES.

CALLE DE CARRETAS, 12, PRINCIPAL.

MDCCCLXXXIII.

Esta obra es propiedad de los Editores.

Est. Tipográfico de los Sucesores de Rivadeneyra, Paseo de San

Vicente, 20.

AL QUE LEYERE.

Este libro reune las emociones más vivas despertadas en mi ánimo por

los maravillosos espectáculos de Italia. No es en realidad un libro

de viajes. Yo no he intentado añadir una obra más á las excelentes

que tenemos en castellano sobre la nacion artística y que andan entre

las manos de todos. Cuando un pueblo, un monumento, un paisaje, han

producido honda impresion en mi ánimo, he tomado la pluma y he puesto

empeño en comunicar á mis lectores con toda fidelidad esta impresion.

No sigo, pues, órden alguno ni itinerario regular en mi libro. Pongo

mis cuadros donde mejor me parece, por lo mismo que no tienen unos

relacion con otros. Vuelvo á ciudades de donde parecia haber salido,

y creo que cada capítulo forma un librito aparte.

Poco se encontrará en estas páginas de la vida corriente y de las

costumbres actuales de Italia. En esta nacion, más que se vive,

se recuerda. Es necesario mirarla histórica y estéticamente. Es

necesario relacionar sus grandes monumentos con el tiempo en que

nacieron, con las generaciones que los levantaron. Es necesario,

delante de cada paisaje ó de cada ruina, evocar las sombras augustas

que los realzan y recoger las ideas vivas que de su fecundo seno

destilan. De otra manera, no se viaja, no, por Italia.

En su historia hay crísis que no son crísis nacionales, sino crísis

humanas, como el paso del mundo antiguo al mundo moderno, como el

paso de la Edad Media al Renacimiento. Por aquellos edificios tan

vistosos, por aquellas estatuas tan serenas, han atravesado todas

las tempestades del espíritu humano. Las ideas les han abierto

hondas heridas. Y al verlos, se siente en el corazon y en el cerebro

el esfuerzo inmenso que ha costado á los siglos crear el espíritu

moderno, en que nosotros respiramos y vivimos. Por eso un viaje á

Italia es un viaje á todos los tiempos de la historia. Por eso un

escrito sobre Italia, más que descripcion, debe ser, en mi concepto,

resurreccion. Yo he intentado colocarme siempre en la idea sobre que

estas grandes obras de arte, de arqueología, de historia se alzan.

Feliz, completamente feliz, si alguna vez lográra sentir á una con

mis lectores los pensamientos que, digámoslo así, evaporan las obras

artísticas y los recuerdos históricos de la inmortal Italia.

EMILIO CASTELAR.

LLEGADA A ROMA.

Estamos en Civita-Vecchia. Cuando el bote se aproxima rápidamente á

tierra, el corazon os salta en el pecho de entusiasmo. Los edificios

que os rodean os hablan de la antigüedad. Por poco aficionados á

los estudios clásicos que seais, sentís tentaciones de recitar los

versos que Virgilio puso en boca de los compañeros de Enéas. La vista

de Italia deja en vuestro pensamiento una estela más profunda que

la quilla de la barca en el mar. Cuando atracais, os falta tiempo

para saltar en tierra. Si nuestro siglo no estuviera reñido con la

manifestacion aparatosa de los grandes sentimientos, postraríame

de hinojos sobre el suelo para besarlo. _Italiam, Italiam; primus

conclamat Achates._ Pero habíame olvidado en mi entusiasmo de que

esta Italia es la Italia pontificia. Un aduanero os detiene y os pide

el precio de la entrada como en vil teatro. Una nube de mendigos, en

cuyos rostros estatuarios ha impreso la miseria sus tristes huellas,

se reparten á gritos vuestro equipaje como rico botin. La policía

sale á reclamaros los pasaportes, en toda la Europa civilizada ya

abolidos. Allí os los visan exigiéndoos otra gabela, á pesar de

venir visados con gabela de la nunciatura de París ó del consulado

de Marsella. En seguida el equipaje entra en sórdido almacen, oscuro

ademas como un calabozo de la Inquisicion; oscuridad incompresible

en esta tierra del cielo espléndido y de la luz deslumbradora, que

dan á los ojos con un festin de colores una embriaguez de poesía.

Por efectos usados ó adscritos á vuestro uso, os exigen derechos

de aduanas. Cuando, pagados estos derechos, ya os contais libres,

veis todos los bultos arrojados á un carreton, del cual tiran varios

jóvenes haraposos, sin camisa, que os gritan: Á la aduana. ¿Pero otra

vez? La tasa, el arancel prohibitivo, la incomunicación con el mundo,

¿serán tambien de derecho divino? ¿El Papa necesitará, para ejercer

su autoridad sobre las conciencias, apoyarse fuertemente en los

errores económicos de la prohibicion y en los errores políticos del

absolutismo?

Yo comparaba esta entrada en los Estados Pontificios con mi entrada

en los Cantones Suizos. Sentimientos no ménos sublimes ciertamente

os poseen al contemplar aquellos montes por pirámides de eternas

nieves terminados; aquellos bosques verde-oscuros, á cuyos piés se

extienden praderas de un verde-claro, tachonadas por toda suerte

de flores; aquellos lagos azules perezosamente dormidos al pié de

colinas graciosísimas, puestas en sus bordes como para contrastar

con los nevados picos hundidos en la profundidad de los cielos;

aquellos rios impetuosos, cuyas claras aguas se despeñan con solemne

rumor; aquellas blancas aldeas habitadas por una fortísima raza,

que ha logrado realizar el mayor bien posible en las sociedades

humanas: la alianza de la democracia con la libertad. Nadie os

perturba en la contemplacion de estas grandezas. Ningun aduanero os

registra el equipaje; ningun esbirro os pregunta vuestro nombre. La

libertad ha abierto al universo aquellas montañas que parecen muros

impenetrables. Pero en las playas romanas, en estas playas que os

llaman como sirenas, el absolutismo ha puesto una nube de alcabaleros

y de espías para cerrarlas, cuando las ha abierto naturaleza, como

todos los vientos, á todas las ideas.

