Al Visorrey don Francisco de Toledo dotó Dios Nuestro Señor de muchas y

muy buenas calidades y partes, como quien lo habia criado para gobernar;

dióle bonísimo entendimiento, presto y subtilisimo, sino que á los de no

tan bueno parecia confuso. Los de tales entendimientos en breves

palabras incluyen mucho, y á los que no lo alcanzan parece confusion,

por lo cual el principio de proponérsele habia de cogerle intento,

porque despues parecia confundirse é implicar muchas cosas. Amigo, como

los demás señores, que en una palabra le propusiesen, ó respondiesen, y

aunque lo que proponia fuese árduo, no le daba gusto le pidiesen espacio

para responder; decia que, pidiéndole término, era querer consultar al

vulgo y á la plaza. En su tiempo, como habemos dicho, se descubrió el

beneficio del azogue; envió mucha plata al Rey nuestro señor, así de los

quintos como de otras cosas, y de un año para otro prometia más y lo

cumplia. Era hombre casto y amigo de la castidad; comia como señor, su

mesa abundante. Trujo buena casa de criados y pajes, y el primero de los

Virreyes que llevaba, yendo á caballo, los pajes delante de sí

destocados. Fué libérrimo en no admitir dádiva, ni cohecho, ni nadie se

le atrevió á tal; fué muy amigo de que se administrase justicia, y

encargaba grandemente la ejecucion della. Labró en este reino abundancia

de plata, y mandó esculpir particularmente en una mesa la guerrilla del

Inga. Sacó la Universidad que en nuestro convento[20] por[21] cédula del

invictísimo Carlos Quinto, de gloriosa memoria, en él habia fundado, y

púsola, como dijimos, en el lugar donde el Visorrey, de buena memoria,

don Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, fundó el regimiento de San

Juan de la Penitencia. Dábale mucho gusto se dijese dél deshacia motines

y alzamientos, y sobre esto mandó dar tormento á dos españoles que de la

cibdad de La Paz le trujeron presos á la de La Plata; no sé si tenian

ánimo para ello; conocílos. Fué el primero Visorrey que mandó le

predicasen en Palacio. Salia pocas veces á pasearse á caballo por la

cibdad, lo cual era frecuente en sus predecesores, el buen marqués de

Cañete y el conde de Nieva. Reformó muchas cosas dignas de reformación,

y cuando no hobiera hecho otra cosa sino reducir los indios á pueblos,

habia alcanzado bonísimo nombre de gobernador, y celoso de la policia y

cristiandad destos indios. El cual, habiendo gobernado once años, si no

fueron trece, se fué á España, donde en Lisbona besó las manos á Su

Majestad; mandóle ir á descansar á su casa, que se cree lo sintió

demasiado, en la cual dentro de poco tiempo dió el alma á Dios de una

apoplejia que no le dejó testar.

[20] Tachado: se fundó.

[21] En el ms., _que por_.

