los Oidores como presos y opresos, sin consentir se les diese de comer,
rompiendo por el escuadron entraban en las casas reales, y les llevaban
la comida en las mangas de los vestidos. Si estos traidorcillos se
declararan de todo puncto, mucho era el riesgo que se corria de perderse
el reino, porque ni por mar ni por tierra les podian hacer daño; tiene
pasos fortísimos aquella provincia para entrar en ella, los cuales
ocupados, no dejaran entrar un pájaro, y _de_ asentadero pueden derribar
á los que contra ellos fuesen, y mientras más fueran, más perdidos; por
lo cual ni el Marqués ni el General Pedro de Arana tienen que atribuirse
mucho en esta pacificacion, sino atribuirla toda á Nuestro Señor, como
lo hicieron, y á las oraciones y diciplinas de todos los conventos de la
cibdad de Los Reyes; soy testigo que en el nuestro todas las noches
despues de maitines habia oracion comun, y en la casa de novicios tres
dias en la semana tambien disciplina y oracion comun sin la que habia en
la iglesia de los padres sacerdotes, que en ella se quedaban en oracion
particular, y despues andaba la disciplina, todos suplicando á Nuestro
Señor no nos castigase con guerra civil. Nuestro Señor dió la paz, que
no se esperaba por manos solas de hombres poderse alcanzar.
Lo mismo se hacia en los demás monasterios; yo escribo lo que en el
nuestro vi, y fué la Majestad de Dios servida se apagase aquesta
centella, por hacernos á todos merced. Ganada esta paz, llana la cibdad,
castigadas las cabezas y otros que se habian desvergonzadamente
señalado, el Visorrey proveyó por corregidor y con título de capitan
general á don Diego de Portugal, caballero muy conocido y de partes muy
necesarias para aquella cibdad, mandando se viniese el General Pedro de
Arana á la cibdad de Los Reyes para hacerle merced, en nombre de Su
Majestad, por sus servicios. El cual llegando al Callao por la mar,
donde el Marqués estaba despachando contra un inglés, como luego
diremos, que ojalá llegara un mes antes, le recibió muy bien y dióle
6.000 pesos de renta por dos vidas; empero, como era muy viejo, gozólos
poco: dentro de breves meses murió. Otras sombras de rebelion hobo en el
Cuzco, de gente muy baja, que es asco tractar sus oficios, ni ponerlos
en historia: un botijero y un no sé qué más, pagaron su desvergüenza en
la horca, porque otro lugar mejor no merecian.
CAPITULO LI
EL MARQUÉS TIENE AVISO DE CHILE QUE UN PIRATA INGLÉS HA LLEGADO AQUELLA
COSTA
Acabado con tan buen subceso lo que de Quito se temia, dende á pocos
meses tuvo el Marqués aviso por un navio, despachado del puerto de
Valparaiso de Chile, que un pirata luterano inglés habia, sin se haber
descubierto en otra parte de toda aquella costa, entrado en él con un
solo navio[27] de 300 toneladas, muy fuerte y bien artillado, y una
lancha, y como entró de repente habiase hecho señor de los navios, donde
halló matalotaje bastante de vino, tocino, biscocho y otras cosas, y
luego puso bandera de paz y de rescate; rescatáronse los navios, aunque
dicen Su Majestad tiene mandado no se haga, mas entonces fué necesario,
porque si no se rescataran los quemara, y no se avisara de Chile su
entrada, como se avisó; porque en anocheciendo, el un navio alzó anclas
y velas, y cogió la delantera al enemigo y vino á dar el aviso con
tiempo.
[27] Tachado: y una lancha.
