La primera religion que pasó á este reino creo fué de Nuestra Señora de

las Mercedes; no sé qué calidades tuviesen los religiosos, porque dellos

hay poca memoria. Despues vinieron religiosos de la Orden de Sanct

Francisco, y entre ella el padre Fr. Cristóbal de Rabaneda, predicador,

que fué provincial, con otros de buen ejemplo que comenzaron á poblar en

los pueblos de los españoles y á doctrinar á los naturales desde

Coquimbo hasta Chilué. El padre Fray Francisco de Montalvo fué varon

muy religioso, buen predicador y provincial, á quien subcedió el padre

Fr. Domingo de Villegas, religioso de buen gobierno y esencial; despues

del cual subcedió el padre Fray Joan de Tobar, á quien los indios

mataron con dos compañeros cuando al gobernador Loyola; agora esta

provincia está subjeta á la de Lima; gobiérnala con título de Vicario

provincial el padre Fr. Joan de Lizárraga, loablemente, muy buen

pedricador y deudo nuestro. Nuestra religion vino la postrera, y el

primero que de nuestros religiosos entró en este reino con don García de

Mendoza fué el padre Fr. Gil González Dávila, varon docto, gran

pedricador, muy esencial, de muy buen ejemplo, con un compañero llamado

Fr. Luis de Chaves, el cual, aunque no era docto, sus buenas costumbres

suplian la falta en esto; despues le sucedió el padre Fr. Lope de la

Fuente, muy buen religioso y gran lengua en la del Perú, y llegado acá

en breve tiempo deprendió la de los naturales y les predicó con mucho

ejemplo de vida, así en el distrito de Sanctiago como en esta

Concepcion, en Arauco y Tucapel y en las demás ciudades; vino este

religioso padre por Vicario provincial, á quien en el mismo cargo

sucedió el padre Fr. Jerónimo de Valenzuela, buen predicador, y cumplido

su término se volvió al Perú; á quien sucedió y vino por Visitador el

padre Presentado Fr. Diego de Niebla, religioso muy docto; despues de lo

cual el Rmo. General de nuestra Orden, desde Lisbona, sin yo imaginarlo

ni pedirlo, dividió esta provincia de la del Perú, y me nombró

Provincial della, sin merecerlo; hice lo que se me mandó y vine por

tierra desde la ciudad de Los Reyes, donde era prior de nuestro

convento, por tierra, que como dicho tengo arriba, son más de

ochocientas leguas, las más de las trescientas despobladas y de diversos

temples; llegado á Sanctiago, hice lo que pude, y no lo que debia,

porque soy hombre y no puedo prometer sino faltas; acabado mi

provincialato me subcedió el padre Fr. Francisco de Ribero, buen

predicador, á quien sucedió[58] el que agora gobierna, Fray Acacio de

Naveda, hijo deste reino, que hace bien su oficio y ha poblado en la

provincia de Tucumán y del Rio de la Plata cuatro ó cinco conventos, de

pocos frailes porque la pobreza de la tierra no sufre más.

[58] En el ms., _susedió_.

CAPITULO LXXXIII

DE LOS GOBERNADORES DE CHILE

El primero de los gobernadores de Chile y el que lo conquistó fué don

Pedro de Valdivia, hombre hidalgo de guerra y ánimo, de gran

conocimiento, y en particular para elegir y poblar cibdades; su fin y

muerte no lo trato, porque otros ya lo han hecho. El segundo fué don

García de Mendoza, agora marqués de Cañete, hijo del valeroso y gran

limosnero don Andrés Hurtado de Mendoza, que domó la soberbia araucana

cuando la tierra hervía con indios, soberbios por la muerto de Valdivia

y victoria que contra él y otros capitanes nuestros alcanzaron por justo

castigo de Dios, con los cuales entrando más de veinticinco veces en

batalla, siempre los venció, subjetó y dejó la tierra tan llana como la

del Perú, gastando en menos de cuatro años que fué gobernador de aquella

tierra mucha hacienda que su padre desde el Perú le enviaba, no de Su

Majestad, sino suya propia, con los soldados que traia en su ejército,

Pobló la cibdad de Osorno, y pobló la provincia de Cuyo, como habemos

dicho, y hechas otras cosas como de su sangre se esperaba; salió de

Chile pobre y necesitado, dando en aquel reino bonísimo ejemplo y olor

de su persona, porque ni en cohecho ni deshonestidad, ni en otro vicio

que los cargos traen consigo, se le conoció falta notable.