CAPITULO XLVII

DON MARTIN ENRIQUEZ, VISORREY DESTOS REINOS

Importunado Su Majestad del rey Filipo nuestro señor por don Francisco

de Toledo, Visorrey, proveyó en su lugar á don Martin Enriquez, Visorrey

de México, el cual vivió en este reino poco más de dos años; gran

gobernador, gran cristiano, gran limosnero; su salario, que son 40.000

ducados, repartia en tres partes: la una tercia parte para pobres; la

otra, para su plato; la otra, para sus hijos. Era pequeño de cuerpo,

delgado, el rostro un poco blanco. No consintió que ningun religioso

que fuese á negociar con él, ni sacerdote, l'esperase mucho tiempo,

porque tenia mandado á sus criados y pajes que en viendo en la sala

alguno deste género luego le avisasen, como no estuviese durmiendo ó

rezando. Luego que llegó á la cibdad hobo cierto rumor de ingleses, ó

nueva venida de Chile, y luego, por que no le hallasen desapercibido,

nombró cuatro capitanes de infanteria, todos nacidos en Los Reyes, hijos

de conquistadores de los más principales: al capitan Diego de Agüero,

capitan Juan de Barrios, capitan don Josephe de Ribera y capitan Pedro

de Zárate, con 150 soldados cada compañia, y por capitan de los hombres

de á caballo al licenciado Recalde; mandó en un domingo se hiciese la

reseña; salieron los capitanes muy aderezados. El Visorrey fuese á las

ventanas de Palacio, por debajo de las cuales pasaron los capitanes y

soldados disparando sus arcabuces y haciendo su salva. Repartió la

cibdad entre estas cuatro capitanias, mandando cada uno tuviese sus

armas prestas y acudiese con ellas al tiempo de la necesidad á su

bandera. La tierra, en el poco tiempo que gobernó gozó de mucha paz, y

la cibdad de hartura; mas como Nuestro Señor fué servido llevarle para

sí, á todo el reino dejó en gran tristeza; fué muy llorada y sentida su

muerte de toda la tierra en general, y en particular de los pobres;

murió recebidos todos los sacramentos; hízosele solemnísimo

enterramiento en el convento de San Francisco.

CAPITULO XLVIII

EL CONDE DEL VILLAR, VISORREY DESTOS REINOS

Por la muerte del excelentísimo y gran limosnero don Martin Enriquez, Su

Majestad proveyó á don Francisco de Torres y Portugal, conde del Villar,

bonísimo caballero y de acendrado ingenio para gobernar; amicísimo de

hacer justicia y que ninguno de sus criados se oliese recibia la menor

cosa del mundo; el cual, al que traia de España, por un no sé qué que

dél se dijo le despidió en Tierra Firme y mandó volver á España;

servíale despues otro criado suyo mozo, llamado Cabello, al cual por ser

comprehendido en ciertas dádivas que recebia le descompuso con gran

infamia, y á un soldado, que se decia era el trujamán, llamado Gatica,

le mandó, ó por mejor decir condenó, al remo de las galeras, que estaban

en el Callao, donde fué castigado valientemente; las cuales dos galeras,

teniendo á cargo dellas el general Pedro de Arana, estuvieron muy bien

tripuladas, particularmente la mayor, y otros dos navios gruesos con su

general llamado...[22]. Sucedió, pues, por el estrecho de Magallanes

entró el capitan Candelin, luterano inglés, y desembocó en esta mar con

tres navios, el uno de alto bordo, los dos pequeños, y descubriéndose en

la tierra de Chile, luego el gobernador don Alonso de Sotomayor en un

navio[23] despachó, avisado de lo que habia, á un muy buen soldado

llamado Verdugo, el cual llegando á la cibdad de Los Reyes dió aviso al

Visorrey, el cual se lo agradeció mucho, y aun prometió hacer mercedes;

la cibdad se puso en armas, y el Callao; los capitanes nombrados por don

Martin Enriquez, de buena memoria, quedáronse con solo el título, porque

el Conde nombró otros; envió á Huánuco y aun á todas las cibdades los

vecinos viniesen con sus armas y caballos, de las cuales vinieron de muy

buena gana; pero como se tardó más de ochenta dias que no pareció en la

costa el enemigo, burlaban en Palacio y fuera dél del pobre Verdugo; ya

no habia quien le quisiese dar de comer, si no era el licenciado Ulloa,

á quien siempre le pareció ser verdadero el aviso. Los demás decian que

alcatraces eran los que habian visto, y no navios.

[22] En blanco en el ms.

[23] Tachado: aviso.

El enemigo, del largo viaje traia sus navios destrozados; dióles lado en

la bahia Salada, entre Caquimbo y Copiapó, en la costa de Chile, donde

el capitan Francisco Draque dió al suyo y hizo su lancha; detenerse en

esto fué causa no se mostrase en la costa, donde en las partes

convenientes habia sus atalayas.