Cuando el pirata llegó al puerto de Valparaiso, en uno de los navios
estaba su piloto y maestre, llamado Alonso Bueno, casado en la ciudad de
Los Reyes, el cual al general de navio dijo (era hombre noble y
confiado): Bien sé que me has de matar; en la ciudad de Los Reyes tengo
mujer y hijos y hacienda, y debo y me deben; dame licencia para hacer
una memoria que sirva como de testamento, para se la enviar á mi mujer y
descargar mi ánima, y sepa lo que le queda á ella y á sus hijos. El
pirata se lo concedió, porque no le quiso rescatar, tomándole por piloto
para toda esta costa y la de México. Alonso Bueno, con esta licencia,
tomó tinta y papel, y escribe al Marqués dándole aviso del navio del
enemigo, cuán grande, cuán fornido, qué gente y qué piezas de
artilleria traia, y cómo le llevaba por fuerza por piloto de toda esta
costa pero que él le llevaria poco á poco, y le meteria en el Callao;
que tuviese dos navios gruesos á la punta de la isla, para que no se
pudiese huir, y á dos bergantines fuera de la isla al barlovento della,
que en viendo el navio enemigo huyesen para que el enemigo los siguiese
y se metiese en el puerto, y se lo pornia en las manos como lo venia
haciendo. Este aviso diólo secretamente en el puerto de Valparaiso al
capitan Ramir Yañez de Saravia, vecino de la ciudad de Santiago, que
allí habia venido con gente, entraba y salia en el navio enemigo, para
que con la brevedad posible en uno de los navios rescatados, en siendo
de noche, lo despachase al Visorrey del Perú, lo cual así se hizo, y el
general del navio inglés no le pidió el testamento, creyéndole; si se lo
pidiera antes de darlo, luego ahorcara á Alonso Bueno. Recíbese el
aviso, y despáchase el navio, y fué Nuestro Señor servido que no le
faltase viento y llegase muchos dias primero qu'el enemigo. Todo lo cual
sabido por el Visorrey, no le temió, antes se alegró, por esperar en
Nuestro Señor le habia de haber á las manos. Luego nombró por general de
dos galeones que habia en el puerto, muy buenos, á su cuñado don Beltran
de la Cueva; por almirante, á don Alonso de Carvajal, caballero de
hábito de Calatrava. Añadió otro navio grande y muy bueno, de quien
señaló por capitan á...[28] Manrique, y como aquel á cuyo cargo tenia
el reino, estaba apercebido de mucha municion, pólvora, balas rasas y
de cadena, bombas de fuego, mucha y muy buena artilleria, que se labra
en la ciudad tan buena como en Alemaña, piezas de cuarenta quintales y
más; fuese al puerto, en siendo avisado el luterano habia llegado á
Arica, donde no se atrevió ni á surgir; dió priesa al buen aderezo de
los navios, y en la Almiranta nombró otro capitan á...[29] de Pulgar,
hombre experto en la guerra, como el capitan Manrique. Proveyó otras
tres fragatas, que fuesen como busca ruido, y en ellas nombró sus
capitanes: en la una, á...[30] García Gorvalán, cursado mucho en la mar,
y para que si fuese necesario vinieran á dar aviso de lo que pasaba,
hizo gente _y_ pagóla; hobo muchos hidalgos y caballeros que se
ofrecieron, á su costa, ir sirviendo, y aun pagaron soldados, como fué
Luis de la Serna, regidor de Los Reyes, que por ser viejo y enfermo no
fué á servir en persona: envió cuatro soldados á su costa; y otro
vizcaino...[31] Vergara, con otros dos y su persona hizo lo mismo, á
quien el Marqués lo agradeció mucho y alabó. Pidió religiosos en los
monasterios; la obediencia me mandó fuese con un compañero, llamado fray
Bernardino de Lárraga, y fuimos en la Almiranta; en la Capitana iban dos
padres de la Compañia, por respecto del padre Hernando de Mendoza,
hermano del Marqués y cuñado del General. En el otro navio, llamado _San
Joanillo_, y por otro nombre _Nuestra Señora del Rosario_, dos
religiosos de Nuestra Señora de las Mercedes; iban en nuestro navio,
pagados, casi ochenta soldados y más de treinta hijosdalgo y caballeros
á su costa; en la capitana, otros tantos y más, y con el capitan
Manrique, fuera de los soldados, otros amigos suyos, hombres de
vergüenza, y entre ellos el capitan Baptista Gallinato. Aprestáronse los
navios muy bastantemente, y seis ó siete dias antes que partiésemos
llegó de Quito el general Pedro de Arana en la galizabra, capitan della
Joan Martinez de Leiva de Lizárraga, que despues fué en demanda del
enemigo, y llegado persuadia al Marqués le diese licencia para ir en
esta armada con su galizabra, navio menor que cualquiera de los tres, y
hacia mucha agua. Al cual, diciéndole el Marqués: ¿Cómo quieres ir, si
la galizabra hace tanta agua que de tres á tres horas da á la bomba? Al
cual respondió graciosamente: Tambien, señor, un hombre orina de tres á
tres horas, y no se muere.