Nada más incómodo que el registro de los equipajes, nada más

minucioso. Caen los aduaneros sobre los libros con recelo

inquisitorial. Y despues que lo han removido todo y lo han ojeado

todo, entregan cada bulto á un empleado que lo conduce á la estacion,

pidiéndoos de nuevo derechos, cuyo importe monta tanto como la

primera contribucion de la primer aduana. ¿Hay paciencia para sufrir

una administracion como ésta? ¿Es posible que, en medio de Europa,

exista un territorio privilegiado y en él una porcion, la más augusta

por sus glorias de la familia humana, en perpétua ruinosa tutela? El

Espíritu Santo, que derrama sobre la cátedra de San Pedro torrentes

de verdades religiosas, ¿no querrá por misericordia concederle ni

un átomo siquiera de las verdades políticas y económicas que son la

honra y la riqueza de los pueblos modernos? Así es que el ánimo se

aparta del lado económico y administrativo de aquella tierra, para

fijarse en el lado pintoresco. El cielo es de espléndido azul-claro;

el mar como el cielo; el aire tibio y aromático; las guijas de la

costa parecen doradas y bruñidas por la luz; en los árboles asoman

las tiernas hojas que Abril hace brotar con sus primaverales besos;

y entre corros de alegres chiquillos medio desnudos, pasan de vez en

cuando algunos frailes, los cuales, con su túnica blanca y su manto

de parda estameña, me parecen evocaciones de otras edades, ruinas

vivientes, paseándose, como los fuegos fatuos por los cementerios,

sobre las ruinas de piedra.

Suena la hora de partir á Roma. El tren silba. Civita-Vecchia es

el puerto de los Estados Romanos. Pero ni un carro, ni un fardo,

ni un trabajador, ni un barril; nada que indique la existencia del

comercio, como no sea el aduanero puesto allí para impedirlo. Mucho

habia oido hablar de la tristeza del campo romano, pero nunca creí

que llegase á tanto. Es la desolacion de las desolaciones. Parece que

la muerte se ha tragado hasta las ruinas. Los buitres y los cuervos

se han comido hasta los huesos de este gran cadáver. Once estaciones

hay entre el mar y la Ciudad Eterna. En ninguna de ellas se ve un

pueblo. Los empleados pronuncian nombres sonoros como Rio Fiume ó

Magliana; nombres que se pierden, vanos ecos, en la inmensidad del

desierto. Extraña mucho, muchísimo, ver que un tren se para en la

soledad, sin que nadie baje ni suba, sin que nadie mire, sin que se

cargue ni se descargue un bulto. Á veces alguna cabaña circular,

terminada por una cruz de palo, es todo cuanto se decora con el

pomposo nombre de estacion. Diríais que son tumbas de salvajes. El

tren marcha proporcionalmente como una carreta. Esta lentitud os

permite descubrir el inmenso horizonte; el campo desolado, pantanoso;

algunas yeguadas que corren, ó búfalos que se paran como para

contemplaros; ó rarísimos pastores á caballo en jacos matalones; ó

un carro sobre el cual anda tendida alguna familia devorada por la

fiebre, y que parece resto de razas nómadas, muriendo sobre aquel

desierto, donde yacen tantas antiguas majestades caidas y enterradas.

Los errores económicos trascienden á muchos siglos, á muchas

civilizaciones. Los campos romanos, en los primeros tiempos de la

República, cuando los cultivaba Cincinato, podian llamarse los Campos

Elíseos en el mundo; un semillero de riquezas, un lugar de felicidad

y de abundancia. El vino, el trigo, el aceite, la miel, la leche,

eran por el trabajo agrícola producidos de tal manera, que Roma

se bastaba á sí misma. Pero, poco á poco, las grandes familias se

fueron apoderando de aquellos campos ántes repartidos entre muchos

y por muchos trabajados. Á fin de evitarse jornales, convirtieron

las tierras de labor en tierras de pasto. Un esclavo les bastaba

para guardar el ganado. Los riegos se suspendieron. Los canales se

cegaron. Perdiéronse las acequias. Las aguas se estancaron en los

lugares bajos. Aquellas aguas, que cuando corrian para el riego

llevaban en sus corrientes la vida, comenzaron con emanaciones

pútridas á esparcir la muerte. Conquistado el mundo conocido, el

pueblo romano ya no tenía la ocupacion de la guerra, y habia olvidado

la ocupacion del trabajo. De aquí el cesarismo para que lo alimentára

y lo divirtiera. Del cesarismo, la muerte moral que está en la

tiranía, como la muerte material en las lagunas pontinas. Con razon

decia Plinio: _Latifundia Italiam perdidere_.

Por fin, al caer la tarde, cuando las sombras se desprendian

sobre Roma, llegamos á la Ciudad Eterna; á la que nos ha dado la

jurisprudencia con sus pretores, los municipios con sus procónsules,

la libertad con sus tribunos, la autoridad con sus césares, la

religion con sus pontífices; piedra miliaria donde están escritos los

anales del género humano; tumba de la antigüedad; arco de triunfo

por el cual entraron las edades modernas de la vida; templo á que

han venido por espacio de quince siglos las generaciones católicas

á recibir la luz de su espíritu; academia en que todavía aprenden

los artistas, delante de cincuenta mil estatuas y de millones de

columnas, los secretos de la forma plástica; campo de batalla donde

yacen enterrados los dioses todos de las teogonías antiguas, al

panteon traidos en los carros de triunfo; desde cualquier lado que se

la mire, la ciudad más augusta y más colosal de cuantas han vivido

sobre la tierra; la que todavía dirige la conciencia de una parte del

género humano con el prestigio de sus recuerdos, con los misterios

que se levantan de sus gigantescas ruinas.

Yo no puedo preservarme de un gran sentimiento de veneracion hácia

esta ciudad, única en el mundo. Babilonia, Tiro, Jerusalen, Aténas,

Alejandría, han reinado en la historia antigua, en cierto período de

tiempo y en limitado espacio, realizando cada una su idea, despues de

lo cual han desaparecido en el polvo de sus ruinas, sin dejar más que

los recuerdos de su vida en la historia, ó los huesos de un cadáver

en la tierra. París, Lóndres, Nueva-York, reinarán en la historia

moderna. Pero esta Roma, que los antiguos llamaron la Ciudad Eterna,

abraza los dos hemisferios del tiempo, el mundo antiguo y el mundo

cristiano.

