Alvaro de Mendaña, gobernando los reinos del Perú el licenciado Castro,
y el segundo de que agora tractaremos, gobernando don García de Mendoza,
marqués de Cañete; despues hube á mis manos una relacion larga de lo
subcedido en este segundo viaje, la cual abreviaré todo lo posible. Dos
años, poco más ó menos, antes que don García de Mendoza, marqués de
Cañete, acabase de gobernar, despachó por órden de Su Majestad del Rey
Filipo Segundo, que goza del cielo (aunque contra su voluntad) á Alvaro
de Mendaña con dos navios grandes y una galeota y fragata, á que
volviese á descubrir é poblar las islas que antes habia descubierto, que
llamaron de Salomón, y á una muy grande que pusieron por nombre
Guadalcanal. Llevaba el Adelantado por almirante á Lope de la Vega, y
por capitan de la gente que se hizo en Lima á don Lorenzo, su cuñado, y
por maestre de campo á Merino. Llevaba consigo casi 600 personas,
soldados marineros, hombres casados y gente de servicio; muchos
bastimentos, piezas de artilleria y municiones bastantes; todos se
embarcaron en el puerto de Zaña, y porque allí no hubo cómodo para
hacer aguada, bajaron á Paita, donde la hicieron, y hecha, siguieron su
derrota procurando ponerse en el altura del Callao en doce grados desta
parte acá de la línea y polo Antártico, y dentro de 38 dias que
partieron de Paita, antes que anocheciese descubrieron una isla, al
parecer quince leguas de donde se hallaron. Fué grande la alegría que
todos recibieron, y al amanecer se hallaron como cinco leguas della, y
la mar cubierta de canoas pequeñas y mayores de que se aprovechan los
indios;[32] llegáronse cerca dellos, que hacian mucha algazara y
muestras de espanto, los cuales, llegándose á los navios, y
particularmente á la galeota, entraron muchos tan crecidos y dispuestos,
aunque desnudos, que les parecian gigantes; pretendieron tomar la
galeota, mas los soldados que iban dentro fácilmente los rebatieron y
echaron fuera; tambien quisieron entrar en los navios grandes, y se les
consintió en la Capitana; entraron admirados de ver gente vestida y en
navios tan grandes; subcedió allí que uno destos naturales tomó un
perrillo de falda en las manos, y luego como que jugaba con él se lanzó
á la mar, zabulléndose debajo del agua, y salió más de dos tiros de
arcabuz adelante con el perrillo en la mano, y se embarcó en una canoa
de las suyas; desde allí este indio, con otros muchos en sus canoas,
hacian señas á los nuestros que fuesen á ellos, enseñándoles como con la
mano otras islas, por donde se entendió que no eran todos de la que
solamente hasta entonces se habia descubierto; empero, como la intencion
del Adelantado fuese ver aquella isla y tomar puerto en ella, declinó
el piloto sobre ella y descubrió una playa, al parecer deleitosa,
poblada de muchas casas, y cerca dellas gran cantidad de platanales,
palmas y otros árboles fructales. En esta playa se descubrió una
ensenada con rios y muchas casas y mayor concurso de gente que se ponian
á defender el puerto, el cual no se tomó por ser el viento contrario, y
visto no se podia tomar, el Adelantado mandó disparar una pieza de
artilleria y arcabuceria, que oído el trueno no paró natural en la mar
ni en la costa, y como no se pudo surgir en este puerto prosiguieron
adelante en demanda de otras tres islas que á diez ó doce leguas se
descubrian, una dellas mayor que las otras. Otro dia al amanecer se
hallaron como dos leguas cerca della, de donde salieron muchas canoas
con muchos indios tambien desnudos, y entre ellas una muy grande, encima
de la cual estaba armada una barbacoa en la cual cabian setenta hombres,
sin los que iban remando por banda, y así como los pasados se admiraban
de ver gente nueva, lo mismo hacian éstos; usan arco y flecha de palma,
y macanas y piedras, que tiran con tanta fuerza que doquiera que
alcanzan no es necesario otro golpe; los navios se fueron llegando para
ver si se hallaba puerto; en unas ensenadas que se descubrian en esta
isla habia tres cordilleras muy alegres á la vista, muy verdes, y
tambien se descubrian sabanas apacibles; no se pudo tomar puerto, y los
navios desembocaron por un estrecho que se hacia entre esta isla y otra,
en lo más angosto de media legua, la una y otra playa muy poblada de
caserias y gente desnuda, los cabellos, en hombres y mujeres, tan
largos que les llegaban á los pies.
