De la otra parte del rio hay una provincia de indios llamados Charrucas,

no muy bárbara en algunas cosas; son hombres que guardan palabra y

quieren se le guarde. Traen continuamente guerra con otros indios

comarcanos Chiriguanas, aunque no caribes, y la guerra es sobre las

comidas. Los Chiriguanas no labran la tierra, sino cuando están maduras

las sementeras júntanse en cantidad, y con mujeres y hijos cogen lo que

no sembraron. Los Charrucas, de un navio que dió á la costa en la cual

habitan, cativaron á dos españoles, uno ya hombre y otro muchacho, que

con su padre venia, de edad de ocho años. Los demás todos perecieron en

la costa y se perdieron con los demás navios en que venia por marqués

Juan Ortíz de Zárate, de una tierra que prometió descubrir muy poblada

al rey Felipe Segundo, de inmortal memoria, el cual antes que cumpliese

lo prometido murió cerca de Buenos Aires en una isla llamada Santa

Caterina, por lo cual no cumplió lo prometido, ni cumpliera, por no

haber las poblaciones que imaginaba. El marqués Juan Ortíz de Zárate fué

vecino de la cibdad de La Plata, á quien conocí en el Perú cuando se iba

á España muy rico, á donde llegó en salvamento, y llegado á corte trató

hacer este descubrimiento, con que Su Majestad le hiciese gobernador del

Rio de la Plata y marqués de más de 30.000 indios que habia de

conquistar, y poblar tres ó cuatro cibdades á su costa. Empero, como fué

edificio sobre arena, ó por mejor decir, imaginacion, así paró todo. El

muchacho arriba dicho, ya hombre de 22 años, poco más, me dijo lo que

referiré, al cual hallé quince leguas de Santiago del Estero, cuando yo

iba á Córdoba, y le llevé comigo dándole de comer y caballo hasta

aquella cibdad. El pobre muchacho cautivo servia á su amo de traerle

leña, agua, trabajar en la chácara y en lo que le mandaba.

Desta suerte sirvió más de catorce años, ó pocos menos; certificóme que

hasta entonces sus amos convidándole con mujeres, y aun con sus hijas,

Nuestro Señor le habia hecho merced que con infiel no se habia ensuciado

ni con otra. Este, viendo el daño que los Chiriguanas (nombraba la

nacion, que no me acuerdo, por eso los nombro Chiriguanas) hacian, un

dia que todos los más de los Charrucas estaban muy tristes porque los

otros indios les habian llevado las comidas, _dijo_ que si le daban

licencia él vendria á Buenos Aires y pediria favor á los españoles, los

cuales lo darian luego, y con ellos se podian vengar y destruir á sus

enemigos; sobre esto hubo entre los Charrucas muchos dares y tomares, y

los más eran de parecer no le diesen licencia; finalmente se la dieron y

él les dió su palabra de volver á su amo pasado el invierno, porque

estaba desnudo y habia de buscar con qué vestirse. Salió á Buenos Aires;

trató con el capitan y cabildo á lo que venia; prometiéronle al tiempo

favor, y con esto despachó á dos indios que con él vinieron, tornando á

dar su palabra que con los españoles ó sin ellos, teniendo salud, no

dejaría de volver. En Buenos Aires no halló cómo vestirse; venia á

Santiago del Estero á buscar limosna para su vestido, y encontrándole yo

le persuadí se volviese conmigo, pues sabia el camino, que yo le

ayudaría de mi pobreza y le haria la costa; hízolo así, y vino conmigo

hasta Córdoba, y es cierto que le persuadia yo, si no habia jurado

(decia que no) que se quedase por acá, y siempre me dijo no dejaría de

volver, ó con los españoles, ó sin ellos, porque entre aquellos indios

es gran falta faltar la palabra, y más porque á los de Buenos Aires les

convenia tener amistad con los Charrucas, y desde Córdoba en la primera

ocasion se volvió; lo que ha subcedido no lo sé, y preguntándole de

cosas particulares de aquellos indios, me decia que los viejos de cuando

en cuando junctaban los mozos y les avisaban no hiciesen agravio ni mal

á nadie, no fuesen holgazanes _y_ viviesen de su trabajo. Es entre estos

indios gran maldad el adulterio; empero conciértanse con el marido, y

fácilmente da licencia á su mujer que vaya á servir por tantos dias al

que se la pide; esta es mucha ceguera, y no nos habemos de espantar que

hombres sin lumbre de fe no tengan el adulterio, con esta condicion,

por[49] pecado, ni infamia.