¡Qué serie de emociones reserva Roma al viajero! Por muy católico

que seais, por muy vivas que en vuestra alma estén las ideas

aprendidas en la primera educacion; á la vista de las estatuas del

mundo antiguo, de estos faunos que sonrien con una sonrisa inmortal,

de estas diosas por cuyas carnes de mármol parece que circula

el calor de la vida y la sangre de una eterna juventud; delante

del coro de las divinidades griegas en su inmóvil reposo, en su

olímpica serenidad, en su armonía perfecta entre la forma y la idea

resplandeciente de hermosura que irradian sus ojos, que se desprende

de sus labios casi vibrantes aún con el himno de la poesía clásica;

delante de estos muertos de piedra, más vivos y más inteligentes

que los hombres de carne que hoy los guardan, sentís dolor infinito

por la muerte de la religion del arte, y os dan tentaciones de

pedir que se levanten de nuevo los antiguos templos y continúen

los interrumpidos sacrificios para oir los cánticos de los coros,

las páginas elocuentísimas de Platon ó los acentos de libertad de

Demóstenes, en medio de aquel mundo y bajo el númen de aquellos

genios, que derramaron de sus copas de ámbar sobre la tierra el licor

de una eterna alegría. Goethe sintió esta profunda emocion clásica en

el Museo del Vaticano, residencia de los pontífices católicos, por un

milagro del arte convertida en olimpo de los dioses paganos.

Así os sucede con el mundo cristiano. Las grandes basílicas, á

pesar de su colosal majestad, os dejan frios. Aquellos monumentos

de mármol, de bronce, relucientes de oro y de pedrería, inundados

de luz, riquísimos de mosaicos y de bajos relieves, os deslumbran,

pero no os conmueven. La frialdad del mármol llega hasta el alma.

Pero cuando entrais, por ejemplo, en las catacumbas de San Clemente;

cuando veis la tierra húmeda donde estuvo guardada cuatro siglos la

semilla de la idea cristiana; cuando, al resplandor de una antorcha,

descubrís en el subterráneo la inscripcion trazada por el mártir, la

pintura al fresco que parece, todavía teñida de sangre, los símbolos

de la esperanza en medio de los terrores de la persecucion, creeis

oir el himno de los catecúmenos entonado bajo los festines mismos

de los césares, á la puerta del circo donde rugian las fieras que

iban á devorarlos; y el sentimiento de amor inspirado por todos los

grandes sacrificios viene á sobrecogeros con su misticismo sublime,

inspirándoos deseos de quedaros allí á contemplar de rodillas los

misterios de la eternidad y á dormir el sueño de la muerte en el

sepulcro de los primeros cristianos, sepulcro iluminado por la fe.

¡Pero cómo se borran estas emociones así que veis la córte

pontificia! No puedo resistir á la tentacion de recordar un cuento

del más gracioso de los escritores italianos, de Boccacio. «Érase un

cristiano viejo, florentino, muy dado á ganar almas para el cielo,

mérito á que libraba su eterna bienandanza, cuando dió con un no

recuerdo si moro, si judío, y puso empeño en abrir los ojos de su

alma á la eterna luz; pero con tal traza, que en breves dias habia

logrado tenerle ya punto ménos que convertido; cuando se le ocurrió

al infiel, llevado de su naciente celo, la idea de ir á Roma; idea

que desconcertó á su misionero, porque temió que las liviandades de

aquella córte serian bastantes á reducir á cenizas la portentosa

obra; mas ¡cuál no fué su extrañeza, cuando vió volver al catecúmeno

hecho de hieles contra su antigua religion y de miel para la nueva,

exclamando: ¡Padre mio! me convierto; porque si á pesar de las

liviandades del clero de este siglo la Iglesia existe, crece y se

fortifica, es sin duda porque, depositaria de la verdad, merece la

directa proteccion del Cielo!»

Yo no acusaré á la córte que rodea á Pío IX de liviana. Jamas

acostumbro á acusar sin pruebas, y siempre me inclino á creer el

bien y á no injuriar á la naturaleza humana. Yo creo á Pío IX un

respetable anciano perfectamente moral. Yo supongo que el ejemplo de

su moralidad trasciende á toda su córte. Pero yo digo que ni él ni

cuantos le rodean comprenden el espíritu de este siglo razonador,

independiente, libre, quizá demasiado positivista, que desea un

culto espiritual y desinteresado para oponerlo al desenfreno del

mercantilismo, y que no encontrará nunca la satisfaccion de este

deseo en el pomposo y vano lujo con que la córte de Roma adorna las

ceremonias religiosas convirtiéndolas en el culto de los sentidos.

¿Por qué lado peca nuestro siglo? Por el lado industrial, por el

lado mercantil. Las maravillas de la industria le han hecho olvidar

las maravillas de las ideas que se ocultan en el cielo del alma.

Esta tendencia sobrado exclusiva de su carácter puede traer una de

esas reacciones idealistas que equilibran la naturaleza humana, como

la accion demasiado sensual del imperio romano sobre la conciencia

trajo la reaccion demasiado espiritualista del cristianismo, que

convirtió un mundo de epicúreos en otro mundo de monjes. Podia muy

bien la antigua religion del espíritu aprovechar un momento de crísis

en la conciencia para reivindicar alguna parte del influjo moral que

ha perdido. Pero con ese sistema de lujo desenfrenado, de comparsas

churriguerescas, de cortesanos vestidos caprichosamente, de pajes

cargados de oro, de cardenales con púrpura y armiño, de obispos con

mitras orientales, de suizos arlequinados, de guardias nobles que

llevan el manto de terciopelo negro sobre los hombros y la espada de

plata sobre el vientre, de domésticos cubiertos con túnicas de todos

los colores del íris, de lacayos cuyos plumajes desafian á todos los

pintados loros del trópico, de soldados de uniformes como el célebre

del general Boom en la _Gran Duquesa de Gerolstein_; con todo ese

lujo oriental, la córte de Roma se aparta de Cristo y se acerca á

Heliogábalo.