No sabiendo nueva del enemigo en este tiempo (éralo de enviar la plata á

Tierra Firme, así la de Su Majestad como de particulares), en[24] dos

navios que habia gruesos en el puerto, de Su Majestad y de armada,

cargan toda la plata con la artilleria en los navios; despáchalos á

Tierra Firme; despachados, y cerca ya de aquel reino, segunda la nueva

que el enemigo habia parecido sobre Arica, donde no se atreviendo ni á

surgir, siguió su camino la costa en la mano, buscando leña, agua y

mantenimientos, que ya le faltaban, pero en ningun puerto se atrevia á

saltar en tierra para buscarlo; llegó al puerto de Pisco, á donde la

villa de Ica y el corregimiento, con la gente que en él habia, y en los

valles comarcanos, habia venido; tampoco aquí se atrevió á saltar en

tierra. El conde del Villar ya habia proveido lo necesario en el puerto,

donde habia más de 600 infantes y más de 200 hombres de á caballo, con

muy buenas ganas de venir á las manos con el enemigo; empero no teniamos

navios gruesos para le buscar ó seguir, ni artilleria gruesa.

[24] En el ms., _y en_.

Nombró el Visorrey por General á su hijo don Jerónimo de Torres, de 22

años ó 24, caballero de grandes esperanzas. A la sazon yo vivia en el

convento de Los Reyes, y pidiendo licencia al Provincial me fuí con un

compañero al nuestro del Callao, donde vi todo lo que pasaba, y con

ánimo, si se siguiera al enemigo, _de_ embarcarme con los nuestros.

Una tarde, pues, tocase un arma á mucha priesa, que el enemigo se habia

descubierto con sus navios y parecia traia su derrota de entrar en el

puerto entre la isla y la tierra firme, lo cual no le pasó por el

pensamiento; toda la gente de guerra salió á la plaza y estuvo en

escuadron; empero el luterano siguió su viaje la mar abajo, por detrás

de la isla, de donde las atalayas le vieron muy claro, y pasando con su

viaje, luego las atalayas vinieron diciendo el enemigo habia pasado. Con

esto se deshizo el escuadron; ya no era necesario. Sabido por el general

de las dos galeras, Pedro de Arana, el enemigo haber pasado, hizo un

chasqui que en menos de media hora llegaba al Visorrey á la cibdad, como

el mismo general Pedro de Arana, acabado de despachar, me lo vino á

decir, avisando al Conde cómo el enemigo era pasado, y que agua arriba

irle á buscar, teniendo el barlovento, no convenia, como se habia hecho;

pero ya habiendo pasado, iba perdido; que Su Excelencia le diese

licencia para salir en pos dél, con sus dos galeras, que él se lo

traeria ajorro al puerto, y si no, le cortase la cabeza, porque el

enemigo buscaba dónde tomar agua y leña, y ésta no la podia tomar sino

en el puerto de Guarmey, donde necesariamente le habia de hallar,

cuarenta leguas del puerto del Callao, y allí con sus dos galeras le

maniataria; yo le pregunté si las galeras estaban con el aderezo

necesario, y respondióme: La grande puede ir de aquí á México y volver;