En los trabajos, el primero; en los recuentros y batallas, no el

postrero; en proveer contra los pensamientos de los enemigos de Arauco,

providentísimo, como si los tuviera delante de los ojos; porque si

enviaba algun capitan á correr la tierra, luego[59] proveia otro con

gente bastante para que ocupase los malos pasos por donde el primero

capitan habia de volver, para que los enemigos allí no le hiciesen daño,

con lo cual felicísimamente acabó aquella guerra y allanó, que en

cuarenta y cuatro años que salió della y los indios se tornaron á

rebelar, no se ha podido reducir al estado en que la dejó.

[59] En el ms., _luego, luego_.

Sucedióle, proveido por Su Majestad, Francisco de Villagrán,

desgraciadísimo capitan, y para gobernar no sé si de tanto talento, en

cuyo tiempo la tierra se tornó á rebellar, desbaratándole no pocas

veces, y principalmente en la cuesta que llaman de Villagrán, y tambien

en diferentes ocasiones á sus capitanes, y así se ha quedado; á quien

sucedió el doctor Sarabia, Presidente de una Audiencia Real que se fundó

en La Concepcion, con título de capitan general, la cual no permaneció

veinte años; halló la tierra tal que con su mucha prudencia no la pudo

remediar, antes succedieron algunas desgracias y victorias de los

indios, no por culpa suya, sino de confiados capitanes y mal proveidos.

A quien succedió, deshecha la Audiencia, Rodrigo de Quiroga, caballero

de hábito y de bonísimas partes y que tuvo á los araucanos muy apretados

y casi para ponerlos en la subjection antigua, sino sucediera la entrada

por el estrecho de Magallanes del capitan Francisco, azote deste reino,

á quien por seguir deshizo el ejército, y despues acá no se ha puesto la

tierra y fin de la guerra en aquel estado.

Dende á poco succedió su muerte, y en su lugar Martin Ruiz de Gamboa, á

la sazon mariscal, casado con hija del gobernador Rodrigo de Quiroga;

gran soldado, gran capitan, gran trabajador en la guerra, amigo de los

soldados, liberalísimo con ellos, de mucho brio y de gran consejo para

las cosas de la guerra de Chile, y muy caballero de la buena ó mejor

casa de Vizcaya; mas hallándose pobre y no con tanta gente como era

necesaria, y la tierra muy necesitada, no pudo hacer mucho en dos años ó

poco más que tuvo el gobierno de aquel reino; pobló, como dijimos, á San

Bartolomé de Chillán, con que refrenó la soberbia de los indios

comarcanos, y aseguró el paso para La Concepcion y Ongol; en cuyo tiempo

del gobernador Rodrigo de Quiroga, ó poco antes, fué proveido por

teniente general por Su Majestad para las cosas de justicia el

licenciado Lopez de Azoca, hombre hidalgo, cuya ejecutoria he visto,

bonísimo juez, porque en once años que fué teniente general, ni cohecho,

ni barateria, ni cosa deshonesta se le conoció; amigo de hacer justicia,

y la hacia con toda rectitud. El cual, residiendo en esta ó aquella

cibdad podian los vecinos dormir á sueño suelto, las puertas de sus

casas abiertas, sin que nadie les inquietase; tasó los indios de Osorno,

lo cual ningun gobernador habia hecho; fué con su residencia á España,

donde en breve tiempo fué vista por el Consejo Real de Indias, y dado

por buen juez.