Es el Domingo de Ramos. La gran Basílica de San Pedro va á presenciar

la bendicion de las palmas. Dentro de ella el pueblo está relegado

al término último, como si no hubiese recibido con el bautismo el

sello de la igualdad cristiana. Del altar mayor á la gran puerta se

extienden dos filas de soldados para impedir á la muchedumbre que

se acerque al Papa. Aunque la concurrencia es numerosísima, apénas

se advierte en aquellos dilatados espacios. Baste decir que en San

Pedro caben sesenta mil almas. Las voces de mando militar resuenan

fuertemente en el templo, donde sólo deberia resonar la voz de la

oracion. Los fusiles, al descansar, producen grande estrépito en el

pavimento de mármol. Los asistentes son extranjeros. El ciudadano

romano casi ha desaparecido en la inundacion de extrañas gentes

llamadas por el Papa en su socorro. Á la hora prefijada, la procesion

que trae á Pío IX comienza. Es imposible que nadie pueda dar una

idea de las diversas gentes que le acompañan, y de los diversos

trajes que estas gentes visten. Se necesitaria una endiablada

nomenclatura, como las nomenclaturas de Bizancio. Por fin, despues

de un ejército de cortesanos, aparece el Papa llevado en andas

como los santos de nuestras procesiones, sentado en silla dorada,

con manto de terciopelo carmesí y mitra blanca, el báculo de oro

en la mano izquierda, y la derecha ocupada en lanzar bendiciones

á los que las piden de rodillas. San Pedro parece un teatro. Las

tribunas, alzadas en gradería bajo los grandes arcos que sostienen

la maravillosa rotonda de Miguel Ángel, se hallan ocupadas por las

damas. La disposicion de estas tribunas religiosas me parece idéntica

á la disposicion de la platea central en la Grande Ópera de París.

Los caballeros, vestidos de rigorosa etiqueta, ocupan el pié de las

tribunas.

Durante la misa, unos hablan, otros pasean, y todos dirigen

alternativamente sus anteojos de teatro, ya á las damas que ocupan

las tribunas, ya á los cardenales que ocupan el ábside de San Pedro.

Los guardias nobles, vestidos como nuestros caballeros de la córte de

Felipe IV, con calzon corto, media de seda, ropilla de terciopelo,

las mangas acuchilladas y adornadas por grandes elipses de raso, la

capa á la espalda, el espadin con puño de acero delante, la gorra

negra bajo el brazo y la golilla blanca al cuello, se mezclan á la

conversacion general y al general paseo. Solamente los suizos se

hallan allí inmóviles. Me dan compasion al considerar que han sido

bastante enfermos del alma para dejar sus montañas y su libertad

por servir ¡pobres mercenarios! á un soberano extranjero. El traje

que llevan fué dibujado por Rafael. El gran pintor no se mostró en

este traje gran colorista. Es una mezcla de retazos de paño negro,

encarnado y amarillo; un casco adornado con plumero blanco les cubre

la cabeza, y una elegante alabarda es su arma. Parecen maniquíes

vestidos de arlequin.

Despues que se ha concluido la funcion, es de ver la plaza de San

Pedro. Inmensa multitud la ocupa; coches lujosísimos la atraviesan en

todas direcciones; las músicas militares entonan marciales marchas;

la decoracion es maravillosa: en el centro el obelisco, mudo trofeo

de las victorias del pueblo romano sobre el Egipto; á su lado dos

fuentes que lanzan á los aires dos rios en grandes surtidores; á

la derecha é izquierda los intercolumnios abiertos en colosales

semicírculos, dejando entrever la graciosa vegetacion meridional de

los próximos jardines, y rematados por magnífica diadema de estatuas;

sobre una altura el Vaticano, palacio donde guardan testimonio

de su genio los primeros artistas del mundo; y en el fondo, al

terminarse elegante gradería, la iglesia de San Pedro, coronada por

la rotonda de Miguel Ángel, que se dibujaba admirablemente, como un

templo aéreo ascendiendo á lo infinito, entre los arreboles de este

cielo arrebatador, que extiende sobre todo, como una mágica gasa de

incomparable hermosura, su áureo manto de luz.

Pero no olvidaré hacer una observacion que me inspiró la fiesta. Esta

ciudad no puede, á pesar de tantos esplendores, permanecer encantada

siempre con el filtro del misticismo, ni presa siempre en las redes

del arte. Cuando la religion tenía en sus manos la ciencia, el arte,

la política, era natural una sociedad como ésta, dirigida por castas

sacerdotales. Pero desde que todas las funciones sociales se han

convertido en laicas, el gobierno teocrático es imposible. Noté,

pues, que los coros de la Capilla Sixtina han decaido mucho. Las

sublimes inspiraciones de Palestrina á duras penas encuentran dignos

intérpretes. Tal decadencia se explica por la dificultad que hay en

nuestro siglo de encontrar cantores con las condiciones exigidas

por la córte romana. Es sabido que no permitiendo el ritual coro de

mujeres en San Pedro, se apela para tener tiples á reducir á ciertos

varones desde su infancia á la condicion de aquellos infelices que

guardan los serrallos de Oriente. Alejandro Dumas refiere con mucha

gracia en sus viajes, que vió á la puerta de una barbería romana este

rótulo ó anuncio: «Aquí se perfeccionan muchachos.» Yo no he visto

cosa semejante. Pero sé que los coros de tiples decaen, porque ya

no hay familias tan despiadadas que por lucro se atrevan á inmolar

á sus hijos. Pues bien; no podeis exigir tampoco que para existir

una autoridad religiosa y moral en el mundo, haya una ciudad sin

prensa, sin tribuna, sin los derechos primordiales constitutivos de

la virilidad de los pueblos.

Con sólo entrar en Roma se observa que su estado es un estado

violento. Á tres mil suben los emigrados en una ciudad de doscientas

mil almas. Cuatrocientos son hoy los presos por causas políticas. Y

un sacerdote muy ilustrado, muy amigo del Papa, y hasta entusiasta

por su poder temporal, me ha asegurado que hay más de setenta mil

garibaldinos en Roma. Todo indica un gran terror. Así, las puertas

de la ciudad se hallan defendidas por barricadas. Á las nueve de la

noche quedais encerrados dentro de sus muros, hoy que las ciudades

derriban sus puertas para dejar entrar con la luz y el aire las

ideas de todas las ciencias, los productos de todas las zonas, los

representantes de todas las razas.