[28] En blanco en el ms.
[29] En blanco en el ms.
[30] En blanco en el ms.
[31] En blanco en el ms.
Pasó esto por donaire, y no le dejaron ir.
CAPITULO LII
PARTE LA ARMADA DEL PUERTO EN BUSCA DEL ENEMIGO, AGUA ARRIBA
Con tanto y buen recado los navios, con tanta y buena gente y mejores
ganas de se ver con el enemigo, nos hicimos á la vela una tarde, y antes
el Marqués visitó los navios y prometió hacer mercedes á todos,
animándolos á que cada uno hiciese lo que debia, así al servicio de
Nuestro Señor como de nuestro Rey.
Otro dia salimos fuera de la isla y fuimos en busca del enemigo, que no
sé si fué muy acertado, por tenernos cogido el luterano y ganado el
barlovento, el cual en esta mar y en todas es la mayor parte de la
victoria, y principalmente en esta nuestra costa; porque como los navios
no sean igualmente veleros, unos suben más, otros menos, que es unos son
mejores de la bolina que otros, por lo cual no pueden ir en conserva
como cuando navegan á popa, ni se pueden socorrer los unos á los otros
tan prestos, y á veces es imposible socorrerse. Empero al Marqués
parecióle no era posible el enemigo írsenos de las manos, y pretendió
tenerle rendido antes que al paraje de Lima llegase. Nuestra Almiranta y
el pataje donde iba el capitan García Gorvalán eran los mejores veleros,
y por esta razon éramos los más delanteros. La órden que llevaba era
ésta: que no nos desabrazásemos de la tierra de diez á doce leguas, y
que á las noches fuésemos la vuelta de la mar, y de dia viniésemos la
vuelta de la tierra, que era lo cierto é conveniente. El Marqués tenia
por momentos chasquis por tierra, con aviso dónde llegaba el enemigo. El
armada seguia su derrota en busca dél. Sucede, pues, que llega el
enemigo á la playa de Chincha, y luego fué dello avisado el Marqués, el
cual despachó un barco de pescadores, con órden que no parase hasta
hallar el armada, avisando al General dónde habia llegado el cosario, y
que dos ó tres dias se habia detenido en aquella playa. Alonso Bueno
venia cumpliendo todo lo que habia escripto. Sábado, pues, víspera de
la Trinidad del año de 94, á la tarde, hallándonos un poco en alta mar,
siete leguas más abajo de donde el enemigo estaba, llega el aviso del
Marqués á la Capitana. El General disparó luego una pieza de artilleria;
llegáronse los dos navios gruesos y patajes. No sé quién le aconsejó que
mandase aquella noche le siguiesen, porque haria farol, y dió cuenta del
aviso que tenia del Marqués; hízose su mandado, y en lugar de ir la
vuelta de la mar, venimos la vuelta de tierra, con pocas velas y viento,
y con unas olas muy hinchadas que daban muestra del mucho temporal que
otro dia habiamos de tener. Cuando amaneció y volviamos la vuelta de la
mar, porque nos hallábamos no cinco leguas de tierra, descubrimos al
enemigo al barlovento de nuestra armada, á lo que decian los pilotos
cuatro leguas más arriba, el cual, como nos descubrió, preguntó á Alonso
Bueno ¿qué navios eran aquellos? Respondióle: los grandes llevan
mercaderias á Arica para Potosí; los pequeños son barcos que van por
vino y trigo á los valles que dejamos atrás; pero viendo que íbamos la
vuelta de la mar, y como en su seguimiento, él tambien dejó de venir á
popa via, y viró la vuelta de la mar á la bolina; el pataje donde iba el
capitan Gorvalán hallóse más á barlovento que ninguna otra de nuestras
velas, y tiró tras él, y le ganó el barlovento; pero como era pataje, y
sin gente ni artilleria, no se atrevia á aferrar con el enemigo, y
aunque aferrara era imposible nosotros favorecerle, digo la Almiranta,
que se halló más á barlovento que las demás velas; tras nosotros, y á
sotavento, se seguia la nao del capitan Manrique; la Capitana se halló
más metida en tierra y más á sotavento; visto al enemigo, y su lancha