CAPITULO LXXXIV

DEL GOBERNADOR DON ALONSO DE SOTOMAYOR

Al mariscal Martin Ruiz de Gamboa succedió don Alonso de Sotomayor,

caballero de hábito, el cual desembarcando en Buenos Aires con su gente,

algunos se le quedaron en aquel pueblo, pero con pocos menos de

cuatrocientos hombres, habiendo padescido grandes trabajos en los

despoblados hasta llegar á la cibdad de Córdoba, de la provincia de

Tucumán, llegó á ella; de allí á la de Mendoza, en su gobernacion, de

donde pasando la cordillera en buen tiempo llegó á la ciudad de

Sanctiago (donde yo me halle á la sazon), con cuatrocientos soldados

(como habemos dicho), pocos menos, destrozados del camino, todos

desnudos y descalzos, á los cuales los vecinos con mucha liberalidad

hospedaron en sus casas, vistieron y regalaron con su pobreza y ayudaron

con caballos; el cual, con venir con buenas intenciones de proseguir

luego la guerra, á persuasion del general Lorenzo Bernal de Mercado,

valentísimo capitan, que á la sazon se halló en Santiago, de gran

conocimiento en la guerra de los indios, muy temido dellos, de los

cuales ha alcanzado famosas victorias con muy pocos soldados, los indios

muchos y aun algunas veces solo, y ha hecho cosas dignas de memoria; le

dió 120 hombres para que fuese á descubrir unas minas de plata en la

cordillera, á las espaldas de Ongol, no faltando quien al gobernador se

lo contradijese, é yo fuí uno dellos, que entonces era á mi cargo

aquella provincia; con todo eso la despachó. Partió con ellos de la

ciudad de Sanctiago á la ribera del rio Biobio arriba; llegó á la

cordillera, halló famosas minas de guijarros, pedernales, peñascos y

breñas; llevaba picos, almadanas, fuelles y lo demás necesario para la

fundición, y un hombre de Potosí gran fundidor y conocedor de metales,

por nombre Pedro Sandi; pero como aquellas minas no llevaban plata,

ninguna halló. Pasó la cordillera, que por ser por Enero y Febrero no

tenia nieve, ni por allí es muy áspera de pasar; de la otra parte halló

algunos indios Poelches ó de aquellos llanos algarroberos; tomó cuatro ó

cinco á las manos, uno de los cuales, ó todos, por verse libres dél, le

dijeron que ciertas jornadas de allí, no pocas, hacia la mar del Norte,

habia otros españoles como nosotros, vestidos á nuestro modo, pero con

pieles de venados y con barbas; que si le daba gusto, uno dellos iria y

volveria y daria noticia á los otros españoles, de nosotros; como en

Chile se tiene aquesta noticia, segun habemos referido, dióle una mano

de papel y escribióles la noticia que aquel indio dellos habia dado, y

que sin duda entendia ser españoles como nosotros, y por parecerle no