[49] Tachado: _que_.

CAPITULO LXX

DE LA PROVINCIA DE CUYO, EN TÉRMINOS DE CHILE

De la cibdad de Córdoba al primer pueblo de españoles del reino de

Chile, desta parte acá de la cordillera, llamado Mendoza, hay cien

leguas tiradas, todas despobladas y llanas, camino carretero, en el cual

hay algunos rios, al tiempo de las aguas, grandes. Al rio de Córdoba

llaman el Primero; al que sigue, Segundo; al otro, Tercero; al otro,

Cuarto, y al último, Quinto; Tercero, Cuarto y Quinto son de bonísimas

aguas. El Tercero y Cuarto, poblados de indios apartados del camino

real, llamados Comechingones, bien dispuestos y valientes, subjetos á la

cibdad de Córdoba; sirven cuando quieren; cuando no, izquierdean. En los

términos desta cibdad, á lo menos. Cuando yo pasé por ella, no habia más

sacerdotes que un cura clérigo, y un fraile de San Francisco en su

conventillo, gran conjurador de nublados; los indios subjectos no sabian

qué cosa era Ave Maria, ni Pater noster.

En el rio Quinto hay indios de guerra que no se han reducido; aquí hallé

tomillo salcero, y solo este de todos estos rios entra en el Rio de la

Plata; los demás se empantanan y hacen unas lagunas grandes donde se

cria mucho pescado y aves de diferentes géneros en gran abundancia; los

llanos abundantísimos de pastos, que si como desto son fértiles lo

fueran de aguas y rios, creo fuera la más fértil tierra del mundo.

Críanse en ellos todas las sabandijas que habemos dicho arriba, con

muchos venados, vicuñas y guanacos, perdices y otros pájaros y

avestruces. Vimos una cosa que nos admiró: llegamos á un arroyo á

sestear, donde pensamos no hallar agua; acaso habia llovido y

hallámosla; llevaron los bueyes á beber, que eran mas de sesenta, porque

lleuamos doce carretas; entre los bueyes, saliéndose de beber, metióse

una cierva que habia llegado á beber, pero bebio tanto, que á manos la

tomaron los indios; cuando la vimos con tanta barriga, pensamos estaba

preñada y por eso no habia escapádose corriendo; ábrenla, y toda era

agua; admirados, preguntamos á los indios de qué procedia aquello;

respondiéronnos que al tiempo del verano los venados beben de una vez

para ocho y diez dias, por la falta de las aguas, y así aquella cierva

habia bebido tanto. Hay en este camino algunos indios de guerra, pocos,

en la Rinconada, términos de Córdoba, y en la puncta de los Venados,

términos de Chile; empero pocas veces salen á hacer daño, porque luego

son castigados por los nuestros, como se hizo poco antes que por esta

Rinconada pasásemos. Nosotros uno ningun indio vimos, y si como dicen se

ha poblado la puncta de los Venados, no hay que temer, ni antes lo

habia, como no les hiciesen daño. En este camino hay despoblados sin

agua de á quince leguas y más, de la puncta de los Venados adelante, y

casi uno tras otro, y si ha llovido no hay falta de agua; por el camino

hay unas hoyas hechas á mano por los indios que allí habitaban, donde se

recoge el agua; hallámoslas llenas, y el agua muy sabrosa y fria, con

ser más de mediado diciembre, donde los calores son crecidos. Salimos de

Córdoba á primeros de diciembre, y llegamos con nuestras carretas á

Mendoza, dos dias antes de Navidad, antes de la cual corre el rio de

aquella cibdad, que en este tiempo es muy grande y extendido; augméntase

de las aguas que corren derretidas de la sierra Nevada, y ensánchase

tanto, que debe tener más de tres cuartos de legua de ancho, en brazos;