[32] Tachado: y llegándose.
Pasado este estrecho, que no tenia de largo legua y media, se determinó
tomar puerto en la isla de mano izquierda, que parecia la mayor; los
soldados bien apercebidos para lo que se ofreciese, echóse á la mar un
batel y en él 25 soldados, y la galeota y fragata los fuesen haciendo
espaldas para descubrir algun puerto conveniente; salió el maestre de
campo...[33] Merino con ellos, á los cuales cercaron muchas de aquellas
canoas, llegándose tan cerca que parecia les querian coger á manos, mas
con los arcabuces los hicieron desviar, que no paró canoa ni indio
delante; desta suerte prosiguieron hasta llegar á tierra, y saltaron los
soldados en ella sin haber quien les estorbase el paso, y llegaron á
ponerse debajo de un árbol muy grande que parecia á los que en el Perú
llaman ceibas; los naturales que se habian acogido al monte, como en
número de diez en diez salian dando unas carrerillas, y luego se
sentaban, no se atreviendo á llegar á los nuestros; uno destos gigantes
se mostró más atrevido y llegó más cerca, lo cual visto por el maestre
de campo se fué solo para él con su espada y daga en la cinta, y
llegando el indio tomó de la mano al maestre de campo y lo abrazó en
señal de mucha amistad, y trayéndolo consigo el maestre de campo donde
estaban dos soldados le hicieron muchas caricias y regalos, lo cual
visto por los demás se llegaron á los nuestros, aunque con algun temor;
mandó el maestre de campo se hiciese ningun agravio. Algunos traian
plátanos, cocos, palmitos y otras raíces no conocidas, con que se
sustentan; muestra de oro ni plata no se halló. La dispusicion de los
miembros es proporcionada, más colorados que blancos; las mujeres
tambien son desnudas, y algunas traen cubiertas sus vergüenzas con hojas
de plátanos ó cortezas de árboles, no tan dispuestas como los varones.
[33] En blanco en el ms.
Porque aquí en esta playa no habia puerto seguro para los navios, se
determinó que en la fragata se volviesen 16 soldados, y en el batel en
que se salió á tierra se quedó el maese de campo con seis soldados y
cuatro marineros, los cuales fueron costeando esta isla, y pasado como
espacio de una hora descubrieron una ensenada y puerto muy seguro, con
dos rios y pueblo formado con cantidad de gente, y muchos árboles
fructales, limpio y de mucho fondo; saltaron en tierra el maese de campo
y los soldados, y los marineros volvieron á dar aviso al Adelantado, del
puerto y seguridad dél, con lo cual todos recibieron mucho contento;
partido el batel, los naturales de la isla se llegaron á los pocos
soldados que habian quedado, tocándoles las manos (por ventura para ver
si eran de otro metal que las suyas), con no poco temor los nuestros por
ser tan pocos. Empero, para atemorizarlos, el maese de campo mandó á un
soldado, bonísimo arcabucero, llamado Andrés Dias, tirase á un pajarito
que revoleaba en un árbol, el cual lo hizo y derribó, y los naturales,
con gran admiracion, lo tomaron en sus manos espantados del caso. Aquí
los naturales determinaron matarlos, desenlazando los cabellos de la
cabeza, que es señal entre ellos de acometer. Los nuestros, viéndolos
de mal talante, se fueron recogiendo á una ramada juncto á la playa á
manera de tarazana, donde labraban los naturales una canoa muy grande,
donde tuviesen las espaldas seguras, primero disparándoles los
arcabuces, que hizo los naturales huir, y los nuestros sin peligro
ninguno se recogieron y hicieron fuertes; era ya tarde, y los nuestros,
temerosos no les cogiese la noche en aquel puesto, por tener muy pocas
municiones, fué Dios servido vieran entrar en el puerto la nao Capitana
disparando el artilleria, lo cual visto por los naturales se fueron
todos al monte; luego llegaron los demás navios, dando gracias á Nuestro
Señor que les aparejó tan buen puerto. Amanecido, el Adelantado mandó
hacer aguada y que saliesen los que quisiesen á tierra, los cuales todos
casi salieron, y los sacerdotes, y se dijo misa, la cual todos oyeron
con mucha devocion, y viendo los naturales no se les hacia mal ninguno
se llegaban á los nuestros. Entre otras fructas se halló una en árboles
grandes, tan grande como una naranja, muy verde en la corteza; cómese lo
que está dentro della asada, qu'es blanca como manteca, y aunque habia
muchos árboles destos y con mucha fructa, en pocos dias no se hallaba
una. Demás desto se hallaron en esta isla muchos plátanos, cocos,
palmitos, cañas dulces y otras[34] fructas no conocidas de los nuestros;
puercos de monte, el ombligo en el estómago, tortugas y gallinas; al fin
de tres ó cuatro dias, los naturales les dieron un arma para echarlos
de su tierra, y el mismo dia, sosegado este alboroto, se vieron venir
por una puncta diez ó doce canoas cargadas de gente caminando hacia la
Capitana, y el Adelantado, temiéndose de alguna desgracia ó tracto doble
de los naturales, mandó á los soldados estuviesen á puncto con sus
arcabuces, y al artillero cargase dos ó tres pedreros, y llegando á
tiro, el Adelantado mandó disparar uno dellos, que, dando en las canoas,
hizo mucho daño, y los que quedaron heridos y vivos se volvieron huyendo
por donde habian venido. A esta sazon el batel que venia con agua los
siguió y trujo las canoas á la Capitana, con plátanos, cocos y otras
fructas. Visto esto por los naturales, huian de los nuestros[35].