tenian comercio con gente cristiana, lo que en España habia les hacia

saber: que en la Sede Apostólica residia Gregorio XIII, y que teniamos

tantos de Aureo número; la letra dominical era tal; en España reinaba

Filipo II, hijo de Carlos Quinto; en el Perú era Visorrey don Martin

Enriquez; en Chile gobernaba don Alonso de Sotomayor, y para que le

respondiesen les enviaba aquella mano de papel, diciendo quiénes eran,

donde vivian y prometiéndoles todo favor, saliendo al reino de Chile

para dárselo, y la respuesta diesen aquel indio, el cual se habia

preferido traerla á Ongol para el mes de Marzo; dióse todo este recaudo

al indio, mas hizo la ida del cuervo; no queria más que verse libre de

las manos de los nuestros. Lo que yo tengo por más cierto es que los

indios son enemigos nuestros capitales, y por una via ó por otra querian

dividirnos para echarnos de sus tierras y matarnos, como dijimos haber

hecho los Chiriguanas con el capitan Andrés Manso, y por eso inventan

semejantes fictiones y mentiras; y que no haya memoria de españoles en

el Estrecho, ni los que allí se perdieron, aunque saliesen á tierra, no

sean vivos, es argumento eficaz lo que en Córdoba de Tucumán me dijo un

vecino de aquella cibdad, por nombre Montemayor, el cual en la armada en

que vino por general Alvaro Flores de Valdés, y por poblador del

Estrecho, Pedro Sarmiento, con gente, y labrada madera para las casas é

iglesias, y en ella tambien vino don Alonso de Sotomayor, gobernador de

Chile, venia por escribano del armada, el cual[60] despues que el

general Alvaro de Valdés, destrozado de la mar, sin poder embocar por el

Estrecho, volvió á Buenos Aires y allí echó en tierra á don Alonso de

Sotomayor con casi 400 hombres, para Chile. El capitan Pedro Sarmiento

quedó con dos navios para proseguir su viaje en ellos, y este

Montemayor; prosiguiendo, pues, su viaje, para hacer lo que habia

prometido á Su Majestad, de poblar en el Estrecho y hacer[61] fuerzas

donde pusiese artilleria para que los enemigos ingleses no pasasen sin

echarlos á fondo, qu'es imposible, porque lo más angosto del Estrecho es

de tres leguas, embarcaron con viento muy próspero, pero á la mitad del

Estrecho les dió un Sur tan desatinado que les compelió cazar á popa y

volver á arribar, pero no arribó mas que la nao donde iba el capitan

Sarmiento: la otra era mejor velera, iba delante, y en una ensenada se

metió y guareció del Sur; la capitana, digamos, arribó hasta tornar á

desembocar en la mar del Norte por donde habia entrado, y llegó al

puerto donde habia salido á la boca del Estrecho.

[60] En el ms., _lo cuales_.

[61] En el ms., _hacer y hacer_.

