IV

_17 de Noviembre._

Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones

que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos

tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme

cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has

reflexionado bien lo que significa la anarquía? Medita bien sobre

ella, y verás que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado

á sí mismo, un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas

las leyes verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías,

atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace

falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto

estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros,

donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de

las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia

noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que

ciudadanos, y donde sale la _Gaceta_ todos los días con su fárrago

de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción

del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la

industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas

conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres,

y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el

hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa,

quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas;

el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca,

seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos

materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más

árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.

«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para

engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros

cuerpos jimiosos! ¡Y qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en

las relaciones de los sexos; y qué monotonía desesperante en la vida

toda; qué aburrimiento en esta selva inmensa de leyes, que prevén

hasta nuestros menores movimientos; qué inmenso tedio en este sistema

de profundizar todas las cosas, para matar todo lo desconocido; lo

desconocido, Manolo de mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría

de las almas, la sal de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa

balumba de artificios y de esclavitudes, formada por el puritanismo

inglés y la gazmoñería protestante, desaparezca en el abismo de esa

historia fastidiosa que nadie ha de leer. Quiero la libertad, no

estas libertades que son como la disciplina de un cuartel, y que le

obligan á uno á andar á compás, á uniformarse, y á no poder toser sin

permiso del cabo, sino la verdadera libertad, fundada en la Naturaleza.

Quiero que la sociedad florezca, y produzca el gran arte, las virtudes

sublimes, la santidad; que en ella sea posible lo que hoy no existe,

la inspiración artística y las acciones heróicas. Quiero que se vaya

con mil demonios toda esta corrección grotesca y policiaca que mata

la personalidad, la iniciativa, la idea, la santa idea, producto del

entendimiento, y ahoga el producto de la fantasía, la imagen... Ea,

punto final. Me parece que he hablado bastante. Me sofoco...»

No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio,

añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi

ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la

edad de oro, y echarme á un monte para ser ciudadano de cualquier

república de pastores.

Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la

estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo

el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico

Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró

ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de

un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que

decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen

para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten

otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen,

miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con

aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el

siglo XV?»

Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo nos

miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo mismo

que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está

rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.

Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con

él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de

las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una

mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y

en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois

incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con

el fin de que toda la humanidad se ajuste á la talla de los tontos...

Os he argumentado de un modo parabólico, única manera de que podáis

comprenderme, almas cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el

hombro de Viera y otra en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo:

«¿Creéis vosotros que el Dante habría escrito la _Divina Comedia_

si hubiera sido bachiller en Artes, licenciado en Derecho, después

ateneísta, alcanzando fama de _persona ilustrada_, viviendo entre el

tumulto de lo que llaman crítica, y expuesto á ser académico, diputado

ó quizás, quizás ministro de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el

autor del _Cantar de los Cantares_ habría compuesto este delicioso

poemita si, en vez de andar con las piernas al aire, hubiera gastado

pantalones?... No admito distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que

Miguel Ángel habría hecho el _Moisés_ y pintado el techo de la Capilla

Sixtina si en su tiempo se hubieran usado los sombreros de copa, los

informes de Academias, los estudios de estética y los paraguas?... Sí

ó no... No se me escapen por la tangente... Lo que hay... (diciendo

esto nos sacudía con violencia como si quisiera arrojarnos al suelo),

lo que hay es que sois unos pobres idiotas, educados en las tonterías

de la enseñanza oficial, de esa enseñanza que, si dura, concluirá por

retrotraer á la humanidad á la época de los monos, micos ilustrados si

se quiere, pero micos al fin.

Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como

elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama

la conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la

opinión general; pero que no pueden admitirse con pretensiones de

formar doctrina. Además, le demostramos que sus pensamientos estaban

en contradicción con sus actos. La cosa era bien clara. «Usted—le

dijimos,—truena contra la Instrucción pública, como un medio de

fabricar tontos y de conseguir la extensión de la cultura á costa de la

intensidad. ¿No es eso?

—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora.

¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de _sobresaliente_ en

los exámenes, habría compuesto la _Iliada_?