[34] Tachado: cosas.
[35] Tachado: nosotros.
CAPITULO LVI
[DE CÓMO LOS NUESTROS LLEGARON Á UNA ISLA POBLADA DE NEGROS Y DE LAS
REFRIEGAS QUE CON ESTOS HUBO][36]
[36] Este y los tres capítulos siguientes no llevan epígrafe en
el manuscrito.
Hecho esto, con toda la seguridad del mundo se hizo la aguada y leña, y
pasados quince dias despues de llegados, los nuestros desampararon la
isla y puerto. Salieron en demanda de las islas que en el primer viaje
descubrió el Adelantado. Otro dia siguiente se descubrieron unas islas
bajas de muchos arrecifes, y detrás dellas tierras altas, con lo cual
se alegró el Adelantado, diciendo ser aquéllas las que buscaban; mandó
al piloto arribase sobre ellas; por el mucho viento contrario, con mucho
descontento de todos, prosiguieron adelante, consolándoles el Adelantado
y certificándoles que poco más adelante descubririan muchas más islas,
porque de cinco grados á quince eran sin número. No fué cuerdo el
Adelantado en desamparar lo que Nuestro Señor le habia dado, porque de
allí se pudiera descubrir lo demás. En breves horas perdieron de vista
estas islas y navegó muchos dias sin ver tierra, mas vian gran cantidad
de pájaros de la mar; desafuciado de verla, navegando de diez á once y á
doce grados se descubrió un farelloncillo redondo, no de media legua,
con algunos arbolillos, despoblado, blanco con el estiércol de los
pájaros; pensóse se hallaria alguna isla cerca, mas salióles al revés su
pensamiento, porque desde que desampararon las islas, en dos meses, poco
menos, no encontraron con tierra, por lo cual toda la gente iba muy
desgustada, perdidas las esperanzas de hallar otra ocasion como la
pasada, faltos de mantenimientos y de agua, aunque Nuestro Señor proveyó
de algunos aguaceros con que recogieron alguna. Pasados estos aguaceros
hubo unas nieblas muy grandes y oscuras, por ocho ó diez dias; al fin
dellos se descubrió tierra; salieron todos á verla como si vieran su
salvacion: era una isla muy larga, y á la una parte della se descubrió
un volcan que de rato en rato lanzaba mucho fuego; cuando llegaron á
este paraje faltó la nao Almiranta, y preguntando á la galeota y fragata
por ella, respondieron no la haber visto despues que la noche antes la
vieron á sotavento de la Capitana, de la cual respuesta se entendió
haber arribado á otras islas que en aquel rumbo se descubrian. La
Capitana y fragata y galeota se arrimaron á tierra v descubrieron una
ensenada grande de más de diez leguas, en cuyo medio estaba el volcan
arriba dicho, y con buen viento entraron en ella, en la cual se
descubrian grandes poblazones. El Adelantado mandó se arrimasen los
navios á tierra para tomar puerto antes que anocheciese; finalmente,
entraron muy adentro de la ensenada y surgieron en 40 brazas, con gran
admiracion de los naturales y contento del Adelantado y demás soldados,
aunque no parecer el Almiranta les ponia no poco temor no se hobiese
perdido. Luego otro dia de mañana el Adelantado mandó al capitan y
piloto de la fragata fuese en busca della, y si dentro de cuatro dias no
la hallase se volviese; esperábase hobiese arribado á alguna de aquellas
islas que de allí se parecian. Este mismo dia acudieron á la Capitana
muchos de los naturales, que todos son negros atezados, y otros como
membrillos cochos, de cabellos largos, con sus armas, arcos y flechas;
muchos destos eran potrosos y con encordios y llenos de sarna; entre
ellos venia un negro que parecia ser rey, por el respecto que le tenian;
el cual así como entró en el navio, lo primero que dijo fué: capitan,
capitan; que admiró mucho, por oir nombre español en tierra tan remota.
