_2 de Enero._
Árnica, venga árnica, querido Equis, porque descalabradura como ésta
no la he recibido desde que tengo cráneo. Y gracias que, con la fuerza
del golpe, no haya perdido el sentido y pueda contarte el terrible
accidente, y describirte mi turbación, mi pena, mi despecho, mi
rabia... Ya te veo muerto de risa, y diciendo que bien ganado me lo
tengo por mi depravación, por mi inmoralidad, por mi... El demonio
cargue contigo. Acepto la reprimenda. Somos, en efecto, unos bribonazos
los hombres de este siglito, aunque, si examinamos la condenada
historia, veremos que tan pillines como nosotros fueron nuestros padres
y abuelos y tatarabuelos hasta el señor de Adán; y si es verdad lo del
transformismo, añadiré que lo mismo que nosotros fueron el hombre-mono
y la mujer-mona.
Para mujeres monas, ésta. ¡Y cuánto me ha hecho padecer la muy pícara,
solapada, ingratona!... Pero vamos por partes. ¿Te he contado que
la noche de Navidad cenamos en casa de Orozco, Malibrán, Calderón,
Villalonga, Viera, Cícero y yo?... Pues, mira, tampoco te lo cuento
ahora, porque, si bien algunos detalles de aquella cena se enlazan
con mi catástrofe, son largos de referir, y no está su importancia
en relación con el gran espacio que ocuparían. Voy á lo principal. Me
declaré ayer 1.º de Enero: yo creí que inauguraba un año de delicias, y
me salió... mejor dicho, salí con las manos en la cabeza. Verás... Nos
hallábamos solos en su casa, en la situación más propicia del mundo. No
pienses que me fuí del seguro ni que hice ó dije cosa alguna de esas
que le dejan á uno en ridículo en caso de negativa. Tomé toda clase de
precauciones contra las demasías del sentimentalismo; me previne contra
la brutalidad, sin quitar al arma del atrevimiento el importante papel
que en tales batallas le corresponde; estuve patético y atrevidillo,
¡oh, Equis de mis entrañas! caballeresco y atolondrado, todo en la
medida racional y justa... Y, sin embargo, me rechazó en toda la línea,
y tuve que capitular ignominiosamente. Te confío sin ningún recelo el
desastre, y reclamo que me eches para acá toda la compasión de que sea
capaz tu grande alma, porque... Mira que tu amigo tiene en el casco
un boquete por donde se le ven los sesos... Esto se llama caerse en
toda regla. Hijo de mi alma, nada me valió lo bien preparadito que yo
llevaba el plan de ataque, ni lo bien que se me conocía en la cara la
pasión... Todavía, cuando me acuerdo de aquella firmeza, de aquella
seca austeridad de mi primita, me tiemblan las carnes. Nunca me he
visto en otra. Allí fué el lamentarse de haber prestado atención á mis
galanterías, creyéndolas inocentes y de pura fórmula, tal como las
autorizan el mundo y la moral tolerante de nuestros días; allí fué
el expresar su equivocación con respecto á mí; allí el acusarme de
injuriarla gravemente á ella y á su esposo, que me colma de atenciones
y agasajos; y no te digo más. ¡Ah! no invocó los llamados eternos
principios; pero, aunque no los invocó, procedía con arreglo á esos
grandísimos hi de tal...
En resolución, que me dejó pegado á la pared, y, lo que es peor,
sin esperanzas de obtener más tarde el éxito que ahora no he podido
alcanzar. Aquí me tienes, pues, atajándome con una mano la sangre que
me chorrea de la frente, y oprimiéndome el corazón con la otra...
porque, te lo diré todo para que te rías más... después del estacazo, y
al volver del mareo que produjo en mí, encontró más vivos y punzantes
mis deseos de poseerla y de ser su amante. Su belleza, su talento,
su boca grandecita, que es la fuente de donde brota todo el caudal
de la gracia humana; sus ojos persuasivos, que te miran penetrantes,
ora lanzándose hacia tí, ora recogiéndose en no sé qué misteriosa
desconfianza; su talle flexible, su vestir elegante, parécenme ahora
con mayores hechizos. ¡Y si vieras con qué gracia me curó ella misma la
tremenda herida, ponderándome las dulzuras de la amistad respetuosa!
Esto tiene chiste. ¡Qué remedio queda más que conformarse y apechugar
con los arrastrados principios! Pero nuestra infame naturaleza se
rebela contra ellos siempre que no se prestan á satisfacer sus
caprichos, de lo que yo deduzco, en conformidad con los Santos Padres
(muy señores míos), que somos los humanos una raza indecente, y que
nos estuvo bien merecido que nos echaran á cajas destempladas del
Paraíso, entregándonos al muy cochino de Satanás, para que nos tentara
y perdiera, y nos arrastrara á los profundos infiernos.