la pequeña (era vieja) hasta Paita. El Conde, recebido este despacho,

mandóle no se moviese hasta ver mandato suyo, el cual nunca llegó, y es

cierto si sale el general Pedro de Arana con las galeras, le halla en

Guarmey como lo habia imaginado; allí surgió el enemigo y tomó agua y

leña sin que nadie se lo estorbase. Luego otro dia que pasó el enemigo

tractan de enviar dos navios, los mayores que habia en el puerto, tras

él; mas como no habia artilleria ni municiones, cesó todo. El luterano

siguió desde Guarmey su viaje, y prosiguiendo la costa, más abajo de

Trujillo encuentra con uno ó dos navios que de los valles venian para

Lima cargados de azúcar, sebo, corambre y otras cosas; desbalijólos y

dejó á sus dueños perdidos. En este mismo paraje, sobre el puerto de

Zaña, llegó un navio llamado la _Anunciada_, cargado con más de 200.000

pesos de mercadurias, que venia de Tierra Firme para el puerto de la

cibdad de Los Reyes, y el piloto é pasajeros, deseosos de saber nuevas

del Perú, no conociendo al navio enemigo, arribaron sobre él, el cual

les disparó muy cerca una pieza de artilleria, diciendo: Amaina por la

reina de Inglaterra; y como se iban llegando y oyeron las voces que

amainasen, viéndose en un peligro tan grande, amainando las velas ya al

medio de los mástiles se encomendaron muy de veras á Nuestra Señora del

Rosario, la cual les hizo merced que sucedió una refriega de viento,

embarazó las del navio luterano y las del navio católico pareció que las

habia aizado arriba, y en dos palabras se vieron libres de aquel

peligro, el navio enemigo á sotavento y el nuestro poniéndose á la

bolina prosiguió su viaje y en breve tiempo llegó al puerto de la cibdad

de Los Reyes, en la cual á uno de los pasajeros oí lo referido, y los

demás decian lo mismo, dando gracias á Nuestro Señor que por intercesion

de su Sanctísima Madre les habia librado.

Con el despojo de los dos navios dichos, que le fué no de poco momento,

pasó adelante y llegó á la isla de la Puna, donde descargó sus navios y

dió lado. Aquí tuvo una refriega con los vecinos de Guayaquil, donde le

mataron 15 ó 16 hombres y quemaron parte de la jarcia, y si fueran

hombres de guerra, ó tuvieran capitan experto, le quemaran los navios;

pero como éste venia por azote para los mexicanos, contentáronse los

nuestros con este pequeño efecto, como los vecinos de Santiago de Chile,

que sabiendo habia llegado un poco más arriba del puerto, salieron

contra él, y con la gente que habia echado en tierra pelearon; matáronle

otros 16 ú 18 hombres, sin salir ni herido uno de los nuestros;

prendieron tres ó cuatro, los cuales si, como se trató aquella noche, se

quedaran emboscados, les mataran muchos más, porque hobo quien dijo al

corregidor, que era el capitan: Señor, quedémonos emboscados esta noche,

que los enemigos han de salir á enterrar sus muertos y á tomar aguas y

darémosle otra bativa arma, mayormente que ni de dia ni de noche el

artilleria no nos puede hacer daño; no se recibió este consejo, y

subcedió así, que los enemigos salieron en tierra y enterraron los

muertos, y en el arena, por no se atrever á ir al rio, temiendo daño,

hicieron hoyos para sacar algun agua medio salobre. El capitan

contentóse con lo hecho y no quiso pasar una mala noche.

Salió este pirata de la Puna; siguió su camino hasta el puerto de la

Navidad, en la costa de México, adelante de Guatulco, donde vienen á

reconocer los navios de la China; allí vino uno muy grande; dicen traia

oro de mercaderia; como venia descuidado sin armas, facilísimamente le

rindió, y dejando azotado al reino de México, volvióse á su tierra con

mucha más hacienda que llevó Francisco Draque.

Despues desto, pasado casi año y medio, no sé qué se les antojó á los

del Callao, ó algunos dellos, que á las diez de la noche habia visto un

farol cerca de la isla por sotavento della; tocan arma en el Callao;

despachan al Conde á poco menos de media noche; tocan arma en la cibdad;

alborótase toda. El General de los navios de la armada que estaba en el

puerto, sin órden del Visorrey levanta anclas y parte con sus dos navios

en busca del farol, y así se lo escribió al Visorrey. El Visorrey, á las

tres de la madrugada parte de la cibdad para el puerto con lo mejor

della, dejando echado bando que todo el pueblo le siguiese. A la sazon

yo era prior de nuestro convento de Los Reyes; fuime al puerto; llegué

ya que era amanecido, y al Conde ofrecíle ochenta religiosos, si fuesen

necesarios, para seguir al enemigo ó defender el puerto, que ni pasasen

de cincuenta años ni bajasen de 25; agradeciómelo mucho, y dijo: Con tan

buen socorro no hay que temer aunque toda la Inglaterra venga, y

cumpliera mi palabra, porque vivíamos en el convento 120 religiosos; de

otras religiones no sé que saliese nadie.

