_23 de Enero._
Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco con datos
y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate que salta
un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin tardanza, y á
ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de las desdichas.
¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa, de su hermana, del
abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las consecuencias que yo
me temí, y que te anuncié, no se han hecho esperar. Hace pocas noches,
acompañando yo á Federico hasta su casa, entre una y dos, sorprendimos
á un joven que del portal salía. Federico le echó mano al pescuezo.
¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo, no sé por
qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me había dicho
poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó pretendiente
de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda próxima.
Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del sereno, pues
nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras del hermano
de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo mejor: ayer
la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una carta para su
hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse (mira si tiene
alientos la niña), añadiendo que se halla depositada judicialmente en
casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy amiga de los Viera
y también de los Orozco, y que al amparo de dicha señora esperaba el
permiso pedido á su padre para verificar el matrimonio. No puedes
figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este arranque de su
hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo de siempre,
amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que los oprimidos
tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el yugo por los
medios que están á su alcance.
Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes
que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que
va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira
tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente
entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se emancipe
aceptando un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro
amigo transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la
vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero
la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado
llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en
que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie
de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas
democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los
progresistas, y del _morrión_, etc... Reconoce sinceramente que está
fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado,
y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se
ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al
aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse
vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que
personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está
el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante
pierda pie y se descomponga.
Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto de
revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso,
y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene
Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de
la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la
sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y
no le veo desde la noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo
de la casa. Fué una escena calderoniana, que no te describo porque
espero han de ocurrir otras más dignas de pasar á tu conocimiento.
Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido. Ayer
almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su mujer salió
á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis sombrías
meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro que el
buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando conmigo de
asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción que me dejaron
pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro, que siento no
poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones impidiéronme fijar
en sus atinados conceptos la atención taquigráfica que acostumbro.
También analizó el caso de la hermana de Federico Viera con un criterio
semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que debía prever
todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas arcáicas, y el
carácter agriado por los contratiempos económicos.
Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato interrumpido.
Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura, se me han
revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y quiero
fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya
clareando lo que oculto permanece todavía.
Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados que
se conocen. Podría dar lecciones de prudente economía y de previsión
á toda la raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin
que esto signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea
nada de lo que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su
linda costilla cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse
dentro de los límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja
por aumentar su capital, que es grandecito, y los negocios en que
toma parte, en cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos
quebraderos de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha
querido interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando
préstamos con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta,
y da en la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y
son: la sordidez y el despilfarro.
Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso.
Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto
desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer,
cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro,
sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más
que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y
procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre
es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan
alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal
excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero
no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron por la
mente, y cuando ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña,
imagen de una conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era
cinismo, y su sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la
moral y de los consabidos principios, muy señores míos, y me pareció
crimen nefando engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle
no siendo yo el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus
escondrijos. Se me antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería
más disculpable.
Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y no sé,
no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su manera
de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan franco y
natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has sabido algo
más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á él?» Yo
temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de aquélla mi
segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento revolvía
la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba la
respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me
equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que
buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la
mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos
sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le
he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde
que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado
á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal. ¡Qué
extravagancia! Creo que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.»
Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su
acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto...
Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no
tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres
entablamos.
Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca bien.
No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que pensaba.
Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado amigo.