Y ahora surge de nuevo la gran duda. ¿Es honrada ó no lo es? Ríete de
mi impresionabilidad todo lo que quieras; pero escucha lo que estoy
pensando. Otra vez se representa á mis ojos con los caracteres de la
más pura virtud, y cuanto sospeché de ella me parece indigno, y lo que
oí contar, patraña maliciosa y absurda. Te cuento todos los fenómenos
que se van sucediendo en mi alma, porque eres mi confesor y nada debo
ocultarte. Permíteme que analice un poco. ¿Consistirá esto en que
ahora, por causa del desaire, estoy verdaderamente enamorado, y no veo
en el sér que me fascina más que perfecciones? Antes quizás no la amaba
de veras; empujóme hacia ella un antojo, una voluntariedad de joven
del siglo, que por rutina ó moda no quiere ser menos depravado que
los contemporáneos de su clase. Era aquello como un ensayo de vivir,
ajustado al canon vigente. Pero ahora... ahora... Me parece que estás
reventando de risa, y no quiero seguir.
Bueno, pues aunque te rías: aquí tienes á tu amigo hecho un ojeroso
romántico, idealizando el objeto de su pasión, y remontándose, con ella
en brazos, á los espacios infinitos; viéndola reflejada en sí mismo,
con todos los atributos de sobrenatural hermosura, y adornada de las
cualidades más excelsas. No te oculto que hago inútiles esfuerzos por
volver á la realidad. Se me ha plantado en el magín la idea de que es
la pureza misma; y recordando que la borré inconsideradamente de la
plantilla de serafines terrestres, me apresuro á volver á inscribirla
en ella con letras muy gordas: _¡Es un ángel!_ Sí, veo desde aquí
tu sonrisilla escéptica; pero no me importa. Lo que sí te diré es
que precisamente su celestial jerarquía es lo que más me estimula á
solicitarla. Y como no siento ninguna vocación de volverme ya también
ángel, mi maldad aspira á sentar plaza en las filas satánicas, y
acosar nuevamente á la querubina con mis pretensiones, hasta cansarla,
rendirla, vencerla y hacerla mi dama. Nada halaga tan vivamente los
instintos humanos como traerse un ángel del cielo á la tierra, lo que
equivale á robar la esencia celeste. Todos somos algo Prometeos, amigo
Equis, ó intentamos serlo. ¿Comprendes lo que te digo? Por lo mismo
que mi adorada prima se me ha puesto en un pedestal de virtud, quiero
arrancarla de él, perderla y perderme, bajándonos ambos muy abrazaditos
á las cavidades de ese infierno donde los amantes de verdad, dígase lo
que se quiera, han de pasarlo muy bien, quemándose por dentro y por
fuera.
En fin, que estoy exaltado y tú principias á inquietarte por esta
enfermedad mía. Tranquilízate, hombre, y óyeme otra cosa. La política
es un bálsamo para los ligeros disturbios del espíritu. ¿Lo será
también para trastornos graves? No sé; lo probaremos: he de buscar
en la política el desgaste de esta superabundancia de vitalidad
espiritual. Desde mañana me planto en los escaños rojos, y hablaré
sobre lo primero que salte, revolviendo á Roma con Santiago, y me
pondré frente al Gobierno, frente á las instituciones, y... boca
abajo todo el mundo: me propongo _minar los cimientos sociales_, como
se dice en lenguaje ministerial. Es que estoy furioso; necesito
vengarme. ¿De quién? de los _grandes principios_... que mala sarna se
los coma... Verás, verás qué camorras voy á armar allí todos los días.
Llegará pronto hasta tí mi fama de anarquista, demoledor y petrolero.
La piqueta, la famosa piqueta y la tea incendiaria son los chismes
que he de usar... Por cierto que hoy almorcé con Cisneros, y aunque
no le hacía gran caso por tener todo mi pensamiento concentrado en
mi amarga cuita, me mostré conforme con cuantas atrocidades echó de
aquella donosísima boca. Es el tío de más talento que hay en España.
Hemos convenido en transformar la sociedad y ponerlo todo patas arriba.
Vengan otras leyes, otra forma de la propiedad, otra moral, otra
religión, otras costumbres, otra raza, otra manera de vestir, aunque
sea en cueros, otra lengua, y venga, por fin, otro planeta, que éste ya
no nos sirve.
Vas á creer que firmo ésta en Leganés; pero no: la firmo y fecho en
mi cuarto del Hotel de Roma, á las cuatro de la madrugada, después de
pasar una noche de perros, y decidido á no acostarme porque sé que no
he de dormir. No se aparta de mí la hermosa imagen austera, con toda
la gracia divina y humana, coronada de aquella honradez que admiro
y anhelo hacer añicos. Mírola como una santa de altar, no vestida
de severos paños, sino con los atavíos elegantes de la última moda.
Es un ángel que se ha entregado á las modistas. ¡Oh, qué virtud tan
tentadora! No poderla tronchar en un abrazo, no poder estrujarla como
se estruja una flor... Si no me modero, amigo mío, voy á salir por
esas calles tirando piedras.
No te enamores, Equis, no te enamores; dedícate en esa tierra, con
malos fines, á las Galateas de refajo amarillo. Y si alguna te sale con
que debajo de todas aquellas bayetas está la honestidad, renuncia á las
vanidades del mundo y métete cura.