pasámosle por 37, unos con más agua que otros, y de piedra menuda; si en

un brazo se juntara, era imposible vadearle; yo hobiera de correr un

poco de riesgo en un brazo, que acertó á ser el mayor; iba delante;

echéme al agua; el caballo era bueno, que desde la cibdad de Los Reyes

casi caminé en él; tenia buen camino; sacóme en paz, pero no era tanta

el agua que nadase; los que venian en pos de mí bajaron más abajo y

pasaron más fácilmente, y las carretas sin mojarse cosa de las que en

ellas venian. Pasado el rio, á medio cuarto de legua está la cibdad de

Mendoza.

CAPITULO LXXI

DE LA CIBDAD DE MENDOZA

Fundó esta cibdad el general Juan Jofre, vecino de la cibdad de Santiago

de Chile, por órden de don García de Mendoza, que es agora Marqués de

Cañete y fué Visorrey destos reinos, de quien habemos tractado, en una

provincia llamada Cuyo; no se pasó mucho trabajo, ni hobo batallas con

los indios para reducirlos, porque ellos mismos vinieron á Santiago de

Chile á pedir á don García de Mendoza les enviase españoles y sacerdotes

porque querian ser cristianos; fué el general Juan Jofre con soldados

que habian quedado sin suerte despues de llano Arauco, y pobló esta

cibdad, á quien llamó Mendoza por respecto del gobernador; otro pobló

veinte leguas más adelante, al Norte, llamado San Joan de la Frontera,

en el mismo paraje que Mendoza, á las vertientes destas sierras nevadas;

la cibdad es fresquísima, donde se dan todas las fructas nuestras,

árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan á Tucumán ó de allá se

lo vienen á comprar; es abundante de todo género de mantenimiento y

carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es leña para la

maderacion de las casas; los indios comunmente se llaman Guarpes, mal

proporcionados, desvaidos; las indias tienen mejor proporcion; es la

gente que más en breve deprende nuestra lengua y la habla de cuantas hay

en el mundo; las indias que se crian entre nosotros hilan el lino tan

delgado como el muy delgado de Vizcaya; los indios grandes ladrones y no

menos borrachos; á nuestra costa nunca se ven hartos; á la suya comen

poco, como los demás del Perú; de sus juegos, grandes tahures; en sus

tierras andan medio desnudos, y cuando les dan de vestir por su trabajo,

luego lo juegan unos con otros; cuando están junctos se alaban de lo que

han hurtado á los españoles; así son los deste Perú, que se alaban de

que nos han mentido y engañado y hurtado lo que pueden, y lo cuentan

como por gran hazaña. Es abundante toda la provincia de víboras y demás

animales ponzoñosos, y de las hitas, importunísimas, grandes y pequeñas;

las mismas calidades tiene San Joan de la Frontera. De ambos estos dos

pueblos, de cada uno por su camino, salen indios todos los años para ir

á trabajar á Chile; los de San Joan á Coquimbo y los de Mendoza á

Santiago, del cual trabajo pagan á sus amos parte del tributo, y á ellos

se les da el cuarto; en su tierra no tienen de qué tributar. Es gente

poca, subjecta á sus curacas, y bárbara; túvolos el Inga subjectos, y

algunos hablan la lengua del Perú, general, como en Tucumán, si no es en

Córdoba, donde no alcanzó el gobierno del Inga.

