II

_13 de Noviembre._

Pues volviendo á lo mismo, Equis de mis pecados, te diré que encuentro

á mi padrino más viejo de lo que yo me lo figuraba. ¡Pero qué chispa

en aquel rostro, qué ojos de lince, y qué gracia de dicción la suya!

Su cara es enjuta, morena, bien afeitadita; el labio superior enérgico

y velloso, casi negro de la fuerza del pelo bien descañonado; la nariz

tajante, corta, y unida al labio como si quisiera hacerlo suyo; la

mandíbula robusta y saliente; los ojos vivos, bajo cejas tan pobladas

que parecen dos tiras de terciopelo negro; la cabeza de perfectísima

hechura; sin calva; el pelo con bastantes canas y cortado al rape. Si

te digo que su perfil se me parece al del insigne cardenal de su mismo

nombre y que tal vez es su pariente, no te digo más que la verdad.

No lo creas si no quieres, hombre sin fe. Pertenece á la más genuína

cepa castellana ó extremeña; es seco como la tierra, agudo con toda

la agudeza de la raza, duro y flexible como el clima de aquel país;

mezcla de sagaz lugareño y de señor magnánimo, con no sé qué de fraile

que lleva pistolas debajo del hábito. No te puedo expresar bien mis

impresiones acerca de esta figura eminentemente nacional. Trae á tu

imaginación aquellos guerreros afeitados que parecían curas, aquellos

señores que semejaban labriegos vestidos de seda, los comuneros de

rostro recurtido por el sol y los hielos de Castilla; piensa en el

obispo Acuña, en el conde de Tendilla, en Torquemada, en San Pedro

Alcántara, que sólo comía dos veces por semana; reconstruye el cuño

de la raza y tipo de la madre Castilla, y podrás decir: «Vamos, ya le

tengo.»

Habrás oído que mi padrino posee una buena colección de cuadros y

antigüedades, parte por herencia de su hermano don Diego, parte

allegada por él. Y aquí, ¡oh ínclito Equis! mi sinceridad me hace

soltar una herejía, que de seguro leerás con indignación. Mas no me

importa, y allá va: _Me cargan las antigüedades_. No iré tan lejos

como el poeta, que, cuando se estaba muriendo, reunió á sus hijos y

deudos en torno al lecho del dolor, para decirles con mucho misterio

que _le cargaba el Dante_. Pero sí te aseguro que no tengo maldito

entusiasmo por las colecciones de _bric-à-brac_, pues si bien reconozco

que en algunas figuran objetos de extraordinario mérito, la mayor

parte de ellas sólo tiene un valor convenido. Á eso me dirás, ya

lo estoy oyendo, que la historia del arte... y que patatín, y que

patatán... Estamos conformes: me tomo, antes que me lo des, el diploma

de bruto. Es que no lo entiendo, y tengo la franqueza de decirlo,

mientras que otros, sin entenderlo más que yo, fingen extasiarse

delante de cualquier roñoso cachivache ó de un trapo descolorido y

mugriento. Excuso decirte que me guardaré muy bien de decir esto al

amigo don Carlos, quien, al segundo día de nuestro conocimiento,

empleó no sé cuántas horas en enseñarme su galería. Si te descuidas,

te hará creer con sus aspavientos y ponderaciones que el Kensington de

Londres es, en comparación de lo que él posee, un puesto del Rastro.

Indudablemente, la colección es grande, y á mi parecer, de tí para mí,

muy poco selecta. Apenas cabe en aquel enorme principal de la plaza del

Progreso, el cual tiene veinticinco balcones y da á tres calles; casa

de tal amplitud, que pocas he visto en Madrid con tanta luz y desahogo.

Salí de la visita artística con una mediana jaqueca, y si he de

decirte la verdad, fuera de algunos tapices, de media docena de

cuadros, de tres ó cuatro piezas de armería y herraje, todo me aburrió

soberanamente, y más que nada, aquello en que el anticuario funda

su orgullo, que es la colección copiosísima de tablas del siglo XV.

Repito que soy muy bruto, y declaro que mi antipatía á las tales tablas

no es inferior á la que me inspiran los códices en lengua sabia, de

esas que no entiende ya ningún cristiano. Juzga de mi apuro al tener

que asombrarme y entusiasmarme á cada rato cuando Cisneros á ello

me incitaba mostrándome las maldecidas tablas, sin perdonar una, y

explicándome su asunto.

No sé si la pasión de mi padrino por las antiguallas es verdadera ó

afectada. Bien podría ser lo último, pues le tengo por hombre de esos

que, movidos del orgullo, se imponen un papel con el fin de agradar

ó de distinguirse, y lo representan sin desmayo, llegando, con la

perfección histriónica, á formarse una personalidad artificial, y á

subordinar á ella todos los actos de la vida.

Para satisfacer su codicia arqueológica, en la cual hay más de

_dilettantismo_ que de sentimiento artístico, Cisneros ha explorado

todos los pueblos de Castilla la Vieja, donde tiene sus propiedades,

buscando pinturas, trapos y cacharros. Las sacristías de las iglesias

de Toro, Valoria la Buena, Villalón, Villalpando y Bermillo de Sayago

le conocen de antiguo. Palacios y conventos expolió con mano dadivosa.

Las monjas le agradecen que les haya cambiado por dinero contante

tablas apolilladas, algún cerrojo cubierto de orín, ó el plato en que

debieron de servirle las gachas al pobre Rey que rabió por ellas.