Aquí aguardó algunos dias á la otra nao, y no viniendo, determinóse con

25 ó 30 soldados arcabuceros ir en busca della, entre los cuales iba

Montemayor; tomaron la costa en la mano, y á una ó dos jornadas salieron

á ellos trece indios vestidos de blanco, manta y camiseta, con sus arcos

y flechas; el cabello largo, criznejado, y en las criznejas flechas

largas, y los arcos grandes; ellos poco menos que gigantes, tanto y

medio de más cuerpo que nosotros, uno de los cuales tomó una flecha y

metiósela por la boca casi la mitad; sacóla y á vueltas unos cuajarones

de sangre, que entre ellos debe ser valentía; el capitan Sarmiento,

enfadado y asqueroso de aquello, hizo un ademan que los indios

entendieron era de menosprecio; dejólos; pasó adelante en busca de su

navio la costa adelante, unas veces por la playa, otras metiéndose la

tierra adentro media legua y una, y por camino de la gente que allí

vive, donde hallaban huella de pies grandes como de aquellos indios, y

de otros como los deste reino. Los indios quedáronse un poco atrás como

bufando; alguno de los soldados dijéronle: señor capitan, aquellos

indios parece se quedan para hacer alguna traicion; mande vuestra merced

que se enciendan las mechas de todos los arcabuces, _y_ si dieren en

nosotros no nos hallen desapercebidos; solo un soldado en la vanguardia

llevaba una encendida, y el cabo de escuadra, en la retaguardia el

último. El capitan, con palabras ásperas los reprehendió, llamándolos de

gallinas, y que ¿de qué temian? mas no pasaron mucho adelante cuando los

medios gigantes con gran alarido dan en los nuestros disparando sus

flechas á montones; el cabo d'escuadra de la retaguardia volvió el

arcabuz, puso fuego, no prendió, y dánle un flechazo de que murió dentro

de pocas horas. El que iba en la avanguardia vuelve al ruido, y quiso

Dios que disparara y al medio gigante que venia delantero dale un

pelotazo y tiéndelo; los demás, como lo vieron en el suelo, con grandes

alaridos métense en la montaña y nunca más los vieron. Preguntéle: en

ese viaje qué hiciste hasta hallar el navio, ¿vistes ó hallastes algun

rastro de cristianos? díjome: Padre, lo que pasa es que pasando adelante

de la playa, hallamos una media ancla y una sonda y pedazos de tablas y

un medio mástil, y más arriba, poco apartadas de la playa, como media

legua, en el camino encontramos una peña grande, en la cual estaba

cavada una cruz y tres renglones y medio de letras cavadas en la misma

peña; escarbamos con las puntas de las dagas para ver si podiamos

leerlas; solamente podimos conocer una M y una O y una D, por más que

trabajamos. Preguntéle: ¿Vistes más? respondióme: Sí; más adelante,

antes de llegar al navio, seria como al tercio de lo estrecho, el navio

estaba á la mitad, un poco apartado del camino, descubrimos un cerro

redondo, no muy alto, y en medio de la plaza de la coronilla vimos como

un árbol de navio, hincado, y el cerro cercado de una pared; fuimos

allá, y llegando, la cerca era de la estatura de un hombre, poco más, de

piedras de mampuesto sin barro, y el árbol era de navio, como de mezana,

hincado en medio de la placeta del cerro que la figuraba, tan grande

como una cuadra, y á la redonda de todo el cerro estaban unos colgadizos

de la pared que dijimos le cercaba, y dentro dellos y de aquellas

casillas muchos huesos mondos y calaveras que parecian de españoles, de

donde colegimos que algunos cristianos se recogieron allí y los indias

los tuvieron cercados, y murieron todos, ó de hambre, ó de sed, ó de lo

uno y lo otro; y otra cosa no hallaron, ni más rastro de cristianos,

hasta que volvieron al navio, en el cual entrando se volvieron al puerto

donde estaba la Capitana, y de allí, no dándoles el tiempo lugar, al

Brasil, donde algunos soldados se quedaron, no pudiendo sufrir la

condicion del capitan Pedro Sarmiento, y entre ellos este soldado

Montemayor, y de allí se vino á Buenos Aires, y dende á Córdoba, donde

vive casado y honrado. Lo más cierto es que la noticia que dan los

indios son de los españoles que viven en el Rio de la Plata; de donde se

colige claramente que desde Buenos Aires á la boca del Estrecho no hay

tierra poblada, sino muy poca, y esa barbarísima, aunque de la otra

parte del Estrecho, antes de embocar, se han visto muchos humos, qu'es

señal haber poblacion; y el mismo Montemayor, que me refirió y certificó

lo arriba dicho, tambien me referia que un indio qu'el capitan Pedro

Sarmiento habia tomado cuando desembocó por este Estrecho y lo llevó á

España con otros dos ó tres, y volvió consigo, decia al mismo Sotomayor

que en aquella tierra donde vian los humos nació, y era muy poblada, y

habia allí un señor muy rico y de mucha gente que no comia carne humana

como aquellos indios grandazos del Estrecho.

Volvió despues el General Lorenzo Bernal antes que las nieves le

cerraran el paso, porque si se detuviera quince dias más no volviera

tan presto, y el camino, que cuando entró estaba bueno, á la vuelta le

halló peinado, sin ser posible pasar sino era despeñándose en el rio

Biobio, y arriba en el cerro estaban los indios con unas galgas las más

peregrinas v extrañas que se han inventado; eran unas vigas largas, en

cuyas cabezas y medio tenian atadas livianamente muchas piedras grandes;