CAPITULO LXXII

DEL CAMINO DE MENDOZA Á SANTIAGO DE CHILE

Desde estos dos pueblos (como habemos dicho) se camina para el reino de

Chile, de cada cibdad por su camino, por donde se pasa la cordillera

Nevada, que es la misma que llamamos en el Perú Pariacaca, y si no se

aguarda á tiempo que las nieves sean derretidas, es imposible, so pena

de quedarse helados. Comiénzase á pasar casi á mediado Noviembre, y

dende en adelante hasta fin de Marzo, y pocos dias de Abril, porque

luego se cierra con las nieves; yo la pasé á fin de Diciembre sin alguna

nieve; tomase el camino desde Mendoza á Santiago, que son cincuenta

leguas, y ándase en ocho dias por sus jornadas, todas despobladas, si no

es la última; pasadas dos jornadas, que estamos ya á las vertientes de

las faldas de la cordillera, encontramos á mano derecha el camino Real

del Inga; dejelo á mano derecha antes de llegar á Salta siete ó ocho

jornadas, y á la misma mano le hallé, el cual vamos siguiendo casi hasta

Santiago de Chile; el camino no es malo, ni tiene despeñadero, ni es de

mucha piedra; en las dormidas no faltan pastos para los caballos, ni

leña; en hallando el camino del Inga vamos subiendo un valle arriba

hasta nos poner al pie de la cordillera que habemos de doblar, antes de

la cual, pocas leguas, no creo son cuatro, hay una fuente famosa que

terná[50] de largo más de treinta pasos, toda de yeso, por debajo de la

cual pasa el nacimiento del rio de Mendoza.

[50] En el ms., _toma_.

Esta fuente Nuestro Señor allí la puso; será de ancho más de tres varas;

fuí á verla de propósito, porque está del camino Real un tiro de arcabuz

apartada, y como el rio no llevaba agua, no pasamos por ella. Puestos

al pie de la cordillera, donde se hace noche al reparo de unos peñascos

grandes, saliendo dellos, luego casi se comienza á subir la cordillera,

que no tiene una legua de subida, no agria, antes arenosa y fofa, por

las nieves que tienen quemada la tierra, las cuales derretidas y seca la

tierra queda casi como arena muerta. Lo alto de la cordillera que

encumbramos no tiene medio cuarto de legua de llano, por lo cual en

llegando arriba y comenzando á abajar, todo es uno. Por muchas partes en

este reino he atravesado esta cordillera, pero por ninguna es tan buena

en tiempo de verano; en ivierno ya he dicho, por las nieves, no se

camina. El bajar no es dificultoso ni malo, más de que es más larga la

bajada que la subida; por este camino que voy siguiendo, de cuando en

cuando, á trechos, damos en unas mesas llanas, como descansaderos, y

como bajamos se va moderando el tiempo hasta llegar á la dormida, siete

leguas buenas, que llaman El Camarico, pero no hallaréis de comer si no

lo llevais.