delante dél, luego le comenzaron á seguir, atesando las velas todo lo
posible para alcanzarle y pelear con él conforme al órden que del
Marqués se llevaba; mas fué Nuestro Señor servido que cargó tanto el
viento, y con tanta furia, que la Capitana quebró el mástil mayor de
gavia, y no pudiendo sufrir la fuerza del esgarrón arribó á popa al
puerto; lo mismo hicieron los patajes. Es cierto que en mi vida ceñí
espada, y que viendo al enemigo y cuán lejos estaba de nosotros, y el
viento que tomaba más fuerza, que ni me alboroté, ni pareció habiamos de
venir á las manos. Nuestra nao seguia al enemigo, y en pos de nosotros
la del capitan Manrique, y atesando todo lo posible las bolinas, con la
furia del viento rómpesenos el boliche de la vela mayor de gavia, que
para tomarle y coserle se pasaron más de dos horas, y como sin vela
mayor de gavia, ni á bolina ni á popa salga ni navegue mucho el navio,
en este tiempo el navio del capitan Manrique nos cogió el barlovento, y
delante de nosotros iba navegando, cuando con una ola muy muy grande da
una cabezada el navio y hace pedazos la entena mayor, y no pudiendo
navegar, ya nuestra vela de gavia estaba cosida, fácilmente le dejamos
atrás, y nunca más le vimos hasta lunes otro dia á las diez horas. La
Almiranta, pues, sola iba siguiendo al luterano, y ganándole tierra, el
cual bien creyó habiamos de pelear; echó la barca fuera, y alijó su
navio limpiándole la cubierta; todo esto vimos, é ya que anocheció no
estábamos media legua dél, pero en anocheciendo, cerrándose la noche,
aunque seguimos un poco de tiempo nuestra derrota, viéndonos solos
amaináronse las velas y con pocas y bajas íbamos la vuelta de la mar; ya
que amaneció, ni navio de amigo, ni de enemigo, viamos. La culpa que tan
mal nos sucediese, y que un solo navio con una lancha se nos fuese no se
ha de atribuir sino á la soberbia nuestra; por ventura nos parecia
éramos poderosos contra toda Inglaterra. Tambien la echamos al que dió
el consejo que la víspera de la Trinidad, sábado, en la noche viniésemos
la vuelta de tierra; porque es así cierto que, si se hace y guarda la
órden del Marqués, y aunque no la diera se habia de guardar, que de
noche fuéramos la vuelta de la mar, de dia á la de tierra, cuando
volviéramos, el domingo de la Trinidad, sobre tierra, hallábamos al
enemigo sobre ella y el armada á barlovento dél, y era imposible
írsenos; á la mar no se podia ir, porque se la teniamos ganada; pues
habia de abordar en tierra; eso queriamos, sino que debió imaginar quien
dió el consejo que, como estábamos enmarados y no mucho, cuando llegó el
aviso del Marqués donde estaba el enemigo, si el bordo de la mar
lleváramos aquella noche, el enemigo pasara entre la tierra y nosotros,
y por ventura, ó no le viéramos á la mañana, ó no le alcanzáramos, y
otra excusa no hay; tambien es cierto que si el capitan inglés fuera
hombre de conocimiento de mar, muy á su salvo pudiera cazar á popa
contra la Almiranta, viéndola sola y sin quien la pudiera favorecer, y
si esto hace, necesariamente habiamos de huir, porque no le habiamos de
esperar con el lado descubierto á la bolina, para que en él asentara su
artilleria y nos echara á fondo. Nuestro navio era imposible poder
disparar contra él, porque las escotillas del artilleria estaban
calafeteadas, y cuando no lo estuvieran, no nos podiamos aprovechar
dellas, por el barlovento, por no estar muy altas, y no se poder hacer
punteria; por el sotavento menos, por ir debajo del agua, sino qu'el
enemigo, conociendo no le podiamos esperar, no quiso acometernos, y la
mar andaba tan alta, que ni los de barlovento ni los de sotavento se
podian aprovechar de pieza ni de arcabuz, y llegados á aferrar, mejores
éramos que ellos.