El Adelantado mandó que todos delante dél estuviesen destocados, para
que aquellos bárbaros entendiesen era el General de todos. Este negro se
llegó al Adelantado, diciendo: capitan, capitan, muchas veces; Malope
capitan, y dándose en los pechos; por donde se entendió pedia al
Adelantado su nombre para trocar el suyo; porque como le respondió
Mendaña, el negro hizo señas qu'el se llamaba Mendaña y el Adelantado
Malope. Hiciéronles buen tratamiento, dándoles algunos juguetes y cosas
de comer, las cuales por ninguna via gustaron _por_ más que fueron
importunados. Pidieron por señas fuese alguno de los soldados con ellos
á tierra, y ofreciéndose á ello uno de más de 50 años, á quien el
Adelantado dió licencia, quedando dos negros en rehenes, aquella misma
tarde le volvieron al navio, porque no se atrevió á hacer noche con
aquellos naturales; preguntósele qué le habia parecido de la tierra: no
supo dar razon de cosa alguna, porque apenas hubo saltado en ella cuando
pidió le volviesen al navio. Dentro de dos dias volvió la fragata no
trayendo nueva alguna de la Almiranta, diciendo habia descubierto unas
islas bajas y con ellas un bajio muy grande, por el mismo rumbo que
habia llevado la Almiranta; por _lo_ que luego se entendió era perdida,
porque nunca más pareció. Fué mucho el sentimiento que en todos se hizo,
por ir en ella casi la mitad de la gente. El Adelantado determinó saltar
en tierra y aguardar por ventura arribaria si no fuese perdida. Luego se
echó el batel á la mar á traer agua y leña; entraron por un rio arriba
poco trecho, de donde desde el mismo batel se tomaba el agua dulce, la
cual tomando salieron del monte muchos de aquellos negros disparando sus
flechas con mucha algazara; los nuestros se retiraron, dos soldados mal
heridos: el uno de muerte; el otro quedó tuerto de un flechazo, por lo
cual juró el maestre de campo que se lo habian de pagar con las
septenas, y luego se determinó que aquella noche saltasen en tierra
algunos soldados bien apercebidos y diesen al amanecer sobre un pueblo
que desde allí se via cerca, entre árboles, de que toda la tierra es muy
poblada; hízose así, y siguiendo el maestre de campo por una senda
lodosa, una cuesta arriba y como media legua de camino, se descubrió una
centinela; un soldado pidió licencia al maestre de campo para
derribarle, y alcanzada dió con él en el suelo, lo cual hecho entraron
todos de tropel, que serian treinta soldados, por las casas, que
parecian estar vacias de gente, porque la habitacion destos negros es
entre suelos, cubierto el suelo con hojas de palma, y allí duermen y
hacen su habitacion; las casas son redondas, y por todas partes
descubiertas; un soldado mirando para arriba metió una espada por el
entresuelo, y los que en él estaban se alborotaron y hicieron mucho
ruido, y el soldado dió voces diciendo se advirtiese habia mucha gente;
visto esto, el maestre de campo repartió por las casas cercanas los
soldados para que se pudiesen socorrer los unos á los otros; de aquel
buhio, donde se descubrió la gente de los entresuelos, por el agujero
que hizo la espada del soldado se disparó una flecha y hirió á un
soldado en un ojo, que no parecia sino un rasguño pequeño; empero murió
dentro de 24 horas; por donde se entiende la puncta de la flecha traia
yerba. El maese de campo, enojado, mandó poner fuego á los buhios,
porque no se quisieron dar á paz, y los que salian huyendo del fuego
peleaban defendiendo sus vidas valientemente. A las voces acudieron
otros naturales con sus armas y piedras arrojadizas; más de dos horas
pelearon con los nuestros, y viendo el maese de campo que se defendian
mandó á los soldados que de tropel los acometiesen, lo cual apenas hecho
los naturales se desgalgaron por aquellas cuestas abajo, dejando sus
casas, en las cuales habia poco más que nada; sacáronse cantidad de
plátanos verdes, cocos, palmitos y doce puercos de monte que los perros
que llevaban los soldados cogieron. Con esta rica presa se volvieron á
la playa, donde hallaron algunos soldados y otra gente menuda que habia
desembarcado, así para socorrer si fuese necesario como para espaciarse.