dábanlas con los pies, venia la viga rodando y despidiendo piedras á

montones; fué Dios servido quel capitan Joan Ruiz de Leon, valiente

capitan, que llevaba la vanguardia, llegando aquel paraje unos peñascos

donde con su gente _estaba_ haciendo alto, se tendió por el suelo y las

galgas pasaban por cima dando en el rio, de lo cual avisó al General

Lorenzo Bernal, por quien visto, despachó algunos soldados arcabuceros

que por una cuchilla arriba subiendo echasen de allí á los enemigos;

hiciéronlo, y aderezando el camino los nuestros con las picas y azadones

que llevaban para las minas, y para esto fueron provechosos, pasaron

todos; algunos caballos volaron al rio; la gente y el capitan general

Lorenzo Bernal aportó á Ongol, el cual desde entonces comenzó á perder

su crédito con el Gobernador, y no hizo caso alguno dél ni él le

encomendó la menor cosa del mundo, y viéndose así se recogió á Ongol,

donde era vecino, y allí acabó sus dias pobremente; hasta este no buen

subceso se puede comparar con los buenos y venturosos capitanes de todas

las Indias, y esto no es de admirar, porque todas las cosas debajo de la

luna tienen su crecimiento y mengua, si no son los amigos de Dios que de

virtud en virtud crecen.

Despues de salida la gente que fué con Lorenzo Bernal, don Alonso

Sotomayor se ocupó en la guerra todo el tiempo que se puede hacer, qu'es

el verano, permaneciendo en su gobernacion; lo que en particular le

succedió no es de mi intento escrebirlo; los que á su cargo lo han

tomado lo escribirán. Sólo diré que tuvo muchas y muy buenas ocasiones,

pero no por eso habemos de culpar á los que dellas no se saben

aprovechar, porque les parece lo hecho en aquella coyuntura es bastante

para lo que se pretende, y tienen sus razones que les convencen para no

pasar adelante.

Gobernando el mismo don Alonso de Sotomayor se descubrieron en el paraje

del puerto de Sanctiago de Chile, en 32 ó 33 grados, dos ó tres islas

grandes despobladas, los puertos llenos de pescado, de mucha arboleda y

gran cantidad de aves que se dejaban tomar con las manos: tórtolas,

palomas torcazas y otros, de donde se á traido mucho pescado y bueno;

los puertos no son muy seguros de las travesias; distan de tierra poco

más de cient leguas.

