_8 de Enero._
¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el
folletín de _El Impulsor Orbajosense_, ¡arre! ilustrado periódico de
esa localidad, _órgano de los intereses materiales y morales_, etc.
¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma
sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á
tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y
que me tiene tan mala voluntad desde que le quité la Administración
de Loterías para dársela al marido del ama que me crió á sus castos
pechos. Basta de guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con
tus chirigotas maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á
estallar... ¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo
que me ha mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy
con ella tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma
con que te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si
tengo que llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello
cuatro varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á
mí mismo, y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de
puntapiés.
Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te ha
dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada uno
es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando gozo ó
padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi placer
ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un amigo,
despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en mis
alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo á
enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque
sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo
abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes
para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin
estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!
Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel nereida,
perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. Sigue en
sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi capricho,
jarros y más jarros de agua _frapée_, moral pura de la más cargante
y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. Á
veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar
la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo.
Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la
satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el _Derby_ de la
honestidad.
La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no tienes
idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la primera
vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego: calabazas
como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle una mano,
ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me despide con
una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis pretensiones,
menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el hociquillo de
virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo con cualquier
pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía, como un
santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos. Esta niña
es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa, y la
mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima: marido y
mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión. Pues, como
te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas, y con la
crueldad más salerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo
lo que quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar.
Adoro el santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana!
No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos, tonto,
majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar _harto de ajos_.
Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero grandes novedades.
Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad y transcendencia
merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees tú en las
revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos hallamos en
ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la vigilia, estado
en que se confunden la estupidez y la perspicacia, puede venir un
espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á murmurar en nuestro
oído palabras que son la cifra de un misterioso enigma? De fijo no lo
crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo en el Ángel de la Guarda,
ese bondadoso, invisible amigo que velaba nuestra cuna cuando éramos
nenes, y que, de hombres, nos visita alguna vez para resolvernos un
grave problema de la vida, para señalarnos un sendero en la intrincada
selva donde nuestra insegura voluntad se ha perdido. ¿No recibiste
alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación que por la claridad con
que se te hace no puedes tener por obra de tu propio espíritu, sino por
aviso de _alguien_ superior y externo?
Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas. Dormí
no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual si me
clavaran un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi
mente como el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no
es honrada; Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo,
no como pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó
hasta el punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor
de una cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis
miradas por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama
á esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que
produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á
mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo
funciona nuestro cerebro _de por sí_, y cuándo engranado en la máquina
inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza?
No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque
inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra
nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca
con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo que
el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma. Puedo
asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal, que la
evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni me hacen
falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y creo á puño
cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso decirte que
no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé recordando
pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no porque éste,
á juicio mío, necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la
mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de
un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar
la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían á
mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso! Cosas
que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del mundo.
Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no te
resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando
esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también
parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como
por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo
que me ha pasado hoy, para que veas _cuánto se emprende en término de
un día_.
Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo
ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha
venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de
los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á
Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés...
para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie
que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal,
en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los
Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque la
fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la carretera
de Valdegañanes pase ó deje de pasar por la finca de don Cayetano
Polentinos? En medio del desdén que estos problemas locales me
inspiraban, ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no
pasaba por allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo
sin verme. Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la
saludable expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas
teorías tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino
estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el
escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando
siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo
que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso
de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos
propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más
sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan
perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa
enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas
tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no
satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me
custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este
barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.»
Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la
contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don
Carlos y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en
que la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel
para recitarlo y hacerse aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas
por otra razón. Verás á dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El
hombre más feliz—me dijo al fin,—y estoy por decir que el más sabio
de España, es nuestro amigo Federico Viera, que no paga contribución
y vive como un príncipe; que no tiene nada que administrar, ni hace
jamás un número, y con sólo mirar una carta y ver lo que sale, ha
sabido arreglarse su modo de vivir. No necesita tener ninguna clase de
moralidad para que el mundo le aprecie y le mime, porque su talento, su
buena figura, su educación, lo suplen todo. Come en las mesas de éste
y el otro, que todavía le agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus
acreedores no se atreven á molestarle, porque saben que les saldría
peor la cuenta. Va á todos los teatros sin comprar localidad; y para
colmo de ventura, el ramo de mujeres no le cuesta un maravedí, porque
siempre habrá, entre las de sus amigos, alguna que le ofrezca platito
sabroso y gratis en el festín del amor. Es mucho hombre el amigo Viera.
Yo se lo digo siempre: _Eres el ciudadano del siglo XXI, de ese siglo
en que todo será común, hasta las mujeres._»
Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte golpe
en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo que
quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior fué
aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de un
sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo Viera
es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta me
resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez no haberlo
comprendido antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias,
se nos revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general.
La casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que
esclarece todos los misterios.
Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para
despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien
lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución
súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al
instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía
cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo
decía reventaba.
Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole:
«Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una
pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda,
es evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame
con asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado
como hoy lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo
me expliqué mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que
bien merecería lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático
hasta no más. No anduve con rodeos para confiarle la pasión que me
hacía infeliz y el fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión
fuese tan honda como dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo
por natural. Cuando le expresé mi convicción contraria á la honradez
de Augusta, parecióme que se nublaba su frente, que le ofendían mis
palabras, y que se violentaba para no obligarme á una retractación.
«Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía, locura razonante.» Yo no podía
probar lo que tan vivamente creía, y falto de argumentos fundados en
hechos, tenía que emplear los de mi fe, incomunicable sin duda. Nuestro
diálogo se acaloraba, y de improviso le apreté un brazo diciéndole con
voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...» Y no sé qué más dije, no sé
qué sarta de palabras salió de mi boca; frases violentas, injuriosas
quizás, inflamadas por la convicción. Pero no pude menos de sentirme
cortado ante la frialdad con que Federico me oía. Observé su rostro
perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus ojos no brilló ni el más
leve destello que delatara una conciencia intranquila. Soltando después
una risa franca, no enteramente burlona, más bien compasiva, díjome
estas cariñosas palabras: «Es preciso que te pongas en cura, pero
pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza... Manolo, tú estás muy
malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa por una quincena,
y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis de voluntad
contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos que en las
grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de campo te
pondrán como nuevo.»
Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior á
todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces,
poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te
basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque
los juramentos estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por
lo que valga. Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees?
Bueno. ¿No lo crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han
persistido tan claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay
en aquella casa es sagrado para mí.»
Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me convenció.
Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole lavarse y
vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la misma idea,
como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame fallida; pero
la primera, la del despertar, aquélla no había quien me la quitase.
Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo conseguir. Yo
discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y ese otro, ¡vive
Dios! yo lo he de encontrar.»
Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre
aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal
de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi
carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no
sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me
encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería
ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me
suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento,
y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho,
porque, de no ser amante, el papel de _sigisbeo_, aunque en el mundo
sea un papel envidiable, á mí no me agrada.
«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta cuando
la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»
La contestación _en el próximo número_. Ya no veo lo que escribo, de
cansado que estoy. Buenas y santas.