Quiso Dios, y no fué nada, ni tal farol hobo, sino que al que hacia la

guardia aquella hora, un planeta se ponia al Poniente un poco más

encendido que otras veces, y parecióle farol, ó los ojos los debia tener

encendidos, y alborotó el puerto y la cibdad, y al buen viejo conde del

Villar hízole llevar una mala noche en peso, que no durmió en ella ni

media hora.

Antes desto, estando el Conde en el Callao, habiendo despachado el

armada con la plata para Tierra Firme, subcedió un temblor de tierra

muy grande, que arruinó muchas casas en el Callao, y en la cibdad hizo

lo mismo; fué uno de los mayores que se han visto en este Perú, y tras

él en el Callao se siguió retirarse la mar y luego volver con tanta

vehemencia é ímpetu, que saliendo de madre anegó muchas casas y derribó,

y el Conde, que estaba á la sazon, como habemos dicho, en el puerto,

corrió mucho riesgo de la vida, porque las casas donde posaba, que eran

de Fulano Trujillo, dieron consigo en el suelo, y la mar llegó y entró

por ellas, y si no fuera por buena diligencia, y principalmente porque

Nuestro Señor le quiso guardar, allí pereciera, porque en acabando de

salir huyendo de lo uno y de lo otro, la escalera y lo alto dió consigo

en el suelo.

Gobernó muy bien, poco más de cuatro años, aunque sus continuas

enfermedades no le daban tanto lugar; tenia muy entero el entendimiento,

con ser muy viejo; á sus importunaciones, el Rey nuestro señor le dió

licencia para dejar el cargo; fuese á España, y como era viejo en breve

tiempo acabó sus dias en buena vejez.

CAPITULO XLIX

SU MAJESTAD PROVEE Á DON GARCIA DE MENDOZA POR VISORREY DESTOS REINOS

El conde del Villar, viéndose enfermo, cargado de años y cuidados del

gobierno deste Perú, con cartas suplicaba á Su Majestad le librase de

tan pesada carga; libróle della y dióla á don García de Mendoza, hijo

del gran limosnero y amigo de pobres marqués de Cañete, de felice

memoria, Visorrey que fué destos reinos, el cual vino con su padre ya

conocido en toda esta tierra, y dende su tierna edad dió muestras de lo

mucho que habia de ser y valer, y aunque cuando llegó á estas partes no

habia heredado el marquesado, y gobernando acá lo heredó, siempre le

llamaremos marqués de Cañete. La nueva de su proveimiento causó mucha

alegría en los ánimos de cuantos vivíamos en estas regiones, porque se

entendió habia de ser para gran bien dellas (como lo fué), siguiendo las

pisadas de su padre. Con próspero viaje llegó á Tierra Firme, y de allí

al puerto del Callao; no quiso desembarcarse en tierra ni venir por

ella, por ahorrar de gastos á los indios y á los españoles. Trujo

consigo á la ilustrísima señora doña Teresa de Castro y de la Cueva, su

mujer, señora de grandes virtudes, gran cristiana, de quien en breve no

se puede tractar, dejándolo para otra cojuntura, y á don Beltran de la

Cueva, su cuñado, caballero de admirables y grandes virtudes, que les

son como naturales á la sangre de donde descienden. Fué recibido el

Marqués solemnísimamente con mucho aplauso y gasto de los vecinos,

estantes y habitantes; halló en la cibdad al conde del Villar, á quien

tractó con la cortesanía y respecto que se le debia, y el Conde hizo lo

mismo como nobilísimo y generosísimo caballero. Quitó luego algunos

gastos excesivos que se hacian en el puerto del Callao, de la hacienda

de Su Majestad. Certificáronme eran más de 300.000 pesos cada año;