—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el

_accésit_ en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento.

Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado

dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que

la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala,

¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han

dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho

que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es

puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»

Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y

descompuesto, y pisando, _alterna pede_, como caballo que se encabrita,

nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas

porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas

molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si

cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos

y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se

gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos?

¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas

cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y

por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa

de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis

colonos reirse de mí y comerse mis rentas?...

—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y

nada más...

—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si

me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros

conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con

esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las

quiero ensuciar metiéndome con chicos...»

Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad en

serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara

bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había

soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política,

y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco.

Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó

preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su voto

para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don Carlos,

poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la Buena,

tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en la

lucha electoral, se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó

el tal sus deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le

dió un abrazo diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré.

¿Le apoya el Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los

ministerios, ministerial furibundo...

—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan fuerte—dijo

el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.

—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted mi

sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.

—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el arca.

Si yo la tuviera...

—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de

la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó

algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?

—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No es

propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del vulgo.

—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...

—Es que debería retirármela.

—No... lo malo es que cuando suban las aguas no habrá arca que las

resista. Diga usted, ¿qué hay de eso que tanto da que hablar? ¿Es

cierto que dos ministros andan á la greña, y que por una cuestión de

faldas presenta su dimisión un alto personaje?

—¡Absurdo, disparate...! Don Carlos de mi vida, ¿cómo cree usted esas

cosas?

—Vamos, desahogue ese corazoncito. Aquí todos somos ministeriales, y

viene bien aquello de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Usted,

como todos los que están convalecientes de ministros, tiene lo que

llaman los médicos la _febris carnis_, disgusto, mal cuerpo y peor

paladar, tristeza, alternativas de desgana y hambre canina... Vamos, no

me niegue usted que está torcido con el Gobierno. Si se lo conozco en

la cara. Soy ya perro viejo; he andado algunos años en esos trotes de

la política, y he visto siempre que todos los que salen se convierten

en ruiseñores, es decir, que trinan. Con que, si usted no es un

hipócrita, trinemos todos ahora; es decir, mordamos.»

El ex-ministro denegó con frases ingeniosas las malicias de Cisneros,

declarándose poseído de aquella satisfacción interior, tan necesaria á

la disciplina de los ejércitos, así en la milicia como en la política.

Pero luego, en el curso de la conversación que trabamos los cuatro

sobre los asuntos corrientes, dejaba entrever mi hombre su mal humor.

Que las cosas del partido no van bien, y el mejor día puede sobrevenir

un desastre; que si esto sucede, él se lava las manos... Mi padrino,

con refinada ironía, le llevaba la contraria; y por fin, tratando de la

próxima elección parcial, aprovechó la coyuntura que se le presentaba

para arrimar el ascua á su sardina, pues es hombre que, en medio de sus

desenfrenos de argumentación paradógica, sabe conservar la serenidad y

el sentido práctico, como esos borrachos que, aunque beban mucho y se

trastornen, no hacen jamás un disparate que les pueda comprometer.

Este juicio del carácter de don Carlos es fruto de mi observación

en el poco tiempo que llevamos de conocimiento. He visto que, aun

en las ocasiones en que parece más delirante y más tocado de la

manía de originalidad, lima siempre para dentro, si la cuestión que

trata conduce á algún fin positivo, que afecte á sus intereses. El

ex-ministro desplegaba mucho donaire contra el donaire del castellano

viejo, y éste, que nunca pierde ripio, le ofreció los votos con las

siguientes condiciones: Que sin tardanza sea destituído el Ayuntamiento

de Tordehumos, en el cual hay un concejal que se ha plantificado como

una mosca en la nariz de mi buen padrino. El tal es un revolucionario

que con el dinero de los consumos levanta partidas, y últimamente

disputa á Cisneros una finca que había sido de propios y pasó á manos

de éste por medios legales. Que se despache prontito el expediente de

información posesoria incoado por Cisneros, tocante á la susodicha

dehesa de Tordehumos. Y, por último, que se limpie el comedero al jefe

de Propiedades ó Impuestos de la Delegación de Hacienda de Palencia,

tío del dichoso concejal y encubridor de sus chanchullos, y se dé la

vacante al hijo del administrador que mi padrino tiene en Valoria

la Buena, muchacho listo, que hoy es oficial segundo en Santander.