Desde el anochecer, en cada esquina encontrais dos guardas armados de

fusiles, como si estuvierais en una plaza sitiada. Los pasaportes se

registran con una minuciosidad indecible. Un Estado que apénas tiene

seiscientas mil almas, sostiene veinte mil hombres de ejército.

Estos veinte mil hombres son de diversas naciones y hablan diversas

lenguas. La mayor parte no entienden el italiano. Así, no hay entre

ellos los lazos de la sangre y del habla, aunque haya los lazos de la

religion y de las ideas políticas. Esto es un gravísimo inconveniente

para mandar las maniobras. Aunque se haya convenido usar el frances,

como lengua más universalmente conocida, los soldados en su mayor

parte no lo entienden. Luégo, para vivir en Roma bien (no habiendo en

ella nacido), se necesita una grande elevacion de espíritu, capaz de

comprender todo cuanto dicen sus monumentos, sus artes, sus ruinas.

Los que no saben oir esa voz elocuentísima que despierta tantas

inspiraciones, se fastidian en esta ciudad académica y monástica.

Y no digo esto á humo de pajas. He notado una alta elegancia, una

distincion de maneras en el ejército pontificio, que inútilmente

buscariais en los demas ejércitos de Europa. Se conoce bien que si

una gran parte es ejército mercenario, atento á las pagas, ligado

por su enganche, la mayor parte se compone de jóvenes exaltados por

un culto caballeresco á las viejas instituciones, románticos en su

fantasía y en su vida, caidos muchos de sus ilusiones, desengañados

otros, extraños todos, pidiendo al ejercicio de las armas y al ruido

de los campos el alimento á su misticismo, que otra generacion,

más religiosa y más tranquila, pediria al silencio del claustro y

á las maceraciones de la penitencia. Estos soldados han venido de

los cuatro puntos del horizonte, pues á todas las razas cristianas

pertenecen y hablan todas las lenguas, en demostracion de que

Roma guarda bajo los pontífices el carácter de universalidad que

le dieron los césares. Pero esta ventaja moral es la desventaja

material de su ejército. Como la idea del individualismo, que los

germanos trajeron á la historia moderna, se halla tan arraigada, las

diferencias de raza, de nacionalidad, de carácter, brotan por todas

las filas y ocasionan innumerables conflictos. Como los oficiales

hablan una lengua y los soldados otra, apénas pueden establecerse

entre ellos esas relaciones del corazon, más necesarias que las

relaciones de la disciplina en los momentos de peligro. Como los

mismos soldados no se entienden materialmente entre sí, no hay unidad

en este cuerpo. Y saltan con mayor rapidez tales inconvenientes,

cuando se ven los obstáculos con que luchan los jefes para mandar

las maniobras. La Roma católica tomó el latin pagano para que todos

sus miembros tuvieran con un solo espíritu una sola lengua. La

diversidad de pronunciacion ocasionó que, áun hablando todos latin,

no se entendieran los monjes de las várias naciones entre sí, como

en demostracion de cuán superior es siempre la naturaleza á la ley.

La Roma política de nuestro tiempo, en su angustia, ha escogido la

elegante y flexible lengua de Voltaire para hablar á sus soldados,

esa lengua mortal á todos los ídolos, á todas las idolatrías. La

aristocracia del ejército la entiende, pero no la entiende la

muchedumbre. Así los soldados se hallan disgustadísimos; primero

por los largos ejercicios á que les obliga la dificultad de las

maniobras, y despues por las contínuas guardias á que les obliga el

terror creciente de la córte.

En proporcion, aquellas naciones que por su historia debieran dar más

soldados, dan ménos. España se suicidó por salvar el catolicismo. Los

huesos de sus hijos blanquean desde el siglo décimoquinto en todos

los campos de batalla donde ha sido necesario defender esta religion.

Dimos por ella toda la sangre de nuestras venas y todo el aire vital

de nuestro espíritu. Pues bien; sólo hay treinta y ocho soldados

españoles en el ejército pontificio. En cambio Holanda, que salvó

con sus Oranges la reforma y que inició la libertad de pensar en el

mundo moderno, ha enviado gran número de voluntarios. Esto prueba

que miéntras la libertad de cultos ha mantenido viva la fe en los

católicos de los países protestantes, la intolerancia ha extinguido

la fe en los países donde parecia más viva y más exaltada.

Pero, dejando aparte estas reflexiones y viniendo á otras más

políticas, yo no comprendo qué se propone el Papa con este ejército

numerosísimo, tan desproporcionado á sus medios, á sus recursos,

á sus Estados. La sombra del Imperio frances le protege. El dia

que esta sombra se desvaneciera, por muy valiente que el ejército

pontificio fuese, no podria resistir á cien mil soldados italianos.

Miéntras la proteccion de Francia dure, el ejército pontificio es

inútil; y el dia que falte la proteccion de Francia, el ejército

pontificio es insuficiente. Sólo sirve para una cosa este ejército;

para consumir los recursos que pródigamente, á manos llenas, envian

todas las naciones católicas al Pontífice. Pero estos recursos

provienen hoy de una exaltacion de los ánimos que no puede ser

duradera. El dia que Italia, convencida de su impotencia para luchar

con Napoleon, ó para promover el conflicto franco-prusiano con motivo

de la cuestion de Roma, la rodee de un profundo olvido, el celo de

los fieles disminuirá, con el celo disminuirán los recursos, con los

recursos disminuirá el ejército, y una sublevacion interior no sólo

será posible, sino tambien fácil, porque hay aquí guardado mucho amor

á la libertad.

Estoy maravilladísimo de los rasgos de inteligencia y de fuerza

que guarda en su fisonomía esta raza romana, y que revelan toda la

indómita fiereza de aquel antiguo carácter conquistador del mundo.