tractó de hacer las casas reales; hízolas muy buenas y estrados para el

Audiencia, sin llegar á quinto ni á otra hacienda de Su Majestad, sino

mandando aplicar condenaciones. Halló la ciudad un poco hambrienta; en

el tiempo que gobernó, casi seis años, siempre la tuvo muy abastada de

pan y de lo necesario. Tuvo ánimo y valor para hacer lo que ninguno de

sus antecesores, desde don Francisco de Toledo acá, se atrevió á hacer,

ni el mismo don Francisco de Toledo con ser tan temido, que fué asentar

las alcabalas; mandábaselo así Su Majestad expresamente. Oí decir á un

criado suyo, y fidedigno, que muchas noches se le pasaban en blanco, no

pudiendo dormir, antes que las pregonase, buscando unos y otros medios

cómo sin riesgo del reino se asentasen, y viendo las dificultades que se

le ofrecian, todo era sospirar. Por una parte temia alguna rebelion; por

otra, si no lo hacia, perdia mucho de su crédito con Su Majestad, que le

mandaba con los mejores medios que pudiese las asentase, y no las dejase

de asentar; finalmente, dióse tan buena maña, que las publicó, asentó é

hizo recebir, y aunque se temió algun escándalo, no en la ciudad de Los

Reyes, sino en las demás del reino, fué Nuestro Señor servido se

aceptasen como justísimo derecho debido á Su Majestad, y no se paga sino

á dos y medio por ciento.

CAPITULO L

QUITO NO QUIERE RECIBIR LAS ALCABALAS, Y MEDIO SE REBELA

Entre todas las cibdades destos reinos, sola la de Quito no quiso acudir

á lo que al servicio de su Rey debia, en la cual no sé cuántos criollos

(así llamamos á los acá nacidos) de poco juicio, particularmente al que

tomaban por cabeza, un muchacho de treinta años, de poca cordura y menos

experiencia, que no sabia limpiarse las narices, encomendero y de buena

renta y bastantes haciendas, casado, hijo del contador Francisco Ruiz, á

quien conocí, conquistador y gran servidor de Su Majestad en la tirania

de Gonzalo Pizarro. Estos, con otros nacidos en España, no quisieron

recebirlas, y casi se pusieron en arma, á los cuales el Audiencia Real

no fué poderosa para refrenarlos, no sé si por faltar el ánimo al

Presidente, doctor Barros, y á los demás Oidores, ó por otros respectos

de atraerlos por bien.

Tuvieron éstos más que necios hombres por muchos dias nombrados sus

oficiales de guerra, y cada dia su escuadron en la plaza de 1.800

hombres, los más arcabuceros.

El que los bandeaba y por cuyo consejo particularmente se regian _era_

un Fulano Vellido, hombre bajo y atrevido, muy adeudado, lo cual le sacó

de juicio á ser el autor deste disparate; empero, viendo el Audiencia

que el todo deste dependia, dió órden cómo en secreto, en una reseña que

ellos hacian, le matasen, en la cual le dieron dos arcabuzazos, de que

murió en su cama, sin saber los demás quién se los dió. Era cosa de

muchachos y como muchachos se perdieron.

El Marqués, con cartas y mensajeros y con todos los buenos medios

posibles, prudentes y amigables, les rogaba se quitasen y no quisiesen

ir contra el servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad, y no se

