_6 de Enero._
Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me
tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de
confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por
cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á
eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido
el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de
dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico.
Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho nos
reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso Viera
á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la barba
por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver aquello
cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron Claudia
y Clotilde á servir el almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron
de rondón cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como
de seis años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se
enracimaron en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse
en las almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro
se encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes
y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba
comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora
tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba
entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde
tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo
y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué
menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo
que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos.
Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima
de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran
los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando
el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien
no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á
entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos
oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre
la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme
Federico con el _qué más da_, que usa siempre para disculparse de su
abandono.
Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía
envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala
suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin
quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se
vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta
lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario
para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la
presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales,
librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida,
y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó,
con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha
renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone.
La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á
mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada
en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin
poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su
encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad.
No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su
desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo
esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras
condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores.
Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya
compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir
bien, y sus gustos delicados se fueron embasteciendo hasta parar en el
desaliño. El _qué más da_ de su hermano la contagió como una diátesis
de familia; no supo sostener el esmero de la persona, refinado y
minucioso, que aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á
los modales descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas,
y ha concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y
no hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente
baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la
conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí,
huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si
forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no
expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su
mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.
Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy,
apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les
tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que
sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero
yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino.
Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»
Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos se
piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés asunto
tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun sospechaba
que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre este
particular, por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de
amores hablábamos, no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar
á Federico los míos, ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero
también supe contener aquella segunda tentación de espontaneidad.
Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un
jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla
le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera
enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción,
y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo
que llamaríamos _el servicio de puerta_. Clotilde se ha hecho á este
innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de
mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros
les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas
promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con
Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y
duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y
no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien.
Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no
he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí
van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero,
le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría,
y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir.
Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña,
que hasta parecen adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima
como las moscas. Dice que el único placer de la vida consiste en dar.
La cara que ponen los pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan
tajada, vienen á ser como una visión de alegría, un rayo celeste á que
no puede renunciar quien vive entre negruras, sin ver más que esas
caras muertas, esas máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan
los grandes goces del alma.
¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que
reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia se
amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de amor
propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los desastres
de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á salir de
apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir en su
susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi socorro.
Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir su
orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, de
la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, las
tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he visto
en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, aunque
algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y he visto.
Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico de estos
hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. Su perfecta
educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); aquel aire
de modestia, no incompatible ciertamente con su orgullo, y que más
bien lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad;
su gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral,
tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á
la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara,
que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse.
Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos
hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela
la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco,
y creo que no se equivoca.
Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la
Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de
esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito
y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te
hablen de ninguna moza _de éstas que llaman del partido_. ¡Hipócrita,
me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo
motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del
jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña
en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri.
Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes
más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á
sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á _heroínas_
modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene.
Puede que algún rancio etimologista te lo pueda explicar. Yo lo que sé
es que se llama Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el
misterioso lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad
de recurrir á las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante,
depravada y con muy buena sombra para hacer olvidar su relajación;
mujer de excepcionales dotes para atontar á los hombres, y que, de
nacer en Francia, habría sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los
círculos puramente madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar
nunca á la difusión que dan las letras de molde, toca en los límites
de la popularidad. Se ha comido á media docena de hijos de familia,
y se ha merendado á dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo
simpática que puede ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y
diente venenoso. Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el
pecho, y te digo que yo también me he dejado tentar de esta hermanita
de Satanás; pero que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación
ha seguido prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los
jóvenes de esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por
amor de Dios.
Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar
á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva
dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun que
te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los
amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes;
no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente
á que nos echara las cartas. Te mueres de risa si llegas á venir con
nosotros, porque la verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades
y todo el fastidioso empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la
sal de Dios para echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido
en el mundo. Lo gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas
gitanescas, como si fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que
realmente le adivina á uno los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra
época de realidad, levanta el velo de lo porvenir y desmiente las
leyes de la razón. Me gustaría verte allí, tronando severamente contra
la cábala, y rindiéndote á las carantoñas de la linda bruja, como
cualquier hijo de vecino.
Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo Federico?»
Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. Pues, si
se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo fueron
cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se tratan
con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos más ó
menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, esto
te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre á ella
en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en duda, que
Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua al cuello.
¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y susceptible,
rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer de tal clase?
Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por la envidia ó
el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para tu gobierno.
Federico, al menos conmigo, no hace misterio de su amistad honrada con
esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de
Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas
atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y
que no conozco un corazón más noble que el suyo.»
Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una
carta absolutamente limpia de toda murria _wertheriana_. He tenido
que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas
amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis
amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo.
Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la
próxima.