CAPITULO LXXXV

DEL GOBERNADOR MARTIN GARCIA DE LOYOLA

Al cabo de siete años del gobierno de don Alfonso de Sotomayor le

succedió Martin García de Loyola, caballero de hábito, el cual llegando

á este reino y tomando el pulso á las cosas, comenzó á gobernar con

mucha cristiandad; entró en la tierra de guerra, y llevando las cosas

con mucha mansedumbre tuvo este reino un punto que la guerra se acabase,

porque si castigara á 170 indios, capitanes belicosos á quien tuvo

convencidos, habiéndole venido de paz y ayudándole como amigos y

vasallos del rey Felipo, que le querian matar sobre siguro con todos sus

españoles que con él estaban, más de 400, la tierra quedara castigada y,

menos estos valentones y capitanes, los demás naturales subjetos,

escarmentados y pacíficos. Usó de más clemencia que convenia á gente

traidora, y despues le mataron viniendo de La Imperial á Ongol, que son

diez y ocho leguas, casi en medio del camino, con otros cuarenta

hombres, los mejores de todo este reino, capitanes espertos y de muchas

partes, y con él mataron tambien los indios dos religiosos de Sant

Francisco, el uno provincial, como habemos dicho. Ofreciósele tambien

otra vez ocasion para castigarlos, porque tratando con estos mismos

capitanes valentones indios que nos quietásemos todos y dejasen las

armas y viviesen en paz, recibiesen sacerdotes que les enseñasen la ley

de Dios, y no le fuesen traidores ni mentirosos, ni ayudasen con gente á

los que no se habian querido reducir al servicio del Rey Filipo, cuyos

vasallos eran, como ellos parecia estar reducidos. Uno de aquellos

capitanes, más principal, le dijo: Señor, desengáñate que todos cuantos

capitanes aquí están conmigo ayudamos á los rebelados con la gente que

podemos de nuestra parte, y yo he sido parte de los que á mí me acuden

para darles más de sesenta indios de guerra. Y si entonces tambien como

á enemigos y traidores los castigara ejemplarmente, no le succediera su

desgraciada muerte, con la cual dentro de pocos meses toda la tierra se

rebeló y mataron los indios, en diferentes ocasiones, más de trescientos

soldados de los bravatos y viejos; luego se rebelaron los indios

subjetos á La Imperial y la tuvieron en gran estrecho de hambre, y

traian alguna harina de maíz y trigo á los nuestros, á rescatar por

capas de paño, sayos y camisas, y entre ella revueltos polvos

ponzoñosos; fué Nuestro Señor servido que de los nuestros, por esta

ocasion, ninguno muriese, basta que don Francisco de Quiñones,

gobernador, fué á socorrerlos y despobló, como dijimos, aquella cibdad.

Rebelada la gente de La Imperial, y muertos algunos indios principales

por decirles cuan mal lo habian hecho con rebelarse, cómo fué don

Felipe, cacique principal de un pueblo llamado Tolten, y á otros,

determinaron de ir sobre la cibdad de Valdivia, lo cual hicieron, y

hallando descuido en la cibdad, una noche, víspera de Sancta Catalina,

el año de 599, entraron y mataron muchos españoles, quemaron los

templos, hicieron pedazos las imágines y robaron las sacristias y toda

la cibdad, matando algunos clérigos y religiosos y llevándose captivas

más de trescientas y tantas mujeres con niños y niñas; mataron á

algunas, porque no querian conceder con su voluntad; fué lo que se

perdió de hacienda más de 350.000 pesos, y si de aquí los indios fueran

á la cibdad de Osorno, la hallaran descuidada y se la llevaran como la

de Valdivia; empero no pasó mucho tiempo que los naturales de Osorno,

todos baptizados y ricos de muchos ganados de los nuestros, y vestidos

casi como nosotros y casados, tambien se rebelaron y vinieron sobre la

cibdad y la quemaron y saquearon y se llevaron, entre otras personas,

una monja profesa de Sancta Clara, que despues se rescató; y si con

tiempo los españoles no se recogieran y hicieran fuertes en una cuadra,

le succediera lo que á los de Valdivia. Sabido en el Perú por don Luis

de Velasco, Visorrey que á la sazon era, la muerte del Gobernador Martin

García de Loyola, despachó con doscientos hombres al coronel Francisco

del Campo, que lo habia sido de don Alonso de Sotomayor, el cual,

llegando desde el pueblo del Callao en veintinueve dias al de Valdivia,

halló la cibdad arruinada y despoblada; pasó á Osorno y reprimió algun

tanto la soberbia de los rebelados, de donde salió á socorrer á la

cibdad de Castro, en la isla de Chilué, donde mató algunos luteranos y

al pirata hizo retirar de su navio; empero volviendo á Osorno, en el

camino le mataron los indios rebelados, trayendo por capitan á un

mestizo que se habia ido á ellos, aunque el mestizo murió en aquella

refriega; despues, viéndose los españoles en grande estrecho de hambre y

pocas fuerzas para resistir á los enemigos, despoblaron y dejaron el

fuerte donde estaban, dellos á pie y dellos á caballo, y muchas mujeres

á talon, se recogieron á la isla de Chilué, cuarenta leguas de camino,

la mitad por tierra y la otra mitad por unas bahías de mar, y llegaron

bien trabajados á la cibdad de Castro, en la isla fundada, como

dijimos.

CAPITULO LXXXVI

DEL GOBERNADOR DON FRANCISCO DE QUIÑONES

Descripción colonial, libro segundo (2/2) · 第 17 / 19 段