_18 de Enero._
Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está mejor,
casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa
figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés
á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del
júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta mañana
la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera
adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro lo bueno,
aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo,
preguntaría quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú
que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás
seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los
teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y
simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de
la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático,
dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad?
Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con su
mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía como
á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía
completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese
hija de Augusta para que resultara una _Sacra Familia_. Vamos, que me
estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.
Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella revelación
nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy equivocado
al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? Ea, venga la
_rimpuesta_, y, verdadero _payo de la carta_, no te la entrego, es
decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis manos.