El maese de campo mandó hiciesen señas á la Capitana para que les
enviase el batel y fuesen á dar cuenta de lo subcedido; la comida que se
trujo so repartió entre soldados, marineros y demás gente. Aquí se
determinó se fuese á buscar puerto más apacible, porque dentro de la
ensenada se descubrian playas y tierras y muchas poblazones, y la costa
llena de naturales, lo cual se hizo yendo el Adelantado en la galeota, y
_el_ maese de campo; iban tan cerca de tierra que los naturales se
querian entrar en la fragata, metiéndose en la mar hasta la cintura.
Sondóse el puerto, hallóse limpio; dejóse una boya en lugar conveniente
para que allí surgiese la Capitana, á quien se avisó y surgió donde
habia quedado la boya, teniendo muy cerca de allí un rio caudaloso.
Surta la nao Capitana y volviendo á ella el Adelantado y maese de campo
se entró en acuerdo lo que se debia hacer, y salió acordado se saltase
en tierra para ver lo que prometia de sí, y si fuese tal, poblar en
ella. Los negros se metian en la mar casi hasta perder pie, de donde
arrojaban las flechas hasta los navios. El Adelantado, viendo este
atrevimiento, mandó saliesen algunos soldados con sus arcabuces para que
los espantasen, y por capitan don Lorenzo su cuñado, el cual saltando en
tierra y los negros huyendo, fué siguiendo el alcance, excediendo de lo
que se le habia mandado; lo cual visto, el maese de campo llegándose á
bordo la fragata y galeota saltó en ella con gente para ir á socorrer al
capitan don Lorenzo, temiendo los naturales no le tuviesen armada alguna
emboscada; saltó en tierra y fué á alcanzar al capitan don Lorenzo una
legua de camino, junto á un rio, adonde le reprehendió ásperamente, el
cual no respondió palabra, y todos tuvieron temor que de aquella
reprehension subcediese alguna cosa en daño de todos, como despues
subcedió, y pareciendo al maese de campo ser muy bueno el puerto para
fundar pueblo, avisó dello al Adelantado, á quien le pareció bien,
porque de allí se podria tornar á buscar la Almiranta; desembarcóse la
gente y el Adelantado señaló los solares para hacer las casas,
entretanto haciendo cada uno su ranchillo donde albergarse.
CAPITULO LVII
[DE LA MUERTE QUE EL ADELANTADO MENDAÑA HIZO DAR AL MAESE DE CAMPO]
Viendo los naturales que los españoles poblaban, al momento dejaban sus
casas y lo poco que en ellas habia. Visto por los nuestros, con mucha
priesa fueron á ellas, pensando hallar algo de cobdicia, y no hallaron
sino unos pocos de cocos con que beben, y algunas esportillas de palma
con unas raíces á forma de biscocho, que es su principal sustento;
empero para los españoles es como ponzoña, porque en metiéndolas en la
boca se cubria de ampollas, con una aspereza grande y desabrimiento,
aunque la falta de comida general las hacia sabrosas; en todas las casas
no se halló memoria de oro ni plata; sólo se aprovecharon para la nueva
poblazon de la madera; entre las casas destos naturales habia algunas
grandes que parecian ser sus adoratorios; habia pintadas algunas figuras
de demonios, y lo que les ofrecian colgaban juncto á ellas: cocos,
palmitos, plátanos y otras cosas de comida. Al fin hízose el pueblo y
cerróse de palizada para defenderse de los naturales, que por momentos
los apretaban, hasta que se trujeron tres ó cuatro piezas de artilleria,
con las cuales fácilmente los desperdigaban; en todo este tiempo el
Adelantado se estaba en la Capitana sin salir á tierra, sino de cuando
en cuando á dar órden en lo que más convenia.
Los naturales, con todo eso, algunas veces inquietaban; otras traian
cañas dulces y frutas de la tierra.