señalasen ellos solos, habiendo el Cuzco, la cibdad de La Plata y

Potosí, con las demás del reino, admitido las alcabalas, enviándoles

testimonio de todo; y no aprovechando cosa alguna, antes cada dia se

iban desvergozando más, determinó el Marqués enviar allá con título de

capitan general y justicia mayor al General de las galeras, Pedro de

Arana, con cincuenta lanzas y arcabuces, el cual partiendo del puerto y

llegando á Guayaquil, de donde sacó alguna más, convocó tambien de la

ciudad de Cuenca otra poca, y con toda ella se puso á 25 leguas de Quito

en el pueblo de Riobamba, amonestándoles se redujesen al servicio del

Rey, deshiciesen la gente, no saliesen cada dia en alarde á la plaza y

despidiesen los oficiales de guerra que tenian nombrados, y á la

Audiencia dejasen libremente hacer justicia, no la teniendo opresa; pero

todo era cantar á sordos, porque á un regidor de Quito, llamado

Francisco ó Pedro de Arcos, enviaron á un pueblo llamado Llactacunga,

doce leguas de la cibdad, hombre de más de 80 años, á hacer pólvora, que

es la mejor del mundo (son los materiales bonísimos), el cual,

llegando, luego quitó la vara al corregidor del Rey, puso otro en su

lugar, hizo su pólvora, y desde allí enviaba cartas de desafio al

general Pedro de Arana, diciéndole se volviese, y si no queria, que ya

ambos eran viejos y podian vivir poco, que los dos en campo averiguasen

la justicia deste negocio; mas el General disimulaba y reiase de la

locura del regidor; este buen hombre escribió tambien á los de Quito le

enviasen ducientos arcabuceros, que él echaria de la tierra al General

Arana, aunque con otras palabras, llamándole vejezuelo; los de Quito no

se atrevieron, ó por no acabarse de declarar ó por otros respectos. Si

lo hacen, se declaran totalmente, y declarados teniamos la guerra civil

en casa.

Mas el General Pedro de Arana fué madurando y esperando, y cansándolos,

con mucha prudencia, hasta que vinieron á deshacer la gente y á no

salir, ni estar en escuadron en la plaza, en el cual, si no eran algunos

vecinos viejos, los oficiales de la Audiencia y los del Sancto Oficio,

todos los demás entraban en el escuadron cada dia, y el comisario de la

Inquisicion con sus ministros, uno de los cuales es hermano mio, que

sirve el oficio de notario, salió de la cibdad y fué hasta Riobamba,

donde estaba el General Arana, á ofrecerse á todo lo que les mandase,

como servidores de Su Majestad; recibiólos muy bien y mandólos se

volviesen á la cibdad para que le avisasen de lo que pasaba. Así,

deteniéndose y madurando las cosas con mucha prudencia, el mismo que

habia de ser cabeza, Juan de la Vega, se le vino á rendir y á excusar;

mandóle tambien con otros no sé cuántos mozos que con él vinieron, se

volviesen y quitasen; volviéronse y quitáronse; ya no habia estruendo de

armas en la cibdad, en la cual fácilmente entró; puso en libertad al

Audiencia, su gente apercebida en la plaza; haciansele las ceremonias de

guerra que se suelen hacer á los Generales cada dia; prendió, procedió

contra los culpados; á los que pudo haber á las manos ahorcó, y entre

ellos al vejezuelo Arcos, dándole por traidor, derribándole _su_ casa y

arándosela de sal; fueron 24 ó 25 los que justició, y justiciara á más

si el Marqués no le fuera á la mano, teniendo y usando de misericordia

con los presos; á Juan de la Vega no le pudo haber; vínose á escondidas

á la cibdad de Los Reyes; confiscóle los bienes y dióles por perdidos;

quitóle la encomienda de los indios; perdió su casa, hacienda y el

nombre que su padre habia ganado. El marqués[25] no supo estaba en Lima

escondido; los que le tenian escondido[26] dieron órden cómo se fuese á

España y presentase delante de la Majestad del Rey nuestro señor, ó de

su Consejo Real de Indias, que teniendo atención á los servicios de su

padre, que por ser conquistador y servidor del Rey en la tirania de

Gonzalo Pizarro le quitó los indios y sus haciendas, y le hizo ir

huyendo á México, le perdonaria; mas el miserable de su hijo, por querer

ser traidorcillo, perdió cuanto le dejó su padre; argumento eficaz que

confirmó aquella verdad: No gozarán los terceros herederos los bienes

mal ganados. No sabemos si Su Majestad ha usado con él de su

acostumbrada clemencia. Los religiosos de las Ordenes mostraron lo que

debian en servicio de Dios Nuestro Señor y de su Rey, si no fué uno á

quien sus prelados castigaron rigurosamente con justicia.

[25] Tachado: _sabiendo_.

[26] Tachado: _dió_.

Descripción colonial, libro segundo (2/2) · 第 10 / 19 段