El ex-ministro se llevó la nota de estos encarguillos, prometiendo

recomendarlos, y salimos Federico y yo con él, dando por terminada

sesión tan interesante.

Por la calle íbamos haciendo la monografía de don Carlos, de quien

dijo el ex-ministro que es uno de los hombres más amenos que conoce,

explicándonos por qué, con su talento, riqueza y grandes relaciones,

no figura en la política activa. Es que ningún partido ha podido hacer

carrera de él, y de todos le han tenido que echar por perturbador

y revoltijero. Fíjate ahora en otra cosa, querido Equis, y es que

siendo este hombre una calamidad en política, en el terreno privado

no hallarás persona de más formalidad. Fuera de ciertos devaneos

mujeriles, que con la edad se van concluyendo, es Cisneros lo que se

llama un perfecto ciudadano: paga puntualmente sus contribuciones,

cumple con fidelidad todos sus deberes, y en sus tratos resplandece

la honradez más pura. Dicen que, en cualquier negocio que con él se

entable, su palabra vale tanto como la mejor escritura. ¡Y á un hombre

así no se le puede fiar, en política, el valor de un alfiler! ¿Cómo me

explicas esto tú, sociólogo y psicólogo; tú que sabes tanto, y que, de

tanto saber, no se te puede aguantar? ¿Cómo me explicas el fenómeno

contrario, no menos real, que sean piezas útiles, y aun necesarias, de

la máquina política, tantos y tantos que en el mecanismo privado no son

nada de fiar?

Cuando el ex-ministro se separó de nosotros, quedámonos hablando de

lo mismo Federico Viera y yo, sin encontrar solución medianamente

satisfactoria. Y á propósito: me has preguntado varias veces en tus

cartas por tu amigo Viera. Poco te he hablado de él; pero le nombro

con frecuencia, lo que te bastará para saber que vive y está bueno.

De todos los muchachos de nuestro tiempo, con los cuales he reanudado

amistad, éste es el más agradable y el más simpático para mí. He

llegado á quererle mucho y á ser indulgente, pero muy indulgente, con

sus defectos graves. Anoche me dijo que te había escrito; pero no sé

por qué se me antoja ponerlo en duda. No desconfío de su veracidad,

sino de la fijeza de sus ideas, y me temo que esté persuadido de que te

ha escrito sin haberlo hecho. Adiós.

V

_23 de Noviembre._

Ayer estuvo Augusta en la tribuna del Congreso. Fué con las de

Trujillo, la marquesa de Monte-Cármenes y otras damas ilustres.