De unos ojos de agua que están á dos leguas ó tres encumbrada la

cordillera, nace el rio del valle de Quillota, por la ribera del cual

vamos prosiguiendo nuestro camino, pasándolo por poca agua, despues

destos ojos de agua, el cual desde su nacimiento corre por muchos

peñascos, y como va bajando se va haciendo mayor y augmentando con otros

arroyos que se le llegan, de suerte que al Camarico no se puede vadear,

no tanto por el agua que en este tiempo lleva, cuanto por las piedra

grandes; vadéanle los caballos descargados, y con riesgo de se quebrar

las piernas; este rio ya grande á cuatro leguas más abajo, ó poco

menos, del Camarico, s'ensangosta mucho entre dos cerros, que no debe

ser la angostura de cuatro varas en ancho, por donde todo él pasa

acanalado. En esta angostura hizo el Inga una puente que hoy vive con

este nombre, la Puente del Inga, pero para pasar por ella es necesario

ir el hombre confesado; para bajar ha de ser por una peña tajada, y para

subir lo mismo, tan tajada que se pasa desta manera: á pie con

alpargates, porque no se deslice el pasajero, atadas á la cintura unas

sogas, una adelante, otra atrás; la trasera tienen los que quedan atrás,

y vánla largando poco á poco, porque el que pasa no resbale y dé consigo

en el cárcabo del rio, y en pasando arrojan la soga delantera á los que

están de la otra parte; estos indios pasan más liberalmente que

nosotros, sin estas sogas, porque parecen tienen diamantes en las

plantas de los pies; y así le aizan arriba, de suerte que el pasajero

lleva dos sogas atadas á la cintura: una delante para subir, otra detrás

para descendir, y por aquí pasan y han pasado mujeres y ninguna se ha

despeñado; yo no pasé por esta puente, sino por otra de madera que se

habia hecho poco más arriba, mas dende á breve tiempo la mandó el

Gobernador quemar, porque no se le huyesen los soldados á la provincia

de Cuyo, permaneciendo aquella puente. Ya pasada esta cordillera, no hay

animal ponzoñoso en todo lo descubierto de Chile, y es tan limpia tierra

cuanto de las vertientes á Tucumán es sucia. Desde esta puente á

Santiago se camina en tres dias, ya por tierra apacible y fértil.

CAPITULO LXXIII

PROSIGUE EL CAMINO DE COPIAPÓ Á COQUIMBO

Esto en breve he dicho, cuanto ha sido posible. Habemos de volver al

otro camino de Chile que corre por la costa, hasta llegar á la misma

cibdad de Santiago. Dijimos que Morro Moreno era como término del Perú y

Chile, dividiendo los linderos, desde donde vientan Nortes, y mientras

más arriba más recios. El primer pueblo de la juridicion de Chile es uno

de indios, en el valle llamado Copiapó, y el pueblo así se llama, donde

los que vienen cansados del largo despoblado de Atacama descansan y se

rehacen; es valle angosto y pequeño; el rio, fértil de mantenimientos, y

se dan en él cañas dulces de donde el amo saca buena miel. Nunca tuvo

muchos indios; agora tiene menos; fueron bellicosos y lo son, por ser

casi parientes de los de Calchaquí, mas como se han apocado, tambien sus

fuerzas; los pocos, poco pueden. De aquí á Coquimbo ponen sesenta leguas

á arbitrio de buen varon, todas despobladas, si no es un valle llamado

el Guasco, diez leguas de Coquimbo, de pocos indios. El valle, fértil y

para viñas bueno, cuyo vino es muy bueno; todo el camino hasta este

valle es falto de agua; hay en las dormidas jagüeyes de agua salobre,

pero á falta, bebedera. Del Guasco en dia y medio se ponen en Coquimbo

los que van de espacio.

CAPITULO LXXIV

DE LA CIBDAD DE COQUIMBO

La cibdad de Coquimbo es la primera del reino de Chile, puerto de mar

capacísimo; el surgidero á dos leguas del pueblo, y seguro; carece de

agua y de leña, todo se lleva en carretas. Fundóse sobre una barranca,

no media legua de la playa, donde la mar es de tumbo; es el mejor temple

que creo hay en el mundo, porque ni hace frio ni calor, en ningun

tiempo, que sea penoso; cuando el ivierno llueve tres veces, es milagro.