En este pueblo, por ser la tierra muy cálida y húmida, comenzaron á
enfermar los españoles, que apenas enfermaba alguno que sanase; pero la
mayor enfermedad fué la discordia que se encendió entre el Adelantado y
maese de campo, queriendo defender con palabras á un soldado quel
Adelantado tractaba mal. Las palabras fueron decir que les bastaba á los
pobres soldados sus trabajos, sin malos tractamientos, y que el maese de
campo en todas ocasiones habia vuelto por el Adelantado.
Dende á cuatro ó cinco dias el Adelantado salió á tierra con algunos
marineros y pilotos, habiendo tractado con ellos de matar al maese de
campo, y llegando á tierra se fué derecho á la casa del maese de campo
con Juan Antonio y el capitan Juan Felipe, ambos corsos, y hallando al
maese de campo que acababa de almorzar le dijo le queria hablar dos
palabras; salió el maese de campo con el Adelantado, y llegaron á la
playa, á donde razonando los dos, á cierta seña Juan Antonio llegó y con
una daga le dió una puñalada en los pechos, y queriendo meter mano á su
espada llegó el capitan Juan Felipe y con un alfange le cortó á cercen
el brazo de la espada, y allí murió hecho pedazos. A las voces que dió
una mujer que mataban al maese de campo, salió Tomás de Ampuero,
diciendo: ¡Traidores! ¿á mi camarada? Un cuñado del Adelantado, con
cinco ó seis marineros dieron sobre él y á estocadas le mataron, lo cual
hecho se alzó el estandarte Real, diciendo ¡viva el Rey y mueran
traidores! Tomóse motivo fuera de lo dicho, para estas muertes y otras,
quel maese de campo preguntó á un piloto, llamado Jordán, que para
volver al Perú ¿qué derrota se podria tomar? llegó esto á oidos del
Adelantado y que Tomás de Ampuero habia incitado á 40 ó 50 soldados
hiciesen una peticion para el Adelantado, pidiendo les cumpliese la
palabra que les dió en el Perú de los llevar á la tierra que habia
primero descubierto. Aquel mismo dia, á las cinco de la tarde, llegó el
alferez Buitrago, del maese de campo, que habia ido con veinte soldados
á buscar de comer; llegados, el Adelantado, que los esperaba, como
llegaban los desarmaba y mandaba poner en el cepo, y al pobre alferez
Buitrago mandó echar unos grillos y llevar á la puncta del rio donde
estaba el padre Serpa, y mandó le confesase; el cual hincado de
rodillas, porque dijo: ¿Qué he hecho yo que me quieren quitar la vida?
llegó el sargento mayor, portugués, con un negro, un alfange en la mano,
y dijo: Dale; el cual negro le dió tal golpe en la cabeza que le derribó
muerto á los pies del confesor, dejándole ensangrentada la sotana. La
mujer del alferez, que oyó una gran voz de su marido, saliendo y viendo
lo que pasaba, pedia justicia á Dios; mandáronle callar, so pena que se
haria otro tanto con ella.
CAPITULO LVIII
[DONDE SE DICE EL FIN QUE TUVIERON MALOPE Y EL ADELANTADO MENDAÑA]
Los soldados que fueron con el alferez Buitrago á buscar la comida
susodicha, porque no la hallaron á donde pensaban, que era en las casas
de Malope, el que trocó el nombre con el Adelantado, diciéndoles que en
otro pueblo, á vista de donde estaban, la hallarian, partieron para
allá, y llegando á un paso estrecho salieron á ellos muchos negros,
flechándolos, y ellos se retiraron con buen órden, sacando los enemigos
á lo llano, donde con los arcabuces hirieron y mataron muchos; los demás
huyeron y los nuestros entraron en el pueblo, donde hallaron muy poca
comida, y volviendo al pueblo donde dejaron á Malope, creyendo habia
sido lo subcedido traza suya, le mataron y los demás cuatro ó cinco que
con él estaban, lo cual sabido por el Adelantado le pesó mucho de la
muerte de Malope. Al cabo de cinco ó seis dias dió al Adelantado una
calentura acompañada de gravísima tristeza, de la cual murió dentro de
siete ó ocho dias; murió tambien el padre Serpa, espantado de la muerte
del alferez Buitrago, dentro de tres dias que subcedió, recebidos los
sanctos Sacramentos, con muchas muestras de gran cristiano. Sintióse
mucho su muerte, porque ya no quedaba más que otro sacerdote, que era
vicario.
CAPITULO LIX
[DE CÓMO LOS NUESTROS LLEGARON Á LAS ISLAS FILIPINAS Y LUEGO VOLVIERON
AL PERÚ]