CAPITULO LIII
VUÉLVESE LA ARMADA AL PUERTO
El Almirante, viéndose solo en alta mar, púsose mar al través para ver
si algun navio de los nuestros parecia, y en particular el del capitan
Manrique, el cual á hora de media dia llegó donde estábamos, á quien el
Almirante mandó no se desabrazase de nuestro navio, y habido consejo
pareció se debia ir al puerto en busca del General para seguir su órden,
y no le hallando en la mar, cuatro leguas antes de entrar en el puerto
despachó el Almirante á un criado suyo con el maestre del navio, llamado
Andrés Gomez, dándole relacion de lo que pasaba, y no entraria en el
puerto hasta ver su mandamiento, porque no sabia del General; recebido
este despacho, el Marqués le mandó se volviese al puerto, y dentro de
tres dias se aderezase y proveyese de todo lo necesario, y con título de
General, con el navio del capitan Manrique, se partiese luego y siguiese
al enemigo hasta Inglaterra, y la conducta de capitan general se la
enviaria al puerto. Con este recado nos volvimos al puerto, á donde aun
no habia entrado la Capitana, no poco tristes, porque á seis velas se
nos habia el enemigo ido; la culpa ya dije fueron nuestros pecados y
soberbia, y el que aconsejó aquella noche viniésemos el bordo de tierra;
no la tiene el General, porque no sabe de bordos de mar ni de tierra, ni
marear velas; sabe gobernar un ejército entero, sabe pelear y mandar
pelear, y sabe acudir á la sangre ilustrísima de donde desciende. Porque
pasó así: recebida por el Almirante la respuesta del Marqués, me enseñó
la carta y le dice: Señor, esto no habrá efecto, porque el General no
desembarcará en tierra hasta verse con el enemigo y traerlo rendido, ó
morir en la demanda, y cuando el Marqués le quitare el cargo, irá por
soldado, porque á su ser y honra no le conviene otra cosa; y así fué,
porque surto en el puerto y sabido lo que el Marqués proveia, no quiso
salir del navio, sino fué un domingo á oir misa, y luego se volvió á
embarcar, y finalmente, viendo el Marqués que el General no queria dejar
de ir en busca del enemigo con el oficio, ó como soldado, le mandó
seguir al luterano tomando la nao Almiranta por capitana, y á la
galizabra por Almiranta, en que se embarcase el Almirante. El cual
pareciéndole se le hacia agravio, porque la galizabra es navio pequeño,
y apenas cabian en él sus hijos, que llevaba dos mancebos de buenas
esperanzas y pensamientos, como lo mostraron visto el enemigo, ni sus
criados, pidió le diesen la Capitana en que meterse, la cual á su costa
aderezaria, pues el daño no era tanto ni de tantos dias, donde serviria
como lo habia hecho, y habria lugar para su casa y criados y los demás
hijosdalgo y caballeros que se le habian allegado; en esto se pasaron
algunos dias, pocos, y no concediéndosele lo que pedia, pareció no
satisfacia á su honra, y se le agraviaba (y si era agravio ó no, no es
de mio juzgarlo), se quedó y con él los caballeros y hijosdalgo que á su
mesa sustentaba muy cumplidamente, y los religiosos que con él íbamos
tambien nos quedamos.
CAPITULO LIV
EL MARQUÉS DESPACHA SEGUNDA VEZ EN SEGUIMIENTO DEL ENEMIGO
Excusándose don Alonso de Carvajal porque no le daban, ó su navio, ó la
Capitana, como habemos dicho, el Marqués nombró por almirante á Lorenzo
de Heredia, hijodalgo, nacido en la cibdad de Huánuco, hombre de brio y
buenas partes, dándole la galizabra, y en ella por capitan al mismo que
la ha traido y nombramos arriba, gran enemigo de ingleses, sin temor
alguno dellos, por haberse visto muchas veces en la mar del Norte y
peleado con ellos, y haber hecho muchas y muy buenas suertes, que á esta
sazon ya tenia dado á la galizabra y tomádole el agua, donde se metieron
los soldados necesarios; el General, con la brevedad posible, con solos
dos navios muy bien aderezados y con soldados pagados; de los demás
caballeros hijosdalgo que la primera vez á su costa fueron, pocos ó
ningunos admitió; partió del puerto del Callao, y llegando á la playa de
Trujillo halla allí al piloto Alonso Bueno, que unos dicen el enemigo le
echó en tierra, otros que de noche se lanzó á la mar, y nadando se
escapó; recibiólo el General en la Capitana, y fuese con él; llegó al
cabo de San Francisco, ó un poco más abajo, antes que el enemigo
atravesase para Tierra Firme; descubriéndolo la galizabra aferró con él,
y la Capitana, queriendo darla favor, aferró tambien con la galizabra y
la nao enemiga; peleó valientemente con los enemigos, de los cuales
murieron más que los nuestros, y desaferrándose pelearon hasta que la
noche los despartió, á cañonazos; los ingleses se espantaban viendo cuán
buen artilleria era la nuestra, porque les pasaban de claro en claro el
navio.