Las mujeres, altas, majestuosas, de anchos hombros, de torneados

brazos; el color moreno mate, los labios gruesos, la nariz aguileña;

negros y brillantes los ojos, en cuyo torno se dibujan largas

pestañas y artísticas cejas; ancha la frente como sus estatuas,

abovedada la cabeza como las Madonas del divino Rafael; oscuro y

rizado el cabello, que cae en largos bucles sobre las escultóricas

espaldas; tienen tal aire de matronas romanas, que áun pueden

ciertamente mandar á Coriolano morir por la patria, y á Cayo Graco

morir por el pueblo. Los jóvenes romanos han heredado la hermosura de

sus madres combinada con todos los rasgos de la fuerza varonil. Se ve

que el silencio impuesto por la Inquisicion y la obediencia impuesta

por el despotismo, no han sido bastantes á extinguir el espíritu de

este gran pueblo. Todavía parece que cae de sus labios la fórmula del

derecho antiguo: _civis romanus sum_.

Y cuenta que para descubrir esto se necesita quitar la capa de

inmundicia bajo la cual fallece Roma. Junto al lujo oriental de los

cardenales, los harapos de un pueblo hambriento; junto á las carrozas

doradas, nubes de mendigos descalzos; en torno de los soberbios

palacios de mármol, una horrible greca donde están confundidos toda

suerte de mal olientes excrementos. Y sin embargo, esta ciudad es la

capital de Italia. Cuando al caer la tarde, en las horas sagradas de

la poesía, bajo un cielo clarísimo, iluminado por los últimos rayos

del sol poniente, que da á los edificios algo de fantástico, mirais

desde las alturas del Pincio esta ciudad con sus once obeliscos

egipcios, sus trescientas cúpulas, sus bosques de columnas, sus

miriadas de estatuas, y descubrís las Siete Colinas, donde han nacido

los senadores, los cónsules, los tribunos, el derecho político y

civil de la antigüedad, que todavía es la base de vuestro derecho;

y contemplais al frente San Pedro, y sobre las majestuosas líneas

de la gran Basílica la rotonda adivinada por Bramante y concluida

por Miguel Ángel; no léjos de San Pedro, el titánico mausoleo de

Adriano, sobre el cual abre sus alas el serafin de bronce; allá, á

la izquierda, el mundo de la historia, los muros donde se grabaron

mil victorias; la Vía Sacra, por do entraban los triunfadores; el

Foro, en que se congregaba el pueblo; los arcos bajo los cuales han

pasado veinte siglos sin desgastarlos; las termas regaladas, en

cuyos dibujos todavía se han ceñido su corona las artes modernas;

el Coliseo, que es una montaña esculpida por gigantescos cinceles;

el Quirinal, donde se alzan las mayores estatuas salvadas de las

catástrofes de Grecia; el Capitolio, cabeza, cerebro de la tierra;

y á la vista de tantas maravillas, al recuerdo de tantas grandezas,

á la contemplacion de tantos monumentos engarzados en bosques de

cipreses, que parecen una corona fúnebre sobre la ciudad, colocada

por un genio invisible; cuando las campanas que tocan á la oracion

os envian sus tañidos melancólicos, que os parecen la voz de los

mártires saliendo de las catacumbas, y las sombras de la noche

colgándose tristemente de las ruinas, como que dibujan las almas de

los héroes, el corazon, por tantas emociones henchido, proclama á

Roma, no solamente la capital de Italia, sino la eterna capital del

mundo.

Se necesita ser de Italia, sentir la sangre meridional en las venas,

haberse educado en el recuerdo de esta gloriosa historia, bajo las

pintadas alas de la poesía clásica, para comprender todo el prestigio

que Roma ejerce sobre los italianos. Los que han querido constituir

Italia en monarquía, y luégo le han negado á Italia su capitalidad

natural, han hecho un cuerpo sin cabeza. Se concibe que si Italia

fuera una federacion republicana, la cuestion de capital pasára á

la categoría de una cuestion secundaria. Se concibe más: se concibe

que siendo un Estado junto á otros Estados republicanos, aunque las

leyes fueran análogas á las del resto de Italia, conservára Roma, por

respeto á sus pontífices, costumbres monásticas, religiosas, como las

conserva Friburgo, á pesar de hallarse enclavada entre dos cantones

tan protestantes y tan liberales como el canton de Vaud y el canton

de Berna. Pero constituida Italia en monarquía por el temor natural

de todos los potentados europeos á la República, Roma es de Italia,

é Italia de Roma, que se hallan tan ligadas como los satélites á sus

planetas, y los planetas al sol. Y en esta ciudad, hoy compuesta

de iglesias, de conventos, donde no se ve ni una huella de la vida

política y civil, donde por toda autoridad láica se descubren unos

cuantos senadores en carrozas pintarrachadas, seguidos por unos

cuantos lacayos colorados, inmunda parodia de los antiguos senadores;

en esta Roma teocrática, monástica, de rodillas eternamente sobre

sus ruinas de mármol, se ha de levantar la tribuna en el Foro, ha

de hablar la prensa, ha de resonar la antigua elocuencia, se han

de discutir todos los problemas, han de brotar todas las escuelas,

porque no podeis arrojar el espíritu político de las sagradas

regiones donde el espíritu político tuvo su nacimiento.

Miéntras no suceda esto, Roma es una ciudad muerta. Yo he seguido con

cierta curiosidad arqueológica las ceremonias de Semana Santa. Unas

me han parecido, por lo lujosas, orientales; otras me han parecido,

por lo refinadas, bizantinas; otras, por lo baladíes, pueriles;

todas absolutamente extrañas á nuestro siglo, y bajo el aspecto

religioso, inferiores á la majestuosa solemnidad del culto en España.

Ningun español ó americano, acostumbrado á la severidad de nuestras

ciudades en Semana Santa, á esa severidad que no consiente ni una

puerta abierta en las tiendas, ni un coche en las calles, comprenderá

que el Juéves y Viérnes Santo se trabaje en esta ciudad como todos

los dias, se hallen abiertos todos los establecimientos, y se vea

más gente en las salchicherías contemplando los jamones adornados de

flores y de laureles, que en las iglesias visitando los sagrarios.