El rio, de bonísima agua, que riega la campiña, dende se dan todas las

fructas nuestras, viñas y aceitunas, en unas partes mejores que en

otras; no son tan gruesas como las de los llanos del Perú, pero muy

buenas, mayores que la manzanilla grande de España; si en esta tierra

lloviera, abundara en ser riquísima de oro, porque diré lo que allí me

afirmaron, y no es fábula; en los vientres de las lagartijas se halla

oro, y descubrióse desta manera: un indio de aquel pueblo pagaba muy

descansadamente su tributo, seis pesos en oro cada año, sin ir á las

minas, ni trabajar sino en su chacarilla y casa; apretáronle de dónde

sacaba su tributo; dijo que de las lagartijas del campo, y es así que

llegando el tiempo de pagarlo, se iba á caza de lagartijas al campo, no

lejos de la cibdad, y abriéndolas sacaba cuatro ó cinco tomines de oro

(y si no me engaño) estando en aquella cibdad me enseñaron el indio, y

no es milagro, porque el oro no se criaba en las barrigas de las

lagartijas, sino, como de tierra se mantengan, á vuelta della comen

algunos granillos de oro. Las minas que á poco más de quince leguas

desta cibdad se labran, de oro, desde el tiempo del Inga, por una perdiz

se descubrieron; y esta es tradicion: llegando el capitan general del

Inga que iba conquistando, cerca destas minas, que se llaman Andacollo,

y asentando su real, trujéronle unas perdices, que son muy buenas, en

cuyos papos hallaron unos granillos de oro (los indios de Chile no

conocian oro ni plata); trujéronselo al capitan general; preguntó donde

habian muerto aquellas perdices; respondiéronle: en aquel asiento; mandó

lavar y lavar; sacó mucha cantidad, y perseveró en esta riqueza muchos

años, aun en tiempo de los españoles, y hoy persevera no en tanta

cantidad; es muy fino, porque sube de la ley; este asiento sólo se labra

en los términos desta cibdad un poco adentro de la cordillera, donde

hace muy buen frio, y labran en él todos los años nueve meses pasados de

ducientos y cincuenta indios, y cada año se sacan 75.000 y 80.000 pesos,

sin lo que los indios aplican para sí; y en tres meses que dejan holgar

aquella tierra, se torna á criar y producir otro tanto oro, lo cual á

los que no lo han visto les parecerá fábula, y es verdad lo que habemos

dicho.

Esta cibdad es abundante de pescado muy bueno; péscanse algunos atunes;

no andan en cuadrillas como en España, sino de uno en uno; sale el indio

pescador en busca dél, dos y más leguas á la mar con su balsilla de

cuero de lobos; lleva su arpon, físgale, dale soga hasta que se

desangra; desangrado le saca á la costa; vienen desde Arica á este

puerto, que son más de 250 leguas costa á costa, barcos á hacer sus

pesquerías de tollos, que son muy buenos y en cantidad; lizas y

corvinas. He visto en este puerto cuatro barcos de pescadores venidos de

Arica, poco menores que bergantines. Por cima del pueblo pasa una

acequia grande de agua para todas las casas de la cibdad, y para regar

las haciendas que están cerca dellas; las casas tienen sus huertas

dentro, con naranjos, limos, membrillos, etc. Los vecinos viejos ya se

han acabado y los hijos son como los del Perú; los vecinos desta cibdad

son afables y bien partidos; no tienen las condiciones que los de

puerto. Es pueblo de mucha recreacion, por la caza de perdices, y de

pesca en unas lagunas juncto á la mar, do se crian lizas y otros peces,

y patos de agua; los indios pescan graciosamente; unos con volantines

arrojadizos, en los[51] cuales empalman los anzuelos grandes, y en ellos

el cebo, que sacan de las conchas, atado con un hilo; arrójanlo cuanto

pueden en la mar, ellos en el rebalaje de las olas á la rodilla, el

volantin atado á la muñeca, y no parece si no que ven el pece que pica,

y con la mano derecha dan un golpe en el volantin, y luego halan; pescan

desta suerte lizas grandes, corvinas, y tollos, y lenguados. Ví una vez

á un indio así pescar, y el pece que picó debia ser grande, porque se

llevaba al indio al tumbo de la ola; quiso Dios se rompiese el volantin;

si no, corria riesgo de ahogarse; no tenia con qué cortar el volantin.

Otros entran casi hasta la ola donde quiebra, con sus fisgas de tres

harpones, y en el tumbo de las olas vemos las lizas y demás peces;

arrojan la fisga, y es cosa de ver qué ciertos son á dar en el pece;

luego halan á fuera y sacan su pescado. Aquí se descubrieron minas de

cobre de lo bueno del mundo, lo cual se trae á Los Reyes, y dello se ha

labrado el artilleria para la defensa del puerto, para armar las galeras

y demás navios de armada.

