_13 de Enero._
Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios asuntillos
después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los pasillos,
run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho racimo de
curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí y allí
por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas de
siempre, y aquello de _ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni
esto es nada_. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el
proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños;
el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los
bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también
si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga;
el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los
secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador;
los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de
la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con
Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última.
¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe. Pero ello es que
amaneció con fiebre muy alta. El médico se alarmó.
Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no fué
tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico
del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo
de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á
mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un
catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte
que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la
noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena
es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella
estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero
más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á
morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es
excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no
se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante:
«¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso
no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este
cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto,
podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos
comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te
sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos.
Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada
instante se levanta de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve
diciendo: «Me parece que está algo recargado.—No, hija: es que te
parece á tí que lo está. Yo le encuentro despejadísimo.»
Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto
de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco
mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y
con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de _santi, boniti,
barati_. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que
más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va
también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de
los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el
número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación.
Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de
Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el
_Catón ultramarino_ sostienen viva discusión, porque el primero cree
que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no
está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez,
para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como
generosa isla.
Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de ese
misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los
periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos
tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben por
despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora joven,
madre, cuyo estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio
quemada, juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no
había más persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo
Cuadrado, el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de
nada de lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero
una parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora
de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se
dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa
pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la
madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora
del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto
en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia
embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la
conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy
formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas.
Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la
madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló
en la casa.
Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen á dos
bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación de esta
raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no es el vulgo
el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones maravillosas
y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en zaga. Las mujeres
especialmente, y si quieres, las damas, se pirran por esa comidilla
picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta
_criminaliza_ sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más
furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda
la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que
tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy
perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté
contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el
asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió
de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva
todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al
parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye
encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por
encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas,
no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón.
También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos que
pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos anuncia
contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene fiebre y que
pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el primero, y me pongo
á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... Mientras los demás
roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, de ella, y trato
de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. Mi sumaria está
tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, y á cada hora
veo una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de
alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el
criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los
hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de
personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No
me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo
inventó.»
Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las lleve
á la _culta_ Orbajosa. Así llama _El Impulsor_ á esa rústica ciudad
cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del Casino.