Nadie comprenderá que los doce pobres á quienes el Papa sirve la

comida en conmemoracion de la cena del Salvador, se rian como si

estuvieran en el teatro, y se arrojen á la cara anises y confites

como si estuvieran reunidos para una francachela ó una comida de

campo. Nadie creerá que el Juéves por la tarde, á las cinco, entre un

cardenal penitenciario en la gran Basílica, se siente á la izquierda

del sepulcro de San Pedro, y perdone los pecados con sólo manejar una

caña y tocar con ella la cabeza de los penitentes como si estuviera

pescando en seco. Yo he visto damas muy piadosas reirse de todas

estas puerilidades.

Pero hay una ceremonia y un momento sublime: el Miserere en San

Pedro. La música es de una inspiracion inagotable, de un efecto

sorprendente. Roma vió en el siglo XVI que el protestantismo la

aventajaba en música, cuando tanto aventajaba ella al protestantismo

en pintura, en escultura y en arquitectura. Naturalmente, buscó un

músico para contrastar esta inferioridad, y le encontró sublime,

encontró á Palestrina, ese Miguel Ángel del arte lírico. El Papa

prohibió que su Miserere fuera copiado, para que sólo resonase en la

iglesia cuyas bóvedas gigantes se hallan completamente en armonía

con las sublimes notas. Un dia escuchaba fuera de sí el Miserere un

niño sublime. Este niño, que debia ser el Rafael de la música, lo

aprendió de memoria y lo divulgó por el mundo. Llamábase el niño

Mozart. El genio germánico vino, como siempre, á robar sus secretos

al genio latino en la guerra eterna de ambas razas. No hay pluma

capaz de describir la solemnidad del Miserere. La noche avanza. La

Basílica está á oscuras, sus altares desnudos. Por las ventanas de

las bóvedas que frisan con el cielo penetra la incierta y pálida luz

del crepúsculo, como si viniese á aumentar las sombras. La última

vela del tenebrario se ha ocultado tras del altar. Os creeriais

dentro de un túmulo inmenso, á traves de cuyas tablas entrára el

resplandor lejano de lámparas funerarias. La música del Miserere

no tiene instrumentacion. Es un coro sublime, combinado de una

manera admirable. Ya se oye como el rumor lejano de una tempestad

ó como la vibracion del viento sobre las ruinas y en los cipreses

de las tumbas; ya como un lamento que se levantára del fondo de la

tierra ó como un plañido que enviáran los ángeles del cielo, todo

envuelto en sollozos, en una lluvia de lágrimas. Como las estatuas

de blanco mármol son de tal manera gigantescas y brillan tanto, que

las primeras sombras no pueden completamente ocultarlas, parecen

evocaciones de otras edades, que, al levantarse de su sepulcro y

desceñirse su negro sudario, entonan ese cántico de dolor y de

horrible desesperacion. La Basílica toda se conmueve, vibra cual

si los acentos de terror salieran de cada una de sus piedras. Esta

lamentacion, larga, sublime; esta ola de hiel evaporada en los giros

del aire, os hiere profundamente el corazon, porque es su tristeza

infinita, es la voz de Roma quejándose á los cielos desde su lecho

de cenizas, como si bajo sus cilicios se retorciera agonizante.

Llorar así, lamentarse como los antiguos profetas bajo los sauces

del Eufrates ó sobre las piedras esparcidas del templo; llorar en

cadencias sublimes conviene á una ciudad como ésta, cuyo eterno

dolor no ha ofendido todavía á su eterna hermosura. Así es la ciudad

esclava. David sólo podria ser su poeta. Lo sublime es la nota de

su cántico. Roma, Roma, eres grande, eres inmortal hasta en tu

desesperacion y en tu abandono. Tendrás eternamente en el corazon

humano un altar, aunque se pierda la fe, que ha sido tu prestigio,

como se perdieron las conquistas, que habian sido tu fuerza. Nadie

podrá robarte el dón de la inmortalidad, que te confiáran tus dioses,

que te han sostenido tus pontífices, y que te confirmarán eternamente

tus artistas.

Abril 12 de 1868.

LA GRAN RUINA.

Ver la Ciudad Eterna fué uno de los ensueños de mi existencia; uno de

los deseos de mi corazon. Niño, la religion romana me habla de Dios,

de la inmortalidad, de la redencion, de todas las ideas que ensanchan

hasta lo infinito los horizontes del alma. Adulto, la lengua del

Lacio fué mi estudio exclusivo, estudio que á una imaginacion de

suyo plástica le presentaba como en relieve, entre los dulces versos

de Virgilio, los concisos períodos de Tácito, y los rotundos de

Tito Livio, aquellos héroes antiguos, que sólo habian vivido para

la libertad y para la patria. Ya en la juventud, al penetrar por

la puerta de las Universidades, la literatura romana y el derecho

romano habian acabado de inspirar al ánimo un anhelo vivísimo por ver

las colinas de donde tantas ideas descendieron sobre la conciencia

humana; los sepulcros que guardan tantos huesos ilustres, los

cuales han servido como de abono á la planta de la civilizacion

sobre la faz del planeta; las piedras bruñidas por el sol y por el

tiempo, donde el cónsul y el tribuno han esculpido sus nombres, y

el apóstol y el mártir su cruz, verdaderos fragmentos, no de la

tierra, sino del espíritu universal, en su trabajo constante por

adquirir la conciencia plena de sí mismo, y por realizar ese ideal

que le desasosiega y le atormenta, pero que tambien le eleva y le

transfigura, obligándole á ser, si soldado de una lucha sin tregua,

agente y sacerdote de un progreso sin término.

Yo, que cansado un poco de la política en Madrid, de la industria

en Lóndres, de la vida en París, hasta de la naturaleza en Ginebra;

disgustado un tanto de las tendencias positivistas que en nuestro

tiempo á cada minuto, y en nuestra sociedad á cada paso descubro; me

refugiaba en Roma para consumir algunos momentos en éxtasis ante la

historia, ante el arte, ante la religion, ante todo lo ideal, no pude

cierto dia desasirme de un republicano, muy mi amigo, que, seguro

de la complicidad de mi alma con sus ideas, y de mi alejamiento

naturalísimo del Santo Oficio, desahogaba su conciencia pecadora y su

forzoso silencio de veinte años, pasados bajo la férula pontificia,

en mi amistad, pintándome los abusos del absolutismo romano, que yo

de oidas conocia y de corazon detestaba; pero cuyo relato en aquella

hora no se compadecia bien con mis deseos de peregrinar entre las

ruinas, ajeno á todo trabajo político, entregado al curso libre de

mis ensueños y de mis pensamientos.