Por cierto que las infelices pasaron una tarde cruel, prensadas,

estrujadas, y lo que es peor, aburridas como quien va á un baile

y se encuentra en un duelo. Desde los escaños, varios amigos y yo

las mirábamos con piedad, deplorando no poder dar á los debates un

carácter divertido y sainetesco para aliviar la tristísima situación

de aquellas desgraciadas. Nosotros, al menos, podíamos confortar

nuestros decaídos espíritus contemplando aquella batería de mujeres,

entre las cuales las había muy guapas. Pero ellas, ¿qué iban ganando

con mirar calvas, presenciar una votación, el barullo de los que entran

y salen, y el acto de encender el gas? Figúrate que fueron á oir á

Castelar, á Cánovas y á todas las primeras partes, atraídas por el

cartel parlamentario de aquel día, publicado en los periódicos de la

mañana. Como habían madrugado por coger la delantera, al abrirse la

sesión, á las dos y cuarto, ya estaban las pobrecillas medio fritas. La

parte de la sesión destinada á preguntas las entretuvo un poco y aun

las hizo reir, porque tuvimos discurso de chascarrillos. Hombre hubo,

además, que, al hacer su preguntita, parecía que la brindaba á las

señoras de la tribuna, mirándolas, como si la defensa del Ayuntamiento

de Valderrediles de Abajo no fuese más que fórmula enigmática de una

declaración amorosa. Todo esto aliviaba las angustias del plantón, y

lo demás se llevaba con paciencia esperando la orden del día. Pero á

nuestro Presidente le dió la mala idea, sugerida sin duda por algún

espíritu maligno, de meter el embuchado de una enmienda pendiente, con

cuya discusión creía despachar en breve tiempo el artículo último de

la ley de Jurisdicciones administrativas. Total: que la discusión se

enzarzó cuando menos se creía, y he aquí, mi buen Equis, que entre la

general consternación se levanta, decidido á _explicar su actitud_ en

aquel asunto, un orador de los que hablan á cántaros, excelente persona

por otra parte, pero que tiene la desgracia de no acertar á exponer

la cosa más sencilla sin consumir un par de horitas, más bien más que

menos. Bien examinado todo lo que mi hombre dijo, era de lo que no le

interesa á nadie. Que si en 1870 opinó ó dejó de opinar esto ó aquello;

que si, al poner su firma en la proposición tal, lo hizo simplemente

por autorizar la lectura, con todo lo demás que es de cajón, y aquello

de _si se me permite recordar lo que tuve el honor de exponer ante el

Congreso en la tarde de ayer, me será fácil demostrar que al poner

de manifiesto en la tarde de hoy las deficiencias del proyecto que

se discute, no dije nada, no expuse nada y no expresé nada, ni de

cerca ni de lejos, que no estuviese en perfecto acuerdo, en perfecta

consonancia, en perfecta conformidad con lo que salió de mis labios en

la tarde de anteayer_.

Pasó una hora, dos horas, dos horas y media, y la salmodia no tenía

fin. Las toses y murmullos parecía que le animaban cual si fuesen

aplausos, y su voz sin matices caía sobre el cerebro del auditorio

como lluvia menuda y persistente sobre un techo de cristales. Á ratos

molestaba como el ruido del andar isócrono de un reloj de pared, cuando

luchamos con el insomnio, dando vueltas en la cama; á ratos me hacía

el efecto de uno de esos cantorrios con que las nodrizas duermen á los

niños. Los bancos rojos se despoblaban, como país empobrecido por las

malas cosechas, en el cual se propaga la fiebre de la emigración de un

modo alarmante. La gente se iba á fumar y á murmurar á los pasillos ó

á la cantina, y en el salón no quedaban sino unos cuantos amigos del

orador, y los que se entretenían _timándose_ con las señoras de arriba.

Estas pobrecitas mártires de la curiosidad me infundían tanta lástima,

que subí á consolarlas. Observé en todos y cada uno de los rostros la

consternación y el desaliento. Charlaban criticando acerbamente el

régimen, y poniendo de oro y azul al Presidente, por habar alterado

los números del programa, echando aquella murga insufrible antes del

gran quinteto clásico que esperaban oir y gozar. Les llevé dulces y

caramelos, y les dí esperanza de que pronto concluiría la terrible

_lata_ que aquel buen patricio nos estaba dando á todos. «Sí, buenas

trazas tiene de acabar—me dijo mi prima.—Ahora ha dicho que _esto es

grave, gravísimo_, y que se ha traído los datos para probarlo. Mira,

mira el rimero de papeles que tiene en el banco. ¿Ves? Se prepara á

leernos media docena de _Gacetas_.»

Pasó todavía una hora más, una de esas horas negras, tediosas, que se

estiran languideciendo, y al desperezarse juntan la cabeza con la cola,

imitando el emblema de la eternidad, y entonces el orador dijo: _Voy

á concluir, señores_... Las tribunas le hicieron una ovación; y el

muy tunante ¿creerás que lo agradeció? En vez de abreviar el epílogo,

lo alargó media hora más, regalándonos, por vía de resumen, una nueva

paráfrasis de lo que ya había dicho. Las cinco y media serían cuando la

Mesa decidió que el debate gordo se quedara para el lunes siguiente.

