_21 de Enero._
Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que
me contestarías _estás equivocado_, porque, la verdad, en mi mente
empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué,
como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú
con que _estoy en lo cierto_! ¡Y añades que no tienes conocimiento
de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo
sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no se
razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra vista
por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, parece no
existente, de donde todos los sabios hemos colegido que la adivinación
es una facultad parecida al estro poético. El poeta precede al
historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. Heme aquí
convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando desde muy
arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á un lado
estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo que me
manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á Orozco;
crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo haga con
suprema imparcialidad. Pues á ello voy; ya sabes que yo no me paro en
barras, y que á sincero no me gana nadie.
Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres, semblanza
ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no encontrarme en
posesión de todos los datos para darla por definitiva. Hay en ese
hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es persona Orozco
que se revela entera en cualquier momento; al menos así me lo parece á
mí. Cosas he visto en él que me han producido admiración, y otras sobre
las cuales no me atrevo aún á opinar resueltamente. Empiezo por decirte
que pocos hombres he conocido más agradables, y ninguno quizás que
sepa con tanta rapidez ganar simpatías, y con las simpatías amistades
verdaderas. Á esto contribuyen seguramente sus maneras corteses, su
exquisita bondad, su cara misma, que tanto me recuerda (veremos qué te
parece esta observación) el tipo judáico, hermoso y puro, que apenas
se conserva ya; barba poblada y larga, nariz de caballete y un tanto
gruesa, ojos apagados, poca vivacidad en los movimientos fisiognómicos,
y, en fin, ese reposo, esa gravedad dulce que parecen indicar un
perfecto equilibrio interior. Me encanta aquella manera de tratar á
grandes y chicos, afable con todos, familiar con ninguno. Hay en su
trato algo del trato de los reyes, que por muy bondadosos que sean,
siempre son reyes, y mantienen los fueros de su alta jerarquía. Qué
tal, ¿voy bien?
Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas
hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre
esto no cabe duda. Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene
una reputación así es porque la merece. Cuando un nombre sobrevive
á la constante lima de la murmuración, por algo será. ¿No crees tú
lo mismo? Convengo en que Orozco lleva una sombra sobre su apellido.
El fortunón que disfruta lo amasó su padre don José Orozco, según
pública voz, de una manera bastante irregular, por no decir otra cosa.
Aquella execrada Compañía de Seguros, sobre la cual han caído y caen
aún tantas maldiciones, arroja, como te digo, cierta opacidad sobre
nuestro amigo, y él hace todo lo posible para purificar un nombre que
recibió con bastantes máculas. Es absolutamente irresponsable de las
faltas de su padre, llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y
vive tranquilamente, matando la ociosidad en algún negocio de los más
limpios, y haciendo todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello
de _modelo de ciudadanos, modelo de esposos, modelo de_... Pero no
precipitemos nuestros juicios.
Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy místico,
mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á prácticas
religiosas de las más exageradas; que en secreto se da disciplinazos,
que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela. Yo no he
observado en la casa nada absolutamente que confirme tal suposición.
En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas, fuera de
aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están en las
estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca. Entre los
libros familiares de uso constante, que tiene en su mesa de despacho,
no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni
imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí
como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y
puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible
á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del
catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la
mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé:
casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De
modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos,
no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus
connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás
pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero...
Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo
asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del
bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para
que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú,
que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar
en la _Compañía_. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero
vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué
más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que
gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo
está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo
que oye.
Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo ahora:
¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión? ¿Es
posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes? ¿No
habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí entran
mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro en la
vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y jesuitismo.
Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo los ojos
fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra cuestión.
¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir verdad,
aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y observado
parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que su mujer
le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto señales
incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida por el
conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he dado tantas
jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora. ¿Ó es que no
lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes tanto. Como dice
aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las relaciones de la
Iglesia con el Estado, _nos encontramos frente á uno de los problemas
más intrincados de la época presente_.
Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con acento
de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se juzga muy
inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores interesantes
de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á familias
pobres, emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho
bien, siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque
le molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le
den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer
llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo
sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo
sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado
Augusta.
Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te advierto
que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la sombra,
y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala tú, si
puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te consulto.
¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro, aunque no
imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente fecundos?
¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no informado en
las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole novísima? ¿Es
un soldado heróico de los eternos principios, que combate por ellos
recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una conciencia
sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica ha nacido en
mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como quieras. Deseo
conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante de Augusta,
ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde soy un diablo
teólogo, ó _teófilo_; un diablo que no busca el mal por el mal, sino
impulsado del ansia del conocimiento, y que por el camino del pecado
aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué
te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...!
pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con
mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco.
Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo
merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato
sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle.
Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica inutilidad.