Como todo fanático, el buen Cisneros se corre un poco en la filiación

de los objetos preciosos que posee. Si hay dudas sobre un autor, se

quita de cuentos y cuelga el milagro á los artistas más ilustres.

¿Trátase de una obra de platería? Pues seguramente es de Arfe... «Arfe

legítimo... ¿no lo ves? Conozco la huella del cincel como conocería el

carácter de letra de un amigo que me escribiera todas las semanas.»

Si es cosa de cerrajería, se la endosa al maestro Villalpando. Si

el cuadro dudoso tiene figuras atléticas y frescachonas, ello es

del propio Rubens, ó por lo menos de Jordaens. Si es algún retrato

escuálido y con cara de tercianas, por fuerza tiene que ser del Greco,

ó á todo tirar, de Juan Bautista Mayno.

En su conversación artística, mejor dicho, en todas las conversaciones,

es amenísimo. ¡Qué ideas tiene y con qué salero las expresa! Te digo

que hay que tratarle de cerca para apreciar bien su originalidad.

Siempre que hablo con él, me acuerdo de tí; pienso que su charla te

agradaría extraordinariamente, y que sacarías de ella inmenso partido.

Y todo en él, fondo y superficie, es digno de observación. Dentro de

casa gasta una célebre bata bastante arqueológica, color de guinda,

rameada, que, al parecer, ha salido de una de aquellas tablas del

siglo XV que cubren las paredes. ¿Querrás creer que hace dos días,

hallándonos presentes tres personas de su intimidad, fumando y tomando

café, se empeñó en enseñarnos cómo se bailan las seguidillas en los

pueblos de tierra de Campos, y las bailó delante de nosotros, haciendo

la más graciosa y estrafalaria figura que te puedes imaginar? Pues

ayer nos contaba á Villalonga, á Federico Viera y á mí lances de su

juventud, entreverando mentiras muy gordas con donaires finísimos, y

se dejó decir que en su tiempo no había mujer de alta ó baja clase que

se le resistiera. Es hombre, además, á quien nunca oyes hablar bien de

nadie. Como se le diga algo que enaltezca á cualquier persona, ó lo

pone en duda, ó lo admite con salvedades y reticencias malignas. Pero

si se le lleva algún cuento que denigra ó envilece, le falta tiempo

para repetir, haciendo ademán de machacar en el mortero, la célebre

frase del boticario aquél: «¡como si lo viera, como si lo viera!»

Hay quien dice que á pesar de estas malicias, puramente externas, mi

padrino es lo que en lenguaje usual llamamos _un infeliz_. Con los

criados, aparentemente, se las da de hombre de mal genio, y hace el

papel de amo severo y gruñón. Pero me han dicho, con referencia á los

mismos sirvientes, que en el trato doméstico, y cuando no hay delante

personas extrañas, es bondadoso y tolerante. Hasta se susurra que los

criados, si son listos y saben llevarle el genio, le dominan y hacen de

él lo que quieren.

En el poco tiempo que conozco á este hombre singular, no le he oído

tratar con benevolencia á ninguna persona de la familia, como no sea

á su hija y á mí. Por Agustina, á quien él llama _Tinita_ y todos los

demás _Augusta_, tiene verdadera idolatría. Sólo ante ella doblega su

altivez, y pone freno á sus genialidades despóticas y á veces pueriles.

Pero de esta influencia de la hija sobre el difícil carácter del padre,

no participa el yerno, por quien Cisneros siente una antipatía que á

veces logra disimular y á veces manifiesta sin rebozo alguno. Cuán

injusta es esta inquina del castellano viejo no necesito demostrártelo,

pues conoces á Orozco mejor que yo. Y te diré de paso que los encomios

que de él me has hecho, no me parecen exagerados. Mientras más le

trato, más me gusta este hombre, todo rectitud, nobleza y veracidad,

y que á tan sólidas prendas añade trato afabilísimo y otros adornos

personales. Su suegro no le traga: ignoro la causa, y sólo puedo

atribuirla á un sentimiento envidioso, por la consideración y las

ardientes simpatías que el otro merece de cuantos le tratan.

Por lo que á mí respecta, mi padrino parece quererme tanto como quiere

á su hija. ¿Le durará esto? Presumo que no, porque lo que conozco de

su carácter me permite reconstruirlo enterito, induciendo de la forma

de algunos huesos el conjunto del esqueleto. El hombre que tiene los

aspectos que te he descrito, debe de ser también versátil en sus

sentimientos, antojadizo en sus pasiones; ha de pasar fácilmente del

amor al odio, por móviles escondidos, cuya explicación es difícil

encontrar en los repliegues de su alma.

Ayer almorzamos con él mi prima y yo. ¡Qué de carantoñas nos hizo,

prodigando por igual sus afectos á ella y á mí! ¡Qué expresiones

cariñosas para ambos, y qué elogios casi ridículos de mi persona,

apelando al testimonio de Augusta, que, riendo y bromeando, no vacilaba

en asentir á todo para tenerle contento! Al despedirnos nos dijo con

paternal benevolencia: «Hijos míos, id con Dios, y divertíos.»

Y aquí me despido también yo, amigo de mi alma, incitándote á

divertirte todo lo que puedas.

La Incógnita · 第 7 / 47 题