_16 de Noviembre._
Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas
saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar
ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido
datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus
exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte
que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa
como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una
opinión terminante sobre ella, tú que debes conocerla, aunque no
tanto como á su marido. En tus expresiones al hablarme de esta mujer,
he notado siempre como una velada reticencia. No creas: el recuerdo
de tus vaguedades en tal asunto me pone en guardia. Observo, reparo
y escudriño en torno de ella, sospechando que podré descubrir algo
que me asombre, y aunque nada veo, nada absolutamente más que una
conducta pura y una reputación intachable, la escama persiste en mí y
suspendo mi juicio. Contén tu insana curiosidad, oh varón depravado,
que yo, cuando sepa bien á qué atenerme, no me pararé en pelillos
para manifestártelo. Por ahora, no me sacarás del cuerpo sino una
apreciación breve y superficial. Que Augusta es elegante, no tengo
por qué decírtelo. Te reirás sin duda de mi descubrimiento. Sobre si
es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de opiniones. Hermosa, lo
que se llama hermosa, quizás no lo sea para los que creen, como tú,
en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para mí, que no le
encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus griegas y de
las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de mi prima es
su boca, que un amigo mío llama _el templo de la risa_. ¡Vaya que es
grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has visto reir,
pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje chistoso?
¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes blancos,
duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su dueña se le
antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada de aquella
risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como el trinar
de los pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido
Equis, tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te
miran; ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de
las profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor
á mi retórica y á tus guasitas.
Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, _la sucursal
del cielo_, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las
encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su
manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á
tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué
tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí
que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida;
buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro
con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético,
delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que
la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de
los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de
seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo
en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es
dos ó tres á lo sumo.
Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas
profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer
hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema
educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de
instrucción, si por esto entiendes algo más que las llamadas
_tinturas_ de las cosas; pero tiene tal gracia y desenfado para abordar
cualquier cuestión grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de
celebrar que no sea instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería
de la opinión sensata apuntara en aquellos ojos y en aquella boca,
cree que perderían mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar
el colmillito en las ridiculeces humanas ó á sostener una tesis
paradógica. Si entonces no se te caía la baba, no sé yo cuándo se te
iba á caer. Pues en aplicar motes no hay quien le gane. Cuando tuvo
bastante confianza conmigo, me confesó, llorando de risa, que de su
cacumen había salido el apodo de _el payo de la carta_, y te aseguro
que nunca he perdonado con más gusto un agravio.
Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta
interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve
en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero,
digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer
le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme
que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este
matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no
me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu
opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho ver
en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé por qué
te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que empecé esta
carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya llevo tres
carillas sin ocuparme de otra cosa. Punto, punto aquí, vive Dios. Pon
un punto como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.
Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de esa
potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una
escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios
sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan
sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que
los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve
por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate,
Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más
contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea
el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, y
dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las estudie.
Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece los
barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos.
La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde
siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido
siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él.
Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el
instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres
y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie
que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres ó
cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en ellos la
comidilla, la información mal intencionada, el palpitar convulsivo
de la sociedad que considera enferma. La política, tal como aquí se
practica, le inspira despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice,
como quien asiste á un sainetón extravagante. Para él no hay ministro
honrado, ni personaje que no merezca la horca... Y, sin embargo,
muchos de éstos son sus amigos, se sientan á su mesa y le celebran las
gracias. Cuando surge algún escándalo en la prensa, adopta y da por
válidas las versiones más desfavorables. La complacencia y el orgullo
iluminan su rostro cuando tiene que dar su opinión pesimista sobre
cualquier asunto que cautiva y apasiona al público. Cada frase suya es
un alfiler candente que penetra hasta el hueso y hace chisporrotear la
carne.
Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y
consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar,
pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de
ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de
cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las
papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como
muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera
una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este
sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente
memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:
«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad política,
á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la Constitución y
los altos poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto
que decía: _por un oído me sale y por otro me sale_; es decir, que no
le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas
no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda
en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy
común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de
que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran
simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se
calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir
con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces
cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina.
En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han
llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á
los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les
contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me
daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las
Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha
tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo
soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces
el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran
inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré
razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira
en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y
explotadores de la nación. Ya lo irás conociendo; ya te vendrás á mi
campo, al campo de las negaciones, de todas las negaciones juntas,
donde se asienta la soberana afirmación.
»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz...
que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la...
industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como
si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que
le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en
busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á
la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición
intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y
para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte,
ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el
tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este
sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los
que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera,
es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y
ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva,
otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los
principios de justicia.»
Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales ideas
profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas extraídas
de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es decir, un
fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy existe. Por
respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir ante ellas. ¿Estará
loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué
forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de
muertos y putrefactos.
No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que concrete
sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el magín para
sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me mandaras escribir
la historia antes de que ocurran los hechos que han de componerla.
¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la catástrofe, y en qué
posición van á quedar las piedras del edificio una vez caídas? ¿Cómo
he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es que debo hacer cuanto esté
de mi parte por ayudar al principio de suicidio que late en nuestra
sociedad, y apresurar la destrucción, contribuyendo á fomentar todo
lo negativo y disolvente. Que me hablan de libertades públicas y de
los derechos del hombre. Música, bombo y platillo. Contesto que el
pueblo no tiene más aspiración que la indiferencia política, ni más
derecho que el derecho á esperar, cruzado de brazos, el vuelco de la
sociedad presente, que ha de producirse por un fenómeno de física
social. Háblanme de los partidos y de la disciplina, y hago tanto caso
como de las disputas de los chicos de la calle, cuando juegan á los
botones, al trompo y á cojito-pie. Me ponderan la necesidad de apoyar
á estos gobiernos de filfa para que duren mucho, y yo me persuado
más de la urgencia de combatirlos para que duren lo menos posible.
¿No has observado que, cuando se habla de crisis, la sociedad toda
parece que se esponja, palpitando de esperanza y de júbilo? Es que
tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la
pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos
y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y
tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad,
este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando
de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los
disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza,
me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y
sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi
barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos
cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»
Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, te
preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.