Subí á comunicar la noticia á las pobres mártires, medio muertas ya

de calor, estrechez é inmovilidad. Algunas no tenían ni fuerzas para

levantarse; otras estaban en pie para salir, y todas maldecían las

_Jurisdicciones administrativas_ y al perro que las inventó. Augusta

salió con jaqueca, y cuando la bajaba del brazo, me dijo que no

volvería á la tribuna hasta que yo no hablase.

Creo que lloverá bastante de aquí á ese día, porque me siento sin

ninguna aptitud para la oratoria, y cuando me figuro que tengo que

hablar y que me levanto y empiezo, me parece que el pavor me ha

de suspender las ideas y paralizarme la lengua. El afán de Augusta

porque yo hable es ya verdadera manía, y siempre que me coge á tiro,

me vuelve loco. Anoche me dijo que si no me arranco pronto, hasta

me negará el saludo, y que todos mis progresos en el arte de la

cortesanía no valen nada, si no suelto el último pelo de lugareño

lanzándome á usar de la palabra en público. Y puesto que entre tú y

yo no ha de haber nunca misterios, según lo convenido, te diré sin

rodeos que mi prima me gusta cada día más, y que siento hacia ella una

inclinación que me ha ocasionado no pocas horas de tristeza. No había

querido contártelo, esperando que pasase esto, que me parecía una

fugaz indisposición del alma, semejante á los resfriados en el orden

físico. Pero hace días que me encuentro sorprendido con invencible

tendencia á pensar en ella, á figurármela delante de mí, á recordar sus

gestos y palabras, y á suponer y anticiparme las que me ha de decir

la primera vez que nos veamos. Al propio tiempo, nace en mi espíritu

una admiración irreflexiva hacia ella, y me sorprendo á mí mismo en la

tarea ideal de adornarla con las más excelentes cualidades que jamás

embellecieron á criatura alguna. De aquí nace mi mayor pena, pues

precisamente las cualidades que le atribuyo ponen una barrera moral

entre ella y yo. Para imaginar que esta aspiración mía, incierta y

tímida, pueda satisfacerse alguna vez, tengo que destruir mi propia

obra, y exonerar á la señora de mis pensamientos, quitándole aquellas

mismas perfecciones que le supuse. Aquí tienes la brega que traigo en

mi mente estos días, y que viene á ser como una enfermedad que me ha

cogido de súbito.

Apuesto á que te reirás de mí al leerme, pues no caen bien, en hombres

de nuestra edad descreída, el misticismo amoroso de un Petrarca, ni

la fiebre de un Werther. No: todavía disto mucho de llegar á tales

extremos. Lo que te cuento no tiene valor más que como presagio.

También te diré que se me ha ocurrido visitarla lo menos posible, huir

de su trato, apartar de mis ojos su hermosura y gracia incomparables,

su donaire y suprema elegancia... Sí, no te rías. Te veo haciendo

garatusas y dudando de estas honradas disposiciones mías. Pues sí,

querido Equis: la delicadeza me inspira el propósito de evitar su

compañía, y te aseguro que he podido cumplirlo, dejando de ir repetidas

noches á su palco y á su casa. Pero el demonio, que en todo se mete,

ha hecho sin duda juramento de impedir los virtuosos planes de tu

amigo; el demonio, ¡asómbrate! toma la figura de mi buen padrino para

perseguirme y llevarse mi alma, pues Cisneros me obliga á almorzar con

él casi todos los días, y su hija ha dado en la flor de ir también,

y allí me vuelve loco con su cháchara, sus monerías, su amabilidad y

demás seducciones. De modo que el terreno que gano de noche alejándome

de la montaña, lo pierdo por el día viendo venir la montaña hacia mí;

y no me vale huir del abismo, porque se me pone delante cuando menos

lo pienso. De todo lo cual deduzco que... Vete al diablo, que no tengo

ganas de hacer deducciones ni de continuar esta deslavazada epístola.

Estoy fatigado y de malísimo humor. ¿Te sabe á poco ésta? ¿Te deja á

media miel? Pues fastídiate, y aguántate, y revienta.

La Incógnita · 第 9 / 47 题