—Á buena ciudad venís en busca de idealismo, decíame, frio por

costumbre, en presencia de las maravillas que yo, transeunte,

admiraba en Roma. Aquí todo el mundo se interesa por un número

de la fatal lotería; nadie por una idea del humano cerebro. La

conmemoracion del aniversario de Shakspeare se ha prohibido en esta

ciudad del arte. Su censura es tan sábia, que como cierto escritor

publicára un libro sobre el voltaismo, lanzólo al purgatorio del

Índice, creyendo que se trataba del volterianismo, filosofía que no

deja ni descansar ni digerir á nuestros monseñores. En cambio, un

libro de cábalas y astrologías para adivinar los caprichos del bombo

lotérico ha sido impreso y publicado con el placet pontificio, por

no contener nada contrario á la religion, ni á la moral, ni á los

derechos de la soberanía.

—Sé todo eso, decíale yo. Lo he leido cien veces en Dumesnil, en

Kauffman, en Sthendal, en Edmundo About.

—Pues sabiéndolo, ¿buscais aquí ideas? Rabelais conocia esta ciudad,

Rabelais. Al llegar, en vez de escribir una disertacion sobre sus

dogmas, la escribió sobre sus lechugas, única cosa que hay buena

y fresca en este maldito calabozo. Y cura y todo como era, cura

del siglo décimosexto, más religioso que el nuestro, tenía una

correspondencia larga y tendida con el piadoso obispo de Maillerais,

sobre los hijos del Papa; porque el reverendo le habia encargado muy

especialmente averiguar si el caballero Pedro Luis Farnesio era hijo

legítimo ó bastardo de su Santidad. Creedme; Rabelais conocia á Roma.

En esto dimos vuelta á una encrucijada, y nos encontramos en

modestísima plazuela. Un balcon de la casa que más descollaba en

aquel sitio aparecia colgado con rico tapiz de damasco carmesí.

Fuertemente ajustado al balcon brillaba un globo de cristal con

filetes dorados, á uno de cuyos extremos veíase áureo manubrio.

Frente á la casa, inmensa multitud desarrapada, miserable, se

apiñaba. En todos los ojos, convertidos al balcon, veíase algo de

extraño; en las manos papeles, santos, escapularios; un silencio

sepulcral reinaba; silencio incomprensible en los locuaces pueblos

del Mediodía; silencio del que deduje haber topado con una ceremonia

religiosa. Mi deduccion se confirmó cuando un monago salió al balcon,

y tras el monago algunos eclesiásticos de rubicunda cara y obesa

respetable figura, y tras los eclesiásticos todo un príncipe de la

Sacra Romana Iglesia, vestido de crujiente seda morada, adornado

con su roquete de blanco encaje, y cubierto con un solideo, morado

tambien, sobre el cual flotaba al cefirillo, como roja flor de

granado, lustrosísima borla. Rompióse el silencio de la multitud en

espantoso alarido. Unos de aquellos campesinos, que todavía conservan

reflejos de la antigua belleza escultórica en su frente despejada, en

su nariz aguileña, en sus labios gruesos, se postraban de hinojos,

plegadas las manos, extática la mirada, profiriendo oraciones

que parecian conjuros. Otros sacaban las estampas de sus santos

protectores, casi todas mugrientas, y las besuqueaban con verdaderos

transportes. Algunos daban saltos, tendian los brazos, pronunciaban

frases incoherentes. Era sábado, sábado de sortilegios. El mediodía

se acercaba. Un cañonazo suena en el punto que las campanas dan las

doce. Al cañonazo sigue en la multitud otro alarido increible. El

cardenal coge el manubrio y da vueltas al globo cristalino. El monago

mete la mano y saca un número. Era la lotería oficial, la lotería

pontificia. Huyamos. Tenía razon el garibaldino. ¿Esta es la ciudad

del espíritu?

Sumerjámonos en los antiguos tiempos, como un buzo en el mar. Nuestra

vida es tan corta, nuestro sér tan pequeño, que para tocar esa idea

de lo infinito, á la cual estamos como unidos por lazos invisibles;

para entrar en esta inmortalidad con que soñamos siempre, tenemos

necesidad de poner, como tras el limitado horizonte sensible,

el ilimitado horizonte racional; tras cada momento de la vida,

perspectivas inacabables, léjos inmensos, celajes que matizan de

belleza las notas escapadas de unas cuerdas vibrantes, los colores

descompuestos en mágicas paletas, las inspiraciones desprendidas de

la celeste poesía, los recuerdos por nuestra evocacion alzados del

polvo de los siglos y de los abismos de la historia.

¿Es verdad que tenemos aquí en la frente una luz pálida, trémula,

casi imperceptible, como la luz de la luciérnaga, una luz que se

llama la idea? ¿Es verdad que en esta luz podemos abrasar al mundo

material, disiparlo, ofrecérselo al espíritu como el humo de un

sacrificio? Indudable. La naturaleza aparece á nuestros ojos mil

veces, cual una imágen multiforme de la conciencia. La luz no

es más que el velo de oro tras el cual se oculta el pensamiento

infinito que agrupa en escalas de música armoniosa los planetas y

sus soles. El universo, ese universo que nos abruma con su grandeza,

es el poema de nuestras ideas, el apocalípsis misterioso que hemos

escrito con palabras de estrellas, con líneas de constelaciones

en esa inmensidad, de cuya existencia real no estamos seguros,

en esa inmensidad sin orillas y sin fondo que se llama espacio.

Dejadme, dejadme, pues, soñar; que así como á los piés del hombre han

caido muertos los dioses paganos, los dioses inmortales, creados y

destruidos por el espíritu, los dioses inmortales, cuyos esqueletos

amontonados descubro en esta inmensa necrópolis de la campiña romana,

así pueden caer en ruinas los mundos, y quedar entre sus cenizas

frias, como un rescoldo, el calor de nuestro espíritu.

Recuerdos de Italia (parte 1 de 2) · 第 1 / 19 段