[51] En el ms., _las_.

De esta cibdad para Sanctiago hay dos caminos: uno por la sierra, que se

sigue en tiempo de aguas; otro casi por la costa de la mar; ponen 65

leguas de camino; en esta distancia hay tres valles muy buenos y

fértiles; el primero se llama Limari, el rio no pequeño, buen agua,

buenas viñas y mejor vino. El segundo se llama Choapa, más ancho el rio,

mayor y más fértil, en el cual hasta agora no han plantado viñas; aquí

hay un poblezuelo de indios, de los que allá quedaron del ejército del

Inga; es abundante de pescado. El nacimiento deste rio es de oro, y en

tiempo que se derriten las nieves es muy grande; más adelante es el

valle de Quillota con otro rio no de tan buenas aguas; es el que dijimos

pasarse por la puente del Inga, mayor, y que no todas veces se deja

vadear; aquí se da mucho maíz, trigo y demás mantenimientos, y el cáñamo

muy crecido, donde hay otro poblezuelo de indios; debe distar de

Santiago 22 leguas, las más llanas, que al ivierno son trabajosas de

caminar, porque se empantanan y parece el campo una mar; empero, como la

tierra es recia, no hay mucha ciénaga; si no son en estos tres valles,

no hay casas donde hacer noche; hácese debajo de arrayanes más crecidos

que los de España, porque dellos se sacan vigas para enmaderar.

A su tiempo hay muy buenos pastos para los caballos, y en estos campos

se criaba abundancia de ganado vacuno, y era tanto la primera vez que

por allí pasé, agora veinticuatro años, que se nos venian los toros á

las dormidas, todo hecho cimarron; no se conocia cuyo era en los

términos de Coquimbo, que corren hasta el valle de Choapa; agora no hay

ninguno, porque los vecinos de Coquimbo lo han consumido matando con

dejarretaderas; cual más podia, más mataba, sacaban el sebo y hacian

cecinas, todo lo cual embarcaban para Los Reyes; en lugar deste ganado

se crian al presente abundancia de perros cimarrones. Cerca del valle de

Choapa, gobernando don García de Mendoza á Chile, se descubrieron en

este camino real las minas de oro que llamaron del Spíritu Sancto,

riquísimas, de donde los vecinos de Santiago y Coquimbo sacaron millares

de pesos; acabáronse temprano y los vecinos no sé qué hicieron de tanto

oro; si sé; gastaron sin discrecion y vinieron á quedar pobres, y sus

hijos mucho más.

CAPITULO LXXV

DE LA CIBDAD DE SANCTIAGO

La cibdad de Sanctiago, cabeza de obispado, y al presente del reino de

Chile, se fundó por el gobernador don Pedro de Valdivia en demasiado

llano, en un sitio nombrado de los indios Mapocho, á la ribera de un

rio, al ivierno grande y peligroso para la cibdad; al verano, que es al

revés de España, se pasa de piedra en piedra; ni tiene barranca, ni

madre, por lo cual se ensancha, y siempre para la cibdad, la cual si no

repara se la ha de llevar, como ya estuvo á pique dello. Es

abundantísima de todo género de mantenimientos, de vino y fructas de las

nuestras, bonísimas, almendras y aceitunas, si estos dos árboles, y

ninguno otro de los nuestros no tuvieran contrario, porque el almendro

comienza á florecer en medio del ivierno por Julio, al principio cae un

yelecillo, arrebátale la flor; y el aceituno, al tiempo que está en flor

suele venir una niebla que se la abrasa; todos los otros árboles

nuestros no padecen[52] detrimentos, ni los naranjos ni limos, que se

dan dentro y fuera de la cibdad. Tambien suelen venir algunos yelos

sobre las viñas, á las cuales cuando están en cierne no le son buenos

amigos.

[52] En el ms., _parecen_.

Descripción colonial, libro segundo (2/2) · 第 15 / 19 段