Otro dia de mañana tornan los nuestros á ver al enemigo (que fué necio,
conociendo la ventaja de nuestra parte, aquella noche no mudar derrota y
escaparse); torna la galizabra aferrar con él y á pelear, pero
desaferrándose la nao enemiga dispara una pieza de artilleria y da con
el mástil mayor de nuestra galizabra en el agua; luego tocóle un clarin
como cantando victoria; mas nuestro capitan Leiva de Lizárraga no por
eso desmayó, y llegándosele el General le dijo se recogiese á un puerto
allí cercano, para se reparar; respondió no tenia necesidad, porque con
medio mástil seguiría al enemigo, y le rendiria, y replicándole el
General que con qué velas, dijo: de las orejas mías haré velas para
seguirle; llegó la noche y despartiéronse; otro dia de mañana tornan á
ver al enemigo, al cual ya faltaba la gente, porque viendo los nuestros
que las velas aquella noche no las habian renovado ni cosido, que
estaban hechas arneros de las balas de nuestra artilleria, conocieron
que ya no tenia gente y le habian muerto mucha; con esto vanse nuestros
navios para el enemigo, y quiso Dios que disparando la galizabra una
pieza da en la triza de la vela mayor y échala en el suelo; de la
Capitana se dispara otra, que se llevó tres ó cuatro soldados,
apercebidos para en aferrando ponerse fuego y quemarse á ellos y á los
nuestros. Entonces el cosario inglés levantó una banderilla en que
confesó rendirse; entraron los nuestros dentro, saquearon lo que
pudieron y alegres con la victoria, preso y rendido el enemigo, fuese á
Tierra Firme al puerto de Panamá, á donde rehizo las quiebras de los
navios. Subcedió esta victoria dia de Nuestra Señora de la Visitacion, 2
de Julio del año de 94, como dijimos; luego despachó el General un
caballero de los criados del Marqués con la nueva de la victoria; llegó
á Los Reyes en breve, porque saltando en tierra, y caminando de dia y de
noche, mudando caballos, _fué_ en menos de 25 dias, á las 10 de la
noche. El Marqués á aquella hora avisó á la iglesia mayor y monasterios
repicasen las campanas, y saliendo de su casa, acompañado de toda la
cibdad, á caballo, anduvo las estaciones por los monasterios dando
gracias á Nuestro Señor por la victoria, y tan á poca costa de los
nuestros.
Todo lo referido vi en una carta quel padre presentado fray Tomás de
Heredia me escribió, sacada de otra que su hermano el almirante Lorenzo
de Heredia le escribió de Tierra Firme.
Gobernó el Marqués seis años estos reinos, sin que le subcediese cosa
mal en que pusiese las manos, enviando cada año mucha plata á Su
Majestad más que ningun Virrey antecesor suyo, porque sacó mucha de la
composición de las tierras y heredades que los españoles poseian, para
que se les quedasen fijas y perpétuas, sin que dende en adelante hobiese
pleito sobre ellas; vendió otras muchas que estaban yermas por no haber
herederos algunos, particularmente en los Llanos. La cibdad de Los Reyes
estuvo abundantísima de pan y demás mantenimientos, y las cosas todas
puestas en mucho órden y concierto, sin que en todos estos seis años
sucediese en el reino disparate digno de memoria, si no fué el de Quito,
que largamente habemos referido. A su importunacion Su Majestad le hizo
merced mandarle ir á su marquesado, porque estando acá le heredó,
dejando en el gobierno deste reino al Visorrey don Luis de Velasco,
caballero del hábito de Santiago, que gobernaba los reinos de México, el
cual agora con mucha rectitud y cristiandad nos gobierna.
CAPITULO LV
DE LA JORNADA Y DESCUBRIMIENTO QUE HIZO EL ADELANTADO ALVARO DE AMENDAÑA